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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

La intimidad corporal.

¿Cómo llegó a ser socialmente aceptable que un hombre insista en sus derechos sexuales cada vez que lo desea, mientras que la mujer los debe reprimir? ¿Se deberá posiblemente al hecho de que ante la violación la mujer es un ser relativamente indefenso por sus condiciones físicas? Esto debió ejercer cierta influencia en el desarrollo de muchas culturas. Sin embargo, con frecuencia se ha demostrado que incluso la violación no resulta demasiado sencilla si no hay cierta “cooperación” por parte de la mujer.
El trastorno neurótico del vaginismo ilustra que en algunas circunstancias, esa renuencia inconsciente a tener relación sexuales puede bloquear en forma significativa la libido del hombre. Si bien la fuerza física superior de éste puede ser un factor importante en la frecuencia de condescendencia pasiva femenina, también deben existir otros factores.
Para encontrar algunas respuestas debemos examinar los aspectos socioculturales que son significativos en este sentido, y que cuentan con cierta “aprobación” tanto de hombres como de mujeres en el sentido de la creencia que la pulsión sexual femenina no es tan apremiante como la masculina; por consiguiente, para ellas no es necesario satisfacerlo de forma inmediata. Aunque poco a poco se ha ido abandonando esta idea con la creciente tendencia de la mujer de afrontar y asumir en plenitud su sexualidad, siendo capaz de expresarlo ante sí misma, ante sus congéneres, ante su pareja, ante la sociedad en general, aunque ya en la intimidad del lecho no siempre se ponga lamentablemente en práctica, también existen otras féminas que dicha libertad sexual les atemoriza. Además, y en forma casi simultánea, otro aspecto importante de la vida sexual de la mujer ha ido perdiendo importancia, esto es, la posibilidad de tener hijos. La maternidad ya no es algo deseado por muchas de ellas. Por cierto, un tema muy amplio para investigar sus causas desde el psicoanálisis.
Hasta hace unas cuantas décadas se suponía que las necesidades sexuales de la mujer eran casi inexistente, se esperaba que ellas fueran capaces de controlar sus deseos sexuales en todo momento, por lo que un embarazo fuera de matrimonio denotaba debilidad o concupiscencia de la mujer. La participación del hombre en dicho embarazo era mirado con más tolerancia, y éste no se hacía merecedor de ninguna o casi ninguna deshonra social.
El hecho de que la mujer pudiera ocultar mucho mejor su excitación sexual a comparación del hombre, contribuyó en parte a la propagación de la idea que estableció cierto patrón en el que la obediente fémina se ofrecía a su pareja sin participar activamente en el coito. Muchas mujeres “normales” aceptan esta situación, pero seguramente en el fondo les resulta muy difícil asumir. Cabe agregar que un considerable número de hombres les causa cierta “incomodidad” cualquier expresión de intensa pasión de su pareja. Incluso existen hombres que les puede causar repugnancia si su mujer responde voluptuosamente en el intercambio sexual. Esto puede llevar a la fémina a ocultar su deseo sexual, incluyendo el orgasmo, sintiéndose desgraciada y furiosa.
Ahora bien, no sólo encontramos en las mujeres frígidas —quienes al advertir su ineptitud como compañeras sexuales— tratan de compensarla de la mejor manera posible con una entrega sin participación; en muchos casos, descubrimos también esa actitud aun en las mujeres con una respuesta sexual adecuada; ellas han aceptado la idea de que las necesidades del hombre son más importantes que las suyas y que, por ende, los deseos y las necesidades de aquél son soberanas.
La creencia errónea de que la vida sexual de la mujer no es tan apasionada ni perentoria como la del hombre, puede dar lugar a dos lamentables situaciones: puede inhibir la natural expresión de deseo de la mujer por temor a parecer una prostituta, o bien puede llevarla a creer que debe estar dispuesta a avenirse en todas las ocasiones que lo desee el hombre, por lo que vale decir, que ella no tiene ningún derecho propio para manifestarse u oponerse respectivamente. Ambos extremos representan un obstáculo en ella para su expresión espontánea con lo que surge el resentimiento y el descontento. Esto aunado al poco interés del hombre por despertar la pasión de ella y de la escasa importancia que le brinda al arte de amar, lleva a la pareja a un inevitable fracaso.
Cuando se desvaloriza un aspecto importante de la vida de un sujeto, ello tiene un efecto negativo sobre su autoestima. Lo que una mujer tiene en realidad para ofrecer en materia de correspondencia sexual se convierte en algo despreciable, y esto desvaloriza su Yo y su apariencia corporal.
La segunda manera en que nuestra cultura ha subestimado el patrimonio sexual de la mujer es desvalorizando sus genitales. En la terminología clásica, esto está relacionado con la idea de la “envidia del pene” (Teoría propuesta por el psicoanálisis) lo que nos convierte en una sociedad falocentrista. Pero debemos señalar enfáticamente que la idea de la “envidia del pene” es un concepto masculino: “Es el hombre quien experimenta al pene como un órgano valioso y supone que las mujeres también deben compartir ese sentimiento”. Pero es una idea ingenua pensar que una mujer realmente pueda imaginar portar su propio pene y con eso gozar, como lo hace el hombre con el suyo; más bien se percata de las ventajas socioculturales que tiene, quien porta un pene*.
Lo que una mujer necesita es más bien sentir la importancia de sus propios órganos y la aceptación de su cuerpo en general, y que cada una de sus funciones constituye una necesidad básica para consolidar su autoestima.
La mujer de complexión robusta, morena y baja de estatura tal vez crea que sería más deseada por los hombres si fuera rubia, alta y delgada; en otras palabras, si fuera otra persona. La solución de su problema —desde el psicoanálisis— no reside en el hecho de volverse rubia sino en descubrir por qué no se acepta tal como es. El psicoanálisis revelará que alguna persona significativa durante sus primeros años de vida prefería a las rubias, o bien que el hecho de ser morena se ha asociado con alguna otra característica inaceptable.
En nuestra cultura, la relación sexual ha merecido la desaprobación por el puritanismo. El ideal puritano consiste en la negación del placer erótico corporal, y esto hace que los deseos sexuales se conviertan en algo vergonzoso. En nuestros días seguimos encontrando indicios de esta actitud en los sentimientos expresados por ambos sexos. También existe otra actitud que desvaloriza la sexualidad, en particular la sexualidad femenina. Estamos inmersos en una sociedad que pone gran énfasis en la pulcritud. Para muchos sujetos, los genitales entran en la categoría de órganos excretorios, asociándose así con la idea de algo sucio. En el caso del hombre, parte de esa consigna desaparece porque él se libra de la menstruación. La mujer, en cambio, es quien la presenta y, cuando su actitud se ha visto fuertemente influida por el concepto de algo sucio o desagradable, ello acrecienta su sensación de ser inaceptable, y esto aunado a la opinión de su partenaire de que efectivamente sus flujos menstruales tienen un olor nauseabundo, fortalecen el convencimiento de la fémina de que los desechos de sus genitales son verdaderamente repugnantes.
El desenfrenado placer que el niño experimenta frente a su cuerpo y a los flujos que emanan de él comienza a reprimirse a edad muy temprana, Esto constituye una parte fundamental de la educación básica. A la mayoría de las personas les resulta muy difícil aceptar el efecto pernicioso que esto constituye sobre la vida psíquica y emocional del sujeto; si esa actitud fuera más permisiva entonces algunos trastornos que presentan ciertos sujetos sencillamente no existirían. Lo que ocurre es que ese tipo de educación, implementado por el mercado de consumo capitalista ha creado una especie de actitud repulsiva hacia los flujos corporales.
La moralidad de esfínter, como la llamó Sandor Ferenczi, se extiende más allá del control de la orina y de las heces; en cierto modo, incluye también a los flujos vaginales, semen, sudor, mucosidad, etcétera. Es evidente que estos flujos tienen una enormemente influencia en las actitudes que toman hombres y mujeres al respecto, que pueden llegar a ser completamente repugnantes. Ese intento de algunos sujetos de controlar la expulsión del excremento, orina, etcétera, aunque de manera incipiente, dado que es una cuestión biológica que está más allá de la capacidad psíquica del sujeto para retener, nos muestra claramente como se ha creado un sentimiento de inaceptabilidad y suciedad al respecto.

*Desde el psicoanálisis existen algunas mujeres que efectivamente desean poseer un pene propio, pero únicamente el análisis puede confirmar esto, lo que obviamente las ubica dentro de la psicopatología.


La sexualidad femenina en la actualidad.

“Tengo necesidad del sexo para sentirme viva, pero nunca he sentido realmente a un hombre”. Betty Friedan (refiriéndose a la expresión de otra mujer).

La práctica sexual de muchas mujeres contemporáneas pueden encontrarse en peores condiciones que sus predecesoras de la época Victoriana, aquellas mujeres no podían sentirse “respetables” si admitían, aunque sólo fuera para sí mismas, la existencia de deseos, fantasías o necesidades de índole sexual. En la actualidad, se ha convertido en un hecho deshonroso o al menos humillante, el que una mujer reconozca, frente a sí misma, u otro, que sus experiencias sexuales no han sido jamás un estallido fulminante de pasión.
Muchas mujeres durante el psicoanálisis manifiestan una ansiedad con respecto a su capacidad para tener un orgasmo, juzgando a este aspecto de su experiencia sexual como si fuera una suerte de piedra de toque del éxito, y que parece estar definido en términos bastante masculinos.
En un mundo en el que la actividad masculina (falocrática) fija las normas de lo que es valioso; la experiencia de la mujer, tanto en lo referente al sexo como en otros aspectos de la vida, toma el carácter de una lucha extrañamente ambigua contra la dominación masculina. Esa dominación es algo que se da por sentado; incluso se la acepta, en el sentido de que es el hombre el que establece las normas. Pues, al mismo tiempo que se aparta de esa norma se inferior. De allí que muchas mujeres sientan que posicionarse como “pasivas” sea sinónimo de inferioridad.
Algunas mujeres llegan a someterse, no se rebelan, no se vuelven agresivas ni se convierten en una amenaza para la vida del hombre, pero su incapacidad, ya sea para disfrutar del rol que les fue asignado, o para reaccionar contra él, la arrastra a la desesperación y a una suerte de desintegración del Yo.
La novelista inglesa Doris Lessing relata un vivo retrato de este tipo de mujer en su novela: “A Man and Two Women”, particularmente en el cuento “To Room Nineteen”, en el que describe a una fémina joven, feliz en su matrimonio, con un marido atractivo, hijos, amigos y dinero. Y, sin embargo, toda la existencia de esta mujer es una farsa. Lo único real para ella son los momentos que pasa sola en un hotel de paso. Por último, hasta esta experiencia pierde su significado. La vida se ha vuelto insoportable para ella, y abre la llave del gas; se sentía —dice la protagonista— “bastante satisfecha allí tirada, escuchando el débil y susurrante silbido del gas que se propagaba velozmente en la habitación, en mis pulmones, en mi cerebro, conforme me iba hundiendo cada vez más en las tinieblas”.
Incluso podemos observar mujeres en cierta posición que no echan mano de la agresividad para expresar su resentimiento hacia su partenaire en particular y hacia todos los hombres en general, pero padecen en mayor o menor medida dicho resentimiento y reaccionan frente a él, volcándose hacia el contacto sexual como una forma de obtener consuelo, encontrándolo inmediatamente casi siempre insatisfactorio. El acto sexual se ha visto despojado de esa sensación de íntima comunicación personal, sin llegar a convertirse en una experiencia enteramente complaciente, si bien limitada.
Así muchas mujeres de nuestra época se encuentran en un estado de rebelión contra la pasividad que nuestra cultura les imponen. Debemos recordar que esta rebelión tiene una antigüedad de varias generaciones, pero ha alcanzada una suerte de clímax en nuestra época. Como reacción frente a la dominación masculina, aun cuando el tipo de feminismo anterior a la Primera Guerra Mundial rara vez se manifestaba, las mujeres se han vuelto más agresivas, en particular en el aspecto sexual; puesto que en la vida íntima, del mismo modo que en la vida económica, se ha producido una «revolución de crecientes expectativas».
Hace cincuenta años, regularmente las mujeres no sólo esperaban ser pedidas en matrimonio (o al menos intentaban que nadie se diera cuenta de que andaban “urgidas de marido”) sino que, de casadas, consideraban que su rol consistía en estar al servicio del placer de su marido, y raramente experimentaban placer ellas mismas.
Las féminas de hoy ya no les basta dar satisfacción a su partenaire; también ellas quieren recibir su parte. Tal vez ellas siempre hayan anhelado esa satisfacción, después de todo, aunque lamentablemente el folklore de muchos pueblos sigue posicionando a la mujer como «insaciable».
Las mujeres no sólo desean y esperan obtener satisfacción sexual antes y durante el matrimonio, sino que se culpan a sí mismas y a sus partenaires si no llegan a alcanzar ese placer anhelado, y en las formas establecidas de antemano. Formulada en estos términos, el imperativo de tener una experiencia sexual satisfactoria crea problemas, tanto en el hombre como en la mujer.
Algunos hombres casados o solteros pueden buscar mujeres conocedoras del “arte amatorio”, para ellos esto resulta estimulante pero al final, casi todos piensan que una mujer sexualmente activa constituye una amenaza por lo que terminan huyendo.
Como respuesta —o quizás como retaliación— los hombres se vuelven pasivos con su partenaire y ellas se vinculan a ellos aunque que no les proporcione el tipo de experiencia sexual que creen les corresponde como herencia propia. Y sin embargo, al mismo tiempo la mujer tiende a culparse por no ser lo “suficientemente mujer” como para sacar, a su pareja de la pasividad.


La detumescencia precoz.

“El valor reside en el término medio entre la cobardía y la temeridad”. Anónimo.

Jacques-Marie Émile Lacan dice que el término «eyaculación precoz» debería llamarse «detumescencia precoz». La detumescencia precoz, es un mal menor en tanto es preferible sustraer el Falo antes que advenga la castración, que es percibida en el acto sexual como amenaza.
Es muy común observar la creencia que tiene el sujeto al pensar que puede manejar su pene a voluntad, es una idea narcisista anudada fundamentalmente al registro “Imaginario”. Mientras que otros sujetos encuentran que, en determinado momento, el pene no les responde a su voluntad, por lo que se observa claramente cómo responde a las leyes del inconsciente en el registro “Simbólico”, es decir que responde al sujeto, pudiendo en algunos casos hacer de eso un síntoma.
La idea que planteaba Sigmund Freud en cuanto a la impotencia sexual, era que el sujeto percibía en su partenaire la imagen de su madre, tal acontecimiento traía por consecuencia la angustia de castración (disfunción eréctil, o una erección momentánea nada más).
Cuando el sujeto encuentra que su detumescencia precoz responde a alguna razón oculta en su vida sexual —aunque eso no arregle la disfunción, al menos disminuye considerablemente su angustia— y se entiende porque eso responde a alguna ley, finalmente eso está anudado a la palabra. Cuando no responde a ninguna razón, es decir, cuando el sujeto manifiesta que en algún momento de su vida cotidiana, sin estar fantaseando con escenas eróticas o estar ante la presencia de una mujer, tiene una erección, eso no responde a ninguna ley. En algunos casos de psicosis se ve muy claramente este fenómeno.


viernes, 4 de agosto de 2017

Precisiones sobre el falo en psicoanálisis.

Jacques-Marie Émile Lacan dice en el Seminario 23, que: “Cuando uno se cree macho es porque se tiene un pequeño cabo de cola (pequeño cabo de cola es sinónimo de pene) Es decir, que para creerse macho no alcanza con tener ese pequeño cabo de cola entre las piernas, y agrega: “El falo es la conjunción de ese parásito, el pequeño cabo de cola en cuestión, con la función de la palabra”. Por lo que se trata que el pene responda al “significante” cuando la excitación se puede lograr con el pensamiento, esto es lo que nombramos «falo» desde el punto de vista del psicoanálisis.
Ahora bien, para que el falo esté inscripto no alcanza con que alguien tenga un pene, hace falta que ese órgano responda de cierta manera a la palabra. Entonces, la inscripción del falo coincide, de alguna manera, con esa relación entre un órgano y la palabra, que es lo que Lacan después llamó “hacer de un órgano un instrumento”.
Hacer de un órgano un instrumento responde a estas características, a que el órgano pueda ser utilizado como una herramienta, en este caso podría ser para relacionarse con el otro sexo. Hay que ver toda la sintomatología masculina respecto del órgano, cuando eso no funciona de acuerdo a lo que ese hombre pretende del órgano, es decir, cuando no se excita en el momento en que, según el portador, debería excitarse o cuando deja de excitarse y espera que se excite, etcétera. Toda la sintomatología está puesta —siempre y cuando se trate de una neurosis— en términos de que no responde a la palabra. Hay toda una cultura masculina de la relación que mantiene cada hombre con su pene, por decir cuando se expresa: “Justo en el momento que lo necesitaba, no respondió”.
La vida cotidiana muestra que los hombres tienen una relación muy peculiar con su “instrumento” y no se muestra con alguna otra parte del cuerpo. Para el hombre su “instrumento” es como si fuera su amigo, incluso se dirigen a su miembro viril como si se tratase en tercera persona: “No obedece”, “me ha dejado en vergüenza”, “se desempeño muy bien”, “en ocasiones se alborota sin razón alguna”, etcétera; es como si se tratara de un «ser independiente» que vive entre sus piernas, algunos les ponen hasta un sobrenombre: Esta noche cena “Pancho”, “juguetón”, “travieso”… A esto se le nombra la «inscripción del falo», es decir que el órgano empiece a responder a la palabra.
Por otra parte, Lacan plantea que para acceder al otro sexo es necesario pagar el precio de la pequeña diferencia, y dice: “…que pasa engañosamente a lo real por el intermediario del órgano”. Y más adelante agrega que un “…órgano no es instrumento sino por intermedio de esto en lo que todo instrumento se funda, es que es un significante”.
Habría así una diferencia entre lo que llamamos un órgano y un instrumento, en tanto el órgano deviene instrumento en su conexión con el significante. En este punto es que Lacan avanza y propone que el transexual es, en tanto significante, que no quiere más de esto (lo que le tocó en suerte) y no en tanto órgano. Cometiendo el error —dice Lacan— “error común”, de no querer ser “significado del falo por el discurso sexual”. El error es entonces, querer forzar el discurso sexual, en tanto simbólico, en un pasaje a lo real, es decir, forzarlo por la via de la cirugía, o sea la reasignación sexo-genérico.
Hay un error común —continúa este autor— en confundir lo real del órgano con su articulación al significante en tanto instrumento, que se denota drásticamente en los transexuales; con las consecuencias funestas que, a nivel subjetivo, traen regularmente dichas cirugías a los transexuales. En relación a ese error común y las consecuencias que puede acarrear, se debe dilucidar las diferencias entre órgano e instrumento, entre pene y falo. Es decir, que el falo tenga la imagen preponderante del pene es un hecho que, por supuesto lo destaca Sigmund Freud, pero no es el primero en hacerlo, es un hecho que está históricamente insertado en la cultura, en la antigua Grecia cuando se veneraba al falo se le representaba como un pene obviamente erecto. Es decir, que no es algo que inventa Freud sino que lo encuentra en esa civilización, como en casi todas las culturas ancestrales se veneraba al pene erecto. Llegado a este punto surge la pregunta ¿Cuál es la razón de esa ligazón entre pene y falo? ¿Por qué la pregnancia de esa imagen del pene erecto sobre el falo? Por decir, cuando se adoraba al dios de la fertilidad, se lo veneraba con esa imagen. O sea, la posibilidad de que se trate de un órgano que tiene la capacidad de erección es crucial para que el pene se enlace al falo. Es la idea que está muy presente en Freud y es lo que le hace pensar que el clítoris también puede hacer las veces de falo. Él lo liga directamente con esta posibilidad de la detumescencia y la tumescencia, es decir, con la alternancia que implica un órgano que tenga la capacidad de erección. Vean cómo lo dice Freud: “Esta parte del cuerpo que se excita con facilidad —parte cambiante y tan rica en sensaciones— ocupa en alto grado el interés del niño”.
Lacan en el Seminario 4 dice que el “…el falo, no es el aparato masculino en su conjunto, es el aparato genital masculino exceptuando su complemento, el escroto por ejemplo […] la imagen erecta del falo. Esto es lo fundamental, sólo hay una”.
¿Por qué la erección es un rasgo que permite identificar al falo? Es crucial para entender muchísimas cosas de la enseñanza de Lacan y de la obra de Freud.
Lacan señala que el falo es más importante por su ausencia que por su presencia, pero ¿Qué interés tiene esto para el psicoanálisis? Porque estádirectamente ligada a la castración.
¿Cuándo el infante entra al Complejo de Castración? Cuando se topa con la ausencia de falo. Podemos invertir la cuestión, si estamos en la premisa universal del pene, alli no hay ninguna castración, porque la premisa dice: “Todos lo tienen”. Es decir, que allí aún no está instalada la castración, es la premisa básica de la que uno parte para que después se instale la castración. Por esto Lacan dice que es más importante por su ausencia que por su presencia. De modo, que es a partir de su ausencia que se instala la castración en tanto tal. Por consiguiente lo fundamental del falo es la alternancia entre presencia y ausencia, sino no tendría el valor que tiene en la estructura. Sin embargo, uno podría seguir preguntándose ¿Por qué el pene tiene pregnancia imaginaria sobre el falo? Así lo plantea Lacan en el Seminario 3, y termina respondiendo varios seminarios después, con el argumento de que la característica esencial del falo, en términos simbólicos, es la de indicar la ausencia, y aquí afirma que: “…el falo es más significativo por su caída que por su presencia”.
Por lo tanto, el avance siguiente, ya no tan explícito, es articular la presencia y ausencia simbólica del falo a la alternancia real de la tumescencia y detumescencia del pene. Es decir, que lo simbólico del falo, en tanto ausencia y presencia, se articula a lo real del pene en tanto tumescente y detumescente. Así se entiende cuando Lacan enuncia que: “…la detumescencia, en el macho, ha engendrado esta convocatoria de tipo especial que es el lenguaje articulado”.
Resumiendo en los “Tres Registros” (Real, Imaginario y Simbólico) podemos señalar que si en lo real hay un órgano que tenga la alternancia real de la detumescencia y la tumescencia, eso encaja con lo imaginario con la alternancia simbólica de la presencia y ausencia.
Es un hecho real que ese órgano tenga la posibilidad de la detumescencia y la tumescencia y esta es una alternancia que, a partir de que estamos en el lenguaje y, especialmente, para la neurosis, es leído como ausencia y presencia de falo. Es decir, que es esta capacidad de que sea un órgano eréctil lo que produce esa pregnancia imaginaria sobre el falo. Consecuentemente, y a partir del Complejo de Edipo, esa alternancia del órgano es leída como «falo-no falo», o como «presencia-ausencia».


jueves, 8 de junio de 2017

La psicosis y la inexistencia de la castración.

El sujeto con Estructura Psicótica presenta una una falla en el Orden Simbólico, como si no se hubiera terminado de completar el proceso de la inclusión del sujeto en el campo del Otro; por lo que permanece posicionado como el Falo de la madre.
El infante se encuentra en una relación dual con el Deseo Materno pero al crecer el niño no alcanza a separarse de dicho deseo por lo que desarrollará la psicosis.
El sujeto psicótico no llega a preguntarse el por qué no es lo que completa ese deseo, por lo tanto queda fijado en esta posición de objeto de Goce del Deseo Materno, dado que no hay una Función Paterna que venga a separarlo del multicitado deseo, con lo cual no se produce la castración, es decir el sujeto queda en una posición de completitud, en donde la Función Paterna «no le muestra mas allá de lo que su madre desea», porque él encarna ese objeto, es decir se convierte en el Falo del Deseo Materno y es allí donde se plantea la psicosis en ser ese Falo, que lo deja sin castración, es decir sin deseo.
Jacques-Marie Émile Lacan, insiste en explicar que el infante viene a colocarse más que como lo que le «falta al deseo materno, es un negar que al deseo materno le falte algo».

jueves, 25 de mayo de 2017

El falo y la fobia.

Jacques-Marie Émile Lacan expone sobre el Goce fálico del niño Hans (Seminario Cuatro) cuando comienza a masturbarse, su pene se convierte en una verdadera angustia, lo que conlleva a denotar sus síntomas. Entonces el caballo que asusta al niño delinea su fobia; como dice Lacan: Hans prefiere tener miedo de algo —el caballo— en lugar de estar en una agonía sin nombre. El miedo es un campo de angustia por designación del Otro: se brinda a un objeto la ansiedad causada por el Goce demasiado real que no puede representar ni mucho menos simbolizar el infante. El Goce fálico es un intruso en el inconsciente y la fobia es la respuesta, un remedio para expulsarlo de ahí. La fobia no permite ningún trabajo intelectual sobre ella.

Niñas y niños.

¿Por qué resulta tan difícil ver a los hombres y a las mujeres de una forma simétrica?
Si lo intentamos, podemos concebir la siguiente situación paralela en ambos géneros. El niño pequeño envidia la capacidad de la que goza el padre para mantener relaciones sexuales íntimas con su madre, ya que el padre le arrebata la primera relación objetal que desea mantener en cualquiera de sus formas, incluyendo la sexual. El niño envidiaría y odiará a su padre, temiendo los sentimientos proyectivos propios ante las posibles represalias del padre, que pueden conducir incluso a la castración.
La niña a su vez envidia la capacidad que tiene la madre de disfrutar de una relación sexual íntima con su padre que, además, puede crear un nuevo ser que crecerá dentro del cuerpo de su madre. La envidia que desarrolla la niña está relacionada con la capacidad de embarazarse de la madre, y sus miedos corresponden a sus propios sentimientos proyectivos de las represalias que ésta podría adoptar y que conducirían a su esterilización o incapacitación para la procreación; éste sería el equivalente al temor de resultar castrado (Melanie Klein).
Por lo tanto, se da una situación simétrica entre los niños y las niñas, y situaciones equivalentes en su categoría de adultos, al negar la diferenciación de los sexos. Toda teoría encaminada a comprender estos fenómenos sólo considerando un género conducirá a malentendidos.
No obstante, el problema en la niña está en el cambio del objeto sexual. Como Emilce Dio Bleichmar señala, la cuestión concierne no sólo a un cambio de la madre al padre, sino también a por qué la niña debiera desear ser niña en un mundo paternalista, masculino y fálico.
Stephen A. Mitchell plantea una cuestión similar e importante:
“La niña aprende una historia bien distinta. El amor que siente por su madre no es, como en el caso del niño, culturalmente peligroso, sino sexualmente ilusorio según los términos planteados por la cultura. Si persiste en la creencia de que tiene un pene... estará rechazando la realidad, hecho que supondría la base de una futura psicosis. En un caso ideal reconocería su inferioridad fálica, se identificaría con la madre a la que debe compararse, y luego desearía ocupar su puesto junto al padre”.

El amor en la mujer.

“La mujer hará del amor «el asunto de su vida», exigirá siempre ser adorada, y su queja permanente será la pérdida del romanticismo inicial de la pareja”.

Los argumentos que propone el psicoanálisis para sustentar y probar la prevalencia de la estructura narcisista en la mujer son los siguientes: 
1.-Prefiere ser amada a amar (Sigmund Freud);
2.- Carácter concéntrico (centrada en sí misma); (Bela Grunberger);
3.- Capacidad de gozar de sí misma, autosuficiencia que fascina al hombre (Sigmund Freud);
4.- Clítoris, zona erógena principal típicamente narcisista, no sirve nada más que para el placer, contrariamente al pene, que al mismo tiempo que es fuente de placer es de reproducción y órgano de micción, sin hablar de sus significaciones inconscientes energéticas (Bela Grunberger),
5.- Narcisismo flotante, no integrado, no saturado, "que es patrimonio de las mujeres, ciertamente hay hombres narcisistas que presentan esta clase de narcisismo, pero de alguna manera se encontrará en estos hombres una importante componente femenino" (Bela Grunberger).
Ahora bien, ¿cuáles son las razones que se esgrimen para explicar este desnivel entre la pulsión* y el narcisismo? Se pueden agrupar de la siguiente manera:
a) Déficit pulsional primario. Se ha atribuido a todo tipo de razones la frecuente frigidez de la mujer, desde «debilidad de la energía libidinal» (Marie Bonaparte); «inhibiciones constitucionales» (Helene Deutsch); pasando por la ya consabida bisexualidad más acentuada en la mujer que en el hombre, hasta confusiones graves entre frigidez y «espiritualidad» (Helene Deutsch).
b) Peculiaridades en el desarrollo psicosexual: inadecuación estructural del objeto anaclítico** como objeto erótico y, como consecuencia, la relación madre-hija será inevitablemente frustrante y ambivalente (Bela Grunberger, Janine Chasseguet-Smirgel); falicismo*** infantil (innato, alto monto de bisexualidad) devaluado en el descubrimiento de la falta de pene en ella y la madre; hombre fallido (Sigmund Freud, Jacques-Marie Émile Lacan).
Como consecuencia de esta desigualdad narcisista tan dolorosamente vivida, la niña deseará, en un incesante desplazamiento, una confirmación narcisista por parte del hombre, fundamentalmente en el amor. 
Hará del amor «el asunto de su vida», exigirá siempre ser adorada, y su queja permanente será la pérdida del romanticismo inicial de la pareja, momento cumbre del agasajo, la lisonja, la sobrevaloración en que la ubica su enamorado. ¿Por qué el amor compensa mejor el colapso narcisista de la mujer que la sexualidad? ¿Por qué la sexualidad, el Goce, no se halla frecuentemente investido, es decir, por qué sólo la mujer que es amada obtiene en su inconsciente algo que equivale a la posesión del falo, y esta representación no se origina a partir de un buen orgasmo? Es que el goce sexual es demasiado real y concreto para despertar la fantasía, y el deseo —su fuente— necesita de un plus no realizado? ¿Por qué, entonces, son tan frecuentes los fantasmas de megalomanía fálica en los hombres después de una buena conquista y desempeño sexual? Estamos en presencia de un inconsciente que funciona con una legalidad diferente o con contenidos diferentes para mujeres y hombres. La teoría psicoanalítica ha sido renuente hasta el momento en escuchar y tener en cuenta el discurso feminista, se lo conoce, pero sus enunciados permanecen si no censurados, al menos neutralizados.

* En el psicoanálisis, la pulsión es la energía psíquica profunda que dirige la acción hacia un fin, descargándose al conseguirlo. El concepto refiere a algo dinámico que está influido por la experiencia del sujeto, psíquicamente hablando. Esto marca una diferencia entre la pulsión y el instinto, este último es congénito (se hereda por la genética).
** Anaclítico: Adjetivo, dícese del niño que depende de los cuidados maternos.
*** La palabra falicismo se refiere a una cierta actitud referida al pene. También se refiere a cualquier objeto que se asemeje visualmente a un pene o actos similares refiriéndose a estos símbolos como «algo fálico». Jacques-Marie Émile Lacan relaciona la falta de objeto con el falicismo y como categorías de la falta sitúa a la castración, la frustración y la privación.

domingo, 21 de mayo de 2017

La Estructura Perversa.

Regularmente se entiende la palabra “perverso” como sinónimo de maldad, que corrompe las buenas costumbres, que daña a otros con sus conductas, sentimientos o impulsos de manera intencional y disfruta con ello.
Si bien estas conductas pueden ser entendidas como arrebatos ocasionales, o bien ser calificadas como extremas en la concepción cotidiana, también pueden resultar manifestaciones de una cierta estructura subjetiva que en psicoanálisis se denomina “perversión”.
Desde el psicoanálisis la perversión es una estructura con la cual se conforma el sujeto y que le permite mantener el Goce de la fantasía plena, es decir, reniega de los límites, de lo imperfecto, se presenta como una renuencia para aceptar y asumir limitaciones y carencias, tanto propias, como,
primordialmente, la “Falta” de perfección y de plenitud del “Otro Omnipotente” ¿Qué significa esto? Pongamos un ejemplo: Un niño espera con ilusión la llegada de los Reyes Magos pero meses antes le confían sus amigos que los Reyes Magos son sus padres y entonces la magia desaparece, frente a la frustración de este descubrimiento, surge la tentación de “hacer como que no se ha dado cuenta”, con la fantasía que de esta manera la magia no se acabará y podrá seguir gozando de ésta. En este ejemplo, el niño en cuestión habrá demostrado renuencia a aceptar que la magia no existe, por no convenir a sus intereses, por tanto desmiente la realidad y la suple con su fantasía.
Ahora bien, en el proceso de desarrollo, el niño recibe de sus padres, o quienes realizan la función parental, cuidado y seguridad, al igual que cariño y sobre todo reconocimiento, en particular cuando se porta bien y obedece a su madre. El infante concibe a su progenitora como un “Otro Omnipotente”, por tanto su reconocimiento le hace sentir valioso, goza cuando corrobora que él es capaz de ser lo que su madre: “Otro Omnipotente” desea que él sea, sin embargo, la omnipotencia y completud de la madre es una fantasía.
Tarde o temprano, el niño se percata de que su madre tiene faltas, limitaciones, deseos imposibles de satisfacer porque están más allá de sus posibilidades. El vástago se da cuenta de que su madre no es todo, no abarca todo, ni tiene todo, no toma todas las decisiones, no tiene todo el poder, no tiene magia, entonces existe una «Falta» en ella. Esta situación es muy difícil de asumir por varias razones. Por una parte, provoca un sentimiento de vulnerabilidad, pues en esta madre omnipotente se encuentra depositada la seguridad y protección, que no será capaz de proveer, si no lo puede todo. En segunda instancia, reconocer la limitación de la omnipotencia es cuestionar el propio valor, dado que, quien otorga el reconocimiento y validación fundamentales, resulta no contar con el máximo nivel. Finalmente, aceptar las limitaciones de la madre conlleva la renuncia al Goce de la propia plenitud, pues se concibe que el cumplir cabalmente lo que la madre “Otro Omnipotente” espera o demanda tiene como resultado la propia plenitud.
Jacques-Marie Émile Lacan señala que la función materna es aquella que provee cuidados primordiales, cariño y aceptación, mientras que la función paterna es aquella que permite cortar el vínculo de dependencia del hijo hacia la madre, liberándole, abriéndose con ello la posibilidad de la individualidad y la subjetividad —tanto del hijo como de la madre— dando por lo tanto una vinculación diferente.
Regresando a la Estructura Perversa esta tiene como eje fundamental el rechazo de la “Ley Paterna” que trae consigo la posibilidad de renunciar al Goce inmediato en aras de la opción de posicionarse como sujeto y acceder a satisfacciones futuras. El perverso rechaza la existencia de la falta, de la carencia, de los límites, de la realidad, de la responsabilidad subjetiva y la posibilidad de individualidad, para mantener la fantasía de completud que lo une con su madre “Otro Omnipotente”, manteniendo una dependencia y sobre todo el Goce obtenido al complacer a ese “Otro Omnipotente”.
En la Estructura Perversa, se reniega principalmente de una cosa: la Ley Paterna, la falta y los límites, para aferrarse a otra: la dependencia, la fantasía de completud, el narcisismo y el Goce.
El descubrimiento de una falta en el “Otro Omnipotente”, abre toda una gama de respuestas y tiene repercusiones paradójicas, incluso contradictorias. Se trata, por una parte, del descubrimiento de una realidad que el sujeto rechaza y por otra parte de una maniobra por medio de la cual anula la percepción rechazada y sostiene la ilusión de que todo sigue como antes, intacto como cuando era un niño. La respuesta del sujeto perverso es la desmentida, la renegación. Como en el ejemplo del niño que rechaza la inexistencia de la magia de los Reyes Magos, el sujeto perverso elige “hacer como que no se da cuenta” y en su percepción sustituye la realidad, por una ilusión que le permite continuar con su Goce. Con esta operación inconsciente de sustitución de la realidad por la ilusión, surge una alternativa: convertirse el sujeto mismo en aquello que falta al “Otro Omnipotente”. Así, la completud del Otro, es asumida como tarea que hay que llevar de manera compulsiva y al pie de la letra. El sujeto así posicionado supone haber comprendido qué es aquello que le falta al Otro, al que ama, y toma la decisión de no retroceder ante las exigencias que supone ocupar el lugar de objeto que propicia el Goce para ese Otro. Al hacerlo se rechaza la diferenciación y el límite entre ambos, es decir, se pierde la perspectiva de hasta donde llega el perverso y donde empieza su víctima, cuál es su deseo y cuál es el deseo de aquel. “Se pierde así, en el sujeto perverso su propia posición como «sujeto de deseo», para asumir una posición de «objeto de uso y Goce del Otro»”. Podríamos decir que en un primer momento, asumir la “tarea” de complementar al Otro, es colocarse en una posición de víctima, pues el sujeto perverso, queda “diluido” en el proceso. El sujeto perverso se posiciona como aquello que es capaz de colmar el deseo de ese “Otro Omnipotente”, al hacerlo se crea la fantasía de que el Otro es realmenteomnipotente, pues al “llenarse” lo que le falta, le confiere plenitud, le hace perfecto, y con esta perfección le lleva al Goce tan fervientemente anhelado.
Al rechazar la falta en el Otro Omnipotente, y completarle para que realmente sea omnipotente, lo que hace el sujeto perverso es reivindicar el propio valor —pero insistamos— no reivindica un valor subjetivo, sino que se coloca en la posición de objeto: usado, gozado, querido, apreciado, y de ahí hasta llegar a ser un “objeto indispensable” para el Otro. A partir de este momento se da un giro en la posición inicial, el sujeto perverso asume así el control y una postura de poder sobre el Otro.
¿El perverso disfruta dañándose a sí mismo o ha los demás? El sujeto perverso desmiente la realidad y la sustituye con una ilusión. Al asumir como real la ilusión de que completa al otro, el sujeto perverso siente que es el medio para que el otro sea pleno, para que no le falte nada, y a la vez siente que la única razón de su existencia es el lograr que el otro sea pleno gracias a él.
Así pues, el sujeto perverso busca ser indispensable para el otro, o al menos hacerle creer que lo es, y desde esta posición provoca que el otro le deba a él su plenitud, que quede en deuda con él. De esta manera, el sujeto perverso pasa de una posición objeto de Goce del otro al que busca completar, a una posición de poder y dominio sobre el otro. La relación se invierte y ahora es el sujeto perverso quien usa al otro como objeto que le debe “tributo”, y debe pagarle, en primera instancia “gozando” de la plenitud que él le otorga, y también le debe: agradecimiento, reciprocidad, atención, consideración, obediencia, amor, amistad, etcétera y así se construye una lista interminable de deudas que nunca pueden ser saldadas. La deuda hacia el perverso es ilimitada, dado que el sujeto perverso ha rechazado y desmentido los límites.
Por otra parte, si bien el sujeto perverso ha desmentido los límites, ha rechazado la realidad y la ha sustituido por una ilusión, sabe que los límites existen, que los ha desmentido pero que están ahí, y que al partir de su rechazo, no puede identificarlos por sí mismo. En este sentido, el perverso requiere que otro se los señale. Es aquí donde el sujeto perverso presenta conductas que dañan a los demás pues busca provocar angustia en el otro, como medio para identificar el límite; por ejemplo transgredir la ley con la intención (inconsciente) de ser aprendido y castigado.
El psicoanálisis no cura o modifica una estructura subjetiva porque esta se forma durante la infancia y se mantendrá intacta hasta la muerte. El propósito del psicoanálisis es reacomodar y resignificar varios elementos y componentes de la estructura.
La estructura que cada sujeto tiene se debe comprender como una forma de posicionarse ante la vida, y no como una enfermedad.
En el caso de la perversión, el psicoanálisis tiene un desarrollo y un propósito diferente que en el caso de la neurosis o psicosis. Para la perversión, lo primordial es establecer una serie de límites externos que sirvan como marco de referencia para la sujeto, forjar una especie de armadura exterior que permita contener el pasaje al acto «acting out» y evitar que cause daños a otros y a sí mismo.
Cabe señalar que es muy difícil que un perverso solicite ayuda al psicoanalista, o recurra a cualquier otro tipo de terapia. En el caso de que decidan, regularmente permanecerán por un breve período, ya que les resulta insoportable la angustia que surge al intentar desentrañar su estructura subjetiva, siendo insuficiente el trabajo psicoanalítico que pueda realizarse con ellos.
Nada más para concluir, hagamos una referencia importante sobre el “Otro” y la “psicología del Yo”, en contraste con los “ego-psicólogos” estadounidenses de la época, donde Jacques-Marie Émile Lacan consideraba al Yo como algo constituido en el "Otro". Lacan argumenta que el movimiento psicoanalista estadounidense hacia el entendimiento del ego como una fuerza coherente con control sobre la psique de un sujeto estaba basado en una mala interpretación de Sigmund Freud. Para Lacan, el Yo permanece en conflicto interno permanente, solo soportable mediante el autoengaño. Asimismo agrega Lacan que con el Complejo de Castración, es la forma como el sujeto adquiere conciencia de la incompletud del “Otro Omnipotente”, de su cualidad de sujeto a su vez, aunque por sobre el sujeto físico ($). La incompletud del Otro lleva por nombre la “Falta”, y hace referencia a la dialéctica que se da entre el sujeto físico y el mundo social imaginario (|).

jueves, 11 de mayo de 2017

La madre fálica y el hijo falo.

Toda teoría parte de algún supuesto fundamental que se trata de demostrar. Ahora bien, las teorías infantiles son erróneas por dos motivos, porque en su psiquis predomina la «Ley del Deseo sobre la de la realidad» y por «insuficiencia de conocimiento», déficit que es completado por el saber a disposición del niño (coito oral, parto anal por poner algunos ejemplos). Sin embargo, Sigmund Freud nos señala sobre el hecho de que todas las teorías infantiles contienen alguna parte de verdad.
¿Cuál es el núcleo de verdad que encierra la teoría de la madre fálica?
Si se deben medir los efectos estructurantes que en el niño tiene el descubrimiento de la sexualidad adulta, coincidimos con Jacques-Marie Émile Lacan en que el factor central sobre el que se reorganizará la psique infantil será el advenimiento de la noción de “castración materna”. Lacan, a quien le debemos el haber rescatado la teoría de un realismo simplista, ubicando el “Complejo de Castración” en una dimensión intersubjetiva —que articula la teoría freudiana del deseo y del narcisismo—, reformuló el narcisismo primario en términos de la dupla madre fálica-niño falo ¿Qué significa esto?
El niño, engañado por su desconocimiento de la naturaleza sexual de la relación entre los padres y por su propio deseo de ocupar el lugar de único objeto del deseo de la madre, mantiene la creencia, durante un período idílico de su existencia, de «ser todo lo que la madre desea». Este supuesto infantil es teorizado en términos de hijo-falo, ya que el niño se ubicará en el lugar de lo que a la madre le falta, constituyéndose así la trama imaginaria del narcisismo primario.
El acento recae no tanto en la fusión del niño a la madre, o en la creencia de posesión del pecho, sino en que el sentimiento de plenitud, de omnipotencia, provendría de la ilusoria ubicación: «para agradar a la madre es preciso y suficiente con ser un niño» (la teoría sustituye niño por falo, lo que no significa que esta sustitución ocurra en la fantasía del mismo). Por otra parte, la madre, marcada por su propia estructuración edípica, será la fuente de esta ilusión, ya que el hijo completará, por mediación simbólica, lo que a ella le falta. «Este encuentro de ambos deseos sella la célula narcisista primaria».
Posteriormente, el niño asistirá al descubrimiento de la sexualidad, y sufrirá dolorosamente sus efectos: su destronamiento del lugar que creía ocupar, él no es todo para la madre —en términos del psicoanálisis no es su falo—, pero también descubre, y a esto obviamente se resiste, que a la madre también le falta algo, ella no es «un todo», ella está castrada, no tiene pene. La “angustia de castración”, si bien su fantasmática compromete al pene, en realidad es efecto de una transformación fundamental del narcisismo infantil: el niño comprende que el deseo de la madre no es ley, «el deseo de cada uno está sometido a la ley del deseo del otro». A partir de esta transformación, la “angustia de castración” se diferencia de la “angustia de separación”, pues en la separación del niño de la madre, o de las partes de su cuerpo, la creencia en la omnipotencia materna no se ve afectada, mientras que esto es lo esencial en la “angustia de castración”. En este punto se instalará la teoría sexual infantil sobre la «madre fálica», y ofrecerá dura resistencia a ser desalojada: el niño insistirá en la posesión del pene por parte de la madre (renegación desde el punto de vista del psicoanálisis), porque de esta manera conservará intacto el postulado de la «Ley del Deseo».

domingo, 7 de mayo de 2017

La Cosa: das Ding, psicoanálisis.

Existe un término en psicoanálisis introducido por Jacques-Marie Émile Lacan: La «Cosa», (das Ding), que se opone categóricamente a toda clase de objetos (die Sache), es lo que se coloca en el «Vacío». El «Vacío» es para los psicoanalistas una dimensión conocida, la «Cosa» vendría a ser lo que aquél encubre y no muestra.
El término «Cosa» se utiliza para dar un nombre a este punto último de la fascinación, como dimensión de aquello con lo que la relación sexual es regulada por el Falo.
Una vez establecida la “cadena significante” en la que el infante está envuelto desde antes de su nacimiento, el «Vacío» como punto de fuga de donde se alza una llamada a la que nadie es sordo, hemos esbozado el mapa de las principales avenidas del deseo en donde hemos encontrado el Falo, indispensable para orientarse en ellas, bastón ausente del peregrino que no va a ninguna parte pero que el tiempo lo conduce irremediablemente a su destino.

jueves, 27 de abril de 2017

La homosexualidad femenina y el Falo.

Esta anécdota puede ser ilustrativa para comprender la homosexualidad femenina, es una historia que versa sobre un espía del sexo masculino disfrazado de mujer. Este espía se encontraba una noche en una cafetería tomando café con sus enemigos, cuando uno de estos, sospechando del intruso, simulando un accidente vierte su taza de café entre las piernas del espía, quien por el gesto espontáneo que realizó para protegerse del líquido caliente en el lugar de su mayor debilidad (pene) desenmascaró su sexo masculino. En este orden de ideas podemos imaginar la misma historia pero con una espía del sexo femenino disfrazada de hombre, para advertir que ella no tendría esa debilidad masculina, pues no tendría nada que perder o proteger en este sentido.
Ahora bien, la mujer homosexual ha exorcizado la castración que le interesa en el otro que ella es para sí misma. Pues no ha renunciado a su sexo, únicamente se ha identificado con las insignias del otro. Y la presencia del tercero masculino se hará sentir, no sólo en el cuidado que esta mujer aportará al Goce de su compañera —de lo que extraerá ella orgullo y gloria, dejando en ciertos casos sistemáticamente de lado la búsqueda de su Goce como agente de la relación sexual—, sino también en la asociación más trivial o en el sueño, donde raramente dejará de surgir ya sea el tercero masculino, o algún objeto que lo signifique. Este testimonio masculino en el sueño, anónimo y sin rostro, es, lo mismo que los objetos que marcan la huella de su paso, el elemento central del sueño. Los juegos sexuales que, en el caso típico, tienen lugar entre dos mujeres, entre las cuales está la soñante, no tienen otro sentido que desarrollarse ante ella. Para la que sueña, que, por una parte, se implica en primer grado en la escena onírica, la referencia segunda pero principal es la de la presencia masculina, cuyo punto de vista, en cierta manera, ella adopta. De manera análoga, lo que se declara como una necesidad de seguridad en amor y el deseo de consagrarse a su pareja para que ella lo pueda ser todo, no deja de coexistir con un fantasma de idolatría efectiva al margen de una relación privilegiada. El aspecto de este fantasma prueba su filiación viril imaginaria. Pero en este engaño en que la homosexual mantiene el reto, desafío permanente que lanza al hombre castrado, ¿Quién es ella? ¿Hombre o mujer?
Si volvemos a partir de la primera indicación que nos da la clínica psicoanalítica: resulta ser una fijación parental excesiva, la homosexual ha amado demasiado a su padre. Pero lo ha amado demasiado en el sentido en que ha amado demasiado a su madre con ese amor cuya inexorable y severa frustración no ha podido soportar.
Tampoco ha renunciado al objeto de elección incestuoso. Lo ha perdido, abandonado, en el sentido en que ha rechazado su amor por su madre. Pero no por ello este objeto ha desaparecido, sino que se ha erigido en su Yo, que se organiza según el modelo del objeto desaparecido. Ella introyecta las cualidades del objeto de amor, el cual, en su Yo, está psíquicamente sobrecargado. El objeto de su amor se convierte entonces en soporte de su identificación masculina.
Ella se inviste con los atributos del padre, los de la masculinidad. Y cuando un sujeto se adorna con las insignias de aquel con quien se identifica, se transforma y se vuelve el significante de esos insignias.
Las insignias se utilizarán ante aquella a quien dichas insignias mintieron cuando el padre era su portador, dejando sin respuesta el llamado a la madre, que no tiene falo, a quien debería tenerlo si no estuviera castrado, con lo cual deja abierta esa falta que interesará al niño más allá de su madre. Pero la niña puede mantener, ante todo y contra todo, que ella posee el falo, como imagen, en lo que representa.
Para estas mujeres su madre como primer objeto de amor, es secundario porque lo que interesa es la falta que ella simboliza (carencia del falo), que es el soporte identificatorio de la homosexual.
El Ideal del Yo de la mujer homosexual podrá convertirse en la falta que hay más allá de su objeto de amor. Ella podrá ocupar el lugar de esta falta, y si el objeto faltante, es decir, el falo, en la medida en que éste le ha faltado a la madre, viene a ocupar el lugar del Ideal del Yo, entonces sobreviene el enamoramiento. El amor humilde y devoto por otra mujer que es su madre reencontrada, a la que la homosexual se propondrá como el objeto que llena esa falta. Y lo hará tanto mejor cuanto que ella no tiene ese objeto, pero lo representa.
Brindará así el ejemplo del amor por nada, de ese amor completamente desinteresado que justifica la superioridad que ella pretende y que constituye para el padre un desafío en el que ella muestra qué es un amor realmente genuino. El amor a alguien, no por lo que éste tiene, sino por lo que no tiene, es decir, el pene simbólico que está en el padre, como ella muy bien sabe, puesto que él puede dárselo a la madre, y que ella sabe que no lo encontrará en la mujer que ama.
Lo que en realidad sucederá no será la repetición de las relaciones del padre y la madre, puesto que ella no ocupa el lugar del padre. Ella ha construido ese personaje ficticio, «fetichizado» por entero comprometido con la representación de la falta de su primer objeto de amor, que ella vuelve a encontrar en su compañera. Volverá a encontrar al mismo tiempo todas las vicisitudes obligatorias de la relación con la madre, y especialmente de las relaciones agresivas más originales, las primeras rivalidades. Su efecto será el de moderar o exaltar la reivindicación del aparato de su representación, es decir, el conjunto de lo que para esta clase de mujer es la serie de atributos de la masculinidad.

sábado, 22 de abril de 2017

La importancia del Falo en la familia.

Para que la familia se desarrolle adecuadamente en el plano psicosexual, es menester que haya un «Falo» y que este falo esté del lado del padre, que este último pueda probar que ello es así, y que pueda brindarlo.
Pero si el Complejo de Castración se plantea en la familia como algo sin solución, la perturbación de la situación edípica podrá, en el límite, ser de tal naturaleza que toda la dialéctica de lo no fálico quede bloqueada.
Las ideas de Sigmund Freud lo han señalado, el sujeto fetichista niega que la mujer no tenga falo, y más particularmente su madre. El travesti, por su parte, que va más allá aún, está por entero comprometido con la representación de lo que la madre debe tener. Lo que, por lo demás, habrá de ser independiente de la asunción de su papel sexual. El travestí regularmente es padre de familia con la finalidad que le brinden el testimonio de su representación, si no con los hijos, al menos si, con su cónyuge. El travesti representa lo que la madre no tiene, pero debe tener, esto no significa que se identifique con el personaje materno sino lo que él hace es exponer el velo detrás del cual está él mismo, en tanto falo de la madre. O bien, si se prefiere, mientras que el travestí juega a convertirse en el fetiche de lo que la madre debe tener, pero no tiene, y se comporta como si existiera lo que no existe, que es justamente lo que él representa.
La mujer homosexual es ficción de ser lo que no se puede ser. La homosexualidad femenina, al no tener perspectiva abierta en el plano del intercambio, al no poder renunciar al falo que no tiene, al no poder esperarlo como don, sabe, lo mismo que todo ser humano, dónde está el falo, o al menos dónde debería estar; en aquél que no es que no lo tenga, porque no existe manera de demostrarlo: “El padre, de quien dirá ella en cuanto pueda que jamás amó a la madre como habría debido hacerlo”. Este hombre, pues, el padre, sólo puede asumir su sexo al precio de la castración.
Este orden de fenómenos en donde habrán de inscribirse las consecuencias del rechazo del amor por la madre en el momento en que alcance la genitalidad, es decir, allí donde se plantea la versión de las estructuras relacionales que la castración constituye, y a las que el mito freudiano del Complejo de Edipo da sentido. Los cimientos sobre los que el amor por la madre trata de elevarse están constituidos por las relaciones más arcaicas. Lo que será la aptitud para el amor del futuro adulto recaerá en parte en esta plataforma inicial cuya nota regresiva siempre saldrá a relucir en las observaciones que hace el psicoanálisis.
Si el sujeto recae antes en el «ser» que en el «tener» —nos estamos refiriendo al falo— esta ficción lo colocará en una posición muy delicada donde el suicidio estará siempre presente como telón de fondo en su diario vivir.

miércoles, 25 de enero de 2017

La madre fálica.

Para el psicoanálisis el «falo» no es el pene sino la «premisa universal del pene», es decir, el empecinamiento del niño en no reconocer la diferencia, y su empeño por afirmar que existe un solo sexo y de que todos los seres poseen un pene.
Y es justamente porque el niño se ubica como falo que completa a la madre, que, al percibir en sus primeras indagaciones la falta de pene en la niña, reacciona desconociendo esa falta: en un primer momento cree ver un miembro donde no lo hay (renegación); luego sostiene que aún es pequeño, que ya crecerá y por último que existía pero que alguien la castigó cortándoselo.
Es así como el niño, al poner en relación la percepción de la falta con la amenaza de la pérdida del genital, queda confrontado a la «angustia de castración» misma que perdurará toda la vida y regulará su deseo.
A modo de anécdota, es interesante hacer resaltar el hecho de que en un principio el niño no generaliza esta observación empírica a todas las mujeres sino que para él sólo las mujeres despreciables y culpables por tener las mismas mociones pulsionales que él perdieron su genital, en cambio las mujeres respetables, como su madre, lo siguen conservando, he ahí la madre fálica.

sábado, 17 de diciembre de 2016

El falo es el significante de la ley.

​El «falo» para el psicoanálisis es el patrón simbólico por excelencia pero el falo es mucho más que un término entre otros en una serie conmutativa; es en sí mismo la condición que garantiza la existencia de la serie y que hace posible que objetos heterogéneos en la vida sean objetos equivalentes en el orden del deseo humano. «Dicho de otra manera, la experiencia de la castración es tan crucial en la constitución de la sexualidad humana que el objeto central imaginario en derredor del cual se organiza la castración —falo imaginario— va a marcar con su impronta todas las demás experiencias erógenas sea cual fuere la zona del cuerpo concernida». El destete, por ejemplo, o el control del esfínter anal, van a reproducir el mismo esquema que el de la experiencia de la castración. Desde esta perspectiva, también los objetos perdidos —el seno que el niño pierde o las heces que se desprenden— toman el valor del falo imaginario. Así, el mismo falo imaginario deja de ser imaginario, se excluye de la serie y se convierte en el patrón simbólico que hará posible que objetos cualesquiera sean sexualmente equivalentes, es decir, todos ellos referidos a la castración.
Si el falo puede excluirse de la serie conmutativa y constituir su referente invariable, es porque es la huella de este acontecimiento mayor que es la castración, es decir, la aceptación por todo ser humano del límite impuesto al goce en relación con la madre.
El falo simbólico significa y recuerda que todo deseo en el sujeto es un deseo sexual, es decir, no un deseo genital sino un deseo tan insatisfecho como el deseo incestuoso al cual el ser humano hubo de renunciar. Afirmar con Jacques-Marie Émile Lacan que el falo es el significante del deseo implica recordar que todas las experiencias erógenas de la vida infantil y adulta, todos los deseos humanos (deseo oral, anal, visual, auditivo, etcétera) estarán siempre marcados por la experiencia crucial de haber tenido que renunciar al goce de la madre y aceptar la insatisfacción del deseo. Decir que el falo es el significante del deseo equivale a decir que todo deseo es sexual, y que todo deseo es finalmente insatisfecho. Insistamos una vez más a fin de evitar equívocos: “En el campo del psicoanálisis los términos «sexual» o «sexualidad» no deben ser confundidos con el erotismo genital sino referidos al siguiente hecho esencial de la vida libidinal, a saber: Las satisfacciones resultan siempre insuficientes respecto del mito del goce incestuoso. El significante fálico es el límite que separa el mundo de la sexualidad siempre insatisfecha del mundo del goce que se supone absoluto”.
Aun existe otra acepción del falo simbólico, pero está implicada de modo tan directo en la teoría lacaniana de la castración que tendremos que repasar previamente sus puntos fundamentales. Ante todo, recordemos que distinguimos el pene real del falo imaginario, y éste último del falo simbólico en sus dos estatutos, el de ser un objeto sustituible entre otros y el de ser —fuera de esos objetos— el referente que garantiza la operación misma de su sustitución.
«El falo es el significante de la ley».
En la concepción lacaniana la castración no se define tan sólo por la amenaza que provoca la angustia del niño, ni por la constatación de una falta que origina la envidia del pene de la niña; se define, fundamentalmente, por la separación entre la madre y el hijo. Para Lacan la castración es el corte producido por un acto que secciona y disocia el vínculo imaginario y narcisista entre la madre y el niño. Como ya se ha visto, la madre en tanto mujer coloca al niño en el lugar de falo imaginario, y a su vez el niño se identifica con este lugar para colmar el deseo materno. «El deseo de la madre, como el de toda mujer, es el de tener el falo». El niño, entonces, se identifica como si fuera él mismo ese falo, el mismo falo que la madre desea desde que entró en el Edipo. Así, el niño se aloja en la parte faltante del deseo insatisfecho del Otro materno —de este modo se establece una relación imaginaria consolidada, entre una madre que cree tener el falo y el niño que cree serlo—. Por lo tanto, a diferencia de lo habría enunciado Sigmund Freud, el acto castrador no recae exclusivamente sobre el niño sino sobre el vínculo madre-niño.
Por lo general, el agente de esta operación de corte es el padre, quien representa la “ley de prohibición del incesto”. Al recordar a la madre que no puede reintegrar el hijo a su vientre, y al recordar al niño que no puede poseer a su madre, el padre castra a la madre de toda pretensión de tener el falo y al mismo tiempo castra al niño de toda pretensión de ser el falo para la madre. La palabra paterna que encarna la ley simbólica realiza entonces una doble castración: castrar al Otro materno de tener el falo y castrar al niño de ser el falo.
A fin de acentuar mejor la distinción entre la teoría lacaniana de la castración y del falo, y las tesis freudianas, subrayemos que en Lacan: “La castración es más un acto de corte que una amenaza o una envidia; este acto recae más bien sobre un vínculo que sobre una persona;
este acto apunta a un objeto: el falo imaginario, objeto deseado por la madre con el cual el niño se identifica; el acto de castración, aun cuando es asumido por el padre, no es en realidad la acción de una persona física sino la operación simbólica de la palabra paterna. El acto de la castración obra por la ley a la cual el padre mismo, como sujeto, está inexorablemente sometido”.
Madre, padre, hijo, todos ellos están sujetos al orden simbólico que asigna a cada uno su lugar definido e impone un límite a su goce. Para Lacan, el agente de la castración es la efectuación en todas sus variantes de esta ley impersonal, estructurada como un lenguaje y profundamente inconsciente. Una prueba a atravesar, un obstáculo a franquear, una decisión a tomar, un examen a aprobar, etcétera, son todos desafíos de la vida cotidiana que reactualizan —sin que el sujeto tenga conciencia de ello y al precio de una pérdida— la fuerza separadora de un límite simbólico. Se hace comprensible entonces el sentido de la fórmula lacaniana: «la castración es simbólica y su objeto imaginario». Es decir que es la ley que rompe la ilusión de todo ser humano de creerse poseedor o de identificarse con una omnipotencia imaginaria. Ahora podemos concebir esta otra acepción del falo simbólico en tanto asimilado por Lacan a la ley misma en su eficacia interdictora del incesto y separadora del vínculo madre-niño. Nos encontramos, entonces, ante una singular paradoja: el mismo falo es, en tanto imaginario, el objeto al cual apunta la castración y, en tanto simbólico, el corte que opera la castración. La dificultad para despejar con claridad la teoría lacaniana del falo proviene justamente de estas múltiples funciones encarnadas por el falo. El pene real, por estar investido, sólo existe como falo imaginario; a su vez el falo imaginario, por ser intercambiable, sólo existe como falo simbólico; y finalmente el falo simbólico, por ser significante del deseo, se confunde con la ley separadora de la castración.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Masculinidad y virilidad.

Un rasgo fundamental está dado en el infante cuando se establece el descubrimiento de la diferencia anatómica de los sexos. Esta diferencia ha sido suficientemente teorizada por el psicoanálisis, y respecto a ella sólo diremos que, en el niño varón, el atributo real, biológico, existente en su cuerpo, no es suficiente para constituir la masculinidad genital (identidad de género) y la potencia fálica en general. Es necesario, en este caso, y aquí radica la cuestión fundamental —que estamos en vías de introducir— que el pene se invista de potencia genital, la cual se recibe de otro hombre, esto se suma la significación que el pene del hijo cobra para la madre.
El proceso se desdobla en dos partes: “Por un lado, recibir a través de un fantasma de incorporación del pene del adulto —estadísticamente el padre— la potencia que confirma la masculinidad y posibilita su ejercicio. Recepción que juega al modo de una paradoja, sólo se posibilita la instauración de la virilidad a costa de la incorporación del pene paterno, lo cual instaura la angustia homosexual dominante en el hombre que permanecerá consciente o inconscientemente durante el resto de su vida.
Y por el otro lado, la búsqueda de los indicios, en la mirada de la madre, del valor del pene del cual es portador «el infantil sujeto» —compleja articulación proveniente en la mujer de la valoración del pene del hombre y de su relación con el del hijo, cuyas variaciones son múltiples y determinan los modos con los cuales se definen los mensajes que circulan en la constitución narcisista de la masculinidad—”.

jueves, 24 de noviembre de 2016

El Falo imaginario y el Falo simbólico en el psicoanálisis.

El término “falo”, rara vez utilizado en los escritos freudianos, es empleado en ocasiones para nombrar el “estadio fálico”; momento particular del desarrollo de la sexualidad infantil durante el cual culmina el complejo de castración. Sigmund Freud utiliza con más frecuencia el término “pene” cada vez que tiene que designar la parte amenazada del cuerpo del varón y ausente del cuerpo de la mujer.
Fue Jacques-Marie Émile Lacan quien elevó el vocablo “falo” al rango de concepto analítico y reservó el vocablo “pene” para denominar sólo el órgano anatómico masculino. No obstante, en muchas ocasiones, Freud ya había esbozado esta diferencia que Lacan se esforzará por acentuar, mostrando hasta qué punto la referencia al falo es preponderante en la teoría freudiana. Es así como Lacan puede escribir: “Este es un hecho verdaderamente esencial (…) cualquiera sea el reordenamiento que Freud haya introducido en su teorización (…) la prevalencia del centro fálico nunca fue modificada.” (Lacan, El Seminario, libro III, Las Psicosis).
La primacía del falo no debe ser confundida con una supuesta primacía del pene. Cuando Freud insiste en el carácter exclusivamente masculino de la libido, de lo que se trata no es de libido peniana sino de libido fálica. Es decir que el elemento organizador de la sexualidad humana no es el órgano genital masculino sino la representación construida sobre esta parte anatómica del cuerpo del hombre. La preponderancia del falo significa que la evolución sexual infantil y adulta se ordena según la presencia o ausencia de este pene imaginario —denominado falo— en el mundo de los humanos. Lacan sistematizará la dialéctica de la presencia y de la ausencia en torno al falo a través de los conceptos de falta y de significante.
¿Pero qué es el falo?
Si retomamos la totalidad del proceso de la castración tal como fue estudiado en el niño y en la niña, podemos deducir que el objeto central en torno al cual se organiza el complejo de castración no es, a decir verdad, el órgano anatómico peniano sino su representación. Lo que el niño percibe como el atributo poseído por algunos y ausente en otros no es el pene sino su representación psíquica, ya sea bajo la forma imaginaria o bajo la forma simbólica. Hablaremos entonces de falo imaginario y de falo simbólico.
Falo imaginario
La forma imaginaria del pene, o falo imaginario, es la representación psíquica inconsciente que resulta de tres factores: anatómico, libidinal y fantasmático. Ante todo, el factor anatómico, que resulta del carácter físicamente prominente de este apéndice del cuerpo y que confiere al pene una fuerte pregnancia, a un tiempo táctil y visual. Es la “buena forma” peniana la que se impone a la percepción del niño bajo la alternativa de una parte presente o ausente del cuerpo. Luego, segundo factor, la intensa carga libidinal acumulada en esta región peniana y que suscita los frecuentes tocamientos autoeróticos del niño. Y para finalizar, el tercer factor, fantasmático, ligado a la angustia provocada por el fantasma de que dicho órgano podría ser alguna vez mutilado. A partir de todo esto se hace fácilmente comprensible el hecho de que el término “pene”—vocablo anatómico— resulte impropio para designar esta entidad imaginaria creada por la buena forma de un órgano pregnante, el intenso amor narcisista que el niño le confiere y la inquietud extrema de verlo desaparecer. En suma, el pene, en su realidad anatómica, no forma parte del campo del psicoanálisis; sólo entra en este campo en tanto atributo imaginario —falo imaginario— con el cual están provistos solamente algunos seres. Vamos a ver que a su vez este falo imaginario toma otro estatuto, el de operador simbólico.
Falo simbólico.
El falo simbólico es un objeto intercambiable. La figura simbólica del pene, o para ser más precisos, la figura simbólica del falo imaginario, o “falo simbólico” puede entenderse según distintas acepciones. Ante todo, aquella que asigna al órgano masculino el valor de objeto separable del cuerpo, desmontable e intercambiable con otros objetos. Ya no se trata aquí, como en el caso del falo imaginario, de que el falo simbólico sea un objeto presente o ausente, amenazado o preservado, sino que ocupe uno de los lugares en una serie de términos equivalentes. Por ejemplo, en el caso del complejo de castración masculino, el falo imaginario puede ser reemplazado por cualquiera de los objetos que se ofrecen al niño en el momento en que es obligado a renunciar al goce con su madre. Puesto que debe renunciar a la madre, también abandona el órgano imaginario con el cual esperaba hacerla gozar. El falo es intercambiado entonces por otros objetos equivalentes (pene = heces = regalos =…). Esta serie conmutativa, denominada por Freud “ecuación simbólica”, está constituida por objetos diversos cuya función, a la manera de un señuelo, estriba en mantener el deseo sexual del niño, a la vez que le posibilitan apartar la peligrosa eventualidad de gozar de la madre. Queremos subrayar también que el valor de objeto intercambiable del órgano masculino en su estatuto imaginario (falo imaginario) se reconoce de modo notorio en esa tercera salida del complejo de castración femenino que caracterizamos como la sustitución del deseo del pene por el deseo de procrear: el falo imaginario es reemplazado simbólicamente por un niño.

lunes, 21 de noviembre de 2016

La idealización del hombre hecha por las mujeres.

Lo habitual en la niña es que, en el proceso de identificación con la madre —en tanto objeto rival e ideal—, encuentre serios obstáculos para considerarla un modelo a quien parecerse, y en lugar de desear identificarse a ella, se desidentifique y localice el ideal en su padre (hombre). De esta manera, concluirá el proceso por el cual la única vía para el restablecimiento del balance narcisista. Ahora bien, esa niña convertida en mujer tendrá como base de apoyo la referencia ‹‹fálica››, ubicando al hombre en el objetivo central y único de su vida. Ella puede encumbrarlo a la más alta idealización y emprender su «caza», cualquiera sean sus cualidades; puede, despojándose de la posibilidad de poseer para sí metas y valores, delegarlos en él, de manera que será la fiel compañera, la que ayuda a que su «hombre se realice», situándose en ese lugar tan valorizado por nuestra cultura de ser «la mujer que está siempre detrás de los grandes hombres»; o ambicionando mayor trascendencia para sí, competirá por poner en acto comportamientos o actividades que desarrollan los hombres, es decir, masculinizará su Ideal del Yo y su Yo; o finalmente puede llegar a instituir como su meta el comportamiento sexual del hombre hacia la mujer, homosexualizando su deseo.