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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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martes, 14 de noviembre de 2017

El miedo del hombre ante las mujeres.

¡Y la ilusión de la mujer al creer que te ofrece el olvido cuando lo único que hace es confirmar tu alejamiento de todas las cosas! Émile Michel Cioran.

En la novela de William Shakespeare Hamlet no desea ser Edipo de la obra de Sófocles, él es Hamlet Príncipe de Dinamarca. ¿Y qué desea entonces Hamlet? ¿Qué diferencia hay entre lo que quiere Hamlet y Edipo? Hamlet quiere casarse con una hermosa joven y es ahí donde aparece Ofelia como una mujer encantadora, en un intento fallido de escapar del estrago materno sin fondo, abismo insondable que ninguna fémina lo salvaguarda. ¿Qué le impide a Hamlet alcanzar este ideal, qué es lo que le cierra el camino, para encontrar en Ofelia el objeto que encause su deseo? Él sin duda la quiere, porque se trata de la coartada ideal. Lo ayuda a desviarse de su horror frente a la castración materna, condición necesaria, sin embargo, para la constitución del objeto femenino como objeto causa del deseo.
Es precisamente ahí donde Sigmund Freud propuso una suerte de negociación, y por lo tanto un precio a pagar. El reconocimiento de la castración materna para Freud inaugura la división de la vida amorosa, entre el ideal que pese a serlo conserva las huellas de la madre deseada y prohibida, y los objetos sexuales degradados. La solución freudiana separa a la madre de la mujer. El instante de la mirada infantil que descubre la castración, funda la división entre el “Ideal” y el “Objeto”, entre madre y mujer. Pero el problema de Hamlet es precisamente que se siente imposibilitado para separarlas, no puede adoptar la solución freudiana.
La confrontación con la madre sexuada es siempre terrorífica, pero ¿Depende de la Función Paterna , esa función de «dar la castración», en la cual por alguna razón que ignoramos, el padre de Hamlet habría fallado? Edipo sin saberlo se casa con su madre; Hamlet en cambio la acusa, se ensaña con ella, y entonces le resulta amenazante acercarse a cualquier otra mujer, errando intencionalmente siempre para no conformar un vínculo. Al huir del incesto queda atrapado en él, obsesionado por la sexualidad materna, y al quedar atrapado en el miedo que ésta le produce, no podrá sino escaparse, de Ofelia o de cualquier otra joven.


​La articulación del Complejo de Edipo y la estructura psíquica.

El Complejo de Edipo es el mecanismo articulador de la estructura psíquica (neurosis, perversión y psicosis). Este complejo, a su vez se encuentra regulado por una Ley que en psicoanálisis se conoce como “Prohibición del Incesto”, cuyo representante designado desde la cultura, es el padre. Este padre cumplirá una doble función: sobre el hijo(a) pero también, sobre la madre.
En el caso del hijo(a), esta función causa ambivalencia, la cual también podemos entender en dos direcciones, ambas, dirigidas hacia el padre. La primera dicotomía sería amor-odio. Odio ante la prohibición ejercida por el padre, según la cual no puede cumplir sus deseos incestuosos hacia su madre; y amor hacia ese padre, en tanto ideal (del Yo).
Pero también, el deseo de concretar sus pulsiones incestuosas hacia la madre, es fuente de sentimientos ambivalentes, en este caso, hacia la madre. Una marcada ambivalencia produce, por un lado, el deseo de ser ese sujeto capaz de colmar el deseo de la madre (en tanto “Otro”, lo que equivaldría a ser el deseo del “Otro”, también llamado por Jacques-Marie Émile Lacan: “objeto a”); por un lado y por el otro, la angustia que genera el quedar devorado por este deseo insaciable.


jueves, 26 de octubre de 2017

La función de la masturbación infantil.

La masturbación infantil tiene como función, entre otras cuestiones, la preparación para la sexualidad adulta, que cumple con respecto a ésta un rol análogo al de los juegos del niño en relación con las futuras actividades sociales del hombre.
El Complejo de Edipo puede parecer una especie de juego psicosexual infantil preparatorio de la psicosexualidad ulterior del hombre o la mujer. En este caso el niño juega a amar pero a amar sexualmente. En efecto, como Sigmund Freud lo manifestó, el carácter del juego no es la falta de seriedad sino la falta de relación con la realidad.
No se puede negar que durante la etapa edípica los deseos del niño carecen en gran parte de relación con la realidad, aunque el niño con sus ciegos impulsos instintivos, generalmente no lo vea con claridad, a diferencia de lo que ocurre en el juego. Sin embargo, queda en pie el hecho que cuando el niño fantasea casarse con su madre o la niña con su padre, por debajo de estas fantasías soberanas, algo en ellos “presiente” que realmente no se puede concretar, aquí se anuda simbólicamente la “Función Paterna”.
El fracaso del incesto del infante hacia la madre no resulta del todo definitivo, pero lo conducirá al puberto o adolescente a desear sexualmente fuera del círculo familiar. Entonces, en el caso más favorable, el “Complejo de Edipo” y la “Función Paterna” sobre el infante lo dirige al destino ideal de la represión exitosa: “Hundimiento de las representaciones edípicas infantiles en el inconsciente, con desprendimiento, conservación y puesta a la disposición de la psicosexualidad, de las pulsiones y emociones libidinosas y aferentes liberadas al término de la evolución.
No obstante, este caso «ideal» de represión de las representaciones condenadas, con conservación y liberación de las pulsiones, no se realiza nunca en forma completa por la inercia reinante en el dominio del inconsciente. En algunos casos, una parte de las pulsiones puede seguir el destino de las representaciones edípicas sumergidas en el inconsciente, se conservan fieles, por así decirlo, privando así a la psicosexualidad adulta de la correspondiente fuerza promotora por lo que la represión que se manifestó excesiva, sobrepasó su meta. En otros casos, la fidelidad de las pulsiones a las representaciones se produce en sentido opuesto. Las pulsiones no reprimidas son entonces las que atraen las representaciones edípicas de antaño vueltas a surgir del inconsciente, seguramente con desplazamientos que las hacen irreconocibles. En estos casos la represión no fue exitosa, ha fracasado parcialmente. Entonces según como se haya estructurado el “Complejo de Edipo” y la “Función Paterna”, esto es como hayan predominado las excitaciones o inhibiciones edípicas, tendremos distintos cuadros adultos: El sujeto que, con furor desenfrenado busca sin saberlo las imágenes parentales en la elección amorosa; o bien, que al reconocer inconscientemente al objeto edípico primario (madre) en cada objeto amoroso, retrocederá ante la prohibición edípica.
En los dos últimos casos la consecuencia será una desadaptación a la realidad, una especie de perturbación de la visión psíquica por proyección en el mundo exterior de nuestras fantasías internas (promiscuidad, homosexualidad, prostitución, soltería permanente, etcétera).
Esto impide discernir de manera adecuada que los demás hombres y mujeres no son de hecho nuestros padres. Pero sólo el último caso será verdaderamente nefasto a la función erótica, en virtud de la predominancia de la inhibición.


martes, 15 de agosto de 2017

El dispositivo móvil provoca una ineficaz comunicación.


La era postmoderna trae consigo el concepto que los adultos ya no son el modelo a seguir sino por el contrario, ellos deben imitar a los jóvenes, la publicidad mediática lleva esta función enfocada en cimentar la creencia que ser joven es el “ideal” primordial de esta cultura.
Los jóvenes no visualizan un futuro claro, no desean hacer el esfuerzo y someterse a un proceso para «conseguir» lo que anhelan, creyendo que se les tiene que «dar» como algo natural, que es inherente a su existencia. No importa la razón por lo que se quiera tener algo, lo trascendental es que debe obtenerse inmediatamente, no hay tiempo de espera y la postergación es sentida como sufrimiento; lamentablemente los padres no han hecho bien su papel: enseñar al hijo a ser tolerante durante la espera.
Los padres entran a ese perjudicial juego de brindar todo a su vástago, respondiendo a todas las demandas intentando colmar ese deseo insaciable de trasfondo.
Esa inmediatez tiene su correlativo en la frase: “No sé exactamente lo que quiero ni para que lo quiero, pero lo quiero ya”, lo que dirige al sujeto a caer en una trampa, en un círculo vicioso del cual resulta difícil salir porque no se alcanza nunca a colmar esa saciedad, no se trata únicamente de una «necesidad», sino de un «deseo» y éste es imposible de satisfacer, por eso resulta tan fugaz la sensación de bienestar ya que la demanda se salda pero el deseo es siempre inmutable.
Esta es una época donde los límites son inexistentes, y los excesos es la moda, aunado a una incipiente “Función Paterna” donde ambos progenitores son causantes de esa inadecuada “Función”.
La adicción —como lo entiende la mayoría— no es únicamente el abuso del consumo de sustancias tóxicas, sino tambien tiene que ver con la “moda”: tener el dispositivo móvil más reciente, portar la ropa de novedad, comprar la bicicleta de mayor innovación, estar a la vanguardia en el consumo de bienes y servicios. El “tener” suple al “diálogo”, la comunicación es inexistente si no se cuenta con un medio tecnológico para ello, aunque la conversación vaya dirigida con quien vive en la misma casa.
Hijos y padres hastiados de observarse de frente, a los ojos, se inclinan a mirar sus celulares, se aíslan, iniciando un viaje a modo individual, donde la relación con el celular se ha convertido en algo excesivamente personal, que implica un repliegue narcisista hacia el interior del sujeto. El ser parlante se va quedando irremediablemente mudo ante su partenaire, amistades y familiares.
La depresión que sufre el sujeto —depresión que se presenta regularmente a lo largo de la vida por diferentes circunstancias— lleva la sensación de soledad que el sujeto intenta evadirla de múltiples maneras por resultarle insoportable. La tecnología le proporciona un bienestar efímero a eso, aunque también le abre el camino a una grave y permanente dependencia en el campo de la fantasía que proporciona la virtualidad.





sábado, 3 de junio de 2017

La Función Paterna y su relación con la toxicomanía.

La puesta en juego de las constelaciones sintomáticas, o sea el displacer que presenta el toxicómano, tendrán como escenario imaginario las relaciones vinculares con los otros (madre padre, hermanos y entorno social) seres humanos"; lo que producirá el malestar que aqueja al sujeto.
Este malestar que se evidencia en la repetición de los aspectos negativos aprendidos en la infancia es el modo de expresión de las dificultades del sujeto con respecto a su “deseo”, situación ésta que se tratará de resolver de, por lo menos, tres maneras.
Primero, construyendo un sistema de ideas que le permita seguir en una posición de prescindir con respecto a su producción, achacando él mismo al desamor, a la falta de reconocimiento o, simplemente, a la malevolencia de los otros; intentando borrar cualquier compromiso subjetivo en esta producción.
Segundo, recurriendo a la sustancia tóxica (legal o ilegal) como medio de supresión del malestar y, por supuesto, sosteniendo el sistema de ideas que le permita seguir sosteniendo la no responsabilidad con respecto a las dificultades que se le presentan como insuperables y emanadas siempre de los otros.
Tercero, reconociendo que ese malestar se relaciona con dificultades subjetivas que lo producen.
Tan sólo será posible abordar la cuestión cuando el sujeto puede reconocerse en su dificultad e interrogarse con respecto a la misma.
En general, esto es algo a producir en las entrevistas preliminares antes de entrar al trabajo psicoanalítico, tanto para quienes son consumidores de drogas y para quienes no lo son.
El psicoanálisis de las toxicomanías hace evidente ciertas particularidades de la estructura de quienes recurrirán al tóxico como medio de cancelar el malestar. El displacer se encuentra relacionado con la dificultad del acceso al campo desiderativo, en la medida en que la posición del sujeto como «Objeto del Goce Materno» provoca la carga incestuosa del deseo, sin la posibilidad de un límite de este Goce en tanto hay un pronunciado desfallecimiento de la “Función del Nombre del Padre”.
La disfuncionalidad que encontramos en la estructuración familiar de los toxicómanos sigue ciertos aspectos negativos que se repiten más o menos con regularidad: “La figura materna se encuentra cargada de «omnipotencia» y es la que ofrece el alojamiento al sujeto, quien queda entre los pliegues de esta presencia, ya sea como amado o rechazado; de todas maneras, le asegura una pertenencia y un amparo ante los avatares de la vida. Así el sujeto se encuentra en cierta medida inerme ante este poderío ya que en general los padres (o quien soporte esa apariencia) aparecen simplemente como procreadores o, en el mejor de los casos, como fraternos, degradándose así la “función” que deberían sostener (nunca hay que ser amigos de los hijos sino colocarse como padres). Sin una intervención sobre el «Deseo Materno», no tienen la capacidad el toxicómano de trazar límites. Como lo señalamos, la omnipotencia de la madre, como primer objeto de amor, aunado a la denigración que realiza hacia su esposo complica mucho más la Función Paterna.
En la reconstrucción de la historia individual del toxicómano, terminan ubicando al padre como inoperante, mermado... ya sea porque es un consumidor de drogas o alcohol, o porque es ajeno a los aconteceres de la familia, o simplemente porque han salido de la escena familiar en los primeros años de vida del toxicómano. Esto se articula perfectamente con las características de estas mujeres que, en su elección de quien será su partenaire en la concepción del hijo, han privilegiado la posición de «semental» en desmedro de la de «padre». Cosa que reafirman en el discurso que sostienen ante sus hijos.
Sin embargo, aún desfallecidos, en algún punto estos padres han cumplido una función estructural. Prueba de ello es que la estructura del sujeto con manifestaciones toxicológicas se continúa sosteniendo dentro de los límites de lo determinado en la misma por el efecto de la “Función del Nombre del Padre”. Por lo cual es interesante en el momento que inicia el psicoanálisis que se comience a plantear la cuestión de Función del Nombre Padre. Esto se realizar siempre de la mano del discurso del toxicómano, quien suele introducir este orden a través de la puesta en escena de lo que denomina: “Ser peor que mi padre”. O sea, reproduce de un modo perseverante las características de sus progenitores en su vida cotidiana, a pesar de que éstas son justamente las características acerca de las cuales se quejan y critican de manera perseverante.
“Ser peor que mi padre” lleva implícita una pregunta ¿Por qué no ser mejor, superarlo, lograr justamente aquello que ese padre nunca pudo lograr? Superar a ese padre es, de alguna manera, producir el “asesinato” de este padre imaginario, ubicándolo, a partir de ello, en una recuperación del lugar simbólico de la Función Paterna. De esta manera, se vería obligado a abandonar la posición de hijo en su dimensión más infantil, o de esa prolongación de adolescente conservando la vertiente de trascendencia y reconocimiento del linaje del “ser hijo de”.
La introducción, o mejor dicho, el despliegue de esta cuestión produce en general un variopinto despliegue defensivo, en la medida en que la “recuperación” de la Función Paterna, en su vertiente simbólica, provoca la puesta en juego del «límite a la Omnipotencia Materna», lo que remite sin dudas a la castración del «Otro Materno».
El precio del amparo y el alojamiento amoroso es alto, supone no ser reconocido en su alteridad, quedando en el lugar de objeto. Esta situación de Goce es una fuerte desmentida a la castración del Otro Materno y deja al sujeto sin acceso al campo del “deseo”. En tanto este acceso implica una pérdida de esa pertenencia protectora, en la medida en que la aparición de lo desiderativo supone poner un limite al Goce materno y, por lo tanto, remite a aquello fuertemente rechazado por el toxicómano: la “Castración”.