En los sujetos con personalidad masoquista el amor no correspondido acrecienta el afecto, en lugar de reducirlo, como ocurre comúnmente en el duelo sano. Al cabo de un período de varios años, se puede observar que este tipo de hombres y mujeres tiende a enamorarse de personas inaccesibles, o bien a someterse en exceso a un partenaire idealizado y a socavar inconscientemente la relación con esa misma sumisión, mientras se descartan las posibilidades de otras relaciones potencialmente más gratificantes que se presentan.
El hecho de que los largos encadenamientos a vínculos afectivos desdichados sean más frecuentes en las mujeres se explica por las puntualizaciones de las expresiones culturales que refuerzan e incluso inducen y facilitan la conducta autodestructiva en ellas, esto es, las coacciones creadas por la explotación económica de la mujer, los embarazos no deseados y el refuerzo social de la conducta sádica del sexo masculino. Aunque éstas son sin duda fuerzas que influyen poderosamente, no tiene menos importancia la capacidad más temprana de las mujeres para desarrollar una relación objetal profunda en el contexto de un vínculo sexual, capacidad que deriva del pasaje que realiza la niña de la madre al padre, durante el Complejo de Edipo, en contraste con el apego persistente del hombre al primer objeto de amor (madre) y con su intensa ambivalencia respecto de ese objeto. La capacidad anterior de la mujer para el compromiso en una relación amorosa y sus apegos masoquistas se refuerzan mutuamente.
La relación que mantengan el padre y la madre afecta de manera directa a los hijos, sin lugar a dudas una relación psicopatológica entre los cónyuges tiene consecuencias dañinas en sus vástagos.
Ahora bien, cuando el infante presencia la «escena primara» (coito observado, escuchado o fantaseado entre los padres ) en el caso de una niña, la experiencia de observar a sus progenitores teniendo relaciones sexuales de forma sadomasoquista, en donde la madre aparentemente es dominada por un marido que abusa sexualmente de ella, refuerza su fantasía de un pene sádico y una relación desigual, en consecuencia le queda la impresión que el encuentro íntimo tiene lugar sin placer mutuo. Si este es el mundo emocional donde queda atrapada la niña, es fácil imaginar la probable naturaleza de su desarrollo sexual que tenga en su vida adulta. Por ejemplo, esta niña cuando llegue a la adultez puede tener relaciones heterosexuales sin placer alguno, excepto imaginando que su pareja tiene coito con otra mujer. En su fantasía observa la escena sin participar, en una posición voyeurista, esto le permite de alguna manera experimentar un «Goce» sin intervención «directa» de su deseo sexual, porque de desearlo ella de manera directa padecería culpa. Otra variante del «Goce» masoquista que puede presentar es imaginarse siendo abusada sexualmente por un hombre violento, donde es incapaz de defenderse. Por lo tanto esta mujer puede estar inmersa en la fantasía sadomasoquismo que habría caracterizado el coito que presenció en la «escena primaria», identificada claramente con su madre, donde es dominada agresivamente por su marido. Aquí puede ser una de las causas donde el estado de sumisión de su madre durante el coito lleva a la niña a quedar atrapada en un mundo de fantasía que deteriora de su desarrollo psicosexual.
La fantasía que guarda dicha mujer con su pareja en su vida adulta es inconscientemente experimentada como si se tratara de su padre intrusivo, psicológicamente y físicamente agresivo.
Cuando una mujer con estos antecedentes se encuentra ante una relación sexual, no tendrá mucho éxito en alcanzar el orgasmo, porque eso exige poner en práctica su libertad y una total confianza en su partenaire, pero esto se convierte en algo casi imposible de lograr por el trauma sufrido. El deseo sexual, carente de cualquier componente afectivo, es experimentado como malo y degradante que obviamente no le permite el placer personal; esta mujer puede albergar la idea que el placer es exclusivo de los demás. Si llega a alcanzar el orgasmo nunca es al unísono con su partenaire, regularmente lo logra después de la relación sexual masturbándose porque deja de percibir a su pareja como amenazadoramente viril.
En muchos casos de frigidez y de fantasías masoquistas en la mujer, pueden también tener su origen en una inadecuada relación padre-hija que impidió el sano desarrollo de la imaginación sexual de esta última.
Lamentablemente estas niñas cuando llegan a la edad adulta no logran el placer sexual con su partenaire porque son incapaces de explorar y proyectar sus deseos. La fantasía masoquista permanece debido al trauma emocional que impresionó su delicada y sensible esfera sexual.
Tales traumas psíquicos infantiles contribuyen sustancialmente a crear áreas de sufrimiento en muchos aspectos durante el resto de la vida y subyacen a diversas formas de masoquismo sexual en las mujeres. Al impedir el desarrollo de la capacidad de placer sexual, el trauma se canaliza hacia el «Goce» masoquista: habiendo sido sometida pasivamente a un trauma, la mujer puede ahora obtener de forma activa el «Goce».
*Goce: Para el psicoanálisis el Goce es un placer que destruye, que está encaminando a la decadencia. Verbigracia, el Goce en el que esta sumergido el sujeto alcohólico que lo llevará irremediablemente a la miseria, al sufrimiento, a la muerte.
Regularmente las personas creen que en una relación sadomasoquista, el sádico es quien guía el encuentro sexual pero ¿Alguien puede creer que cuando un masoquista paga a una prostituta para que le humille ha perdido totalmente el control? Pues la respuesta es no, porque al final de cuentas “quien paga manda”, es decir, el control viene definido por la cualidad de la relación que en este caso es puramente una transacción comercial. Dicho de otra forma, en la dominación-sumisión existe una ambigüedad constante acerca de quién controla a quién en la relación, a pesar de que los roles sean estereotipados y repetitivos. Una ambigüedad que lleva a veces a los dominantes a plantearse la relación en términos de «posesión» y a los sumisos en términos de «contrato», tal y como ha señalado acertadamente Gilles Deleuze y que de alguna manera marcan las fronteras entre los niveles comunicacionales donde la dominación-sumisión vira hacia sado-masoquismo.
En este orden de ideas el masoquista que pide a su Amo que le castigue, está de alguna manera imponiendo un nuevo control sobre la situación y convirtiendo la relación en «metacomplementaria» (por usar una palabra precisa en la terminología del psicoanálisis), de ahí la dificultad de definir la relación desde dentro. Esta imposibilidad es la que genera el continuo cambio de pareja en toda relación sadomasoquista genuina, es decir, el inicio de una nueva partida.
Regularmente el sujeto masoquista es un manipulador, pero nunca una víctima, a no ser que no sepa que disfruta con el sometimiento; ya que le resulta más fácil aceptar su postura sumisa que aplicar la agresión durante el coito ¿Qué significa esto? Que el masoquista será quien imponga el «guión» y el sádico lo llevará a la puesta en escena.
Esta misma opinión la manifestó Theodor Reik que hablaba sobre la tendencia manipulativa de los masoquistas. La novedad que introduce Reik en la concepción clásica de masoquismo, es su idea de que el origen de estas conductas está en la fantasía, entendida como ensoñación consciente, un lugar desde donde el sujeto podría contener sus impulsos destructivos, esto gracias a una serie de «mecanismos de inversión». Para Reik, los rasgos diferenciales del masoquismo serían: “Primero el factor suspensivo, el retraso; segundo el factor demostrativo, hacer ver; y tercero el factor provocador. Esto surge como una tendencia a confundir al testigo (sádico), ese testigo necesario para que la queja o sufrimiento pueda ser reconocida por el otro.
La idea de que el masoquista no busca sino el placer, está contenida en todas las descripciones de los psicoanalistas. Harry Stack Sullivan manifestaba que muchos sujetos aceptan abusos y humillaciones y cuando un tercero los observa, descubre que casi siempre obtienen lo que desean. Y las cosas que desean son primordialmente satisfacción y sentirse a salvo de la exacerbada ansiedad que sienten durante el encuentro íntimo. Se refiere obviamente al masoquista, a aquel sujeto que obtiene un Goce sexual directo a partir de una escena más o menos sofisticada, una dramatización que incluye fetiches y objetos "ad hoc". Una escena que no tiene nada de improvisada o peligrosa, sino más bien, se trata de un escenario pactado, cómodo y seguro, no exento de humor y a veces de esperpento. Una escena ritualizada y consensuada. Un ritual es una combinación de conductas perfectamente predecibles, que son repetitivas y están frecuentemente incluidas en una ceremonia, una liturgia, que tiene como objetivo limitar la difusión de la conducta y del pensamiento.
Abundando podemos decir que un ritual es un atajo al pensamiento autónomo, o sea el ritual es antagónico del libre albedrío. Esto lo podemos observar en la vida cotidiana que se encuentra llena de rituales que tienen que ver con los "fenómenos de pase", los estados de transición, los tránsitos de un lugar a otro. El efecto catártico del ritual, es tal, que ni siquiera es indispensable que sea comprendido por el propio iniciado para que surja su efecto, lo que el sujeto espera es que esto se convierta en un acto normalizador y tranquilizador para su vida.
Debemos hacer la aclaración que el masoquismo sobre el que versa éste artículo, es en el que existe consenso de la pareja para llevarlo a cabo, esto no tiene nada que ver con el problema del maltrato o violencia intrafamiliar, que representa una lacra social, donde las mujeres lamentablemente viven atormentadas por maridos celosos o acosadores. Ese maltrato físico y psicológico supone un caso extremo de sadomasoquismo, donde se pierde el aspecto consensuado de las relaciones de dominación-sumisión, traspasando las fronteras del placer y la alteridad. Se trata más de un fenómeno pasional que sadomasoquista. Son pues, fenómenos distintos que mantienen un cierto parentesco anclado en el mito de que la mujer es la esclava del hombre.
"Durante el encuentro sexual las mujeres suelen creen que los hombres disfrutan cuando las hacen sufrir, y los hombres suelen pensar que las mujeres disfrutan sufriendo".
Posiblemente los masoquistas obtienen placer de manera más sencilla que los demás, por su forma metódica de alcanzarlo; aunque esto no implica que gocen más que el sujeto «normal».
No es raro encontrar mujeres masoquistas multiorgásmicas. Féminas que por la facilidad con que llegan al orgasmo, quizá precisen colocar una barrera ante su Goce. Ya Sigmund Freud señaló las barreras al placer sexual: el pudor, la repugnancia y el dolor.
¿Es posible pensar que el dolor actúe como un modulador ante la facilitación neurofisiológica del masoquista? En el placer hay algo de fastidioso, ciertamente. Tal y como dice Georges Bataille: “El erotismo de los cuerpos tiene algo de pesado, de siniestro”.
Existe también otra posibilidad en la etiología del masoquismo y es que el dolor no sea realmente sino un epifenómeno, algo que se llega a tolerar para complacer exclusivamente al partenaire, algo que forma parte del ritual sadomasoquista, que se admite como un mal menor a fin de acercarse al objeto y sobre todo retenerlo.
Obviamente se trata de reajustes fantaseados: “Las mujeres durante el acto sexual suelen creen que los hombres disfrutan cuando las hacen sufrir, y los hombres suelen pensar que las mujeres disfrutan sufriendo”. Este error cognitivo puede estar en la base del deseo de agradar, de posicionarse como «sujeto deseante» (masculino) y «objeto deseado» (femenino) , más allá del catálogo de los gestos razonables.
Del deseo de agradar que llega hasta el sometimiento o el sacrificio.
Estas teorías tienen cada una de ellas algo de cierto: Es posible que el dolor se erotice, como es posible que un determinado sufrimiento se medicalice, dado que la definición o el rotulado de los sucesos suele ser un consenso de opinión. Es posible también, que el dolor y el placer no sean antagónicos, sino dimensiones de una única categoría: el umbral de sensibilidad neurofisiológica. Y que el dolor se acepte como mal menor a fin de evitar la separación, el abandono o el rechazo. Por último, es posible que el castigo se acepte para amortiguar el fácil placer, o como un impuesto indispensable "para el placer" impuesto por esa «moral» recalcitrante.
Friedrich Wilhelm Nietzsche decía que la cristiandad había envenenado a “Eros” y que si bien esta no había muerto se había convertido en un vicio, condenando el masoquismo al repliegue intrapsíquico, en virtud de las exigencias de la moral, una instancia supraindividual que a través de las religiones monoteístas había logrado penetrar en el sujeto a través de sus creencias. Una moral que no sólo condena la agresión, y peor aun la violencia sino que trata de aparentar que no existe, tras la mascarada del masoquismo. A consecuencia de este cambio de ubicación hoy diríamos que ya no es un vicio, sino una categoría intrapsíquica, lo que es lo mismo que decir que sigue morando en el interior de la mente humana.
Posiblemente para llegar a ser un sujeto masoquista se necesitan que converjan dos cosas, primero que se susciten varias experiencias voluptuosas en la infancia y posteriormente —ya en la adolescencia donde concluye el desarrollo sexual— estas experiencias se asocien a la pulsión sexual propiamente dicha. Tal parecería que estas dos características unidas dan por resultado, regularmente, una personalidad tímida, rasgo muy común en el sujeto masoquista.
Aunado a esto podemos citar a Richard von Kraft-Ebing cuando dice:
“Cuando la idea de ser tiranizado se asocia durante mucho tiempo a un pensamiento libidinoso de la persona amada, la emoción lujuriosa se transfiere finalmente a la tiranía misma y se completa la transformación en una perversión”.
Algunos psicoanalistas asocian el masoquismo con experiencias infantiles aterradoras o algunas experiencias sexuales crudas y crueles, fundamentadas en el «abuso». Sin embargo, regresemos a nuestro primer planteamiento ¿qué es la voluptuosidad?
Según el diccionario: “Es una sensación que causa placer intenso y embriagador de los sentidos”, es decir, una especie de borrachera placentera, no dice nada respecto del dolor, aunque en la voluptuosidad existe una cierta dosis de miedo y expectación, se trata, pues, de una experiencia indiferenciada.
Ahora bien, los sujetos adultos pueden reconocer esa sensación, aunque es decididamente difusa y quizá se podría asociar con la plenitud, o la sensualidad o la ebriedad, digamos que es una sensación inespecífica pero placentera de la que se puede dar cuenta como algo que estremece.
Esta sensación se puede reconocer en el orgasmo, en la contemplación estética, en la ansiedad ante una prueba, en la sensación placentera que sigue al ejercicio físico, una sensación de estremecimiento que implica a todo el cuerpo y que sólo admite al placer como un elemento más de esa combinación.
«¿Puede el castigo desencadenar una sensación voluptuosa? Si leemos con atención lo que escribió Jean-Jacques Rousseau, caeremos en la cuenta de que quizá el castigo, no es por sí mismo el que provoca esta reacción, sino la tensa espera en recibirlo y —quizá— la secreta convicción de merecerlo». En cualquier caso es el castigo quien libera de facto la voluptuosidad largo tiempo contenida o, reprimida.
Posiblemente el castigo por sí mismo no es placentero en ningún caso: los masoquistas no tienen orgasmo durante el castigo, sino que les sirve de preámbulo al Goce sexual propiamente dicho y por lo tanto ahora sí, merecido. En este sentido parece contradictorio utilizar el término “algolagnia”, o el pensar que los masoquistas «disfrutan» cuanto atraviesan por el dolor, o que lo sienten «diferente» a los demás ,o que incluso disfrutan siendo maltratados, esta opinión es más producto de la ignorancia que una aproximación definitiva a la verdad desde el punto de vista del psicoanálisis.
Hay dos conceptos bastante aceptados por la sexología, el término excitación y el término orgasmo, siendo éste último la culminación a dicha excitación. Evidentemente nos referimos a la excitación sexual, pero no toda excitación es sexual, con independencia de que algunos sujetos sólo pueden excitarse con la mediación del miedo. Y no toda excitación es placentera, confundiéndose muchas veces con la disforia, es decir, un estado de desasosiego, irritable, egodistónico que nunca termina por ser voluptuoso o placentero, sino colérico o precediendo a un ataque de pánico.
En otro orden de ideas, excita (estremece o sobrecoge) el miedo y la cólera, razón por la cual el sujeto es asiduo a ver películas de terror, donde proyecta su «Goce reprimido» (inconsciente) y obviamente conscientemente negado, le excita la sangre y la contemplación de la violencia, el maltrato, la humillación, etcétera que no es más que un fenómeno de proyección similar.
Existen excitaciones tolerables y excitaciones prohibidas. Las prohibidas, simplemente se niegan (reprimen) y se le atribuye a otro, si es en el personaje de una película —mucho mejor— allí existen oportunidades más que sobradas para poder disociar.
En realidad las películas tienen mucho más de ficción que de verdad, por lo tanto no deberían causar miedo, más bien se trata de simulacros que ejercen un efecto "como si" fueran experiencias reales. La excitación sadomasoquista que obtenemos de los filmes de terror es un ejemplo de ello, son excitaciones intolerables, que nadie aceptaría poseer o experimentar de buen grado, a pesar de ser un fenómeno generalizado resulta de alguna manera placentero (voluptuoso).
A veces la incesante necesidad de atacar, desvalorizar, y destruirse a uno mismo aparece de dos formas en el sujeto masoquista: directa o disimuladamente. Estos sujetos son perseguidos por constantes ideas de no ser valiosos, de ser inútiles, estar vacíos, haber malgastado su vida, no estar interesados en nadie, ni tampoco que alguien este interesado en ellos. Son incapaces de obtener placer de alguna actividad, o con algún propósito, incluyendo las experiencias sexuales.
Lo llamativo de estas autoacusaciones y lo que las diferencia de las autodevaluaciones sobrevaloradas o ilusorias en los sujetos que padecen una depresión grave, es la falta de cualquier intento de justificar ante sí mismos estos juicios extremadamente duros.
La irritación y el enojo de los masoquistas muestran normalmente cuando se les invita a explicar ¿qué los hace sentir tan poco valiosos? contrastan con los esfuerzos de los sujetos deprimidos por «convencer» a quien hace el diagnóstico de la razonabilidad de su autodevaluación.
En la interacción con el psicoanalista, el masoquista da la impresión de tener una posición irritable y resentida, en lugar de la tristeza o la desesperación que caracteriza a las depresivos crónicos. Cuando se les señala algún logro o indicador de mejor funcionamiento en un aspecto de sus vidas, los masoquistas pueden responder con un ataque airado y denigrante al psicoanalista que se atreve a hacer tal afirmación. En realidad, rechazan y atacan incansablemente a todo aquel que intente calmarlos o animarlos. Durante mucho tiempo, tienden a reducir y extinguir sus compromisos sexuales, sentimentales, laborales, profesionales y sociales, retirándose a una existencia vacía, monótona y parasitaria.
El contraste entre su autodevaluación crónica, por una parte, y su actitud grandiosa, malintencionada, y derogatoria hacia cualquiera que desafía sus convicciones, por otra, refleja una grandiosidad y arrogancia primitivas que forman parte inherente de su estructura de personalidad narcisista, así como su identificación inconsciente con el abrumador potencial de una incesante fuerza destructiva (de la cual, al mismo tiempo, son víctimas). Estos sujetos pueden ser considerados casos extremos que entran en las características de un «carácter masoquista-narcisista».
La relación entre el masoquismo y la cura analítica es tan íntima como equívoca. El paciente con un claro trastorno de su personalidad, acostado en el sofá mantiene desde el comienzo de la sesión un silencio inusual y prolongado. Finalmente, concede algunas palabras, diciendo: "No tengo nada que decir hoy, las únicas cosas que tengo en mi cabeza me dan placer". Placer que para el psicoanálisis significa «Goce», ese goce donde el sujeto se aferra con todas sus fuerzas para no dejar escapar.
El único análisis que brinda resultados es el movido por el sufrimiento psíquico, incluso cuando éste último es más latente que real.
¿Qué otra cosa que el sufrimiento podemos confiar aquí, cuando tenemos que desenterrar lo inaceptable dentro de nosotros y desplazar las represas que hemos construido en contra de ella?
Ciertamente no sólo en el deseo de entender sino de hablar muchas veces cada semana, incluso durante largos meses, de cosas desagradables, repugnantes, dolorosas e irreconciliables; sometiéndose no sólo al psicoanalista como persona (una variante similar de la transferencia presupone ya que las fantasías masoquistas y eróticas tomarían el poder), sino a un proceso cuyo fin no se ve, y a un discurso cuyo significado es desconocido...
¿Podría incluso ser posible prestarse a tal desafío sin una contribución masoquista mínima?
Lo que importa aquí no son tanto las particularidades del masoquismo en todos y cada uno de nosotros, sino el masoquismo general inmanente, hermano de la culpa, que constituye nuestro mundo interior y nuestra vida psíquica. El masoquismo, como guardián del secreto (como lo llamó Karl Abraham), contribuye a dar una forma a la interioridad, a regresar a sí mismo, marcando ese territorio que eventualmente se convertirá en analítico. «Antes de convertirse en uno de los adversarios más difíciles del análisis, el masoquismo es su auxiliar indispensable».
El contexto que teníamos del masoquismo cambió desde que Sigmund Freud introdujo un nuevo enfoque sobre la estructura psíquica. Atrás quedaron las nalgadas propinadas a nuestro partenaire como emblema del masoquismo, cuando comprendimos que el escenario perverso puede llegar a ser tan violento al punto de lo insoportable, excepto para el sujeto que se presta a ello de manera voluntaria.
En este sentido, el artículo de Michel de M'Uzan: “Un caso de masoquismo perverso”, constituye un hito debido a su exceso, la violencia y el dolor hacen que el masoquismo vuelva a ser más oscuro, en la medida en que Eros aquí parece no ser el único dios adorado por estos "esclavos del dolor". El artículo dice: “He leído acerca de una mujer que utilizo un martillo y un clavo para clavarlo en la punta del pene de un hombre sobre una tabla”. Me dije: 'No hay problema'. Hice lo mismo en casa, pero cometí un error. Primeramente golpeé el clavo una vez y entró. Pero, como yo quería sentir que realmente se clavara bien en la madera, lo golpeé de nuevo. Después golpeé con el martillo la punta de mi pene con todas mis fuerzas. Inmediatamente hubo hinchazón, se puso negro y realmente me asuste. Saqué el clavo de la tabla, pero todavía atravesaba mi pene, y supe entonces que iba a sangrar mucho, así que me metí en la bañera y saque el clavo. Había sangre por todos lados... La historia continúa, pero detengámonos aquí. ¿Debemos exclamar que esto es un acto de locura? No, porque Eros interviene aquí. Todos los pacientes entrevistados por Robert J. Stoller, aunque "locos por el dolor", dice: “nadie ama el dolor como tal, ni siquiera ellos mismos. Lo que aman, o más bien lo que necesitan , es ese dolor particular , ese dolor exquisito que pone en acción una escritura de la que son los autores. La fantasía está en el origen de la experiencia, y el orgasmo ocurre más a menudo después, no durante la escena de la tortura, pero sí en el momento de recordarla. La presencia de la fantasía marca el infantilismo de estas modalidades sexualmente perversas”.
¿Cuál podría entonces ser la fuente de un escenario tan violento?
Probablemente no hay una sola respuesta a esa pregunta, sino muchas. Stoller observa sin embargo una circunstancia recurrente en la infancia de los cuatro masoquistas serios que conoció, los más orientados hacia el dolor corporal: “Durante la niñez, todos estaban afligidos por enfermedades graves que les causaban gran sufrimiento, enfermedades imposibles de aliviar desde el inicio y que necesitaron intervenciones quirúrgicas. Por consiguiente, estos individuos se vieron obligados a permanecer confinados durante largos períodos sin ninguna posibilidad de expresar abierta y apropiadamente su frustración, su desesperación y su enojo.
"Una mujer sufría de un trastorno vertebral tan grave que el dolor involucrado le impidió sentarse durante días; asistir a la escuela era una tortura. Un hombre, que sufría en la infancia a causa de una fibrosis quística, fue sometido a una serie interminable de penetraciones médicas (inyecciones, incisiones, etcétera) que implicaron largas semanas de hospitalización.
Podría decirse que el paso de la obstinación médica a la barbarie masoquista, para este sujeto fue el más simple de los atajos y el más complejo de los desvíos. Para el infante es muy confuso interpretar la «violencia médica», a la que era el objeto, fue como una aterradora escena de seducción.
Eros necesita una buena dosis de genio para derivar de tanto dolor y odio algún margen de coexcitación libidinal que los sentidos podrían desplazar e invertir, y que la fantasía podría volver a escribirla a su manera. Sin embargo, desde la escena de la infancia hasta la escritura perversa se requiere un ligero desvío. Esta elaboración minimalista evoca las formas rudimentarias de repetición en la psicosis, pero como estos individuos no son psicóticos (sus vidas no muestran ningún rastro de ella), debemos buscar en otra parte. Es como si en ellos la perversión hubiera triunfado sobre el riesgo de la neurosis traumática, como si hubiera erotizado, incluso curado, esta neurosis.
La perversión repite el ataque corporal "real", conserva el ritmo apretado y monótono de la neurosis traumática, sin embargo, el hecho de que el dolor sea escenificado y sexualizado marca la distancia que el sujeto ha tomado.
La originalidad del artículo de Stoller radica principalmente en sus descripciones de las prácticas extremas y su reportaje, más que en sus argumentos, que siguen muy fieles al modelo de elaboración traumática adoptado por Sigmund Freud y más tarde por Sandor Ferenczi. En la obra de Freud sobre el “juego de carrete de madera”, se encuentra además una breve observación que podría ser un preludio «inocente» del artículo de Stoller: "Si el médico observa la garganta de un niño o realiza una pequeña operación en él, puede estar seguro de que estas aterradoras experiencias serán el tema del próximo juego. Pero no debemos pasar por alto el hecho de que hay un rendimiento de placer”. Un breve comentario sobre eso, probablemente nunca ausente (incluso en el primer ejemplo citado) existe la combinación de efectos sádicos y masoquistas: la fijación de los ojos en el pene en el que se clava el clavo resulta en el olvido de la mano martillando el clavo.