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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

La intimidad corporal.

¿Cómo llegó a ser socialmente aceptable que un hombre insista en sus derechos sexuales cada vez que lo desea, mientras que la mujer los debe reprimir? ¿Se deberá posiblemente al hecho de que ante la violación la mujer es un ser relativamente indefenso por sus condiciones físicas? Esto debió ejercer cierta influencia en el desarrollo de muchas culturas. Sin embargo, con frecuencia se ha demostrado que incluso la violación no resulta demasiado sencilla si no hay cierta “cooperación” por parte de la mujer.
El trastorno neurótico del vaginismo ilustra que en algunas circunstancias, esa renuencia inconsciente a tener relación sexuales puede bloquear en forma significativa la libido del hombre. Si bien la fuerza física superior de éste puede ser un factor importante en la frecuencia de condescendencia pasiva femenina, también deben existir otros factores.
Para encontrar algunas respuestas debemos examinar los aspectos socioculturales que son significativos en este sentido, y que cuentan con cierta “aprobación” tanto de hombres como de mujeres en el sentido de la creencia que la pulsión sexual femenina no es tan apremiante como la masculina; por consiguiente, para ellas no es necesario satisfacerlo de forma inmediata. Aunque poco a poco se ha ido abandonando esta idea con la creciente tendencia de la mujer de afrontar y asumir en plenitud su sexualidad, siendo capaz de expresarlo ante sí misma, ante sus congéneres, ante su pareja, ante la sociedad en general, aunque ya en la intimidad del lecho no siempre se ponga lamentablemente en práctica, también existen otras féminas que dicha libertad sexual les atemoriza. Además, y en forma casi simultánea, otro aspecto importante de la vida sexual de la mujer ha ido perdiendo importancia, esto es, la posibilidad de tener hijos. La maternidad ya no es algo deseado por muchas de ellas. Por cierto, un tema muy amplio para investigar sus causas desde el psicoanálisis.
Hasta hace unas cuantas décadas se suponía que las necesidades sexuales de la mujer eran casi inexistente, se esperaba que ellas fueran capaces de controlar sus deseos sexuales en todo momento, por lo que un embarazo fuera de matrimonio denotaba debilidad o concupiscencia de la mujer. La participación del hombre en dicho embarazo era mirado con más tolerancia, y éste no se hacía merecedor de ninguna o casi ninguna deshonra social.
El hecho de que la mujer pudiera ocultar mucho mejor su excitación sexual a comparación del hombre, contribuyó en parte a la propagación de la idea que estableció cierto patrón en el que la obediente fémina se ofrecía a su pareja sin participar activamente en el coito. Muchas mujeres “normales” aceptan esta situación, pero seguramente en el fondo les resulta muy difícil asumir. Cabe agregar que un considerable número de hombres les causa cierta “incomodidad” cualquier expresión de intensa pasión de su pareja. Incluso existen hombres que les puede causar repugnancia si su mujer responde voluptuosamente en el intercambio sexual. Esto puede llevar a la fémina a ocultar su deseo sexual, incluyendo el orgasmo, sintiéndose desgraciada y furiosa.
Ahora bien, no sólo encontramos en las mujeres frígidas —quienes al advertir su ineptitud como compañeras sexuales— tratan de compensarla de la mejor manera posible con una entrega sin participación; en muchos casos, descubrimos también esa actitud aun en las mujeres con una respuesta sexual adecuada; ellas han aceptado la idea de que las necesidades del hombre son más importantes que las suyas y que, por ende, los deseos y las necesidades de aquél son soberanas.
La creencia errónea de que la vida sexual de la mujer no es tan apasionada ni perentoria como la del hombre, puede dar lugar a dos lamentables situaciones: puede inhibir la natural expresión de deseo de la mujer por temor a parecer una prostituta, o bien puede llevarla a creer que debe estar dispuesta a avenirse en todas las ocasiones que lo desee el hombre, por lo que vale decir, que ella no tiene ningún derecho propio para manifestarse u oponerse respectivamente. Ambos extremos representan un obstáculo en ella para su expresión espontánea con lo que surge el resentimiento y el descontento. Esto aunado al poco interés del hombre por despertar la pasión de ella y de la escasa importancia que le brinda al arte de amar, lleva a la pareja a un inevitable fracaso.
Cuando se desvaloriza un aspecto importante de la vida de un sujeto, ello tiene un efecto negativo sobre su autoestima. Lo que una mujer tiene en realidad para ofrecer en materia de correspondencia sexual se convierte en algo despreciable, y esto desvaloriza su Yo y su apariencia corporal.
La segunda manera en que nuestra cultura ha subestimado el patrimonio sexual de la mujer es desvalorizando sus genitales. En la terminología clásica, esto está relacionado con la idea de la “envidia del pene” (Teoría propuesta por el psicoanálisis) lo que nos convierte en una sociedad falocentrista. Pero debemos señalar enfáticamente que la idea de la “envidia del pene” es un concepto masculino: “Es el hombre quien experimenta al pene como un órgano valioso y supone que las mujeres también deben compartir ese sentimiento”. Pero es una idea ingenua pensar que una mujer realmente pueda imaginar portar su propio pene y con eso gozar, como lo hace el hombre con el suyo; más bien se percata de las ventajas socioculturales que tiene, quien porta un pene*.
Lo que una mujer necesita es más bien sentir la importancia de sus propios órganos y la aceptación de su cuerpo en general, y que cada una de sus funciones constituye una necesidad básica para consolidar su autoestima.
La mujer de complexión robusta, morena y baja de estatura tal vez crea que sería más deseada por los hombres si fuera rubia, alta y delgada; en otras palabras, si fuera otra persona. La solución de su problema —desde el psicoanálisis— no reside en el hecho de volverse rubia sino en descubrir por qué no se acepta tal como es. El psicoanálisis revelará que alguna persona significativa durante sus primeros años de vida prefería a las rubias, o bien que el hecho de ser morena se ha asociado con alguna otra característica inaceptable.
En nuestra cultura, la relación sexual ha merecido la desaprobación por el puritanismo. El ideal puritano consiste en la negación del placer erótico corporal, y esto hace que los deseos sexuales se conviertan en algo vergonzoso. En nuestros días seguimos encontrando indicios de esta actitud en los sentimientos expresados por ambos sexos. También existe otra actitud que desvaloriza la sexualidad, en particular la sexualidad femenina. Estamos inmersos en una sociedad que pone gran énfasis en la pulcritud. Para muchos sujetos, los genitales entran en la categoría de órganos excretorios, asociándose así con la idea de algo sucio. En el caso del hombre, parte de esa consigna desaparece porque él se libra de la menstruación. La mujer, en cambio, es quien la presenta y, cuando su actitud se ha visto fuertemente influida por el concepto de algo sucio o desagradable, ello acrecienta su sensación de ser inaceptable, y esto aunado a la opinión de su partenaire de que efectivamente sus flujos menstruales tienen un olor nauseabundo, fortalecen el convencimiento de la fémina de que los desechos de sus genitales son verdaderamente repugnantes.
El desenfrenado placer que el niño experimenta frente a su cuerpo y a los flujos que emanan de él comienza a reprimirse a edad muy temprana, Esto constituye una parte fundamental de la educación básica. A la mayoría de las personas les resulta muy difícil aceptar el efecto pernicioso que esto constituye sobre la vida psíquica y emocional del sujeto; si esa actitud fuera más permisiva entonces algunos trastornos que presentan ciertos sujetos sencillamente no existirían. Lo que ocurre es que ese tipo de educación, implementado por el mercado de consumo capitalista ha creado una especie de actitud repulsiva hacia los flujos corporales.
La moralidad de esfínter, como la llamó Sandor Ferenczi, se extiende más allá del control de la orina y de las heces; en cierto modo, incluye también a los flujos vaginales, semen, sudor, mucosidad, etcétera. Es evidente que estos flujos tienen una enormemente influencia en las actitudes que toman hombres y mujeres al respecto, que pueden llegar a ser completamente repugnantes. Ese intento de algunos sujetos de controlar la expulsión del excremento, orina, etcétera, aunque de manera incipiente, dado que es una cuestión biológica que está más allá de la capacidad psíquica del sujeto para retener, nos muestra claramente como se ha creado un sentimiento de inaceptabilidad y suciedad al respecto.

*Desde el psicoanálisis existen algunas mujeres que efectivamente desean poseer un pene propio, pero únicamente el análisis puede confirmar esto, lo que obviamente las ubica dentro de la psicopatología.


La mujer que se siente utilizada sexualmente.

“Cuando la edad enfria la sangre y los placeres son cosa del pasado, el recuerdo más querido sigue siendo el último; y nuestra evocación más dulce, la del primer beso”. Lord George Gordon Noel Byron.

Erich Seligmann Fromm señaló que las diferencias biológicas en la experiencia sexual pueden contribuir a un énfasis mayor en algunas tendencias caracterológicas de hombres y mujeres. En el caso del hombre, es preciso que sea capaz de una «erección sostenida» para ejecutar el acto sexual, mientras que no existe ningún requisito previo en el caso de la mujer. Esto puede tener —según Fromm— un efecto definido sobre las tendencias caracterológicas generales, lo que en consecuencia le otorga al hombre una mayor necesidad de demostrar, de ser creativo, de tener poder; mientras que la necesidad de la mujer se orienta más en la dirección de ser aceptada, de ser deseable.
Ahora bien, la satisfacción de la fémina depende de la virilidad del hombre, y el temor de ella se deposita principalmente en ser abandonada; en el hombre su miedo radica en el fracaso para satisfacer a su partenaire. Fromm señala que la mujer puede ser accesible sexualmente en cualquier momento y de esta forma brindar satisfacción al hombre, pero las posibilidades que éste tiene de satisfacerla escapan a su control, ya que no siempre le es posible tener una erección, por más que lo desee.
Debemos agregar a esto la importancia que tiene para cada integrante de la pareja, el obtener su propia satisfacción. Al menos el hombre obtiene alguna satisfacción fisiológica en su desempeño sexual. No cabe duda de que algunas experiencias pueden ser más placenteras que otras, e incluso puede experimentar una eyaculación hasta con un mínimo de placer. El hombre no puede obligar a su pene a una erección para el intercambio sexual; en cambio, la mujer puede tener relaciones sexuales cuando no experimenta ningún impulso erótico o, a lo sumo, siente sólo una débil excitación, aunque esto con frecuencia la embarcada en una experiencia insatisfactoria. Lo único que puede obtener en estas circunstancias es una satisfacción sustitutiva del placer que expresa su partenaire con ella.
Durante el psicoanálisis las mujeres confiesan regularmente resentimientos contra su pareja por haberse sentido —en algunas ocasiones— utilizadas sexualmente, o enojadas consigo mismas por haber “consentido” tener relaciones sexuales con su partenaire con el único fin de procurarle placer a él. En muchos casos esto se reprime con una actitud de resignación.
Cuando las mujeres manifiestan sus experiencias sexuales, es frecuente recibir esta respuesta: “Está bien. Él no me molesta demasiado si accedo a sus deseos”. Esta actitud puede subsistir aunque exista un lazo amoroso; vale decir, incluso cuando la fémina no ha sido intimidada con amenazas o violencia pero aun así se siente resentida. Pudiendo sentir sencillamente que sus intereses no merecen ser tomados en cuenta.
Es obvio que, para la mujer, el acto sexual resulta satisfactorio sólo cuando ella participa libre y activamente, con su propia iniciativa y forma. Si fuera capaz de hacer una libre elección, ella no daría su consentimiento a menos que realmente deseara participar en el coito. Siendo así, quizás resulte provechoso examinar la situación en la que la mujer se somete con poco interés o ninguno en absoluto. Desde luego, hay ocasiones en que ella auténticamente desea hacerlo por el amor que la une a su partenaire; esto no le crea problemas. Más a menudo la causa es una sensación de inseguridad en la relación; esta inseguridad puede obedecer a factores externos, por ejemplo si su pareja insista en tener cierto tipo de actividad para la gratificación sexual, o bien si ella reprime algún deseo erótico por temor a que su partenaire “piense mal” de ella por proponerlo o ponerlo en práctica. La inseguridad también puede deberse a los propios sentimientos de inadecuación de la mujer, los cuales pueden haberse originado sencillamente en el hecho de que la fémina se solidarice con los roles culturales de que sus propias necesidades no son tan perentorias como las del hombre; asimismo es posible que tenga dificultades neuróticas personales.


Un apunte sobre la prostitución, la homosexualidad y los celos en las mujeres.

El Complejo de Castración de la niña (o el descubrimiento de la diferencia anatómica. entre los sexos) que, según Sigmund Freud, marca el comienzo de su actitud edípica positiva (normal) y la hace posible, tiene su correlación psíquica como en la del niño (varón), y es sólo está correlación es la que le presta su enorme significación para la evolución mental de la niña.
En los primeros años de su desarrollo como sujeto (dejando de lado las influencias filogenéticas que, desde luego, son innegables), la niña se comporta en forma exactamente igual a un niño (varón), no sólo en lo referente al onanismo, sino en otros aspectos de su vida mental: en su meta amorosa y en su elección de objeto ella también desea a su madre. Una vez que ha descubierto y aceptado plenamente el hecho de que la castración ha tenido lugar, la niña se ve obligada a renunciar definitivamente a su madre como “primer objeto” y además a abandonar la tendencia activa y de conquista de su meta amorosa, también la práctica del onanismo clitoridiano. Posiblemente aquí encontremos la explicación de un hecho que hace mucho nos es familiar; a saber, que la mujer que es completamente femenina no conoce ningún «amor objetal» en el verdadero sentido de la palabra ¡Sólo puede dejarse amar! , Así, las concomitancias mentales del onanismo fálico hacen que la niña normalmente reprima dicha práctica en forma mucho más enérgica que el niño (varón) y deba luchar contra ella de manera mucho más intensa que aquél. Pues, junto con dicha práctica, la niña debe olvidar su primera decepción amorosa, el dolor de la primera pérdida de un objeto amoroso. Sabemos en el psicoanálisis con cuánta frecuencia esta represión de la actitud edípica negativa de la niña es del todo o parcialmente infructuosa. Para la niña, como para el niño (varón), resulta muy doloroso renunciar al primer objeto amoroso: en muchos casos la niña se aferra a éste durante un tiempo anormalmente prolongado. Ella trata de negar el castigo (castración), el cual inevitablemente la convencería de la naturaleza prohibida de sus deseos. Si más adelante su anhelo amoroso sufre una segunda decepción, esta vez en relación con el padre, quien no se muestra dispuesto a satisfacer sus demandas amorosas pasivas, a menudo tratará de regresar a su situación previa y de volver a asumir una actitud activa hacia la madre. En los casos extremos, esto conduce a la homosexualidad manifiesta, tan bien explicada por Freud en su obra: “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina”. La paciente a la que Freud se refiere en ese trabajo hizo un tímido esfuerzo, al entrar en la adolescencia, de adoptar una actitud femenina frente al amor, pero, poco tiempo después se comportó como un «joven enamorado» frente a una mujer mayor a quien según, amaba. Al mismo tiempo era una «feminista» declarada, que negaba la diferencia entre el hombre y la mujer; así, había conseguido regresar a la fase negativa inicial del Complejo de Edipo.
Quizás sea más común otro proceso: la niña no niega del todo la realidad de la castración, sino que busca una sobrecompensación por su inferioridad corporal en un plano distinto del sexual (en la decisión de su vocación profesional, o empleo, o elección de pareja: un hombre afeminado). Pero al hacerlo, ella reprime por completo los deseos sexuales, es decir, permanece sexualmente insensible. Es como si esto simbolizara: “Ya que no puedo y no debo desear a mi madre, renunciaré a cualquier otro intento de desear en absoluto”. Su creencia de que posee un pene la desvía así a la esfera intelectual, pero no con la salvedad de tener una preparación profesional sino más bien dirigida a competir y conducirse desde una posición masculina con el hombre, bajo cualquier circunstancia.
Como tercera consecuencia posible, observamos: que una mujer puede establecer relaciones con un hombre y, sin embargo, seguir estando interiormente fijada al primer objeto de su amor: la madre, por lo que se siente obligada a presentar frígidez durante el coito porque inconscientemente no desea ni al padre ni a su sustituto, ya que sigue aferrada inconscientemente a la madre. Estas consideraciones nos permiten colocar bajo otra luz las “fantasías o sueños de prostitución” que desea realizar generalmente la mujer y que son muy comunes en ellas. Según este punto de vista, todo esto constituye un acto de venganza, no contra el padre sino más bien contra la madre.
El hecho de que las prostitutas a menudo sean bisexuales o incluso homosexuales (manifiestas o encubiertas) puede explicarse igualmente de esta manera: la prostituta se vuelca hacia el hombre como una forma de venganza contra la madre, pero su actitud no es de una entrega femenina pasiva (he aquí una de las razones de su frialdad en la intimidad) sino con una connotación activa (masculina); ella apresa al hombre en la calle, lo “castra simbólicamente” al tomar su dinero, y, de esta forma ella asume el rol masculino en el acto sexual, obligando al hombre (cliente) a desempeñar el papel femenino (pasivo).
Al considerar estas perturbaciones en el desarrollo de la mujer hasta una femineidad completa, debemos tener en cuenta dos posibilidades: la niña nunca ha sido capaz de renunciar por completo a su deseo de poseer a la madre y ha establecido así un vínculo endeble y precario con el padre; o bien ha realizado un violento intento de sustituir a la madre con el padre como objeto amoroso pero, después de sufrir una nueva decepción de parte de éste (padre), ha vuelto a su primera posición (madre) con la cual se posiciona su deseo como homosexual.
En su obra “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica” Freud señala el hecho de que los celos desempeñan un papel mucho más importante en la vida mental de las mujeres que en la de los hombres, opinando que la razón de ello es que, en el caso de las primeras, los celos se ven reforzados por un desplazamiento de la envidia del pene. Aquí deberíamos precisar que los celos de la mujer también se expresan más intensos y continuos que los del hombre porque ella jamás podrá retornar al primer objeto de amor (madre), mientras que el hombre, cuando sea adulto tiene la posibilidad de hacerlo (sustituto de la madre en otra mujer).


La sexualidad femenina en la actualidad.

“Tengo necesidad del sexo para sentirme viva, pero nunca he sentido realmente a un hombre”. Betty Friedan (refiriéndose a la expresión de otra mujer).

La práctica sexual de muchas mujeres contemporáneas pueden encontrarse en peores condiciones que sus predecesoras de la época Victoriana, aquellas mujeres no podían sentirse “respetables” si admitían, aunque sólo fuera para sí mismas, la existencia de deseos, fantasías o necesidades de índole sexual. En la actualidad, se ha convertido en un hecho deshonroso o al menos humillante, el que una mujer reconozca, frente a sí misma, u otro, que sus experiencias sexuales no han sido jamás un estallido fulminante de pasión.
Muchas mujeres durante el psicoanálisis manifiestan una ansiedad con respecto a su capacidad para tener un orgasmo, juzgando a este aspecto de su experiencia sexual como si fuera una suerte de piedra de toque del éxito, y que parece estar definido en términos bastante masculinos.
En un mundo en el que la actividad masculina (falocrática) fija las normas de lo que es valioso; la experiencia de la mujer, tanto en lo referente al sexo como en otros aspectos de la vida, toma el carácter de una lucha extrañamente ambigua contra la dominación masculina. Esa dominación es algo que se da por sentado; incluso se la acepta, en el sentido de que es el hombre el que establece las normas. Pues, al mismo tiempo que se aparta de esa norma se inferior. De allí que muchas mujeres sientan que posicionarse como “pasivas” sea sinónimo de inferioridad.
Algunas mujeres llegan a someterse, no se rebelan, no se vuelven agresivas ni se convierten en una amenaza para la vida del hombre, pero su incapacidad, ya sea para disfrutar del rol que les fue asignado, o para reaccionar contra él, la arrastra a la desesperación y a una suerte de desintegración del Yo.
La novelista inglesa Doris Lessing relata un vivo retrato de este tipo de mujer en su novela: “A Man and Two Women”, particularmente en el cuento “To Room Nineteen”, en el que describe a una fémina joven, feliz en su matrimonio, con un marido atractivo, hijos, amigos y dinero. Y, sin embargo, toda la existencia de esta mujer es una farsa. Lo único real para ella son los momentos que pasa sola en un hotel de paso. Por último, hasta esta experiencia pierde su significado. La vida se ha vuelto insoportable para ella, y abre la llave del gas; se sentía —dice la protagonista— “bastante satisfecha allí tirada, escuchando el débil y susurrante silbido del gas que se propagaba velozmente en la habitación, en mis pulmones, en mi cerebro, conforme me iba hundiendo cada vez más en las tinieblas”.
Incluso podemos observar mujeres en cierta posición que no echan mano de la agresividad para expresar su resentimiento hacia su partenaire en particular y hacia todos los hombres en general, pero padecen en mayor o menor medida dicho resentimiento y reaccionan frente a él, volcándose hacia el contacto sexual como una forma de obtener consuelo, encontrándolo inmediatamente casi siempre insatisfactorio. El acto sexual se ha visto despojado de esa sensación de íntima comunicación personal, sin llegar a convertirse en una experiencia enteramente complaciente, si bien limitada.
Así muchas mujeres de nuestra época se encuentran en un estado de rebelión contra la pasividad que nuestra cultura les imponen. Debemos recordar que esta rebelión tiene una antigüedad de varias generaciones, pero ha alcanzada una suerte de clímax en nuestra época. Como reacción frente a la dominación masculina, aun cuando el tipo de feminismo anterior a la Primera Guerra Mundial rara vez se manifestaba, las mujeres se han vuelto más agresivas, en particular en el aspecto sexual; puesto que en la vida íntima, del mismo modo que en la vida económica, se ha producido una «revolución de crecientes expectativas».
Hace cincuenta años, regularmente las mujeres no sólo esperaban ser pedidas en matrimonio (o al menos intentaban que nadie se diera cuenta de que andaban “urgidas de marido”) sino que, de casadas, consideraban que su rol consistía en estar al servicio del placer de su marido, y raramente experimentaban placer ellas mismas.
Las féminas de hoy ya no les basta dar satisfacción a su partenaire; también ellas quieren recibir su parte. Tal vez ellas siempre hayan anhelado esa satisfacción, después de todo, aunque lamentablemente el folklore de muchos pueblos sigue posicionando a la mujer como «insaciable».
Las mujeres no sólo desean y esperan obtener satisfacción sexual antes y durante el matrimonio, sino que se culpan a sí mismas y a sus partenaires si no llegan a alcanzar ese placer anhelado, y en las formas establecidas de antemano. Formulada en estos términos, el imperativo de tener una experiencia sexual satisfactoria crea problemas, tanto en el hombre como en la mujer.
Algunos hombres casados o solteros pueden buscar mujeres conocedoras del “arte amatorio”, para ellos esto resulta estimulante pero al final, casi todos piensan que una mujer sexualmente activa constituye una amenaza por lo que terminan huyendo.
Como respuesta —o quizás como retaliación— los hombres se vuelven pasivos con su partenaire y ellas se vinculan a ellos aunque que no les proporcione el tipo de experiencia sexual que creen les corresponde como herencia propia. Y sin embargo, al mismo tiempo la mujer tiende a culparse por no ser lo “suficientemente mujer” como para sacar, a su pareja de la pasividad.


El masoquismo femenino inconsciente.

Helene Deutsch en su obra “La psicología de las mujeres” aborda el célebre personaje de Carmen con una acertada perspicacia y nos explica por qué ese papel encarna profundamente a cada mujer. Carmen se comporta con su partenaire como el infante que juega con la mosca, que conoce perfectamente el trágico destino que le depara a este insecto: arrancarle las alas. Cada mujer se agita hasta lo más profundo de su ser en el vínculo amoroso. Así es, pero ¿Por qué razón? A lo que responde Deutsch: Es que cada mujer reconoce ahí el «masoquismo hiperfemenino» trágico e inconsciente de Carmen, pues aunque pretenda engañarse sobre su condición masoquista, intenta destruir a su pareja por cualquier método, al mismo tiempo que destruye su propio corazón y asegura así, su propia pérdida.


El placer de mirar y ser observado.

¿Por qué algunas mujeres visten demasiado provocativas?

“Cuando un hombre se levanta para hablar, la gente escucha y luego mira. Cuando se levanta una mujer, miran; luego, si les gusta lo que ven, escuchan”. Pauline Frederick.

Empecemos por definir el significado de la palabra vergüenza que se denota por el rubor del rostro, evitar o bajar la mirada, la ocultación de la cara, la timidez, el apocamiento y alguna forma de contracción física, acompañadas de torpeza y confusión. La vergüenza aparece cuando el otro observa, o habla, o cuando tiene la posibilidad de descubrir algo que puede menoscabar el Self, donde el sujeto hace el intento apremiante de esconderse, o salir de escena.
La vergüenza aparece cuando algo que debía quedar oculto se devela; algo que debía mantenerse secreto, traspasa esa barrera; por esa razón, la vergüenza no requiere necesariamente de una transgresión aunque supone una acción desaprobadora; quien se siente avergonzado no observa directamente a los ojos, esquiva la mirada; desea desaparecer frente a un acontecimiento donde se siente atrapado. De ahí, el estrecho vínculo entre vergüenza y mirada.
La vergüenza se presenta ante la exhibición pública, o al menos ante la mirada o expresión fonética de otro, real o fantaseado. O mejor dicho, es el corolario de una relación inconsciente con un objeto que mira o se escucha de una manera persecutoria. Quien se siente avergonzado ante una situación externa, tiende a “bajar los ojos” y los movimientos motrices se desequilibran.
La vergüenza implica la exposición de la desnudez y la sensación de haber sido “sorprendido”, o “descubierto”. «Para evitar prolongar la vergüenza es necesario mantener reprimido el placer escéptico o fonético que retorna proyectivamente en esa mirada o escucha que hace caer en vergüenza». De ahí la experiencia de las mujeres que visten de forma provocativa, que ante las palabras obscenas o la mirada penetrante del hombre, inducen en ella vergüenza al aludir no sólo alguna parte de su cuerpo, también el deseo y la excitación sexual, los que quedan velados por la represión al igual que el placer exhibicionista de ella por su desnudez disimulada bajo sus sensuales ropajes. Entonces lo reprimido queda enmascarado por las vestimentas y proyectado el placer en la mirada del espectador. De esta manera, la vergüenza adquiere un valor «fantasmático», como signo de la excitación sexual tanto para él como para ella.
Los sueños de turbación por desnudez, que según Sigmund Freud resultan típicos precisamente cuando se acompañan del sentimiento vergonzoso frente al cual, ante aturdimiento, aparece la imposibilidad de la huida a través de alguna inhibición motora que impide ocultar la desnudez. Freud los considera sueños exhibicionistas.
Estos sueños están dirigidos originalmente a los deseos infantiles exhibicionistas regularmente hacia los padres pero que son omitidos de la escena onírica, salvo en la paranoia donde reaparecen abierta o enmascaradamente bajo la multiplicación de varias figuras extrañas que denotan la cualidad de secreto en juego. De acuerdo con el propósito del sueño, la exhibición se realiza pero la censura la interrumpe por vía de la mirada de alguien frente a quien se experimenta el sentimiento penoso, vergonzoso.
Esta exhibición que la censura irrumpe se puede constatar en algunas ocasiones, cuando se le pregunta a una mujer que acaba de parir, sí está dando pecho a su recién nacido, si llega a ruborizarse (a causa de la vergüenza) ante la pregunta; el rubor de su rostro denuncia la experiencia de la excitación erótica por el amamantamiento que debía quedar oculta a la mirada de los otros, pero que la piel de su rostro —enrojecido como los genitales deseantes— denota lo que debía quedar fuera de la mirada. Como es sabido, al hablar de mirar desde el punto de vista del psicoanálisis, estamos refiriéndonos no a una función fisiológica sino a la acción pulsional que toma al ojo como zona erógena y como medio de la relación de objeto; a través de la pulsión escópica pueden realizarse deseos tanto sexuales como agresivos de acuerdo a la fantasía subyacente.
La mirada puede ser utilizada hacia el objeto para conocerlo, acariciarlo, repararlo… pero también para controlarlo, destruirlo, robarlo, violarlo… Mirando se puede respetar los límites del objeto (su integridad) como ocurre cuando entra en juego las fantasías provenientes del Complejo de Edipo que darán lugar a la experiencia de vergüenza al ser develada la confusión en la Escena Primaria. En cambio, cuando las motivaciones son crueles, narcisistas y omnipotentes, a través de la mirada pueden proyectarse aspectos disociados del Self dentro del objeto forzando la entrada en él con violencia, abuso y dominación (esto ocurre en el voyeurismo intrusivo dominado por la personalidad narcisista) lo que configurará un ojo que mira con sadismo, arrogancia y omnisciencia y que a su vez revertirá como una mirada de cualidades análogas.


La elección de pareja.

“El divorcio probablemente se remonta a la misma época que el matrimonio. Yo creo, sin embargo que el matrimonio es algunas semanas más antiguo”. François-Marie Arouet “Voltaire”.

Sigmund Freud señaló que las mujeres regularmente creen elegir al hombre (partenaire) según el modelo paterno que tuvieron en su infancia, pero en el fondo repiten la relación que tuvieron realmente con su madre —esto es una evidencia plausible en el psicoanálisis—. Incluso esgrime un optimismo envidiable cuando agrega que, en este sentido segundos matrimonios son mejores, pregonando el triunfo de la «esperanza» por sobre la «experiencia».


martes, 14 de noviembre de 2017

El miedo del hombre ante las mujeres.

¡Y la ilusión de la mujer al creer que te ofrece el olvido cuando lo único que hace es confirmar tu alejamiento de todas las cosas! Émile Michel Cioran.

En la novela de William Shakespeare Hamlet no desea ser Edipo de la obra de Sófocles, él es Hamlet Príncipe de Dinamarca. ¿Y qué desea entonces Hamlet? ¿Qué diferencia hay entre lo que quiere Hamlet y Edipo? Hamlet quiere casarse con una hermosa joven y es ahí donde aparece Ofelia como una mujer encantadora, en un intento fallido de escapar del estrago materno sin fondo, abismo insondable que ninguna fémina lo salvaguarda. ¿Qué le impide a Hamlet alcanzar este ideal, qué es lo que le cierra el camino, para encontrar en Ofelia el objeto que encause su deseo? Él sin duda la quiere, porque se trata de la coartada ideal. Lo ayuda a desviarse de su horror frente a la castración materna, condición necesaria, sin embargo, para la constitución del objeto femenino como objeto causa del deseo.
Es precisamente ahí donde Sigmund Freud propuso una suerte de negociación, y por lo tanto un precio a pagar. El reconocimiento de la castración materna para Freud inaugura la división de la vida amorosa, entre el ideal que pese a serlo conserva las huellas de la madre deseada y prohibida, y los objetos sexuales degradados. La solución freudiana separa a la madre de la mujer. El instante de la mirada infantil que descubre la castración, funda la división entre el “Ideal” y el “Objeto”, entre madre y mujer. Pero el problema de Hamlet es precisamente que se siente imposibilitado para separarlas, no puede adoptar la solución freudiana.
La confrontación con la madre sexuada es siempre terrorífica, pero ¿Depende de la Función Paterna , esa función de «dar la castración», en la cual por alguna razón que ignoramos, el padre de Hamlet habría fallado? Edipo sin saberlo se casa con su madre; Hamlet en cambio la acusa, se ensaña con ella, y entonces le resulta amenazante acercarse a cualquier otra mujer, errando intencionalmente siempre para no conformar un vínculo. Al huir del incesto queda atrapado en él, obsesionado por la sexualidad materna, y al quedar atrapado en el miedo que ésta le produce, no podrá sino escaparse, de Ofelia o de cualquier otra joven.


​El uso de preservativo como rechazo inconsciente hacia la pareja.

“Debemos aplicar violencia al objeto de nuestro deseo. Así, cuando se rinda, el placer será mayor”. Donatien Alphonse François de Sade, “Marqués de Sade”.

A manera de introducción podemos decir que el preservativo fue inventado con fines anticonceptivos, y posteriormente fue utilizado simultáneamente para prevenir enfermedades de transmisión sexual.
Ahora bien, a través del psicoanálisis se observa que el semen tiene ciertas peculiaridades para el sujeto con Estructura Perversa, donde representa un fluido sin valor, indiferente como si se tratara de la orina expulsada o como un líquido repugnante emanado del pene. Si profundizamos sobre la conducta que despliega el perverso en sus relaciones sexuales, confiesan un encuentro frío y monótono con su pareja, sobre todo en encuentros sexuales con desconocidos pues ni siquiera mantienen una conversación amena, y sí se suscita es enfocada sobre temas exclusivamente sexuales, donde preguntan o expresan sus preferencias o aversiones de índole sexual.
Cabe reiterar la posición que coloca el perverso siempre a su pareja: como «objeto de placer» (Goce).
Por el otro lado, existen algunos sujetos que después de practicar el sexo vía anal —sobre todo homosexuales— relacionan estrechamente el semen con una sustancia tóxica por ser la causante de la transmisión del virus de inmunodeficiencia (VIH).
Si es cierto que para la mayoría, el semen representa un fluido corporal integrante de la relación sexual, también podemos observar que para otros, esto no sucede así.
Para algunos sujetos la aversión al semen puede resultar de un rechazo inconsciente al partenaire por la connotación psíquica, producto de sus fantasmas, que le otorgan a dicho fluido.
Y por último, podemos observar en algunas mujeres, que al momento de exigir a su pareja el uso de preservativo, «supuestamente» por cuestiones anticonceptivas o de prevenir una enfermedad de transmisión sexual, realmente esconde un mecanismo de defensa de rechazo inconsciente hacia su partenaire, con la finalidad que su entrega sexual sea limitada. Es por eso que algunas mujeres, después de haber tenido una relación sexual insatisfactoria, humillante o se sintieron vejadas por el abandono posterior de la pareja, suelen afirmar con cierta vanidad: ¡Lo bueno que exigí usará preservativo! Frase que encierra el simbolismo sobre “algo” (preservativo) que estuvo de por medio, que impidió —para fortuna suya— que su entrega sexual no fuera total; argumento inverosímil para reestablecer su profunda herida narcisista.


La demora del tiempo para la mujer en el acto sexual.

El hombre no debe olvidar nunca que mientras transcurre el placer erótico y el coito es él el único «amo del tiempo». Es cierto que algunos hombres saben esperar con cautela el acto sexual, mientras deleitan a su partenaire durante el preámbulo erótico, pero casi la mayoría se desesperan en aguardar. Hay que señalar que la mujer está mayormente sensibilizada al transcurso del tiempo que el hombre. No sólo porque la mujer necesita más tiempo físicamente sino porque en el placer, tanto como en el amor en general, el tiempo para ella es sinónimo y una prueba de amor. Puede entonces decirse que para las féminas: “La demora del tiempo significa amor”.
El tiempo para ellas se transforma en condición indispensable para ir eliminando una a una las inhibiciones que obstaculizan su placer sexual.


​La localización del orgasmo femenino.

La cultura falocrática (sexo único) mantiene la idea que el orgasmo femenino es vaginal o por otro lado clitoridiano; pero Maryse de Choisy, afirma que aunque los sexólogos señalan cinco tipos de «orgasmos» (el clitoridiano, el vaginal, el cloacal, sin acmé o sin paroxismo y el cérvico-uterino), el “orgasmo femenino auténtico es el cérvico-uterino”, por su profundidad, ritmo, intensidad y extensión.
Esta autora agrega que cuando las mujeres aprietan los muslos o los glúteos firmemente, alcanzan un tipo de orgasmo que arranca en el centro de su cavidad pélvica, en algún punto muy profundo de su interior, sin ninguna otra estimulación. Asegura también que independientemente de cual sea la estimulación que da lugar al proceso orgásmico, en realidad, todos tienen su origen en el útero.
William Masters y Virginia Johnson aseguran que en todo orgasmo femenino se producen “contracciones del útero”, lo que nos viene a corroborar que, independientemente de cual sea la estimulación corporal, todos los orgasmos tienen en común: “movimientos rítmicos del útero”.


​Intercambio de pareja, trío o sexo grupal: Swinger.

Primero Sigmund Freud y posteriormente Jacques-Marie Émile Lacan se encargaron de teorizar acerca de los conflictos sobre la relación sexual. Este último autor, profundizó sobre el tema y lo definió en una controversial frase: “No existe la relación sexual” ¿Qué significa esto? Pues de manera simple podemos decir que es inexistente la “completa armonía” entre los partenaires en el encuentro sexual, ya que siempre está de por medio “algo” por lo cual no se logra la “satisfacción total”, llevando a cada uno hacer una remembranza sobre el coito: “eso no me gustó”, “falto aquello”… poniendo inmediatamente en marcha la imaginación de lo que «desean» para el próximo encuentro sexual. Hay algo que siempre fracasa en el lazo con el otro, incluído el lazo amoroso y claro, el encuentro sexual. No hay complementariedad de los sexos; y esto lo ilustra claramente el estilo de vida Swinger, antes que estar por fuera de ese fracaso, parece —según los hallazgos hechos por el psicoanálisis— que intentan reordenar su sexualidad en busca precisamente de esa ausencia de armonía permanente, una forma como otras fallida de poner un velo a la no-relación-sexual.
La conducta sexual que despliegan los sujetos está determinada por múltiples factores que están enraizados en fantasías y deseos de la “infancia perversa poliforma”.
Lo que se ha observado en sujetos que practican los encuentros Swingers que acuden a tratamiento psicoanalítico es que existen diversas psicodinamicas entre las que destacan fantasías incestuosas, exposición a la “Escena Primaria”, dificultades en la separación-individuación (madre-infante), conflictos superyóicos, inhibiciones sexuales, deseos homosexuales, compulsión a repetir y reelaborar conflictos de la etapa edípica. También puede ser utilizada como una defensa ante una depresión subyacente: separación con el ser amado, divorcio, venganza contra el partenaire, etcétera; o por otro lado las parejas pueden recurrir a estos intercambios eróticos como un intento desesperado de solucionar una crisis y “salvar” su matrimonio.
Asimismo puede ser una forma de negar la competencia, rivalidad, celos, deseos sadomasoquistas y hostilidad a través de la acción. O bien un intento de reestablecer el sentido de la atracción, el deseo, el valor y la autoestima.
Ahora bien, la fantasía incestuosa es muy clara en el estilo de vida Swinger, pues es una atracción desbordada o incluso un enamoramiento hacia alguien “no disponible”, o sea comprometido sentimentalmente a otro, o casado, con la finalidad de concretar esa relación prohibida. Las fantasías incestuosas pueden estar encubriendo aspectos del Complejo de Edipo como el temor al daño orgánico, por ejemplo un hombre con temor a la castración (inconsciente) pone a prueba constantemente su virilidad accediendo a actividades promiscuas.
Cuando existen conflictos respecto a la bisexualidad, la mujer intenta compensar la falta de pene deseando castrar a la pareja, a través de mostrar una “feminidad” exacerbada en el encuentro sexual con otro en presencia de su partenaire.
En los sujetos que practican los encuentros Swinger existe un alto grado de hostilidad, agresión y competitividad, consciente o no, hacia el propio partenaire y hacia el cónyuge o compañero del mismo sexo con quien se intercambia el contacto sexual; esto se denota en quién brinda mayor placer, quién está más dispuesto a las fantasías sexuales, quién es más atractivo, quién es más seductor, quién coquetea más, quién tiene el pene más grande, etcétera.
Existen casos donde los sujetos que practican estos intercambios de pareja, en su historial infantil refieren una alta rivalidad y competitividad hacia los hermanos, la cual se traslada a esta forma de relacionarse en pareja en la edad adulta.
Una de las características más sobresalientes de los Swinger es la fuerte atracción homosexual —regularmente inconsciente— durante el intercambio de pareja, incluso existen algunos sujetos que “seleccionan meticulosamente” a la pareja con la que va involucrarse sexualmente su partenaire: color de piel, estatura, complexión, incluso la longitud del pene, etcétera, esto habla de fenómenos más regresivos. No ha de extrañarse que después de cierto tiempo el sujeto pase de su preferencia heterosexual a homosexual, o se convierta en un empecinado voyerista. En ciertos casos ello ha sido interpretado como un deseo de cercanía con el padre del mismo sexo, que fue percibido en la infancia frío y distante.
La práctica Swinger también puede ser un intento para remarcar el desafío y separación de los valores y reglas impuestas por los padres o educadores, los cuales fueron aceptados sin recato alguno.
Cuando existen problemas relacionados con la simbiosis y la dificultad de separación-individuación madre-infante, la actividad del sujeto adulto Swinger da la sensación de autoproclamar independencia y autonomía, de “romper” temporalmente con la atadura simbólica.
Cuando existe una gran ansiedad relacionada a los encuentros sexuales, el sujeto puede defenderse de ella a través de la práctica del intercambio de pareja, tríos o sexo grupal. El sujeto se coloca en una posición casi observadora, de esta manera se encuentra protegido del daño y la retaliación, esta fantasía es característica de la exposición crónica a la Escena Primaria.
Se ha observado que los Swingers que acuden a tratamiento psicoanalítico usualmente presentan una intensa lucha con un Superyó punitivo y también contra una crianza en su infancia percibida como sexualmente represora.
Cuando el sujeto proyecta el Superyó en su pareja, en un inicio intenta complacer y seducir como lo hacía con los padres en su infancia, sin embargo, con el tiempo empieza a resentir esta posición de devaluación y control e intenta revelarse ante ello a través de la infidelidad o de proponer a su pareja un estilo de vida Swinger, regularmente quien lo sugiere o insinúa es principalmente el hombre. El sujeto con prácticas Swinger puede estar utilizando el sexo como un herramienta para crear dependencia o para satisfacer necesidades de poder y venganza hacia su partenaire.
Cabe señalar que algunas mujeres dejan de presentar anorgasmia al ser infieles o entrar en relaciones de intercambio de pareja o tríos sexuales, se observa a través del psicoanálisis que surge una nueva relación entre el orgasmo y perder el control frente a su pareja; es decir tener relaciones sexuales con otros hombres les brinda una sensación de empoderamiento dando como resultado intensos orgasmos.
Cuando el sujeto busca en su pareja a un padre o madre omnipotente suele enfrentarse a que la sexualidad conyugal se asocie con el incesto, lo cual es terriblemente amenazante, lo vive como un acto prohibido y repugnante que puede conducir a disfunción eréctil, eyaculación precoz o retardada. Es precisamente en estas circunstancias cuando el sujeto busca relaciones objetales más seguras y gratificantes fuera del matrimonio. En estos casos dicho sujeto vive la sexualidad conyugal como algo insoportable, donde se siente controlado o debilitado (en psicoanálisis se denomina angustia de castración) de la misma forma que un niño se sentiría si tuviera sexo con alguno de sus progenitores o con un adulto.
Según Otto Kernberg los sujetos con personalidad narcisista se caracterizan por la imposibilidad de mantener vínculos que combinen genitalidad y ternura, ya que no hay intimidad ni integración objetal y en casos más benignos de personalidad narcisista es caracterizada por la promiscuidad sexual. Sigmund Freud señaló que por haber silenciado durante mucho tiempo el deseo de goce sexual, las mujeres habían renunciado a él. De manera que en su época, ello encontró finalmente su manifestación a nivel de síntomas en el cuerpo (histeria), y que hoy parece implicar al otro sexo, en donde estas mujeres al dirigirse a su pareja provocan en ellos la pregunta acerca de ¿Cómo goza una mujer? Aquí podríamos señalar que siendo el hombre quien generalmente propone la práctica Swinger a su pareja, sería con la finalidad de conocer de manera tangible ¿Cuánto goza su mujer en brazos de otro hombre? Recordemos que en la mitología griega (nombre) le preguntó a Tiresias ¿Quién goza más durante la relación sexual, el hombre o la mujer? A lo que respondió que la mujer goza (7 veces más). Pregunta aun vigente y enigmática para los hombres que practican este estilo de vida.
Hombres y mujeres emprenden la búsqueda por velar lo que no funciona en su vínculo, aunque ya no se trata de una búsqueda marcada por la represión del deseo característica de los siglos pasados sino ligada a los imperativos propios de la exaltación: “Es tu deber gozar, es tu cuerpo y por lo tanto debes gozar al máximo”. “La vida es corta y es mejor arrepentirse por algo que hiciste que por algo que dejaste de hacer”.
El papel que juegan los celos en el estilo de vida Swinger podría asumirse en la posición que toma el hombre y la mujer en la comunicación directa y sincera de las fantasías íntimas de índole sexual que cada uno guarda, que tendrían la función de apaciguar dichos celos, sin embargo esto otorgaría tranquilidad únicamente por un breve período de tiempo.
Desde el punto de vista psicoanalítico los celos infantiles hacia la madre se extienden a la edad adulta y tendrían la función de mantener la monogamia, mientras que el conflicto edípico hace difícil que ello se establezca por mucho tiempo.
Por último podíamos decir que el estilo de vida Swinger es una búsqueda centrada en el deseo de reconocimiento de la masculinidad de la función sexual* cuando se trata de hombres, incluso aunque esto signifique renunciar a la exclusividad en el goce, en la espera de que esta concesión asegure el mantenimiento del lugar que él ocupa en tanto ser amado y deseado. De manera que podríamos pensar que la ansiedad y angustia respecto a la sexualidad y la intimidad es más fuerte que los celos. O también, que estos se manifiestan a través de la fuerte competitividad que existe entre la pareja.

*Robert Jesse Stoller señaló que el ser humano (independientemente de su sexo biológico) desde su nacimiento tiene una “protofeminidad” y será la cultura quien estructure la masculinidad tratándose de hombres; mientras que las mujeres no presentan ese conflicto en su feminidad por haberse desarrollado a partir de esta. Tal vez esta sea la principal razón por la cual los hombres dudan más de su masculinidad que las mujeres de su feminidad.


​La vagina y el clítoris en la función sexual.

“El orgasmo es el gran comedor de palabras. Sólo permite el gemido, el aullido, la expresión infrahumana, pero no la palabra”. Valérie Tasso.

Existen mujeres heterosexuales que su desarrollo psicosexual las a llevado a una adaptación a la función erótica para la satisfacción con su partenaire.
Ahora bien, a partir de aquí podemos observar algunas variables en cuanto a la función sexual que presentan otras mujeres, por ejemplo las que en cierta medida presentan una inhibición de las caricias sobre el clítoris proporcionadas por su pareja, o pueden sentirlas incómodas porque les causa irritación aunque las caricias se apliquen sutilmente, lo que constituye un caso de involución menor del clítoris; solamente el coito desencadena en ellas el placer y la culminación del orgasmo.
Existen otro tipo de féminas que poseen una erogeneidad en la vaginal y el clítoris conjugadas armoniosamente. Estas mujeres son susceptibles del placer a través de las caricias en el clítoris, pero en general prefieren reservar estos tocamientos para el preámbulo sexual, preparación psíquica necesaria si su excitación es algo retardada. En todo caso, durante el coito, la vagina y el clítoris tienen cada uno roles que armonizan alternadamente, a condición, no obstante, quizá, que el clítoris no esté demasiado alejado de la vagina.
Otras mujeres, si bien poseen esta función mixta, pueden alcanzar el orgasmo por las dos zonas erógenas separadas, esto es por penetracion vía vaginal o por las caricias en el clítoris, sintiendo regularmente ambas partes erógenas como antagonistas, es decir una parte participa exclusivamente durante el coito ajena a la otra. En estas mujeres, el mayor placer sexual lo sienten casi siempre por conducto vaginal.
Otro tipo de mujer es la que tiene una remarcada preferencia por la estimulación del clítoris (función “fálica viril”) lo que predomina a expensas de la vagina, más o menos inhibida.
Finalmente existen otras mujeres en las que se ha producido una inhibición muy considerable en las dos zonas erógenas, las que presentan una frigidez pronunciada. Ni el coito ni las más variadas caricias de su pareja consiguen procurarles un placer profundo, menos aun alcanzar el orgasmo.
¿Cuál ha sido, en estas mujeres, la repercusión del Complejo de Edipo?
En la primera de las mujeres descritas, la más idealmente adaptada a la función erótica, el Complejo de Edipo positivo dirigido hacia la madre, ha debido ser sin duda, relativamente débil y en todo caso sucumbió enteramente a la represión exitosa, con todas sus representaciones; en este caso, la represión del sentido biológico en primer lugar. La mujer ha reconocido al parecer, que el objeto apropiado no es su madre, renunciando a ella y al mismo tiempo a la primera zona erógena activa, el clítoris, inapropiado para el nuevo objeto —que es el hombre— provisto de un pene para que la penetre. La representación simbólica que detentan sobre su sexualidad ya no es convexa sino cóncava y el placer se ha instituido plenamente en estas mujeres. En el caso ideal, la mujer ha superado victoriosamente la fidelidad primitiva a la madre tanto en lo que respecta a la zona erógena, pasando así íntegra y adaptadamente al padre y de ahí al hombre que le sucederá en su vida adulta.
En el segundo caso, donde la mujer ha conservado armoniosamente conjugadas sus dos zonas erógenas, el clítoris se excita y juega el rol asociado a la penetración vaginal. En él puede verse una supervivencia de aquel estado de pasaje en el que el clítoris, antes que la vagina, se había tornado el órgano ejecutor de las pulsiones y de las fantasías masoquistas que inauguran en la niña el pasaje de la madre al padre, del Complejo de Edipo positivo al Complejo de Edipo negativo. El objeto y el fin edípicos en su sentido negativo han sido en este caso, alcanzados plenamente, la fantasías activas relativas a la madre han sido debidamente reprimidas; las pulsiones libidinales adecuadamente salvadas y transformadas en sus contrarios masoquistas. El clítoris y la vagina conservan su función adaptada encontrando su respectivo lugar y rol subordinados.
En el tercero de los casos existe una especie de divorcio entre la erogeneidad vaginal y la del clítoris, un conflicto que se va abriendo paso. Aquí, el clítoris conserva sus fines activos sádicos, continúa queriendo empujar hacia adelante y en el inconsciente el objeto primitivo de estos empujes, la madre, debe ser tenazmente conservado, como originariamente debió ser fuertemente codiciado en forma activa por lo que surge el problema de la constitución del clítoris en una función “fálica viril” que en mayor o menor grado predispone a que estas primeras actitudes sean intensas y persistentes. En estos casos regularmente sucede que después de haber adquirido una vagina erógena receptora para el pene, adaptada al objeto, a la zona y al fin, conserva a una yuxtaposición, una organización fálica antagonista edificada sobre una “homosexualidad” reprimida. Cuando la vagina no parece perturbada en su función erógena receptiva es porque se encuentra adecuadamente sumergida en el inconsciente, sin causar estragos. El Complejo de Edipo en estas mujeres ha podido subsistir y establecerse.
La mujer con una erogeneidad exclusivamente radicada en el clítoris provee el caso de la máxima desadaptación a la función, a la realidad en general y a la realidad sexual en particular. En efecto, ha sabido cambiar el objeto en la infancia, pasar de la madre al padre, pero ha seguido codiciando ese objeto, penetrante, con su zona activa, el clítoris, que en conjunto ha permanecido animado por las pulsiones activas, sádicas del Complejo de Edipo positivo orientado hacia la madre. La represión afectó por cierto al objeto primario, la madre, pero al final la madre de las pulsiones activas ha debido no obstante conservarse en el inconsciente; el padre, provisto del Falo al que estas mujeres no han podido renunciar, ni en ellas ni en las otras mujeres, no ha hecho más que sustituir brillantemente a la madre en el momento de la toma de conciencia, narcisísticamente tan dolorosa de la “Castración Materna”. En estas mujeres la vagina no se “abrió” nunca, por así decirlo, desde el punto de vista erógeno.
En las mujeres con una frigidez profunda cualquier zona erógena excitada su respuesta parece abolida; ninguna caricia parece ser capaz de excitarlas intensamente. Hay aquí la mayor represión posible del Complejo de Edipo positivo y negativo; el clítoris parece haber renunciado a la madre, a sus fines pasivos, como la vagina renunció en bloque a sus fines pasivos, al padre, al hombre. Pero esto es sólo aparente: un buen día, bajo la influencia de las experiencias de la vida —o del psicoanálisis— una u otra zona llega a despertarse, en ocasiones con gran estruendo. En estos casos la vagina toma por lo común la delantera, ya que estas mujeres frígidas son a menudo muy femeninas.
Estas mujeres con serios conflictos de frigidez simbolizan a la “Bella Durmiente del Bosque” que ha dormido demasiado, el primer beso del Príncipe no le ha bastado. Pero está dispuesta a recibir más besos; en ella los fines pasivos generalmente se establecieron muy bien, aunque hayan permanecido latentes por mucho tiempo en el inconsciente. Estas mujeres «despertadas» pertenecen generalmente al grupo en que las dos zonas erógenas (vagina y clítoris), armoniosamente conjugadas, funcionan bajo el signo común de la pasividad.
Los dos últimos tipos de mujeres, las frígidas parciales como las frígidas totales por designarlas de cierta manera, ambas presentan anestesia vaginal. Sólo en estas últimas la excitación vaginal es generalmente más fácil que en las primeras, como ya lo hemos indicado. No obstante, el ejemplo de las últimas nos permite preguntarnos hasta qué punto en cada caso de las primeras mujeres puede levantarse por medio del psicoanálisis la anestesia vaginal. Porque si el clitoriclismo tenaz, excesivo y exclusivo está indudablemente condicionado por la bisexualiclacl constitucional y es seguramente en su grado extremo una especie de hermafroditismo larvado, en miniatura, puede sospecharse que la anestesia vaginal incluye una gran parte de inhibición de índole histérico y que, por lo tanto, está psíquicamente condicionada. En estos casos se impone al psicoanálista la búsqueda del probable condicionamiento psíquico tanto de la “apertura” como de la “cerrazón” erógena de la vagina.


jueves, 26 de octubre de 2017

La personalidad histérica en las mujeres.

Una característica dominante en estas mujeres es su labilidad emocional. Se relacionan fácilmente con los demás, y son capaces de un compromiso emocional cálido y sostenido con la importante excepción de una inhibición de su responsividad sexual.
Suelen ser dramáticas e incluso histriónicas, pero su exhibición de afectos es controlada y presenta cualidades esencialmente adaptativas. El modo como dramatizan sus experiencias emocionales puede dar la impresión de que sus emociones son superficiales, pero la exploración bajo el psicoanálisis revela otra cosa: sus experiencias emocionales son auténticas, y es posible que estas mujeres sean emocionalmente lábiles, pero sus reacciones emocionales no son incoherentes o impredecibles. Pierden el control emocional sólo frente a aquellos con quienes tienen conflictos intensos, sobre todo de naturaleza sexual y competitiva, por lo que con estos, las mujeres histéricas son proclives a desarrollar crisis emocionales, pero tienen siempre la capacidad de recuperarse y después evaluarlas con realismo. Aunque gritan con facilidad y tienden al sentimentalismo y el romanticismo, sus capacidades cognitivas están intactas, y la comprensión que tienen de las reacciones humanas complejas contrasta agudamente con la aparente inmadurez de su despliegue emocional.
La diferencia entre sus interacciones sociales, por lo general apropiadas, y las relaciones objetales específicas con implicaciones sexuales, refleja la tendencia a presentar una conducta infantil regresiva sólo en circunstancias reales o simbólicamente sexuales, o tiene que ver con sujetos que estas mujeres experimentan como si desempeñaran roles parentales. Su impulsividad se limita a tales interacciones específicas o a rabietas ocasionales.
Las mujeres histéricas tienden a ser esencialmente sociables y a relacionarse con los demás. Esta extraversión es visible en sus contactos sociales fáciles, y se mezcla con una tendencia al exhibicionismo y a depender excesivamente de los otros. Quieren ser amadas, ser el centro de la atención y la atracción, particularmente en circunstancias con implicaciones sexuales. Su dependencia de la evaluación que hacen de ellas otros sujetos es equilibrada por la percepción clara de los requerimientos socialmente realistas que deben satisfacer para obtener ese amor y esa aprobación, y su dependencia infantil, su aferramiento, se limita a los contextos sexuales. De hecho, en sus relaciones íntimas presentan actitudes infantiles, mientras que por otro lado las actitudes que presentan ante su círculo social son generalmente maduras, estas son características clave de la personalidad histérica.
Algunas mujeres histéricas pueden parecer tímidas a primera vista, pero despliegan sutilmente una seducción sexual provocativa, que incluso puede ser acentuada por su timidez. Lo habitual es que las mujeres con personalidad histérica presenten una seudohipersexualidad combinada con inhibición sexual; esto significa que son sexualmente provocativas y al mismo tiempo frígidas. Se comprometen sexualmente en términos triangulares, es decir, con hombres inaccesibles o a su vez comprometidos con otras mujeres. Su conducta provocativa puede inducir a respuestas sexuales masculinas que ellas quizás experimenten como intrusivas o chocantes, y a las que reaccionan con miedo, indignación y rechazo.
La mujer histérica es competitiva con los hombres, y también con otras mujeres, por los hombres. En cuanto a la competitividad directa con los hombres contiene miedos y conflictos implícitos relacionados con una consciente o inconscientemente asumida inferioridad respecto de ellos. Los subtipos de personalidad histérica sumisa o competitiva reflejan fijaciones caracterológicas de esas pautas de sumisión (a menudo masoquistas) y competitividad. Lo característico es que la exploración psicoanalítica revele que estas mujeres utilizan la conducta infantil regresiva como defensa contra la culpa suscitada por los aspectos adultos del compromiso sexual. Algunas mujeres tienden a asometerse a hombres que ellas experimentan como sádicos, para expiar sentimientos de culpa, y como precio por la gratificación sexual.
Recientemente algunos aspectos adicionales de la personalidad histérica descritos en la literatura temprana han sido puestos en entredicho, por ejemplo, antes se daba por sentado que las pacientes histéricas eran muy sugestionables pero las observaciones a la través del psicoanálisis indican que la sugestionabilidad podría aparecer sólo en el contexto de relaciones idealizadas, romantizadas, y aferramiento dependiente, y que además podría convertirse rápidamente en suspicacia, desconfianza, enfurruñamiento o terquedad en condiciones de competitividad intensa con hombres o mujeres. Otra característica clásica atribuida a la personalidad histérica es la dependencia excesiva. No obstante, como ya hemos dicho, la dependencia caracteriza sólo a unas pocas relaciones muy intensas. Una tercera característica atribuida a las mujeres histéricas es el egocentrismo: un aspecto centrado en sí mismo, autocomplaciente, vanidoso, desplegado en una conducta exhibicionista y buscadora de atención, y en una excesiva sensibilidad a la reacción de las otras personas, pero esa característica no corresponde a su capacidad real para relacionarse profundamente con los otros, a su estabilidad, lealtad y compromiso en tales relaciones. Otros atributos que implican falta de capacidad para la investigación emocional acoplada con una deficiencia de funcionamiento moral tampoco son característicos de este trastorno de la personalidad: verbigracia, la superficialidad emocional, los afectos fraudulentos, la mendacidad y una seudología fantástica, rasgos, todos. éstos, mencionados en la literatura temprana.
David Shapiro y Mardi Horowitz han descrito un estilo cognitivo de las pacientes histéricas caracterizado por la tendencia a la percepción global (en contraste con la detallada), la desatención selectiva y representaciones más impresionistas que exactas. Estas características quizá reflejen una organización, por lo general represiva, de las funciones de sus “mecanismos de defensa”, la cual, junto con la inhibición de la competitividad (debida a una sensación inconsciente de inferioridad como mujer), puede contribuir a provocar la inhibición intelectual.
Las mujeres con trastorno histérico de la personalidad provienen de familias más bien estables con ciertas características comunes. Los padres son descritos como seductores, pero su conducta de seducción y estímulo sexual excesivo respecto de las hijas se combina con actitudes bruscas, autoritarias y a veces sexualmente puritanas también respecto de ellas; la seducción durante la niñez de la hija se convierte típicamente en prohibición de los compromisos sexuales románticos en su adolescencia. Las madres de estas pacientes son descritas como dominantes y controladoras de la vida de las hijas, y a menudo dan la impresión de que a través de éstas intentan realizar sus propias aspiraciones insatisfechas: relaciones amorosas, educación, aspiraciones laborales, etcétera. Al mismo tiempo, estas madres son eficaces y responsables en el hogar y en sus funciones comunitarias.




​El cambio del deseo sexual en la mujer a través de la historia.

La verdad es que amamos la vida, no porque estemos acostumbrados a ella, sino porque estamos acostumbrados al amor. Friedrich Wilhelm Nietzsche.

Desde hace cinco mil años o más, el hombre fue moldeando a la sociedad basado en la dominación sobre la mujer. Este sojuzgamiento incluye de una manera muy especial, su sometimiento sexual; es decir, se creó una cultura basada en la violación sistemática de los deseos de la mujer, poco a poco se consiguió que el deseo de la mujer dejará de ser relevante, hasta su anulación, desapareciendo y limitándose a la “complacencia falocrática”, o en palabras más sencillas, a la “satisfacción machista”.
Desde entonces las mujeres perdieron sus costumbres, sus bailes voluptuosos, sus baños sensuales compartidos entre hermanas, madres, tías, abuelas…, la cercania del cuerpo a cuerpo con sus bebés, perdieron la maternidad nacida del deseo y guiada por el placer de sus cuerpos: olvidaron su forma propia de existencia, como dice Lea Melandri, una existencia impulsada por el latido del vientre; en suma perdieron la libertad de su cuerpo y la conciencia del mismo.
El deseo sexual en la mujer pasó a ser considerado lascivo y deshonesto, para que cuando emergiera, se sintiera culpable y concupicente, y en consecuencia aborreciera su cuerpo y se distanciará de sus sensaciones voluptuosas.
La religión judeocristiana (para occidente) afirmó aún más esta postura: las buenas esposas son esclavas del señor, deben hablar lo menos posible y sentir vergüenza hasta de su marido; como madres tienen la misión primordial de introyectar el pudor y el recato en las hijas, convirtiéndose en la garantía de la paralización de todo atisbo de producción del deseo sexual de las futuras generaciones de mujeres, por lo que se destruyó el valor del cuerpo femenino y el desarrollo natural de la sexualidad mujeril; así los hombres empezaron a imponer a las féminas que su vestimenta cubrieran todo su cuerpo, incluso hasta el rostro; transformando su sensual caminar a un tieso andar.
La higiene se convirtió en una asepsia que eliminó el olor de los flujos naturales de la mujer, factor específico en la atracción sexual, y de la simbiosis madre-lactante. Asimismo los hábitos cotidianos de las posturas se rectificaron; dejaron de sentarse en cuclillas generalizándose el uso de la silla; se fue restringiendo el movimiento del cuerpo con el objetivo de paralizar los músculos pélvicos y uterinos, para que el vientre no se estremeciera ni palpitara y en consecuencia no apareciera la pulsión sexual.
Resulta evidente que la sexualidad de la mujer (a diferencia de la del hombre) no es uniforme, no es siempre la misma; a lo largo de su vida pasa por diferentes ciclos y estadios sexuales, unos de mayor producción libidinal que otros, y sobre todo, de diferente orientación. El equilibrio emocional, tanto psíquico como somático, libidinal y hormonal, que sostiene el cuerpo de la mujer es un proceso ondulante, cíclico; tan estrechamente ligado a las faces lunares por lo que ha sido en muchas culturas un símbolo de la feminidad, sin embargo las mujeres han sufrido una transformación profunda que su producción sexual y libidinal, en la actualidad se volvió algo rectilíneo y casi inmutable. Debemos hacer hincapie que no es el mismo estado sexual ni el mismo equilibrio hormonal el que tiene la mujer cuando ovula que cuando menstrúa; así como también es diferente cuando está en estado de gravidez de cuando no lo está; o bien durante la lactancia y cuando deja de amamantar; o cuando vive la pasión intensa amorosa en la edad adulta.
La mujer a ido perdiendo a lo largo de los milenios, la percepción del estado cambiante de su cuerpo, de cómo lo siente, de sus diferentes flujos y de sus olores… pero sobre todo la consolidación de la alineación sexual en torno al «falo». Esta alineación, conlleva una fuerza tal que profundiza tanto a nivel psíquico como somático por lo que el falocentrismo se va adentrando en el inconsciente, interiorizándose como un ordenamiento sexual que manipula las pulsiones antes de hacerse conscientes.


La sobreinvestidura del clítoris en las mujeres homosexuales.

Los lazos que vinculan a las mujeres homosexuales con sus respectivas parejas, ya se trate de mujeres con fijación de la excitación sexual en el clítoris o la vagina, tiene que ver con el Complejo de Edipo de su infancia.
En su teoría sobre mujeres homosexuales Helen Deutsh señala que en sus vínculos siguen jugando: “a la madre y la hija”, con exclusión del padre perturbador. Algunas de estas mujeres tienden a identificarse con la madre activa y son atraídas especialmente por jovencitas. La mayor felicidad consiste en que las jovencitas “revelen” a sí misma su homosexualidad subyacente. Por el contrario, otras continúan siendo las niñas que en otro tiempo fueron atraídas, sobre todo por mujeres mayores que visualizan como maternales o protectoras, hacia las que permanecen más o menos en estado de pasividad, o bien en un estado infantil. Otras pueden vivir las dos actitudes alternadamente. Pero en todas el órgano ejecutor del placer homosexual es preponderantemente —como en la niñita “fálica” en su infancia— el clítoris, órgano que les basta para su plenitud sexual. Cabe señalar que este tipo de mujeres tienen la idea sobre el pene como un órgano generalmente grotesco inspirándoles repugnancia.
Las homosexuales tienden a excluir a los hombres y el “pene del paraíso perdido” proveniente del padre en su infancia (Complejo de Edipo) es sustituido en su adolescencia o edad adulta por las caricias eróticas que simbolizan las caricias madre-hija por los cuidados de higiene personal durante los primeros años de vida. Estas homosexuales conservan su apariencia femenina tanto en su personalidad como en su manera de vestir.
Más allá de la identificación con la madre activa primitiva, solícita con el niña, el otro tipo de mujeres homosexuales se identifica por superposición, por decirlo así, con el padre que sucedió a la madre en el desfile de los objetos para amar o para odiar de la niña. Estas mujeres presentan fantasías de su clítoris mucho más activas que las anteriores, y toda su conducta está teñida por el ideal que han asimilado: vistiendo de forma varonil y en sus relaciones que mantienen con sus parejas intentan por cualquier medio ser «hombres» para las féminas que aman. Estas mujeres pueden llegar a la voluptuosidad por medio de las caricias eróticas pero se rehúsan a tener una actitud pasiva. En lo que respecta a éstas, seguramente no podrían soportar que se comprobará, una vez más, que su cuerpo carece inevitablemente de pene.


jueves, 25 de mayo de 2017

El amor en la mujer.

“La mujer hará del amor «el asunto de su vida», exigirá siempre ser adorada, y su queja permanente será la pérdida del romanticismo inicial de la pareja”.

Los argumentos que propone el psicoanálisis para sustentar y probar la prevalencia de la estructura narcisista en la mujer son los siguientes: 
1.-Prefiere ser amada a amar (Sigmund Freud);
2.- Carácter concéntrico (centrada en sí misma); (Bela Grunberger);
3.- Capacidad de gozar de sí misma, autosuficiencia que fascina al hombre (Sigmund Freud);
4.- Clítoris, zona erógena principal típicamente narcisista, no sirve nada más que para el placer, contrariamente al pene, que al mismo tiempo que es fuente de placer es de reproducción y órgano de micción, sin hablar de sus significaciones inconscientes energéticas (Bela Grunberger),
5.- Narcisismo flotante, no integrado, no saturado, "que es patrimonio de las mujeres, ciertamente hay hombres narcisistas que presentan esta clase de narcisismo, pero de alguna manera se encontrará en estos hombres una importante componente femenino" (Bela Grunberger).
Ahora bien, ¿cuáles son las razones que se esgrimen para explicar este desnivel entre la pulsión* y el narcisismo? Se pueden agrupar de la siguiente manera:
a) Déficit pulsional primario. Se ha atribuido a todo tipo de razones la frecuente frigidez de la mujer, desde «debilidad de la energía libidinal» (Marie Bonaparte); «inhibiciones constitucionales» (Helene Deutsch); pasando por la ya consabida bisexualidad más acentuada en la mujer que en el hombre, hasta confusiones graves entre frigidez y «espiritualidad» (Helene Deutsch).
b) Peculiaridades en el desarrollo psicosexual: inadecuación estructural del objeto anaclítico** como objeto erótico y, como consecuencia, la relación madre-hija será inevitablemente frustrante y ambivalente (Bela Grunberger, Janine Chasseguet-Smirgel); falicismo*** infantil (innato, alto monto de bisexualidad) devaluado en el descubrimiento de la falta de pene en ella y la madre; hombre fallido (Sigmund Freud, Jacques-Marie Émile Lacan).
Como consecuencia de esta desigualdad narcisista tan dolorosamente vivida, la niña deseará, en un incesante desplazamiento, una confirmación narcisista por parte del hombre, fundamentalmente en el amor. 
Hará del amor «el asunto de su vida», exigirá siempre ser adorada, y su queja permanente será la pérdida del romanticismo inicial de la pareja, momento cumbre del agasajo, la lisonja, la sobrevaloración en que la ubica su enamorado. ¿Por qué el amor compensa mejor el colapso narcisista de la mujer que la sexualidad? ¿Por qué la sexualidad, el Goce, no se halla frecuentemente investido, es decir, por qué sólo la mujer que es amada obtiene en su inconsciente algo que equivale a la posesión del falo, y esta representación no se origina a partir de un buen orgasmo? Es que el goce sexual es demasiado real y concreto para despertar la fantasía, y el deseo —su fuente— necesita de un plus no realizado? ¿Por qué, entonces, son tan frecuentes los fantasmas de megalomanía fálica en los hombres después de una buena conquista y desempeño sexual? Estamos en presencia de un inconsciente que funciona con una legalidad diferente o con contenidos diferentes para mujeres y hombres. La teoría psicoanalítica ha sido renuente hasta el momento en escuchar y tener en cuenta el discurso feminista, se lo conoce, pero sus enunciados permanecen si no censurados, al menos neutralizados.

* En el psicoanálisis, la pulsión es la energía psíquica profunda que dirige la acción hacia un fin, descargándose al conseguirlo. El concepto refiere a algo dinámico que está influido por la experiencia del sujeto, psíquicamente hablando. Esto marca una diferencia entre la pulsión y el instinto, este último es congénito (se hereda por la genética).
** Anaclítico: Adjetivo, dícese del niño que depende de los cuidados maternos.
*** La palabra falicismo se refiere a una cierta actitud referida al pene. También se refiere a cualquier objeto que se asemeje visualmente a un pene o actos similares refiriéndose a estos símbolos como «algo fálico». Jacques-Marie Émile Lacan relaciona la falta de objeto con el falicismo y como categorías de la falta sitúa a la castración, la frustración y la privación.

sábado, 20 de mayo de 2017

Lesiones autoinflingidas, masturbación y cleptomanía en las mujeres.

Eglé Moses Laufer afirma que: “A menudo se presupone que la masturbación femenina tiene el mismo significado de normalidad que la masturbación masculina”. Este autor considera que el hecho de que algunas mujeres eviten la utilización de la mano para la masturbación supone una característica diferencial entre la sexualidad masculina y la femenina; siguiendo esta idea pasa —este autor— a desarrollar la hipótesis de que la niña pequeña identifica inconscientemente su mano con la de su madre, y que las cualidades de la relación entre madre e hija determinarán la actitud de la última hacia la masturbación en las diferentes etapas de su desarrollo psicosexual.
En la fase edípica, si la niña se siente incapaz de identificarse con su madre por su incapacidad de concebir bebés, experimentará la actividad de la mano como fuente de ansiedad. Durante la adolescencia, si odia el cuerpo de su madre desde una perspectiva sexual y es incapaz de identificarse con ella y su cuerpo, le resultará irresistible la utilización de la mano para atacar su propio cuerpo, como, por ejemplo, cortándose generalmente las muñecas o los brazos, en algunos casos las heridas pueden llegar hasta muslos. Estas actividades —según Laufer— se dan como consecuencia de: “Un arranque de hostilidad incontrolada contra la madre, o la pareja sexual...”.
Estas mismas secuencias se pueden observar en las mujeres que se dedicaban a robar de manera compulsiva y sistemáticamente, actividad considerada como «perversa», como lo expone Phyllis Greenacre.
El problema de estas féminas están relacionados con su identidad de género e implícitamente con sus funciones reproductivas. Al dañar sus cuerpos de semejante manera expresan una tremenda insatisfacción, no sólo contra si mismas sino también contra sus madres, por haberles proporcionado ese cuerpo contra el que ahora luchan tenazmente.

domingo, 7 de mayo de 2017

Las fantasías de la mujer embarazada.

Una fantasía común en mayoría de las mujeres embarazadas está relacionada con el temor de tener un hijo con malformaciones o minusvalías. El grado de gravedad de esta fantasía señala la aceptación por la fémina de la capacidad que posee su cuerpo de producir cosas maravillosas o desagradables.
El embarazo, como todas las etapas transitorias, reaviva los conflictos y ansiedades anteriores aun no resueltos. El choque inconsciente entre las fuerzas internas imaginadas de «dar vida» y «dar muerte» se resitúa ahora en la arena del nacimiento, una prueba que culmina en la constatación de si ella es «creativa» o «destructiva».

sábado, 22 de abril de 2017

El miedo de la mujer al éxito.

Generalmente los logros intelectuales, profesionales y artísticos de los hombres son considerados como algo adherente a su género, pero en el caso de las mujeres, en situaciones paralelas, a veces entran en zonas de conflicto, no sólo con la provechosa utilización de su intelecto o talento (a menudo considerada como prerrogativa del mundo del hombre), sino también con su propia feminidad, que frecuentemente está interconectada con la utilización de sus cuerpos. Es en estos momentos cuando las mujeres experimentan un proceso de escisión entre su intelecto y su feminidad. Esto atañe especialmente a las mujeres cuyas madres no han utilizado sus propias capacidades intelectuales, ya sea por falta de oportunidad en su infancia o adolescencia por cuestiones socioeconómicas; o desaprovechamiento, o bien por presión de su cónyuge.
Ahora bien, éste tipo de mujer suele sentir un temor ante el éxito en su esfera laboral, en la creencia que no sólo los hombres sino también su «madre interiorizada» tomarán represalias contra ella ante sus logros. Todo ello puede desembocar en una exageración extrema que emerge de la infravaloración de la inteligencia o talento a la vez que se equipara una supervaloración del cuerpo de la mujer con la feminidad.
Suelen presentarse a psicoanálisis mujeres profesionistas con un alto desempeño laboral y con un desahogado nivel económico, que comparándose con los hombres en las mismas condiciones, les resulta muy difícil alardear a ellas de sus logros y más difícil aun aceptarlos; y las que llegan a reconocerlo lo hacen con vergüenza o incredulidad, incluso pueden hasta manifestar que fue la «suerte» quien las llevó hasta el éxito.
Cabe destacar que estas mujeres tienen la sensación de estar rebelándose abiertamente contra los criterios tradicionales. En el transcurso de sus vidas profesionales y sociales experimentan, a pesar de ellas mismas, una reacción ambivalente cuando se les aproximan sexualmente hombres poco atractivos y poco interesantes. Por un lado se sienten humilladas y enfadadas pero, por otra parte, se sienten íntimamente tranquilas y halagadas ante tales aproximaciones que no representan una seducción comprometedora, en tanto que el hombre que posea una masculinidad atrayente podrían considerarlo potencialmente peligroso para su integridad.
De todo esto resulta el amargo poderío que se le ha asignado al cuerpo de la mujer y a su feminidad en oposición a la falta de poder asignado a la capacidad intelectual de la misma.