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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

Ensayo: El trastorno de identidad de género.

“No hay nada mas precioso en la vida y para la vida que un buen recuerdo de la infancia”. Fiódor Dostoievski.

Empecemos por definir el término “sexo” y “género” para distinguir las diferencias que presentan los sujetos de sus características “biológicas” y “socioculturales”. Hasta la década de 1960, la palabra “género” era utilizada únicamente en gramática para referirse a masculino y femenino, por ejemplo «el» o «la»; sin embargo, para explicar por qué algunos sujetos «sienten» que están “atrapados en el cuerpo equivocado”, John Money y Robert Jesse Stoller cuando estudiaron casos de transtorno de identidad de género, fueron los primeros en emplear la terminología de género en este sentido.
Stoller (1968) comenzó a utilizar el término “sexo” para determinar los rasgos exclusivamente biológicos y “género” para destacar las características femeninas y masculinas que presenta un sujeto. Aunque sexo y género se complementan, separar estos términos fue con la finalidad de brindar un sentido teórico a sus ideas, permitiendo explicar el fenómeno del trastorno de identidad de género, ya que lo que respecta al sexo y género en estos sujetos, sencillamente no coincide.
Los términos “sexo” y “género” están estrechamente relacionada pero no son sinónimos, Stoller señaló la distinción entre ellos por lo que sugirió que la palabra “sexo” se usará para referirse a las diferencias físicas y biológicas entre hombres y mujeres; mientras que el término “género” se utilizará en relación con el comportamiento y las conductas que despliegan hombres y mujeres dentro de su cultura. Esta distinción es la base para todas las definiciones de “sexo” y “género” que se encuentran actualmente.
El término “sexo” se refiere por lo tanto a las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, por ejemplo, los órganos relacionados con la reproducción, o la disposición cromosómica. Mientras que el término “género” se refiere a las diferencias culturales, socialmente construida entre hombres y mujeres, es decir a la forma que una sociedad alienta y enseña al sujeto a comportarse con diferentes conductas a través de la socialización. El género se refiere a las divergencias en las actitudes y comportamientos, y estas diferencias son percibidas como un producto del proceso de socialización y no en su aspecto biológico. También incluye las diferentes expectativas que la sociedad y los mismos sujetos establecen en cuanto a los comportamientos, cuando se denotan como masculinos o femeninos. Viendo el género como un fenómeno construido socialmente implica que, al contrario del sexo, no es lo mismo para todas las culturas, este puede variar dependiendo la cultura, así como puede cambiar con el paso del tiempo.
“En busca de la masculinidad”.
La identidad de género se establece entre los dieciocho meses a los cuatro años de edad aproximadamente, según el planteamiento de Stoller.
Desde el nacimiento el infante está estrechamente vinculado a la madre: simbiosis madre-infante (el psicoanálisis señala como “primer objeto” a la madre). En el caso de las niñas (hembras) la identificación en cuanto al género femenino, continúa desarrollándose a través de la relación con su madre (hasta los cuatro años de edad aproximadamente). Pero en el caso del niño (macho) tiene una tarea de desarrollo adicional: desidentificarse de su madre para identificarse ahora con su padre (entre los dieciocho meses a los cuatro años de edad aproximadamente).
Generalmente a partir de los dieciocho meses de edad, el niño o la niña inicia la comunicación con un incipiente lenguaje, que paulatinamente va estructurando percatándose que el mundo que lo rodea está dividido en opuestos: madre-padre, niño-niña, hombre-mujer, él-ella, etcétera, en este punto, el infante no sólo comenzará a observar la diferencia, sino también se orientará cómo encaja: si es masculino o femenino —según el caso— en este mundo dividido por el género.
La niña tiene la tarea más fácil de identificarse como femenina, ya que esta vinculada al primer objeto, ella no necesita desidentificarse de ésta para identificarse posteriormente con el padre. En el niño sucede algo diferente, se debe separar de la madre y desarrollarse de forma opuesta al género femenino al que pertenece su madre (aquí se habla de una «protofeminidad» que tienen todos los sujetos al nacer debido a la simbiosis madre-infante) para lograr su heterosexualidad. Esto puede explicar el por qué existen más hombres (machos) con trastorno de género u homosexuales que mujeres (hembras) con las mismas características. Algunos estudios reportan sobre la homosexualidad una proporción de dos a uno, otros de cinco a uno, y otros incluso de once a uno respectivamente. Obviamente no existe certeza al respecto, excepto lo que es evidente en la observación cotidiana. “La primera orden del día que recibe un niño es —según Robert Jesse Stoller— no ser mujer”. Esto se puede apreciar en los comportamientos que manifiestan los niños (machos) cuando afirman a sus pares: ¡Pareces niña! o ¡Eres un marica!, haciendo alusión a la conducta desplegada como afeminada; mientras que por otro lado, esto no lo expresan las niñas (hembras) a sus pares, no se escucha decir: ¡Pareces niño! o ¡Eres un masculino!
Ahora bien, si es cierto que influye de manera importante el rol de la figura paterna en el desarrollo del hijo (macho) —no necesariamente debe ser el padre biológico— el cual debe reflejar y afirmar la masculinidad de su vástago, por ejemplo jugar bruscamente con su hijo, aprender a jugar fútbol, bañarse juntos… conductas que son sustancialmente diferentes si se realizaran con su hija, a este proceso se le denomina “incorporación de masculinidad en sentido de sí-mismo” o “introyección masculina”, aunque cabe señalar que esto no es definitivo.
Podemos observar que algunas madres tienen una tendencia a prolongar la dependencia física y psíquica con su hijo. Si es cierto que la intimidad de una madre con su hijo es exclusiva y primordial porque este poderoso vínculo establece un sano desarrollo para el infante: “simbiosis dichosa” en palabras de Stoller. Cabe subrayar que también existen casos que está relación madre-hijo puede profundizarse lo que se convierte en una malsana dependencia mutua, sobre todo si la madre no tiene una relación íntima y satisfactoria con su cónyuge preponderadamente en su carácter sexual, o si presenta una soltería empedernida, no es de extrañar que dichas madres presenten una personalidad histérica. En tales casos puede poner demasiada libido sobre el cuerpo del infante, esto significa erotizarlo, por lo que utilizan al hijo para satisfacer sus necesidades de amor y compañerismo, que resulta una forma patológica de vincularse con su vástago.
La función paterna, fuerte, directa y benevolente interrumpe en esa “gozosa simbiosis” madre-hijo, donde el padre concentiza que no es saludable. Si un padre quiere que su hijo sea heterosexual debe romper el vínculo madre-hijo, pero ¿Qué otras actividades debe realizar el padre para escindir esa gozosa simbiosis? Será únicamente la madre quien podrá dar esa pauta, en el momento que, atendiendo a su hijo, se voltea para regocijarse en los brazos de su amado esposo, con lo que pone una barrera simbólica entre el hijo y ella que se traduce en: ¡Yo jamás podré ser tuya porque le pertenezco a tu padre! “Ante esta postura de rechazo de la madre hacia su hijo, pone un límite entre ella y su vástago pero al mismo tiempo le brinda la oportunidad de introyectar la masculinidad paterna. Por medio de una escena fantasmática del niño (macho), que significaría que para poder poseer a su madre, la única manera posible será parecerse a su padre y con eso cumplir su deseo de poseer a su progenitora, ya que para el infante: Papá es el que puede acariciar y abrazar a mamá, la besa en la boca y ¡hasta duermen desnudos en la cama! Algo que a la criatura se le prohíbe hacer con su madre. De esta manera, el padre debe ser un modelo, demostrando que desde su postura puede mantener una relación demasiado íntima con su esposa (madre del infante).
El padre tiene la función de servir como un amortiguador entre el vínculo madre-hijo. Y en otras ocasiones será la madre quien podrá funcionar como amortiguador del vínculo padre-hijo manteniendo a su marido lejos del niño. En estos casos es cuando la madre exclamará a su cónyuge: ¡No juegues tan brusco con él (refiriéndose a su hijo) lo vas a lastimar! En otros casos la madre puede ser directa con su hijo al decirle: ¡Hoy papá estará ocupado haciendo cosas conmigo! Con el fin de satisfacer sus propias necesidades íntimas con su marido.
En los casos patológicos la madre puede ver en su hijo a ese “hombrecito” de la casa con el que puede mantener una relación emocional demasiado íntima sin los conflictos que ella tiene que enfrentar en la relación con su marido. Además de poner mucha atención continuamente para “rescatar” a su hijo de los regaños o abusos reales o imaginarios a cargo del padre por lo que estaría fomentando la “simbiosis gozosa”. Esto se manifiesta en que siempre está dispuesta a abrazar y consolar a su hijo en cualquier desavenencia que padezca, por mínima que sea; o cuando el padre impone una disciplina, o es indiferente con su vástago, en tales casos la madre se presenta muy complaciente con su hijo.
La excesiva simpatía de la madre por su hijo puede desalentar al niño (macho) para llevar a cabo la separación materna, que será vital para su sano desarrollo psicosexual. Además, la exagerada simpatía de ella, fomenta la autocompasión, una característica que se observa a menudo en los hombres homosexuales, dicha simpatía puede también animar al niño (macho) a permanecer aislado de sus pares cuando él es herido por la burla o exclusión de su círculo social.
Por otro lado debemos indicar que no todos los niños con trastorno de identidad de género son notablemente apuestos, pero Richard Green vio una conexión y concluyó que los aspectos anatómicos bellos del niño, suele existir un señalamiento enfático por uno o ambos padres sobre tales atributos, siendo que se lo expresen directamente al hijo, o que lo manifiesten en presencia de otros cuando el vástago está presente, con lo que fomentan su afeminamiento (R. Green, “Síndrome Sissy Boy”, págs. 64-68).
En la historia del hombre el pene es el símbolo esencial de la masculinidad —la inconfundible diferencia entre macho y hembra— está divergencia anatómica hay que señalarla al niño con trastorno de identidad de género durante el psicoanálisis —según lo expresado por Green— además agrega que estos infantes consideran regularmente a su propio pene como una especie de objeto extraterrestre, algo misterioso, y en caso de aceptar su pene como un órgano propio, al llegar a la adultez sentirán una fascinación continua por el pene de otros.
El niño (macho) que toma una postura inconsciente de separarse de su propio cuerpo masculino estará orientado hacia un camino homosexual, regularmente presentará conductas afeminadas; es decir, será algo diferente con sus pares (machos) y en su infancia estará propenso a desenvolverse con niñas (hembras). Hay que mencionar que entre los cinco a once años de edad aproximadamente, los niños (machos) regularmente rompen la relación con las niñas (hembras), con la finalidad de “consolidar” su identidad de género masculina. Es frecuente observar que los niños (machos) con trastorno de identidad de género, la relación con el padre (macho) es casi nula o distante. Y por último, la opinión de Lynne Segal, sobre el acondicionamiento social para brindar y alentar las características peculiares de cada género, podría ser aún más intratables que el determinismo biológico del sexo.

Referencias.
Sigmund Freud: Tres ensayos sobre teoría sexual.
Margaret Schoenberger Mahler, y Manuel Furer: Simbiosis humana y las vicisitudes de la individuación.
Margaret Schoenberger Mahler: Separación-individuación
Psicosis infantil. Revista de la Asociación psicoanalítica americana. 15: 740-753.
Margaret Schoenberger Mahler, Fred Pine, y An Bergman: El nacimiento psicológico del infante humano.
Joyce McDougall: Teatros de la mente.
Robert Jesse Stoller: Sexo y género.
Jaime P. Stubrin: Sexualidades y homosexualidades.
Richard Green, “Síndrome Sissy Boy”.


martes, 14 de noviembre de 2017

Los conflictos psíquicos de la identidad de género.

Los conflictos psíquicos que manifiesta el transexual se sitúan en relación con el trastorno de la identidad de género anterior a la intervención psicoterapéutica y quirúrgica. El problema principal de la transexualidad conciernen al estado psíquico que impulsa al sujeto a realizar una castración mediante una intervención quirúrgica. Si bien en algunos transexuales la operación médica para la resignación de sexo trae un alivio, los datos siguen siendo insuficientes ya que no se disponen de historiales clínicos posoperatorios desde las diferentes ramas de la ciencia (médico, psiquiátrico, sociológico, psicoanalítico, etcétera) que comprenda al menos una década de seguimiento para una valoración veraz.
Regularmente estos sujetos después de la reasignación sexo-genérico, abandonan el tratamiento psicoterapéutico, posiblemente en un intento de olvidar, o ya no saber más de su angustiado pasado.
La complejidad de la sexualidad lleva a situaciones paradójicas, por ejemplo se puede observar a un transexual hombre que después de su resignación sexo-genérico en mujer adopte una homosexualidad femenina, es decir que únicamente mantenga vínculos o relaciones sexuales con mujeres. Por último, la experiencia ha permitido comprobar que al lado de estructuras rígidas sostenidas por una convicción casi delirante del sujeto en quien la intervención provocó cierto «alivio» psíquico, existen otros cuya transexualidad es una manifestación engañosa. En estos casos, la intervención suele ser seguida de exacerbadas manifestaciones ansiosas y depresivas que pueden llevar al suicidio. De ahí la necesidad de replantear las ideas en todos los campos que llevan a pensar que el trastorno de género es un estado “normal”, o que la intervención quirúrgica para la resignación sexo-genérico no conlleva graves consecuencias psíquicas, minimizando los «daños» que están implícitos.
Existen más preguntas que respuestas al respecto, y el campo de estudio es aun incipiente, sin investigaciones profundas sobre el tema, mientras que las decisiones que se toman ahora —sobre todo desde el campo de la psiquiatría— están motivadas marcadamente por presiones socio-culturales más que por estudios multidisciplinarios que nos acerquen a la verdad de cómo se estructura la identidad de género y las implicaciones que tiene sobre el sujeto.
Las descripciones de la transexualidad pone en primer plano el profundo malestar que padece el sujeto por pertenecer a un sexo que no es vivido como propio. Si bien, adoptan los gustos, las actitudes, la disposición convincente de identificarse con el sexo de su preferencia, esta identidad de género que pretende adquirir se observa francamente sobrecompensada.
El transexual mantiene una obsesión casi delirante por librarse de los atributos sexuales con los que nació, e intenta por todos los medios posibles deshacerse de ellos. En el caso de sujetos nacidos como varones esperan que la resignación sexo-genérico a mujer les aporte las satisfacciones sexuales que les faltan. No admiten la determinación cromosómica del sexo asignada biológicamente cuando es fecundado el óvulo por el espermatozoide. En conclusión, el sexo es impuesto por la naturaleza, reconocido y declarado a la sociedad por los padres, y autentificado por la vivencia del sujeto. Este último término puede tener un poder que los otros dos no le reconocen.
La era tecnológica nos he llevado hasta lo inconmensurable: padres que eligen el sexo de su hijo gracias a la manipulación genética y que posteriormente —cuando el vástago crezca— tenga la opción de cambiar su identidad sexo-genérico.
La menor de las paradojas de esta situación es que, aunque algunos profesionales de la salud mental siguen consideran el trastorno de la identidad de género como una anomalía psíquica, muchos de los transexuales no se sienten afectados por esto sino por el rechazo y confinamiento social, que es a quien le atribuyen, muchas veces, la ansiedad, depresión, etcétera que manifiestan.
Algunos transexuales que presentan delirios les sirve como mecanismo de “represión de la realidad”, algunos otros sin duda negarán estos delirios para contrariar esta afirmación.
En el sujeto nacido biológicamente mujer pero desea reasignarse como hombre se circunscribe a la castración ovárica, que no va acompañada de ninguna modificación aparente de los caracteres sexuales secundarios. Esto implica modificaciones variables y menores (en relación con los hombres que desean reasignarse como mujeres) casi siempre relacionadas con la repercusión psíquica de la situación más que con el efecto biológico directo. Asimismo las modificaciones consecutivas a la histerectomía obedecen indubitablemente a su impacto sobre la psique.


jueves, 1 de junio de 2017

La perversión y la Identidad de Género.

La perversión es una manera de lidiar con las amenazas provenientes de la “Identidad de Género”, es decir, el sujeto presenta una asunción precaria o incipiente respecto de su masculinidad o feminidad —según el caso— con la que no logra integrarse.

lunes, 29 de mayo de 2017

El poder del primer objeto de amor: la madre.

Robert Jesse Stoller dedicó gran parte de su investigación a estudiar los orígenes del Núcleo de la Identidad de Género, motivado por el psicoanálisis de la dinámica y la vinculación familiar en los casos de transexualismo, se centró en los diferentes elementos que contribuyen a su formación.
A medida que aumentaba el número de familias tratadas, fue haciendo más complejo y matizando su psicoanálisis evolutivo sobre esta convicción básica, hasta llegar a la conclusión de que la Identidad de Género: “Es el resultado de tres clases de fuerzas: biológicas, biopsíquicas e intrapsíquicas, que responden a los requerimientos ambientales y, en especial, a las actitudes parentales y sociales”.
«La Identidad de Género se produce fundamentalmente por las experiencias vividas a partir del nacimiento». Sus estudios con sujetos transexuales y hermafroditas le confirmaron la influencia decisiva que los factores posnatales, y en especial el poder de la madre —como objeto primario, anaclítico y narcisizante— que tiene por encima de la biología.
Stoller considera que las fuerzas biológicas (anatomía y fisiología genital externa), originadas en el período prenatal y procedentes de los diferentes determinantes del sexo, juegan un papel en la Identidad de Género como condición previa, destacándose dentro de los factores biológicos como una de las fuentes de la futura identidad genérica.
Igual que John William Money, Stoller considera que la apariencia genital externa es el primer criterio a partir del cual se inicia el proceso de atribución del género. Los genitales externos sirven como signo para adscribir al recién nacido a un sexo determinado, y facilitan la construcción de una imagen corporal que refuerce progresivamente dicha identidad. «En un desarrollo normal, la biología refuerza la Identidad de Género; sin embargo, en casos de transexualismo o en aquellos donde se produce una alteración por un síndrome cromosómico, gonadal u hormonal, ésta puede verse subyugada por la convicción y las actitudes parentales». Para Stoller, las fuerzas biológicas tienen un papel moderado y reversible, menor que el poder que ejercen los factores biopsicológicos y las fuerzas ambiental intrapsíquicas.
Un segundo tipo de factores que destaca Stoller en la formación de la Identidad de Género son los fenómenos biopsicológicos: “Son los primeros efectos posnatales causados por la manera habitual de tratar al niño —el condicionamiento, la impronta y otras formas de aprendizaje—, que especulamos modifican permanentemente el cerebro del niño/a y los comportamientos resultantes, sin que los procesos mentales de éste le protejan de tales estimulos sensoriales»".
Este factor está relacionado con lo que Stoller llama las fuerzas ambientales-intrapsíquicas, tercera fuente esencial en el establecimiento del Núcleo de la Identidad de Género. Esta tercera categoría alude tanto a los efectos de modelado (premios y castigos) como a los efectos del trauma, la frustración y el conflicto, así como a los intentos del sujeto por solucionarlos. Aunque estos dos últimos factores se refieren a las relaciones paternofiliales, Stoller prefiere distinguirlos para enfatízar la naturaleza no mental de las fuerzas biopsicológicas que se desarrollan a través de los cuidados vitales, conscientes o inconscientes. «Aunque la masculinidad y la feminidad puedan tener unas raíces biológicas, en su mayor parte son fruto de las experiencias de aprendizaje (impronta, condicionamiento clásico, operante y visceral) y de las modificaciones que resultan de la frustración, el trauma y los conflictos intrapsíquicos y los intentos por resolverlos».

Núcleo de Identidad de Género e Identidad de Género, conceptos.

Robert Jesse Stoller señala sobre la Identidad de Género: “Esa parte del Yo compuesta por un haz de convicciones relacionadas con la masculinidad y la feminidad. Se refiere a la combinación de masculinidad y feminidad de un individuo, lo que implica que tanto la masculinidad como la feminidad se encuentran en cualquier persona, pero difieren en forma y grado. No es lo mismo que ser macho o hembra, ya que esto tiene una connotación biológica; la identidad de género implica un comportamiento motivado psicológicamente”.
Según Stoller, la masculinidad y la feminidad se definen como: “Cualquier cualidad que quien la posee siente que es masculina o femenina, y que fundamentalmente se derivan de las actitudes parentales desarrolladas especialmente en la infancia. Actitudes que son más o menos las que mantiene la sociedad en general y que aparecen filtradas a través de la propia idiosincrasia de la personalidad de los padres”.
Ahora bien, para comprender la génesis de la masculinidad y la feminidad, este autor distingue la adquisición del núcleo de la Identidad de Género como el primer estadio en el desarrollo de dicha identidad. El Núcleo de la Identidad de Género es:“Ese primer y fundamental sentimiento de pertenecer a un sexo y no a otro. Es esa convicción, establecida en los dos o tres primeros años de vida, de que uno pertenece a un sexo determinado”.
Para Stoller, es importante que se diferencie la Identidad de Género, propiamente dicha, de su Núcleo, ya que aunque son aspectos relacionados, sin embargo, tienen un significado diferente. El Núcleo de la Identidad de Género es la parte más precoz, profunda y permanente de la identidad genérica. Es esa convicción, ese sentimiento que un niño y una niña tienen de ser varón o mujer, que se halla establecida antes del descubrimiento de la diferencia anatómica y del significado sexual de los órganos genitales. Este Núcleo esencialmente inalterable, este saberse varón o mujer, es el primer paso en el desarrollo de la Identidad de Género y el sexo alrededor del cual la masculinidad y la feminidad se desarrollarán gradualmente. Así pues, mientras que el Núcleo de la Identidad de Género se establece como invariable e irreversible hacia los dos o tres años de edad, la Identidad de Género masculina y/o femenina seguirá desarrollándose y modificándose a lo largo de la vida. Esta afortunada distinción conceptual nos permite tener una mejor comprensión acerca de la complejidad del sentido de identidad. Por ejemplo, podemos describir a un varón transexual como una persona que se siente mujer (Núcleo de la Identidad de Género), aunque su biología y anatomía sea propia de un varón (Identidad Sexual), y pueda manifestarse femenino y/o masculino (Identidad de Género).
Aunque Stoller, a diferencia de John William Money, apenas utiliza el término Rol de Género, lo definió como: “La conducta manifiesta que desarrollamos en la vida social, el rol que desempeñamos, especialmente ante otras personas para dejar establecida nuestra posición ante ellos en lo que se refiere a la evaluación del propio género y el de los otros”.
Para Stoller, a veces, es difícil analizar este concepto, ya que, al jugar un papel importante en la conducta sexual, puede resultar complicado separarlo de las connotaciones biológicas que subyacen en dicha conducta.

La feminidad inicial.

Robert Jesse Stoller fue el prímer psicoanalista que reconoció la importancia de distinguir entre «sexo» y «género», por lo que su obra está dedicada a introducir y desarrollar el concepto «género» en la teoría psicoanalítica. Sus aportaciones teóricas sobre el desarrollo de la “Identidad de Género” supusieron una revolución dentro del círculo psicoanalítico y un medio de difusión para que esta categoría fuese tenida en cuenta en el ámbito de las ciencias sociales.
Stoller rebatió algunas de las teorías de Sigmund Freud sobre el desarrollo de la masculinidad y la feminidad. Por ejemplo, estuvo en total desacuerdo con la teoría de la masculinidad innata. Como señala Élisabeth Badinter, Freud reduce la bisexualidad originaria al primado de la masculinidad, Stoller sugiere en cambio que dicha bisexualidad originaria se reduce al primado de la feminidad, siendo así el primer psicoanalista que utilizó el concepto «protefeminidad» para referirse a esa primera etapa de la vida en la que se da un Ideal del Yo primario femenino en ambos sexos, resultado de la identificación especular, debida a la simbiosis madre-infante.
Al ser la progenitora quien realiza las labores de maternaje, se erige en el Ideal del Yo temprano, tanto para el niño como para la niña, estableciendo para ambos sexos una teoría preedípica de la feminidad y provocando diferencias en el proceso de separación-individuación.
Los niños (macho) necesitarán separarse de la madre para poder desarrollar su masculinidad, mientras que para las niñas (hembra) su feminidad no dependerá de que logren dicha separación. Desde esta perspectiva, Stoller difiere de la argumentación defendida por Freud sobre el carácter primario de la «envidia del pene». Para él, ésta no es sino secundaria dado que la niña (hembra) ya ha establecido su “Núcleo de Identidad de Género” antes del reconocimiento de la diferenciación genital, sin vivir conflicto intrapsíquico alguno o al menos no tan drástico como lo supone Freud.

La conformación del Núcleo de Identidad de Género.

John William Money señala que la edad cuando se establece el “Núcleo de Identidad de Género ” coincide con la etapa en que se instaura el lenguaje conceptual del infante.
Dentro de los primeros dieciocho meses de vida, la convicción básica de pertenecer a uno u otro género no queda establecida en el menor. Será a partir de este momento que inicia el desarrollo, el cual quedará concluido, entre los tres y cuatro años de edad. Posiblemente el género masculino (tratándose de niños nacidos biológicamente machos) sea más tardado en conformarse, por la desidentificación que debe ocurrir con su madre como el «primer objeto de amor».

domingo, 28 de mayo de 2017

Feminidad y masculinidad.

Feminidad y masculinidad.

Para Robert Jesse Stoller, la distinción entre «sexo» y «género» supone una terminología operativa que puede acabar con la teoría biologista en favor de un análisis más psicosocial de la «masculinidad» y la «feminidad».
En esta misma línea John William Money, expresó que era necesario distinguir «sexo» de «género» ya que para él no existe una dependencia unívoca e inevitable entre ambas dimensiones, por el contrario, situaciones como el transexualismo le confirman que ambas dimensiones pueden tener un desarrollo independiente.
En su teoría Stoller utiliza la palabra «sexo» para referirse a los componentes biológicos que distinguen al «macho» de la «hembra» y que engloba los cromosomas, las gónadas, el estado hormonal, el aparato genital externo y el aparato reproductor sexual interno, las características sexuales secundarias y la organización cerebral. Stoller relaciona el adjetivo «sexual» con la anatomía y la fisiología, mientras que el término «género» lo reserva para señalar el dominio psicológico de la sexualidad, que abarca los sentimientos, pensamientos, roles, actitudes, tendencias y fantasías que, aun hallándose ligados al sexo, no dependen de factores biológicos. Para Stoller el «género» es de orden psicológico y cultural, alude a la «masculinidad» y la «feminidad» sin hacer referencia a la anatomía y fisiología. A lo largo de su obra, indica la conveniencia de utilizar los términos «macho» y «hembra» para referirse al sexo, y propone «masculinidad»y «feminidad» para calificar al «género». Desde esta conceptualización plantea estudiar la génesis y desarrollo de la «masculinidad» y la «feminidad» fundamentalmente a través de dos conceptos psicológicos: “Identidad de Género” y “Núcleo de Identidad de Género”.
Transcribiendo las palabras que dijo Stoller sobre la Identidad de Género, fueron: “Un concepto esencialmente psicológico que tiene sus raíces en la actitud de los padres y de la sociedad respecto a la anatomía y la biología a las cuales impregnan”.
Continuando con este autor, manifestó que el término «Identidad de Género » surgió como fruto de una serie de discusiones que sostuvo con Ralph Greenson para dar forma a su trabajo.

jueves, 11 de mayo de 2017

Psicoanalistas que defienden la feminidad o la masculinidad inicial en el infante.

En la historia del psicoanálisis se han dividido los autores entre la feminidad o masculinidad inicial en el infante. Entre ellos tenemos primeramente a Sigmund Freud en su idea de una masculinidad primaria: «monismo fálico» y le siguen Jeanne Lamp de Groot, Helene Deutsch, Ruth Mack Brunswick, Marie Bonaparte, Janine Chasseguet-Smirgel y Jacques-Marie Émile Lacan. Y por otro lado los que se apartan del freudismo, sosteniendo la precocidad y anterioridad de una posición francamente femenina en la infancia Eduardo Müller, Karen Horney, Melanie Klein, Alfred Ernest Jones, Gregory Zilboorg, Marie Langer, Edith Jacobson, Robert Jesse Stoller, Irene Fast y Fanny Blanck.
¿Cuáles son los ejes polémicos sobre los que se han asentado las diferencias teóricas? Básicamente los siguientes:
1.- Conocimiento versus desconocimiento de la vagina.
2.- Contemporaneidad de impulsos orales y genitales (vaginales).
3.- Deseos tempranos del pene del padre.
4.- Conocimiento congénito y/o precoz de la diferencia de sexos y del intercambio sexual entre los padres.

miércoles, 19 de abril de 2017

La sobreprotección maternal y el transexualismo.

Leslie M. Lothstein destaca en sus investigaciones con madres de hijos transexuales masculinos y femeninos, sobre la función que ejerce la madre en la etiología del transexualismo de su vástago. Según este autora: “Estas madres son incapaces de tolerar la separación e individuación de sus hijos vía identificaciones masculinas y permanecen vinculadas a sus hijos vía identificaciones femeninas. Parecen percibir la distinción del género masculino del niño como una amenaza a su propia integridad personal”. Lothstein describe un posible proceso en la educación de las hijas que se convierten en transexuales: “Estas madres experimentan también las identificaciones prolongadas y continuadas de sus hijas como una amenaza a su integridad personal. Al alejar activamente a sus hijas de las identificaciones femeninas, parecen protegerse de la fusión simbiótica y de la regresión. Nuestros datos clínicos sugieren que las identificaciones masculinas de sus hijas pueden ser parcialmente defensivas, para evitar los recíprocos deseos homicidas”.
En este orden de ideas, señala: “La propensión a trastornar una de las identidades de género del hijo varía en función del sexo del niño, las tensiones en su matrimonio, su relación con su propia madre y el actual estado de su conflicto bisexual”.
Por lo tanto, estos niños acceden a los deseos de su madre como única forma de supervivencia, y al hacerlo crean un falso sentido de sí mismos que incluye defectos estructurales del Yo y deficiencias de éste.
Esta misma idea comparte Therese Benedeck: “El psicoanálisis demuestra a menudo que los padres toman conciencia de las propias motivaciones inconscientes que dirigen hacia sus hijos, al prever el comportamiento de éstos y sus motivaciones inconscientes [...]. Parece como si padres e hijos, cual si de paranoicos se tratara, consiguieran lo que prevén con ansiedad, e intentaran a la vez evitar”.
Regularmente en estos trastornos están varias generaciones implicadas, por ejemplo la mujer que vivió su infancia junto a una madre cruel y castigadora, sometida a su propio Superyó, se identificará con su progenitora violenta cuando se convierta en madres y puede atacar con facilidad al hijo decepcionante y privado de un ambiente estable. Ésta madre seguramente experimenta a su hijo como un ser que no satisface sus propias motivaciones inconscientes al momento de ejercer la maternidad (Brandt Steele).

jueves, 9 de marzo de 2017

El odio inconsciente que padece el sujeto perverso.

Tanto para el hombre como para la mujer la perversión implica una profunda ruptura entre la «sexualidad genital madura» como fuerza vital, renovadora y amorosa, y la precaria sexualidad que denota, que en realidad corresponde a etapas primitivas de su desarrollo: «pregenitalidad» (antes del Complejo de Edipo) mismas que impregna todo el cuadro de su vida sexual.
En el caso de la perversión masculina, la profunda ruptura se da entre lo que el sujeto experimenta como su madurez anatómica y las representaciones mentales de su cuerpo, en el que se ve a sí mismo como un bebé indefenso, incontenible y desesperado. Por lo tanto, aunque responda físicamente con un orgasmo genital, las fantasías que se representan en su psique pertenecen a las etapas preedípicas.
Posteriormente, ya en la adolescencia o adultez, se prepara para vengarse, careciendo de la conciencia de su odio que subyace en todo impulso sexual. De hecho, habitualmente no comprende qué es lo que le domina ni por qué razón hace esas cosas que, en realidad no le proporcionan un placer sosegado sino una breve sensación de bienestar, aunque con la duración suficiente como para aliviar momentáneamente su creciente ansiedad o angustia. Desconoce por qué una sensación extraña, que sabe perfectamente que no es correcta por considerarse socialmente inaceptable, hace que se sienta mejor. Le resulta aun más desconcertante saber que existen alternativas que obviamente le serían mucho más satisfactorias y que son admisibles en su entorno social. Es consciente, con todo el dolor que ello implica, de la compulsión a repetir la acción, pero no es del todo consciente de la hostilidad que la provoca. Además, la certeza de quién es la persona a la que odia y de la que quiere vengarse verdaderamente en sus actos perversos, permanece sumergida en su inconsciente.
Ahora bien, se suponía que las mujeres eran incapaces de cometer actos perversos al igual que los hombres pero bajo las observaciones que nos proporciona el psicoanálisis desde hace dos o tres décadas, nos ha mostrado que la principal diferencia entre la acción perversa masculina y femenina está en el objeto ¿Qué significa esto? Que mientras en el caso de los hombres el acto perverso se dirige hacia un objeto parcial externo, en el de las mujeres habitualmente se dirige contra sí mismas, bien contra sus cuerpos o contra objetos que consideran de su propia creación, esto es, sus hijos. En ambos casos, cuerpos e hijos son tratados como objetos parciales.
El perverso siente que no se le ha permitido disfrutar de la sensación de una evolución propia como sujeto diferenciado, con una identidad propia; en otras palabras, no ha experimentado la libertad de ser él mismo. Esto crea en su interior una profunda convicción de que no es un ser total, sino un objeto complementario de su madre, tal y como experimentó a su progenitora cuando era muy pequeño. Esto aunado a sentirse durante su infancia como no querido, no deseado, e ignorado, alternadamente como un vástago importante pero casi indiferenciable regularmente de su madre. En este último caso el infante se siente sofocado y sobreprotegido (lo que en términos del psicoanálisis significa totalmente desprotegido). Ambas situaciones crean una enorme inseguridad y vulnerabilidad, e inducen un odio intenso hacia la persona que las ha provocado cuando era infante: su madre. El sujeto perverso por lo tanto pasa de ser víctima a ser verdugo. En sus acciones perpetran las represalias y humillaciones que previamente se le infligieron. Tratan a sus víctimas de la misma forma en que ellos se sintieron o fantasearon ser tratadas: como objetos-parciales que sólo existen para satisfacer caprichos y extrañas expectativas. En consecuencia tal actuación sexual que presenta el perverso es una defensa maníaca contra los terribles temores relacionados con la amenaza simbólica de perder a la madre y un sentido de identidad, algunos psicoanalistas van más allá, distinguiéndola como la «identidad de género» en el caso de los hombres.
El rasgo fundamental de la perversión es que, simbólicamente, el sujeto intenta vencer el miedo terrible a perder a su madre a través de la acción perversa. Siendo niños nunca se sintieron a salvo con su madre, por el contrario consideraban a su progenitora como una persona muy peligrosa, lo que les producía una sensación de máxima vulnerabilidad. Por consiguiente, la motivación subyacente a la perversión es de tipo hostil y sádico. Este mecanismo inconsciente es característico de la mente perversa.

miércoles, 8 de marzo de 2017

El origen de la perversión del hombre.

Dentro del tradicional marco psicoanalítico –es decir, las teorías postuladas por Sigmund Freud– la perversión en los hombres se interpreta como el resultado de un Complejo de Edipo no resuelto que incluye como componente central y fundamental la angustia producida por la castración. Cuando el varón edípico llega a la edad viril es incapaz de experimentar la primacía genital con una mujer, ya que su madre permanece en su inconsciente y siente una extrema angustia ante la posible castración ejercida por su padre. Pasará a renegar la diferenciación entre los sexos y crea una «madre fálica».
Esta «teoría tradicional», con su paralelismo impuesto entre niños y niñas, fue abandonada por otros investigadores a la luz de estudios sistemáticos de las observaciones de la simbiosis madre-bebé y la conciencia de la importancia que tiene para ambos sexos el período de apego a la madre, o la llamada fase pre-edípica (desde recién nacido hasta los tres años de edad).
En la actualidad se considera que la psicopatología perversa en los hombres se desarrolla en esta fase, durante la cual la psicogénesis está profundamente relacionada con los intensos temores de ser abandonado o seducido por la madre, así como el «trastorno de la identidad de género» que tergiversa la estructura psíquica. Parece evidente que la perversión masculina es regularmente el resultado de un conflictivo con el primer objeto de amor (madre) que se ubicaría —reiterando— entre el nacimiento y los tres años de edad aproximadamente.

lunes, 6 de marzo de 2017

La conversación íntima madre-hija.

Entre los seis y siete años de edad aproximadamente —en plena incandescencia emocional por el Complejo de Edipo— la niña (mujer), el hecho de haber observado o escuchado las relaciones sexuales de una pareja, o la de sus padres, así como la verbalización por otros niños del modo como se dan estas relaciones íntimas pueden producir un traumatismo en la niña. Esto dependerá primordialmente de la situación emocional que exista entre la madre y la hija ¿Qué significa esto? En efecto, a la edad señalada con anterioridad, la «angustia de violación» actúa —en la niña— por sí misma como estimulante de la voluptuosidad genital mantenida a raya por los sentimientos legítimos de «inferioridad personal» (carencia de pene), que la niña recurra a la seguridad representada por la madre, cuando ésta es amada y comprensiva, resulta ser efectivamente útil. Cuando la niña refiere lo que ha visto o escuchado u oído decir y, por prudencia, testimonia su rechazo y su estupefacción frente a las declaraciones de sus amistades de su misma edad que sostienen haber presenciado de alguna manera el coito, todo dependerá del modo en que la madre la acoja; si asiente sobre la exactitud de los hechos y agrega las nociones de deseo y de placer que forman parte de la vida sexual de los adultos, así como la de fertilidad eventual como efecto del coito, esta acogida abrirá el camino del «desarrollo libidinal genital sano». Cuanto peor acogida reciba la niña y menos aclaraciones se le brinden, tanto más culpabilizará sus propias pulsiones genitales.
Esta explicación dada por la madre con ocasión de esta «confidencia» permite que el acontecimiento contribuya a la serenidad del sentimiento de pertenecer al género femenino. Si en lugar de regañarla, castigarla o negar el hecho, la madre afirma la realidad de la penetración del sexo femenino por el sexo masculino que la niña ha podido observar por azar o que le fue contada por otros niños, si acompaña esta confirmación con la explicación de la que carecen a menudo las niñas pequeñas, de la necesidad de la erectilidad pasajera del pene, si la madre le explica la motivación voluptuosa de este hecho, permite que su hija acceda a la comprensión del papel de la «complementariedad armónica entre el hombre y la mujer». Por supuesto, la madre debe aclarar que, cuando las personas son adultas, cuando sus cuerpos y sus corazones están de acuerdo, se trata de placer natural, y no representan de ningún modo disgusto o dolor alguno. Tal conversación inducida por un acontecimiento fortuito, como ocurre siempre en esta época de la vida de una niña, aporta, con la realidad al fin completa, cierta seguridad en relación con las emociones perturbadoras que sintió y que reconoce muy bien en sí misma, quizás en los márgenes de su conciencia clara, sostenida por la indulgencia comprensiva de la madre. Así, la noción actual de la renuncia sexual al objeto adulto sólo queda mejor reforzada. Cuanto más se expliquen y conozcan las relaciones sexuales, tanto más neto será el renunciamiento, por motivaciones endógenas, por lo menos pasajeras, hasta la nubilidad, edad lejana aún para ella en la cual el aspecto físico de su cuerpo le es anunciado por su madre, que le explica que se volverá semejante al de todas las mujeres y con ello disfrutará del amor y la sexualidad que se le presenten durante el resto de su vida.

lunes, 13 de febrero de 2017

La búsqueda incesante de la feminidad.

Sigmund Freud concibe la feminidad básicamente gobernada por un acentuado narcisismo, esto significa que prefiere ser amada a amar; practica con devoción el culto a su cuerpo, ya que cuanto más atractivo más lo equipara a la posesión del pene envidiado en la ecuación cuerpo-falo; la elección de objeto es conforme al ideal narcisista del hombre que hubiera querido ser; cuando sea madre el hijo le deparará las satisfacciones de todo aquello que de su «Complejo de Masculinidad» ella esperaba, y la intensa «envidia al pene» presente en su vida psíquica es la razón de su escaso sentido de justicia.
Quizá sea Piera Aulagnier quien mejor da cuenta de la incidencia de lo «simbólico» en la estructuración de la mujer, al marcar que la feminidad es ante todo una «cuestión de hombres», descansando en su condición de deseada, condición que sólo objetivará a través de la mirada masculina.
Para Aulagnier en este punto residiría esa feminidad tan envidiada y explorada, espiada, buscada, que toda mujer persigue. Si la mujer está más o menos siempre en una relación de rivalidad con sus semejantes (histeria normal), sería para constatar cuál es el rango de deseabilidad y cómo, a través de qué atributo, «la otra» logra despertar el deseo del hombre, investigación que también persigue a través del hombre, buscando saber qué desea él en la otra mujer.
En una productividad que toma como punto de partida ideas de Jacques-Marie Émile Lacan, Aulagnier se aparta un tanto de la formulación estructuralista ahistórica, de que el hombre no tiene mejor suerte que la mujer en la organización de su deseo (ya que también se halla marcado por la «falta», pues en rigor él tampoco es el «falo», ya que sólo posee un «pene» que lo simboliza).
Puntualiza una clara diferencia entre la estructura del deseo del hombre y la mujer: mientras el hombre puede escindir el deseo del amor, esto es imposible para la mujer. «En esta posibilidad y en esta afirmación sustentará su potencia masculina, su orgullo, su narcisismo, quiere ser capaz de un deseo autónomo, en estado puro, frente al cual la mujer sea un objeto intercambiable (sólo un objeto «a» según teoriza Lacan).» La estrategia masculina para negar la castración, cuyo espectro se perfila sobre la castración materna, es entendida en estos términos por Aulagnier: “...si es preciso el amor para que exista el deseo, entonces su supremacía fálica revela estar sometida al antojo de la Otra: la mujer se acerca al lugar vedado que tenía la madre, aquel cuya falta amenaza siempre con remitir a la nada su papel de ser que desea. Pero si, por el contrario, cualquiera puede permitirle reconocerse como ser que desea, si cualquier mujer, sin que tenga ni una palabra que decir, y cualquiera que sea su deseo le basta para que pueda afirmarse como «amo del deseo», entonces la amenaza materna es vana...”
En cambio la mujer se declarará siempre partidaria del amor único, ya que algo se opondría a que se conciba sólo como objeto de deseo, siempre buscará el amor y sólo por amor logrará en el mejor de los casos el goce sexual. “No la hiere el ser deseada, lo que no puede tolerar y lo siente como una decadencia es que el hombre le revele saber que ella no es sólo deseable, sino sobre todo que está deseosa del deseo de él y que se desenmascare su carencia. Obviamente tampoco soporta ser descubierta como «sujeto de deseo»”.
Pero, ¿por qué esta angustia, qué marca este corte tan neto entre el hombre y la mujer, esta fractura entre el goce y el deseo que se situaría en el nudo de la feminidad? Es que para la mujer, si experimenta goce no puede transformarse en el signo de otra cosa, si descubre que no es para el hombre sino el instrumento de un goce en el que el amor no tiene lugar alguno, y si su propio placer le confirma que ha revelado a su partenaire que a ella le «falta» algo, entonces se desmoronaría toda valorización narcisística. De ahí que la mujer tome la vía del simulacro, del engaño, de la mascarada (siendo ella misma la primera engañada) y con extrema atención tratará de atisbar, desentrañar cómo él la desea y, sólo «por amor» asumirá el papel que él propone y le será fiel, ya que el hombre, siempre listo en la reivindicación de su autonomía de ser que desea, no está dispuesto a considerar la reciprocidad cuando él no es el beneficiario.
Lo que surge como esclarecedor en el planteamiento de Aulagnier es la articulación que establece entre la valoración narcisista y la sexualidad como condición de acceso a la feminidad. Aunque también el clivaje entre histeria y feminidad pasa por el logro o no del goce, este último sería dependiente de un investimento narcisístico previo. Aulagnier sostiene que lo que Freud denominó una feminidad normal implicaría que «...la mujer haya podido hacer del deseo que brilla en la mirada del hombre la fuente misma de su investidura narcisística, pues, no lo olvidemos, no se puede amar si antes uno no se ama a sí mismo. Podrá aceptar saber que en cuanto sujeto de la carencia puede encontrar su lugar de deseada...». Si este prerrequisito no se cumple —la investidura narcisista del deseo del hombre por ella— rehusará a su partenaire todo surgimiento de placer, su frigidez desmentirá que el «pene» sea el emblema y la sede tanto del goce como de la valoración narcisista y será él quien deberá interrogarse acerca de qué es para ella el «objeto del deseo». En el triunfo del engaño la mujer recuperaría el poder, el «falo», pero a costa de su «goce».

domingo, 12 de febrero de 2017

El dilema de la sexualidad femenina.

La mujer se enfrenta a una encrucijada, por un lado, cuando más acepte e internalize los estereotipos de nuestra cultura sobre los valores «intrínsecamente femeninos» (como lo prescribe el modelo de la pureza sexual) más se aproximará a la personalidad histérica o dependiente, por lo que su sexualidad podrá permanecer en un letargo asintomático, si sobre ella no se «inviste» ningún otro valor.
Pero por el otro lado cuanto más aspire a una equiparación al hombre, más competitiva se volverá (castradora) y mayor dificultad tendrá en aceptarse como «objeto causa del deseo» del hombre, pues se sentirá reducida simplemente a un cuerpo que «goza», y no es precisamente esa meta la que su Ideal del Yo le impone.
Podemos también percibir que existe otra dimensión en el «deseo del hombre» por la mujer, que ésta se halla ávida por escudriñar y descubrir: si este deseo se extiende más allá del sexo. Si el hombre que comienza a ser atraído por la grácil jovencita también reconoce en ella algo más que un cuerpo.
Ahora bien, ¿qué destino puede imaginar una jovencita, si tiene una madre que siente devaluada y cae en esa categoría de no sentirse nada?
La homosexualidad latente o manifiesta en la mujer histérica, no busca a otra fémina a la que desea sexualmente, sino inconscientemente quiere encontrar más bien a una mujer que represente una «imagen valorizada de la feminidad». Es una búsqueda desesperada por la reivindicación narcisista de un género poco narcisizado en la historia de la cultura.

viernes, 10 de febrero de 2017

¿Qué es una mujer?

Los estudios realizados por Inge Komers Broverman, Donald Broverman y colaboradores, en relación a la «personalidad adulta» y la «feminidad» encontraron una gran discrepancia por la notoriedad en la que se fundamentan los estereotipos del rol sexual.
En cuanto al estudio sobre las cualidades necesarias para desempeñarse como adulto se encuentra la capacidad de pensamiento autónomo, toma de decisiones precisas, visualización clara y acción responsable, las consideran no sólo atributos masculinos, sino cualidades indeseables de la feminidad. Esto se puede apreciar tempranamente en la adolescente (mujer) con una educación convencional —aquella que se identifica con las reglas y expectativas de los otros, especialmente con la de los padres, y autoridades, y que las interioriza— por lo que mantendrá su identidad «en suspenso», en estado latente, preparándose para atraer al hombre por el cual se nombrará, por cuyo status se definirá, cuyos valores adoptará, el hombre que la rescatará del vacío y la soledad llenando su «espacio interno». Mientras que en el hombre la identidad precede a la intimidad y al compromiso en una relación afectiva con su partenaire, en la mujer estos procesos se hallan fusionados. La intimidad va junto con la identidad, y la mujer llegará a saber sobre sí en la medida en que se relaciona heterosexualmente con su pareja.
Un claro ejemplo lo podemos observar en el psicoanálisis de los cuentos de la “Bella Durmiente” y “Blanca Nieves” realizado por Bruno Bettelheim. Este autor observa la reconcentración en el interior y el estado latente de la adolescente hasta que llega el príncipe que definirá su ser. Esta línea de desarrollo, en que la identidad precede a la intimidad, y el crecimiento humano implica separación e individuación, es la directriz en la definición del ciclo humano; todo lo que signifique apego y dependencia será entonces retraso y desviación: o sea, la feminidad. Junto a este sistema dual de requerimientos y expectativas para el desempeño social, la adolescente también descubrirá —y deberá ubicarse en alguna de las categorías descritas pre, post o sencillamente convencional— que en el orden cultural donde ella se inscribe, existe una moral sexual también dual, diferente tanto para hombres como para mujeres.
Para los adolescentes (hombres), la Ley del Deseo, de su legitimación, de las ventajas tanto de su puesta en acto, como de las múltiples y numerosas experiencias, de la libre expresión y comunicación sobre la sexualidad. Motivo por el cual mientras más experiencias sexuales, «mejor hombre será». En cambio las niñas-mujeres serán introducidas en la «moral del respeto», que se constituye en una de las reglas primordiales de la feminidad. Examinaremos detenidamente esta peculiar normativización de la mujer por la paradoja que encierra. «Apenas la niña alcanza la pubertad, o antes, descubre que en tanto género las mujeres son agrupadas, clasificadas, consideradas no sólo en forma desigual en relación a los hombres, sino en relación a su propio género». Están las mujeres respetables, respetadas y las que se hacen respetar y las otras, las mujeres «fáciles», «ligeras», de rango rango, lo que en un período anterior era sólo un significante ofensivo, ahora se abrocha al significado. Esta línea de clivaje se traza sobre la legitimación social del ejercicio de la sexualidad, ley aplicada sólo al deseo femenino. El infante es introducido en un mundo social primario y elemental que le permite la organización de su deseo gracias a la instauración en la cultura de una prohibición, la “prohibición del incesto”.
La niña se introducirá en el mundo de los adultos; el ser marcada por la ley que prohíbe el libre ejercicio de su deseo, la moral sexual que la definirá ante sí misma, ante las demás mujeres y hombres como un determinado “tipo” de mujer.
Pero la importancia de este hecho no sólo radica en que la adolescente, a diferencia del contraparte (varón), tendrá que vigilar su deseo, sino también desarrollar controles para sus impulsos —generalmente basados o en el terror persecutorio frente a las consecuencias que le acarrearía el satisfacerlo, o en férreos principios morales—, sino que tendrá que hacer frente al desbalance narcisista que el dilema de la feminidad le acarrea.
«Para ser mujer debe acceder a la sexualidad, pero para ser una mujer respetable debe reprimir su deseo». La moral se opone a la pulsión. Para ser mujer y valorizarse como tal debe tener experiencias sexuales, no puede ser una «fuera de onda», una «tonta», una «no avivada», es decir, debe ser «sexy», «seductora», y con ello manipular los resortes del hacerse desear, lo que la convierte en una narcisista que prefiere que la «amen a amar». Pero este narcisismo, el del desear el deseo y no su satisfacción, la mantiene a distancia de la acción concreta, de la vivencia, del placer, del aprendizaje y la madurez sexual, y, por tanto, en el fondo no se narcisiza porque sabe de su déficit en tanto mujer-niña, o sea, virgen.
«La virginidad constituye la expresión más pura de la estructura profundamente contradictoria del rol sexual exigido y esperado en la mujer. Si la conserva, mantiene el honor de su género, lo que eleva su narcisismo, pero permanece en un nivel de erotismo infantil que la hace sentirse incompleta; si por el contrario accede al deseo y su sexualidad se cultiva, creciendo como hembra, cae presa del tormento de perder al hombre y pasar a la categoría de mujer deshonrada o de verse compulsada a formalizar una unión precoz para evitar este riesgo, todo lo cual se halla lejos de narcisizarla».
¿A quién confía sus dudas, temores, sufrimientos? Generalmente no encuentra a la madre receptiva y disponible para facilitar la iniciación de su sexualidad, pues la madre no puede abrir una temática, una comunicación que comprometería su rol de educadora. Si la madre estimula la sexualidad de su hija mujer, ¿cómo enfrenta ella misma el dilema de la virginidad, paradigma del honor de su género? Razón por la cual evita el tema, la confrontación y el compañerismo en esta etapa. La niña se dirige entonces hacia sus pares, pero corriendo el riesgo de no ser cabalmente comprendida, y que la amiga, arrastrada también por los dilemas puberales y adolescentes, la condene con el calificativo de «puta», fantasma siempre cercano para cualquier mujer (adolescente o adulta) que tiene como empresa principal en su vida «cuidar su reputación». Por tanto, la joven esconderá su curiosidad, reprimirá su deseo, inhibirá la fantasía y esperará al hombre con quien en la intimidad del amor podrá comenzar a investigar: ¿Qué es una mujer?

lunes, 6 de febrero de 2017

El inextricable camino a la masculinidad.

El primer y principal modelo de identificación es la madre, trátese de un niño o una niña (por lo que podemos decir que todos partimos del género femenino cuando nacemos) pero para que se establezca el núcleo de la identidad de género masculino en el niño (varón) éste debe buscar activamente la identificación con los hombres, por lo que debe necesariamente desidentificarse de su madre a partir de los dieciocho a los veinticuatro meses de edad aproximadamente.
Si el niño (varón) después de los veinticuatro meses continua imitando la dulzura, los movimientos, los gestos maternos, se feminiza. Por tanto, si bien el varón cuenta con la ventaja que su objeto de amor no varía a lo largo de su evolución (hacia las mujeres), no es tan simple en cuanto al desarrollo de su identidad de género, pues la identificación a la madre no promueve su masculinidad.
Esta modificación a las ideas de Sigmund Freud sobre el desarrollo psicosexual, proviene sobre todo de los hallazgos de Robert Jesse Stoller en los casos de transexualismo masculino.
Los niños desarrollan una identificación femenina temprana que no parece resultar de un grave conflicto, pero si esa unión-fusión es «prolongada, constante y absorbente» con la madre, además de un conjunto de factores que, si cumplen la condición de hallarse todos presentes, darían como resultado un transexual varón. Estos son los factores que podrían intervenir decisivamente en el trastorno de la identidad de género: gran belleza física del infante varón; exacerbada intimidad y cercanía en la relación temprana madre-hijo (que se acerca al modelo de relación incondicional y además perfecta de la cual el niño no parece querer desprenderse tan fácilmente); madres con severos síntomas de masculinidad en su desarrollo o deseos de ser varón que experimentan con una extrema felicidad y orgullo; mujeres que previamente al nacimiento del niño sufren una depresión crónica sin esperanzas, una vida inerte sin ningún otro estímulo afectivo proveniente del exterior; relaciones de pareja caracterizadas por prolongadas ausencias físicas del esposo, graves conflictos en el vínculo emocional con su partenaire, o incluso una indiferencia total con su cónyuge; un esposo pasivo, inafectivo y despreciado por ella que abandona totalmente la crianza del niño en sus manos; una madre carente de afectos por parte de su cónyuge y emocionalmente apartada de él; y el deseo consciente o inconsciente de la madre por tener una hija (sexo biológico hembra) pero que para desgracia de ella, resulta ser niño (sexo biológico macho).
Lo que más llama la atención de este tipo de relaciones es la calidad de la intimidad entre madre-hijo (simbiosis patológica) que se denota en la forma en que se miran a los ojos, la intensidad de sus abrazos, la suavidad de la voz, lo prolongado de las caricias, la forma de yacer entre sus brazos. Stoller acota que estas cualidades de la relación madre-hijo están representadas en el caso de dos enamorados adultos, que despiertan y desarrollan el sentimiento de fusión, pero en el amor adulto la intensidad de la fusión se apoya en su contrario, el odio; dentro de esta fusión existe también una clara conciencia mutua de lo que es la separación y diferencia, «esto es gracias al sentimiento del odio que tiene la función constante de separar y poner un límite entre los amantes para evitar ser absorbidos mutuamente». Cuestión que obviamente se encuentra ausente en el vínculo-fusión-patológico madre-hijo.
El interrogante es ¿qué sucede frente a estos mismos fenómenos cuando no se ha logrado esta conciencia de sí? Si la ilusión reduce hasta tal punto la brecha entre madre-hijo, si en términos del psicoanálisis el niño es el «falo de la madre sin cuestionamiento», entonces el niño está encantado de ser, «él todo para su madre», ¿qué impulsaría tanto a la madre como al hijo a abandonar este idilio?
Lo importante a resaltar es que aun tratándose de la máxima intimidad madre-niño, de una simbiosis sin corte, de una progenitora que observa cómo su hijo varón comienza a vestirse y tener actitudes de mujer, y lejos de rechazarlo lo estimula secretamente, o incluso se comporta cómo «la que nada ve»; tanto la relación en sí misma como el transvestismo del niño aun no poseen un carácter erótico-genital por estar en una temprana etapa, antes del Complejo de Edipo. O sea, esta profunda intimidad madre-hijo, y la serie de factores ya mencionados, conducen a una identificación femenina del niño a la madre de tal intensidad y poder transformador sobre el Yo, que «tan pronto el niño descubre la diferencia de sexos comienza a desear ser mujer», deseo previo a cualquier elección de objeto sexual.

domingo, 5 de febrero de 2017

Las complicaciones del género masculino.

La transmisión de la masculinidad, no sólo proviene del padre real —en tanto prototipo efectivo de los atributos concernientes a este género—, sino también del fantasma de la masculinidad que se encuentra en el inconsciente del padre y de la madre, así como de la ideología consciente que posee la familia entera sobre el género masculino.
El óptimo investimento narcisista en la masculinidad y en el rol del género masculino se establecerá en el niño cuando el padre y la madre muestren visible orgullo de la masculinidad paterna y de presunción absoluta de la masculinidad del niño.
Si el padre es controlador y dominante, no permitirá la identificación adecuada del niño con él, pudiendo el infante tomar una actitud pasiva y dependiente que obstaculice la asunción de comportamientos del rol, que por otra parte simultáneamente exigirá como imprescindibles de la masculinidad: independencia, asertividad y capacidad de decisión.
Si la madre domina y desvaloriza, o rechaza de manera franca y abierta los aspectos masculinos de la relación con el esposo, el niño encontrará serios obstáculos en ver las ventajas narcisistas en la identificación masculina; por el contrario temerá ser dominado, empequeñecido y perder la estima de la madre, lo que dificultará su desidentificación oportuna de ella. Pero también parece tener una enorme importancia cómo el niño ve, concibe, y va experimentando la masculinidad de su padre; si su padre que es una «imago-parental idealizada» comienza a ser contrastado por el niño de manera que sus comportamientos de rol no se adecúan a los fijados como modelo, también esto afectará cuan narcisizada e ideal pueda construirse la masculinidad.
Podríamos resumir entonces que el padre participa en la construcción de la masculinidad del niño en forma múltiple, esto es como modelo ejemplar del cuerpo anatómico del padre-hombre; así como modelo de hombre masculino en sus roles sociales; también como modelo que valoriza su propia masculinidad y desea favorecerla en su hijo (su capacidad donativa); además como modelo de hombre masculino aceptado y deseado por una mujer-esposa; y por último de manera activa por la promoción de deseos y conductas en el hijo —a través de sus propios deseos y expectativas acerca de qué es lo que quiere que el hijo varón sea—, y por el grado de compromiso en impulsar esta identidad.

lunes, 30 de enero de 2017

La perversión en la identidad de género.

Las investigaciones de Robert Jesse Stoller se centraron en los trastornos de la identidad de género, el transexualismo, el travestismo y las perversiones. Este autor sostiene que siempre hay un trauma en la historia del sujeto que presenta algún tipo de perversión, pero este trauma no es simplemente, como sugiere Sigmund Freud, la exposición a la realidad de la diferencia sexual genital sino el trauma tiene su origen en el ataque contra la sexualidad del niño en desarrollo; o bien el patológico vínculo madre-hijo y en consecuencia el conflicto para la separación-individuación de la progenitora y el infante; en esa misma postura describe a niños de género biológico inequívoco siendo vestidos o criados como miembros del sexo opuesto por los padres o educadores, además de ser ridiculizados e intimidados en relación con su identidad de género: ¡Eres un marica por llorar! ¡Los niños no lloran!...
Después de los traumas padecidos de forma «reiterada» durante la infancia, el sujeto siendo adulto comete el acto perverso como si este fuera una acción de venganza retrospectiva contra lo ocurrido en sus primeros años de vida
Desde el psicoanálisis podemos observar que el hombre transvestido se viste para obtener una excitación sexual, pero asimismo parece que quisiera imitar y convertirse en una mujer desde una posición caricaturesca, como si para el transvestido fuera la feminidad una simple parodia, como un gracioso juego de niños. De esta manera niega su masculinidad y asume la identidad de una mujer. Sin embargo, se trata de una recreación en la que se reescribe la historia: esta vez el hombre no queda como la víctima humillada, sino que a través de la sexualización transforma el trauma para culminarlo en un placer a su modo, que significa un triunfo manifiesto. Así, la víctima-niño se convierte en vencedor-adulto, el trauma se convierte en triunfo y el sufrimiento pasivo se convierte en venganza activa, generalmente en fantasía, pero a veces se promulga. Esto resuena con la idea de Sigmund Freud de que el fetiche permite al sujeto escapar por medio de la renegación de intolerables ansiedades de castración a una posición de control y triunfo.
Podríamos también añadir que el acto perverso sirve como una especie de repromulgación aparente de un pasado traumático; el sujeto intenta repetir lo que se le ha hecho en su infancia, pero no exactamente como fue, sino como quedó plasmado (de manera deformada obviamente), razón posiblemente por la cual el acto es compulsivo, en un intento de integrarlo a su consciencia (simbolizarlo).
Tal vez la acción de eyacular represente inconscientemente para el sujeto normal, lo que podemos ver en el ritual de Cross-Dressing en el cuál se esconde el secreto de la masculinidad del hombre, pero al final del ritual se masturba y eyacula, reafirmando su masculinidad y triunfando mentalmente sobre quienes lo han humillado o denigrado, mientras que para el perverso la eyaculación tendría una connotación de desvalorización.

martes, 24 de enero de 2017

El déficit narcisista en la mujer.

Lo habitual es que la niña (mujer) durante el Complejo de Edipo, el proceso de identificación con su madre —en tanto objeto ideal y asimismo rival—, encuentre serios obstáculos para considerarla un modelo a quien parecerse, y en lugar de desear identificarse a ella, se desidentifique y localice ese ideal en el padre.
En este punto es donde se revela el profundo déficit narcisista de organización de la subjetividad de la futura mujer, ya que de esta manera, concluirá el proceso por el cual la única vía para el restablecimiento del balance narcisista en la mujer es con base a alguna referencia fálica, «ubicando al hombre en el objetivo central y único de su vida». La mujer puede rodearlo de la más alta idealización y emprender su «caza», cualquiera sean sus cualidades; puede, despojándose de la posibilidad de poseer para sí metas y valores, delegarlos en él, de manera que será la fiel compañera, la que ayuda a que «su hombre se realice», situándose en ese lugar tan valorizado por nuestra cultura, de ser «la mujer que está siempre detrás de los grandes hombres»; o ambicionando mayor trascendencia para sí, competirá por poner en acto comportamientos o actividades que desarrollan los hombres, es decir, masculinizará su Ideal del Yo y su Yo; o finalmente puede llegar a instituir como su meta el comportamiento sexual del hombre hacia la mujer, homosexualizando su deseo.
Toda suerte de oposiciones caracterizan los destinos de las distintas instancias psíquicas en la mujer. Si busca ser «sujeto de su deseo» y satisfacer sin represiones su pulsión, aceptando su papel de ser «objeto causa del deseo», se encontrará no sólo con la condena social, sino con el peligro real de la pérdida del objeto, es decir, con un entorno que unánimemente no valoriza, no legitima como femenina esta disposición. Resulta así una oposición entre narcisismo y ejercicio de la sexualidad. Si se afana por superar sus tendencias «pasivas» que la mantienen dependiente del objeto —ya sea madre, padre u hombre— y obtener autonomía social e intelectual, se encuentra con que de alguna manera compite con algún hombre, castrándolo. Por tanto, la autonomía, que por otro lado forma parte de los requisitos esenciales de los decálogos de salud mental, se opone a la feminidad. La pulsión se opone al narcisismo; la ampliación del Yo, al Ideal del Yo. ¿Y el Superyó? Los trabajos de Carol Gilligan (provenientes del campo de la psicología social) sobre la evolución diferencial del juicio moral en los distintos géneros, muestran que, al llegar a la adolescencia, las niñas presentarán una perspectiva moral basada en una ética del cuidado, mientras que en los varones lo que prevalece es la lógica de la justicia. Pero como ambos serán evaluados con métodos diseñados en base a patrones masculinos —la escala de Lawrence Kohlberg—, las niñas, aun poseyendo una sólida ética del cuidado y la responsabilidad y una muy avanzada lógica de la elección, serán clasificadas con un menor nivel de moralidad. Extraña condición la del Superyó femenino, defectuoso, pero centrado en los máximos principios éticos del cuidado y la responsabilidad, inferior al del hombre, pero condenando y legislando rigurosamente cualquier «exceso» sexual.
Esta dimensión profundamente conflictiva de la feminidad en nuestra cultura se demuestra y tiene su máxima expresión en la histeria. La introducción del concepto de género permite comprender más cabalmente la problemática histérica y no caer en el error de considerarla basada en una supuesta indefinición sexual. «Si la histérica produce la fantasía de la mujer con pene, no lo hace ni por homosexual ni por transexual o sea, por el deseo de ser hombre, sino porque, cerrados los caminos de jerarquización de su género, intenta formas vicariantes de narcisización, añadiendo a su feminidad el falo, masculinidad, un pene fantasmal, o dirigiéndose a un hombre para que le responda ¿quién soy?».