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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

La detumescencia precoz.

“El valor reside en el término medio entre la cobardía y la temeridad”. Anónimo.

Jacques-Marie Émile Lacan dice que el término «eyaculación precoz» debería llamarse «detumescencia precoz». La detumescencia precoz, es un mal menor en tanto es preferible sustraer el Falo antes que advenga la castración, que es percibida en el acto sexual como amenaza.
Es muy común observar la creencia que tiene el sujeto al pensar que puede manejar su pene a voluntad, es una idea narcisista anudada fundamentalmente al registro “Imaginario”. Mientras que otros sujetos encuentran que, en determinado momento, el pene no les responde a su voluntad, por lo que se observa claramente cómo responde a las leyes del inconsciente en el registro “Simbólico”, es decir que responde al sujeto, pudiendo en algunos casos hacer de eso un síntoma.
La idea que planteaba Sigmund Freud en cuanto a la impotencia sexual, era que el sujeto percibía en su partenaire la imagen de su madre, tal acontecimiento traía por consecuencia la angustia de castración (disfunción eréctil, o una erección momentánea nada más).
Cuando el sujeto encuentra que su detumescencia precoz responde a alguna razón oculta en su vida sexual —aunque eso no arregle la disfunción, al menos disminuye considerablemente su angustia— y se entiende porque eso responde a alguna ley, finalmente eso está anudado a la palabra. Cuando no responde a ninguna razón, es decir, cuando el sujeto manifiesta que en algún momento de su vida cotidiana, sin estar fantaseando con escenas eróticas o estar ante la presencia de una mujer, tiene una erección, eso no responde a ninguna ley. En algunos casos de psicosis se ve muy claramente este fenómeno.


martes, 14 de noviembre de 2017

​La Real en términos del psicoanálisis.

Lo “Real” propuesto por la teoría de Jacques-Marie Émile Lacan resulta ser un peligro porque es un señuelo en su carácter de “Goce” inaccesible o prohibido que atrae las palabras, las fantasías y los síntomas del sujeto.
Cuando se habla de lo Real en psicoanálisis, no se refiere a lo real o realidad del mundo físico, ni siquiera el que propone la física, como ciencia. Cada vez que se vea la palabra Real en algún libro o artículo de psicoanálisis se debe agregar el atributo de “sexual”, ya que el psicoanálisis no lo concibe de otro modo. Pero ¿Qué nos enseña con esto el psicoanálisis? Que son los medios “significantes” y “fantasmáticos”, los que adopta el sujeto para tratar de tener acceso a lo Real, son indudablemente fallidos, donde existen tres tiempos: el “agujero”, es decir, lo Real de donde el sujeto está excluido; los medios para tratar de llegar a lo Real y, por último, el fracaso, la imposibilidad de lograrlo.
Se debe reiterar que la palabra fracaso no debe entenderse en el sentido de un intento frustrado sino como una interceptación que permite recobrarse e intentarlo nuevamente con más hazaña. Entonces cuando el sujeto se siente acorralado en lo que parece un callejón sin salida, tiene la posibilidad de emprender un acto o inventar.


viernes, 4 de agosto de 2017

Los tres órdenes de Jacques-Marie Émile Lacan: R. S. I.

Jacques-Marie Émile Lacan fue un psicoanálista que hizo un estudio concienzudo sobre las ideas de Sigmund Freud, combinándolo con elementos de otras disciplinas como la lingüística y la antropología, para aportar nuevos elementos y términos de ayuda al explicar el funcionamiento de la psique.
Lo que aporta Lacan es una teoría sobre la existencia de tres órdenes que forman parte de la psique: Real, Simbólico e Imaginario.
Empecemos por preguntarnos ¿A qué se refiere Lacan con esos tres órdenes? Para decirlo en términos llanos, se trata de tres registros que forman parte de la psique y determinan la forma de constituirse. Se debe tener en cuenta que el psicoanálisis no remite a cuestiones orgánicas, es decir, los tres órdenes no son elementos que formen parte de nuestro cerebro, sino que más bien se trata de una especie de metáfora o símil para explicar la psique. En este sentido, está más cerca de la filosofía que de la medicina. Por ejemplo, cuando un sujeto come, por un lado, se encuentra la comida como tal, la parte objetiva del acto, es decir, los alimentos introducidos en la boca para posteriormente ser deglutidos y digeridos. Por otro lado, se encuentra el significado profundo del comer: convivir con otras personas, paladear un platillo, etcétera. Finalmente, junto a estos dos, existe una tercera dimensión desconocida: una sensación interior que no es posible exteriorizar.
Ahora bien, el orden imaginario es así llamado por su referencia a una imagen especular. Imaginario no debe malentenderse como sinónimo de imaginación, no se trata de una fantasía como tal en el lenguaje coloquial, sino que se refiere a una imagen externa, diferente del sujeto.
Esta imagen externa tiene particular importancia por la identificación que el sujeto hace con ella. En su artículo “El estadio del espejo” Lacan aborda el aspecto de la identificación con lo externo y el nacimiento del registro imaginario, esto es, con la imagen, sea visual, auditiva u otra, que el niño percibe del mundo.
Cuando alguien nace, está desvalido, necesita de otros para sobrevivir. Las personas que rodean y cuidan al infante, cautivan su atención, el niño se siente fascinado por estas “imágenes” que forman parte de su mundo. En la visión del bebé, las imágenes no tienen las mismas limitaciones que él, por ejemplo, pueden moverse con mucha más agilidad o pueden resolver problemas que él no.
Para suplir y superar su propio desamparo, el niño empieza a imitar lo que ve fuera, es decir, toma lo observado en las imágenes y lo introyecta, lo hace propio, en otras palabras, forma una identificación con ellas. Las imágenes exteriores ahora se encuentran dentro del niño y forman el llamado orden imaginario.
El Yo, uno de los elementos de la teoría freudiana, se forma a raíz de la identificación con la imagen exterior. Por ello, explica Lacan, el Yo siempre será una instancia ajena, y sobre todo, siempre intentará completar y totalizar. El Yo es precisamente esa parte de nuestra psique que intenta dar una respuesta y una justificación, es la parte que no puede lidiar con los desconocidos. No hay que olvidar que se toman imágenes completas, sin limitación, para identificarse, por lo que el Yo propio será también una instancia que busque eliminar las limitaciones y faltas.
Continuamos con el orden simbólico se refiere, por decirlo de una manera simple, a la parte metafórica del mundo, al significado profundo detrás de una acción, al por qué de hacer esto o lo otro. Por ejemplo, un sujeto gusta de comer panecillos de mantequilla todos los días porque eso le recuerda al amor y sensación de protección que tenía cuando era niño. Añadiremos que el orden simbólico está íntimamente relacionado con el lenguaje y con las teorías de Claude Lévi-Strauss sobre las redes y leyes simbólicas de una sociedad.
Para empezar con el lenguaje, Lacan hace hincapié en la diferencia entre significante y significado. El primero, significante, se refiere a una imagen acústica de una palabra, mientras que el segundo es el objeto al que se refiere una palabra. Por ejemplo, en la palabra libro, el significante sería la palabra mientras que el significado se refiere a un objeto con páginas e información dentro de él.
A diferencia de lo que sucede en la lingüística, para Lacan la relación entre significante y significado no es fija, sino variable. Un significante puede adquirir un significado diferente para cada sujeto por su única e irrepetible experiencia de vida. Al decir árbol, por ejemplo, cada quién imagina un árbol diferente, no todos pensarán en la misma clase, por lo que no siempre remite al mismo significado.
Un significante no sólo lleva a diferentes significados para cada sujeto, más aún, muchos significantes se conectan a otros significantes creando una red de significantes diferente en cada sujeto.
En un psicoanálisis, la asociación libre sigue las «cadenas de significantes» de un sujeto hasta desembocar en el origen de su psicopatología.
Pasando ahora a las redes simbólicas, cuando un niño nace entra a la red simbólica que han creado los padres. Los padres tienen una cierta expectativa de sus hijos, esperan que hagan y piensen de una forma en particular. Su forma de educar y de conducirse con su hijo es acorde a las expectativas que tenían sobre él aún antes de su nacimiento. Por ejemplo, desean que su hijo cuando crezca sea un famosos futbolista, por lo que desde la cuna lo rodean de balones, guantes de portero, etcétera.
Y por último tenemos lo real, es el tercer elemento y quizá el más complejo de los tres. Empecemos por decir que no se debe confundir “real” con “realidad”, pues para la teoría psicoanalítica tiene otra acepción, ¿Cuál? Lo real es aquello que no forma parte de lo simbólico ni de lo imaginario: es un resto, algo que está ahí pero no se entiende, no tiene explicación y tampoco se puede explorar.
Lo real es el “resto” el elemento interior que no tiene una imagen especular pero tampoco puede ser hablado o exteriorizado por una palabra, digamos que esta presente pero es imposible formularlo. Está, por lo tanto, excluido de la realidad exterior, pero eso no significa que no tenga efectos profundos y de manera continua en la la psique.


viernes, 16 de diciembre de 2016

Jacques-Marie Émile Lacan: Simbólico.

​«El Homo Sapiens es la criatura de los símbolos, una criatura que crea y manipula símbolos, cuya existencia está definida por símbolos, y la única criatura que también es simultáneamente creada por su propio proceso simbólico». Harold P. Blum.

El nombre propio opera como un «primer significante» que asigna un lugar a un sujeto en el mundo y, a la vez, lo somete a la ley de la cultura en la que lo inscribe; es un «significante amo» que contribuye a ese proceso de unificación imaginaria y localización en un universo simbólico, que convierte en un sujeto a un organismo habitado por un conjunto de pulsiones que en su origen operan más o menos anárquicamente. Es un significante que, mediante una operación de violencia simbólica, introduce un principio de organización que desemboca en la humanización.
Sin embargo, del sujeto del inconsciente ($), constituido también por efecto de la inclusión del ser humano en el lenguaje, solo tenemos noticia a partir de unas formaciones como el síntoma, el lapsus y el sueño; es decir, a partir de producciones que son marginales respecto del Yo, que es el que se instala en la dimensión subjetiva correspondiente al nombre y a los apellidos. El Yo es el que puede decir “yo me llamo...”, no así el «sujeto del inconsciente».
La inclusión del sujeto en un orden simbólico mediante el nombre, captura parcialmente a ese viviente, pero esta captura no se logra de una manera plena, algo queda por fuera. En este caso no se trata de lo reprimido, porque lo reprimido, en la medida en que tiene una materialidad significante, de alguna manera está incluido en la operación, así sea en otro escenario.
En este caso se trata de una exclusión más radical, la cual tiene que ver con algo que es indecible, en la medida en que quedó por fuera en la operación de simbolización. Es aquello del viviente que no es susceptible de ser atrapado por el lenguaje. A esa dimensión Lacan la llama “objeto a” o simplemente “a”, minúscula.

El objeto “a”:

• Se trata de una dimensión de la condición humana cuya formulación es más radical aún que el mismo inconsciente y que el psicoanálisis (Jacques-Marie Émile Lacan) tardó muchos años en aportar después de haber descubierto el inconsciente.
• Esta dimensión (el Goce, lo Real) del viviente, que no ingresa en el mundo significante en el que habitamos los humanos, tiene múltiples versiones. Todas, en alguna medida, aluden a esa dimensión, pero ninguna logra nombrarla, ni siquiera de una manera aproximada, por su misma condición insimbolizable.
Tiene que ver con lo que diferencia un atardecer de un poema sobre el atardecer. De otro modo, con lo que diferencia la palabra de la cosa. Cada versión del “objeto a” es una suerte de nuevo poema sobre el atardecer de lo real de la condición humana que, a la vez que logra bordearlo con la palabra, hace más evidente el hecho inexorable de la imposibilidad para llegar a atraparlo en las redes del lenguaje. En el ejemplo, siempre se podrán seguir escribiendo nuevos poemas.

Versiones del objeto “a”:

• Resto: el residuo de la operación de constitución del sujeto. Un desecho... aunque precioso.
• Plus: un excedente, el rédito de la operación de la humanización. Un plus es aquello que se puede usufructuar como ganancia una vez concluida una operación comercial. Incluso se puede asimilar a la plusvalía, que es ese excedente que el capitalista le escamotea al proletario gracias al fetichismo de la mercancía.
• Falta: la cicatriz que deja aquello que se pierde en el ingreso al universo simbólico.
• Pérdida de goce: por la inserción de la criatura humana en el lenguaje.
• Goce o plus de gozar: cuando de alguna manera logra ser capturado, así sea en medida escasa.
• Objeto causa del deseo. Esta dimensión, excluida del orden significante, opera como aquello que causa el deseo y que le sirve de horizonte hacia el cual apunta.
Se trata de un caso muy interesante de una causalidad negativa, en la medida en que aquello que opera como causa es precisamente una ausencia, causa “real” del deseo. “Fantasma” (1957): $<>a
El Goce puede operar como un principio desorganizador, por oposición al efecto de ordenamiento que implica la fundación del sujeto en el universo significante. Se manifiesta en aquellos procesos mortíferos de disolución de las unidades alcanzadas y de los principios de organización que mantienen la vida. En ese orden de ideas opera en el mismo sentido que la pulsión de muerte. El Goce por definición es mortífero y se hace más palpable en aquellos cuadros clínicos en los cuales asistimos a un proceso autodestructivo en el que las posibilidades de simbolización son especialmente limitadas, como las toxicomanías, los cuadros psicosomáticos y algunas formas de la anorexia y la bulimia.

lunes, 12 de diciembre de 2016

La reeditación del Complejo de Castración en la adolescencia.

En el psicoanálisis se a visto la manera en que el Complejo de Castración y el falo interactúan permanentemente y como el anudamiento del registro Simbólico, Imaginario y Real es lo que permite la estructuración neurótica.
Ahora bien, ¿cómo es que el Complejo de Castración se reedita en la adolescencia?
Analicemos la emergencia de dicho complejo en términos de diferencia. Es decir, diferencia de género, diferencia sexual, no surgida por primera vez, sino en un segundo momento, luego de la primera infancia.
La castración en la adolescencia pone en cuestionamiento la estructura del aparato psíquico. Sigmund Freud nos propone que el encuentro con el otro sexo es un encuentro traumático, esto significa un encuentro con la castración, debido a que el sujeto se encuentra en una situación que no puede resolver fácilmente. En este sentido José Barrionuevo nos comenta que “podemos entender en la expresión respecto de que la sexualidad
agujerea lo Real que, en cuanto a que en el acceso al otro sexo no hay nada programado en lo Real, o sea que la sexualidad siempre tiene fallas, nadie tiene el saber ni el pleno éxito en ella y, en tanto nadie “queda bien librado”; Jacques-Marie Émile Lacan sintetiza esa imposibilidad generalizada en una fórmula «no hay relación sexual».
En términos metapsicológicos la dialéctica del tener-no tener el falo también surge en la adolescencia. En este período de la vida, este segundo encuentro traumático cuestiona la solidez de la estructuración psíquica ocurrida previa al período de latencia. Es la resolución de este encuentro lo que va a permitir al sujeto continuar
con una vida anímica “normal”, ya que se ha observado clínicamente, en casos contrarios, puede producirse una desorganización psíquica que conduce al sujeto a cuadros psicóticos, por ejemplo la esquizofrenia.
«Podría entenderse a la adolescencia como un segundo momento resolutivo que reafirma aquellos procesos psíquicos ocurridos en la infancia».
En relación al «falo», tanto la lectura de Freud como la de Lacan nos enseñan que el falo nadie lo es ni nadie lo tiene. En este sentido el falo puede ser comprendido, además, como instrumento simbólico que interactúa con el Complejo de Castración, un elemento de poder. Es decir, el falo, entendido en términos de poder que brinda una capacidad resolutiva que tiene que ver con la estructura, es decir con la falta. De lo que se trata en la adolescencia, es de la capacidad de resolución que tiene el sujeto, de un conflicto con aquellos instrumentos que no tiene, es decir, con aquello que le falta.
El falo opera como un instrumento de atracción, que es preciado y buscado por el sujeto. Lacan en el Seminario Cinco nos comenta en la clase de “Los sueños de aguamansa” que tanto el hombre como la mujer juegan a tener o no tener el falo, al mejor modo histérico. En este caso, este juego se precipita ante la carencia y justamente por no tenerlo es que se permite jugar a tener o no tener el falo. Dice Lacan: “He mencionado el velo con que mucha regularidad cubre el falo en el hombre.
Es exactamente lo mismo que recubre normalmente a la casi totalidad del ser en la mujer, en la medida en que lo que ha de estar precisamente detrás, lo que está velado, es el significante del falo. El descubrimiento solo mostrará «nada», es decir, la ausencia de lo que es destapado y con esto precisamente está vinculado lo que Freud llamó, a propósito del sexo femenino, “el horror que corresponde a la propia ausencia.”
En este sentido el adolescente, en muchas ocasiones, se comporta supliendo carencias al modo de formaciones reactivas que ocultan las falencias.
Estamos ante la presencia del falo simbólico y esta carencia es la que posibilita la posibilidad de una suplencia. El problema, dice Lacan en sus estudios sobre las psicosis, es en tanto el sujeto se hace equivalente al falo, en tanto no hay corte y no se produce la castración simbólica.
Para concluir, tanto la castración como el falo, son instrumentos simbólicos estructurantes del aparato psíquico. Ambos conceptos hacen referencia a la falta. En términos freudianos, por la presencia de un agente externo encargado de ejecutar la castración y por otro lado la noción de falo simbólico como carencia y falencia estructural. Ambos conceptos son conceptos simbólicos.

sábado, 19 de noviembre de 2016

La conformación del Yo psíquico.

Jacques-Marie Émile en su teoría sobre el "estadio del espejo" nos señala que es el inicio evolutivo del sujeto que le permite reconocerse como una totalidad y diferenciarse del mundo cuando se observa en el espejo y la mirada que le brindan los demás, esta percepción se concreta en la medida que el infante vaya desplazándose con mayor facilidad por el espacio circundante. Así se establecen las bases de la identidad infantil en la medida que el Yo corporal permite la estructuración conjunta del Yo psíquico, mediatizado por el lenguaje. «Lo real del cuerpo, lo imaginario de la psique y lo simbólico del pensamiento y del lenguaje como síntesis de lo mental, nos dan la unicidad que nos permite decir Yo».