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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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martes, 14 de noviembre de 2017

​La película pornográfica, psicoanálisis.

“Supuse que todo debía ceder a mis deseos, que el universo entero debía responder a mis caprichos y que tenía el derecho de satisfacerlos a mi voluntad”. Donatien Alphonse François de Sade, “Marqués de Sade”.

En el «guión» de las películas pornográficas hay una clara ausencia de funciones Superyoicas donde se subraya la ausencia de la vergüenza, característica de la sexualidad en la primera infancia, que está prácticamente abolida. Una vez que se acepta la ruptura de los valores convencionales y en particular de los valores individuales, la libertad respecto del juicio moral se duplica con la liberación respecto de la responsabilidad personal —esa liberación que Sigmund Freud ha señalado como característica de las masas—.
El espectador de estos filmes se identifica con actividades sexuales más que con interrelaciones humanas. La falta de ambigüedad, la carencia de sentido en la trama (casi inexistente) no permite ninguna fantasía adicional sobre la subjetividad de los protagonistas, por lo que esto contribuye a la mecanización del sexo.
La deshumanización de la relación sexual que es típica de la película pornográfica activa en el espectador —en especial cuando él o ella están en pareja o en grupo— sentimientos sexuales infantiles perversos polimorfos disociados de la ternura; entre ellos se cuentan los aspectos agresivos de la sexualidad pregenital, una degradación fetichista de la pareja, que en la intimidad sexual queda reducida a partes independientes corporales excitantes, y una implícita destrucción agresiva de la “Escena Primaria” en componentes sexuales aislados. En síntesis, lo erótico sufre una descomposición perversa, que tiende a destruir su vínculo con lo estético y también la idealización del amor romántico. En la medida en que el filme constituye un desafío radical a la moral convencional (de hecho, expresa una agresión profunda tanto contra el convencionalismo como contra la intimidad emocional) tiene también un valor psíquico de alto impacto. Pero incluso cuando un sujeto recurre a este tipo de películas para facilitar su excitación sexual en niveles primitivos de la experiencia emocional, la pornografía rápidamente se vuelve aburrida y contraproducente. La razón es que la disociación de la conducta sexual respecto de la compleja relación emocional de la pareja priva a la sexualidad de sus «implicaciones preedípicas y edípicas mismas que son la fuente del deseo sexual»; en síntesis, la escena vista en el filme pornográfico monótoniza el sexo.
Hay un paralelo entre el filme pornográfico y el deterioro del amor apasionado cuando en la relación sexual prevalecen los impulsos agresivos, cuando la agresión inconsciente destruye las relaciones objetales profundas y la falta de un Superyó integrado en cada partenaire facilita la disolución de la privacidad y la intimidad que provoca un sexo mecanizado. No es casual que la película pornográfica, que deliberadamente explota la disociación del sexo y la ternura, se termine experimentando (después del impacto inicial, sexualmente activador, del despliegue desafiante de una sexualidad perversa polimorfa) como mecánico y tedioso, del mismo modo que los sujetos que practican el estilo de vida Swinger al cabo de cierto tiempo experimentan una erosión de su capacidad para la excitación sexual como consecuencia del deterioro de sus relaciones objetales y la desestructuración del Complejo de Edipo.
También una de las características de la película pornográfica es que liberan a los espectadores de la carga pulsional implícita de la Escena Primaria invadida, pero al mismo tiempo existe la amenaza de confrontar la integración de la ternura y la sensualidad, que es intolerable para el Superyó en la etapa de la latencia. En este sentido, el filme pornográfico es lo opuesto de la película convencional (romántica-erótica) pero, paradójicamente, en todos los otros aspectos obedece al mismo dominio inconsciente del Superyó de la latencia. De hecho, aparte de la descripción de la interacción sexual, los filmes pornográficos tienden a ser sumamente parecidos (sin trama), y a menudo adoptan una aptitud “humorística” cuanto a la falta de comunicación de los participantes; esto le permite al espectador evitar cualquier reacción emocional o toma de conciencia profunda acerca de los elementos agresivos del contenido sexual de la película. La ausencia sorprendentemente sistemática de un marco estético refleja también la inexistencia de funciones Superyoicas maduras, lo que se expresa en la vulgaridad del decorado, de la música de acompañamiento, de los gestos y el ambiente en general. Lo típico es que el despliegue agresivo, la conducta voyeurista, el acto mecánico de penetrar y ser penetrado, la exhibición de los genitales y los fluidos que absorben y son absorbidos, contribuyen a la escisión del cuerpo humano en partes aisladas, cuya exhibición repetitiva indica un enfoque fetichista.
La descripción minuciosa que expresa Robert Jesse Stoller sobre los actores, directores y productores de filmes pornográficos ilustra dramáticamente sus experiencias traumáticas, agresivas, en particular de humillación y traumatización sexual en su infancia. Stoller dice que, para los involucrados en su producción, la pornografía representa un esfuerzo inconsciente por transformar esas experiencias mediante la expresión disociada de la sexualidad genital bajo el impacto de la sexualidad infantil perversa polimorfa. Aunque el filme pornográfico da la impresión de no ser como las películas convencionales, en uno y otras encontramos la misma disociación absoluta de los sexual y sensual respecto de los aspectos tiernos e idealizados del erotismo.


sábado, 20 de mayo de 2017

La perversión femenina a través de la cirugía estética.

Al explicar la psicopatología de la mujer perversa, Wladimir Granoff y Francois Perrier, refieren que el desdoblamiento del Yo provocado por la «cirugía estética» tiene efectos profundos y permanente en la personalidad de la mujer. Según estos autores: “[…] La mujer se convierte en «fetiche para sí misma», dotada como todos los fetiches, de un significado sexual siendo a la vez totalmente inadecuada para el propósito sexual normal. Es su cuerpo fetichizado el que tiene relaciones sexuales con un hombre siempre instrumental, y siempre rechazado desde el momento en que intenta asumir, en el nivel simbólico, su filiación fálica y su relación con la Ley (en el tú eres mi mujer). En estas relaciones heterosexuales es donde este tipo de mujer encuentra su único modo de defensa posible contra una homosexualidad latente”.
Este complicado mecanismo surte efecto en las mujeres que se someten a la cirugía estética. Estas féminas ponen barreras contra su individuación al sentir que con ello podría poner en peligro su propia sensación de supervivencia. Es sorprendente que estas mujeres no pueden experimentar como suyos ni su mente ni su cuerpo, de hecho, tienen la sensación que ni siquiera les pertenece.
Desprecian absolutamente su cuerpo y sus formas, lo que las conduce a actuar de forma perversa, ejerciendo una venganza contra su propio género, y sacrificar su aspecto corporal por sus propios designios perversos e inconscientes. En un grado severo, las mujeres que se someten a cirugías estéticas continuas, llegan a no reconocer nada de su cuerpo como propio.

viernes, 27 de enero de 2017

El fetichismo (Segunda Parte).

En el psicoanálisis vemos a sujetos que el sólo hecho de observar una “parte prohibida” del cuerpo de su pareja puede llevar por un lado a una relativa disminución del apetito sexual, y por el otro lado a sensibilizar las demás cualidades sensoriales. El hacer predominar una cualidad sensorial en detrimento de las otras se debe en muchos casos a que precisamente las cualidades relegadas fueron objeto de represión, por estar asociadas a emociones o acciones que se prohibieron durante la infancia por los padres o educadores, de manera directa o indirectamente, mismas que dejaron un trauma profundo en el sujeto; un ejemplo común de esto, es evitar el fellatio o cunnilingus por razones de olor y sabor que pueden sentir al practicarlo.
Ahora bien, el amante «normal» ve a su objeto con gusto, el contacto le causa placer, los besos le agradan, el olor específico de su pareja le encanta, las caricias le estimulan y su voz tiene para él un sonido maravilloso, en una palabra, ama con los cinco sentidos. Y si somos aún más profundos a éste respecto, podríamos decir que en toda relación amorosa madura, el intercambio sexual resulta ser inoloro e insaboro porque jamás le causa repugnancia el contacto intimo con su partenaire.
Hay que señalar enfáticamente, para no desvirtuar la naturaleza del fetichismo, que todo ser humano tiende a ser fetichista; es decir, si alguien le gustan las mujeres con senos exuberantes y sólo busca mujeres de ese tipo, no por ello es fetichista, ya que esto representa una de las innumerables variantes sexuales que existen. El fetichismo «normal» facilita la posesión de la mujer e incluso intensifica la libido, otorgando mayor predilección a determinadas zonas erógenas que hacen más valiosa la posesión de la mujer; pero por el contrario, el fetichista patológico percibe como una apremiante necesidad el fetiche para llegar al coito; catalogándolo como un factor principal; con el fetiche «suplanta» a la mujer, y por consiguiente la desvaloriza en todo momento, de manera consciente o inconsciente.
El fetichista patológico por lo regular tiene como fetiche una zona que le corresponde de igual manera a la propia, por decirlo de alguna manera, les fascina en el otro lo que les encanta en si mismos, obtienen la libido únicamente en aquellas zonas cuya excitación produce la libido en ellos también.
Generalmente los fetichistas patológicos tienen múltiples parejas, incluso pueden llegar a la promiscuidad, y con ello expresan un “Donjuanismo” o al menos se encuentra latente en ellos, aunque esto los lleve a estar en pugna con su moral.
El fetichista es un “Don Juan”, o tiene al menos los secretos íntimos de serlo, en lugar de conquistar mujeres puede optar por coleccionar artículos: ropa interior, cabellos, fotografías, videos, etcétera. Pero con el tiempo el objeto del fetiche pierde su fuerza e interés, y entonces busca ávidamente otros o artículos para volver —después de algún tiempo— al primero, como hace el Sultán con su harén, donde siempre tiene una favorita.
En todos los casos de fetichismo patológico parece regir la fidelidad a la zona corporal o a la prenda, y esta se expresa en el momento de la relación sexual, donde la masturbación se hace manifiesta en la fricción constante y permanente con esa parte erógena de su devoción, evitando casi de manera completa el coito, entonces la fantasía que conlleva el fetiche obtiene el goce anhelado, y en consecuencia el contacto intersubjetivo con la mujer ha sido sustituido.
El goce para el fetichista patológico puede sobrevenir también mediante el agotamiento de la masturbación, misma que puede incurrir muchas veces en un solo día porque la necesidad de repetir el acto onanista delata la ausencia de satisfacción con la pareja.
Es notable el impulso exhibicionista que sienten los fetichistas patológicos, encontrando en el estímulo de la masturbación en público, la enunciación de sus secretos. Todos estos sujetos sufren bajo la fuerza efervescente del secreto, escondiéndose con mucha timidez y viviendo en su mundo de fantasía, pero al mismo tiempo, otra fuerza los empuja a delatarse, a contar su secreto a todo el mundo.
Los actos impulsivos que realizan estos sujetos, es en una especie de estado crepuscular; suelen ser soñadores diurnos que borran los límites entre la realidad y la fantasía.
Por lo general los fetichistas patológicos llegan a tener una fijación desde su infancia con su naciente sexualidad, esto significa que los primeros acercamientos sexuales pueden contener un preponderante significado en su vida adulta para alcanzar el orgasmo. Esto lo podemos denotar fácilmente con los efectos que trae aparejado el consumo de bebidas embriagantes, cuando se destruye las inhibiciones y en consecuencia se liberan nuevamente los impulsos infantiles dejados tiempo atrás, con la apremiante tendencia a retornar al pasado por algún deseo no realizado, o con el afán de revivir alguna escena erótica vista por accidente entre sus familiares o del círculo social más allegado.
Estos sujetos oculta sus genuinas tendencias y las causas de su simbolismo sexual, aunque claman por su curación y prometen no volverlo a hacer más, en verdad no es así, fingen ese deseo de curación por cuestiones morales y sociables. Pero en el fondo están fijamente apegados a su fetiche y al símbolo que este representa que les proporciona ese exquisito goce, y cuando intentan realmente curarse puede llegar al extremo paradójico de convertirse en castos.

jueves, 26 de enero de 2017

El fetichismo (Primera Parte).

La forma en que se desenvuelve la vida sexual adulta está determinada por un componente fetichista, con esto el sujeto le brinda preferencia a ciertas peculiaridades del partenaire, pudiendo llegar hasta el extremo que sea la «condición indispensable» para la consagración sexual; por lo que una prenda de vestir, el pie, la boca, los senos, las caderas, los ojos, la voz, el aroma y otras partes del cuerpo se pueden convertir en fetiches.
Ahora bien, estos fetiches se pueden volver patológicos, cuando relegan la totalidad del objeto amoroso; por ejemplo el caso del hombre que necesita que su partenaire use «forzosamente» liguero para tener la virilidad correspondiente, mientras que la posesión carnal es para él, algo completamente secundario, y puede incluso sentir molestia por su pareja inmediatamente concluido el coito, esto representa inconscientemente la huida ante la mujer (angustia de castración) y afrontar directamente su rol masculino.
El fetichismo patológico siempre conlleva una desvalorización de la mujer, cualquiera que sea la causa. Surge también como un afán de hacer innecesaria a la pareja. El fetiche representa para el sujeto un atributo por el cual es atraído sexualmente hacia el partenaire, debe por lo tanto cumplir esa condición para que la relación sexual puede entonces realizarse. Además busca cualidades determinadas en su compañera y encuentra su satisfacción en la zona fetiche; esto puede interpretarse en la eyaculación «reiterada» en ciertas partes del cuerpo, que podría ser los senos, o las nalgas, etcétera; o bien puede ser un «requisito indispensable» cierta posición erótica para alcanzar el clímax, por mencionar sólo algunos.
Todos los seres humanos tienen inclinaciones fetichistas pero estas no desempeñan, ni mucho menos, el mismo papel que tienen para el «fetichista patológico» porque en el sujeto «normal» los fetiches son únicamente un «accesorio» que pueden incluso alternarse para llevar a cabo el coito, o bien puede prescindir de ellos por largo tiempo, sin que afecte su desempeño sexual.
El fetiche tiene el propósito —a nivel inconsciente— de disminuir la angustia de castración, ya que el fetiche mantiene ocupado —por decirlo de alguna manera— al sujeto para que pase desapercibido que la mujer está castrada (Complejo de Castración).
El fetichista patológico puede presentar casos de impotencia o eyaculación precoz o retardada si no se cumple con el requisito de su fetiche, síntomas que generalmente encubre una homosexualidad latente. Aquí podemos advertir al hombre que solamente puede eyacular cuando practica la posición sexual «a tergo» con su pareja con la finalidad de evitar una confrontación visual directa con ella.
Hay que destacar en el sujeto fetichista, que la concentración del interés sexual sobre una determinada parte del cuerpo o prenda, generalmente no tiene ninguna relación directa con los genitales, ya que estos únicamente se fijan en una parte del cuerpo o alguna prenda, que realmente representa el objetivo de su satisfacción sexual, manifestándose regularmente en la manipulación o fricción de esa parte específica del cuerpo, ropa, accesorio... que sirve de fetiche para alcanzar el orgasmo. «Del fetichismo patológico vemos desprenderse dos síntomas significativos, primeramente se elige al fetiche que guarda sólo una relación lejana con el sexo, o que no ostenta relación alguna con él, y luego se «soporta» el coito con la ayuda de éste fetiche. En el fondo, hay que tomar en cuenta, que el hombre no siente tanta molestia por su sexualidad patológica, sino más bien sufre en el momento que la pone en práctica con su pareja.

jueves, 5 de enero de 2017

El fetiche por excelencia del sujeto perverso, es el pie.

El sujeto perverso otorga estos atributos especiales y muy significativos al fetiche: Es un objeto tomado en lo real; está sobreinvestido con la finalidad de disminuir la angustia de castración; debe ser manipulable, eventualmente objeto de colección (zapatos, ropa interior, etcétera); «permanentemente» disponible en el partenaire o víctima; es una prolongación del cuerpo del otro pero que el sujeto lo observa separado de ese otro; asegura la perennidad del sujeto y lo confirma en su capacidad para gozar; para Sigmund Freud el fetiche tiene como fin sustituir el pene faltante en la madre.
Las cualidades del fetiche son como si se tratara de un «libreto perverso», que constituye para Joyce McDougall, uno de los elementos más «reveladores del sujeto con estructura perversa, sobre todo el fetichista de pies».
Para ser activo, y en consecuencia posibilitar el Goce, el libreto debe estar ritualizado (y por ende desvitalizado, como lo está el fetiche), debe ser inmutable y jugarse, como su nombre lo indica, sobre una escena fantaseada inconscientemente. Esto significa que está especialmente destinado a ser un objeto espectacular para el sujeto, quien paradójicamente se mantiene al mismo tiempo, y de algún modo, perplejo a lo que sucede. La ritualización es impresionante porque debe ejecutarse el libreto al pie de la letra. Pero la escena transcurre fuera de él, como si él mismo fuera a la vez actor y espectador.
Al igual que el fetiche, el libreto está sobreinvestido y obedece a una lógica compulsiva. En cuanto a su valor simbólico, muchas cosas se han dicho relacionadas con la «escena primaria» (coito entre los padres observado, fantaseado o escuchado).
Una de las características del fetiche es que le brinda al sujeto la virilidad necesaria para llevar a cabo el acto sexual, sin el cual estaría disminuida su potencia o en último caso sería impotente ante su partenaire o víctima según sea el caso.
“Fetiche y libreto” se muestran así como configuraciones cabalmente idénticas, reveladoras de una patología elevada fácilmente a la condición de estructura perversa.
Hay que mencionar que la fetichización no es tan clara como muchos autores la señalan, se puede presentar en sujetos violadores o con extrema violencia, aunque no es la regla.
El libreto no se representa siempre de la manera a la vez trágica y ridicula en que lo muestran los medios de comunicación, siguiendo el modelo sadomasoquista. Esto existe sin duda, pero insistimos, no es la regla.
Para algunos sujetos fetichistas el libreto puede tener un carácter lúdico, término subrayado especialmente por McDougall para indicar el efecto de puesta en escena que consiste en jugar a la castración, para otros la escena primaria, pero eso si, el telón de fondo es para excluir la angustia de castración.
Eveline Kestemberg renovó indiscutiblemente el enfoque de este problema con su concepción de la relación fetichista con el objeto. Podríamos resumir su idea en que el fetiche es por momentos animado, por ser portador de la proyección de la integridad narcisista del sujeto; pero también en otros momentos desanimado a causa de que esta integridad le está reservada a una cosa. En la relación fetichista se trata de volver desanimada al partenaire o la víctima de violación —según el caso— para asegurar su perennidad, siendo una manera de protegerse contra la irrupción del objeto interno (fenómeno que conocemos bien a través de la violación y que encontraremos en relación con el asesinato).
El fetiche o la fetichización de un objeto es la proyección sobre una cosa, o sobre un objeto «cosificado», de la megalomanía del sujeto temeroso de perder el objeto primario (madre) y de verlo surgir entonces dentro de él, en estado de objeto interno. La fetichización tiene por función coagular la relación intersubjetiva con el objeto. El sujeto, para asegurar su perennidad, debe sustraerse de la riqueza de las imagos*, de la movilidad de los fantasmas, de la ligazón de las mociones psíquicas, del acceso a su sexualidad infantil.

* En psicoanálisis el «imago» representa de manera inconsciente una persona o un objeto a cargo del sujeto, pero sin relación con lo que es en realidad esta persona o este objeto. Verbigracia, un sujeto que tiene la «sensación» de haber sido abandonado por su madre durante su infancia en el momento del nacimiento de su hermano pequeño, vuelve a presentar esa «sensación» en la edad adulta cuando su esposa está a punto de tener a su hijo, por lo que éste marido se muestra agresivo hacia su mujer embarazada, desconociendo en absoluto el origen de esa agresividad.