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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

Un apunte sobre la prostitución, la homosexualidad y los celos en las mujeres.

El Complejo de Castración de la niña (o el descubrimiento de la diferencia anatómica. entre los sexos) que, según Sigmund Freud, marca el comienzo de su actitud edípica positiva (normal) y la hace posible, tiene su correlación psíquica como en la del niño (varón), y es sólo está correlación es la que le presta su enorme significación para la evolución mental de la niña.
En los primeros años de su desarrollo como sujeto (dejando de lado las influencias filogenéticas que, desde luego, son innegables), la niña se comporta en forma exactamente igual a un niño (varón), no sólo en lo referente al onanismo, sino en otros aspectos de su vida mental: en su meta amorosa y en su elección de objeto ella también desea a su madre. Una vez que ha descubierto y aceptado plenamente el hecho de que la castración ha tenido lugar, la niña se ve obligada a renunciar definitivamente a su madre como “primer objeto” y además a abandonar la tendencia activa y de conquista de su meta amorosa, también la práctica del onanismo clitoridiano. Posiblemente aquí encontremos la explicación de un hecho que hace mucho nos es familiar; a saber, que la mujer que es completamente femenina no conoce ningún «amor objetal» en el verdadero sentido de la palabra ¡Sólo puede dejarse amar! , Así, las concomitancias mentales del onanismo fálico hacen que la niña normalmente reprima dicha práctica en forma mucho más enérgica que el niño (varón) y deba luchar contra ella de manera mucho más intensa que aquél. Pues, junto con dicha práctica, la niña debe olvidar su primera decepción amorosa, el dolor de la primera pérdida de un objeto amoroso. Sabemos en el psicoanálisis con cuánta frecuencia esta represión de la actitud edípica negativa de la niña es del todo o parcialmente infructuosa. Para la niña, como para el niño (varón), resulta muy doloroso renunciar al primer objeto amoroso: en muchos casos la niña se aferra a éste durante un tiempo anormalmente prolongado. Ella trata de negar el castigo (castración), el cual inevitablemente la convencería de la naturaleza prohibida de sus deseos. Si más adelante su anhelo amoroso sufre una segunda decepción, esta vez en relación con el padre, quien no se muestra dispuesto a satisfacer sus demandas amorosas pasivas, a menudo tratará de regresar a su situación previa y de volver a asumir una actitud activa hacia la madre. En los casos extremos, esto conduce a la homosexualidad manifiesta, tan bien explicada por Freud en su obra: “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina”. La paciente a la que Freud se refiere en ese trabajo hizo un tímido esfuerzo, al entrar en la adolescencia, de adoptar una actitud femenina frente al amor, pero, poco tiempo después se comportó como un «joven enamorado» frente a una mujer mayor a quien según, amaba. Al mismo tiempo era una «feminista» declarada, que negaba la diferencia entre el hombre y la mujer; así, había conseguido regresar a la fase negativa inicial del Complejo de Edipo.
Quizás sea más común otro proceso: la niña no niega del todo la realidad de la castración, sino que busca una sobrecompensación por su inferioridad corporal en un plano distinto del sexual (en la decisión de su vocación profesional, o empleo, o elección de pareja: un hombre afeminado). Pero al hacerlo, ella reprime por completo los deseos sexuales, es decir, permanece sexualmente insensible. Es como si esto simbolizara: “Ya que no puedo y no debo desear a mi madre, renunciaré a cualquier otro intento de desear en absoluto”. Su creencia de que posee un pene la desvía así a la esfera intelectual, pero no con la salvedad de tener una preparación profesional sino más bien dirigida a competir y conducirse desde una posición masculina con el hombre, bajo cualquier circunstancia.
Como tercera consecuencia posible, observamos: que una mujer puede establecer relaciones con un hombre y, sin embargo, seguir estando interiormente fijada al primer objeto de su amor: la madre, por lo que se siente obligada a presentar frígidez durante el coito porque inconscientemente no desea ni al padre ni a su sustituto, ya que sigue aferrada inconscientemente a la madre. Estas consideraciones nos permiten colocar bajo otra luz las “fantasías o sueños de prostitución” que desea realizar generalmente la mujer y que son muy comunes en ellas. Según este punto de vista, todo esto constituye un acto de venganza, no contra el padre sino más bien contra la madre.
El hecho de que las prostitutas a menudo sean bisexuales o incluso homosexuales (manifiestas o encubiertas) puede explicarse igualmente de esta manera: la prostituta se vuelca hacia el hombre como una forma de venganza contra la madre, pero su actitud no es de una entrega femenina pasiva (he aquí una de las razones de su frialdad en la intimidad) sino con una connotación activa (masculina); ella apresa al hombre en la calle, lo “castra simbólicamente” al tomar su dinero, y, de esta forma ella asume el rol masculino en el acto sexual, obligando al hombre (cliente) a desempeñar el papel femenino (pasivo).
Al considerar estas perturbaciones en el desarrollo de la mujer hasta una femineidad completa, debemos tener en cuenta dos posibilidades: la niña nunca ha sido capaz de renunciar por completo a su deseo de poseer a la madre y ha establecido así un vínculo endeble y precario con el padre; o bien ha realizado un violento intento de sustituir a la madre con el padre como objeto amoroso pero, después de sufrir una nueva decepción de parte de éste (padre), ha vuelto a su primera posición (madre) con la cual se posiciona su deseo como homosexual.
En su obra “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica” Freud señala el hecho de que los celos desempeñan un papel mucho más importante en la vida mental de las mujeres que en la de los hombres, opinando que la razón de ello es que, en el caso de las primeras, los celos se ven reforzados por un desplazamiento de la envidia del pene. Aquí deberíamos precisar que los celos de la mujer también se expresan más intensos y continuos que los del hombre porque ella jamás podrá retornar al primer objeto de amor (madre), mientras que el hombre, cuando sea adulto tiene la posibilidad de hacerlo (sustituto de la madre en otra mujer).


Ensayo: El trastorno de identidad de género.

“No hay nada mas precioso en la vida y para la vida que un buen recuerdo de la infancia”. Fiódor Dostoievski.

Empecemos por definir el término “sexo” y “género” para distinguir las diferencias que presentan los sujetos de sus características “biológicas” y “socioculturales”. Hasta la década de 1960, la palabra “género” era utilizada únicamente en gramática para referirse a masculino y femenino, por ejemplo «el» o «la»; sin embargo, para explicar por qué algunos sujetos «sienten» que están “atrapados en el cuerpo equivocado”, John Money y Robert Jesse Stoller cuando estudiaron casos de transtorno de identidad de género, fueron los primeros en emplear la terminología de género en este sentido.
Stoller (1968) comenzó a utilizar el término “sexo” para determinar los rasgos exclusivamente biológicos y “género” para destacar las características femeninas y masculinas que presenta un sujeto. Aunque sexo y género se complementan, separar estos términos fue con la finalidad de brindar un sentido teórico a sus ideas, permitiendo explicar el fenómeno del trastorno de identidad de género, ya que lo que respecta al sexo y género en estos sujetos, sencillamente no coincide.
Los términos “sexo” y “género” están estrechamente relacionada pero no son sinónimos, Stoller señaló la distinción entre ellos por lo que sugirió que la palabra “sexo” se usará para referirse a las diferencias físicas y biológicas entre hombres y mujeres; mientras que el término “género” se utilizará en relación con el comportamiento y las conductas que despliegan hombres y mujeres dentro de su cultura. Esta distinción es la base para todas las definiciones de “sexo” y “género” que se encuentran actualmente.
El término “sexo” se refiere por lo tanto a las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, por ejemplo, los órganos relacionados con la reproducción, o la disposición cromosómica. Mientras que el término “género” se refiere a las diferencias culturales, socialmente construida entre hombres y mujeres, es decir a la forma que una sociedad alienta y enseña al sujeto a comportarse con diferentes conductas a través de la socialización. El género se refiere a las divergencias en las actitudes y comportamientos, y estas diferencias son percibidas como un producto del proceso de socialización y no en su aspecto biológico. También incluye las diferentes expectativas que la sociedad y los mismos sujetos establecen en cuanto a los comportamientos, cuando se denotan como masculinos o femeninos. Viendo el género como un fenómeno construido socialmente implica que, al contrario del sexo, no es lo mismo para todas las culturas, este puede variar dependiendo la cultura, así como puede cambiar con el paso del tiempo.
“En busca de la masculinidad”.
La identidad de género se establece entre los dieciocho meses a los cuatro años de edad aproximadamente, según el planteamiento de Stoller.
Desde el nacimiento el infante está estrechamente vinculado a la madre: simbiosis madre-infante (el psicoanálisis señala como “primer objeto” a la madre). En el caso de las niñas (hembras) la identificación en cuanto al género femenino, continúa desarrollándose a través de la relación con su madre (hasta los cuatro años de edad aproximadamente). Pero en el caso del niño (macho) tiene una tarea de desarrollo adicional: desidentificarse de su madre para identificarse ahora con su padre (entre los dieciocho meses a los cuatro años de edad aproximadamente).
Generalmente a partir de los dieciocho meses de edad, el niño o la niña inicia la comunicación con un incipiente lenguaje, que paulatinamente va estructurando percatándose que el mundo que lo rodea está dividido en opuestos: madre-padre, niño-niña, hombre-mujer, él-ella, etcétera, en este punto, el infante no sólo comenzará a observar la diferencia, sino también se orientará cómo encaja: si es masculino o femenino —según el caso— en este mundo dividido por el género.
La niña tiene la tarea más fácil de identificarse como femenina, ya que esta vinculada al primer objeto, ella no necesita desidentificarse de ésta para identificarse posteriormente con el padre. En el niño sucede algo diferente, se debe separar de la madre y desarrollarse de forma opuesta al género femenino al que pertenece su madre (aquí se habla de una «protofeminidad» que tienen todos los sujetos al nacer debido a la simbiosis madre-infante) para lograr su heterosexualidad. Esto puede explicar el por qué existen más hombres (machos) con trastorno de género u homosexuales que mujeres (hembras) con las mismas características. Algunos estudios reportan sobre la homosexualidad una proporción de dos a uno, otros de cinco a uno, y otros incluso de once a uno respectivamente. Obviamente no existe certeza al respecto, excepto lo que es evidente en la observación cotidiana. “La primera orden del día que recibe un niño es —según Robert Jesse Stoller— no ser mujer”. Esto se puede apreciar en los comportamientos que manifiestan los niños (machos) cuando afirman a sus pares: ¡Pareces niña! o ¡Eres un marica!, haciendo alusión a la conducta desplegada como afeminada; mientras que por otro lado, esto no lo expresan las niñas (hembras) a sus pares, no se escucha decir: ¡Pareces niño! o ¡Eres un masculino!
Ahora bien, si es cierto que influye de manera importante el rol de la figura paterna en el desarrollo del hijo (macho) —no necesariamente debe ser el padre biológico— el cual debe reflejar y afirmar la masculinidad de su vástago, por ejemplo jugar bruscamente con su hijo, aprender a jugar fútbol, bañarse juntos… conductas que son sustancialmente diferentes si se realizaran con su hija, a este proceso se le denomina “incorporación de masculinidad en sentido de sí-mismo” o “introyección masculina”, aunque cabe señalar que esto no es definitivo.
Podemos observar que algunas madres tienen una tendencia a prolongar la dependencia física y psíquica con su hijo. Si es cierto que la intimidad de una madre con su hijo es exclusiva y primordial porque este poderoso vínculo establece un sano desarrollo para el infante: “simbiosis dichosa” en palabras de Stoller. Cabe subrayar que también existen casos que está relación madre-hijo puede profundizarse lo que se convierte en una malsana dependencia mutua, sobre todo si la madre no tiene una relación íntima y satisfactoria con su cónyuge preponderadamente en su carácter sexual, o si presenta una soltería empedernida, no es de extrañar que dichas madres presenten una personalidad histérica. En tales casos puede poner demasiada libido sobre el cuerpo del infante, esto significa erotizarlo, por lo que utilizan al hijo para satisfacer sus necesidades de amor y compañerismo, que resulta una forma patológica de vincularse con su vástago.
La función paterna, fuerte, directa y benevolente interrumpe en esa “gozosa simbiosis” madre-hijo, donde el padre concentiza que no es saludable. Si un padre quiere que su hijo sea heterosexual debe romper el vínculo madre-hijo, pero ¿Qué otras actividades debe realizar el padre para escindir esa gozosa simbiosis? Será únicamente la madre quien podrá dar esa pauta, en el momento que, atendiendo a su hijo, se voltea para regocijarse en los brazos de su amado esposo, con lo que pone una barrera simbólica entre el hijo y ella que se traduce en: ¡Yo jamás podré ser tuya porque le pertenezco a tu padre! “Ante esta postura de rechazo de la madre hacia su hijo, pone un límite entre ella y su vástago pero al mismo tiempo le brinda la oportunidad de introyectar la masculinidad paterna. Por medio de una escena fantasmática del niño (macho), que significaría que para poder poseer a su madre, la única manera posible será parecerse a su padre y con eso cumplir su deseo de poseer a su progenitora, ya que para el infante: Papá es el que puede acariciar y abrazar a mamá, la besa en la boca y ¡hasta duermen desnudos en la cama! Algo que a la criatura se le prohíbe hacer con su madre. De esta manera, el padre debe ser un modelo, demostrando que desde su postura puede mantener una relación demasiado íntima con su esposa (madre del infante).
El padre tiene la función de servir como un amortiguador entre el vínculo madre-hijo. Y en otras ocasiones será la madre quien podrá funcionar como amortiguador del vínculo padre-hijo manteniendo a su marido lejos del niño. En estos casos es cuando la madre exclamará a su cónyuge: ¡No juegues tan brusco con él (refiriéndose a su hijo) lo vas a lastimar! En otros casos la madre puede ser directa con su hijo al decirle: ¡Hoy papá estará ocupado haciendo cosas conmigo! Con el fin de satisfacer sus propias necesidades íntimas con su marido.
En los casos patológicos la madre puede ver en su hijo a ese “hombrecito” de la casa con el que puede mantener una relación emocional demasiado íntima sin los conflictos que ella tiene que enfrentar en la relación con su marido. Además de poner mucha atención continuamente para “rescatar” a su hijo de los regaños o abusos reales o imaginarios a cargo del padre por lo que estaría fomentando la “simbiosis gozosa”. Esto se manifiesta en que siempre está dispuesta a abrazar y consolar a su hijo en cualquier desavenencia que padezca, por mínima que sea; o cuando el padre impone una disciplina, o es indiferente con su vástago, en tales casos la madre se presenta muy complaciente con su hijo.
La excesiva simpatía de la madre por su hijo puede desalentar al niño (macho) para llevar a cabo la separación materna, que será vital para su sano desarrollo psicosexual. Además, la exagerada simpatía de ella, fomenta la autocompasión, una característica que se observa a menudo en los hombres homosexuales, dicha simpatía puede también animar al niño (macho) a permanecer aislado de sus pares cuando él es herido por la burla o exclusión de su círculo social.
Por otro lado debemos indicar que no todos los niños con trastorno de identidad de género son notablemente apuestos, pero Richard Green vio una conexión y concluyó que los aspectos anatómicos bellos del niño, suele existir un señalamiento enfático por uno o ambos padres sobre tales atributos, siendo que se lo expresen directamente al hijo, o que lo manifiesten en presencia de otros cuando el vástago está presente, con lo que fomentan su afeminamiento (R. Green, “Síndrome Sissy Boy”, págs. 64-68).
En la historia del hombre el pene es el símbolo esencial de la masculinidad —la inconfundible diferencia entre macho y hembra— está divergencia anatómica hay que señalarla al niño con trastorno de identidad de género durante el psicoanálisis —según lo expresado por Green— además agrega que estos infantes consideran regularmente a su propio pene como una especie de objeto extraterrestre, algo misterioso, y en caso de aceptar su pene como un órgano propio, al llegar a la adultez sentirán una fascinación continua por el pene de otros.
El niño (macho) que toma una postura inconsciente de separarse de su propio cuerpo masculino estará orientado hacia un camino homosexual, regularmente presentará conductas afeminadas; es decir, será algo diferente con sus pares (machos) y en su infancia estará propenso a desenvolverse con niñas (hembras). Hay que mencionar que entre los cinco a once años de edad aproximadamente, los niños (machos) regularmente rompen la relación con las niñas (hembras), con la finalidad de “consolidar” su identidad de género masculina. Es frecuente observar que los niños (machos) con trastorno de identidad de género, la relación con el padre (macho) es casi nula o distante. Y por último, la opinión de Lynne Segal, sobre el acondicionamiento social para brindar y alentar las características peculiares de cada género, podría ser aún más intratables que el determinismo biológico del sexo.

Referencias.
Sigmund Freud: Tres ensayos sobre teoría sexual.
Margaret Schoenberger Mahler, y Manuel Furer: Simbiosis humana y las vicisitudes de la individuación.
Margaret Schoenberger Mahler: Separación-individuación
Psicosis infantil. Revista de la Asociación psicoanalítica americana. 15: 740-753.
Margaret Schoenberger Mahler, Fred Pine, y An Bergman: El nacimiento psicológico del infante humano.
Joyce McDougall: Teatros de la mente.
Robert Jesse Stoller: Sexo y género.
Jaime P. Stubrin: Sexualidades y homosexualidades.
Richard Green, “Síndrome Sissy Boy”.


La elección de pareja en los sujetos narcisistas.

“Poseo tres perros feroces, ingratitud, soberbia y envidia. Cuando estos tres perros muerden, la herida es muy profunda”. Martín Lutero.

En ambos géneros, las personalidades narcisistas suelen tener la fantasía inconsciente de ser hombre y mujer al mismo tiempo, renegando de este modo la necesidad de envidiar al otro género (Herbert Alexander Rosenfeld, y Béla Grunberger). Esta fantasía alienta la búsqueda de partenaires sexuales en diversas rutas, algunos de estos narcisistas, en el caso de varones buscan mujeres que inconscientemente representan una imágen-espejo de ellos mismos, es decir “gemelos heterosexuales”, con lo cual se completan inconscientemente con los genitales y las correspondientes implicaciones psicológicas del otro género, sin tener que aceptar la realidad de otra persona diferente y autónoma, es decir aceptar la alteridad. No obstante, en algunos casos, la envidia inconsciente a los genitales del otro género es tal, que la desvalorización de las características sexuales envidiadas genera una relación de gemelos asexual. Esto puede ser destructivo, porque lleva consigo una inhibición severa.
En ocasiones el deseo inconsciente de adquirir las características de ambos géneros conduce a una relación con un hombre o una mujer que son inconscientemente desvalorizados, salvo por su complementariedad sexual con el sujeto.
Otros sujetos con personalidad narcisista y físicamente atractivos, dependen mucho de la admiración de los otros, escogen un partenaire feo para sobreestimar su propia belleza. En otra perspectiva pueden elegir un “gemelo”, de modo que la aparición pública de la pareja hermosa se convierte en una fuente relativamente fiable de gratificación de las necesidades narcisistas.
La elección de una mujer a la que los otros hombres acechan incansablemente por su atractivo físico puede gratificar tanto los impulsos narcisistas como los homosexuales del sujeto.
El odio inconsciente a las mujeres (y el miedo a ellas, debido a la proyección de ese odio) constituye una fuente importante de la homosexualidad de raíz narcisista en los hombres. La elección de otro hombre como gemelo homosexual, una idealización defensiva del pene del otro como réplica del propio pene, y como reaseguramiento inconsciente de que ellos dejan de depender de la genitalidad de las mujeres, puede proteger con eficacia de la envidia hacia el otro género e incluso permite relaciones idealizadas, aunque desexualizadas, también con las mujeres.
Una fuente principal de conflictos de los sujetos con personalidad narcisista que están en una relación heterosexual u homosexual —conflictos que pueden aparecer poco a poco pero que a continuación dominan las interacciones y finalmente destruyen la relación— es la protección de la fantasía de los gemelos. El partenaire tiene que satisfacer el ideal del sujeto pero no ser mejor que él, porque ello desencadenaría la envidia; tampoco puede ser inferior, porque entonces provocaría la desvalorización y la destrucción de la relación. En consecuencia, ese partenaire, mediante el mecanismo de defensa del control omnipotente, es “obligado” a ser exactamente como el sujeto necesita que él o ella sea, lo cual restringe su libertad y autonomía, además de que implica que el sujeto es incapaz de apreciar lo que hay de único o diferente en el partenaire. No sorprende que los narcisistas que restringen la libertad de su partenaire sean los que más miedo tienen a ser restringidos o encerrados por el otro por la identificación proyectiva en acción.


jueves, 26 de octubre de 2017

La sobreinvestidura del clítoris en las mujeres homosexuales.

Los lazos que vinculan a las mujeres homosexuales con sus respectivas parejas, ya se trate de mujeres con fijación de la excitación sexual en el clítoris o la vagina, tiene que ver con el Complejo de Edipo de su infancia.
En su teoría sobre mujeres homosexuales Helen Deutsh señala que en sus vínculos siguen jugando: “a la madre y la hija”, con exclusión del padre perturbador. Algunas de estas mujeres tienden a identificarse con la madre activa y son atraídas especialmente por jovencitas. La mayor felicidad consiste en que las jovencitas “revelen” a sí misma su homosexualidad subyacente. Por el contrario, otras continúan siendo las niñas que en otro tiempo fueron atraídas, sobre todo por mujeres mayores que visualizan como maternales o protectoras, hacia las que permanecen más o menos en estado de pasividad, o bien en un estado infantil. Otras pueden vivir las dos actitudes alternadamente. Pero en todas el órgano ejecutor del placer homosexual es preponderantemente —como en la niñita “fálica” en su infancia— el clítoris, órgano que les basta para su plenitud sexual. Cabe señalar que este tipo de mujeres tienen la idea sobre el pene como un órgano generalmente grotesco inspirándoles repugnancia.
Las homosexuales tienden a excluir a los hombres y el “pene del paraíso perdido” proveniente del padre en su infancia (Complejo de Edipo) es sustituido en su adolescencia o edad adulta por las caricias eróticas que simbolizan las caricias madre-hija por los cuidados de higiene personal durante los primeros años de vida. Estas homosexuales conservan su apariencia femenina tanto en su personalidad como en su manera de vestir.
Más allá de la identificación con la madre activa primitiva, solícita con el niña, el otro tipo de mujeres homosexuales se identifica por superposición, por decirlo así, con el padre que sucedió a la madre en el desfile de los objetos para amar o para odiar de la niña. Estas mujeres presentan fantasías de su clítoris mucho más activas que las anteriores, y toda su conducta está teñida por el ideal que han asimilado: vistiendo de forma varonil y en sus relaciones que mantienen con sus parejas intentan por cualquier medio ser «hombres» para las féminas que aman. Estas mujeres pueden llegar a la voluptuosidad por medio de las caricias eróticas pero se rehúsan a tener una actitud pasiva. En lo que respecta a éstas, seguramente no podrían soportar que se comprobará, una vez más, que su cuerpo carece inevitablemente de pene.


martes, 9 de mayo de 2017

El deseo inconsciente de pertenecer a ambos sexos.

Lawrence Schlesinger Kubie describe un proceso mediante el cual el hombre y la mujer buscan inconscientemente, de igual manera, suplir o bien complementar su propia identidad de género con el opuesto. Pero cuanto más inconsciente es el impulso, más autodestructivo se torna y más influyente es en la determinación de las actividades básicas de la vida, desde la elección de la pareja hasta las aspiraciones profesionales.
Este proceso, obviamente, siempre está condenado al fracaso y a generar profundas frustraciones, ya que la meta inconsciente y deseada nunca se alcanza.
Para algunos sujetos el objetivo final del coito no es ni el orgasmo ni la reproducción —señala Kubie— sino un proceso de “cambio mágico”. Por lo tanto, el «post coitum tristis» puede estar relacionado directamente con la comprensión de que esta necesidad de transmutarse y adquirir un doble género a través de las relaciones sexuales es imposible.
Este autor hace énfasis en las implicaciones, sobre todo en las profundas repercusiones que este impulso tiene, en la falta de compromiso que experimentan estos sujetos en sus vidas cotidianas, y que es para ellos fuente de sufrimiento. Hace referencia, una vez más, a las necesidades simbólicas e inconscientes más que a los requisitos biofísicos o bioquímicos, que los símbolos orales inconscientes representan erróneamente, y que por lo tanto son insaciables. Fórmula este autor la idea, que para algunos sujetos el «pene» puede simbolizar inconscientemente un «pecho frustrado», y por lo tanto incapaz de lograr satisfacción sexual alguna, generando con ello aun más ansiedad. Añade que no hay escapatoria ni descanso posible desde el momento en que la satisfacción orgásmica inmediata se convierte en una traición pasajera –una ilusión– al desencadenar meramente una repetición de la necesidad. Entre sus hallazgos identifica muchas características del comportamiento perverso: En algún momento es necesario considerar cómo los componentes parciales del impulso a pertenecer a ambos sexos podrían estar relacionados con perturbaciones como el comportamiento exhibicionista, trastornos alimentarios, la cleptomanía y obviamente el travestismo, la homosexualidad abierta.

jueves, 27 de abril de 2017

La homosexualidad femenina y el Falo.

Esta anécdota puede ser ilustrativa para comprender la homosexualidad femenina, es una historia que versa sobre un espía del sexo masculino disfrazado de mujer. Este espía se encontraba una noche en una cafetería tomando café con sus enemigos, cuando uno de estos, sospechando del intruso, simulando un accidente vierte su taza de café entre las piernas del espía, quien por el gesto espontáneo que realizó para protegerse del líquido caliente en el lugar de su mayor debilidad (pene) desenmascaró su sexo masculino. En este orden de ideas podemos imaginar la misma historia pero con una espía del sexo femenino disfrazada de hombre, para advertir que ella no tendría esa debilidad masculina, pues no tendría nada que perder o proteger en este sentido.
Ahora bien, la mujer homosexual ha exorcizado la castración que le interesa en el otro que ella es para sí misma. Pues no ha renunciado a su sexo, únicamente se ha identificado con las insignias del otro. Y la presencia del tercero masculino se hará sentir, no sólo en el cuidado que esta mujer aportará al Goce de su compañera —de lo que extraerá ella orgullo y gloria, dejando en ciertos casos sistemáticamente de lado la búsqueda de su Goce como agente de la relación sexual—, sino también en la asociación más trivial o en el sueño, donde raramente dejará de surgir ya sea el tercero masculino, o algún objeto que lo signifique. Este testimonio masculino en el sueño, anónimo y sin rostro, es, lo mismo que los objetos que marcan la huella de su paso, el elemento central del sueño. Los juegos sexuales que, en el caso típico, tienen lugar entre dos mujeres, entre las cuales está la soñante, no tienen otro sentido que desarrollarse ante ella. Para la que sueña, que, por una parte, se implica en primer grado en la escena onírica, la referencia segunda pero principal es la de la presencia masculina, cuyo punto de vista, en cierta manera, ella adopta. De manera análoga, lo que se declara como una necesidad de seguridad en amor y el deseo de consagrarse a su pareja para que ella lo pueda ser todo, no deja de coexistir con un fantasma de idolatría efectiva al margen de una relación privilegiada. El aspecto de este fantasma prueba su filiación viril imaginaria. Pero en este engaño en que la homosexual mantiene el reto, desafío permanente que lanza al hombre castrado, ¿Quién es ella? ¿Hombre o mujer?
Si volvemos a partir de la primera indicación que nos da la clínica psicoanalítica: resulta ser una fijación parental excesiva, la homosexual ha amado demasiado a su padre. Pero lo ha amado demasiado en el sentido en que ha amado demasiado a su madre con ese amor cuya inexorable y severa frustración no ha podido soportar.
Tampoco ha renunciado al objeto de elección incestuoso. Lo ha perdido, abandonado, en el sentido en que ha rechazado su amor por su madre. Pero no por ello este objeto ha desaparecido, sino que se ha erigido en su Yo, que se organiza según el modelo del objeto desaparecido. Ella introyecta las cualidades del objeto de amor, el cual, en su Yo, está psíquicamente sobrecargado. El objeto de su amor se convierte entonces en soporte de su identificación masculina.
Ella se inviste con los atributos del padre, los de la masculinidad. Y cuando un sujeto se adorna con las insignias de aquel con quien se identifica, se transforma y se vuelve el significante de esos insignias.
Las insignias se utilizarán ante aquella a quien dichas insignias mintieron cuando el padre era su portador, dejando sin respuesta el llamado a la madre, que no tiene falo, a quien debería tenerlo si no estuviera castrado, con lo cual deja abierta esa falta que interesará al niño más allá de su madre. Pero la niña puede mantener, ante todo y contra todo, que ella posee el falo, como imagen, en lo que representa.
Para estas mujeres su madre como primer objeto de amor, es secundario porque lo que interesa es la falta que ella simboliza (carencia del falo), que es el soporte identificatorio de la homosexual.
El Ideal del Yo de la mujer homosexual podrá convertirse en la falta que hay más allá de su objeto de amor. Ella podrá ocupar el lugar de esta falta, y si el objeto faltante, es decir, el falo, en la medida en que éste le ha faltado a la madre, viene a ocupar el lugar del Ideal del Yo, entonces sobreviene el enamoramiento. El amor humilde y devoto por otra mujer que es su madre reencontrada, a la que la homosexual se propondrá como el objeto que llena esa falta. Y lo hará tanto mejor cuanto que ella no tiene ese objeto, pero lo representa.
Brindará así el ejemplo del amor por nada, de ese amor completamente desinteresado que justifica la superioridad que ella pretende y que constituye para el padre un desafío en el que ella muestra qué es un amor realmente genuino. El amor a alguien, no por lo que éste tiene, sino por lo que no tiene, es decir, el pene simbólico que está en el padre, como ella muy bien sabe, puesto que él puede dárselo a la madre, y que ella sabe que no lo encontrará en la mujer que ama.
Lo que en realidad sucederá no será la repetición de las relaciones del padre y la madre, puesto que ella no ocupa el lugar del padre. Ella ha construido ese personaje ficticio, «fetichizado» por entero comprometido con la representación de la falta de su primer objeto de amor, que ella vuelve a encontrar en su compañera. Volverá a encontrar al mismo tiempo todas las vicisitudes obligatorias de la relación con la madre, y especialmente de las relaciones agresivas más originales, las primeras rivalidades. Su efecto será el de moderar o exaltar la reivindicación del aparato de su representación, es decir, el conjunto de lo que para esta clase de mujer es la serie de atributos de la masculinidad.

domingo, 5 de marzo de 2017

La homosexualidad subyacente femenina.

Algunas mujeres heterosexuales a primera vista, podrían guardar inconscientemente tendencias homosexuales, aceptando como parejas generalmente a hombres marcadamente poco viriles o afeminados, ya que la masculinidad representa: miedo o agresión; siendo su partenaire por lo tanto un sustituto realmente maternal para ellas.

lunes, 12 de diciembre de 2016

El fantasma obsesivo del pene.

En la clínica psicoanalítica encontramos a sujetos (varón-heterosexual) con un fantasma obsesivo, este fantasma está representado por un hombre que penetra con su miembro viril a dicho sujeto, además este fantasma puede aparecer incluso en el momento preciso  del ejercicio de la relación sexual heterosexual.
Este fantasma se presenta bajo formas diversas, el cual da cuenta en muchos casos del deseo de ser atravesado por el pene como transmisor de potencia virilizante. En algunos casos se trata de un pene anónimo, incluso recortado del cuerpo del otro, pero que genera la fantasía de permitir modos más eficaces, más perfectos para responder al Goce, paliando la angustia por la propia insuficiencia respecto a la satisfacción erótica de la mujer, cuestión que constituye uno de los grandes fantasmas amenazantes, generalizados, de la masculinidad.
La simpleza de interpretarlo sencillamente como el producto de una corriente homosexual —efecto de la bisexualidad constitutiva o de los aspectos no resueltos del deseo erótico por el padre— no abarca la estructura psíquica que representa en su totalidad.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Ser demasiado varonil puede ser un intento de soslayar deseos homosexuales subyacentes.

El psicoanálisis señala que en el conflicto neurótico se ocasiona una obstrucción en la descarga de las pulsiones como resultado de la represión. El Yo se va haciendo menos capaz de manejar esas pulsiones de manera adecuada, por lo que llega el momento que es vencido por ellas, clínicamente se les llama ‹‹síntomas›› provenientes de las neurosis.
Un conflicto neurótico es un conflicto inconsciente entre un impulso del Ello que busca su descarga y una defensa del Yo que impide la descarga directa del impulso o su acceso a la conciencia.
El material psicoanalítico puede revelar un conflicto entre dos exigencias opuestas (ambivalencia), por ejemplo, la actitud exageradamente heterosexual puede ser empleada por el sujeto para soslayar deseos homosexuales subyacentes. El psicoanálisis revelará que en tal caso la actividad heterosexual se emplea con la única finalidad de defensa para evitar los dolorosos sentimientos de culpabilidad y vergüenza que siente el sujeto. La heterosexualidad, en este ejemplo, está satisfaciendo una exigencia del Yo y oponiéndose a un impulso prohibido: la homosexualidad. Por eso es todavía válida la formulación de que un conflicto neurótico es un conflicto entre el Ello y el Yo.