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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

Un apunte sobre el duelo.

“Mi avidez de agonías me ha hecho morir tantas veces que me parece indecente abusar aún de un cadáver del que ya nada puedo sacar”. Émile Michel Cioran.

Para algunos existe un miedo mayor a la muerte: el miedo a la locura, pero para fortuna no a todos les toca, pues como decía Jacques-Marie Émile Lacan: “No es loco quien quiere”; aunque teóricamente esto una posibilidad, cuando se presenta un desenlace “fatal”, a partir del momento que muere o nos separamos del ser querido con lo que se puede perder el sentido de la “cordura”, ¡Si es que existe verdaderamente la cordura! Con esto las palabras y los actos dejan de tener el significado que estamos acostumbrados a darles. Después que se ausenta el ser amado, en ocasiones llega a esfumarse la capacidad de poder controlar todo lo que nos habita, nuestros comportamientos se vuelven extraños, hasta para nosotros mismos.
Guy Le Gaufey expresó: “La presencia siempre tiene un vacío, y el vacío es la cuestión de la relación”; aunque el ser querido se haya ido sigue con nosotros y ese «vacío es el que mediatiza la relación con los otros»; a partir de que el sujeto acepta su “Falta”, puede desplazar su deseo a otros lados y dejar atrás toda esa persecución de la totalidad.
Jean Allouch cuestiona al texto de Sigmund Freud “Duelo y melancolía”, en cuanto al duelo y al objeto; proponiendo que el objeto no es «sustituible», el duelo no es cambiar al objeto, sino «modificar» la relación con el mismo; perder a alguien es también perder una parte de sí.


lunes, 2 de enero de 2017

El odio.

El odio deriva de la ira, el afecto primario en torno al cual se arracima la pulsión de la agresión; en la psicopatología severa, el odio se puede convertir en algo prevaleciente y abrumador, dirigido tanto contra el sí-mismo como contra los otros. Es un afecto complejo que puede convertirse en el componente principal de la pulsión agresiva, dejando en la sombra a los otros afectos agresivos universalmente presentes, como y la envidia o la aversión.
Una reacción de ira total, —su naturaleza abrumadora, su carácter difuso, su «desdibujamiento» de los contenidos cognitivos específicos y de las correspondientes relaciones objetales— puede transmitir la idea errónea de que éste es un afecto primitivo “puro”. Sin embargo, en términos clínicos, el psicoanálisis de las reacciones de ira —como de otros estados afectivos intensos— siempre revela una subyacente fantasía consciente o inconsciente que incluye una relación específica entre un aspecto del sí-mismo y un aspecto de un otro significativo.
La investigación con infantes documenta la aparición temprana de la ira como afecto, y su función primordial: “eliminar una fuente de dolor o irritación”. Una función evolutiva ulterior de la ira es eliminar un obstáculo a la gratificación; su función biológica original —emitir una señal al cuidador para que facilite la eliminación de algo que irrita— se convierte entonces en un llamado más focalizado para que el cuidador restaure un estado anterior o deseado de gratificación.
En las fantasías inconscientes que se desarrollan en torno a las reacciones de ira, ésta significa tanto la activación de una relación objetal «totalmente mala» como el deseo de eliminarla y restaurar una «totalmente buena». En una etapa evolutiva posterior, las reacciones de ira pueden funcionar como esfuerzos desesperados tendientes a restaurar una sensación de autonomía ante situaciones altamente frustrantes percibidas inconscientemente como la activación amenazante de relaciones objetales totalmente malas, persecutorias. Una violenta afirmación de la voluntad restaura un estado de equilibrio narcisista; este acto de autoafirmación representa una identificación inconsciente con un objeto idealizado (totalmente bueno).
El odio es un afecto agresivo complejo en contraste con el carácter agudo de las reacciones de ira y los aspectos cognitivos que varían con facilidad en la cólera y la ira, él aspecto cognitivo del odio es crónico y estable.
El odio también presenta un anclaje caracterológico que incluye racionalizaciones poderosas y las correspondientes distorsiones del funcionamiento del Yo y el Superyó.
La meta primaria de alguien consumido por el odio es destruir su objeto, un objeto específico de la fantasía inconsciente y también sus derivados conscientes; en el fondo, el objeto es necesitado y deseado, y su destrucción es, igualmente necesaria y deseada. La comprensión de esta paradoja está en el centro de la investigación psicoanalítica de este afecto. El odio no es siempre patológico: como respuesta a un peligro real, objetivo, de destrucción física o psicológica, a una amenaza a la supervivencia de uno mismo y de sus seres queridos, el odio es una elaboración normal de la ira, que apunta a eliminar ese peligro. Pero el odio suele estar penetrado e intensificado por motivaciones inconscientes, como en la búsqueda de venganza, cuandoes una predisposición caracteroIógica crónica, siempre refleja la psicopatología de la agresión.
Una forma extrema de odio exige la eliminación física del objeto, y puede expresarse en el asesinato o en una desvalorización del objeto que quizá se generalice como una destrucción simbólica de todos los objetos —es decir, de todas las relaciones potenciales con los otros significativos—; en la clínica, esto puede observarse en las estructuras antisociales de la personalidad. Esta forma de odio a veces sa expresa en el suicidio, en el cual se identifica al sí-mismo como el objeto odiado, y la autoeliminación es el único modo de destruir también el objeto.

lunes, 19 de diciembre de 2016

El perdón.

“Si el sujeto solicita que se le perdone por una mala acción cometida, e inmediatamente expresa el motivo y justificación que lo llevó a emprender tal acción, no siente culpa sino vergüenza. El genuino perdón (sentirse culpable) nunca va acompañado de ninguna justificación posterior”. Pothos Himero.

Generalmente se tiende a confundir el sentimiento de vergüenza con la culpa, pero si profundizamos podremos dilucidar sus diferencias; para ejemplificar imaginemos un sujeto que padece paranoia de celos (celotípico) que se siente herido en su honor cuando su partenaire a cometido alguna acción que lo humilla, entonces tiene la creencia justificada de llevar a cabo una venganza e incluso se siente hasta obligado a realizarla. Así, pues, en la vergüenza del pundonor el objeto dañado es el propio Yo (la dignidad, el honor, la integridad del Self), mientras que en la culpa el objeto dañado es el objeto de relación, el otro.
La asunción de la culpa y la consiguiente responsabilización mueven a mecanismos de reparación que son fundamentales en la relación amorosa, mientras que la asunción de la vergüenza como daño de la propia dignidad mueve a la responsabilización del otro y al deseo de venganza, a mecanismos de reparación del honor que son fundamentalmente destructivos. «En este sentido los sentimientos de vergüenza son más primitivos, más esquizoparanoides que los de culpa, que son más evolucionados y depresivos». Los sentimientos de vergüenza estarían situados a medio camino entre las ansiedades catastróficas más primitivas y los sentimientos más evolucionados de culpa, siendo tanto más esquizoparanoides cuanto más domine la vergüenza del pundonor y tanto más depresivos cuanto más domine la vergüenza de la culpa.
Las ansiedades catastróficas y persecutorias están siempre referidas a uno mismo, al estado del Self, mientras que las ansiedades depresivas o de culpa están referidas al estado del objeto. Desde el psicoanálisis, la vergüenza se encuentra a veces cabalgando entre la referencia al Self y la referencia al objeto, próxima ya a la culpa, pero en el caso de la vergüenza del pundonor, que mueve a actitudes destructivas, suele estar más próxima a un estadio evolutivo más primitivo, propio de la posición esquizoparanoide. Así como en el caso de los sentimientos de culpa encontramos un espectro de sentimientos que van desde la persecución a la culpa pasando por lo que algunos han llamado culpa persecutoria (León Grinberg), asimismo en los sentimientos de vergüenza encontramos un espectro que va desde sentimientos esquizoparanoides de predominio persecutorio a sentimientos depresivos de vergüenza que podríamos llamar, parafraseando la expresión de Grinberg, «vergüenza culposa» o «culpa vergonzosa».
La vergüenza de la culpa es ya un sentimiento depresivo, equivalente al arrepentimiento y complementario de la culpa depresiva, sin el cual ésta no tendría sentido; razón por la cual el sinvergüenza o el desvergonzado no se arrepiente, no se avergüenza y no siente necesidad de reparar.
El concepto de integridad, en su doble acepción de integridad personal e integridad moral, requiere la capacidad de avergonzarse y no sólo la de sentirse culpable. La asunción de la culpa mueve a la reparación, pero para ello es necesario que el sujeto tenga la íntima convicción «avergonzarse de sus pecados» (el pecado es la versión teológica del sentimiento psicológico de culpa).
El sujeto melancólico que se siente impulsado al suicidio por un sentimiento de culpa, no lo hace solamente por la culpa, sino también por un sentimiento entremezclado de culpa y vergüenza, o sea, de indignidad, sentimiento que está más centrado en el Self que en el objeto.