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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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martes, 14 de noviembre de 2017

El ser amado nos brinda satisfacción pero también es cierto que nos priva de ella.

“Al ver las cosas más de cerca no se las puede amar más que en la medida de su irrealidad”. Émile Michel Cioran.

El sujeto vive en “Falta” y esto no significa únicamente un vacío donde el deseo aspira a colmar sino más bien debe entenderse como un organizador del deseo. La Falta, es un núcleo de atracción pero al mismo tiempo provoca insatisfacción, sin esto el círculo del deseo enloquecería y entonces solamente el sujeto sentiría dolor.
Cierto grado de insatisfacción es indispensable para conservar adecuadamente el funcionamiento psíquico. Pero, ¿Cómo preservar esta Falta esencial? Y más aún, al ser necesaria tal Falta ¿Cómo mantenerla en los límites de lo soportable? En este caso es precisamente donde interviene el partenaire (ser al que nos une el amor) porque es él quien representa el objeto insatisfactorio del deseo y, por lo mismo, quien nos sirve de bastión organizador de tal deseo.
¿Cómo aceptar que el partenaire pueda tener la «función castradora» de limitar la satisfacción de su compañero sentimental? Sin duda este papel restrictivo del ser amado puede desconcertar, porque normalmente se atribuye al partenaire el poder de satisfacer todos los deseos y de procurar el placer anhelado. Pero ciertamente la pareja vive en una ilusión, verificada en parte, de que brinda más de lo que priva. Pero la función que desempeña el partenaire en el inconsciente de su pareja, asegura la consistencia psíquica por medio de la insatisfacción que hace surgir y no por la satisfacción que procura.
El partenaire insatisface porque al excitar el deseo en su contra parte, no puede o le resulta imposible —en última instancia— satisfacerlo completamente en todo, siempre habrá una o muchas cosas que no alcanza a satisfacer por más que se esfuerce, como cualquier ser humano, tiene límites o simplemente no quiere satisfacerlos del todo. Como ser humano se ve imposibilitado, y como neurótico, simplemente no quiere. Esta insatisfacción con el tiempo va en aumento, pero resulta necesaria para mantener el equilibrio psíquico y resituar el deseo.


jueves, 26 de octubre de 2017

Satisfacer el “Deseo” por medio de las redes sociales.

El establecimiento de relaciones virtuales en las que lo “Simbólico” está ligado a una imagen del otro de quien en realidad no se conoce más que eso, una imagen, deriva en una relación a través de la Internet que está ligada a los mensajes enviados o leídos, lo que libera al sujeto de la responsabilidad de enfrentar un compromiso genuino y profundo, pero al mismo tiempo engancha al sujeto con la utilización constante de Internet.
Las redes virtuales juegan un papel protagonista en el comercio, la divulgación científica, etcétera pero también se constituye en mediador de un modelo social que regula las relaciones entre los usuarios a través de comunidades virtuales, videojuegos en línea y un sinfín de recursos que generan en los cibernautas la necesidad de satisfacer las demandas propuestas por la Internet, entre estas propuestas está el servicio de comunicación (Facebook, Twitter, Messenger, WhatsApp, etcétera) que facilita la comunicación a través de la cual se pueden entablar conversaciones con múltiples sujetos, en diferentes lugares del mundo, las veinticuatro horas del día.
Las nuevas tecnologías de la comunicación contienen aspectos no delimitados, por ejemplo: fantasear haciendo el amor con una estrella de cine no era sinónimo de infidelidad pero “tener cibersexo” con alguien al otro lado del mundo, a escondidas del partenaire ¿se puede clasificar en infidelidad?
Lo virtual representa una nueva manera de represión ligada a la sexualidad, tal como Sigmund Freud lo planteó en su teoría. En aquella época victoriana la sexualidad era un tema tabú y la satisfacción sexual estaba reservada exclusivamente a los hombres; la mujer no tenía derecho al placer sexual, a no ser que se tratase de aquellas señaladas como “cortesanas”. La sexualidad era ocultada por una fuerte represión cultural. Pero en la era posmoderna la sexualidad se presenta de manera directa y promueve el “Deseo” como una “forma de ordenamiento y además de gozar todo el tiempo”, lo cual ha dado lugar a una nueva problemática, pues ahora no se prohíbe sino que se promueve y ello genera angustia en los sujetos porque obviamente nadie puede lograr todo lo que se divulga ni alcanzar todo lo que ofrece el mercado.
Tiempo atrás el orgasmo femenino estaba moralmente condenado, ahora surge como una meta obligada, como una característica primordial de la felicidad en pareja. Esto anuda al hombre obligándolo a durar más tiempo en el coito y tener una virilidad vertiginosa. Pero no se trata sólo de alcanzar esta plenitud sexual del hombre y la mujer, sino de cumplir el mandato social que dice “cómo se debe gozar” y “qué es gozar”.


viernes, 4 de agosto de 2017

La dificultad de algunas mujeres para consumar el placer sexual.

Más allá de la creencia popular que Don Juan o Casanova pueden seducir a cualquier mujer, esto resulta ser falso. Realmente logran conquistar únicamente aquellas mujeres afectadas por algún tabú o con ciertas características del carácter porque son estas féminas las que los atraen irresistiblemente. Entre estos rasgos pueden ser féminas poco experimentadas en la sexualidad, vírgenes, mujeres desdichadas en el amor, recién divorciadas o separadas, etcétera. Para este tipo de sujetos las mujeres no son «todas» sino únicamente las que portan estos rasgos, psicoanalíticamente hablando.
En algunas ocasiones, tanto Casanova como Don Juan albergan la íntima idea —sólo con algunas mujeres— que su honor y reputación es incompatible con el deseo sexual que puedan experimentar y/o manifestar ellas. A modo de comentario podemos señalar lo que representa el tabú de la virginidad en la actualidad desde una posición masculina: el «valor» o la desvalorización que le brinda el hombre a su partenaire, consciente o no existe una predisposición a encontrar a la amada inmaculada, esto está íntimamente vinculado al fantasma inconsciente depositado en todos los hombres (varones): la madre-virgen y la madre-puta.
Ahora bien, desde Lucrecia en adelante, la matrona romana violada que eligió morir cuando perdió su honor por ser la «señora de», aquí se plantea una cuestión interesante, que incluye la defensa de la virginidad o de la castidad pero no la defensa del nombre propio, lo que autoriza a pensar que la virginidad-castidad-fidelidad es esa marca paterna, el lugar donde la mujer se reconoce como «hija de», o «esposa de». El psicoanálisis avala esta incompatibilidad entre la «defensa del honor del nombre» por parte de una mujer y su placer sexual. Cuando lo que está privilegiado es el ser hija o esposa «de», suelen presentarse síntomas o inhibiciones en la esfera del placer sexual, sobre todo con su pareja —en ocasiones la infidelidad es la única manera de librarse de esa marca paterna— esta marca se traduce en frigidez, vaginismo, repulsión a los hombres… distintas sintomatologías que pueden llegar a la renuncia del placer sexual «en nombre de».
Cuando el nombre femenino se afirma en la genealogía y reivindica filiación, «soy hija de», es decir, «pertenezco a mi padre», habría incompatibilidad con el placer sexual, razón por la cual necesita de esa pérdida de identidad de hija para consumar dicho placer. Para una mujer la pérdida del nombre (del padre) en tanto ley implicaría uno de los modos de acceso al placer sexual. En ese sentido Don Juan, Casanova o cualquier amante masculino pone de relieve este hecho: “Para que la mujer en estas circunstancias pueda desear a un hombre tienen que renunciar a: «soy hija de» o «soy esposa de»”. La relación entre nombre y falo para el hombre es una «relación simbólica», para una mujer es una «relación imaginaria».


jueves, 8 de junio de 2017

El Deseo, concepto. Jacques-Marie Émile Lacan.

A partir de la línea de la hipótesis de Sigmund Freud, según la cual el “deseo” pone en movimiento el aparato psíquico de acuerdo con la percepción de lo agradable y de lo desagradable, Jacques-Marie Émile Lacan ubica el “Deseo” en la carencia esencial que el niño experimenta una vez separado de la madre. Al no poder satisfacer esta falta, el deseo será llevado hacia sustitutos de la madre que la “Ley Paterna” prohíbe, para impedir la identificación del niño con la madre. Reprimida, desconocida, la pulsión es sustituible por un símbolo que encuentra su expresión en la demanda de conocer, de poseer. Las demandas, siempre insatisfechas, remiten a los deseos siempre reprimidos, y estos deseos se entretejen en una trama sin fines de asociación. El ejemplo de la anorexia mental, o rechazo de la nutrición, puede ilustrar esta implicación entre necesidad, deseo y demanda. La solicitud del niño de alimento manifiesta una necesidad orgánica, pero, más profundamente, se puede rastrear a una demanda de amor. La madre puede entender la verdadera demanda y abrazar al niño, negándole la comida, o bien puede creer simplemente en la necesidad y disponer la comida sin haber comprendido la verdadera demanda. Atiborrar al niño, satisfacer sus necesidades o impedirlas más acá y más allá de su demanda, lleva a sofocar la demanda de amor. La única salida para el niño, entonces, es rechazar el alimento para hacer brotar, por vías negativas, sus demandas de amor: “Es el niño al que alimentan con más amor –escribe Lacan– el que rechaza el alimento y juega con su rechazo como un deseo (anorexia mental). Confines donde se capta como en ninguna otra parte que el odio paga al amor, pero donde es la ignorancia la que no se perdona”. De esta forma Lacan ubica al deseo entre la necesidad y la demanda, distinguiéndolo de la primera porque la necesidad mira hacia un objeto específico y se satisface con éste, y de la segunda porque, al exigir un reconocimiento absoluto, el deseo trata de imponerse sin considerar al “otro” al cual se dirige la demanda.