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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

Un apunte sobre la prostitución, la homosexualidad y los celos en las mujeres.

El Complejo de Castración de la niña (o el descubrimiento de la diferencia anatómica. entre los sexos) que, según Sigmund Freud, marca el comienzo de su actitud edípica positiva (normal) y la hace posible, tiene su correlación psíquica como en la del niño (varón), y es sólo está correlación es la que le presta su enorme significación para la evolución mental de la niña.
En los primeros años de su desarrollo como sujeto (dejando de lado las influencias filogenéticas que, desde luego, son innegables), la niña se comporta en forma exactamente igual a un niño (varón), no sólo en lo referente al onanismo, sino en otros aspectos de su vida mental: en su meta amorosa y en su elección de objeto ella también desea a su madre. Una vez que ha descubierto y aceptado plenamente el hecho de que la castración ha tenido lugar, la niña se ve obligada a renunciar definitivamente a su madre como “primer objeto” y además a abandonar la tendencia activa y de conquista de su meta amorosa, también la práctica del onanismo clitoridiano. Posiblemente aquí encontremos la explicación de un hecho que hace mucho nos es familiar; a saber, que la mujer que es completamente femenina no conoce ningún «amor objetal» en el verdadero sentido de la palabra ¡Sólo puede dejarse amar! , Así, las concomitancias mentales del onanismo fálico hacen que la niña normalmente reprima dicha práctica en forma mucho más enérgica que el niño (varón) y deba luchar contra ella de manera mucho más intensa que aquél. Pues, junto con dicha práctica, la niña debe olvidar su primera decepción amorosa, el dolor de la primera pérdida de un objeto amoroso. Sabemos en el psicoanálisis con cuánta frecuencia esta represión de la actitud edípica negativa de la niña es del todo o parcialmente infructuosa. Para la niña, como para el niño (varón), resulta muy doloroso renunciar al primer objeto amoroso: en muchos casos la niña se aferra a éste durante un tiempo anormalmente prolongado. Ella trata de negar el castigo (castración), el cual inevitablemente la convencería de la naturaleza prohibida de sus deseos. Si más adelante su anhelo amoroso sufre una segunda decepción, esta vez en relación con el padre, quien no se muestra dispuesto a satisfacer sus demandas amorosas pasivas, a menudo tratará de regresar a su situación previa y de volver a asumir una actitud activa hacia la madre. En los casos extremos, esto conduce a la homosexualidad manifiesta, tan bien explicada por Freud en su obra: “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina”. La paciente a la que Freud se refiere en ese trabajo hizo un tímido esfuerzo, al entrar en la adolescencia, de adoptar una actitud femenina frente al amor, pero, poco tiempo después se comportó como un «joven enamorado» frente a una mujer mayor a quien según, amaba. Al mismo tiempo era una «feminista» declarada, que negaba la diferencia entre el hombre y la mujer; así, había conseguido regresar a la fase negativa inicial del Complejo de Edipo.
Quizás sea más común otro proceso: la niña no niega del todo la realidad de la castración, sino que busca una sobrecompensación por su inferioridad corporal en un plano distinto del sexual (en la decisión de su vocación profesional, o empleo, o elección de pareja: un hombre afeminado). Pero al hacerlo, ella reprime por completo los deseos sexuales, es decir, permanece sexualmente insensible. Es como si esto simbolizara: “Ya que no puedo y no debo desear a mi madre, renunciaré a cualquier otro intento de desear en absoluto”. Su creencia de que posee un pene la desvía así a la esfera intelectual, pero no con la salvedad de tener una preparación profesional sino más bien dirigida a competir y conducirse desde una posición masculina con el hombre, bajo cualquier circunstancia.
Como tercera consecuencia posible, observamos: que una mujer puede establecer relaciones con un hombre y, sin embargo, seguir estando interiormente fijada al primer objeto de su amor: la madre, por lo que se siente obligada a presentar frígidez durante el coito porque inconscientemente no desea ni al padre ni a su sustituto, ya que sigue aferrada inconscientemente a la madre. Estas consideraciones nos permiten colocar bajo otra luz las “fantasías o sueños de prostitución” que desea realizar generalmente la mujer y que son muy comunes en ellas. Según este punto de vista, todo esto constituye un acto de venganza, no contra el padre sino más bien contra la madre.
El hecho de que las prostitutas a menudo sean bisexuales o incluso homosexuales (manifiestas o encubiertas) puede explicarse igualmente de esta manera: la prostituta se vuelca hacia el hombre como una forma de venganza contra la madre, pero su actitud no es de una entrega femenina pasiva (he aquí una de las razones de su frialdad en la intimidad) sino con una connotación activa (masculina); ella apresa al hombre en la calle, lo “castra simbólicamente” al tomar su dinero, y, de esta forma ella asume el rol masculino en el acto sexual, obligando al hombre (cliente) a desempeñar el papel femenino (pasivo).
Al considerar estas perturbaciones en el desarrollo de la mujer hasta una femineidad completa, debemos tener en cuenta dos posibilidades: la niña nunca ha sido capaz de renunciar por completo a su deseo de poseer a la madre y ha establecido así un vínculo endeble y precario con el padre; o bien ha realizado un violento intento de sustituir a la madre con el padre como objeto amoroso pero, después de sufrir una nueva decepción de parte de éste (padre), ha vuelto a su primera posición (madre) con la cual se posiciona su deseo como homosexual.
En su obra “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica” Freud señala el hecho de que los celos desempeñan un papel mucho más importante en la vida mental de las mujeres que en la de los hombres, opinando que la razón de ello es que, en el caso de las primeras, los celos se ven reforzados por un desplazamiento de la envidia del pene. Aquí deberíamos precisar que los celos de la mujer también se expresan más intensos y continuos que los del hombre porque ella jamás podrá retornar al primer objeto de amor (madre), mientras que el hombre, cuando sea adulto tiene la posibilidad de hacerlo (sustituto de la madre en otra mujer).


jueves, 26 de octubre de 2017

Los celos de la mujer por la actividad laboral del marido.

“El padre tiene siempre la primera hipoteca sobre el corazón de su hija; el esposo sólo tiene la segunda”. Sigmund Freud.

Un padre amoroso y atento con su hija desde su nacimiento la mira tiernamente, la coloca en sus rodillas, la acaricia, la mima… la pequeña se siente regocijada y se abre incondicionalmente a ese amor. Sin embargo, en el fondo de sí misma, la frustración acecha, los celos rondan, aun si no tiene hermanas. ¿Por qué papá sale tanto con mamá? ¿Por qué cuando llega la noche mis padres se duermen juntos?¿Por qué en la noche en la habitación de mis padres se escuchan quejidos y suspiros? ¿Por qué papá prefiere acostarse con mamá y no conmigo?
En tales circunstancias se agitan los celos infantiles aunque no se manifiestan abiertamente pero la niña lo siente tan devastadores como la paranoia de celos que padecen los adultos, y el destino de esta pequeña, verdaderamente precursor del de la mujer, es de estar condenada a compartir; es un destino de celos, de despecho, de envidia. ¿Y por qué mi padre me rechaza después de abrazarlo un rato como si yo lo aburriera, cuando quiero estrecharlo por mucho tiempo? ¿Por qué me echa cuando esta ocupado trabajando, o cuando juego con sus herramientas de trabajo, o tomo sus papeles y lápices del escritorio? ¿Y cuál es ese misterioso “trabajo” por el que está tanto tiempo afuera y lejos de mí?
La niña, anunciando ya a la futura mujer-esposa, cela desde entonces las ocupaciones, primero la de su padre en la infancia y posteriormente la del marido en la edad adulta, en el fondo representa —inconscientemente— estas actividades laborales un obstáculo que distrae demasiado el amor que le debe brindar el objeto, a ella.


viernes, 4 de agosto de 2017

El narcisismo y los celos.

En los sujetos con personalidad narcisista podemos observar la ausencia de la capacidad para sentir celos, a menudo indicativa de la ineptitud para un compromiso profundo con el otro, lo que hace que la infidelidad carezca de importancia.
La ausencia de celos puede también sugerir que existe la fantasía inconsciente de ser tan superior a todos los rivales que la infidelidad del partenaire es impensable. Pero, paradójicamente, los celos surgen después del hecho, los celos intensos pueden reflejar la lesión narcisista que experimenta el sujeto narcisista cuando un partenaire lo abandona a él o ella por algún otro.
Los celos del narcisista llegan a sorprender particularmente cuando desatendió o trato con desdén a su partenaire por lo que puede desencadenar la agresión y empeorar sustancialmente el vínculo. No obstante, al mismo tiempo reflejan también una capacidad para investir en otro e ingresar en el mundo edípico. Como lo ha señalado Melanie Klein, la envidia es típica de la agresión preedípica, particularmente oral, mientras que los celos dominan en la agresión edípica.
Los celos provocados por una traición real o fantaseada ponen a veces en marcha un deseo de venganza, y con frecuencia toman la forma de una triangulación invertida: el deseo inconsciente o consciente de ser objeto de una competencia entre dos personas del otro género. Al elegir partenaire, los sujetos narcisistas se perjudican por su incapacidad para apreciar profundamente a su pareja. Este déficit contribuye a generar una combinación que puede ser peligrosa: las cualidades “ideales” del partenaire son desvalorizadas en razón de la envidia inconsciente, mientras que la realidad de su personalidad se experimenta como una invasión, una coacción, una imposición, que el sujeto interpreta como explotadora y que, una vez más, le provoca envidia.
Un partenaire elegido porque él o ella admira las cualidades del narcisista puede ser rápidamente desvalorizado cuando esa admiración se da por sentada. En cambio, el encuentro del narcisista con una pareja capaz de una relación afectuosa puede provocar una intensa envidia inconsciente, precisamente a causa de esa capacidad que el narcisista sabe que a él o ella le falta.
En la medida en que el narcisista tiene algún desarrollo Superyoico y experimenta culpa por no poder retribuir el amor que recibe, él o ella experimenta una acrecentada sensación de inferioridad, que hace esfuerzos secundarios para defenderse de esos sentimientos de culpa buscando defectos en el partenaire, que justificarían la imposibilidad de retribuir. Existen entonces dos posibilidades: el desarrollo inadecuado del Superyó alienta la indiferencia, la falta de preocupación por el otro, la insensibilidad, que distancia a la pareja, o bien la existencia de algún funcionamiento Superyoico genera la proyección de sentimientos de culpa sobre el partenaire, lo que introduce una calidad paranoide en la relación; recordando que la paranoia es una forma “deformada de homosexualidad”.


miércoles, 10 de mayo de 2017

Los celos patológicos en el Don Juan o Casanova.

Existen hombres —llámese Don Juan o Casanova— con una habilidad de seducción por encima de la media, que manifiestan una imagen a sí mismos y a los demás como enérgicos, valientes, buenos, gentiles, capaces de hacer el amor cortés a una mujer hasta en los más refinados detalles o bien de la manera más salvaje; aunque en su fuero interno ellos conocen perfectamente que son narcisistas y que buscan incansablemente conquistar a los féminas para afirmar únicamente su Yo. Pero paradójicamente en el fondo también se sienten vulnerables y muy dependientes del juicio que los otros puedan formarse de su persona.
Generalmente estos hombres son superficiales en sus relaciones de pareja, siempre tienen un pie afuera para salir de la relación inmediatamente cuando las circunstancias así lo requieran, pero llega a suceder en ocasiones que pueden llegar a enamorarse y es cuando la relación con su partenaire toma un matiz erotomaníaco, esto se manifiesta principalmente cuando experimentan “celos patológicos” cobrando tintes delirantes de sus sospechas, es entonces cuando se dedican a inspeccionar meticulosamente los objetos de su partenaire, bolso, celular, ropa, cajones, etcétera; llegando incluso a espiarla en su trabajo, casa... a la búsqueda de algún signo que confirme sus suposiciones. 
Lo que estos hombres desconocen en estas pesquisas por tratarse de algo inconsciente, es la presencia de un «Goce», de un «Goce» que experimentan cuando hurgan en las pertenencias de su pareja, digamos una excitación que los conforta en creer que su mujer tiene un amante. Éste «Goce» deja huellas que persigue obsesivamente durante el tiempo que mantenga el vínculo sentimental con su partenaire. 
Estos celos patológicos tienen su origen desde la infancia (Complejo de Edipo) y son reafirmamos durante la adolescencia y adultez. 

viernes, 13 de enero de 2017

Homosexualidad, paranoia de celos y alcoholismo.

Alphonse Maeder por medio de sus investigaciones descubrió «tendencias homosexuales indiscutibles» tras los delirios persecutorios de los pacientes paranoicos que había examinado.El sujeto no proyecta su paranoia contra cualquier interés libidinoso sino exclusivamente contra una
elección de objeto homosexual.
En la homosexualidad no juega un papel ocasional la paranoia sino en la génesis de la homosexualidad siempre se encuentra esta última, ambas están implicadas. Por esta razón a la paranoia podríamos atribuirle que es una «deformación de la homosexualidad».
Los celos patológicos que presentan los sujetos —muy característicos en los alcohólicos— representan inconscientemente la atracción homosexual por el supuesto rival, sea real o fantaseado.
La repugnancia que puedan sentir algunos alcohólicos en las relaciones con su partenaire, no únicamente se manifiesta en impotencia en el caso de los hombres, sino es consecuencia de su homosexualidad inconsciente.
Se debe entender que generalmente el alcoholismo es la causa de una homosexualidad inconsciente, el consumo de las bebidas embriagantes en exceso es el resultado de la oposición insoluble entre los deseos heterosexuales conscientes y los deseos homosexuales inconscientes; al destruir el alcohol la sublimación, aparece el erotismo homosexual (obsérvese los comportamientos afeminados o inclinaciones homosexuales durante los efectos del alcohol), por lo cual el único camino que le queda a la consciencia para librarse de esos deseos homosexuales es mediante la proyección, es decir, el delirio de celos paranoico.
Algunos alcohólicos pueden sublimar parcialmente sus tendencias homosexuales, esto se manifiesta en que son buenos esposos, cariñosos amantes, que presentan un adecuado comportamiento social... Pero cuando las circunstancias imponen grandes exigencias a su capacidad de sublimación, es cuando estallan provocando una escena de celos patológicos, justificando su acción al expresar que lo hacen porque están profundamente enamorados de su partenaire, que temen perderla, etcétera. Incluso estos hombres pueden manifestar una extraordinaria potencia viril —que regularmente alardean— aunque únicamente por breves períodos de tiempo, llevando esto a cabo, no con el propósito de satisfacer a su pareja, sino con el de autoafirmar su masculinidad.
Por otro lado, algunas mujeres que presentan una insaciabilidad sexual, llegando a la promiscuidad se debe muy posiblemente a su homosexualidad inconsciente.
Otras mujeres que padecen celos patológicos pueden mantener muchas relaciones sexuales con su esposo, con la finalidad que sean impotentes con otras mujeres, ocultando de esta manera los celos paranoicos ante si mismas. Si ese plan fracasa, y al verse acorralada por su homosexualidad subyacente, se sienten obligadas a proyectarla sobre su marido, haciéndole una escena de celos patológicos. Regularmente este tipo de mujeres han tenido una fijación muy intensa con sus madres o alguna hermana mayor durante su infancia.

martes, 27 de diciembre de 2016

El crimen en la pareja.

​“Todos nuestros actos están total o parcialmente concebidos para llenar el vacío que sentimos en el fondo de nuestro ser. El vacío es sentido por el Yo como su autodestrucción misma”.

En cualquier relación amorosa siempre esta acechando la pasión* como un «odio exacerbado» cuando existe agresión en grado intenso y prolongado, con escisión de las relaciones objetales idealizadas y las persecutorias.
La falta de integración adecuada de las relaciones objetales internalizadas "totalmente buenas" y "totalmente malas" promueve cambios dramáticos y súbitos en la relación de pareja. La experiencia prototípica del amante desdeñado que mata a su rival y/o al objeto amoroso que lo traiciona y después se suicida, son signos de esta precaria estructuración del amor, que conllevan mecanismos de escisión e idealización y odio primitivos.
Ahora bien, en toda relación afectiva madura surge el sentimiento amoroso como una revelación de la libertad del partenaire, asimismo por medio del amor que se descubre su alteridad. La naturaleza contradictoria del amor y la pasión reside en que esta última aspira a realizarse mediante la destrucción del objeto deseado, y el amor descubre que este objeto es indestructible y no puede sustituirse.
*Entiéndase pasión como un aspecto que se destaca en su forma patológica, en las que el sujeto atormentado por el vacío se consume en la destructividad. Este vacío se encuentra perimetrado por la angustia y existe una propensión, una especie de búsqueda de llenarlo, lo cual es profundamente angustioso ya que nos conduce a ese estado de «no-ser», pero que encuentra cierto alivio —aunque pasajero— en la confusión con el Otro (fusión con el Otro), con la madre, permanecer como eso que le falta a ella, colmarla, ofrendarse como se hacía en las religiones antiguas, como tributo a los dioses voraces (Goce).
En este caso, el vacío es experimentado como humillación narcisista, y se intenta anular la pérdida. Se impone entonces como necesario un lazo fusional, aunque se huya de él o se lo ataque cada vez que interviene la angustia persecutoria. Entonces la pasión se sustenta en la rivalidad celosa, intenta fijarse en el ideal pero finalmente sólo se sostiene en el odio. En efecto, si la alteridad es insoportable y la confusión peligrosa, el otro sólo puede ser alcanzado en la violencia. En el límite, el desconocimiento de la interdicción incestuosa o agresivas de una pasión puede así transformarse en una certidumbre en la que la prueba se relaciona con el hecho de que alguien debe ser sacrificado. No obstante, la pasión llega a ser mortífera porque procede de una fascinación en la que el sujeto se remite a una figura del destino que lo condena a lo trágico.

martes, 20 de diciembre de 2016

La paranoia de celos y la homosexualidad.

​Cuando leemos la novela trágica de William Shakespeare: “Otelo”, en un pasaje nos brinda la respuesta acertada a los celos, cuando, al principio de la tragedia, conservando Otelo todavía la capacidad de pensar juiciosamente y de enfrentarse a lago (la envidia instigadora de los celos), razona sobre la insensatez de dejarse influir por simples sospechas y responde a lago: «¿Qué es eso? ¿Crees que habría de llevar una vida de celos, cambiando siempre de sospechas a cada fase de la luna? No, lago, será menester que vea, antes de dudar; cuando dude, he de adquirir la prueba; y adquirida que sea, no hay sino lo siguiente [...] dar en el acto un adiós al amor y a los celos».
Esta sería la situación de los celos “normales”: dudas y sospechas que en algún momento asaltan a cualquier sujeto que ame y sea amado, que se desechan con mayor o menor facilidad o dificultad y que a veces no son más que la proyección pasajera de impulsos esporádicos de infidelidad. Pero en cuanto el celoso presta oídos al monstruo lago que lleva dentro y se deja engañar y enredar por él; en cuanto la duda se convierte en tormento, las sospechas en certeza y el amor en odio irreversible y sed de venganza («Mira aquí, lago... ¡Todo mi amor apasionado lo soplo así al cielo! ¡Voló!... ¡Levántate, negra venganza, del fondo del infierno»), se traspasa inadvertidamente el umbral que separa los sentimientos «normales de celos» de la «paranoia de celos».
Los sentimientos «normales» de celos pueden comprenderse como una consecuencia del carácter universal de los celos como experiencia infantil preedípica y edípica en el curso normal del desarrollo emocional, pero ¿de dónde sale el lago interno que mueve a traspasar el umbral de lo normal y busca provocar vengativa y trágicamente el sufrimiento celoso hasta acabar con la vida misma? Una respuesta aparentemente lógica (al menos con la lógica de la dinámica inconsciente) es que la no resolución adecuada de los celos y la envidia respecto del objeto primario (madre) hace que los sentimientos perduren inconscientemente y que las relaciones amorosas ulteriores, aparentemente «maduras», tengan en gran parte un componente transferencial poco o casi nada evolucionado. Cabe aquí señalar el componente homosexual de la paranoia de celos, donde seguramente el celoso está más interesado en el amante que en su partenaire, inconscientemente hablando. Ya Sandor Ferenczi había señalado que la paranoia era una forma “deformada de homosexualidad”.
Por otro lado podríamos añadir que el ser amado se constituye inconscientemente en una réplica emocional del primer objeto de amor (madre) y de celos y se tiende a la repetición de las experiencias subjetivas primarias que, en un momento dado, resurgen con su primitiva intensidad y fuerza. En el psicoanálisis podemos observar generalmente que los sujetos que han sufrido carencias afectivas importantes en su vida infantil son las más propensas a tener relaciones amorosas posesivas y en consecuencia a sufrir el infierno de los celos patológicos.
Y por último debemos decir que la situación celosa típica es la que posee un ingrediente sexual, la de los celos de pareja. En su génesis psicológica es fácilmente referible a los celos edípicos y preedípicos de la infancia, prototipo inconsciente del intenso componente irracional que caracteriza la pasión celosa. No obstante, la rivalidad celosa no es siempre sexual; el objeto de amor celoso sí suele serlo y, si no lo es realmente, está por lo menos inconscientemente sexualizado en la mente de quien le ama celosamente, pero hay ocasiones en que el rival no lo es porque amenace la posesión sexual del objeto de amor, sino porque se constituye simplemente en una amenaza de carácter más general, de la que puede —en algunos casos— estar ausente o casi ausente la sexualidad.

lunes, 19 de diciembre de 2016

La infidelidad confirmada es más soportable que la duda.

Tanto en los celos como en la envidia se encuentran tres sentimientos que los caracterizan: depresión, humillación y odio; si bien en los celos predominarían generalmente la depresión y la humillación, en tanto que, comparativamente, la envidia implicaría una preponderancia del odio, hasta tal punto que Melanie Klein ha llegado, desde la teoría pulsional, a considerar los precursores arcaicos de la envidia como equivalentes de la pulsión de muerte.
En realidad, la envidia parece ser un sentimiento más primitivo y destructivo que los celos, que son más evolucionados y están más ligados al amor; la primera no requiere una relación amorosa previa, es mucho más posesiva y ávida que los celos, suele expresarse más en relación a la posesión de objetos o bienes materiales que en relación al amor de las personas, y no se refiere necesariamente a una situación triangular, puesto que no hay rival sino simplemente envidioso y envidiado. En este sentido puede entenderse la máxima de François de La Rochefoucauld que dice que «los celos son de alguna manera justos y razonables, puesto que no tienden más que a conservar un bien que nos pertenece, en tanto que la envidia es un furor que no puede resistir el bien de los otros».
Cabe añadir que en la paranoia de celos existe una ambivalencia por el objeto, entre un apremiante deseo de posesión y un preponderante rechazo, así como la fluctuación entre la certeza de la infidelidad y las dudas atormentadoras que se suscitan y sobre todo el poner a prueba a la persona amada provocando situaciones que fuerzan, incluso artificialmente, la confirmación de la infidelidad «como si la infidelidad confirmada fuera más soportable que la duda».

El perdón.

“Si el sujeto solicita que se le perdone por una mala acción cometida, e inmediatamente expresa el motivo y justificación que lo llevó a emprender tal acción, no siente culpa sino vergüenza. El genuino perdón (sentirse culpable) nunca va acompañado de ninguna justificación posterior”. Pothos Himero.

Generalmente se tiende a confundir el sentimiento de vergüenza con la culpa, pero si profundizamos podremos dilucidar sus diferencias; para ejemplificar imaginemos un sujeto que padece paranoia de celos (celotípico) que se siente herido en su honor cuando su partenaire a cometido alguna acción que lo humilla, entonces tiene la creencia justificada de llevar a cabo una venganza e incluso se siente hasta obligado a realizarla. Así, pues, en la vergüenza del pundonor el objeto dañado es el propio Yo (la dignidad, el honor, la integridad del Self), mientras que en la culpa el objeto dañado es el objeto de relación, el otro.
La asunción de la culpa y la consiguiente responsabilización mueven a mecanismos de reparación que son fundamentales en la relación amorosa, mientras que la asunción de la vergüenza como daño de la propia dignidad mueve a la responsabilización del otro y al deseo de venganza, a mecanismos de reparación del honor que son fundamentalmente destructivos. «En este sentido los sentimientos de vergüenza son más primitivos, más esquizoparanoides que los de culpa, que son más evolucionados y depresivos». Los sentimientos de vergüenza estarían situados a medio camino entre las ansiedades catastróficas más primitivas y los sentimientos más evolucionados de culpa, siendo tanto más esquizoparanoides cuanto más domine la vergüenza del pundonor y tanto más depresivos cuanto más domine la vergüenza de la culpa.
Las ansiedades catastróficas y persecutorias están siempre referidas a uno mismo, al estado del Self, mientras que las ansiedades depresivas o de culpa están referidas al estado del objeto. Desde el psicoanálisis, la vergüenza se encuentra a veces cabalgando entre la referencia al Self y la referencia al objeto, próxima ya a la culpa, pero en el caso de la vergüenza del pundonor, que mueve a actitudes destructivas, suele estar más próxima a un estadio evolutivo más primitivo, propio de la posición esquizoparanoide. Así como en el caso de los sentimientos de culpa encontramos un espectro de sentimientos que van desde la persecución a la culpa pasando por lo que algunos han llamado culpa persecutoria (León Grinberg), asimismo en los sentimientos de vergüenza encontramos un espectro que va desde sentimientos esquizoparanoides de predominio persecutorio a sentimientos depresivos de vergüenza que podríamos llamar, parafraseando la expresión de Grinberg, «vergüenza culposa» o «culpa vergonzosa».
La vergüenza de la culpa es ya un sentimiento depresivo, equivalente al arrepentimiento y complementario de la culpa depresiva, sin el cual ésta no tendría sentido; razón por la cual el sinvergüenza o el desvergonzado no se arrepiente, no se avergüenza y no siente necesidad de reparar.
El concepto de integridad, en su doble acepción de integridad personal e integridad moral, requiere la capacidad de avergonzarse y no sólo la de sentirse culpable. La asunción de la culpa mueve a la reparación, pero para ello es necesario que el sujeto tenga la íntima convicción «avergonzarse de sus pecados» (el pecado es la versión teológica del sentimiento psicológico de culpa).
El sujeto melancólico que se siente impulsado al suicidio por un sentimiento de culpa, no lo hace solamente por la culpa, sino también por un sentimiento entremezclado de culpa y vergüenza, o sea, de indignidad, sentimiento que está más centrado en el Self que en el objeto.

sábado, 26 de noviembre de 2016

La paranoia de celos.

En el sujeto "normal" podemos observar la dependencia a desplazar sobre otro y sobre el exterior lo que resulta penoso de soportar para él; también en el paranoico podemos ver que se consuela expulsando de su Yo los complejos intolerables, elaborando sensaciones a partir de sentimientos, y del mundo exterior a partir de una fracción de Yo. En lugar de reconocer su amor, su odio o su envidia —sentimientos que rechaza su consciencia generalmente por razones morales—, tales pensamientos de amor y de odio le son inspirados, bajo falsas apariencias por seres invisibles, o bien se desarrollan ante sus ojos, simbólicamente, en visiones fantásticas, o incluso se le aparecen en los rasgos o en los gestos de los demás. Verbigracia estos sujetos pueden reprochar a su partenaire que su amigo o compañero de trabajo es su amante, cuando en realidad él está más interesado en el amante por el aspecto homosexual que este representa de forma inconsciente.
Llamamos proyección en el campo del psicoanálisis a este modo de defensa constatado en la paranoia, pues, de hecho, no es más que la proyección de afectos del Yo sobre el mundo exterior.
Concluyamos que el sujeto paranoico expulsa de su Yo las representaciones que se han convertido en insoportables, simplemente mediante la proyección.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Celos en los hombres que se dicen llamar "Don Juan" o "Casanova".

Existen hombres —llámese Don Juan o Casanova— con una habilidad de seducción por encima de la media, que manifiestan una imagen a sí mismos y a los demás como enérgicos, valientes, buenos, gentiles, capaces de hacer el amor cortés a una mujer hasta en los más refinados detalles o bien de la manera más salvaje; aunque en su fuero interno ellos conocen perfectamente que son egoístas y que buscan incansablemente conquistar a los féminas para afirmar únicamente su Yo. Pero paradójicamente en el fondo también se sienten vulnerables y muy dependientes del juicio que los otros puedan formarse de su persona.
Generalmente estos tipos de hombres son superficiales en sus relaciones de pareja, siempre tienen un pie afuera para salir de la relación inmediatamente cuando las circunstancias así lo requieran, pero llega a suceder en ocasiones que pueden llegar a enamorarse y es cuando la relación con su partenaire toma un matiz erotomaníaco, esto se manifiesta principalmente cuando experimentan "celos patológicos" cobrando tintes delirantes de sus sospechas, es entonces cuando se dedican a inspeccionar meticulosamente los objetos de su partenaire, bolso, celular, ropa, cajones, etcétera; llegando incluso a espiarla en su trabajo, casa... a la búsqueda de algún signo que confirme sus suposiciones.
Lo que estos hombres desconocen en estas pesquisas por tratarse de algo inconsciente, es la presencia de un Goce, de un goce que experimentan cuando hurgan en las pertenencias de su pareja, digamos una excitación que los conforta en creer que su mujer tiene un amante. Éste Goce inconsciente deja huellas que persigue obsesivamente durante el tiempo que mantenga el vínculo sentimental con su partenaire.
Estos celos patológicos tienen su origen desde la infancia (Complejo de Edipo) y son reafirmamos durante la adolescencia y adultez.