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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

La finalidad del psicoanálisis.

Posiblemente el último y esperado logro del psicoanálisis sea ayudar a un sujeto a que pueda vivir su soledad, sin tristeza y tal vez con ello, modifique un poco, su destino.


La utopía de la libertad del sujeto.

¿La libertad? Sofisma de la gente sana. Émile Michel Cioran.

Existe una similitud entre el universo y la vida humana, ninguno de los dos tienen sentido porque no fueron hechos con ningún plan, simplemente se presentan caóticos. El desafío que tiene cada ser humano es encontrarle sentido a su vida que, quizás, no lo tenga en este universo.
Gracias al psicoanálisis fue posible el descubrimiento del inconsciente, contribuyendo con un aporte tan cierto como doloroso: “la libertad no existe, es únicamente una ilusión”. Basta con observar lo que llamamos “lapsus” para comprender que hombres ni mujeres ni siquiera poseen la libertad ni el dominio del lenguaje que utilizan para comunicarse, más bien es el lenguaje el que los utiliza sin consideración alguna; por ejemplo cuando el hombre se dirige a su “amada pareja” pero pronuncia otro nombre ¿Acaso se trata del nombre de la expareja o de alguna mujer que lo inquieta? En ese lapsus existe una ruptura que se produce cuando el inconsciente sale por delante de nosotros, se abre una brecha entre la libertad de decir y lo que realmente se dice.
Cuando el psicoanálisis se refiere a una persona lo denomina “sujeto” por estar sujetada a su inconsciente por las “cadenas del lenguaje” y, a partir de este hecho, esa anhelada libertad se vuelve imposible. Y tal vez este sea uno de los más grandes retos de la condición humana: soñar, luchar e incluso dar la vida por una libertad que está, desde el inicio, perdida para siempre. Es aquí donde el psicoanálisis encuentra un espacio para desenvolverse. No para apostar a la utopía de convertir a un sujeto en alguien libre, sino para propiciar que, al menos, transite sin zozobra por los caminos que le marca su Deseo.


El éxito aunado a la culpa.

“Nada puede hacerme daño excepto yo mismo; el mal que me agobia lo llevo conmigo y jamás sufro realmente sino por mi culpa”. San Bernardo de Claraval.

Existen sujetos que trabajan arduamente durante su vida para lograr sus metas, pero una vez alcanzado el éxito se deprimen gravemente. Sigmund Freud, en su obra “Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo analítico”, plantea que nos mostramos confundidos y sorprendidos de aquellos sujetos que repentinamente enferman cuando cumplen un deseo hondamente arraigado y perseguido: son los que fracasan al triunfar, aquellos que producen un vuelco trágico. Entonces el síntoma aparece por consecuencia del triunfo. Lo normal sería esperar que el problema fuera más bien por la frustración, sin embargo es más bien por la culpa inconsciente que los invade, aquí vemos desplegado el Superyó con toda su fuerza para provocar el síntoma.


El placer de mirar y ser observado.

¿Por qué algunas mujeres visten demasiado provocativas?

“Cuando un hombre se levanta para hablar, la gente escucha y luego mira. Cuando se levanta una mujer, miran; luego, si les gusta lo que ven, escuchan”. Pauline Frederick.

Empecemos por definir el significado de la palabra vergüenza que se denota por el rubor del rostro, evitar o bajar la mirada, la ocultación de la cara, la timidez, el apocamiento y alguna forma de contracción física, acompañadas de torpeza y confusión. La vergüenza aparece cuando el otro observa, o habla, o cuando tiene la posibilidad de descubrir algo que puede menoscabar el Self, donde el sujeto hace el intento apremiante de esconderse, o salir de escena.
La vergüenza aparece cuando algo que debía quedar oculto se devela; algo que debía mantenerse secreto, traspasa esa barrera; por esa razón, la vergüenza no requiere necesariamente de una transgresión aunque supone una acción desaprobadora; quien se siente avergonzado no observa directamente a los ojos, esquiva la mirada; desea desaparecer frente a un acontecimiento donde se siente atrapado. De ahí, el estrecho vínculo entre vergüenza y mirada.
La vergüenza se presenta ante la exhibición pública, o al menos ante la mirada o expresión fonética de otro, real o fantaseado. O mejor dicho, es el corolario de una relación inconsciente con un objeto que mira o se escucha de una manera persecutoria. Quien se siente avergonzado ante una situación externa, tiende a “bajar los ojos” y los movimientos motrices se desequilibran.
La vergüenza implica la exposición de la desnudez y la sensación de haber sido “sorprendido”, o “descubierto”. «Para evitar prolongar la vergüenza es necesario mantener reprimido el placer escéptico o fonético que retorna proyectivamente en esa mirada o escucha que hace caer en vergüenza». De ahí la experiencia de las mujeres que visten de forma provocativa, que ante las palabras obscenas o la mirada penetrante del hombre, inducen en ella vergüenza al aludir no sólo alguna parte de su cuerpo, también el deseo y la excitación sexual, los que quedan velados por la represión al igual que el placer exhibicionista de ella por su desnudez disimulada bajo sus sensuales ropajes. Entonces lo reprimido queda enmascarado por las vestimentas y proyectado el placer en la mirada del espectador. De esta manera, la vergüenza adquiere un valor «fantasmático», como signo de la excitación sexual tanto para él como para ella.
Los sueños de turbación por desnudez, que según Sigmund Freud resultan típicos precisamente cuando se acompañan del sentimiento vergonzoso frente al cual, ante aturdimiento, aparece la imposibilidad de la huida a través de alguna inhibición motora que impide ocultar la desnudez. Freud los considera sueños exhibicionistas.
Estos sueños están dirigidos originalmente a los deseos infantiles exhibicionistas regularmente hacia los padres pero que son omitidos de la escena onírica, salvo en la paranoia donde reaparecen abierta o enmascaradamente bajo la multiplicación de varias figuras extrañas que denotan la cualidad de secreto en juego. De acuerdo con el propósito del sueño, la exhibición se realiza pero la censura la interrumpe por vía de la mirada de alguien frente a quien se experimenta el sentimiento penoso, vergonzoso.
Esta exhibición que la censura irrumpe se puede constatar en algunas ocasiones, cuando se le pregunta a una mujer que acaba de parir, sí está dando pecho a su recién nacido, si llega a ruborizarse (a causa de la vergüenza) ante la pregunta; el rubor de su rostro denuncia la experiencia de la excitación erótica por el amamantamiento que debía quedar oculta a la mirada de los otros, pero que la piel de su rostro —enrojecido como los genitales deseantes— denota lo que debía quedar fuera de la mirada. Como es sabido, al hablar de mirar desde el punto de vista del psicoanálisis, estamos refiriéndonos no a una función fisiológica sino a la acción pulsional que toma al ojo como zona erógena y como medio de la relación de objeto; a través de la pulsión escópica pueden realizarse deseos tanto sexuales como agresivos de acuerdo a la fantasía subyacente.
La mirada puede ser utilizada hacia el objeto para conocerlo, acariciarlo, repararlo… pero también para controlarlo, destruirlo, robarlo, violarlo… Mirando se puede respetar los límites del objeto (su integridad) como ocurre cuando entra en juego las fantasías provenientes del Complejo de Edipo que darán lugar a la experiencia de vergüenza al ser develada la confusión en la Escena Primaria. En cambio, cuando las motivaciones son crueles, narcisistas y omnipotentes, a través de la mirada pueden proyectarse aspectos disociados del Self dentro del objeto forzando la entrada en él con violencia, abuso y dominación (esto ocurre en el voyeurismo intrusivo dominado por la personalidad narcisista) lo que configurará un ojo que mira con sadismo, arrogancia y omnisciencia y que a su vez revertirá como una mirada de cualidades análogas.


Las fantasías del psicoanalizado hacia el psicoanálista.

“El odio entre parientes es más profundo”. Rabindranath Tagore.

Durante la sesión psicoanalítica se puede observar en algunos casos, la transferencia caracterizada por la arrogancia, la curiosidad y la seudoestupidez (incapacidad del psicoanalizado para reflexionar sobre lo que dice el psicoanálista), descrita por Bion, que ilustra el «acting out», por parte del paciente, de la envidia al hacia los conocimientos del psicoanálista, la destrucción de cualquier significado y el sadismo dirigido a éste último.
Uno de los rasgos más sistemáticos en las transferencias dominadas por el «acting out» del odio profundo, es la extraordinaria dependencia del psicoanalizado respecto del psicoanálista, que se pone de manifiesto simultáneamente en la agresión al profesional (una demostración impresionante de la “fijación al trauma”). Al mismo tiempo, las fantasías y los miedos del psicoanalizado reflejan su supuesto de que, si no rechaza sistemáticamente al psicoanálista sobre las interpretaciones, éste lo someterá a un análogo ataque furioso de odio, explotación sádica y persecución. Obviamente, por medio de la identificación proyectiva, el psicoanalizado le atribuye al psicoanálista su propio odio y sadismo; la situación ilustra el vínculo íntimo que existe entre el perseguidor y el perseguido, el amo y el esclavo, el sádico y el masoquista, todo lo cual remite en última instancia a la infancia del paciente donde existió una madre sádica, frustradora, irritante, y ante un niño pequeño desamparado, paralizado.
Básicamente , el psicoanalizado representa una relación objetal entre el perseguidor y su víctima, alternándose en su identificación con ambos roles mientras proyecta el complementario sobre el psicoanálista. En los casos más psicopatológicos, parece que la única alternativa a ser victimizado es convertirse en tirano, y la afirmación reiterada del odio y el sadismo se presenta como la única forma posible de supervivencia y significado, excepción hecha del asesinato, el suicidio o la psicopatía. En los casos más moderados, surge un factor dinámico adicional, a saber: la envidia, la intolerancia al objeto bueno que escapa a esa ferocidad y que es odiado por rehusar premeditadamente (según la fantasía del paciente) lo que podría transformar al objeto de perseguidor en objeto ideal. En este caso, detrás de la incesante embestida del odio en la transferencia, hay una búsqueda de un objeto ideal (una madre ideal). En casos aún más moderados, con tipos de conducta sadomasoquista más refinada y elaborada dentro de una estructura neurótica de la personalidad, descubrimos un potencial inconsciente para hallar placer en el dolor, la tentación de experimentar el dolor como una precondición para experimentar posteriormente el placer, en el contexto de la angustia de castración, la culpa inconsciente por los impulsos edípicos, y como transformación final del dolor experimentado pasivamente en una solución de transacción activa de los conflictos inconscientes correlativos.
Todas estas dinámicas pueden emerger íntimamente condensadas y combinadas, con diferencias de grado y proporción. Lo que tienen en común es la motivación intensa de mantener un vínculo con el objeto odiado, una relación que gratifica a esas diversas transferencias primitivas y, que es responsable de la fuerte fijación a esta relación traumática.


La pulsión de muerte (Tánatos), psicoanálisis.

“Vivir es llegar y morir es volver”. Lao-Tsé.

La pulsión de muerte no es aceptado como tal por muchos psicoanálistas pasados y contemporáneos, por no cumplir aparentemente con todas las cualidades instintivas (origen, fuerza, objetivo y fin). Pero persiste una sensación metapsicológica —desde Viktor Tausk—, que la muerte está predeterminada filogenéticamente cual engranaje, de poseer la fuerza del estatismo y el retroceso y que ésta deviene en estructura —proceso—, con un claro objetivo e ineludible fin.
No debemos olvidar que las estructuras gobernadas por Tánatos —Superyó como ejemplo—, son organizaciones cuya tasa de cambio es lenta, mientras algunos piensan que son inmutables, pero los pronunciamientos son pálidos.
La mayoría de los autores —nos refiere André Green— “únicamente hablan de un narcisismo de vida y guardan silencio —el propio silencio que lo habita— sobre el narcisismo de muerte, presente en forma de abolición de las tensiones a nivel cero”.
Sí, con el transcurrir de decenas de años, la muerte va acechando al Self, corporal y psíquico, entonces es porque inicia su tarea final y decide concluir la misión; ahora se ha convertido en una fuerza dinámica superior al vivir. En esto ayudan el envejecimiento, las dificultades en el trabajo, las pérdidas objetales, los duelos no elaborados, la merma del poder, las heridas narcisistas, las enfermedades físicas, la ruptura de sobreidealizaciones, la consciencia fóbica de mortalidad, la extinción de la juventud, la intensificación de la envidia, la agonía del Ideal del Yo, las incisivas recriminaciones Superyoicas, el predominio de introyecciones destructivas otrora proyectadas, el transcurso del tiempo melancólico-paranoide, el comando de la pulsión de muerte y la soledad. El cirio humano —lo diremos con metáfora de Sacha Nacht—, “pierde su aliento el guardián de la vida, abdica y se apaga”. Entonces la pulsión cierra su círculo, retornando a su estado inanimado inicial.


La elección de pareja.

“El divorcio probablemente se remonta a la misma época que el matrimonio. Yo creo, sin embargo que el matrimonio es algunas semanas más antiguo”. François-Marie Arouet “Voltaire”.

Sigmund Freud señaló que las mujeres regularmente creen elegir al hombre (partenaire) según el modelo paterno que tuvieron en su infancia, pero en el fondo repiten la relación que tuvieron realmente con su madre —esto es una evidencia plausible en el psicoanálisis—. Incluso esgrime un optimismo envidiable cuando agrega que, en este sentido segundos matrimonios son mejores, pregonando el triunfo de la «esperanza» por sobre la «experiencia».


La sustancia tóxica más allá del Principio de Placer.

“¡Cuantos sufrimientos nos ahorraríamos con una sola abstinencia, con solamente un no contestado con firmeza a la voz de la seducción!” Juan Gaspar Lavater.

Recurrir al consumo de la sustancia tóxica para que altere las sensaciones corporales puede coincidir con encontrar esa soledad anhelada, regocijándose en un Goce autoerótico, procurando evitar lo displacentero que pueda provenir, tanto del mundo exterior como del interior, aunque se tiene que señalar que esa operación difícilmente puede mantenerse como una solución permanente. En estos casos, tarde o temprano, el remedio se convierte en algo peor que la misma enfermedad; esto nos lleva a la “Operación Farmakon”. Paracelso afirmó que “solamente la dosis hace que algo sea un veneno”.
Es un hecho que hasta el consumo de agua puede resultar mortal en altas dosis, sin embargo, estas dos caras, no se juegan únicamente a partir de un criterio sobre la cantidad. Un sujeto piensa, en el momento en que enciende un cigarrillo, que de alguna manera está dañando su organismo y lo puede llevar a la muerte, aun cuando seguramente ese sólo acto —el de fumar únicamente un cigarrillo— no alcance para tal propósito.
Ahora bien, cuando se habla de Goce esté siempre implica un vector que apunta hacia la muerte (Tánatos). En la danza de la vida siempre danzan en pareja Eros-Tánatos (pulsión de vida y de muerte), y habrá alguno de estos dos quien lleve el compás, obviamente Tánatos dará el último paso. El sujeto no se percata de ello hasta que se relaciona con su inconsciente, pero lo contraproducente del consumo de la sustancia tóxica es precisamente un rechazo del mismo. Es la consecuencia lógica de evitar el sufrimiento a partir del cortocircuito «significante» que se logra con el tóxico.
La incidencia del inconsciente sobre el cuerpo fue precisamente uno de los primeros aportes de Sigmund Freud, al plantear la influencia de algo que no es del orden del «significante», ese más allá del “Principio de Placer”. La sustancia tóxica consigue borrar la incidencia del «significante», facilitando ingresar en el más allá del principio de placer (Goce). Abre el camino a un Goce donde el «significante» no opera. Fue precisamente el lenguaje el que separó el cuerpo del Goce, hizo que el Goce quede al menos acorralado en ciertas zonas, esas zonas erógenas que son como un oasis en el desierto del Goce del cuerpo. Por medio de la sustancia tóxica se procura reencontrase con ese Goce perdido, siguiendo la metáfora del desierto, el toxicómano sólo mira espejismos y llega a recorrer largos caminos sin encontrar nada. El psicoanálisis ofrece en estos casos un punto para sostenerse, que se ha tomado de ese inconsciente que el sujeto inútilmente ha rechazado, procurando reinstalar algo de la relación al “Otro” por medio del mecanismo de la “transferencia”. En ese sentido se trata de un retorno a la dimensión del «significante», que fue constitutiva para el sujeto y que él mismo ha procurado borrar recurriendo al consumo de la sustancia tóxica. Así como el lenguaje evacuó el Goce del cuerpo, confinándolo a esas “reservas” que son las zonas erógenas, también ha azotado al cuerpo del sujeto con «significantes amos» que le deparan un sufrimiento. El tóxico, al anestesiar el cuerpo, logra que los azotes de los «significantes amos» dejen de producir dolor al sujeto, sin embargo, pueden sumergirlo en un Goce mucho menos soportable.
El psicoanálisis trata de ir a la búsqueda de esos «significantes amos» para ofrecerles otras perspectivas, a partir de ahí, en lugar de anestesiar el cuerpo, el discurso psicoanalítico logra hacer que los significantes amos se modifiquen y, al hacerlo, dejen de ser un flagelo. Desde ese momento, ya no existen motivos para consumir la sustancia tóxica porque se ha desenmascarado a los «significantes amos». Además con el psicoanálisis el toxicómano experimenta una relación más estrecha con su inconsciente y la forma en que tiene implicaciones en su vida cotidiana. Es verdad que con este movimiento se vislumbra un horizonte de angustia, pero también es cierto que a partir de atravesar esos desiertos, que tantos espejismos se miraron, por fin encuentre un oasis que significa el campo del “Deseo”.


El afecto ligado a la reminiscencia.

“El recuerdo del gozo ya no es gozo, mientras que el recuerdo del dolor todavía es dolor”. Lord Byron.

Durante la sesión psicoanalítica el discurso del psicoanalizado le permite a la carga pulsional desbloquearse y ser nuevamente revivida, esto es en sí mismo acto y por medio de las palabras le permite su descarga. Este procedimiento permite al afecto verterse verbalmente; transforma esa carga afectiva y lleva la representación sintomática a modificarse por vía asociativa atrayéndola hacia la conciencia. Esto nos lleva a la frase que dijo Sigmund Freud: “el histérico sufre de reminiscencias”, pero no fue enfático en señalar el lugar que ocupa el afecto, que está invariablemente ligado a la reminiscencia, lo que será primordial en el éxito de la «cura» pues no basta con recordar para curarse, no se trata de leer detalladamente nuestro diario íntimo sino manifestar las emociones aunados a esa lectura, metafóricamente hablando.
Si se lleva con éxito el psicoanálisis, los síntomas merman considerablemente, en otros casos desaparecen, una vez que se logra poner a plena luz el afecto respectivo ligado a la reminiscencia. Esto significa que el psicoanalizado, independientemente que intente describir e interpretar su reminiscencia, también debe darle una expresión verbal al afecto ligado a ella. Un recuerdo desprovisto de carga afectiva es casi siempre ineficaz.



El amor significa, volver al principio.

“¿Nos acordamos aún del amor, generador de fecundos errores? Cualquier paso que demos en el amor intimida el conocimiento y lo obliga a caminar recatadamente a nuestro lado o pegado a nosotros. La mengua de lucidez es una señal de vitalidad del amor”. Émile Michel Cioran.

Cuando dos sujetos, en el ámbito de la intimidad corporal, dos seres únicos y en la soledad de su existencia, logran encontrar mutuamente que el otro representa la respuesta a su deseo, están inequívocamente ante el amor, algo de valor incalculable para el sujeto en particular y para la humanidad en general.
Sigmund Freud llegó a expresar que en el fondo de todo enamoramiento hay un deseo inconsciente de recuperar aquella primera experiencia, aquel primer amor que nada ni nadie podrá sustituir, la simbiosis madre-hijo. Y por eso el enamoramiento es considerado —desde el psicoanálisis— como una psicosis transitoria, porque quien lo experimenta es expulsado de la realidad, esculpiendo de manera ilusoria a su partenaire como aquel objeto primario (madre) a la medida de lo que fue su primer deseo.


El Yo y la toxicomanía.

“La felicidad es el privilegio de ser bien engañado”. Jonathan Swift.

La instancia del Yo es definido por Sigmund Freud como una pobre cosa sometida a tres servidumbres: al mundo exterior, al Ello y al Superyó. El Yo se presenta como adulador, oportunista y mentiroso, pero está sometido a los mandamientos del Superyó y no tarda en convertirse en un depósito de angustia, de esa angustia de muerte que se ubica entre el Superyó y el Yo.
Jacques-Marie Émile Lacan advierte —en referencia del Superyó— que cómo sin quererlo, o incluso queriendo hacer el bien, se puede conducir a alguien hacia lo peor. También señala que el Superyó empuja al Goce, y el Goce es el camino que conduce a la pulsión de muerte, o sea hacia un «silencio definitivo». Pero antes de llegar a él, hay una forma de silencio que tiene que ver con el Yo que “se hace el distraído o el desatendido” frente al accionar del Superyó. Lacan indica que el Yo tiene una función de “desconocimiento” y, cuando se apunta a él —aunque pretenda que se ha vencido— no tardará en mostrarse nuevamente en esa condición de desconocimiento porque eso es su función fundamental ¿Qué significa esto? Para ser más claro pongamos de ejemplo al sujeto alcohólico o al que tiene una conducta compulsiva por el sexo de forma evidente y notable, tanto para él mismo como para los otros; pero cuando son confrontados ante su problema, simplemente lo niegan o evaden el señalamiento, no se dan por “enterados” y se dirigen alegremente al bar o hacia la próxima cita de índole sexual; se puede plantear por lo tanto que son mentirosos, y que la función del Yo por excelencia es la de ser embustero.


martes, 14 de noviembre de 2017

El odio, psicoanálisis.

“El amor y el odio no son ciegos, sino que están cegados por el fuego que llevan dentro”. Friedrich Wilhelm Nietzsche.

El odio es un afecto agresivo complejo en contraste con el carácter agudo de las reacciones de la ira. En la ira y en la cólera los aspectos cognitivos varían con facilidad mientras que el aspecto cognitivo del odio es crónico y estable. El odio también presenta un anclaje caracterológico que incluye racionalizaciones poderosas y las correspondientes distorsiones del funcionamiento del Yo y el Superyó.
La meta primaria del sujeto consumido por el odio es destruir su objeto, un objeto específico de la fantasía inconsciente y también de sus derivados conscientes; en el fondo el objeto es necesitado y deseado, y su destrucción es, igualmente necesaria y deseada.
La comprensión de esta paradoja está en el centro de la investigación psicoanalítica de este afecto. El odio no es siempre psicopatológico ya que puede ser una respuesta ante el peligro real, objetivo, por ejemplo una amenaza directa a la propia supervivencia, o de nuestros seres queridos, el odio es una elaboración normal de la ira, que apunta a eliminar ese peligro. Aunque también el odio puede estar influenciado e intensificado por motivaciones inconscientes, como la búsqueda de venganza, cuando es una predisposición caracteroIógica crónica, esto es lo que siempre refleja la psicopatología de la agresión.
Una forma extrema de odio exige la eliminación física del objeto, y puede expresarse en el asesinato o en una desvalorización del objeto que quizá se generalice como una destrucción simbólica de todos los objetos, es decir, de todas las relaciones potenciales con los otros significativos. Durante el psicoanálisis esto se observa en las estructuras antisociales de la personalidad. En ocasiones esta forma de odio se expresa en el suicidio, en el cual se identifica al sí-mismo como el objeto odiado, y la autoeliminación es el único modo de destruir también el objeto.
Algunos sujetos con síndrome de narcisismo maligno (personalidad narcisista, agresión egosintónica, tendencias paranoides y antisociales) y transferencias “psicopáticas” (el engaño como rasgo transferencial dominante) a veces intentan sistemáticamente explotar, destruir, castrar simbólicamente o deshumanizar a los otros significativos (incluso al psicoanálista) en una medida que desafía los esfuerzos de esté por proteger o recobrar alguna isla de relación objetal idealizada primitiva, totalmente buena. Al mismo tiempo, quizá parezca que la transferencia está notablemente exenta de agresión abierta, domina la escena un engaño crónico y la búsqueda de un estado del sí-mismo primitivo, totalmente bueno, que elimine todos los objetos por ejemplo, mediante el alcohol o las toxicomanías, y a través de esfuerzos inconscientes y conscientes tendientes a reclutar al psicoanálista en la explotación o destrucción de los otros.


El fantasma, psicoanálisis.

“El hombre es la suma de sus fantasías”. Henry James.

¿Qué significa la palabra “fantasma” para el psicoanálisis? Es una escena, en ocasiones un recuerdo olvidado que sin alcanzar la conciencia permanece activo y sigue influyendo de manera determinante en el sujeto. Es un panorama generalmente inconsciente destinado a satisfacer un deseo incestuoso que no se puede concretar. Por ejemplo, el niño que desea unirse sexualmente a su madre durante el Complejo de Edipo, fantasea la relación sexual como única alternativa. El fantasma tiene la función de sustituir la acción —que por alguna circunstancia es imposible llevarla a cabo en la realidad— por una satisfacción fantaseada como opción. Así el deseo se cumple parcialmente en una fantasía en el inconsciente “suponiendo” que se reproduce en la realidad. Por eso Sigmund Freud calificó a la fantasía de “realidad psíquica”. En otras palabras, cuando un deseo incestuoso no encuentra su objeto en la realidad concreta «no lo encontrará nunca» el Yo lo inventa y lo recrea completamente en la imaginación.
El fantasma es un teatro mental catártico que pone en escena la satisfacción inmediata del deseo y, así, descarga la tensión psíquica. El fantasma no es una difusa ensoñación, ni un monólogo interior, ni siquiera la voz de la conciencia que juzga (Superyó), guía o protege. No, el fantasma es una breve escena dramática extremadamente rápida, que se repite, siempre igual, sin que la conciencia la perciba nunca concretamente, el fantasma se intercala hábilmente entre los pensamientos. Se trata, pues, de una escena fantasmática que no se percibe mentalmente pero cuyos efectos se sienten emocionalmente sin saber que esa escena es lo que causa la emoción. Un sentimiento de amor, odio, asco, celos… puede haber sido suscitado, por ejemplo, por una escena fantasmática con el propósito de calmar la pasión de un deseo sexual o agresivo que exige su inmediata satisfacción; verbigracia una adolescente ama profundamente a su padre y, sin saberlo, también lo desea. Inconsciente de su deseo incestuoso, se comporta con su progenitor incomoda y hasta le tiene miedo. ¿Qué ha ocurrido? En realidad su deseo incestuoso —perfectamente normal en una joven que aun no ha puesto punto final a su Complejo de Edipo— se ha apoderado de su Yo y para calmar la tensión, forja un fantasma, es decir, una escena fantasmática de seducción en la que la joven goza al ser seducida por un padre a quien ella, a su vez seduce. Aun cuando no vea esta escena ni sienta el deseo incestuoso que la anima, conscientemente la joven experimenta sentimientos intensos en relación con su padre, pero son sentimientos totalmente opuestos a los que vive inconscientemente en su fantasía. En vez de seducir a su padre y dejarse seducir por él, lo rechaza violentamente, siente asco y repugnancia por él. En suma, detrás de ese rechazo se esconde el fantasma de la seducción y detrás del fantasma brota el deseo incestuoso. Por lo tanto el fantasma satisface inconscientemente el deseo, mientras que la repulsión y el asco son sentimientos reactivos: la repugnancia y el asco por el padre es el reverso de un intolerable deseo incestuoso.
Generalmente los fantasmas son inconscientes, el inconsciente conserva en sus profundidades fantasmas que aspiran a salir a la conciencia, sin embargo, saben que es muy difícil lograrlo, mientras el Yo se encuentra ocupado en otras cosas de la vida cotidiana sin ocuparse de ellos; aunque de vez en cuando el Yo pierde atención por la situación presente, y entonces esos fantasmas aprovechan ese descuido y empiezan hacer estragos en el sujeto. Esto sucede también en los sueños, el Yo deja de tener el control y los fantasmas salen a relucir. Por otro lado, podemos observar que cuando el sujeto está muy interesado y apegado a un objeto, también sus fantasmas se movilizarán y darán por resultado un comportamiento, una decisión o una reacción afectiva a menudo inoportuna que devendrá en conflictos con el objeto. Muchas acciones que realiza el sujeto sirven para transformar el fantasma inconsciente, en un acto.
Los síntomas son la manifestación dolorosa de las escenas fantasmáticas que reinan en el inconsciente desde la infancia. Estas escenas encuentran en el síntoma, en los sueños o en los actos esenciales de la vida afectiva sus diferentes medios de expresión.
El fantasma es, pues, un cuadro interior, pero suponiendo que ese cuadro fuera visible ¿Qué mostraría? ¿Qué acción se desarrollaría en él? Puesto que los deseos, cuyo señuelo es el fantasma, son deseos sexuales o agresivos, es decir, buscan el placer de alcanzar el cuerpo del otro o de hacerle daño, lo que suceda en la escena fantaseada será su reflejo. Por tanto se trata de una trama infantil de dominio sexual o agresivo de un personaje fuerte sobre un personaje débil. En este sentido, toda escena fantasmática es resultado del Complejo de Edipo puesto que el protagonista busca poseer al otro o ser poseído por él. No obstante, en la acción fantasmática el sujeto puede desempeñar todos los papeles, a veces es el dominador y otras el dominado; en ocasiones es el adulto-abusador y en otras el niño-víctima; por momentos es un hombre viril o se traslada a representar una mujer sumisa, etcétera. Muy a menudo la situación de dominación es una mezcla de erotismo y de agresividad pero de connotación pueril, en ella los gestos son más bien mímicos, como si en su fantasía el sujeto «jugara» no con muñequitos sino con pequeños personajes crueles y sexuales. Para ser más claros, la escena fantasmática no es una escena pornográfica ni una escena de terror, sino más bien una caricatura.
Ahora bien, la escena fantasmática no tiene la nitidez de una película sino es un esbozo, un esquema dinámico más vivido que concebido. Es, pues, una escena sentida y no observada, como si el sujeto fuera «ciego» a su fantasma. Obviamente el fantasma está presente, influye en el comportamiento, pero el sujeto no lo ve, aunque puede experimentar la sensación que corresponde a su gesto en la acción escénica. En conclusión el fantasma dirige al sujeto, pero éste no observa la escena ni distingue claramente a los protagonistas; siente las tensiones que están en juego, la intensidad o, más exactamente, el equilibrio de las fuerzas dominantes y hostiles, protectoras y tiernas. El fantasma es una escena virtual, una representación abstracta y condensada de las tendencias inconscientes.


​El dominio autoritario de las conciencias.

“Nada es más grato al espíritu del hombre que el poder de la dominación”. Joseph Addison.

El triunfo que ha tenido la psiquiatría, sexología y sobre todo la criminología en las últimas décadas, que toman de manera indiscriminada al perverso como un simple enfermo a curar, llámese onanista, travestí, exhibicionista, transgénero, necrófilo, pederasta, coprófilo, sádico, masoquista, etcétera.
La nueva ciencia que le podríamos llamar “neurocracia”, obsesionada por el control biológico del ser humano, elabora las clasificaciones de las “enfermedades mentales” que minan los fundamentos simbólicos de la sociedad.
Terminar con la perversión, sigue siendo en la actualidad un proyecto psiquiátrico que —como escribía Michael Foucault— tiene que ver con el dominio autoritario de las conciencias por parte de los grupos de poder, para mantener los privilegios y la dominación de las instituciones religiosa, política y sobre todo de la industria farmacéutica, sobre la sociedad.


Los conflictos psíquicos de la identidad de género.

Los conflictos psíquicos que manifiesta el transexual se sitúan en relación con el trastorno de la identidad de género anterior a la intervención psicoterapéutica y quirúrgica. El problema principal de la transexualidad conciernen al estado psíquico que impulsa al sujeto a realizar una castración mediante una intervención quirúrgica. Si bien en algunos transexuales la operación médica para la resignación de sexo trae un alivio, los datos siguen siendo insuficientes ya que no se disponen de historiales clínicos posoperatorios desde las diferentes ramas de la ciencia (médico, psiquiátrico, sociológico, psicoanalítico, etcétera) que comprenda al menos una década de seguimiento para una valoración veraz.
Regularmente estos sujetos después de la reasignación sexo-genérico, abandonan el tratamiento psicoterapéutico, posiblemente en un intento de olvidar, o ya no saber más de su angustiado pasado.
La complejidad de la sexualidad lleva a situaciones paradójicas, por ejemplo se puede observar a un transexual hombre que después de su resignación sexo-genérico en mujer adopte una homosexualidad femenina, es decir que únicamente mantenga vínculos o relaciones sexuales con mujeres. Por último, la experiencia ha permitido comprobar que al lado de estructuras rígidas sostenidas por una convicción casi delirante del sujeto en quien la intervención provocó cierto «alivio» psíquico, existen otros cuya transexualidad es una manifestación engañosa. En estos casos, la intervención suele ser seguida de exacerbadas manifestaciones ansiosas y depresivas que pueden llevar al suicidio. De ahí la necesidad de replantear las ideas en todos los campos que llevan a pensar que el trastorno de género es un estado “normal”, o que la intervención quirúrgica para la resignación sexo-genérico no conlleva graves consecuencias psíquicas, minimizando los «daños» que están implícitos.
Existen más preguntas que respuestas al respecto, y el campo de estudio es aun incipiente, sin investigaciones profundas sobre el tema, mientras que las decisiones que se toman ahora —sobre todo desde el campo de la psiquiatría— están motivadas marcadamente por presiones socio-culturales más que por estudios multidisciplinarios que nos acerquen a la verdad de cómo se estructura la identidad de género y las implicaciones que tiene sobre el sujeto.
Las descripciones de la transexualidad pone en primer plano el profundo malestar que padece el sujeto por pertenecer a un sexo que no es vivido como propio. Si bien, adoptan los gustos, las actitudes, la disposición convincente de identificarse con el sexo de su preferencia, esta identidad de género que pretende adquirir se observa francamente sobrecompensada.
El transexual mantiene una obsesión casi delirante por librarse de los atributos sexuales con los que nació, e intenta por todos los medios posibles deshacerse de ellos. En el caso de sujetos nacidos como varones esperan que la resignación sexo-genérico a mujer les aporte las satisfacciones sexuales que les faltan. No admiten la determinación cromosómica del sexo asignada biológicamente cuando es fecundado el óvulo por el espermatozoide. En conclusión, el sexo es impuesto por la naturaleza, reconocido y declarado a la sociedad por los padres, y autentificado por la vivencia del sujeto. Este último término puede tener un poder que los otros dos no le reconocen.
La era tecnológica nos he llevado hasta lo inconmensurable: padres que eligen el sexo de su hijo gracias a la manipulación genética y que posteriormente —cuando el vástago crezca— tenga la opción de cambiar su identidad sexo-genérico.
La menor de las paradojas de esta situación es que, aunque algunos profesionales de la salud mental siguen consideran el trastorno de la identidad de género como una anomalía psíquica, muchos de los transexuales no se sienten afectados por esto sino por el rechazo y confinamiento social, que es a quien le atribuyen, muchas veces, la ansiedad, depresión, etcétera que manifiestan.
Algunos transexuales que presentan delirios les sirve como mecanismo de “represión de la realidad”, algunos otros sin duda negarán estos delirios para contrariar esta afirmación.
En el sujeto nacido biológicamente mujer pero desea reasignarse como hombre se circunscribe a la castración ovárica, que no va acompañada de ninguna modificación aparente de los caracteres sexuales secundarios. Esto implica modificaciones variables y menores (en relación con los hombres que desean reasignarse como mujeres) casi siempre relacionadas con la repercusión psíquica de la situación más que con el efecto biológico directo. Asimismo las modificaciones consecutivas a la histerectomía obedecen indubitablemente a su impacto sobre la psique.


​La ilusión en las redes sociales.

“Lo más imperioso del ser humano: el deseo de reconocimiento”. Jacques-Marie Émile Lacan.

“Lo que vuelve tan tristes las grandes ciudades es que cada hombre quiere ser feliz, pero las oportunidades disminuyen a medida que el deseo crece. La búsqueda de la felicidad indica la distancia del paraíso, el grado de la caída humana”. Émile Michel Cioran.

Existen espacios en Internet dedicados para que los cibernautas se registren con la finalidad de conocer y relacionarse con otros usuarios, ya sea de manera virtual o personalmente. Estas plataformas virtuales ofrecen sus servicios para que sus usuarios puedan desde publicar o intercambiar puntos de vista sobre determinados temas, conocer nuevas amistades o posibles parejas sentimentales, hasta encuentros de tipo Swinger. En estas redes sociales cualquiera puede registrarse para inscribir su perfil y alojar información detallada sobre su persona, que no siempre resultar ser verdadera, incluso brindan la oportunidad de colocar fotografías para presentarse públicamente ante la mirada de otros, es decir, de todos aquellos que acceden al perfil en calidad de invitados, e incluso algunos mantienen su perfil abierto (libre acceso) lo que posibilita que cualquier persona registrada en la plataforma pueda consultarlo en cualquier momento.
Esa intimidad del sujeto que presenta como espectáculo público, con detalles de su vida privada —en su caso— hace un par de décadas era inconcebible hacerlo. Así, “conocer” a otros —si es que tal palabra es la adecuada para describir el fenómeno actual que se presenta en estas plataformas— en las cuales se inscriben cientos de usuarios diariamente para contactar de manera instantánea y práctica a otros que buscan gustos afines a los suyos.
Estos espacios virtuales son usados por los usuarios engañosamente, en mayor o menor medida respecto a la información personal que proporcionan, así como de las fotografías que muestran, es decir, que aquellos que se presentan en estas redes sociales están sometidos consciente o inconscientemente a lo que desean mostrar de sí a los demás, incluso si no corresponde a lo que le es propio, pueden tergiversar su información con total ilusión.
Por ejemplo, una mujer puede colocar fotografías haciéndose pasar por otra, o usar algún programa de diseño para modificar sustancialmente su propia fotografía, y pretender que el usuario que visite su perfil se haga una imagen a partir de ello. Asimismo puede presentar información que exagera sus cualidades y atributos. Se trata, pues, del reino de lo imaginario al servicio de la fantasía, con lo cual el sujeto experimenta la posibilidad de obtener lo que, al menos desde la perspectiva psicoanalítica, constituye uno de los deseos más imperiosos del ser humano: el deseo de reconocimiento (Jacques-Marie Émile Lacan).
Claro está, este deseo pone en riesgo de manera significativa el pacto social, el discurso que puede construir el lazo simbólico entre los sujetos, en tanto tiende a derivar en desilusión, indiferencia, burla… cuando no se encuentra el retorno de la imagen idealizada que se espera obtener con el reconocimiento del otro.


​La posición del psicoanálista frente al psicoanalizado.

“Cuanto más se acerca el hombre a un deseo acariciado, más lo desea; y como no lo alcanza, mayor dolor siente” Nicolás Maquiavelo.

Es interesante observar que perversos y psicóticos se sienten especialmente atraídos por la posición que mantiene el psicoanálista; los primeros, porque la suposición de deseo y el efecto de angustia que conlleva se avienen con su impulso a corromper y a dividir al otro; los segundos, porque la suposición de saber otorgada al psicoanálista puede corroborar su íntima certeza de saber ¿Qué quiere el “Otro”?
Se debe asumir con resignación que querer eliminar pura y simplemente a estos sujetos de la profesión de psicoanálista sería un proyecto tan vano como pretender prohibir la profesión de pedagogo a los paidófilos, la de cirujano a los sádicos, la de enfermera a las histéricas…
Lo verdaderamente escandaloso no es esto sino el punto crucial es que la captación del deseo del psicoanálista ha de pasar forzosamente por la confrontación con el “fantasma sadiano”, confrontación impuesta, efectivamente, por una analogía estructural. Para persuadirse de ello, es suficiente con comparar, en la enseñanza de Jacques-Marie Émile Lacan, las fórmulas que propone para el fantasma sadiano, por una parte, y para el discurso del psicoanálista, por otra. O, en una perspectiva más directamente clínica, basta con leer los últimos escritos de Sandor Ferenczi, especialmente su “Diario Clínico”.
La relación psicoanalítica no es sin embargo, de por sí, una relación perversa; en principio es incluso todo lo contrario, y se debería poder definir el deseo del psicoanálista en estricta oposición al deseo del perverso. Pero, precisamente, tal oposición sólo puede captarse claramente a partir de los puntos en los que ambos deseos se entrecruzan, por lo que es de suma importancia determinar cuáles son estos puntos.
En la relación psicoanalítica ¿Hay algo capaz de evocar la relación del verdugo sadiano con su víctima? El planteamiento inicial de esta situación supone tal potencialidad, al menos como una cuestión concerniente a la afectividad del psicoanálista. Si el diario clínico muestra una percepción «aguda», es que, de entrada, el psicoanálista sólo sostiene su existencia y su función frente a la queja y el sufrimiento del paciente. Para que haya psicoanálista, ha de haber un sujeto que sufra, aunque esto tampoco resulta ser suficiente. Es preciso añadir que, a diferencia del terapeuta, médico, abogado, juez o sacerdote, quienes también reciben quejas, el psicoanálista, por su parte, no se queja: “No compadece a quien se queja”. Es insensible, como dice Ferenczi. La apatía del psicoanálista frente al sufrimiento por fuerza incitará al psicoanalizado a preguntarse lo que su “queja le inspira a su interlocutor, le llevará a suponer que puede hacerle Gozar”. De ahí el temor que con regularidad expresa el que sufre, al principio del psicoanálisis: ¿Acaso un psicoanálista —después de todo— no corre el riesgo de provocar un agravamiento aún mayor de su desgracia?
El psicoanálista no se siente obligado a anestesiar el sufrimiento, a reparar la injusticia o a dar a la queja un sentido redentor; sobre todo, no está ahí para «sufrir con el psicoanalizado», para compadecerlo. Su apatía se opone al pathos*. Semejante posición supone algo más que estoicismo**. En el sentido más fuerte del término, la posición del desprecio —si se procura entender como desprecio— no por el sujeto, sino por el pathos. El psicoanálista, en otras palabras, no concede al sufrimiento el valor que el sujeto sufriente, el sujeto psicopatológico, le otorga en su queja. Este desprecio es sólo la respuesta a una equivocación del psiconalizado.
Así se establece la primera analogía entre la posición del psicoanálista y la del “Amo Sadiano”. Lo que a este último le interesa no es, como demasiado a menudo se cree, el sufrimiento de su víctima. El sádico no busca simplemente hacer daño: quiere la división subjetiva que el sufrimiento permite hacer emerger en la víctima. Así, el psicoanálista y el Amo Sadiano tienen en común que ambos tratan de extraer el sujeto dividido del sujeto psicopatológico. Pero tal división sólo se revela verdaderamente mediante una partición entre el pathos y el logos***. Y la cuestión, precisamente, es saber qué ocurre con el logos en cada una de estas dos situaciones. En el relato sadiano, el héroe-verdugo obtiene un provecho de este reparto. La escena de tortura le permite, efectivamente, reapropiarse la totalidad del logos, dejándole a la víctima tan sólo un muñón de él: el grito. En la situación psicoanalítica, se produce exactamente lo inverso: el psicoanalizado dispone de casi toda la palabra, mientras que la parte del psicoanálista ¡se reduce a algunos suspiros y exhalaciones!

*Afecto vehemente del ánimo.

**Fortaleza o dominio sobre la propia sensibilidad.

***Discurso que da razón de las cosas.


​La Real en términos del psicoanálisis.

Lo “Real” propuesto por la teoría de Jacques-Marie Émile Lacan resulta ser un peligro porque es un señuelo en su carácter de “Goce” inaccesible o prohibido que atrae las palabras, las fantasías y los síntomas del sujeto.
Cuando se habla de lo Real en psicoanálisis, no se refiere a lo real o realidad del mundo físico, ni siquiera el que propone la física, como ciencia. Cada vez que se vea la palabra Real en algún libro o artículo de psicoanálisis se debe agregar el atributo de “sexual”, ya que el psicoanálisis no lo concibe de otro modo. Pero ¿Qué nos enseña con esto el psicoanálisis? Que son los medios “significantes” y “fantasmáticos”, los que adopta el sujeto para tratar de tener acceso a lo Real, son indudablemente fallidos, donde existen tres tiempos: el “agujero”, es decir, lo Real de donde el sujeto está excluido; los medios para tratar de llegar a lo Real y, por último, el fracaso, la imposibilidad de lograrlo.
Se debe reiterar que la palabra fracaso no debe entenderse en el sentido de un intento frustrado sino como una interceptación que permite recobrarse e intentarlo nuevamente con más hazaña. Entonces cuando el sujeto se siente acorralado en lo que parece un callejón sin salida, tiene la posibilidad de emprender un acto o inventar.


​La creencia en el psicoanálisis.

“Arrollídate y creerás”. Blaise Pascal.

La conclusión a la que llegó Michael Foucault sobre los estudios que realizó en torno a la sexualidad humana es que el psicoanálisis es válido y funciona de manera adecuada cuando psicoanálista y psicoanalizado creen genuinamente en él. Pero, tal vez, lo más importante no es que se crea en el psicoanálisis, sino que se recurra y, efectivamente se ponga en práctica la ayuda que brinda el psicoanálista.

A menudo se atribuye la frase: “Arrodíllate y creerás”, a Blaise Pascal aunque no se encuentra de forma literal en sus obras. Si bien B. Pascal elabora en sus Pensées (sección IV, 250) unas elucubraciones sobre la dialéctica entre el elemento interno (la creencia) y su exteriorización (el arrodillamiento y la oración) que podrían interpretarse: “a base de arrodillarse y de rezar, puede uno acabar creyendo”; o en un sentido más amplio “intenta creer y terminaras creyendo”. Realmente las ideas de B. Pascal sobre la relación entre la interiorización y la exteriorización y entre lo humano y lo divino son mucho más complejas y profundas.




​El odio y la automutilación, psicoanálisis.

Fue Melanie Klein quien primero señaló la envidia al «objeto bueno» como una característica significativa de los sujetos con psicopatología narcisista grave.
Esa envidia se complica con la necesidad que tiene el sujeto de destruir la advertencia que él hace de ella, por el pánico de que llegue a su conciencia la violencia de su odio a lo que, en el fondo, él valora en el objeto. Detrás de la envidia al objeto y de la necesidad de destruir todo lo bueno que pueda surgir de los contactos con él, hay una identificación inconsciente con el objeto originalmente odiado y al mismo tiempo necesitado. La envidia puede considerarse fuente de una forma primitiva de odio, íntimamente vinculada a la agresión oral, la codicia y la voracidad, y también una complicación del odio, derivada de la fijación al trauma.
En la superficie, el odio al objeto envidiado tanto consciente como inconscientemente suele racionalizarse como miedo al potencial destructivo del objeto, un miedo que deriva de la agresión real infligida por los objetos esencialmente necesitados en la infancia del sujeto (traumas continuos y severos regularmente a cargo de su madre y/o padre) y de la proyección de su propia ira y odio.
El Síndrome del Narcisismo Maligno suele estar acompañado por la tendencia a conductas crónicas y potencialmente graves de automutilación y suicidas no depresivas.
La automutilación, por lo general, refleja una identificación inconsciente con un objeto odioso y odiado. Si el sujeto no lleva a cabo esta automutilación presiente que su Yo se desfragmentaría.
El odio y la incapacidad para tolerar la comunicación con el objeto pueden proteger al sujeto de lo que de otro modo surgiría como una combinación de ataques crueles al objeto, miedos paranoides a ese objeto, así como una agresión autodirigida por la identificación con el objeto.