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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

Un apunte sobre la prostitución, la homosexualidad y los celos en las mujeres.

El Complejo de Castración de la niña (o el descubrimiento de la diferencia anatómica. entre los sexos) que, según Sigmund Freud, marca el comienzo de su actitud edípica positiva (normal) y la hace posible, tiene su correlación psíquica como en la del niño (varón), y es sólo está correlación es la que le presta su enorme significación para la evolución mental de la niña.
En los primeros años de su desarrollo como sujeto (dejando de lado las influencias filogenéticas que, desde luego, son innegables), la niña se comporta en forma exactamente igual a un niño (varón), no sólo en lo referente al onanismo, sino en otros aspectos de su vida mental: en su meta amorosa y en su elección de objeto ella también desea a su madre. Una vez que ha descubierto y aceptado plenamente el hecho de que la castración ha tenido lugar, la niña se ve obligada a renunciar definitivamente a su madre como “primer objeto” y además a abandonar la tendencia activa y de conquista de su meta amorosa, también la práctica del onanismo clitoridiano. Posiblemente aquí encontremos la explicación de un hecho que hace mucho nos es familiar; a saber, que la mujer que es completamente femenina no conoce ningún «amor objetal» en el verdadero sentido de la palabra ¡Sólo puede dejarse amar! , Así, las concomitancias mentales del onanismo fálico hacen que la niña normalmente reprima dicha práctica en forma mucho más enérgica que el niño (varón) y deba luchar contra ella de manera mucho más intensa que aquél. Pues, junto con dicha práctica, la niña debe olvidar su primera decepción amorosa, el dolor de la primera pérdida de un objeto amoroso. Sabemos en el psicoanálisis con cuánta frecuencia esta represión de la actitud edípica negativa de la niña es del todo o parcialmente infructuosa. Para la niña, como para el niño (varón), resulta muy doloroso renunciar al primer objeto amoroso: en muchos casos la niña se aferra a éste durante un tiempo anormalmente prolongado. Ella trata de negar el castigo (castración), el cual inevitablemente la convencería de la naturaleza prohibida de sus deseos. Si más adelante su anhelo amoroso sufre una segunda decepción, esta vez en relación con el padre, quien no se muestra dispuesto a satisfacer sus demandas amorosas pasivas, a menudo tratará de regresar a su situación previa y de volver a asumir una actitud activa hacia la madre. En los casos extremos, esto conduce a la homosexualidad manifiesta, tan bien explicada por Freud en su obra: “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina”. La paciente a la que Freud se refiere en ese trabajo hizo un tímido esfuerzo, al entrar en la adolescencia, de adoptar una actitud femenina frente al amor, pero, poco tiempo después se comportó como un «joven enamorado» frente a una mujer mayor a quien según, amaba. Al mismo tiempo era una «feminista» declarada, que negaba la diferencia entre el hombre y la mujer; así, había conseguido regresar a la fase negativa inicial del Complejo de Edipo.
Quizás sea más común otro proceso: la niña no niega del todo la realidad de la castración, sino que busca una sobrecompensación por su inferioridad corporal en un plano distinto del sexual (en la decisión de su vocación profesional, o empleo, o elección de pareja: un hombre afeminado). Pero al hacerlo, ella reprime por completo los deseos sexuales, es decir, permanece sexualmente insensible. Es como si esto simbolizara: “Ya que no puedo y no debo desear a mi madre, renunciaré a cualquier otro intento de desear en absoluto”. Su creencia de que posee un pene la desvía así a la esfera intelectual, pero no con la salvedad de tener una preparación profesional sino más bien dirigida a competir y conducirse desde una posición masculina con el hombre, bajo cualquier circunstancia.
Como tercera consecuencia posible, observamos: que una mujer puede establecer relaciones con un hombre y, sin embargo, seguir estando interiormente fijada al primer objeto de su amor: la madre, por lo que se siente obligada a presentar frígidez durante el coito porque inconscientemente no desea ni al padre ni a su sustituto, ya que sigue aferrada inconscientemente a la madre. Estas consideraciones nos permiten colocar bajo otra luz las “fantasías o sueños de prostitución” que desea realizar generalmente la mujer y que son muy comunes en ellas. Según este punto de vista, todo esto constituye un acto de venganza, no contra el padre sino más bien contra la madre.
El hecho de que las prostitutas a menudo sean bisexuales o incluso homosexuales (manifiestas o encubiertas) puede explicarse igualmente de esta manera: la prostituta se vuelca hacia el hombre como una forma de venganza contra la madre, pero su actitud no es de una entrega femenina pasiva (he aquí una de las razones de su frialdad en la intimidad) sino con una connotación activa (masculina); ella apresa al hombre en la calle, lo “castra simbólicamente” al tomar su dinero, y, de esta forma ella asume el rol masculino en el acto sexual, obligando al hombre (cliente) a desempeñar el papel femenino (pasivo).
Al considerar estas perturbaciones en el desarrollo de la mujer hasta una femineidad completa, debemos tener en cuenta dos posibilidades: la niña nunca ha sido capaz de renunciar por completo a su deseo de poseer a la madre y ha establecido así un vínculo endeble y precario con el padre; o bien ha realizado un violento intento de sustituir a la madre con el padre como objeto amoroso pero, después de sufrir una nueva decepción de parte de éste (padre), ha vuelto a su primera posición (madre) con la cual se posiciona su deseo como homosexual.
En su obra “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica” Freud señala el hecho de que los celos desempeñan un papel mucho más importante en la vida mental de las mujeres que en la de los hombres, opinando que la razón de ello es que, en el caso de las primeras, los celos se ven reforzados por un desplazamiento de la envidia del pene. Aquí deberíamos precisar que los celos de la mujer también se expresan más intensos y continuos que los del hombre porque ella jamás podrá retornar al primer objeto de amor (madre), mientras que el hombre, cuando sea adulto tiene la posibilidad de hacerlo (sustituto de la madre en otra mujer).


Precisiones sobre la perversión.

Sigmund Freud señala que la perversión en los sujetos (hombres) es consecuencia del Complejo de Edipo no resuelto que incluye como componente central y fundamental la angustia producida por la castración. Cuando el niño edípico varón llega a la edad adulta es incapaz de experimentar la primacía genital con una mujer, ya que su madre permanece en su inconsciente y siente una extrema angustia ante la posible castración ejercida por su padre por lo negará la diferenciación entre los sexos y por lo tanto crea una “madre fálica”.
Esta teoría ha sido cuestionada por otros investigadores a la luz de estudios sistemáticos de las observaciones de la simbiosis madre-bebé y la conciencia de la importancia que tiene para ambos sexos el período de apego a la madre, o la llamada fase preedípica. En la actualidad se considera que la psicopatología perversa en los hombres se desarrolla en esta etapa, durante la cual la psicogénesis está profundamente relacionada con los intensos temores de ser “abandonado” o “seducido” por la madre; parece evidente entonces que la perversión masculina es el resultado de una conflictiva maternidad inicial. Pero por otro, son pocos los estudios sobre el origen de la perversión en las mujeres, posiblemente por una “represión”, para reconocer que también en estas existe, aunque se manifieste de diferentes maneras.
¿Por qué resulta tan difícil conceptualizar la noción de maternidad perversa y otros comportamientos femeninos perversos de acuerdo a una psicopatología diferenciada, por completo distinta, que se origina en el cuerpo femenino y sus atributos inherentes? Las ideas preconcebidas de los hombres han dificultado la comprensión de algunos comportamientos de las mujeres, incluyendo las perversiones femeninas, en ocasiones hasta el punto de negar toda evidencia de que éstas existan.
Debemos señalar que tanto para hombres como para las mujeres la perversión implica una profunda ruptura entre la sexualidad genital como fuerza vital –o amorosa– y lo que se encubre como sexual, pero que en realidad corresponde a etapas mucho más primitivas en las que la pregenitalidad impregna todo el cuadro.
En el caso de la perversión del hombre (macho), la profunda ruptura se da entre lo que el sujeto experimenta como su madurez anatómica y las representaciones mentales de su cuerpo, en el que se ve a sí mismo como un bebé incontenible y desesperado. Por lo tanto, aunque responda físicamente con un orgasmo genital, sus fantasías pertenecen a las etapas preedípicas. Durante la etapa adulta de este sujeto es cuando regularmente suele prepararse para “vengarse”. No es consciente de su odio. De hecho, habitualmente no comprende qué es lo que le domina ni por qué hace esas cosas que, en realidad no le proporcionan más placer que una efímera sensación de bienestar, aunque dure lo suficiente como para aliviar su creciente angustia. Desconoce por qué una sensación extraña, que sabe que no es correcta, hace que se sienta mejor, sólo por un tiempo. Le resulta aun más desconcertante saber que existen alternativas que obviamente le serían mucho más satisfactorias y que son aceptables socialmente. Es consciente, con todo el dolor que ello implica, de la compulsión a repetir la acción, pero no es del todo consciente de la hostilidad que la provoca. Además, la certeza de quién es la persona a la que odia y de la que quiere vengarse, permanece sumergida en su inconsciente, sobra decir que es el primer objeto (madre).
La principal diferencia entre la acción perversa de los hombres y de las mujeres está en el objeto. Mientras que en el caso de los hombres el acto se dirige hacia un objeto parcial externo, en el de las mujeres habitualmente se dirige contra sí mismas, bien contra sus cuerpos o contra objetos que consideran de su propia creación: sus hijos. En ambos casos, cuerpos e hijos son tratados como objetos parciales.
El perverso, sea hombre o mujer “siente” que no se le ha permitido disfrutar de la sensación de una evolución propia como sujeto diferenciado, con una identidad propia; en otras palabras, no ha experimentado la libertad de ser él mismo. Esto crea en su interior una profunda convicción de que, no es un ser total sino un objeto parte de su madre, tal y como experimentó a su madre en sus primeros años de vida. Con anterioridad, se había sentido no querido, ni deseado, e ignorado, o alternativamente, como una parte muy importante pero casi indiferenciable de la vida de sus padres (regularmente de su madre). En este último caso se sentiría sofocado y sobreprotegido (lo que en términos reales significa completamente desprotegido). Ambas situaciones crean una enorme inseguridad y vulnerabilidad, e inducen un odio intenso hacia el sujeto que las ha provocado, y que a su vez era lo más importante cuando era un infante: su madre. Por lo que estos sujetos pasan de ser víctimas a ser verdugos. En sus acciones perpetran las represalias y humillaciones que previamente se les infligieron. Tratan a sus víctimas de la misma forma en que ellos se sintieron tratados: como objeto parciales que sólo existen para “satisfacer caprichos y extrañas expectativas”. Tal aparente actuación sexual es una defensa maníaca contra los terribles temores relacionados con la amenaza de perder a la madre y un sentido de identidad.
«El rasgo fundamental de la perversión es que, simbólicamente, el sujeto intenta vencer el miedo terrible a perder a su madre a través de la acción perversa».En la infancia nunca se sintió a salvo con su madre, por el contrario consideraba a su madre como algo muy peligroso, lo que le producía una sensación de máxima vulnerabilidad. Por consiguiente, la motivación subyacente a la perversión es de tipo hostil y sádico. Este mecanismo inconsciente es característico de la mente perversa.
Hagamos un paréntesis y recordemos las las ideas de Ronald David Laing sobre las madres esquizofrenicas, postulados que fueron malinterpretadas por los profesionales de la salud mental y del público en general en culpar a estas mujeres porque “enviaban” mensajes contradictorios (anteriormente, en términos de Gregory Bateson, de doble vínculo) a sus hijos. Por consiguiente, en la psique de estos infantes reinaba la confusión; sentían que sus progenitoras no les permitían nunca saber lo que estaba bien o mal, dando con ello el comienzo a una estructura psicótica.
La desinformación o la ignorancia puede causar en los profesionales de la salud mental y del lego que hagan un señalamiento equivocado sobre este tipo de mujeres, sin preguntarse ¿y sus madres de estas féminas, cómo fueron? Generalmente a las madres se les considera automáticamente responsables de la condición de sus hijos. No se les comprende en forma real ni compasivamente; por el contrario, son condenadas por su mal comportamiento hacia sus vástagos. Tan sólo unos pocos observadores de la profesión clínica reconocen que estas madres a su vez habían atravesado experiencias traumáticas en su infancia, que en parte las ha conducido a actitudes crueles hacia sus hijos. La víctima casi siempre producirá más víctimas.


La pérdida del amor para las mujeres.

“Para andar por el mundo es menester ir bien abastecido de cautela y de indulgencia: aquella sirve para protegernos de daños y perdidas, esta última de pleitos y de pendencias”. Arthur Schopenhauer.

Sigmund Freud expone que en las mujeres “el Superyó nunca deviene tan implacable, tan impersonal, tan independiente de sus orígenes afectivos como exigimos en el caso del varón”. Lo de no tan impersonal ni tan independiente de sus orígenes afectivos aparecerá en otros momentos de la obra freudiana, donde se destaca que en las mujeres, más que en el caso de los varones, la cuestión depende de la «intimidación exterior»; es decir, estará más expuesta a la relación con un “Otro” estragante.
La amenaza para la niña durante el Complejo de Edipo tiene que ver con la pérdida de amor del padre, algo que se repetirá a lo largo de su vida con sus respectivos partenaires, lo que recaerá una demanda fálica. La pérdida del amor, o la desestimación de esta demanda, implica sumergirse en la angustia —más profundamente que en caso de los hombres— esto puede crear en ellas cierta dependencia que la lleve a aceptar cualquier tipo de exigencia por parte de ese Otro. Así, el partenaire haría las veces de ese Superyó, débil como instancia interna, pero tan estragante como siempre, y menos impersonal.
Hans Sachs expresó respecto a las féminas, que poseen un Superyó postizo a partir de la relación con los hombres, de quienes se tornarían en dependientes y sumisas; «por lo que hecho de perder el amor resultaría equivalente a la angustia de castración para los hombres». En este punto, se encuentra una de las respuestas, además del placer que puede ocasionar el vínculo de pareja, de por qué se sostiene el amor entre los partenaires. Si bien es mentira que el amor todo lo puede, al menos logra anular, temporariamente, la angustia de castración.


La detumescencia precoz.

“El valor reside en el término medio entre la cobardía y la temeridad”. Anónimo.

Jacques-Marie Émile Lacan dice que el término «eyaculación precoz» debería llamarse «detumescencia precoz». La detumescencia precoz, es un mal menor en tanto es preferible sustraer el Falo antes que advenga la castración, que es percibida en el acto sexual como amenaza.
Es muy común observar la creencia que tiene el sujeto al pensar que puede manejar su pene a voluntad, es una idea narcisista anudada fundamentalmente al registro “Imaginario”. Mientras que otros sujetos encuentran que, en determinado momento, el pene no les responde a su voluntad, por lo que se observa claramente cómo responde a las leyes del inconsciente en el registro “Simbólico”, es decir que responde al sujeto, pudiendo en algunos casos hacer de eso un síntoma.
La idea que planteaba Sigmund Freud en cuanto a la impotencia sexual, era que el sujeto percibía en su partenaire la imagen de su madre, tal acontecimiento traía por consecuencia la angustia de castración (disfunción eréctil, o una erección momentánea nada más).
Cuando el sujeto encuentra que su detumescencia precoz responde a alguna razón oculta en su vida sexual —aunque eso no arregle la disfunción, al menos disminuye considerablemente su angustia— y se entiende porque eso responde a alguna ley, finalmente eso está anudado a la palabra. Cuando no responde a ninguna razón, es decir, cuando el sujeto manifiesta que en algún momento de su vida cotidiana, sin estar fantaseando con escenas eróticas o estar ante la presencia de una mujer, tiene una erección, eso no responde a ninguna ley. En algunos casos de psicosis se ve muy claramente este fenómeno.


martes, 14 de noviembre de 2017

El miedo del hombre ante las mujeres.

¡Y la ilusión de la mujer al creer que te ofrece el olvido cuando lo único que hace es confirmar tu alejamiento de todas las cosas! Émile Michel Cioran.

En la novela de William Shakespeare Hamlet no desea ser Edipo de la obra de Sófocles, él es Hamlet Príncipe de Dinamarca. ¿Y qué desea entonces Hamlet? ¿Qué diferencia hay entre lo que quiere Hamlet y Edipo? Hamlet quiere casarse con una hermosa joven y es ahí donde aparece Ofelia como una mujer encantadora, en un intento fallido de escapar del estrago materno sin fondo, abismo insondable que ninguna fémina lo salvaguarda. ¿Qué le impide a Hamlet alcanzar este ideal, qué es lo que le cierra el camino, para encontrar en Ofelia el objeto que encause su deseo? Él sin duda la quiere, porque se trata de la coartada ideal. Lo ayuda a desviarse de su horror frente a la castración materna, condición necesaria, sin embargo, para la constitución del objeto femenino como objeto causa del deseo.
Es precisamente ahí donde Sigmund Freud propuso una suerte de negociación, y por lo tanto un precio a pagar. El reconocimiento de la castración materna para Freud inaugura la división de la vida amorosa, entre el ideal que pese a serlo conserva las huellas de la madre deseada y prohibida, y los objetos sexuales degradados. La solución freudiana separa a la madre de la mujer. El instante de la mirada infantil que descubre la castración, funda la división entre el “Ideal” y el “Objeto”, entre madre y mujer. Pero el problema de Hamlet es precisamente que se siente imposibilitado para separarlas, no puede adoptar la solución freudiana.
La confrontación con la madre sexuada es siempre terrorífica, pero ¿Depende de la Función Paterna , esa función de «dar la castración», en la cual por alguna razón que ignoramos, el padre de Hamlet habría fallado? Edipo sin saberlo se casa con su madre; Hamlet en cambio la acusa, se ensaña con ella, y entonces le resulta amenazante acercarse a cualquier otra mujer, errando intencionalmente siempre para no conformar un vínculo. Al huir del incesto queda atrapado en él, obsesionado por la sexualidad materna, y al quedar atrapado en el miedo que ésta le produce, no podrá sino escaparse, de Ofelia o de cualquier otra joven.


La disfunción eréctil ¿Temor a ya no desear o temor de Gozar?

“Sólo hay una fuerza motriz: el deseo”. Aristóteles.

Los sujetos que acuden a psicoanálisis por cuestiones de disfunción eréctil, son regularmente mayores a cuarenta años de edad. Durante las sesiones una de las principales características que denotan es una especie de temor ante el deseo sexual, además presentan una ansiedad ante la satisfacción del deseo sexual tanto de su pareja como la propia. En cuanto a el placer que deben brindar a su mujer, es entendido —por ellos— como un placer sin límite; estamos por lo tanto ante la presencia del “Goce”, desde el punto de vista psicoanalítico.
Otorgar una respuesta precisa a estos hombres no resulta nada fácil. Pero podemos empezar por la palabra griega «aphanisis», que quiere decir «desaparición», que se aplicaba al sujeto desaparecido del conjunto de los “significantes” y que el uso de ese vocablo tiene dos connotaciones diferentes, una en la teoría de Ernest Jones y la otra en la de Jacques-Marie Émile Lacan.
Ahora bien, Jones considera la castración no como el miedo de perder el pene, sino como el temor de ya no desear, que se desvanezca el deseo y por lo tanto sentir como se agota (aphanisis del deseo). Lacan, por su parte, invierte la fórmula y afirma: “No, la castración no es el temor a ya no desear, el miedo a ser impotente, incapaz de desear. Al contrario, es el temor a desear”. Primera inversión radical que lo modifica todo: “miedo a desear”. Segunda inversión Lacaniana: lo que Jones llama “aphanisis del deseo”, lo otro es “aphanisis del sujeto”. En otras palabras, en lugar de afirmar la aphanisis del deseo o la eventualidad de su agotamiento, Lacan propone considerar que el que se borra, el que se pierde es el sujeto. Aphanisis, pues, no del deseo, sino del sujeto. Como se puede observar, ninguno de los dos autores, ni Jones ni Lacan, adopta la posición clásica del psicoanálisis según la cual la amenaza de castración concierne al pene.
Entonces volviendo con Jones cuando dice: “No, no es el pene lo que está en peligro, sino el deseo. Y el miedo es el temor a no desear más, a ver cómo el deseo «se aphaniza»”. Lacan, en cambio, dice: “Ciertamente, no es el pene lo que está expuesto sino el riesgo de Gozar, es decir, de ver que el deseo llegue a satisfacerse plenamente”.
Esta diferencia de las perspectivas entre Lacan y Jones nos resulta interesante, pues al comparar ambos puntos de vista se descubre la especificidad de la ética Lacaniana. Pero ¿cuál es esa especificidad? La concepción Lacaniana es la siguiente:
— El deseo, en cuanto deseo del Otro, comporta un peligro, el de llegar a satisfacerse plena y completamente.
— Ante ese peligro, el sujeto se borra.
— El primer principio ético que se desprende de esta posición es: «¡No ceder ante el propio deseo!». Dicho de otro modo: «Preserva tu deseo, déjalo insatisfecho, no lo agotes cumpliéndolo, pues él te protege del peligro del Goce». El peligro no es, por tanto, el deseo en sí mismo, sino, muy al contrario, satisfacer el deseo y Gozar.
Si nos remitimos a la clínica psicoanalítica ¿Cómo responde el neurótico a ese principio ético: no ceder al deseo? ¿Es, cómo afirma Jones, que el sujeto teme ser incapaz de desear? Bajo la experiencia que tiene el psicoanálista con este tipo de hombres, debe preguntarse ¿Los psicoanalizados (hombres) temen dejar de desear? Y en efecto, estos sujetos, su mayor preocupación es precisamente perder la «potencia. Pero ¿La potencia de qué? Esto nos dirige únicamente a la «potencia de desear», puesto que no hay otra potencia que no sea la del deseo. Esto quiere decir que, en el aspecto psicoanalítico, no debemos deshacernos tan pronto de Jones. El sujeto del que habla este autor nos resulta simpático. Es presa fácil del inconsciente, es decir, se sabe mortal. En cambio, el sujeto que nos revela Lacan es, antes bien, un ser temeroso del Goce y dispuesto a borrarse. Esto responde exactamente a la descripción que nos brinda el psicoanálisis sobre el neurótico obsesivo.
Es decir que, cuando Lacan habla de aphanisis del sujeto, cuando vemos en los textos lacanianos que el sujeto está barrado, cuando decimos y repetimos que el sujeto está dividido entre un «significante» y los otros bajo los cuales se esfuma, esta afirmación, aparentemente especulativa, abstracta, nos recuerda un hecho psicoanalítico cotidiano: el medio, la defensa del sujeto es ocultarse, borrarse. Es como el caso de la anorexia: adelgazar, y que sea hasta el último espesor visible.
En el caso del obsesivo ocultarse y engañar: si no resulta simpático no es por sus repetidas escapatorias sino por sus pretensiones, por sus gestos que dan a entender que es potente pero que «aún no quiere» mostrar su potencia; que se esconde, pero se vanagloria del Falo. Sugiere que —a pesar de todo— si las circunstancias lo requieren, está allí, en su puesto, con un Falo erigido como debe ser. Pero precisamente entonces es cuando se borra, cuando se produce la desaparición del sujeto (aphanisis del sujeto). Aunque es inapropiado establecer una equivalencia entre estás dos palabras, «ocultarse» y «borrarse», pero la diferencia entre ellas nos obliga a distinguir dos clases de aphanisis. Hay, teóricamente hablando, dos desapariciones del sujeto, una estructural y otra clínica. Estructuralmente hablando, el sujeto se borra y se disuelve en todos los «significantes» que se irán sucediendo a lo largo de su vida y, segunda desaparición, el sujeto se oculta bajo el objeto. Se hace objeto, se hace Falo. Es la formación psicoanalítica del fantasma.

*«No ceder ante el propio deseo» es el enunciado correlativo de una comprobación: “uno no puede dejar de preguntar”. Dicho de otro modo, no ceder ante el propio deseo es correlativo con el hecho de que no podemos dejar de hablar y, hablando, nos protegemos del Goce. Esto es lo propio del ser parlante. Cuando hablamos de aphanisis del sujeto bajo la «cadena de significantes» queremos decir alienarse, no poder dejar de hablar o, para decirlo de otra manera, no poder dejar de repetir. Pero ¿Qué es lo que no cesa de repetirse? Los significantes. Avancemos un poco más: si los significantes no dejan de insistir, eso es el deseo. El deseo es la repetición ineluctable. Se dan los dos elementos: la repetición ineluctable del flujo incesante de los significantes y la existencia del agujero pulsional.


​La escena primaria y el origen del miedo en la sexualidad adulta.

Generalmente las mujeres tienen miedo a la gestación, parto y maternidad independientemente de las razones económicas, por las que también el hombre evitará engendrar hijos, pero en la mujer hay algo más: el miedo al dolor y al peligro que implica el embarazo, que se oponen al deseo instintivo y psíquico consciente e inconsciente de ser madres.
Este miedo tiene sus orígenes en la remota infancia de la niña. Una percepción, o mejor dicho, una aprehensión de los hechos biológicos constituyen uno de los fundamentos de esta actitud. En primer lugar, la frecuente observación y/o la escucha del coito entre los padres que contiene una representación marcadamente violenta, con la consecuencia de que el niño se identifica con uno de los dos, hecho que ha destacado Karen Horney.
Ahora bien, el niño (varón) dentro de su fantasía inconsciente al comparar su pequeño pene con el vagina materna, sufre una herida narcisista en su amor propio, en el sentido de su valor; pero la niña, por el contrario, al comparar su diminuta vagina con el gran pene paterno, teme el acto tan deseado por temor a una herida vital, y ¡con justa razón! Ya que la relación sexual, vía vaginal o anal entre un hombre adulto y una niña provoca dolorosos desgarramiento. Aquí tendrían también el origen de algunas implicaciones sexuales en los adultos, por una parte en la fantasía sexual de la mujer por ser penetrada por un pene de grandes dimensiones surge de la reminiscencia inconsciente la relación padre-hija con una tendencia masoquista; y por el otro lado de la preocupación que padecen los hombres en mayor o menor grado de no poseer el miembro viril lo suficientemente grande para satisfacer sexualmente a su partenaire tendría la reminiscencia inconsciente de la relación madre-hijo.
Karen Horney dice al respecto que la satisfacción imaginaria de los impulsos sexuales enfrenta al niño con el siguiente hecho, tan penoso para su amor propio: Mi pene es demasiado pequeño para mi madre; pero para la niña ello implica una destrucción corporal. Es por esta razón, conducida a los últimos fundamentos de orden biológico, que el temor del hombre frente a la mujer es de orden principalmente genital narcisista, pero el temor de la mujer es de orden fisiológico regularmente.


viernes, 4 de agosto de 2017

Precisiones sobre el falo en psicoanálisis.

Jacques-Marie Émile Lacan dice en el Seminario 23, que: “Cuando uno se cree macho es porque se tiene un pequeño cabo de cola (pequeño cabo de cola es sinónimo de pene) Es decir, que para creerse macho no alcanza con tener ese pequeño cabo de cola entre las piernas, y agrega: “El falo es la conjunción de ese parásito, el pequeño cabo de cola en cuestión, con la función de la palabra”. Por lo que se trata que el pene responda al “significante” cuando la excitación se puede lograr con el pensamiento, esto es lo que nombramos «falo» desde el punto de vista del psicoanálisis.
Ahora bien, para que el falo esté inscripto no alcanza con que alguien tenga un pene, hace falta que ese órgano responda de cierta manera a la palabra. Entonces, la inscripción del falo coincide, de alguna manera, con esa relación entre un órgano y la palabra, que es lo que Lacan después llamó “hacer de un órgano un instrumento”.
Hacer de un órgano un instrumento responde a estas características, a que el órgano pueda ser utilizado como una herramienta, en este caso podría ser para relacionarse con el otro sexo. Hay que ver toda la sintomatología masculina respecto del órgano, cuando eso no funciona de acuerdo a lo que ese hombre pretende del órgano, es decir, cuando no se excita en el momento en que, según el portador, debería excitarse o cuando deja de excitarse y espera que se excite, etcétera. Toda la sintomatología está puesta —siempre y cuando se trate de una neurosis— en términos de que no responde a la palabra. Hay toda una cultura masculina de la relación que mantiene cada hombre con su pene, por decir cuando se expresa: “Justo en el momento que lo necesitaba, no respondió”.
La vida cotidiana muestra que los hombres tienen una relación muy peculiar con su “instrumento” y no se muestra con alguna otra parte del cuerpo. Para el hombre su “instrumento” es como si fuera su amigo, incluso se dirigen a su miembro viril como si se tratase en tercera persona: “No obedece”, “me ha dejado en vergüenza”, “se desempeño muy bien”, “en ocasiones se alborota sin razón alguna”, etcétera; es como si se tratara de un «ser independiente» que vive entre sus piernas, algunos les ponen hasta un sobrenombre: Esta noche cena “Pancho”, “juguetón”, “travieso”… A esto se le nombra la «inscripción del falo», es decir que el órgano empiece a responder a la palabra.
Por otra parte, Lacan plantea que para acceder al otro sexo es necesario pagar el precio de la pequeña diferencia, y dice: “…que pasa engañosamente a lo real por el intermediario del órgano”. Y más adelante agrega que un “…órgano no es instrumento sino por intermedio de esto en lo que todo instrumento se funda, es que es un significante”.
Habría así una diferencia entre lo que llamamos un órgano y un instrumento, en tanto el órgano deviene instrumento en su conexión con el significante. En este punto es que Lacan avanza y propone que el transexual es, en tanto significante, que no quiere más de esto (lo que le tocó en suerte) y no en tanto órgano. Cometiendo el error —dice Lacan— “error común”, de no querer ser “significado del falo por el discurso sexual”. El error es entonces, querer forzar el discurso sexual, en tanto simbólico, en un pasaje a lo real, es decir, forzarlo por la via de la cirugía, o sea la reasignación sexo-genérico.
Hay un error común —continúa este autor— en confundir lo real del órgano con su articulación al significante en tanto instrumento, que se denota drásticamente en los transexuales; con las consecuencias funestas que, a nivel subjetivo, traen regularmente dichas cirugías a los transexuales. En relación a ese error común y las consecuencias que puede acarrear, se debe dilucidar las diferencias entre órgano e instrumento, entre pene y falo. Es decir, que el falo tenga la imagen preponderante del pene es un hecho que, por supuesto lo destaca Sigmund Freud, pero no es el primero en hacerlo, es un hecho que está históricamente insertado en la cultura, en la antigua Grecia cuando se veneraba al falo se le representaba como un pene obviamente erecto. Es decir, que no es algo que inventa Freud sino que lo encuentra en esa civilización, como en casi todas las culturas ancestrales se veneraba al pene erecto. Llegado a este punto surge la pregunta ¿Cuál es la razón de esa ligazón entre pene y falo? ¿Por qué la pregnancia de esa imagen del pene erecto sobre el falo? Por decir, cuando se adoraba al dios de la fertilidad, se lo veneraba con esa imagen. O sea, la posibilidad de que se trate de un órgano que tiene la capacidad de erección es crucial para que el pene se enlace al falo. Es la idea que está muy presente en Freud y es lo que le hace pensar que el clítoris también puede hacer las veces de falo. Él lo liga directamente con esta posibilidad de la detumescencia y la tumescencia, es decir, con la alternancia que implica un órgano que tenga la capacidad de erección. Vean cómo lo dice Freud: “Esta parte del cuerpo que se excita con facilidad —parte cambiante y tan rica en sensaciones— ocupa en alto grado el interés del niño”.
Lacan en el Seminario 4 dice que el “…el falo, no es el aparato masculino en su conjunto, es el aparato genital masculino exceptuando su complemento, el escroto por ejemplo […] la imagen erecta del falo. Esto es lo fundamental, sólo hay una”.
¿Por qué la erección es un rasgo que permite identificar al falo? Es crucial para entender muchísimas cosas de la enseñanza de Lacan y de la obra de Freud.
Lacan señala que el falo es más importante por su ausencia que por su presencia, pero ¿Qué interés tiene esto para el psicoanálisis? Porque estádirectamente ligada a la castración.
¿Cuándo el infante entra al Complejo de Castración? Cuando se topa con la ausencia de falo. Podemos invertir la cuestión, si estamos en la premisa universal del pene, alli no hay ninguna castración, porque la premisa dice: “Todos lo tienen”. Es decir, que allí aún no está instalada la castración, es la premisa básica de la que uno parte para que después se instale la castración. Por esto Lacan dice que es más importante por su ausencia que por su presencia. De modo, que es a partir de su ausencia que se instala la castración en tanto tal. Por consiguiente lo fundamental del falo es la alternancia entre presencia y ausencia, sino no tendría el valor que tiene en la estructura. Sin embargo, uno podría seguir preguntándose ¿Por qué el pene tiene pregnancia imaginaria sobre el falo? Así lo plantea Lacan en el Seminario 3, y termina respondiendo varios seminarios después, con el argumento de que la característica esencial del falo, en términos simbólicos, es la de indicar la ausencia, y aquí afirma que: “…el falo es más significativo por su caída que por su presencia”.
Por lo tanto, el avance siguiente, ya no tan explícito, es articular la presencia y ausencia simbólica del falo a la alternancia real de la tumescencia y detumescencia del pene. Es decir, que lo simbólico del falo, en tanto ausencia y presencia, se articula a lo real del pene en tanto tumescente y detumescente. Así se entiende cuando Lacan enuncia que: “…la detumescencia, en el macho, ha engendrado esta convocatoria de tipo especial que es el lenguaje articulado”.
Resumiendo en los “Tres Registros” (Real, Imaginario y Simbólico) podemos señalar que si en lo real hay un órgano que tenga la alternancia real de la detumescencia y la tumescencia, eso encaja con lo imaginario con la alternancia simbólica de la presencia y ausencia.
Es un hecho real que ese órgano tenga la posibilidad de la detumescencia y la tumescencia y esta es una alternancia que, a partir de que estamos en el lenguaje y, especialmente, para la neurosis, es leído como ausencia y presencia de falo. Es decir, que es esta capacidad de que sea un órgano eréctil lo que produce esa pregnancia imaginaria sobre el falo. Consecuentemente, y a partir del Complejo de Edipo, esa alternancia del órgano es leída como «falo-no falo», o como «presencia-ausencia».


domingo, 21 de mayo de 2017

La Estructura Perversa.

Regularmente se entiende la palabra “perverso” como sinónimo de maldad, que corrompe las buenas costumbres, que daña a otros con sus conductas, sentimientos o impulsos de manera intencional y disfruta con ello.
Si bien estas conductas pueden ser entendidas como arrebatos ocasionales, o bien ser calificadas como extremas en la concepción cotidiana, también pueden resultar manifestaciones de una cierta estructura subjetiva que en psicoanálisis se denomina “perversión”.
Desde el psicoanálisis la perversión es una estructura con la cual se conforma el sujeto y que le permite mantener el Goce de la fantasía plena, es decir, reniega de los límites, de lo imperfecto, se presenta como una renuencia para aceptar y asumir limitaciones y carencias, tanto propias, como,
primordialmente, la “Falta” de perfección y de plenitud del “Otro Omnipotente” ¿Qué significa esto? Pongamos un ejemplo: Un niño espera con ilusión la llegada de los Reyes Magos pero meses antes le confían sus amigos que los Reyes Magos son sus padres y entonces la magia desaparece, frente a la frustración de este descubrimiento, surge la tentación de “hacer como que no se ha dado cuenta”, con la fantasía que de esta manera la magia no se acabará y podrá seguir gozando de ésta. En este ejemplo, el niño en cuestión habrá demostrado renuencia a aceptar que la magia no existe, por no convenir a sus intereses, por tanto desmiente la realidad y la suple con su fantasía.
Ahora bien, en el proceso de desarrollo, el niño recibe de sus padres, o quienes realizan la función parental, cuidado y seguridad, al igual que cariño y sobre todo reconocimiento, en particular cuando se porta bien y obedece a su madre. El infante concibe a su progenitora como un “Otro Omnipotente”, por tanto su reconocimiento le hace sentir valioso, goza cuando corrobora que él es capaz de ser lo que su madre: “Otro Omnipotente” desea que él sea, sin embargo, la omnipotencia y completud de la madre es una fantasía.
Tarde o temprano, el niño se percata de que su madre tiene faltas, limitaciones, deseos imposibles de satisfacer porque están más allá de sus posibilidades. El vástago se da cuenta de que su madre no es todo, no abarca todo, ni tiene todo, no toma todas las decisiones, no tiene todo el poder, no tiene magia, entonces existe una «Falta» en ella. Esta situación es muy difícil de asumir por varias razones. Por una parte, provoca un sentimiento de vulnerabilidad, pues en esta madre omnipotente se encuentra depositada la seguridad y protección, que no será capaz de proveer, si no lo puede todo. En segunda instancia, reconocer la limitación de la omnipotencia es cuestionar el propio valor, dado que, quien otorga el reconocimiento y validación fundamentales, resulta no contar con el máximo nivel. Finalmente, aceptar las limitaciones de la madre conlleva la renuncia al Goce de la propia plenitud, pues se concibe que el cumplir cabalmente lo que la madre “Otro Omnipotente” espera o demanda tiene como resultado la propia plenitud.
Jacques-Marie Émile Lacan señala que la función materna es aquella que provee cuidados primordiales, cariño y aceptación, mientras que la función paterna es aquella que permite cortar el vínculo de dependencia del hijo hacia la madre, liberándole, abriéndose con ello la posibilidad de la individualidad y la subjetividad —tanto del hijo como de la madre— dando por lo tanto una vinculación diferente.
Regresando a la Estructura Perversa esta tiene como eje fundamental el rechazo de la “Ley Paterna” que trae consigo la posibilidad de renunciar al Goce inmediato en aras de la opción de posicionarse como sujeto y acceder a satisfacciones futuras. El perverso rechaza la existencia de la falta, de la carencia, de los límites, de la realidad, de la responsabilidad subjetiva y la posibilidad de individualidad, para mantener la fantasía de completud que lo une con su madre “Otro Omnipotente”, manteniendo una dependencia y sobre todo el Goce obtenido al complacer a ese “Otro Omnipotente”.
En la Estructura Perversa, se reniega principalmente de una cosa: la Ley Paterna, la falta y los límites, para aferrarse a otra: la dependencia, la fantasía de completud, el narcisismo y el Goce.
El descubrimiento de una falta en el “Otro Omnipotente”, abre toda una gama de respuestas y tiene repercusiones paradójicas, incluso contradictorias. Se trata, por una parte, del descubrimiento de una realidad que el sujeto rechaza y por otra parte de una maniobra por medio de la cual anula la percepción rechazada y sostiene la ilusión de que todo sigue como antes, intacto como cuando era un niño. La respuesta del sujeto perverso es la desmentida, la renegación. Como en el ejemplo del niño que rechaza la inexistencia de la magia de los Reyes Magos, el sujeto perverso elige “hacer como que no se da cuenta” y en su percepción sustituye la realidad, por una ilusión que le permite continuar con su Goce. Con esta operación inconsciente de sustitución de la realidad por la ilusión, surge una alternativa: convertirse el sujeto mismo en aquello que falta al “Otro Omnipotente”. Así, la completud del Otro, es asumida como tarea que hay que llevar de manera compulsiva y al pie de la letra. El sujeto así posicionado supone haber comprendido qué es aquello que le falta al Otro, al que ama, y toma la decisión de no retroceder ante las exigencias que supone ocupar el lugar de objeto que propicia el Goce para ese Otro. Al hacerlo se rechaza la diferenciación y el límite entre ambos, es decir, se pierde la perspectiva de hasta donde llega el perverso y donde empieza su víctima, cuál es su deseo y cuál es el deseo de aquel. “Se pierde así, en el sujeto perverso su propia posición como «sujeto de deseo», para asumir una posición de «objeto de uso y Goce del Otro»”. Podríamos decir que en un primer momento, asumir la “tarea” de complementar al Otro, es colocarse en una posición de víctima, pues el sujeto perverso, queda “diluido” en el proceso. El sujeto perverso se posiciona como aquello que es capaz de colmar el deseo de ese “Otro Omnipotente”, al hacerlo se crea la fantasía de que el Otro es realmenteomnipotente, pues al “llenarse” lo que le falta, le confiere plenitud, le hace perfecto, y con esta perfección le lleva al Goce tan fervientemente anhelado.
Al rechazar la falta en el Otro Omnipotente, y completarle para que realmente sea omnipotente, lo que hace el sujeto perverso es reivindicar el propio valor —pero insistamos— no reivindica un valor subjetivo, sino que se coloca en la posición de objeto: usado, gozado, querido, apreciado, y de ahí hasta llegar a ser un “objeto indispensable” para el Otro. A partir de este momento se da un giro en la posición inicial, el sujeto perverso asume así el control y una postura de poder sobre el Otro.
¿El perverso disfruta dañándose a sí mismo o ha los demás? El sujeto perverso desmiente la realidad y la sustituye con una ilusión. Al asumir como real la ilusión de que completa al otro, el sujeto perverso siente que es el medio para que el otro sea pleno, para que no le falte nada, y a la vez siente que la única razón de su existencia es el lograr que el otro sea pleno gracias a él.
Así pues, el sujeto perverso busca ser indispensable para el otro, o al menos hacerle creer que lo es, y desde esta posición provoca que el otro le deba a él su plenitud, que quede en deuda con él. De esta manera, el sujeto perverso pasa de una posición objeto de Goce del otro al que busca completar, a una posición de poder y dominio sobre el otro. La relación se invierte y ahora es el sujeto perverso quien usa al otro como objeto que le debe “tributo”, y debe pagarle, en primera instancia “gozando” de la plenitud que él le otorga, y también le debe: agradecimiento, reciprocidad, atención, consideración, obediencia, amor, amistad, etcétera y así se construye una lista interminable de deudas que nunca pueden ser saldadas. La deuda hacia el perverso es ilimitada, dado que el sujeto perverso ha rechazado y desmentido los límites.
Por otra parte, si bien el sujeto perverso ha desmentido los límites, ha rechazado la realidad y la ha sustituido por una ilusión, sabe que los límites existen, que los ha desmentido pero que están ahí, y que al partir de su rechazo, no puede identificarlos por sí mismo. En este sentido, el perverso requiere que otro se los señale. Es aquí donde el sujeto perverso presenta conductas que dañan a los demás pues busca provocar angustia en el otro, como medio para identificar el límite; por ejemplo transgredir la ley con la intención (inconsciente) de ser aprendido y castigado.
El psicoanálisis no cura o modifica una estructura subjetiva porque esta se forma durante la infancia y se mantendrá intacta hasta la muerte. El propósito del psicoanálisis es reacomodar y resignificar varios elementos y componentes de la estructura.
La estructura que cada sujeto tiene se debe comprender como una forma de posicionarse ante la vida, y no como una enfermedad.
En el caso de la perversión, el psicoanálisis tiene un desarrollo y un propósito diferente que en el caso de la neurosis o psicosis. Para la perversión, lo primordial es establecer una serie de límites externos que sirvan como marco de referencia para la sujeto, forjar una especie de armadura exterior que permita contener el pasaje al acto «acting out» y evitar que cause daños a otros y a sí mismo.
Cabe señalar que es muy difícil que un perverso solicite ayuda al psicoanalista, o recurra a cualquier otro tipo de terapia. En el caso de que decidan, regularmente permanecerán por un breve período, ya que les resulta insoportable la angustia que surge al intentar desentrañar su estructura subjetiva, siendo insuficiente el trabajo psicoanalítico que pueda realizarse con ellos.
Nada más para concluir, hagamos una referencia importante sobre el “Otro” y la “psicología del Yo”, en contraste con los “ego-psicólogos” estadounidenses de la época, donde Jacques-Marie Émile Lacan consideraba al Yo como algo constituido en el "Otro". Lacan argumenta que el movimiento psicoanalista estadounidense hacia el entendimiento del ego como una fuerza coherente con control sobre la psique de un sujeto estaba basado en una mala interpretación de Sigmund Freud. Para Lacan, el Yo permanece en conflicto interno permanente, solo soportable mediante el autoengaño. Asimismo agrega Lacan que con el Complejo de Castración, es la forma como el sujeto adquiere conciencia de la incompletud del “Otro Omnipotente”, de su cualidad de sujeto a su vez, aunque por sobre el sujeto físico ($). La incompletud del Otro lleva por nombre la “Falta”, y hace referencia a la dialéctica que se da entre el sujeto físico y el mundo social imaginario (|).

sábado, 22 de abril de 2017

La importancia del Falo en la familia.

Para que la familia se desarrolle adecuadamente en el plano psicosexual, es menester que haya un «Falo» y que este falo esté del lado del padre, que este último pueda probar que ello es así, y que pueda brindarlo.
Pero si el Complejo de Castración se plantea en la familia como algo sin solución, la perturbación de la situación edípica podrá, en el límite, ser de tal naturaleza que toda la dialéctica de lo no fálico quede bloqueada.
Las ideas de Sigmund Freud lo han señalado, el sujeto fetichista niega que la mujer no tenga falo, y más particularmente su madre. El travesti, por su parte, que va más allá aún, está por entero comprometido con la representación de lo que la madre debe tener. Lo que, por lo demás, habrá de ser independiente de la asunción de su papel sexual. El travestí regularmente es padre de familia con la finalidad que le brinden el testimonio de su representación, si no con los hijos, al menos si, con su cónyuge. El travesti representa lo que la madre no tiene, pero debe tener, esto no significa que se identifique con el personaje materno sino lo que él hace es exponer el velo detrás del cual está él mismo, en tanto falo de la madre. O bien, si se prefiere, mientras que el travestí juega a convertirse en el fetiche de lo que la madre debe tener, pero no tiene, y se comporta como si existiera lo que no existe, que es justamente lo que él representa.
La mujer homosexual es ficción de ser lo que no se puede ser. La homosexualidad femenina, al no tener perspectiva abierta en el plano del intercambio, al no poder renunciar al falo que no tiene, al no poder esperarlo como don, sabe, lo mismo que todo ser humano, dónde está el falo, o al menos dónde debería estar; en aquél que no es que no lo tenga, porque no existe manera de demostrarlo: “El padre, de quien dirá ella en cuanto pueda que jamás amó a la madre como habría debido hacerlo”. Este hombre, pues, el padre, sólo puede asumir su sexo al precio de la castración.
Este orden de fenómenos en donde habrán de inscribirse las consecuencias del rechazo del amor por la madre en el momento en que alcance la genitalidad, es decir, allí donde se plantea la versión de las estructuras relacionales que la castración constituye, y a las que el mito freudiano del Complejo de Edipo da sentido. Los cimientos sobre los que el amor por la madre trata de elevarse están constituidos por las relaciones más arcaicas. Lo que será la aptitud para el amor del futuro adulto recaerá en parte en esta plataforma inicial cuya nota regresiva siempre saldrá a relucir en las observaciones que hace el psicoanálisis.
Si el sujeto recae antes en el «ser» que en el «tener» —nos estamos refiriendo al falo— esta ficción lo colocará en una posición muy delicada donde el suicidio estará siempre presente como telón de fondo en su diario vivir.

martes, 17 de enero de 2017

El Complejo de Castración orienta el deseo sexual, no la identidad de género.

La crisis de la castración, al provocar una redistribución de la valoración ligada a la identidad de género, arrasa con ese universo femenino, que tanto a la madre como a la hija sentían que no le faltaban nada, por lo cual el pene real del padre será elevado a carácter de «símbolo fetiche», representando privilegiadamente la compensación de toda carencia.
Pero sabemos que aquello que el descubrimiento de la castración pone en tela de juicio es el papel narcisizante de la madre, ahora será del padre del que se esperará la valorización por lo que se hace entonces necesario agregar en el estudio de la feminidad, junto a la constatación de los efectos psíquicos que la diferencia anatómica de los sexos provoca en el sistema narcisista de la niña, aquellos otros efectos que provienen del testimonio que la niña efectuará, de ahora en adelante, de las múltiples y permanentes desigualdades en la valorización sociocultural de los géneros.
El psicoanálisis señala que la principal consecuencia psíquica del Complejo de Castración para la niña es la pérdida del «Ideal Femenino Primario», la completa devaluación de sí misma, el trastorno de su sistema narcisista, y que el interrogante mayor a dilucidar no es cómo hace la niña para cambiar de objeto y pasar de la madre al padre, sino cómo se las arregla la niña para seguir deseando ser una mujer en un mundo paternalista, masculino y sobre todo fálico.
La eficacia de la castración se funda en la alteración, en la inversión de la valoración sobre su género, de idealizado y pleno se convierte en una condición deficiente e inferior. «Pero si esta metamorfosis tiene lugar es porque el núcleo de la identidad de género se halla firmemente constituida; la castración ni origina ni altera la identidad género, sino que lo consolida. Lo que sí compromete, organiza y define es el destino que la niña dará a su. sexualidad».
«Hay que hacer énfasis que el Complejo de Castración orienta y normativiza el deseo sexual, no el género. En otras palabras, decide básicamente sobre la organización de la sexualidad femenina, no acerca de la feminidad». La niña se orientará o no hacia el padre, estableciendo su elección de objeto sexual, sellando así o no su heterosexualidad. Heterosexualidad que en la teoría requiere ser diferenciada de la feminidad, pues así como existen homosexuales femeninas, también existen formas de histeria fuertemente masculinizadas y, sin embargo, exclusivamente heterosexuales.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Complejo de Castración en el niño varón.

Janine Chasseguet-Smirgel, en relación con las ideas de Karen Horney, ha postulado que las fantasías del niño varón sobre una «madre fálica» podrían servir no sólo como reaseguro contra la percepción de los genitales femeninos como productos del Complejo de Castración, o como renegación de la castración, sino también como defensa contra la percatación de que sus genitales son pequeños y por lo tanto sumamente inadecuados para la vagina adulta de la madre.