Podríamos señalar que en esencia, la represión es un mecanismo universal para disminuir las consecuencias del conflicto entre la pulsión y las exigencias morales. No es una operación definitiva, en el sentido de que lo reprimido pueda olvidarse para siempre. En realidad, lo que se sumerge en el inconsciente tiende necesariamente a retornar. Sin el retorno de lo reprimido no reaparecería la angustia ni existirían los sueños, el chiste, la risa, el lapsus... Si el retorno de lo reprimido no es suficiente para expresar la necesidad inconsciente, el sujeto acudirá invariablemente al síntoma.
El síntoma fue concebido por Sigmund Freud como una solución de compromiso, entre el deseo inconsciente que pugna por expresarse y una prohibición que se opone a la toma de consciencia de dicho deseo, satisface las exigencias pulsionales (Ello) y las exigencias morales (Superyó), lo cual explica su capacidad de permanencia y resistencia en el tiempo. Como es el resultado de un compromiso entre dos instancias intrapsíquicas, termina por representar al sujeto. Y como no tiene otra manera de expresar el conflicto, que amenaza con escindirlo, se aferra a su síntoma y lo defiende. Así, el síntoma resulta en mucho más que en un simple sufrimiento.
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