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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

El éxito aunado a la culpa.

“Nada puede hacerme daño excepto yo mismo; el mal que me agobia lo llevo conmigo y jamás sufro realmente sino por mi culpa”. San Bernardo de Claraval.

Existen sujetos que trabajan arduamente durante su vida para lograr sus metas, pero una vez alcanzado el éxito se deprimen gravemente. Sigmund Freud, en su obra “Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo analítico”, plantea que nos mostramos confundidos y sorprendidos de aquellos sujetos que repentinamente enferman cuando cumplen un deseo hondamente arraigado y perseguido: son los que fracasan al triunfar, aquellos que producen un vuelco trágico. Entonces el síntoma aparece por consecuencia del triunfo. Lo normal sería esperar que el problema fuera más bien por la frustración, sin embargo es más bien por la culpa inconsciente que los invade, aquí vemos desplegado el Superyó con toda su fuerza para provocar el síntoma.


La tragedia de Victor Hugo Viscarra.

“Todo mi dolor ha pasado a la literatura”. Juan Gelman.

Su principal obra de Víctor Hugo Viscarra se titula “Borracho estaba, pero no me acuerdo”; a través del psicoanálisis podemos observar la función que tiene el Superyó de este autor: cruel y beligerante por el abuso en el consumo de bebidas embriagantes con la finalidad de sepultar los amargos recuerdos, el ahogamiento de la angustia, el olvido permanente… todo esto proveniente, sin lugar a dudas del reservorio del Ello. Por medio de breves crónicas, éste autor deja constancia de lo que han sido los sucesos traumáticos de su vida: “Nací viejo —nos dice— mi vida ha sido un tránsito brusco de la niñez a la vejez, sin términos medios”, y afirma la edad exacta de la que no pasará vivo, caso contrario conseguirá una pistola para suicidarse. Asegura que quisiera olvidar el período de su niñez, pero no logra hacerlo, le resulta verdaderamente imposible; las cicatrices, consecuencia del maltrato constante de su despiadada madre, no se borran, les esta vedado el olvido, aunque nada grato guarde en los recuerdos. Asegura que “quienes recuerdan con tristeza su infancia, nunca más podrán ser felices”. Prosigue en su relato donde su madre le rompió varias escobas en su espalda, le clavaba las uñas en la boca hasta dejarle una cicatriz, le dejó una en la muñeca al clavarle un cuchillo, le daba palizas memorables… En una oportunidad le echó alcohol sobre su cuerpo para prenderle fuego, de esa desgracia lo salvó un casero que llegó oportunamente. Él quería ignorar las cicatrices, borrarlas con la indiferencia, pero no podía. Se escapó de su casa a los doce años y en la calle conoció un trato más cruel que el de la madre, el de los agentes de la Oficina de Menores, y luego de estar preso con delincuentes pasó a estar bajo la tutela del padre. Fue a vivir a un callejón donde se había instalado un grupo de bebedores empedernidos. El padre era militar, buena gente, nos asegura. Conocía todos los estados civiles: viudo, divorciado, casado; él lo iba a recoger a los boliches los viernes cuando se emborrachaba hasta perderse y, si se enojaba, sabía cómo calmarlo, poniendo canciones de boleros, “una tristeza no catalogada en diccionario alguno se apoderaba de su alma y su espíritu”. Cuando murió su padre —el mismo día del cumpleaños de Víctor Hugo— no reclamó su herencia, sólo le quedó de recuerdo la fotografía de su aviso necrológico. Mientras tanto, había aprendido a vagar por toda su ciudad sin extraviarse. Se sentía abandonado, y agrega que hay quienes tiemblan más por el abandono que por el frío. Había sentido frío en el alma, se había sentido deprimido, miserable, entonces le daban ganas de meterse en las cantinas por donde caminaba de día y de noche, la intención era quedar completamente alcoholizado, regularmente tirado en las banquetas o en cualquier sucio rincón. En definitiva aprendió a beber más por necesidad que por vicio. 


martes, 14 de noviembre de 2017

Las complicaciones del sujeto para expresar amor.

“Lo que se pretende despertar no es el deseo de creer, sino el de encontrar, que es todo lo contrario”. Bertrand Russell.

En el psicoanálisis se debe tener en cuenta la distinción entre la situación que se origina en la Etapa Oral temprana y la que surge durante la etapa posterior, cuando emerge la tendencia a morder y toma su lugar junto a la de suc­cionar. En el estadio oral posterior aparece una diferenciación entre el amor oral, asociado con succionar, y el odio oral, asociado con morder por lo tanto el desarrollo de la ambivalencia es una consecuencia de esto.
La tem­prana Etapa Oral es preambivalente, y esto es especialmente importante a la luz del hecho de que la conducta oral del infante durante esta fase preambivalente representa la primera forma de expresar amor. La relación oral del niño con la madre en la situación de succión repre­senta su primera experiencia de relación amorosa, y es por consiguiente el fundamento sobre el que se basan todas sus futuras relaciones con los «obje­tos de amor». Representa también su primera experiencia de una relación social, y por consiguiente forma la base de su actitud en general, que servirá para integrarse socialmente. Teniendo en cuenta estas consideraciones, volvamos a la si­tuación que surge cuando el niño fijado a la Etapa Oral temprana llega a sentir que su madre no lo ama ni valora realmente como persona. Lo que sucede en estas circunstancias es que la situación traumática original de la Etapa Oral temprana se reactiva y reinstala emocionalmente, y el niño siente entonces que el motivo de la aparente falta de amor de su madre hacia él, es que ha destruido su afecto y lo ha hecho desaparecer. Al mismo tiempo siente que el motivo de su aparente rechazo en aceptar su amor es que su propio amor es malo y destructivo. Esta es, por su­puesto, una situación infinitamente más intolerable que la situación com­parable que surge en el caso del niño fijado a la Etapa Oral posterior. En este último caso, el infante, esencialmente ambivalente, interpreta la situa­ción en el sentido de que es su odio, y no su amor, lo que ha destruido el afecto de su madre. Es entonces en su odio donde le parece que reside su maldad, y así su amor puede permanecer bueno ante sus ojos. Esta es la posición que parece subyacer a la psicosis maníaco-depresiva, y constituir la posición depresiva. En contraste, la posición subyacente a los desarrollos esquizoides parecen surgir en la temprana Etapa Oral pre­ambivalente, posición en la que el infante siente que su amor es malo por­que parece destructivo hacia los objetos; y esto puede ser adecuadamente descrito como la posición esquizoide. Esto representa una si­tuación esencialmente trágica, y provee el tema de muchas de las grandes tragedias de la literatura. No debe extrañar entonces que sujetos con considerable tendencia esquizoide experimenten tantas dificultades para demostrar amor porque siempre antecede una profunda ansiedad antes de manifestarse; un sentir que lo expresa magníficamente Oscar Wilde: “Todo hombre mata lo que ama”, o lo que dijo Jacinto Benavente: “No hay nada que desespere tanto como ver mal interpretados nuestros sentimientos”. Tampoco es de ex­trañar que estos sujetos experimenten dificultad para brindar sus sentimientos porque nunca pueden escapar enteramente al temor de que esas expresiones sean malignas.
El sujeto con una tendencia esquizoide tiene otro motivo para guardar su amor dentro de sí, además del que surge de la sensación de que es demasiado precioso como para separarse de él; mantiene encerrado su amor porque siente que es demasiado peligroso como para descargarlo en los objetos. Así no sólo guarda su amor sino teme expresarlo. Pero la cuestión no termina ahí, ya que como siente que su amor es malo, está dispuesto a interpretar el amor de los otros en términos similares. Esta interpretación no implica necesariamente pro­yección por su parte, pero por supuesto está siempre predispuesto a recu­rrir a esta técnica defensiva. Esto queda ilustrada en el cuento de la “Caperucita Roja”, el lobo representa —para Caperucita— su propio amor incorporativo oral, la narración nos señala que el lobo toma el lugar de la abuela en la cama, lo que significa, por supuesto, que atribuye su propia actitud incorporativa a su objeto, que parece entonces convertirse en un lobo devorador. Así resulta que el sujeto con características esqui­zoides está predispuesto a sentirse impulsado a erigir defensas, no sólo contra su amor por los otros, sino también contra el amor de ellos hacia él.
El sujeto con tendencia esquizoide renuncia al contacto social en mayor o menor medida, ante todo porque siente que no debe amar ni ser amado. Pero no siempre se contenta con un mero distanciamiento pasi­vo, por el contrario, regularmente toma medidas activas para alejar a los objetos de él. Para este propósito tiene a mano un instrumento dentro de él mismo en la forma de su propia agresión diferenciada. Moviliza los recursos de su odio, y dirige su agresión contra los otros, y particular­mente contra los sujetos que mantiene un vínculo y de esta manera puede pelearse con los demás, ser censurable, rudo… Al hacerlo, no sólo sustituye amor por odio en sus relaciones con los objetos, sino también que los induce a odiarlo en vez de amarlo, y hace todo esto con la única finalidad de mantener a distancia los objetos.
Y por último debemos señalar, que algunos de los sujetos esquizoides pueden hacer uso de las redes sociales para permitirse ser amados y amar, esta es otra tragedia a la que están expuestos, amar y dejarse amar con la única condición que sea a la distancia. Pero muy en el fondo, siempre tiene la esperanza de amar y ser amado.


martes, 15 de agosto de 2017

El dispositivo móvil provoca una ineficaz comunicación.


La era postmoderna trae consigo el concepto que los adultos ya no son el modelo a seguir sino por el contrario, ellos deben imitar a los jóvenes, la publicidad mediática lleva esta función enfocada en cimentar la creencia que ser joven es el “ideal” primordial de esta cultura.
Los jóvenes no visualizan un futuro claro, no desean hacer el esfuerzo y someterse a un proceso para «conseguir» lo que anhelan, creyendo que se les tiene que «dar» como algo natural, que es inherente a su existencia. No importa la razón por lo que se quiera tener algo, lo trascendental es que debe obtenerse inmediatamente, no hay tiempo de espera y la postergación es sentida como sufrimiento; lamentablemente los padres no han hecho bien su papel: enseñar al hijo a ser tolerante durante la espera.
Los padres entran a ese perjudicial juego de brindar todo a su vástago, respondiendo a todas las demandas intentando colmar ese deseo insaciable de trasfondo.
Esa inmediatez tiene su correlativo en la frase: “No sé exactamente lo que quiero ni para que lo quiero, pero lo quiero ya”, lo que dirige al sujeto a caer en una trampa, en un círculo vicioso del cual resulta difícil salir porque no se alcanza nunca a colmar esa saciedad, no se trata únicamente de una «necesidad», sino de un «deseo» y éste es imposible de satisfacer, por eso resulta tan fugaz la sensación de bienestar ya que la demanda se salda pero el deseo es siempre inmutable.
Esta es una época donde los límites son inexistentes, y los excesos es la moda, aunado a una incipiente “Función Paterna” donde ambos progenitores son causantes de esa inadecuada “Función”.
La adicción —como lo entiende la mayoría— no es únicamente el abuso del consumo de sustancias tóxicas, sino tambien tiene que ver con la “moda”: tener el dispositivo móvil más reciente, portar la ropa de novedad, comprar la bicicleta de mayor innovación, estar a la vanguardia en el consumo de bienes y servicios. El “tener” suple al “diálogo”, la comunicación es inexistente si no se cuenta con un medio tecnológico para ello, aunque la conversación vaya dirigida con quien vive en la misma casa.
Hijos y padres hastiados de observarse de frente, a los ojos, se inclinan a mirar sus celulares, se aíslan, iniciando un viaje a modo individual, donde la relación con el celular se ha convertido en algo excesivamente personal, que implica un repliegue narcisista hacia el interior del sujeto. El ser parlante se va quedando irremediablemente mudo ante su partenaire, amistades y familiares.
La depresión que sufre el sujeto —depresión que se presenta regularmente a lo largo de la vida por diferentes circunstancias— lleva la sensación de soledad que el sujeto intenta evadirla de múltiples maneras por resultarle insoportable. La tecnología le proporciona un bienestar efímero a eso, aunque también le abre el camino a una grave y permanente dependencia en el campo de la fantasía que proporciona la virtualidad.





sábado, 17 de diciembre de 2016

El sufrimiento humano.

Desde el psicoanálisis es indispensable diferenciar entre un “sufrimiento con esperanza” y un “sufrimiento sin esperanza”, así como entre un sufrimiento que pueda ser contenido y un sufrimiento que tienda a desbordarse incontenidamente. Obviamente dependerá esta diferenciación de la historia particular de cada sujeto.
El sufrimiento sin esperanza es, por definición, desesperante; y lo es, en general, para el sujeto que sufre y para quienes tienen que atenderle, verbigracia estados psicóticos como la esquizofrenia, enfermedades somáticas en fase terminal, etcétera. El sufrimiento incontenido, desbordante, crea desesperanza en el sujeto pero, a veces, es más marcado en el psicoanalista o en los familiares del paciente, pero por paradójico que suene, este sufrimiento puede encontrar «cierto alivio» y «cierta esperanza» en dejar que se desborde e inunde su entorno. El sujeto podrá tener la sensación de evacuarlo proyectándolo (identificación proyectiva). Podemos observar algunos casos de la llamada «patología psicosomática» donde la evacuación proyectiva del sufrimiento en el propio cuerpo, existe una aparente desaparición del sufrimiento mental.

La depresión y el sentimiento de culpabilidad.

​Existe la posibilidad que se desencadene una reacción neurótica depresiva por nuevas responsabilidades contraídas, o la posibilidad de que las haya. En algunos sujetos el simple hecho de una promoción les hace sentirse inconscientemente culpables, representa para el neurótico, por así decirlo, algún triunfo prohibido relacionado con su primera infancia.
Esto es en particular cierto en relación con muchas de las llamadas depresiones por promoción. Por ejemplo, un hombre de negocios ve al fin coronado todos sus máximos esfuerzos con un logro sumamente importante, conscientemente se muestra orgulloso y feliz, pero repentinamente cae en una depresión. Una explicación de tan extraña contradicción es que esa victoria representa inconscientemente para éste sujeto un triunfo sobre la figura paterna o la figura materna profundamente clavada en su mente, a quien el sujeto está suplantando; otra explicación sería, que la perspectiva de una responsabilidad creciente aleja más que nunca la satisfacción de una necesidad inconsciente de dependencia, amor y protección, esto es algo parecido a la victoria obtenida por un General durante la guerra pero que al mismo tiempo ha perdido a su hijo predilecto en ella.
De lo dicho se deduce que no todos los sujetos potencialmente depresivos son débiles, pasivos o dependientes, muchos de ellos llegan a niveles de éxito elevado y hasta lo conservan. Estos individuos mientras se encuentran bien, muestran valor e iniciativa propia excepcional. Su marcada dependencia respecto a la aprobación y al éxito no queda del todo clara sino cuando han perdido su apoyo emocional. De vez en cuando leemos en los periódicos o vemos en la televisión que una figura pública y muy importante ha sufrido de una depresión súbita y a veces hasta trágica porque ha perdido poder o prestigio.
Todos tenemos límites respecto al grado de frustración que podemos aceptar en pérdidas y fracasos, no importando si el estrés viene de súbito o poco a poco. Finalmente, todo sujeto llega a un punto en que comienza a perder el valor, la fuerza y la confianza necesaria en sí mismo. Es posible entonces que sufra una depresión temporal y quizás cierto grado de sentimientos de inferioridad o remordimiento, pero en los sujetos “normales” tales reacciones no son profundas ni duran mucho.
Las reacciones neuróticas depresivas a menudo son provocadas por algo que perturbaría a cualquier sujeto, pero la diferencia estriba en que el depresivo neurótico no logra recuperar el equilibrio perdido, mientras que el sujeto “normal” si lo hace.
Las depresiones neuróticas en pocas ocasiones pueden comenzar con la descomposición súbita de la personalidad pero hasta cierto punto se sigue conservando cierta organización dentro de ésta, sin embargo su equilibrio mental es muy precario, en consecuencia no es lo bastante estable para resistir un severo estrés y tampoco lo es la organización defensiva. Cuando se presenta una pérdida o un fracaso súbito y se frustran necesidades de dependencia, el sujeto cae en una regresión parcial profunda y surge entonces su enfermedad depresiva.
Ahora bien, por lo regular la depresión suele comenzar gradualmente, ya que se ha presentado un desarrollo continuo de una tensión y una ansiedad emocional se ha gestado durante largo período, que hubo una serie de crisis menores, cada una de las cuales fue dejando una tensión creciente. Entonces la pérdida, el fracaso y la frustración de las necesidades de dependencia terminan por poner en marcha la depresión. Tal vez en el fondo, el factor precipitante para la depresión parezca trivial, visto de manera objetiva, pero al fin y al cabo es la gota que derrama el vaso.
Durante el periodo de incubación, que por lo común precede a la aparición del cuadro depresivo, encontramos muchos de los productos familiares en todo surgimiento de tensión y ansiedad. El sujeto se queja de dolores de cabeza y de espalda, de dolores y punzadas vagas en las piernas, de fatiga crónica y de un mal dormir. El apetito y la función gastrointestinal sufren cambios importantes, también se presentan alteraciones de índole sexual, que puede llegar a la impotencia o frigidez según sea el caso, hasta un aumento vertiginoso en el apetito sexual que nunca produce una satisfacción perdurable y en las mujeres puede surgir la irregularidad en su menstruación. A menudo hay explosiones de enojo, periodos amargos de mal humor, oscuras meditaciones y pesadillas durante la noche, por lo general son parte de este cuadro clínico las ideas de suicidio y en ocasiones el individuo amenaza abiertamente con quitarse la vida.
Cuando la depresión neurótica va en aumento siempre hay señales de una preocupación cada vez más honda, el sujeto puede comenzar a expresar cada vez más abiertamente sus preocupaciones y recelos respecto a su salud física y a su capacidad personal. Según crecen tales preocupaciones, aumenta la pérdida de interés y de iniciativa propia por parte de éste. El depresivo neurótico comúnmente se queja de haber perdido el placer que anteriormente obtenía de su trabajo y en sus diversiones, con su familia en el hogar y con todas sus amistades. Se refugia cada vez más en sí mismo, se vuelve irritable con el más mínimo pretexto, prefiere en consecuencia mejor la soledad y pierde con facilidad el control; tal vez exija que se le preste mayor atención y no se le cargue de preocupaciones; obviamente, esto último es una señal inequívoca de una regresión a una dependencia infantil, el dejar atrás la responsabilidad que se tiene como adulto. Muy íntimamente relacionadas con éstas preocupaciones y ese aislamiento parcial están las quejas comunes de que es imposible concentrarse, que se está perdiendo la memoria, que no se comprende lo que los otros dicen y que no se puede pensar con claridad; además estos sujetos pueden llegar a quejarse de sentir un “extrañamiento” y una “despersonalización”. Todas estas quejas tienen cierta base en realidad, cualquier sujeto profundamente preocupado, atormentado o ansioso, sea o no depresivo, verá menguada su eficiencia mental y su eficacia de contacto con el mundo que lo rodea, es decir, se deterioran simplemente sus relaciones de objetales.
Muchos de estos depresivos neuróticos enfocan su atención, al menos por un tiempo, casi exclusivamente en una preocupación excesiva de su cuerpo, algunos insisten en que todas sus dificultades tienen su origen en una enfermedad física oculta. Pueden rehusar considerar cualquier otra posibilidad e incluso exigen tratamiento directo para sus síntomas físicos. La salud física de gran parte de estos depresivos es bastante buena y normal, lo que sus quejas vienen a expresar en parte es una sensación de no sentirse plenamente bien, una intensificación de aquello que todos sienten cuando están desanimados, y en parte una sensación creciente de inadecuación personal.
El depresivo neurótico transforma sus sentimientos de inferioridad, basados en un sentimiento de culpa del inconsciente, en una creencia de que su cuerpo es inferior; entonces el lema es: “No soy bueno” se convierte en “Mi cuerpo no está bien”. Realizada ésta traducción el sujeto acepta en sentido literal ésta metáfora un tanto infantil; entonces llega a la conclusión de que “mi cuerpo no ésta bien” porque le parece que así da base racional a sus quejas irracionales, además esto también le ayuda a explicar su obstinada resistencia a cualquier otra explicación.
Los neuróticos deprimidos, sea o no su preocupación principal el cuerpo, se quejan de haber perdido todo interés, placer o iniciativa; se sienten afligidos, preocupados y descontentos, nada parece llegarles emocionalmente, ni las alegrías ni las tristezas de los demás, ni lo que leen en el periódico, ni lo que ven en la televisión, en el cine... Las cosas a las que antes se dedicaban con placer los dejan fríos o llenos de aversión. Nada de lo que realicen obtienen satisfacción, tal vez se dediquen a las mismas actividades, pero ya nada les sabe igual que antes, todo se les vuelve una carga pesada. La simple idea de agregar algo nuevo, aunque sea una distracción, les parece intolerable y lo ven con pesimismo.
La devaluación de sí mismo es el síntoma más notable del sujeto neuróticamente deprimido porque se califica de malo, de no tener significado su vida, de fracasado y de ser una carga para otros, considera también que ya no es lo que fuera antes y que “ya no puede resistir más”. Estas afirmaciones, a primera vista tan sencillas, son producto irracional de conflictos inconscientes profundos y severamente arraigados, de la adaptación y de las defensas del Yo, de la presión del Superyó y de los pedidos de ayuda urgente externa. Las fuentes originales de autodevaluación depresiva, la fuente que derrota todo intento de las personas que rodean al depresivo neurótico, que lo alientan y tratan de fortificar, están en un estado de tensión entre el Yo y el Superyó al que llamamos culpa inconsciente.
En las depresiones de tipo psicótico el sentimiento de culpa ya no es ni indirecto ni inconsciente porque se expresa ya de manera abierta, espontánea y repetidamente, en ocasiones incluso con una insistencia verdaderamente salvaje.

lunes, 5 de diciembre de 2016

El círculo vicioso del sujeto depresivo.

El psicoanálisis manifiesta que el sujeto depresivo se odia sin saberlo, cuando afirma que se desprecia, está expresando una verdad más dinámica de lo que supone, ya que una parte del sujeto desprecia a su otra parte, como si ambas partes fueran dos personas distintas. Para facilitar la comprensión, podemos decir que un Superyó arcaico mira con aire de superioridad, despreciando y agrediendo a un Yo infantil y en regresión; durante este proceso podríamos decir que el sujeto se rechaza, se desprecia y se minimiza de modo muy parecido a como sus padres lo rechazaron, lo despreciaron y minimizaron cuando se comportaba desobediente, no deseado, cuando los decepcionaba o cuando se portaba mal.
El adulto deprimido se queja de sentirse solo, perdido, abandonado, ignorado y que no tiene sentido su vida —éstas son palabras elegidas generalmente por los depresivos—, de modo muy parecido a como se siente un pequeño cuando sus progenitores parecen odiarlo.
Como el depresivo se odia inconscientemente, está justificándose al decirse para sí mismo, que se siente sin amor y desagradable, al mismo tiempo también se da cuenta de que no siente por los otros el amor acostumbrado. En éste punto sucede algo muy importante, ya que estos sujetos suelen ir más allá de esto y se comportan cruel y despiadadamente con aquellos a quienes aman y desearían seguir amando, como resultado de todo esto, sufren profundos remordimientos y la inquietud es el pan de cada día; pero a su vez éstos son completamente justificados en cada respuesta seca que expresan, o en cada protesta violenta que manifiestan, o en cada estallido de mal humor que denotan, en consecuencia cada pelea va incrementando la culpa que sienten y por ende cada incremento de culpa —culpa que sienten tangible—, aumenta la hostilidad del Superyó arcaico.
El enojo y el sadismo que manifiesta el sujeto depresivo logran aislarlo aún más de las personas cuya ayuda y afecto necesita apremiantemente; esto provoca un aumento nuevamente de su sensación de soledad, de abandono y desamparo. Una razón de que se muestre tan enojado y sádico es que ha sufrido una regresión, pero a su vez también necesita un grado infinito de apoyo y afecto por tiempo indefinido —obviamente nadie puede brindarle eso—. Estos sujetos, aunque se encuentren resentidos, piden forzosamente el apoyo de las personas que les rodean y a su vez que le brinden un sentimiento afectuoso, con eso trata nuevamente de equilibrar su sensación de no valer nada, pero lamentablemente el modo sádico y con resentimiento con que los trata le impiden obviamente cumplir tales propósitos; en consecuencia se siente aún más culpable y más abandonado que nunca, entonces la intensidad de su necesidad y su conducta regresiva alejan a su entorno social, completándose una vez más el circulo vicioso del cual es víctima, dirigiéndose de ésta manera inevitablemente a la autoderrota y muy seguramente a pensar en el suicidio.

domingo, 4 de diciembre de 2016

El sujeto deprimido se muestra ambivalente en sus relaciones amorosas.

Las privaciones y frustraciones que exceden los límites de la tolerancia individual son las que precipitan la reacción neurótica depresiva, razón por la cual estos sujetos son especialmente vulnerables a cualquier cosa que destruya o amenace seriamente la satisfacción de sus necesidades de dependencia profunda y estrecha, y a todo lo que lo empequeñezca su sentido de autoestima.
Entre los factores precipitantes más comunes tenemos la pérdida de amor o apoyo emocional, fracasos personales o económicos, responsabilidades nuevas, o la amenaza de nuevos compromisos. Por lo regular el sujeto depresivo reacciona ante tales factores con una regresión parcial y en consecuencia ésta reactiva conflictos infantiles, actitudes y defensas del Yo infantil y de un Superyó arcaico.
El adulto que se vuelve neuróticamente deprimido siempre ha necesitado mucho apoyo emocional para equilibrar su tambaleante autoestima. Perder un amor, o incluso verse aunque sea amenazado por la pérdida del mismo, significa sufrir un ataque en la parte más vulnerable en su estructura psíquica.
La muerte de un ser amado es una forma potencialmente peligrosa de pérdida, pues al igual que el obsesivo compulsivo, el deprimido se muestra suma y primitivamente ambivalente en sus relaciones amorosas. Por una parte, tal vez resienta irracionalmente que el ser amado muerto se haya ido e incluso puede llegar a odiarlo porque murió y lo dejó en el infortunio de la soledad. Por otra parte, tal vez se identifique poderosamente con el fenecido, a quien amaba profundamente. Ya sea una u otra cosa, consciente, preconsciente o inconsciente, éste sujeto experimentará amor, odio, resentimiento, condena de sí mismo e incluso identificación con el difunto.Claro, también puede perderse el amor del partenaire sin que necesariamente intervenga la muerte, en estos casos tal vez hubo desprecio, abandono o divorcio; también existen parejas que pueden apartarse emocional y sentimentalmente sin necesidad de hacerlo físicamente; algunas de ellas incluso apenas llegan a cruzar dos o tres palabras en muchos años de convivencia.
Para un adulto dependiente e inseguro, esas experiencias pueden ser totalmente desmoralizadoras y llevarlo al derrumbe de su Yo. La desilusión puede llegar cuando lo que se esperaba del ser amado no se concretiza, esto sucede cuando en donde pensaba encontrar fuerza sólo hay debilidad, fracaso donde se contaba con triunfo, irresponsabilidad donde se pensaba integridad, etcétera. Esas pérdidas, abandonos y desilusiones perturban profundamente el equilibrio interno del sujeto dependiente, produciéndole con ello abatimiento, hostilidad y un marcado sentimiento de culpa. Generalmente los neuróticos depresivos suelen experimentar el abatimiento de manera consciente; en tanto que la hostilidad y la culpa por lo regular la suelen experimentar de manera inconsciente y preconsciente.
El fracaso golpea directamente el núcleo del sistema de seguridad con que el sujeto dependiente trata de rodearse. La pérdida de poder, prestigio, propiedad o dinero pueden separar al sujeto de fuentes importantes de apoyo moral y material. Lo mismo ocurre cuando la fuerza, la salud, la juventud o la belleza empiezan a desaparecer con el transcurrir del tiempo. Muchos depresivos neuróticos no pueden pasárselas sin esas fuentes de apoyo para equilibrar su debilidad. Para ellos los privilegios personales y económicos no son meros recursos, como para los sujetos "normales", sino la realización de sus necesidades inconscientes más urgentes, esto es, que se los ame, se les cuide, se les proteja, se les consienta y que obviamente estén al pendiente de su estado de animo; sin todo esto el sujeto depresivo se siente abandonado, despreciado y carente de amor.

sábado, 3 de diciembre de 2016

El Goce de sentirse deprimido.

En la depresión neurótica podemos observar una perturbación del carácter por una reacción a la pérdida del objeto o por la amenaza a la pérdida, al fracaso, a la desaprobación o la desilusión del objeto; obviamente también el sujeto "normal" las padece pero en el neurótico se acentúan en mayor grado.
Los síntomas de la depresión son la subestimación de sí mismo, el desaliento y la búsqueda incesante de apoyo. Estos sujetos no logran interesarse por los demás, por las cosas, por las actividades laborales, recreativas, deportivas y culturales, renunciando casi siempre a tener iniciativa propia, expresando constantemente sus sentimientos de inferioridad en el núcleo social que lo rodea, asimismo manifiestan desprecio y desesperación, sin embargo no se apartan del todo de la interacción con el medio circundante. El sujeto neuróticamente deprimido mantiene en menor o mayor medida esa capacidad para seguir relacionándose con su entorno, ya que sus reclamaciones y lamentos constituyen un Goce* para este.
El menosprecio de sí mismo, en tono sombrío, se vuelve una típica reacción neurótica depresiva cuando el sujeto termina preocupándose crónicamente de no valer absolutamente nada, de pensar también que su vida es un fracaso, de no tener ningún futuro, de sentir que no tiene significado su vida; por otro lado permanece abatido a pesar de todo, perdiendo toda iniciativa propia y todo interés en el mundo que lo rodea, cayendo entonces periódicamente en expresiones de sentirse insignificante.
Ahora bien, debemos señalar que en las depresiones neuróticas la culpa proveniente del Superyó juega un papel predominante. La confianza y el apoyo que tiene de los demás es el principal mecanismo de defensa que el neurótico tiene contra los ataques del Superyó, obviamente éste sujeto no tiene conciencia del Superyó ni de que está recurriendo a éste tipo de quejas para combatirlo indirectamente. Por desgracia el apoyo y la confianza que le ofrecen sus amigos y parientes al neurótico —que busca y necesita con apremiante urgencia— sólo le producen un alivio parcial y temporal, esto se debe principalmente a que el sujeto a sufrido una regresión parcial de su Yo.
Lamentablemente el Superyó es incesante en la estructura neurótica, sus ataques son continuos y se incrementan con el paso del tiempo, en consecuencia sigue quejándose de su inferioridad, de su poco o casi nulo valer, de su desesperación y finalmente las personas que lo apoyaban —algún día— pierden la paciencia y comienzan a reprender al neurótico, entonces los reproches de los demás parecen confirmarle una vez más a éste, lo que siempre ha venido diciendo y pensando, que no vale nada y que ya no existe esperanza alguna para él por lo cual el circulo vicioso se completa y después resulta difícil salir.
*Goce: El concepto de Goce desde el psicoanálisis se constituye en el hecho mismo de que nuestro deseo está constituido por la relación que tenemos con las palabras. Se diferencia así del uso común del término, que confunde el goce con las suertes diversas del placer. El goce concierne al deseo, y más precisamente al deseo inconsciente que nunca se satisface, lo que muestra que esta noción desborda ampliamente toda consideración sobre los afectos, emociones y sentimientos.