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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

El enamoramiento psicopatológico.

“Las mujeres no advierten lo que hacemos por ellas, no notan sino lo que dejamos de hacer”. Georges Courteline.

Sigmund Freud dijo que durante el acto de enamorarse el Yo se vacía de las catexias libidinales, las cuales son investidas en el objeto amoroso, que reemplaza al Ideal del Yo. En relación a esto, la postura que toma Janine Chasseguet-Smirgel, resulta contraria a la de Freud, señalando que existe un enriquecimiento de la investidura libidinal del sí-mismo del sujeto que ama sobre todo en circunstancias normales, y en el caso que el objeto no corresponda al amor del sujeto, es abandonado en un proceso de duelo; pero si el amor es correspondido, se realza la autoestima de los amantes.
La diferencia entre el enamoramiento normal y el masoquista reside precisamente en que las personalidades masoquistas pueden sentirse irresistiblemente atraídas por objetos no responsivos. De hecho, lo que caracteriza a los enamoramientos masoquistas es la elección inconsciente de objeto que claramente son incapaces de responder al amor o no están dispuestos a ello. Es importante diferenciar esas relaciones amorosas imposibles de la perversión sexual masoquista, en la cual un objeto de amor proporciona gratificación sexual junto con dolor físico, degradación y humillación. Aunque ambas pautas pueden coincidir, ello ocurre muy pocas veces.
La descripción del masoquismo sexual en Venus in Furs, de Sacher-Masoch (apellido del cual deriva la palabra “masoquismo”) corresponde a la relación del autor con su primera esposa (y después también con la segunda) e ilustra las prácticas perversas típicas en el contexto de una relación estable con un objeto amoroso.
El hecho de sacrificarse uno mismo y sacrificar todos nuestros intereses por el objeto que no corresponde afectivamente, sugiere la presencia de un trastorno depresivo-masoquista de la personalidad, pero el autosacrificio dramático y la facilidad con que el sujeto parece hacer tabla rasa con unas pautas de toda una vida en la persecución de un objeto amoroso idealizado, inaccesible puede darle al psicoanálista la impresión de estar ante cualidades narcisistas: la desatención de todos los demás, salvo el objeto de amor, hacen ver un “compromiso total” del sujeto, pero en el cual queda afligido. De hecho, el sujeto que presenta ese enamoramiento psicopatológico pone de manifiesto una sensación de gratificación y satisfacción narcisista en su esclavizamiento a un objeto inaccesible. Se enorgullece inequívocamente de su imagen de “sufriente más grande de la tierra en aras del amor”, imagen dinámicamente relacionada con la gratificación narcisista de ser “el más grande pecador” o “la víctima más desgraciada”. En este tipo de enamoramiento psicopatológico, el amor al objeto inaccesible representa la sumisión a los aspectos del Ideal del Yo del Superyó, proyectados sobre el objeto, y del amor penoso e insatisfactorio llena indudablemente al sujeto de orgullo e intensidad emocional. El compromiso masoquista con objetos amorosos inaccesibles también puede estar presente en sujetos con personalidad histérica, como por ejemplo, la mujer que sólo se enamora de hombres que la tratan mal o que son en gran medida, indiferentes hacia ella. En casos más graves, el sujeto debe elegir no un objeto amoroso inaccesible sino además claramente sádico.


jueves, 26 de octubre de 2017

La personalidad histérica en las mujeres.

Una característica dominante en estas mujeres es su labilidad emocional. Se relacionan fácilmente con los demás, y son capaces de un compromiso emocional cálido y sostenido con la importante excepción de una inhibición de su responsividad sexual.
Suelen ser dramáticas e incluso histriónicas, pero su exhibición de afectos es controlada y presenta cualidades esencialmente adaptativas. El modo como dramatizan sus experiencias emocionales puede dar la impresión de que sus emociones son superficiales, pero la exploración bajo el psicoanálisis revela otra cosa: sus experiencias emocionales son auténticas, y es posible que estas mujeres sean emocionalmente lábiles, pero sus reacciones emocionales no son incoherentes o impredecibles. Pierden el control emocional sólo frente a aquellos con quienes tienen conflictos intensos, sobre todo de naturaleza sexual y competitiva, por lo que con estos, las mujeres histéricas son proclives a desarrollar crisis emocionales, pero tienen siempre la capacidad de recuperarse y después evaluarlas con realismo. Aunque gritan con facilidad y tienden al sentimentalismo y el romanticismo, sus capacidades cognitivas están intactas, y la comprensión que tienen de las reacciones humanas complejas contrasta agudamente con la aparente inmadurez de su despliegue emocional.
La diferencia entre sus interacciones sociales, por lo general apropiadas, y las relaciones objetales específicas con implicaciones sexuales, refleja la tendencia a presentar una conducta infantil regresiva sólo en circunstancias reales o simbólicamente sexuales, o tiene que ver con sujetos que estas mujeres experimentan como si desempeñaran roles parentales. Su impulsividad se limita a tales interacciones específicas o a rabietas ocasionales.
Las mujeres histéricas tienden a ser esencialmente sociables y a relacionarse con los demás. Esta extraversión es visible en sus contactos sociales fáciles, y se mezcla con una tendencia al exhibicionismo y a depender excesivamente de los otros. Quieren ser amadas, ser el centro de la atención y la atracción, particularmente en circunstancias con implicaciones sexuales. Su dependencia de la evaluación que hacen de ellas otros sujetos es equilibrada por la percepción clara de los requerimientos socialmente realistas que deben satisfacer para obtener ese amor y esa aprobación, y su dependencia infantil, su aferramiento, se limita a los contextos sexuales. De hecho, en sus relaciones íntimas presentan actitudes infantiles, mientras que por otro lado las actitudes que presentan ante su círculo social son generalmente maduras, estas son características clave de la personalidad histérica.
Algunas mujeres histéricas pueden parecer tímidas a primera vista, pero despliegan sutilmente una seducción sexual provocativa, que incluso puede ser acentuada por su timidez. Lo habitual es que las mujeres con personalidad histérica presenten una seudohipersexualidad combinada con inhibición sexual; esto significa que son sexualmente provocativas y al mismo tiempo frígidas. Se comprometen sexualmente en términos triangulares, es decir, con hombres inaccesibles o a su vez comprometidos con otras mujeres. Su conducta provocativa puede inducir a respuestas sexuales masculinas que ellas quizás experimenten como intrusivas o chocantes, y a las que reaccionan con miedo, indignación y rechazo.
La mujer histérica es competitiva con los hombres, y también con otras mujeres, por los hombres. En cuanto a la competitividad directa con los hombres contiene miedos y conflictos implícitos relacionados con una consciente o inconscientemente asumida inferioridad respecto de ellos. Los subtipos de personalidad histérica sumisa o competitiva reflejan fijaciones caracterológicas de esas pautas de sumisión (a menudo masoquistas) y competitividad. Lo característico es que la exploración psicoanalítica revele que estas mujeres utilizan la conducta infantil regresiva como defensa contra la culpa suscitada por los aspectos adultos del compromiso sexual. Algunas mujeres tienden a asometerse a hombres que ellas experimentan como sádicos, para expiar sentimientos de culpa, y como precio por la gratificación sexual.
Recientemente algunos aspectos adicionales de la personalidad histérica descritos en la literatura temprana han sido puestos en entredicho, por ejemplo, antes se daba por sentado que las pacientes histéricas eran muy sugestionables pero las observaciones a la través del psicoanálisis indican que la sugestionabilidad podría aparecer sólo en el contexto de relaciones idealizadas, romantizadas, y aferramiento dependiente, y que además podría convertirse rápidamente en suspicacia, desconfianza, enfurruñamiento o terquedad en condiciones de competitividad intensa con hombres o mujeres. Otra característica clásica atribuida a la personalidad histérica es la dependencia excesiva. No obstante, como ya hemos dicho, la dependencia caracteriza sólo a unas pocas relaciones muy intensas. Una tercera característica atribuida a las mujeres histéricas es el egocentrismo: un aspecto centrado en sí mismo, autocomplaciente, vanidoso, desplegado en una conducta exhibicionista y buscadora de atención, y en una excesiva sensibilidad a la reacción de las otras personas, pero esa característica no corresponde a su capacidad real para relacionarse profundamente con los otros, a su estabilidad, lealtad y compromiso en tales relaciones. Otros atributos que implican falta de capacidad para la investigación emocional acoplada con una deficiencia de funcionamiento moral tampoco son característicos de este trastorno de la personalidad: verbigracia, la superficialidad emocional, los afectos fraudulentos, la mendacidad y una seudología fantástica, rasgos, todos. éstos, mencionados en la literatura temprana.
David Shapiro y Mardi Horowitz han descrito un estilo cognitivo de las pacientes histéricas caracterizado por la tendencia a la percepción global (en contraste con la detallada), la desatención selectiva y representaciones más impresionistas que exactas. Estas características quizá reflejen una organización, por lo general represiva, de las funciones de sus “mecanismos de defensa”, la cual, junto con la inhibición de la competitividad (debida a una sensación inconsciente de inferioridad como mujer), puede contribuir a provocar la inhibición intelectual.
Las mujeres con trastorno histérico de la personalidad provienen de familias más bien estables con ciertas características comunes. Los padres son descritos como seductores, pero su conducta de seducción y estímulo sexual excesivo respecto de las hijas se combina con actitudes bruscas, autoritarias y a veces sexualmente puritanas también respecto de ellas; la seducción durante la niñez de la hija se convierte típicamente en prohibición de los compromisos sexuales románticos en su adolescencia. Las madres de estas pacientes son descritas como dominantes y controladoras de la vida de las hijas, y a menudo dan la impresión de que a través de éstas intentan realizar sus propias aspiraciones insatisfechas: relaciones amorosas, educación, aspiraciones laborales, etcétera. Al mismo tiempo, estas madres son eficaces y responsables en el hogar y en sus funciones comunitarias.




Diferencias de los hombres histriónicos e histéricos.

K. H. Blacker y J. P. Tupin han resumido las características de los sujetos varones con personalidad histérica, sus descripciones emplearon como modelo un continuo de la psicopatología del carácter ordenado en función de la gravedad de los trastornos, bajo el encabezamiento de “Estructuras Histéricas”.
En estos sujetos se encuentra las misma tendencia a la dramatización emocional y la labilidad afectiva observable en las mujeres histéricas, también presentan estallidos emocionales o rabietas y conducta impulsiva e infantil en condiciones de compromiso emocional íntimo, mientras que en las circunstancias sociales comunes conservan su capacidad para la conducta diferenciada.
Cabe señalar varias pautas de perturbación en su adaptación sexual que se caracteriza por la calidad “seudohipermasculina”, la acentuación histriónica de la conducta masculina socialmente aceptada, por lo general con acento de independencia, y una actitud de dominio y superioridad sobre las mujeres, combinada con enfurruñamiento infantil cuando esas aspiraciones no pueden alcanzarse.
Una pauta relacionada, aunque superficialmente parezca contrastante, es la de una conducta seductora, sutilmente afeminada, infantil, que mezcla el coqueteo y la promiscuidad heterosexual con una actitud dependiente respecto de las mujeres. O bien un tipo de Don Juan combina el énfasis en la ropa y las maneras masculinas con una conducta sutilmente dependiente e infantil, y es proclive a comprometerse en relaciones dependientes aunque transitorias con mujeres dominantes.
En el tratamiento, tanto el tipo afeminado como el hipermasculino revelan una culpa subyacente, consciente o inconsciente, por la relación profunda con las mujeres, y una sorprendente incapacidad para identificarse con un rol sexual masculino adulto para acercarse a la mujer, en agudo contraste con la conducta superficial. Estas características, en particular tal como las presenta el tipo seudohipermasculino, corresponde a lo que Wilhelm Reich denominó el «carácter fálico-narcisista». Estos casos deben diferenciarse del más grave trastorno histriónico de la personalidad en los hombres, y de la promiscuidad sexual como síntoma del trastorno narcisista de la personalidad en los hombres, con la correspondiente psicopatología grave de las relaciones objetales.
Mientras que debemos diferenciar los sujetos con personalidad histriónica que presentan regularmente difusión de la identidad, perturbaciones graves en las relaciones objetales y falta de control de los impulsos. Asimismo se presenta una conducta sexual promiscua, a menudo bisexual, y perversa polimorfa; tendencias antisociales y, una sorprendente frecuencia de síntomas de origen somático o psicógeno.
En este tipo de sujetos, cuando presentan también hipocondría se suele encontrar la inmadurez emocional generalizada, la dramatización, la superficialidad afectiva y la impulsividad características del trastorno histriónico de la personalidad.
Los trastornos de la personalidad denominados «caóticos» o «impulsivos» en las descripciones anteriores, que no corresponden a la personalidad antisocial propiamente dicha, reflejaban lo que ahora se diagnóstica como trastorno histriónico y narcisista de la personalidad, en un franco nivel de “Estado Fronterizo”. De hecho, en todos los casos de sujetos varones con rasgos histriónicos, es importante el diagnóstico diferencial respecto de la “personalidad narcisista” y los “trastornos antisociales de la personalidad”, para el pronóstico y las consideraciones psicoanalíticas que se deben aplicar.




viernes, 4 de agosto de 2017

El efecto de la mirada y la voz paterna.

"La vida del hombre se reduce a los ojos. No podemos esperar nada de él sin modificar la mirada". Émile Michel Cioran.

​Por medio del psicoanálisis se observa que en el destino de los hijos varones pesa más la voz del mandato paterno y en las hijas mujeres mucho más la mirada del padre. Hay un momento clave en la vida pulsional que es el pasaje a la adolescencia donde efectivamente «cae» la mirada del padre sobre la hija. En las vicisitudes de las neurosis, al padre le cuesta mirar a su hija adolescente en vías de transformarse en una mujer, desvía la mirada, hay un desvío de la mirada. La hija queda «caída» en una cuestión muy compleja, que hace al destino de la relación entre su narcisismo y su sexualidad. Por un lado busca la mirada del padre, y por otro lado la teme —estamos hablando de las vicisitudes de la neurosis.
Si la mirada del padre no funciona, ya sea porque se enceguece en exceso, o porque se vuelve en exceso esquiva, esto pesa de una manera determinada —desde la anorexia hasta la histeria— pasando por las actuaciones compulsivas u obsesivas de las jovencitas que se ocultan o sólo viven para «ser miradas». ¿Será acaso qué la histérica busca inconscientemente en los hombres aquella mirada que su padre le negó o esquivó hacia ella durante su adolescencia?


sábado, 3 de junio de 2017

Los síntomas somáticos de la histérica.

En la repulsión a los hombres radica la condición primordial de la mujer histérica, según Sigmund Freud señala al respecto: “... toda persona que en ocasión de una excitación sexual experimenta sentimientos preponderante o exclusivamente displacenteros”. Esta subversión de los afectos será explicada básicamente por la acción del mecanismo de represión, que produce una metamorfosis tal, que en lugar de deseo se manifiesta lo contrario, asco, repugnancia, rechazo, aburrimiento... La razón fundamental que dispara la represión surge del carácter incestuoso y prohibido de los deseos que se dirigen hacia el padre, o la madre.
La sexualidad infantil, los actos masturbatorios, los deseos sexuales actuales, las fantasías de embarazo y parto, etcétera entran en conflicto con las ideas morales, los sentimientos filiales y la culpa proveniente del Complejo de Edipo encuentran como única solución la represión de toda manifestación sexual en la histérica. Los síntomas somáticos que presenta: asma, jaqueca, tos, afonía... aparecen por el bloqueo de los deseos incestuosas a la conciencia, y se abren camino hacia su pronta satisfacción por medio de la sustitución fantasmática.

Las interrogantes de la histérica.

A pesar de las buenas intenciones que tenga la mujer histérica respecto a su feminidad y sexualidad, sigue interrogándose si en la estructura del lenguaje, o en las leyes de la cultura, o en las convenciones sociales, o en los mitos sobre la mujer, esa categoría de «objeto» a la cual se halla condenada no podría revisarse con la finalidad de modificarse sustancialmente.
Jacques-Marie Émile Lacan se pregunta ¿Por qué la impotencia del saber que la histérica engendraría provoca «...que su discurso se anime del deseo...». Esta pregunta conlleva a cuestionarnos ¿Por qué esa tendencia distintiva de la histérica a la erotización? Cada vez que oye hablar de ella, lee sobre su personalidad, estudia su tema, fantasea su destino, sueña sus con anhelos, irremediablemente aparece el deseo sexual, la meta del orgasmo vaginal y el hombre como objetivo de su vida ¿Es esto cierto, o el malestar histérico reside justamente en la reducción de su condición humana a su sexualidad, en la superposición y confusión entre feminidad y sexualidad, entre su ser social y su erotismo?

sábado, 20 de mayo de 2017

La perversión femenina a través de la cirugía estética.

Al explicar la psicopatología de la mujer perversa, Wladimir Granoff y Francois Perrier, refieren que el desdoblamiento del Yo provocado por la «cirugía estética» tiene efectos profundos y permanente en la personalidad de la mujer. Según estos autores: “[…] La mujer se convierte en «fetiche para sí misma», dotada como todos los fetiches, de un significado sexual siendo a la vez totalmente inadecuada para el propósito sexual normal. Es su cuerpo fetichizado el que tiene relaciones sexuales con un hombre siempre instrumental, y siempre rechazado desde el momento en que intenta asumir, en el nivel simbólico, su filiación fálica y su relación con la Ley (en el tú eres mi mujer). En estas relaciones heterosexuales es donde este tipo de mujer encuentra su único modo de defensa posible contra una homosexualidad latente”.
Este complicado mecanismo surte efecto en las mujeres que se someten a la cirugía estética. Estas féminas ponen barreras contra su individuación al sentir que con ello podría poner en peligro su propia sensación de supervivencia. Es sorprendente que estas mujeres no pueden experimentar como suyos ni su mente ni su cuerpo, de hecho, tienen la sensación que ni siquiera les pertenece.
Desprecian absolutamente su cuerpo y sus formas, lo que las conduce a actuar de forma perversa, ejerciendo una venganza contra su propio género, y sacrificar su aspecto corporal por sus propios designios perversos e inconscientes. En un grado severo, las mujeres que se someten a cirugías estéticas continuas, llegan a no reconocer nada de su cuerpo como propio.

miércoles, 22 de marzo de 2017

La mujer histérica y la narcisista.

El psicoanálisis nos enseña que la envidia a la madre y la dependencia respecto de ella como el primer objeto de amor es tan intensa en las niñas como en los niños, y una raíz importante de la envidia del pene que presentan todas las mujeres, es que siendo niñas realizan constantemente una búsqueda de una relación dependiente con el padre y su pene; esta dependencia les sirve como escape y liberación de una relación frustrante con la madre.
Los componentes orales de la envidia del pene predominan en las mujeres con personalidad narcisista, misma que se denota en la edad adulta en la persistencia a desvalorizar a los hombres y las mujeres.
Ahora bien, las mujeres con personalidad narcisista presentan un frío atractivo —la frialdad es típica en las mujeres narcisistas, en contraste con la cálida coquetería de las mujeres con personalidad histérica— suficiente como para esclavizar y someter a un hombre tras otro, a los cuales los explotan implacablemente. Asimismo podemos señalar que cuanto estos hombres deciden abandonar a este tipo de mujer, ella reaccionará regularmente con cólera y una actitud vengativa, pero sin añoranza, duelo o culpa.
Es importante destacar que en los sujetos con estructura neurótica entramos en el reino de la inhibición de la capacidad normal para las relaciones amorosas, bajo la influencia de conflictos edípicos no resueltos.

domingo, 19 de marzo de 2017

La ilusión de enamorarse.

En algunos sujetos narcisistas podemos observar que presentan una capacidad bien desarrollada para la excitación sexual y el orgasmo en el coito pero sin la capacidad para tener una relación amorosa profunda. Regularmente muchos nunca se han enamorado en su vida. Algunos de estos tienen sentimientos intensos de frustración e impaciencia cuando los objetos sexuales deseados no se vuelven inmediatamente accesibles a ellos, y por su insistencia pueden parecer enamorados, pero no lo están. Esto se vuelve evidente en su indiferencia una vez que han realizado su conquista. Asimismo presentan una marcada promiscuidad.
Es importante diferenciar la promiscuidad sexual que presentan los sujetos narcisistas, con los sujetos histéricos con fuertes tendencias masoquistas. En estos últimos, la promiscuidad sexual por lo general refleja la culpa inconsciente por establecer una relación estable, madura, gratificante, «en cuanto ésta representa inconscientemente la realización edípica prohibida». Estos histéricos y masoquistas demuestran capacidad para las relaciones objetales plenas y estables en áreas que no son las del compromiso sexual. Por ejemplo, una mujer histérica con fuertes impulsos inconscientes competitivos hacia los hombres puede desarrollar relaciones estables y profundas con ellos, siempre y cuando no haya ningún componente sexual; sólo cuando se desarrolla la intimidad sexual comienza a interferir en la relación el resentimiento inconsciente por la sumisión fantaseada a los hombres o la culpa inconsciente por la sexualidad prohibida.
En contraste, la promiscuidad sexual de los narcisistas está vinculada a la excitación sexual por un cuerpo que "se niega", o por una persona considerada atractiva o valiosa por otros. Ese cuerpo o persona estimula en los narcisistas, la envidia y la codicia inconscientes, la necesidad de tomar posesión y una tendencia inconsciente a desvalorizar y estropear lo envidiado. En la medida en que la excitación sexual realza temporariamente la ilusión de la deseabilidad del objeto, el entusiasmo temporario por el objeto sexual deseado puede asemejarse al estado de enamoramiento. No obstante, muy pronto la consumación sexual satisface la necesidad de conquista, desencadena el proceso inconsciente de desvalorización del objeto deseado y resulta en una rápida desaparición de la excitación sexual y el interés por el partenaire.
Pero esta situación es compleja, porque la voracidad y la envidia inconscientes tienden a proyectarse sobre el objeto sexual deseado, y el miedo a la voracidad posesiva y la explotación potencial por el objeto sexual refuerza la necesidad de huir hacia la "libertad". Para el narcisista, todas las relaciones se entablan entre «explotadores» y «explotados», y la "libertad" es simplemente una fuga ante una posesividad devoradora fantaseada. Sin embargo, en el curso del tratamiento psicoanalítico la promiscuidad compulsiva de los narcisistas también revela una búsqueda desesperada de amor humano, como si estuviera mágicamente ligado con partes del cuerpo: senos, penes, nalgas, vaginas, etcétera. En el análisis, el anhelo incesante, repetitivo, del narcisista por esas partes del cuerpo puede emerger como una fijación regresiva en experiencias simbióticas escindidas tempranas que involucraron la idealización de zonas erógenas y de la superficie corporal para compensar la incapacidad de establecer una relación estable y constante con el partenaire.

lunes, 20 de febrero de 2017

La mujer histérica y su sexualidad.

Aunque la histérica llegue a aceptar la aparente simetría que se le propone desde el punto de vista del psicoanálisis: “Tanto el hombre como la mujer son sujetos de la carencia porque ambos se dan lo que no tienen”; seguirá en esa búsqueda incansable por el «falo», porque éste simboliza una soberanía que se ejerce en otros dominios más allá del amor y la sexualidad. Y son precisamente esos otros dominios en los que la mujer constata también su sujeción, su inferioridad, su falta de decisión, su ausencia de deseo.
Para saber cómo se desenvuelve una mujer en la intimidad de la cama, la histérica tiene que averiguarlo a través de su partenaire que le hable, o bien tome de referencia a otra mujer como prototipo a imitar ¿A quién puede dirigirse entonces la histérica para desempeñarse laboralmente y que esto le permita su autonomía material, y con ello se ubiquen en el contexto social?
Si su feminidad secundaria debidamente asumida le demuestra la supremacía masculina ¿Cómo hará la mujer para no desear ese destino para sí? ¿Cómo puede existir como ser humano sin valorización narcisista?
Cada vez que se siente humillada apelará a su única arma para restablecer su narcisismo herido, el «control puntual de su deseo y su Goce», e invertirá los términos, «el Amo quedará castrado».
«Es común que la reacción prevalente de la mujer con su partenaire, cuando surge un desacuerdo, sea la indiferencia sexual o la negativa a tener relaciones sexuales con él (Helen Singer Kaplan)». De esta peculiar manera la mujer se hace oír en tanto sujeto, reivindicando su deseo de reconocimiento, de valorización en tanto género femenino, lo que equivale considerar su feminidad como equivalente a su «esencia» de ser-humano, no sólo a su ser-sexuado. En su reivindicación no puede dejar de permanecer prisionera de los paradigmas y sistemas de representación masculina, y su feminismo espontáneo se pondrá en juego en el mismo terreno en que ha quedado circunscripta: el sexo.
En el síntoma histérico el conflicto entre sexualidad y valoración narcisista alcanza su máxima complejidad, y es este conflicto, en su carácter genérico y constante para la feminidad, el que se instituye como un síntoma de la estructura cultural. Es esta identidad estructural entre la feminidad y la histeria la que «universaliza» a ésta, así como simultáneamente le otorga a la feminidad su carácter sintomal. “Siempre que se cree una oposición entre narcisismo y sexualidad o entre narcisismo y feminidad, y tal feminidad quede reducida a la sexualidad, estaremos ante una organización de la personalidad histérica”.
La sexualidad es el instrumento que la histérica privilegia para el mantenimiento de su balance narcisista. Pero en tanto actividad narcisista la sexualidad está sujeta a una muy distinta y desigual valoración social para el hombre y la mujer, lo que determinará que de acuerdo a como se ubique la histérica frente a esta distinta valoración, la sexualidad en tanto actividad se ponga en acto o se sustraiga de la escena. Si en la experiencia singular, la actividad sexual se opone o entra en contradicción con la valoración narcisista, dicha puesta en acto se verá comprometida, perturbada o bloqueada en algún nivel.
«Indudablemente la mujer siempre va a requerir que la propuesta sexual tome el carácter de un romance, de un hecho trascendente en la vida del hombre. Si, por el contrario, el despliegue de la actividad sexual refuerza o satisface el narcisismo, la puesta en acto se verá favorecida y tenderá a repetirse, lo que ocurre habitualmente en la Histeria Masculina, de ahí su casi sinónimo de Donjuanismo, y que llamativamente no encuentra su paralelo para la actividad similar en la mujer, sino que en ella se la describe como: puta”.
La transformación de los modelos de feminidad de generación en generación, la liberación sexual que impera actualmente, conduce a la adolescente, a la mujer, a multiplicar crecientemente sus experiencias sexuales. Pero aún en la actualidad el placer sexual de la mujer, en tanto Goce, el ejercicio de la sexualidad como testimonio de un ser que desea el placer y lo realiza en forma absoluta —por fuera de cualquier contexto legal o moral convencional— se constituye en una transgresión a una ley de la cultura de similar jerarquía a la Ley del Incesto.
Las relaciones sexuales con los hijos son tan antinaturales como el derecho al «puro placer sexual de la mujer». Lo queramos aceptar o no, la educación abierta o sutil que los padres imponen a sus hijos, es diferente en cuanto al género que representan: «Ella no lo necesita», dicen las madres y los padres de las adolescentes mujeres, mientras que para el hijo varón, lo alientan a tener relaciones sexuales —casi inmediatamente entrando en la adolescencia— con el número de mujeres que desee, incluso si son mayores que él, mucho mejor: «Para que vaya aprendiendo el muchacho» y con esto testifique su masculinidad.
Los padres debidamente normativizados transmiten la prohibición del incesto sin necesidad de amenazas, a través de su propia represión. «De la misma manera está inscripto en ellos y efectúan la transmisión de la estructura desigual del “deseo” del hombre y la mujer». Para el hombre: el derecho y la valorización del deseo autónomo, en estado puro, con mujeres como objetos intercambiables; para la mujer: el amor de un hombre que otorgue legitimidad a su Goce. Desde esta perspectiva ¿Es difícil entender por qué la excitación sexual puede despertar en la mujer angustia o rechazo, o por qué el deseo en la histérica consiste en que el deseo del otro se mantenga insatisfecho? ¿No es acaso éste el momento de mayor correspondencia entre sexualidad y valoración narcisista a la que puede aspirar?
Desde el psicoanálisis hemos visto que la mujer histérica de la actualidad rara vez presenta una crisis, pero siempre podemos reconocer un escenario, un guión, alguna acción que tiene o no tiene lugar —como claramente sostiene Jean Laplanche— una comunicación que se hace en el área privilegiada del cuerpo y que implica un mensaje simbólico dirigido a otro. Un deseo que no se expresa, un orgasmo que no tiene lugar, una presencia que se ausenta, ella debiera venir pero se va; o seduce, o hace el amor pero no se compromete, o creyó estar convencida y afirma para no dudar: ¡Hice lo que quise!
Laplanche sostiene que invariablemente cualquiera de estas «puestas en escena» nos remitirá a una escena sexual del Complejo de Edipo. Y aquí radica el punto problemático, que la sexualidad sea la actividad que la histérica privilegia para balancear su narcisismo no implica que su narcisismo se reduzca a la sexualidad, sino que obviamente lo excede. Sustrayendo del escenario aquello por lo único que es tenida en cuenta: su sexo ¿Podrá ser reconocida como algo más? En esta sustracción, en este rechazo se cuela su anhelo de valorización, su enigmático reclamo feminista.
Existe un feminismo espontáneo en la mujer histérica que consiste en la protesta desesperada, aberrante, actuada, que no llega a articularse en palabras, una reivindicación de una feminidad que no quiere ser reducida a la sexualidad, de un narcisismo que clama por poder privilegiar la mente, la acción en la realidad, la moral, los principios y no quedar atrapado sólo en la belleza y atractivo del cuerpo (cuando en el hombre la valoración narcisista se plantea exclusivamente en el ámbito de la sexualidad surge la Histeria Masculina).
Pero esta distensión ha permanecido y permanece confundida para la cultura, para el psicoanalista, para el terapeuta y para la propia fémina. Cuando la mujer accede a otro ámbito se considera que invade el territorio masculino, que castra al hombre o que se identifica con él, o que abandona la feminidad si no lo es de la manera convencional —esposa, compañera, madre, ama de casa—, feminidad que queda adscripta a dependencia, sobrecompromiso emocional, inferioridad, y atrapada en este narcisismo devaluado, sólo atina al autoengaño.

domingo, 19 de febrero de 2017

La postura de la histérica en la actualidad.

Lo que caracteriza a la mujer histérica es la apropiación que lleva a cabo para el género femenino de los derechos y de los modos de acción tipificados en nuestra cultura como masculinos.
En lo «imaginario» (inconsciente) muy probablemente la histérica se interrogaría sobre si es hombre o mujer, pero cabe señalar que esto no es con respecto a los roles sexuales, sino al poder, a la valoración, a las formas de obtener reconocimiento dentro de la sociedad; «no es a la diferencia de sexos a lo que reacciona, sino a la desigualdad imperante entre ellos».
En todo caso si tuviéramos que concebir un interrogante en torno al cual situarla, podríamos escucharla preguntándose sobre ¿cómo puede acceder a identificarse adecuadamente con su género sin que esto implique ser inferior?

lunes, 13 de febrero de 2017

La búsqueda incesante de la feminidad.

Sigmund Freud concibe la feminidad básicamente gobernada por un acentuado narcisismo, esto significa que prefiere ser amada a amar; practica con devoción el culto a su cuerpo, ya que cuanto más atractivo más lo equipara a la posesión del pene envidiado en la ecuación cuerpo-falo; la elección de objeto es conforme al ideal narcisista del hombre que hubiera querido ser; cuando sea madre el hijo le deparará las satisfacciones de todo aquello que de su «Complejo de Masculinidad» ella esperaba, y la intensa «envidia al pene» presente en su vida psíquica es la razón de su escaso sentido de justicia.
Quizá sea Piera Aulagnier quien mejor da cuenta de la incidencia de lo «simbólico» en la estructuración de la mujer, al marcar que la feminidad es ante todo una «cuestión de hombres», descansando en su condición de deseada, condición que sólo objetivará a través de la mirada masculina.
Para Aulagnier en este punto residiría esa feminidad tan envidiada y explorada, espiada, buscada, que toda mujer persigue. Si la mujer está más o menos siempre en una relación de rivalidad con sus semejantes (histeria normal), sería para constatar cuál es el rango de deseabilidad y cómo, a través de qué atributo, «la otra» logra despertar el deseo del hombre, investigación que también persigue a través del hombre, buscando saber qué desea él en la otra mujer.
En una productividad que toma como punto de partida ideas de Jacques-Marie Émile Lacan, Aulagnier se aparta un tanto de la formulación estructuralista ahistórica, de que el hombre no tiene mejor suerte que la mujer en la organización de su deseo (ya que también se halla marcado por la «falta», pues en rigor él tampoco es el «falo», ya que sólo posee un «pene» que lo simboliza).
Puntualiza una clara diferencia entre la estructura del deseo del hombre y la mujer: mientras el hombre puede escindir el deseo del amor, esto es imposible para la mujer. «En esta posibilidad y en esta afirmación sustentará su potencia masculina, su orgullo, su narcisismo, quiere ser capaz de un deseo autónomo, en estado puro, frente al cual la mujer sea un objeto intercambiable (sólo un objeto «a» según teoriza Lacan).» La estrategia masculina para negar la castración, cuyo espectro se perfila sobre la castración materna, es entendida en estos términos por Aulagnier: “...si es preciso el amor para que exista el deseo, entonces su supremacía fálica revela estar sometida al antojo de la Otra: la mujer se acerca al lugar vedado que tenía la madre, aquel cuya falta amenaza siempre con remitir a la nada su papel de ser que desea. Pero si, por el contrario, cualquiera puede permitirle reconocerse como ser que desea, si cualquier mujer, sin que tenga ni una palabra que decir, y cualquiera que sea su deseo le basta para que pueda afirmarse como «amo del deseo», entonces la amenaza materna es vana...”
En cambio la mujer se declarará siempre partidaria del amor único, ya que algo se opondría a que se conciba sólo como objeto de deseo, siempre buscará el amor y sólo por amor logrará en el mejor de los casos el goce sexual. “No la hiere el ser deseada, lo que no puede tolerar y lo siente como una decadencia es que el hombre le revele saber que ella no es sólo deseable, sino sobre todo que está deseosa del deseo de él y que se desenmascare su carencia. Obviamente tampoco soporta ser descubierta como «sujeto de deseo»”.
Pero, ¿por qué esta angustia, qué marca este corte tan neto entre el hombre y la mujer, esta fractura entre el goce y el deseo que se situaría en el nudo de la feminidad? Es que para la mujer, si experimenta goce no puede transformarse en el signo de otra cosa, si descubre que no es para el hombre sino el instrumento de un goce en el que el amor no tiene lugar alguno, y si su propio placer le confirma que ha revelado a su partenaire que a ella le «falta» algo, entonces se desmoronaría toda valorización narcisística. De ahí que la mujer tome la vía del simulacro, del engaño, de la mascarada (siendo ella misma la primera engañada) y con extrema atención tratará de atisbar, desentrañar cómo él la desea y, sólo «por amor» asumirá el papel que él propone y le será fiel, ya que el hombre, siempre listo en la reivindicación de su autonomía de ser que desea, no está dispuesto a considerar la reciprocidad cuando él no es el beneficiario.
Lo que surge como esclarecedor en el planteamiento de Aulagnier es la articulación que establece entre la valoración narcisista y la sexualidad como condición de acceso a la feminidad. Aunque también el clivaje entre histeria y feminidad pasa por el logro o no del goce, este último sería dependiente de un investimento narcisístico previo. Aulagnier sostiene que lo que Freud denominó una feminidad normal implicaría que «...la mujer haya podido hacer del deseo que brilla en la mirada del hombre la fuente misma de su investidura narcisística, pues, no lo olvidemos, no se puede amar si antes uno no se ama a sí mismo. Podrá aceptar saber que en cuanto sujeto de la carencia puede encontrar su lugar de deseada...». Si este prerrequisito no se cumple —la investidura narcisista del deseo del hombre por ella— rehusará a su partenaire todo surgimiento de placer, su frigidez desmentirá que el «pene» sea el emblema y la sede tanto del goce como de la valoración narcisista y será él quien deberá interrogarse acerca de qué es para ella el «objeto del deseo». En el triunfo del engaño la mujer recuperaría el poder, el «falo», pero a costa de su «goce».

domingo, 12 de febrero de 2017

Algunos rasgos de la histeria.

Las mujeres con una organización histérica en su personalidad presentan una dependencia acrecentada en sus vínculos de pareja, deseos impulsivos seductores de exhibirse constantemente, la necesidad de ser querida y ser el centro de atención en cualquier circunstancia, además tienden a una inmediata implicación sexual en cada relación de pareja donde generalmente permanecen frías.
La provocación sexual (visual o auditiva) y la posterior frigidez o rechazo es típico en estas mujeres. Asimismo revelan un fuerte vínculo edípico en sus relaciones sexuales, y puede existir la capacidad para relacionarse de manera estable, siempre y cuando se cumplen ciertas precondiciones neuróticas (relaciones con hombres mayores, casados, distantes afectivamente, «amores imposibles», etcétera).
En cuanto al masoquismo que presentan esta relacionado con un Superyó rígido y severo que condena su sexualidad inmediatamente después de haberlo practicado, con fuertes sentimientos de culpa pero pasado un determinado tiempo es reprimido y el «círculo vicioso» inicia nuevamente.

martes, 31 de enero de 2017

La sexualidad en la mujer histérica.

Para la mujer histérica la sexualidad tiene una connotación sobrevalorada, que puede estar relacionado con experiencias sexuales tempranas, o en otras ocasiones traumáticas, donde el sexo pudo haber sido «negado» y «glorificado» simultáneamente.
En cuanto a la negación la sexualidad hizo que el sexo se sintiera perteneciente a un mundo idealizado, con el efecto de una alternancia entre: «tenerlo todo» y «no tener nada».
En el caso de la glorificación, la misma experiencia sexual traumática temprana que puso al sexo en primer plano, desencadena personajes misteriosos e inaccesibles, donde el horror y la fascinación se entrelazaban inextricablemente.
Por lo tanto las mujeres histéricas se preguntan continuamente qué clase de sexualidad tienen hacia ellas y qué carácter reconocible tiene para los demás.De esta duda surge la necesidad espasmódica de seducir, de gustar, de provocar una atracción total, como si en un vórtice extremo y abarcador, pudiera finalmente dar paz: “Si le gustó al hombre, me siento integrada, por lo tanto ahora si puedo concebirme completa, ser que realmente «soy», una mujer”. Este puede ser el lema de la histérica.
Pero en esta compulsión de seducir, de gustar, de desencadenar en el otro un deseo que abarca todo y es casi aniquilador, esconde —una vez alcanzado su objetivo— un deseo fundamental de sumergirse en una indiferencia total, que aplacaría finalmente la ansiedad de sentirte «cosificada» sexualmente. Con esto podemos comprender por qué la depresión proviene después: el rechazo del otro no se percibe como abandono sino como una reafirmación del hecho de que efectivamente “no es nadie”, que su sexualidad la siguen percibiendo los demás como indiferenciada: "¡Si no soy increíblemente atractiva para todos, dejo de sentirme lo que soy, una mujer!"; "Si no soy la sirena que atrae a todos los hombres en mi mar abisal, yo soy el que cae en el mismo abismo en el que quiero arrastrarlos".

La sexualidad en la histeria y en el fronterizo.

Cuando observamos bajo el psicoanálisis a sujetos con «trastorno fronterizo», el trauma recurrente que padecen puede ser descrito como «un ataque permanente a su propia existencia».
El sujeto fronterizo no cuestiona su sexualidad sino más bien la muerte misma.
El acto traumatizante no desestabiliza su sexualidad sino que provoca una sensación de completa impotencia, falta de defensa, de pasividad prolongada, insoportable y mortal.
Podemos imaginar la vida del sujeto fronterizo como un intento de soportar esta pasmosa pasividad, dándole la vuelta: “Si te ataco, me siento activo y vivo, la rabia me hace volver a la vida. Si no te ataco, me quedo en tu poder y puedes disponer de mí como quieras”.
Ahora bien, si en la base de la histeria se encuentra la profunda depresión de no ser sexualmente definida y por lo tanto de sentirse abandonada por el otro que no ha podido brindar un reconocimiento en este sentido, en la base de la existencia fronteriza hay un sentido angustioso y doloroso de sentirse en un proceso que abarca toda su vida: “Todo el mundo puede hacerme daño, todo el mundo me hizo daño, todo el mundo me hará daño”, la incertidumbre no existe, todo es únicamente afirmación. No es, pues, el autoengaño meticuloso del paranoico lo que percibe el fronterizo sino un sentimiento de persecución que se difunde permanentemente y que se identifica con su vida misma.
Por medio del psicoanálisis se intenta ayudar al histérico a dejar de mezclar la necesidad del amor con el deseo de cegar al otro con su luz. Lo que la histérica quiere no es sólo amor, sino el amor total y aniquilador de los que ha enceguecido, de los que ha encantado, de los que ha hipnotizado.
La sirena encantó a los marineros; Circe y Calypsos encantaron a Ulises; lo despersonalizaron en una fantasía de total absorción en su belleza.
El trabajo que aborda el psicoanálisis con la histérica es muy difícil porque tiene que comprender que debe renunciar al deseo de ese amor ciego que el otro pudiera satisfacer porque sencillamente no existe y en su lugar tiene que aceptar un amor que tiene límites y trampas: El amor como el río deben fluir, aunque haya obstáculos y rocas, no necesita estar permanentemente con su fuerza todo el tiempo.
Es una tarea difícil y larga, llena de trampas depresivas, pero esta es la verdadera cura para la histérica.
Pero en el sujeto fronterizo, el problema es diferente.
La rabia que acompaña a la pasividad se entremezcla con la frustración, para ocupar el mundo entero. Esta ira furiosa y desesperada no se percibe como rabia, sino como ansiedad, inquietud, angustia.
Aquí, la terapia implica tratar de poner límites a esta tendencia hacia la universalización. Por lo tanto, la historia del sujeto fronterizo es importante: no sólo lo que respecta a su pasado, sino también al presente.
No hay duda de que la histeria y el fronterizo se superponen en algunas áreas. Si ambas están conectados con experiencias traumáticas; sexuales en el caso de la histérica, y vitales en el caso del fronterizo, no hay duda de que en algunos casos el trauma sexual puede ser experimentado como un ataque a la vida misma, a su existencia. Viceversa, el ataque a la vida psíquica, que caracteriza el trauma en el sujeto fronterizo, puede ser erotizado y por lo tanto tocar vastas áreas de la vida sexual para que la duda sobre la propia sexualidad pueda percibirse como capaz de cuestionar toda la vida entera.
Nuestra sugerencia básica es considerar a la destrucción (odio y rabia) que hemos descrito podría ayudar al psicoanalista a comprender el núcleo del trastorno y actuar en consecuencia, obviamente en función a la historia individual de su paciente.

martes, 24 de enero de 2017

El déficit narcisista en la mujer.

Lo habitual es que la niña (mujer) durante el Complejo de Edipo, el proceso de identificación con su madre —en tanto objeto ideal y asimismo rival—, encuentre serios obstáculos para considerarla un modelo a quien parecerse, y en lugar de desear identificarse a ella, se desidentifique y localice ese ideal en el padre.
En este punto es donde se revela el profundo déficit narcisista de organización de la subjetividad de la futura mujer, ya que de esta manera, concluirá el proceso por el cual la única vía para el restablecimiento del balance narcisista en la mujer es con base a alguna referencia fálica, «ubicando al hombre en el objetivo central y único de su vida». La mujer puede rodearlo de la más alta idealización y emprender su «caza», cualquiera sean sus cualidades; puede, despojándose de la posibilidad de poseer para sí metas y valores, delegarlos en él, de manera que será la fiel compañera, la que ayuda a que «su hombre se realice», situándose en ese lugar tan valorizado por nuestra cultura, de ser «la mujer que está siempre detrás de los grandes hombres»; o ambicionando mayor trascendencia para sí, competirá por poner en acto comportamientos o actividades que desarrollan los hombres, es decir, masculinizará su Ideal del Yo y su Yo; o finalmente puede llegar a instituir como su meta el comportamiento sexual del hombre hacia la mujer, homosexualizando su deseo.
Toda suerte de oposiciones caracterizan los destinos de las distintas instancias psíquicas en la mujer. Si busca ser «sujeto de su deseo» y satisfacer sin represiones su pulsión, aceptando su papel de ser «objeto causa del deseo», se encontrará no sólo con la condena social, sino con el peligro real de la pérdida del objeto, es decir, con un entorno que unánimemente no valoriza, no legitima como femenina esta disposición. Resulta así una oposición entre narcisismo y ejercicio de la sexualidad. Si se afana por superar sus tendencias «pasivas» que la mantienen dependiente del objeto —ya sea madre, padre u hombre— y obtener autonomía social e intelectual, se encuentra con que de alguna manera compite con algún hombre, castrándolo. Por tanto, la autonomía, que por otro lado forma parte de los requisitos esenciales de los decálogos de salud mental, se opone a la feminidad. La pulsión se opone al narcisismo; la ampliación del Yo, al Ideal del Yo. ¿Y el Superyó? Los trabajos de Carol Gilligan (provenientes del campo de la psicología social) sobre la evolución diferencial del juicio moral en los distintos géneros, muestran que, al llegar a la adolescencia, las niñas presentarán una perspectiva moral basada en una ética del cuidado, mientras que en los varones lo que prevalece es la lógica de la justicia. Pero como ambos serán evaluados con métodos diseñados en base a patrones masculinos —la escala de Lawrence Kohlberg—, las niñas, aun poseyendo una sólida ética del cuidado y la responsabilidad y una muy avanzada lógica de la elección, serán clasificadas con un menor nivel de moralidad. Extraña condición la del Superyó femenino, defectuoso, pero centrado en los máximos principios éticos del cuidado y la responsabilidad, inferior al del hombre, pero condenando y legislando rigurosamente cualquier «exceso» sexual.
Esta dimensión profundamente conflictiva de la feminidad en nuestra cultura se demuestra y tiene su máxima expresión en la histeria. La introducción del concepto de género permite comprender más cabalmente la problemática histérica y no caer en el error de considerarla basada en una supuesta indefinición sexual. «Si la histérica produce la fantasía de la mujer con pene, no lo hace ni por homosexual ni por transexual o sea, por el deseo de ser hombre, sino porque, cerrados los caminos de jerarquización de su género, intenta formas vicariantes de narcisización, añadiendo a su feminidad el falo, masculinidad, un pene fantasmal, o dirigiéndose a un hombre para que le responda ¿quién soy?».

jueves, 22 de diciembre de 2016

La confusión del deseo con el amor.

​Generalmente el sujeto tiende a confundir el «deseo» con el sentimiento del «amor»; pero el primero está inclinado más una aspiración mientras el segundo a una permanencia.
El amor y el deseo tienen fines diferentes, el deseo procura la satisfacción y el amor privilegia la unión, esto significa el vínculo con el otro. El deseo, en cambio, tiene una marcada preferencia por objetos parciales: una parte del cuerpo que es sobrestimada, rostro, senos, etcétera.
El deseo esta conformado de elementos pulsionales, que fragmentan y parcializan el objeto (partenaire), que toma el carácter de un fetiche cuando es el único que puede despertar el deseo sexual, razón por la cual la seducción tiene un poder hechizante: “Vale más el sujeto que pretendemos por lo que vela que por lo que muestra”.
Cuando el amor y el deseo van juntos, el sujeto amado es también el objeto de nuestro deseo, aunque raramente esto suceda por tiempos muy prolongados de vida en común. Cuando son antagónicos, pueden perturbar la vida en pareja (impotencia, frigidez, etcétera) y crear malestares que se observan sobre todo en neuróticos.
Dentro de la estructura neurótica, surge la mujer histérica, ella se caracteriza por la búsqueda permanente e insistente, su finalidad: «la confirmación de sentirse amada, es decir, una reivindicación narcisista». El amor que ofrece la histérica a su partenaire es para usarlo a él de espejo, donde únicamente pueda verse ella en todo su esplendor. El placer sexual es para ella relativamente secundario, cuando no inexistente, ella seduce con su cuerpo pero con su frigidez rechaza desdeñozamente a su pareja. Si es deseada pero no amada, se siente desvalorizada y experimenta un resentimiento que día con día se acrecienta.
La histérica pasa casi toda su vida buscando la confirmación de ser amada ¿qué la motiva a eso? Posiblemente por haberse visto decepcionada en ese sentido principalmente por su madre, amenazada casi todo el tiempo por la pérdida del amor: ¡Sí te portas mal, ya no te voy a querer! Aunado posteriormente a un padre distante afectivamente. El rencor y el odio por las injurias sufridas son notorios en estos casos: !Ahora de adulta —dice ella— tengo la sensación que mi madre nunca me quiso desde que nací! La separación satisfactoria con la madre no ha podido llevarse a cabo, porque siempre quedan cuentas por arreglar.
Pero en última instancia la histérica tiene aun una forma de confirmar que es amada, por medio de la mirada del otro, que tiene sobre ella los mismos efectos del licor para el alcohólico, por lo cual no resulta sencillo prescindir de esas miradas. Recurre para conseguirlo al conocido exhibicionismo histérico para producir un impacto en el otro: una forma provocativa de vestirse, de maquillarse, de platicar... Como se siente interiormente fragmentada, es en esa mirada que puede experimentarse momentáneamente como "una" finalmente reunida. Aquí cabe subrayar las características entre la mujer «normal» y la «histérica», si bien es cierto que ambas desean seducir al hombre con sus encantos físicos, la histérica los sobrecompensa, no escatima en mostrarse para obtener esa mirada que aliviana su angustia porque la aparición del deseo la lleva a la angustia, ya que quiere sostenerse como «objeto del amor y no del deseo». Defiende a capa y espada la causa del amor como un fin y no como un medio, tratando de consumir el deseo en el amor, confundiéndolos a ambos.
Desde el psicoanálisis, la disociación más notoria entre el amor y el deseo sexual se observa claramente en aquellos hombres con neurosis obsesiva que se les dificulta desear a la mujer que aman o amar a la que desean. Cuando aman, se les complica el acto sexual con su partenaire (impotencia, eyaculación precoz) muchos de ellos ni siquiera se atreven a pronunciar una “palabra obscena” durante el coito. Estos hombres suelen pensar que todas las mujeres son unas putas y que por eso gozan de la sexualidad, mientras que a su cónyuge la estigmatizan de “decente”, ni siquiera se atreven a imaginar que ella esta muy dispuesta a esa pasión carnal. La mujer amada, idealizada y excluida del campo de todo deseo posible, es la heredera de toda la carga de prohibición que pesa sobre el primer objeto de amor: la madre (Complejo de Edipo). Por lo tanto es común que este tipo de hombres estén más propensos a la infidelidad, ya que la práctica sexual satisfactoria sólo es posible si es mantenido alejado el componente sentimental (amor) de ellos para un buen desempeño erótico-pasional con la amante.

sábado, 3 de diciembre de 2016

La mujer histérica siente conflicto con su feminidad por lo tanto la sobrecompensa.

La dimensión profundamente conflictiva de la feminidad en nuestra cultura se demuestra y tiene su máxima expresión en la histeria.
La introducción del concepto de género permite comprender más cabalmente la problemática histérica y no caer en el error de considerarla basada en una supuesta indefinición sexual. Si la histérica produce la fantasía inconsciente de la mujer con pene, no lo hace ni por homosexual ni por transexual —o sea, por el deseo de ser hombre—, sino porque se han cerrado los caminos de jerarquización de su género por lo tanto intenta formas vicariantes de narcisización, añadiendo a su feminidad un falo, masculinidad, un pene fantasmal, o dirigiéndose a un hombre para que le pueda responder ¿quién soy?