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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

La intimidad corporal.

¿Cómo llegó a ser socialmente aceptable que un hombre insista en sus derechos sexuales cada vez que lo desea, mientras que la mujer los debe reprimir? ¿Se deberá posiblemente al hecho de que ante la violación la mujer es un ser relativamente indefenso por sus condiciones físicas? Esto debió ejercer cierta influencia en el desarrollo de muchas culturas. Sin embargo, con frecuencia se ha demostrado que incluso la violación no resulta demasiado sencilla si no hay cierta “cooperación” por parte de la mujer.
El trastorno neurótico del vaginismo ilustra que en algunas circunstancias, esa renuencia inconsciente a tener relación sexuales puede bloquear en forma significativa la libido del hombre. Si bien la fuerza física superior de éste puede ser un factor importante en la frecuencia de condescendencia pasiva femenina, también deben existir otros factores.
Para encontrar algunas respuestas debemos examinar los aspectos socioculturales que son significativos en este sentido, y que cuentan con cierta “aprobación” tanto de hombres como de mujeres en el sentido de la creencia que la pulsión sexual femenina no es tan apremiante como la masculina; por consiguiente, para ellas no es necesario satisfacerlo de forma inmediata. Aunque poco a poco se ha ido abandonando esta idea con la creciente tendencia de la mujer de afrontar y asumir en plenitud su sexualidad, siendo capaz de expresarlo ante sí misma, ante sus congéneres, ante su pareja, ante la sociedad en general, aunque ya en la intimidad del lecho no siempre se ponga lamentablemente en práctica, también existen otras féminas que dicha libertad sexual les atemoriza. Además, y en forma casi simultánea, otro aspecto importante de la vida sexual de la mujer ha ido perdiendo importancia, esto es, la posibilidad de tener hijos. La maternidad ya no es algo deseado por muchas de ellas. Por cierto, un tema muy amplio para investigar sus causas desde el psicoanálisis.
Hasta hace unas cuantas décadas se suponía que las necesidades sexuales de la mujer eran casi inexistente, se esperaba que ellas fueran capaces de controlar sus deseos sexuales en todo momento, por lo que un embarazo fuera de matrimonio denotaba debilidad o concupiscencia de la mujer. La participación del hombre en dicho embarazo era mirado con más tolerancia, y éste no se hacía merecedor de ninguna o casi ninguna deshonra social.
El hecho de que la mujer pudiera ocultar mucho mejor su excitación sexual a comparación del hombre, contribuyó en parte a la propagación de la idea que estableció cierto patrón en el que la obediente fémina se ofrecía a su pareja sin participar activamente en el coito. Muchas mujeres “normales” aceptan esta situación, pero seguramente en el fondo les resulta muy difícil asumir. Cabe agregar que un considerable número de hombres les causa cierta “incomodidad” cualquier expresión de intensa pasión de su pareja. Incluso existen hombres que les puede causar repugnancia si su mujer responde voluptuosamente en el intercambio sexual. Esto puede llevar a la fémina a ocultar su deseo sexual, incluyendo el orgasmo, sintiéndose desgraciada y furiosa.
Ahora bien, no sólo encontramos en las mujeres frígidas —quienes al advertir su ineptitud como compañeras sexuales— tratan de compensarla de la mejor manera posible con una entrega sin participación; en muchos casos, descubrimos también esa actitud aun en las mujeres con una respuesta sexual adecuada; ellas han aceptado la idea de que las necesidades del hombre son más importantes que las suyas y que, por ende, los deseos y las necesidades de aquél son soberanas.
La creencia errónea de que la vida sexual de la mujer no es tan apasionada ni perentoria como la del hombre, puede dar lugar a dos lamentables situaciones: puede inhibir la natural expresión de deseo de la mujer por temor a parecer una prostituta, o bien puede llevarla a creer que debe estar dispuesta a avenirse en todas las ocasiones que lo desee el hombre, por lo que vale decir, que ella no tiene ningún derecho propio para manifestarse u oponerse respectivamente. Ambos extremos representan un obstáculo en ella para su expresión espontánea con lo que surge el resentimiento y el descontento. Esto aunado al poco interés del hombre por despertar la pasión de ella y de la escasa importancia que le brinda al arte de amar, lleva a la pareja a un inevitable fracaso.
Cuando se desvaloriza un aspecto importante de la vida de un sujeto, ello tiene un efecto negativo sobre su autoestima. Lo que una mujer tiene en realidad para ofrecer en materia de correspondencia sexual se convierte en algo despreciable, y esto desvaloriza su Yo y su apariencia corporal.
La segunda manera en que nuestra cultura ha subestimado el patrimonio sexual de la mujer es desvalorizando sus genitales. En la terminología clásica, esto está relacionado con la idea de la “envidia del pene” (Teoría propuesta por el psicoanálisis) lo que nos convierte en una sociedad falocentrista. Pero debemos señalar enfáticamente que la idea de la “envidia del pene” es un concepto masculino: “Es el hombre quien experimenta al pene como un órgano valioso y supone que las mujeres también deben compartir ese sentimiento”. Pero es una idea ingenua pensar que una mujer realmente pueda imaginar portar su propio pene y con eso gozar, como lo hace el hombre con el suyo; más bien se percata de las ventajas socioculturales que tiene, quien porta un pene*.
Lo que una mujer necesita es más bien sentir la importancia de sus propios órganos y la aceptación de su cuerpo en general, y que cada una de sus funciones constituye una necesidad básica para consolidar su autoestima.
La mujer de complexión robusta, morena y baja de estatura tal vez crea que sería más deseada por los hombres si fuera rubia, alta y delgada; en otras palabras, si fuera otra persona. La solución de su problema —desde el psicoanálisis— no reside en el hecho de volverse rubia sino en descubrir por qué no se acepta tal como es. El psicoanálisis revelará que alguna persona significativa durante sus primeros años de vida prefería a las rubias, o bien que el hecho de ser morena se ha asociado con alguna otra característica inaceptable.
En nuestra cultura, la relación sexual ha merecido la desaprobación por el puritanismo. El ideal puritano consiste en la negación del placer erótico corporal, y esto hace que los deseos sexuales se conviertan en algo vergonzoso. En nuestros días seguimos encontrando indicios de esta actitud en los sentimientos expresados por ambos sexos. También existe otra actitud que desvaloriza la sexualidad, en particular la sexualidad femenina. Estamos inmersos en una sociedad que pone gran énfasis en la pulcritud. Para muchos sujetos, los genitales entran en la categoría de órganos excretorios, asociándose así con la idea de algo sucio. En el caso del hombre, parte de esa consigna desaparece porque él se libra de la menstruación. La mujer, en cambio, es quien la presenta y, cuando su actitud se ha visto fuertemente influida por el concepto de algo sucio o desagradable, ello acrecienta su sensación de ser inaceptable, y esto aunado a la opinión de su partenaire de que efectivamente sus flujos menstruales tienen un olor nauseabundo, fortalecen el convencimiento de la fémina de que los desechos de sus genitales son verdaderamente repugnantes.
El desenfrenado placer que el niño experimenta frente a su cuerpo y a los flujos que emanan de él comienza a reprimirse a edad muy temprana, Esto constituye una parte fundamental de la educación básica. A la mayoría de las personas les resulta muy difícil aceptar el efecto pernicioso que esto constituye sobre la vida psíquica y emocional del sujeto; si esa actitud fuera más permisiva entonces algunos trastornos que presentan ciertos sujetos sencillamente no existirían. Lo que ocurre es que ese tipo de educación, implementado por el mercado de consumo capitalista ha creado una especie de actitud repulsiva hacia los flujos corporales.
La moralidad de esfínter, como la llamó Sandor Ferenczi, se extiende más allá del control de la orina y de las heces; en cierto modo, incluye también a los flujos vaginales, semen, sudor, mucosidad, etcétera. Es evidente que estos flujos tienen una enormemente influencia en las actitudes que toman hombres y mujeres al respecto, que pueden llegar a ser completamente repugnantes. Ese intento de algunos sujetos de controlar la expulsión del excremento, orina, etcétera, aunque de manera incipiente, dado que es una cuestión biológica que está más allá de la capacidad psíquica del sujeto para retener, nos muestra claramente como se ha creado un sentimiento de inaceptabilidad y suciedad al respecto.

*Desde el psicoanálisis existen algunas mujeres que efectivamente desean poseer un pene propio, pero únicamente el análisis puede confirmar esto, lo que obviamente las ubica dentro de la psicopatología.


Un apunte sobre la prostitución, la homosexualidad y los celos en las mujeres.

El Complejo de Castración de la niña (o el descubrimiento de la diferencia anatómica. entre los sexos) que, según Sigmund Freud, marca el comienzo de su actitud edípica positiva (normal) y la hace posible, tiene su correlación psíquica como en la del niño (varón), y es sólo está correlación es la que le presta su enorme significación para la evolución mental de la niña.
En los primeros años de su desarrollo como sujeto (dejando de lado las influencias filogenéticas que, desde luego, son innegables), la niña se comporta en forma exactamente igual a un niño (varón), no sólo en lo referente al onanismo, sino en otros aspectos de su vida mental: en su meta amorosa y en su elección de objeto ella también desea a su madre. Una vez que ha descubierto y aceptado plenamente el hecho de que la castración ha tenido lugar, la niña se ve obligada a renunciar definitivamente a su madre como “primer objeto” y además a abandonar la tendencia activa y de conquista de su meta amorosa, también la práctica del onanismo clitoridiano. Posiblemente aquí encontremos la explicación de un hecho que hace mucho nos es familiar; a saber, que la mujer que es completamente femenina no conoce ningún «amor objetal» en el verdadero sentido de la palabra ¡Sólo puede dejarse amar! , Así, las concomitancias mentales del onanismo fálico hacen que la niña normalmente reprima dicha práctica en forma mucho más enérgica que el niño (varón) y deba luchar contra ella de manera mucho más intensa que aquél. Pues, junto con dicha práctica, la niña debe olvidar su primera decepción amorosa, el dolor de la primera pérdida de un objeto amoroso. Sabemos en el psicoanálisis con cuánta frecuencia esta represión de la actitud edípica negativa de la niña es del todo o parcialmente infructuosa. Para la niña, como para el niño (varón), resulta muy doloroso renunciar al primer objeto amoroso: en muchos casos la niña se aferra a éste durante un tiempo anormalmente prolongado. Ella trata de negar el castigo (castración), el cual inevitablemente la convencería de la naturaleza prohibida de sus deseos. Si más adelante su anhelo amoroso sufre una segunda decepción, esta vez en relación con el padre, quien no se muestra dispuesto a satisfacer sus demandas amorosas pasivas, a menudo tratará de regresar a su situación previa y de volver a asumir una actitud activa hacia la madre. En los casos extremos, esto conduce a la homosexualidad manifiesta, tan bien explicada por Freud en su obra: “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina”. La paciente a la que Freud se refiere en ese trabajo hizo un tímido esfuerzo, al entrar en la adolescencia, de adoptar una actitud femenina frente al amor, pero, poco tiempo después se comportó como un «joven enamorado» frente a una mujer mayor a quien según, amaba. Al mismo tiempo era una «feminista» declarada, que negaba la diferencia entre el hombre y la mujer; así, había conseguido regresar a la fase negativa inicial del Complejo de Edipo.
Quizás sea más común otro proceso: la niña no niega del todo la realidad de la castración, sino que busca una sobrecompensación por su inferioridad corporal en un plano distinto del sexual (en la decisión de su vocación profesional, o empleo, o elección de pareja: un hombre afeminado). Pero al hacerlo, ella reprime por completo los deseos sexuales, es decir, permanece sexualmente insensible. Es como si esto simbolizara: “Ya que no puedo y no debo desear a mi madre, renunciaré a cualquier otro intento de desear en absoluto”. Su creencia de que posee un pene la desvía así a la esfera intelectual, pero no con la salvedad de tener una preparación profesional sino más bien dirigida a competir y conducirse desde una posición masculina con el hombre, bajo cualquier circunstancia.
Como tercera consecuencia posible, observamos: que una mujer puede establecer relaciones con un hombre y, sin embargo, seguir estando interiormente fijada al primer objeto de su amor: la madre, por lo que se siente obligada a presentar frígidez durante el coito porque inconscientemente no desea ni al padre ni a su sustituto, ya que sigue aferrada inconscientemente a la madre. Estas consideraciones nos permiten colocar bajo otra luz las “fantasías o sueños de prostitución” que desea realizar generalmente la mujer y que son muy comunes en ellas. Según este punto de vista, todo esto constituye un acto de venganza, no contra el padre sino más bien contra la madre.
El hecho de que las prostitutas a menudo sean bisexuales o incluso homosexuales (manifiestas o encubiertas) puede explicarse igualmente de esta manera: la prostituta se vuelca hacia el hombre como una forma de venganza contra la madre, pero su actitud no es de una entrega femenina pasiva (he aquí una de las razones de su frialdad en la intimidad) sino con una connotación activa (masculina); ella apresa al hombre en la calle, lo “castra simbólicamente” al tomar su dinero, y, de esta forma ella asume el rol masculino en el acto sexual, obligando al hombre (cliente) a desempeñar el papel femenino (pasivo).
Al considerar estas perturbaciones en el desarrollo de la mujer hasta una femineidad completa, debemos tener en cuenta dos posibilidades: la niña nunca ha sido capaz de renunciar por completo a su deseo de poseer a la madre y ha establecido así un vínculo endeble y precario con el padre; o bien ha realizado un violento intento de sustituir a la madre con el padre como objeto amoroso pero, después de sufrir una nueva decepción de parte de éste (padre), ha vuelto a su primera posición (madre) con la cual se posiciona su deseo como homosexual.
En su obra “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica” Freud señala el hecho de que los celos desempeñan un papel mucho más importante en la vida mental de las mujeres que en la de los hombres, opinando que la razón de ello es que, en el caso de las primeras, los celos se ven reforzados por un desplazamiento de la envidia del pene. Aquí deberíamos precisar que los celos de la mujer también se expresan más intensos y continuos que los del hombre porque ella jamás podrá retornar al primer objeto de amor (madre), mientras que el hombre, cuando sea adulto tiene la posibilidad de hacerlo (sustituto de la madre en otra mujer).


Precisiones sobre la perversión.

Sigmund Freud señala que la perversión en los sujetos (hombres) es consecuencia del Complejo de Edipo no resuelto que incluye como componente central y fundamental la angustia producida por la castración. Cuando el niño edípico varón llega a la edad adulta es incapaz de experimentar la primacía genital con una mujer, ya que su madre permanece en su inconsciente y siente una extrema angustia ante la posible castración ejercida por su padre por lo negará la diferenciación entre los sexos y por lo tanto crea una “madre fálica”.
Esta teoría ha sido cuestionada por otros investigadores a la luz de estudios sistemáticos de las observaciones de la simbiosis madre-bebé y la conciencia de la importancia que tiene para ambos sexos el período de apego a la madre, o la llamada fase preedípica. En la actualidad se considera que la psicopatología perversa en los hombres se desarrolla en esta etapa, durante la cual la psicogénesis está profundamente relacionada con los intensos temores de ser “abandonado” o “seducido” por la madre; parece evidente entonces que la perversión masculina es el resultado de una conflictiva maternidad inicial. Pero por otro, son pocos los estudios sobre el origen de la perversión en las mujeres, posiblemente por una “represión”, para reconocer que también en estas existe, aunque se manifieste de diferentes maneras.
¿Por qué resulta tan difícil conceptualizar la noción de maternidad perversa y otros comportamientos femeninos perversos de acuerdo a una psicopatología diferenciada, por completo distinta, que se origina en el cuerpo femenino y sus atributos inherentes? Las ideas preconcebidas de los hombres han dificultado la comprensión de algunos comportamientos de las mujeres, incluyendo las perversiones femeninas, en ocasiones hasta el punto de negar toda evidencia de que éstas existan.
Debemos señalar que tanto para hombres como para las mujeres la perversión implica una profunda ruptura entre la sexualidad genital como fuerza vital –o amorosa– y lo que se encubre como sexual, pero que en realidad corresponde a etapas mucho más primitivas en las que la pregenitalidad impregna todo el cuadro.
En el caso de la perversión del hombre (macho), la profunda ruptura se da entre lo que el sujeto experimenta como su madurez anatómica y las representaciones mentales de su cuerpo, en el que se ve a sí mismo como un bebé incontenible y desesperado. Por lo tanto, aunque responda físicamente con un orgasmo genital, sus fantasías pertenecen a las etapas preedípicas. Durante la etapa adulta de este sujeto es cuando regularmente suele prepararse para “vengarse”. No es consciente de su odio. De hecho, habitualmente no comprende qué es lo que le domina ni por qué hace esas cosas que, en realidad no le proporcionan más placer que una efímera sensación de bienestar, aunque dure lo suficiente como para aliviar su creciente angustia. Desconoce por qué una sensación extraña, que sabe que no es correcta, hace que se sienta mejor, sólo por un tiempo. Le resulta aun más desconcertante saber que existen alternativas que obviamente le serían mucho más satisfactorias y que son aceptables socialmente. Es consciente, con todo el dolor que ello implica, de la compulsión a repetir la acción, pero no es del todo consciente de la hostilidad que la provoca. Además, la certeza de quién es la persona a la que odia y de la que quiere vengarse, permanece sumergida en su inconsciente, sobra decir que es el primer objeto (madre).
La principal diferencia entre la acción perversa de los hombres y de las mujeres está en el objeto. Mientras que en el caso de los hombres el acto se dirige hacia un objeto parcial externo, en el de las mujeres habitualmente se dirige contra sí mismas, bien contra sus cuerpos o contra objetos que consideran de su propia creación: sus hijos. En ambos casos, cuerpos e hijos son tratados como objetos parciales.
El perverso, sea hombre o mujer “siente” que no se le ha permitido disfrutar de la sensación de una evolución propia como sujeto diferenciado, con una identidad propia; en otras palabras, no ha experimentado la libertad de ser él mismo. Esto crea en su interior una profunda convicción de que, no es un ser total sino un objeto parte de su madre, tal y como experimentó a su madre en sus primeros años de vida. Con anterioridad, se había sentido no querido, ni deseado, e ignorado, o alternativamente, como una parte muy importante pero casi indiferenciable de la vida de sus padres (regularmente de su madre). En este último caso se sentiría sofocado y sobreprotegido (lo que en términos reales significa completamente desprotegido). Ambas situaciones crean una enorme inseguridad y vulnerabilidad, e inducen un odio intenso hacia el sujeto que las ha provocado, y que a su vez era lo más importante cuando era un infante: su madre. Por lo que estos sujetos pasan de ser víctimas a ser verdugos. En sus acciones perpetran las represalias y humillaciones que previamente se les infligieron. Tratan a sus víctimas de la misma forma en que ellos se sintieron tratados: como objeto parciales que sólo existen para “satisfacer caprichos y extrañas expectativas”. Tal aparente actuación sexual es una defensa maníaca contra los terribles temores relacionados con la amenaza de perder a la madre y un sentido de identidad.
«El rasgo fundamental de la perversión es que, simbólicamente, el sujeto intenta vencer el miedo terrible a perder a su madre a través de la acción perversa».En la infancia nunca se sintió a salvo con su madre, por el contrario consideraba a su madre como algo muy peligroso, lo que le producía una sensación de máxima vulnerabilidad. Por consiguiente, la motivación subyacente a la perversión es de tipo hostil y sádico. Este mecanismo inconsciente es característico de la mente perversa.
Hagamos un paréntesis y recordemos las las ideas de Ronald David Laing sobre las madres esquizofrenicas, postulados que fueron malinterpretadas por los profesionales de la salud mental y del público en general en culpar a estas mujeres porque “enviaban” mensajes contradictorios (anteriormente, en términos de Gregory Bateson, de doble vínculo) a sus hijos. Por consiguiente, en la psique de estos infantes reinaba la confusión; sentían que sus progenitoras no les permitían nunca saber lo que estaba bien o mal, dando con ello el comienzo a una estructura psicótica.
La desinformación o la ignorancia puede causar en los profesionales de la salud mental y del lego que hagan un señalamiento equivocado sobre este tipo de mujeres, sin preguntarse ¿y sus madres de estas féminas, cómo fueron? Generalmente a las madres se les considera automáticamente responsables de la condición de sus hijos. No se les comprende en forma real ni compasivamente; por el contrario, son condenadas por su mal comportamiento hacia sus vástagos. Tan sólo unos pocos observadores de la profesión clínica reconocen que estas madres a su vez habían atravesado experiencias traumáticas en su infancia, que en parte las ha conducido a actitudes crueles hacia sus hijos. La víctima casi siempre producirá más víctimas.


Ensayo: El trastorno de identidad de género.

“No hay nada mas precioso en la vida y para la vida que un buen recuerdo de la infancia”. Fiódor Dostoievski.

Empecemos por definir el término “sexo” y “género” para distinguir las diferencias que presentan los sujetos de sus características “biológicas” y “socioculturales”. Hasta la década de 1960, la palabra “género” era utilizada únicamente en gramática para referirse a masculino y femenino, por ejemplo «el» o «la»; sin embargo, para explicar por qué algunos sujetos «sienten» que están “atrapados en el cuerpo equivocado”, John Money y Robert Jesse Stoller cuando estudiaron casos de transtorno de identidad de género, fueron los primeros en emplear la terminología de género en este sentido.
Stoller (1968) comenzó a utilizar el término “sexo” para determinar los rasgos exclusivamente biológicos y “género” para destacar las características femeninas y masculinas que presenta un sujeto. Aunque sexo y género se complementan, separar estos términos fue con la finalidad de brindar un sentido teórico a sus ideas, permitiendo explicar el fenómeno del trastorno de identidad de género, ya que lo que respecta al sexo y género en estos sujetos, sencillamente no coincide.
Los términos “sexo” y “género” están estrechamente relacionada pero no son sinónimos, Stoller señaló la distinción entre ellos por lo que sugirió que la palabra “sexo” se usará para referirse a las diferencias físicas y biológicas entre hombres y mujeres; mientras que el término “género” se utilizará en relación con el comportamiento y las conductas que despliegan hombres y mujeres dentro de su cultura. Esta distinción es la base para todas las definiciones de “sexo” y “género” que se encuentran actualmente.
El término “sexo” se refiere por lo tanto a las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, por ejemplo, los órganos relacionados con la reproducción, o la disposición cromosómica. Mientras que el término “género” se refiere a las diferencias culturales, socialmente construida entre hombres y mujeres, es decir a la forma que una sociedad alienta y enseña al sujeto a comportarse con diferentes conductas a través de la socialización. El género se refiere a las divergencias en las actitudes y comportamientos, y estas diferencias son percibidas como un producto del proceso de socialización y no en su aspecto biológico. También incluye las diferentes expectativas que la sociedad y los mismos sujetos establecen en cuanto a los comportamientos, cuando se denotan como masculinos o femeninos. Viendo el género como un fenómeno construido socialmente implica que, al contrario del sexo, no es lo mismo para todas las culturas, este puede variar dependiendo la cultura, así como puede cambiar con el paso del tiempo.
“En busca de la masculinidad”.
La identidad de género se establece entre los dieciocho meses a los cuatro años de edad aproximadamente, según el planteamiento de Stoller.
Desde el nacimiento el infante está estrechamente vinculado a la madre: simbiosis madre-infante (el psicoanálisis señala como “primer objeto” a la madre). En el caso de las niñas (hembras) la identificación en cuanto al género femenino, continúa desarrollándose a través de la relación con su madre (hasta los cuatro años de edad aproximadamente). Pero en el caso del niño (macho) tiene una tarea de desarrollo adicional: desidentificarse de su madre para identificarse ahora con su padre (entre los dieciocho meses a los cuatro años de edad aproximadamente).
Generalmente a partir de los dieciocho meses de edad, el niño o la niña inicia la comunicación con un incipiente lenguaje, que paulatinamente va estructurando percatándose que el mundo que lo rodea está dividido en opuestos: madre-padre, niño-niña, hombre-mujer, él-ella, etcétera, en este punto, el infante no sólo comenzará a observar la diferencia, sino también se orientará cómo encaja: si es masculino o femenino —según el caso— en este mundo dividido por el género.
La niña tiene la tarea más fácil de identificarse como femenina, ya que esta vinculada al primer objeto, ella no necesita desidentificarse de ésta para identificarse posteriormente con el padre. En el niño sucede algo diferente, se debe separar de la madre y desarrollarse de forma opuesta al género femenino al que pertenece su madre (aquí se habla de una «protofeminidad» que tienen todos los sujetos al nacer debido a la simbiosis madre-infante) para lograr su heterosexualidad. Esto puede explicar el por qué existen más hombres (machos) con trastorno de género u homosexuales que mujeres (hembras) con las mismas características. Algunos estudios reportan sobre la homosexualidad una proporción de dos a uno, otros de cinco a uno, y otros incluso de once a uno respectivamente. Obviamente no existe certeza al respecto, excepto lo que es evidente en la observación cotidiana. “La primera orden del día que recibe un niño es —según Robert Jesse Stoller— no ser mujer”. Esto se puede apreciar en los comportamientos que manifiestan los niños (machos) cuando afirman a sus pares: ¡Pareces niña! o ¡Eres un marica!, haciendo alusión a la conducta desplegada como afeminada; mientras que por otro lado, esto no lo expresan las niñas (hembras) a sus pares, no se escucha decir: ¡Pareces niño! o ¡Eres un masculino!
Ahora bien, si es cierto que influye de manera importante el rol de la figura paterna en el desarrollo del hijo (macho) —no necesariamente debe ser el padre biológico— el cual debe reflejar y afirmar la masculinidad de su vástago, por ejemplo jugar bruscamente con su hijo, aprender a jugar fútbol, bañarse juntos… conductas que son sustancialmente diferentes si se realizaran con su hija, a este proceso se le denomina “incorporación de masculinidad en sentido de sí-mismo” o “introyección masculina”, aunque cabe señalar que esto no es definitivo.
Podemos observar que algunas madres tienen una tendencia a prolongar la dependencia física y psíquica con su hijo. Si es cierto que la intimidad de una madre con su hijo es exclusiva y primordial porque este poderoso vínculo establece un sano desarrollo para el infante: “simbiosis dichosa” en palabras de Stoller. Cabe subrayar que también existen casos que está relación madre-hijo puede profundizarse lo que se convierte en una malsana dependencia mutua, sobre todo si la madre no tiene una relación íntima y satisfactoria con su cónyuge preponderadamente en su carácter sexual, o si presenta una soltería empedernida, no es de extrañar que dichas madres presenten una personalidad histérica. En tales casos puede poner demasiada libido sobre el cuerpo del infante, esto significa erotizarlo, por lo que utilizan al hijo para satisfacer sus necesidades de amor y compañerismo, que resulta una forma patológica de vincularse con su vástago.
La función paterna, fuerte, directa y benevolente interrumpe en esa “gozosa simbiosis” madre-hijo, donde el padre concentiza que no es saludable. Si un padre quiere que su hijo sea heterosexual debe romper el vínculo madre-hijo, pero ¿Qué otras actividades debe realizar el padre para escindir esa gozosa simbiosis? Será únicamente la madre quien podrá dar esa pauta, en el momento que, atendiendo a su hijo, se voltea para regocijarse en los brazos de su amado esposo, con lo que pone una barrera simbólica entre el hijo y ella que se traduce en: ¡Yo jamás podré ser tuya porque le pertenezco a tu padre! “Ante esta postura de rechazo de la madre hacia su hijo, pone un límite entre ella y su vástago pero al mismo tiempo le brinda la oportunidad de introyectar la masculinidad paterna. Por medio de una escena fantasmática del niño (macho), que significaría que para poder poseer a su madre, la única manera posible será parecerse a su padre y con eso cumplir su deseo de poseer a su progenitora, ya que para el infante: Papá es el que puede acariciar y abrazar a mamá, la besa en la boca y ¡hasta duermen desnudos en la cama! Algo que a la criatura se le prohíbe hacer con su madre. De esta manera, el padre debe ser un modelo, demostrando que desde su postura puede mantener una relación demasiado íntima con su esposa (madre del infante).
El padre tiene la función de servir como un amortiguador entre el vínculo madre-hijo. Y en otras ocasiones será la madre quien podrá funcionar como amortiguador del vínculo padre-hijo manteniendo a su marido lejos del niño. En estos casos es cuando la madre exclamará a su cónyuge: ¡No juegues tan brusco con él (refiriéndose a su hijo) lo vas a lastimar! En otros casos la madre puede ser directa con su hijo al decirle: ¡Hoy papá estará ocupado haciendo cosas conmigo! Con el fin de satisfacer sus propias necesidades íntimas con su marido.
En los casos patológicos la madre puede ver en su hijo a ese “hombrecito” de la casa con el que puede mantener una relación emocional demasiado íntima sin los conflictos que ella tiene que enfrentar en la relación con su marido. Además de poner mucha atención continuamente para “rescatar” a su hijo de los regaños o abusos reales o imaginarios a cargo del padre por lo que estaría fomentando la “simbiosis gozosa”. Esto se manifiesta en que siempre está dispuesta a abrazar y consolar a su hijo en cualquier desavenencia que padezca, por mínima que sea; o cuando el padre impone una disciplina, o es indiferente con su vástago, en tales casos la madre se presenta muy complaciente con su hijo.
La excesiva simpatía de la madre por su hijo puede desalentar al niño (macho) para llevar a cabo la separación materna, que será vital para su sano desarrollo psicosexual. Además, la exagerada simpatía de ella, fomenta la autocompasión, una característica que se observa a menudo en los hombres homosexuales, dicha simpatía puede también animar al niño (macho) a permanecer aislado de sus pares cuando él es herido por la burla o exclusión de su círculo social.
Por otro lado debemos indicar que no todos los niños con trastorno de identidad de género son notablemente apuestos, pero Richard Green vio una conexión y concluyó que los aspectos anatómicos bellos del niño, suele existir un señalamiento enfático por uno o ambos padres sobre tales atributos, siendo que se lo expresen directamente al hijo, o que lo manifiesten en presencia de otros cuando el vástago está presente, con lo que fomentan su afeminamiento (R. Green, “Síndrome Sissy Boy”, págs. 64-68).
En la historia del hombre el pene es el símbolo esencial de la masculinidad —la inconfundible diferencia entre macho y hembra— está divergencia anatómica hay que señalarla al niño con trastorno de identidad de género durante el psicoanálisis —según lo expresado por Green— además agrega que estos infantes consideran regularmente a su propio pene como una especie de objeto extraterrestre, algo misterioso, y en caso de aceptar su pene como un órgano propio, al llegar a la adultez sentirán una fascinación continua por el pene de otros.
El niño (macho) que toma una postura inconsciente de separarse de su propio cuerpo masculino estará orientado hacia un camino homosexual, regularmente presentará conductas afeminadas; es decir, será algo diferente con sus pares (machos) y en su infancia estará propenso a desenvolverse con niñas (hembras). Hay que mencionar que entre los cinco a once años de edad aproximadamente, los niños (machos) regularmente rompen la relación con las niñas (hembras), con la finalidad de “consolidar” su identidad de género masculina. Es frecuente observar que los niños (machos) con trastorno de identidad de género, la relación con el padre (macho) es casi nula o distante. Y por último, la opinión de Lynne Segal, sobre el acondicionamiento social para brindar y alentar las características peculiares de cada género, podría ser aún más intratables que el determinismo biológico del sexo.

Referencias.
Sigmund Freud: Tres ensayos sobre teoría sexual.
Margaret Schoenberger Mahler, y Manuel Furer: Simbiosis humana y las vicisitudes de la individuación.
Margaret Schoenberger Mahler: Separación-individuación
Psicosis infantil. Revista de la Asociación psicoanalítica americana. 15: 740-753.
Margaret Schoenberger Mahler, Fred Pine, y An Bergman: El nacimiento psicológico del infante humano.
Joyce McDougall: Teatros de la mente.
Robert Jesse Stoller: Sexo y género.
Jaime P. Stubrin: Sexualidades y homosexualidades.
Richard Green, “Síndrome Sissy Boy”.


El amor significa, volver al principio.

“¿Nos acordamos aún del amor, generador de fecundos errores? Cualquier paso que demos en el amor intimida el conocimiento y lo obliga a caminar recatadamente a nuestro lado o pegado a nosotros. La mengua de lucidez es una señal de vitalidad del amor”. Émile Michel Cioran.

Cuando dos sujetos, en el ámbito de la intimidad corporal, dos seres únicos y en la soledad de su existencia, logran encontrar mutuamente que el otro representa la respuesta a su deseo, están inequívocamente ante el amor, algo de valor incalculable para el sujeto en particular y para la humanidad en general.
Sigmund Freud llegó a expresar que en el fondo de todo enamoramiento hay un deseo inconsciente de recuperar aquella primera experiencia, aquel primer amor que nada ni nadie podrá sustituir, la simbiosis madre-hijo. Y por eso el enamoramiento es considerado —desde el psicoanálisis— como una psicosis transitoria, porque quien lo experimenta es expulsado de la realidad, esculpiendo de manera ilusoria a su partenaire como aquel objeto primario (madre) a la medida de lo que fue su primer deseo.


martes, 14 de noviembre de 2017

El fantasma, psicoanálisis.

“El hombre es la suma de sus fantasías”. Henry James.

¿Qué significa la palabra “fantasma” para el psicoanálisis? Es una escena, en ocasiones un recuerdo olvidado que sin alcanzar la conciencia permanece activo y sigue influyendo de manera determinante en el sujeto. Es un panorama generalmente inconsciente destinado a satisfacer un deseo incestuoso que no se puede concretar. Por ejemplo, el niño que desea unirse sexualmente a su madre durante el Complejo de Edipo, fantasea la relación sexual como única alternativa. El fantasma tiene la función de sustituir la acción —que por alguna circunstancia es imposible llevarla a cabo en la realidad— por una satisfacción fantaseada como opción. Así el deseo se cumple parcialmente en una fantasía en el inconsciente “suponiendo” que se reproduce en la realidad. Por eso Sigmund Freud calificó a la fantasía de “realidad psíquica”. En otras palabras, cuando un deseo incestuoso no encuentra su objeto en la realidad concreta «no lo encontrará nunca» el Yo lo inventa y lo recrea completamente en la imaginación.
El fantasma es un teatro mental catártico que pone en escena la satisfacción inmediata del deseo y, así, descarga la tensión psíquica. El fantasma no es una difusa ensoñación, ni un monólogo interior, ni siquiera la voz de la conciencia que juzga (Superyó), guía o protege. No, el fantasma es una breve escena dramática extremadamente rápida, que se repite, siempre igual, sin que la conciencia la perciba nunca concretamente, el fantasma se intercala hábilmente entre los pensamientos. Se trata, pues, de una escena fantasmática que no se percibe mentalmente pero cuyos efectos se sienten emocionalmente sin saber que esa escena es lo que causa la emoción. Un sentimiento de amor, odio, asco, celos… puede haber sido suscitado, por ejemplo, por una escena fantasmática con el propósito de calmar la pasión de un deseo sexual o agresivo que exige su inmediata satisfacción; verbigracia una adolescente ama profundamente a su padre y, sin saberlo, también lo desea. Inconsciente de su deseo incestuoso, se comporta con su progenitor incomoda y hasta le tiene miedo. ¿Qué ha ocurrido? En realidad su deseo incestuoso —perfectamente normal en una joven que aun no ha puesto punto final a su Complejo de Edipo— se ha apoderado de su Yo y para calmar la tensión, forja un fantasma, es decir, una escena fantasmática de seducción en la que la joven goza al ser seducida por un padre a quien ella, a su vez seduce. Aun cuando no vea esta escena ni sienta el deseo incestuoso que la anima, conscientemente la joven experimenta sentimientos intensos en relación con su padre, pero son sentimientos totalmente opuestos a los que vive inconscientemente en su fantasía. En vez de seducir a su padre y dejarse seducir por él, lo rechaza violentamente, siente asco y repugnancia por él. En suma, detrás de ese rechazo se esconde el fantasma de la seducción y detrás del fantasma brota el deseo incestuoso. Por lo tanto el fantasma satisface inconscientemente el deseo, mientras que la repulsión y el asco son sentimientos reactivos: la repugnancia y el asco por el padre es el reverso de un intolerable deseo incestuoso.
Generalmente los fantasmas son inconscientes, el inconsciente conserva en sus profundidades fantasmas que aspiran a salir a la conciencia, sin embargo, saben que es muy difícil lograrlo, mientras el Yo se encuentra ocupado en otras cosas de la vida cotidiana sin ocuparse de ellos; aunque de vez en cuando el Yo pierde atención por la situación presente, y entonces esos fantasmas aprovechan ese descuido y empiezan hacer estragos en el sujeto. Esto sucede también en los sueños, el Yo deja de tener el control y los fantasmas salen a relucir. Por otro lado, podemos observar que cuando el sujeto está muy interesado y apegado a un objeto, también sus fantasmas se movilizarán y darán por resultado un comportamiento, una decisión o una reacción afectiva a menudo inoportuna que devendrá en conflictos con el objeto. Muchas acciones que realiza el sujeto sirven para transformar el fantasma inconsciente, en un acto.
Los síntomas son la manifestación dolorosa de las escenas fantasmáticas que reinan en el inconsciente desde la infancia. Estas escenas encuentran en el síntoma, en los sueños o en los actos esenciales de la vida afectiva sus diferentes medios de expresión.
El fantasma es, pues, un cuadro interior, pero suponiendo que ese cuadro fuera visible ¿Qué mostraría? ¿Qué acción se desarrollaría en él? Puesto que los deseos, cuyo señuelo es el fantasma, son deseos sexuales o agresivos, es decir, buscan el placer de alcanzar el cuerpo del otro o de hacerle daño, lo que suceda en la escena fantaseada será su reflejo. Por tanto se trata de una trama infantil de dominio sexual o agresivo de un personaje fuerte sobre un personaje débil. En este sentido, toda escena fantasmática es resultado del Complejo de Edipo puesto que el protagonista busca poseer al otro o ser poseído por él. No obstante, en la acción fantasmática el sujeto puede desempeñar todos los papeles, a veces es el dominador y otras el dominado; en ocasiones es el adulto-abusador y en otras el niño-víctima; por momentos es un hombre viril o se traslada a representar una mujer sumisa, etcétera. Muy a menudo la situación de dominación es una mezcla de erotismo y de agresividad pero de connotación pueril, en ella los gestos son más bien mímicos, como si en su fantasía el sujeto «jugara» no con muñequitos sino con pequeños personajes crueles y sexuales. Para ser más claros, la escena fantasmática no es una escena pornográfica ni una escena de terror, sino más bien una caricatura.
Ahora bien, la escena fantasmática no tiene la nitidez de una película sino es un esbozo, un esquema dinámico más vivido que concebido. Es, pues, una escena sentida y no observada, como si el sujeto fuera «ciego» a su fantasma. Obviamente el fantasma está presente, influye en el comportamiento, pero el sujeto no lo ve, aunque puede experimentar la sensación que corresponde a su gesto en la acción escénica. En conclusión el fantasma dirige al sujeto, pero éste no observa la escena ni distingue claramente a los protagonistas; siente las tensiones que están en juego, la intensidad o, más exactamente, el equilibrio de las fuerzas dominantes y hostiles, protectoras y tiernas. El fantasma es una escena virtual, una representación abstracta y condensada de las tendencias inconscientes.


​La escena primaria y el origen del miedo en la sexualidad adulta.

Generalmente las mujeres tienen miedo a la gestación, parto y maternidad independientemente de las razones económicas, por las que también el hombre evitará engendrar hijos, pero en la mujer hay algo más: el miedo al dolor y al peligro que implica el embarazo, que se oponen al deseo instintivo y psíquico consciente e inconsciente de ser madres.
Este miedo tiene sus orígenes en la remota infancia de la niña. Una percepción, o mejor dicho, una aprehensión de los hechos biológicos constituyen uno de los fundamentos de esta actitud. En primer lugar, la frecuente observación y/o la escucha del coito entre los padres que contiene una representación marcadamente violenta, con la consecuencia de que el niño se identifica con uno de los dos, hecho que ha destacado Karen Horney.
Ahora bien, el niño (varón) dentro de su fantasía inconsciente al comparar su pequeño pene con el vagina materna, sufre una herida narcisista en su amor propio, en el sentido de su valor; pero la niña, por el contrario, al comparar su diminuta vagina con el gran pene paterno, teme el acto tan deseado por temor a una herida vital, y ¡con justa razón! Ya que la relación sexual, vía vaginal o anal entre un hombre adulto y una niña provoca dolorosos desgarramiento. Aquí tendrían también el origen de algunas implicaciones sexuales en los adultos, por una parte en la fantasía sexual de la mujer por ser penetrada por un pene de grandes dimensiones surge de la reminiscencia inconsciente la relación padre-hija con una tendencia masoquista; y por el otro lado de la preocupación que padecen los hombres en mayor o menor grado de no poseer el miembro viril lo suficientemente grande para satisfacer sexualmente a su partenaire tendría la reminiscencia inconsciente de la relación madre-hijo.
Karen Horney dice al respecto que la satisfacción imaginaria de los impulsos sexuales enfrenta al niño con el siguiente hecho, tan penoso para su amor propio: Mi pene es demasiado pequeño para mi madre; pero para la niña ello implica una destrucción corporal. Es por esta razón, conducida a los últimos fundamentos de orden biológico, que el temor del hombre frente a la mujer es de orden principalmente genital narcisista, pero el temor de la mujer es de orden fisiológico regularmente.


​La infancia del violador.

“Los niños comienzan por amar a sus padres. Cuando ya han crecido los juzgan , y algunas veces, hasta los perdonan”. Oscar Wilde.

No es casual que la el sujeto en el momento que comete la violación coloque a su víctima en posición a tergo o por sodomización. Simbólicamente marca la potencia viril y al mismo tiempo el signo referido ambivalente de la pasividad codiciada y renegada de la víctima.
Las conducta de violación que presenta el sujeto constituyen un ejemplo de lo que Sigmund Freud denominó «escisión del Yo». Recordemos la definición: «En lugar de una única actitud psíquica, hay dos; una, la normal, tiene en cuenta la realidad, mientras que la otra, por influencia de las pulsiones, separa al Yo de esta última».
Los medios de comunicación nos proporcionan ejemplos, hombres cuya inserción social es adecuada, en algunos casos hasta destacada, y las relaciones con su comunidad son apreciadas pero que de pronto nos enteramos por medio de la televisión, radio… que ha cometido abuso sexual o violación. La escisión del Yo es de tal magnitud en el violador que las personas cercanas a él no dan crédito de las noticias acerca de su siniestro comportamiento pues él se presenta ante los demás y a sí mismo con esa parte de su Yo que acepta la realidad, o por lo menos la parte de la realidad que no amenaza con poner en entredicho su funcionamiento psíquico, al precio de mantener con sus allegados relaciones prolongadas pero casi siempre superficiales. Pero hay otra realidad, inaceptable está por movilizar una angustia exacerbada relacionada con el abandono y el anonadamiento sufrido en su infancia a cargo de sus padres o quienes lo educaron, al mismo tiempo que moviliza también pulsiones imperativas dirigidas al objeto narcisista. La satisfacción de las pulsiones se cumple entonces en otro campo de la conciencia, razón por la cual el sujeto puede manifestar —aunque lo recuerde— que no fue él quien lo hizo, o en todo caso lo recuerda como un pasaje soñado en una pesadilla.
La escisión es un modo de defensa absolutamente particular, no específico, claro está, de los comportamientos de violación, y que contrapone dos partes de una misma instancia, el Yo; es, por lo tanto, totalmente diferente de la represión, que implica un conflicto entre instancias: oposición entre el Yo y el Ello.
La representación que tenga el niño de una madre fálica, es decir, todopoderosa, ambisexuada, podría ser una manera de precaverse del desastre de un anonadamiento posible. Sin embargo, cierta ambigüedad planea sobre numerosos escritos motivada casi siempre en la necesidad de objetivar las situaciones para tomarlas comprensibles, haciendo del niño y de la madre dos objetos separados mientras que, en los casos psicopatológicos, están ligados de manera tan inextricable que no se sabe dónde se encuentra la fuente pulsional.
¿La madre fálica es la que no deja espacio a la autonomía del niño, considerándolo precisamente como su propio falo y generando entonces en él una agresividad de protesta masculina dirigida a todas las mujeres? ¿O es el niño quien, en un movimiento de regresión y de rechazo de la separación, la hace omnipresente? En otros términos ¿Qué parte cumple la madre, en cuanto objeto real, sobre el destino de su hijo? Cualquiera sea el modo en que se establecen las cosas, en todos los casos de perversión y violación lo que se subraya es el papel preeminente de la «violencia» relacionada con las pulsiones eróticas.
Debe apuntarse a este respecto la postura peculiar de Robert Jesse Stoller, primeramente porque es uno de los pocos autores que sitúa a la violación en el marco de las perversiones considerándola una «cripto-perversión», una perversión disfrazada; después, entendiendo que la perversión representa «la forma erótica del odio», lo explica como respuesta a la atracción de una simbiosis con la madre, primer objeto de identificación; es decir, en una primera fase, como un deseo de ser mujer antes de devenir en ser un varón. Este odio se duplicaría en un revanchismo vinculado a los traumatismos sufridos en la primera infancia y provocados por la madre. Stoller, habla del miedo que padecen los violadores en una relación de intimidad con la mujer, obviamente no desde el punto de vista agresor-víctima, sino en un vínculo de pareja, donde después del coito parece surgir el espectro de la «imago materna arcaica». Esto nos induce a reconsiderar la construcción metapsicológica de la relación madre-niño, pero no como suele presentársela, o sea desde la perspectiva del miedo a la invasión por la madre fálica porque en el miedo a la intimidad, se trata en realidad de una representación de una mujer débil o, en todo caso, «deshecha». Esto nos remite a pensar sobre la mirada esquiva del perverso sobre el rostro de su pareja (no en sentido agresor-víctima) para no verla gozar, o bien a un nivel más profundo, negar el placer que siente ella.
Hay que reconsiderar entonces «el temor de derrumbe» al que alude Donald Woods Winnicott, analizado y comentado por Rene Roussillon.
En realidad, el temor de derrumbe futuro es, como sabemos, algo que se sitúa en el pasado pero que no pudo ser integrado por un Yo todavía demasiado frágil como resultado de la destrucción del objeto primario por los ataques del niño. Es necesario que el objeto sobreviva a fin de que la destructividad sea percibida como un fenómeno psíquico identificable como tal, y no como un derrumbe en el que todo se desploma. En función de estos datos, Roussillon propone considerar la tendencia a la destrucción y su repetición, no como una intolerancia a la frustración sino como el resultado de una «confusión primaria» entre el objeto y la fuente interna de destructividad, que genera una vivencia de un «Yo malo», núcleo persecutorio interno que apelará a la externalización repetida.
En el psicoanálisis se observa con bastante frecuencia que en los casos de conductas de violación, el sujeto siendo niño —futuro violador— no fue necesariamente él mismo la fuente de la destructividad sino que fue testigo impotente de la destrucción de la madre por un padre violento. La identificación narcisista con los dos protagonistas lo indujo entonces a vivir en una «confusión primaria de tres» donde se mezclan y se contradicen deseo de destruir y deseo de ser destruido, representados ambos en una escena primaria aterradora y reactivados en el estadio fálico, cuando la identidad sexuada tiene posibilidad de ser o de no ser. A quien se teme es, por lo tanto, a la madre débil, en tanto que la construcción de una madre fálica, secundaria, viene a paliar tanto la vivencia de derrumbe como el deseo de recibir el falo paterno, deseo que reduciría al sujeto a una identificación con la madre destruida. En realidad, es aventurado hablar de deseo cuando los movimientos se efectúan en un contexto de identificaciones primarias con enquistamientos narcisistas. Se trata más bien de necesidad de una madre todopoderosa para no ser destruido, pero de una madre que va entonces a destruir. Estamos en plena paradoja. Es comprensible la apelación a medios de defensa radicales cada vez que una situación de la realidad hace resurgir ese combate impracticable.


​La importancia de la Etapa Oral de la infancia y sus consecuencias en la vida adulta.

“La madurez del hombre es haberse reencontrado, de grande, con la seriedad que de niño tenía al juzgar”. Friedrich Wilhelm Nietzsche.

La etapa oral de la primera infancia es una posición caracterizada, no sólo por tomar, sino también por incorporar o internalizar.
El reestablecimiento regresivo de la actitud oral temprana parecería ser rápidamente provo­cado por una situación de frustración emocional en la que el niño llega a sentir que su madre no lo quiere genuinamente por él mismo como persona, y también que el amor que expresa por su madre no es realmente valo­rado y aceptado por ella. Esta es una situación severamente traumática que da lugar a una posición donde el infante llega a considerar a su madre como un objeto malo en la medida en que no parece amarlo, y que se mantiene indiferente hacia él. Así como el niño llega a considerar las expresiones exteriores de su propio amor como malas, con el resultado de que, en un intento de mantener su amor tan bueno como es posible, tiende a retenerlo dentro de sí. Además llega a sentir que las relaciones de amor con objetos externos en general son malas, o por lo menos bastante arriesgadas para expresarse.
El resultado concreto será que el niño tiende a transferir sus relaciones con sus objetos a su realidad interna. Este es un lugar en el que su madre y el pecho ya han sido instalados como objetos internali­zados, bajo la influencia de situaciones de frustración durante la tem­prana fase oral; y bajo esta influencia y acontecimientos traumáticos posteriores, la internalización de los objetos es luego utilizada como técnica defensiva. Este proceso de internalización no está promovido, sino insti­gado, por la naturaleza misma de la etapa oral, ya que el fin inherente al impulso oral es la incorporación.
Esta incorporación es obviamente al inicio, una incorporación física, pero debemos creer que el estado emocional que acompaña los impulsos incorporativos tiene en sí mismo una coloración incorporativa. De ahí que cuando ocurre una fija­ción a la etapa oral temprana, la actitud incorporativa se entrelaza inevita­blemente en la estructura del Yo. En el caso de sujetos con un com­ponente esquizoide en su personalidad —de acuerdo con este planteamiento—, hay una gran tendencia a que el mundo externo extraiga su sentido demasiado exclusivamente del mundo interno.
En sujetos con diagnóstico de esquizofrenia esta tendencia puede llegar a ser tan fuerte que la distinción entre realidad interna y externa es casi inexistente o demasiado difusa. Aparte de esos casos extremos, existe una tendencia general por parte de los sujetos esquizoides a acumular sus valores en el mundo interno. No sólo sus objetos tienden a pertenecer al mundo interno más que al ex­terno, sino que tienden a identificarse a sí mismos fuertemente con sus objetos internos. Este hecho contribuye esencialmente a la dificultad que experimentan para dar afectivamente y vincularse con el otro. En el caso de sujetos cuyas relaciones objetales están predominantemente en el mundo externo, dar tiene el efecto de crear y fortificar valores, y de promover​ el respeto por sí mismos; pero en el caso de sujetos cuyas relaciones objetales están predominantemente en el mundo interno, dar tiene el significado de rebajar valores, y de disminuir el respeto por sí mismos. Cuando estos sujetos dan, tienden a sentirse empobrecidos, porque cuan­do brindan, es exclusivamente a expensas de su mundo interno.
Podemos ejemplificar esto con la mujer embarazada que siente una exacerbada ansiedad por el parto, para ella el alumbramiento significa no tanto ganar un hijo, sino perder cierto tipo de contenido, con el vacío resultante; en algunos casos el profundo rechazo a separarse de sus contenidos origina un parto con graves complicaciones. En estos casos, por supuesto, se trata realmente de separarse de contenidos corporales, pero un fenómeno análogo pero de una connotación psíquica lo podemos observar en el artista, sea un pintor o escritor, que inmediatamente de terminar su obra se siente, no con la idea de haber creado sino haber perdido algo de sí mismo, y de haber perdido la obra su valor, una vez concluida. Este fenómeno explica ampliamente los períodos de esterilidad y descontento que siguen a los períodos de actividad creati­va en el caso de ciertos artistas.
Para mitigar la sensación de empobrecimiento que sigue al dar y crear, el sujeto esquizoide emplea a menudo una interesante defensa. Adopta la actitud de que lo que ha dado o creado no tiene valor. Así el artista pierde interés por cada obra terminada y se convierten en vana mercancía, o incluso es confinada en el sótano.
En la misma forma, las mujeres con personalidad esquizoide pierden todo interés por sus hijos luego de haber nacido. Por otra parte, una forma de defensa completamente opuesta contra la pérdida de contenidos, el sujeto puede intentar preservarse a sí mismo con­tra la sensación de pérdida tratando lo que han producido como si aún formara parte de sus propios contenidos. Así, lejos de ser indiferente a su hijo luego de que éste ha nacido, una madre puede seguir considerán­dolo como a sus propios contenidos y sobrevalorarlo por esto. Estas ma­dres son indebidamente dominadoras con sus vástagos e incapaces de posicionarlos como un sujeto separado e independiente, con graves consecuencias para su desarrollo psíquico. En forma similar, aunque con resultados menos penosos, un artista puede defenderse de la sensación de perder sus con­tenidos, persistiendo en considerar sus cuadros como su propia posesión, en un sentido no realista, incluso luego de que han sido comprados por los coleccionistas.




​La fobia y la Escena Primaria.

“La voz de la violencia es enorme, y pequeñísima la voz del dolor”. Emma Thompson.

Sigmund Freud señaló sobre el trastorno psíquico que puede padecer un infante al presenciar, lo que denomina el psicoanálisis, la “Escena Primaria” esto significa la relación sexual entre sus padres observada y/o escuchada. Tal impacto psicológico tiene un doble determinante en el niño que lo interpreta como una agresión violenta, un maltrato, o un abuso sádico contra su madre; teniendo como consecuencia el surgimiento de un rival, “una amenaza para sus intereses egoístas”. Además de las connotaciones emocionales atávicas que comporta el tabú del sexo.
A este respecto es importante el caso que describe Freud en su tesis sobre “El hombre de los lobos”. Es un caso complejo, muy importante para la sistematización conceptual del psicoanálisis. Se trata de un joven ruso, de padre muy adinerado (aunque al final él terminó casi en la miseria), que se pone en tratamiento psicoanalítico con Freud y presenta un síntoma singular: fobia a los lobos. Durante el tratamiento, evoca una escena en la que él, siendo apenas un niño, irrumpe en la habitación de sus padres una mañana, y contempla, a través de la ventana abierta de la habitación, un paisaje nevado y unos lobos junto a la ventana. El niño huye despavorido y, desde entonces, la imagen de los lobos le angustia y obsesiona… Lo que descubre el psicoanálisis, en esta imagen de los lobos, que encubre y desplaza lo que verdaderamente le angustia y obsesiona: haber contemplado la relación sexual de sus progenitores.


​La relación de los hermanos durante el Complejo de Edipo.

En nuestra cultura el padre no debe iniciar a su hija en el aspecto sexual (prohibición del incesto) aunque tampoco el hermano deba hacerlo, muy a menudo lo hace. En este último caso y bajo algunas circunstancias puede, en ciertos casos, resultar benéfico para la niña ya que aporta una corrección al Complejo de Edipo cuando el padre tiene una actitud indiferente, distante… hacia su hija. El hermano puede inducir a la hermana a cambiar adecuadamente de objeto, siempre y cuando tengan casi la misma edad, y sobre todo que únicamente se presenten caricias eróticas sin ningún tipo de penetración vaginal o anal. Asimismo la hermana puede tener con el hermano un papel análogo sustitutivo de la madre edípica.
Desde la infancia el hermano puede tornarse para ella, el símbolo masculino por cuyo amor vale la pena aceptar todas las desventajas y los riesgos aunados a la feminidad.
Así, en la formación psicosexual en general, y erótica en particular de la mujer, la figura paternal masculina juega su rol con varios papeles. Ligado con los rasgos del hermano o quien lo reemplace (primo o amigo de su misma edad) el papel del compañero a medida de la niña, que en muchas ocasiones se presenta como su único iniciador a la sexualidad objetal infantil.
Posteriormente del sueño de la “Bella Durmiente del Bosque” metafóricamente hablando, del período de latencia, aparecerá el novio o el esposo (desflorador) con la misión de iniciar a la mujer en la sexualidad femenina adulta.
Las vivencias de la primera infancia de la niña durante el Complejo de Edipo intervendrá primero la madre, luego el padre y los hermanos quienes marcarán cada uno su impronta en ella. No obstante, el último toque de su psicosexualidad de la mujer será dado por la primera pareja que la desflore.
He aquí entonces a la joven a manos del desflorador. La tarea de éste último no siempre es fácil si es que lo lleva con responsabilidad. El dolor que implica la primera o primeras penetraciones no siempre es tolerado por la mujer, y si el dolor no es demasiado intenso, puede ser favorable a la actitud masoquista erógena, tal como debe ser la de la mujer en el acto sexual. De una manera u otra, una vez desgarrado el himen, el partenaire tiene la vía libre en su papel de iniciador. Si por su constitución demasiado bisexual, agravada por la manera como vivió su Complejo de Edipo (fijación en el clítoris, rebelión contra el padre y rechazo de la vagina) los esfuerzos más tiernos que ponga en marcha el hombre, serán vanos por el muro impuesto por la mujer. La adaptación al coito no se realizará; la fémina sólo será sensible a las caricias externas. Pero si ella tiene las características adecuadas de la erogeneidad de la vagina aunada a la conservada por el clítoris, el rol del desflorador, del último escultor de la “estatua femenina” puede ser decisivo.


​Las repercusiones del dolor profundo y continuo en la infancia.

Probablemente las conductas extremadamente contradictorias e inconfiables de la madre refuercen el extremo psicopático del espectro del odio en el hijo durante la primera infancia, al permitir la interpretación de esas conductas como una traición perpetrada por el objeto potencialmente bueno (madre), que entonces se convierte siempre en impredecible y abrumadoramente malo.
La identificación con un objeto que traiciona abre los caminos para una destrucción vengativa de todas las relaciones objetales en la edad adulta. Seguramente ahí reside la fuente última del impulso paranoide por traicionar (Edith Jacobson).
La conducta de apego más severamente psicopatológica ha sido descrita en infantes cuya conducta de la madre combina el abandono, la violencia, el caos y una hiperestimulación irritante, junto con la frustración crónica (Selma Fraiberg).
Otto Kernberg he señalado que la inclusión de un componente agresivo de la excitación sexual (la implicación agresiva del penetrar y ser penetrado) es un medio para incorporar la agresión al servicio del amor, utilizando el potencial erógeno de la experiencia del dolor como aporte crucial a la fusión gratificante con el otro en la excitación sexual y el orgasmo. Esta capacidad normal para transformar el dolor en excitación erótica se malogra cuando la relación madre-infante se ha caracterizado por la agresión severa y prolongada, y probablemente constituye un puente crucial hacia la excitación erótica de inducir sufrimiento a otros, lo que consolida las características placenteras (Goce) del odio sádico. Si, al mismo tiempo, como lo han postulado Karl Müller- Braunschweig y Michel Fain, las actitudes alternantes de estimulación y repliegue eróticos de la madre respecto del infante constituyen la base de la identificación inconsciente de éste con una progenitora irritante, y en el proceso activan su propia excitación sexual como afecto básico, entonces la madre cuya conducta incluye la irritación exagerada del infante puede orientar particularmente el odio de éste hacia las perversiones sadomasoquistas. En términos más generales, provocar un dolor profundo y continuo en el infante suscita primero la ira, y después, en virtud de los mecanismos mencionados de identificación y transformación, el desarrollo de odio. Así, como lo ha propuesto Carl M. Grossman, el dolor a través de una serie de transformaciones intrapsíquicas, puede conducir a la intensificación de la agresión con su respectiva psicopatología.


​El amor de la niña por el padre.

“La niña atribuye regularmente toda prohibición moral, todo cansancio del padre, como una falta de amor”.

Y es que la niña no aspira sólo a obtener el amor tierno del padre sino mucho más… En efecto, entre los tres y seis años, ¿No ha descubierto acaso la niña, y desde hace tiempo ya, el placer emanado no sólo de la totalidad de su superficie cutánea, sino, sobre todo, de su zona erógena genital? Cuando la niña se sienta sobre las rodillas del padre, o cuando para divertirla, la coloca a horcajadas sobre su espalda, busca el más íntimo contacto de sus zonas sensibles con el padre amado; busca de obtener del Dios que adora, el máximo placer accesible a su cuerpecito. Pero si el padre percibe todo esto, o si simplemente está cansado de estos juegos, interrumpe la cabalgata a horcajadas o coloca en el suelo a su hija frustrada, destronada de sus divinas rodillas. La niña atribuye regularmente toda prohibición moral, todo cansancio del padre, a un indudable rechazo amoroso. Seguramente la niña pensaría ¡Si mi padre me coloca en el suelo cuando anhelo me siga brindando ese placer genital que siento a su lado es porque no me quiere! Mientras que a mi madre (o quien la reemplace) le ofrece todas las atenciones, la acaricia de una forma diferente, la besa en los labios…
La profunda herida narcisista en la niña deja una perdurable huella de celos, impotencia y frustración. La primitiva desilusión amorosa, la que la niña siente entre los tres a seis años, a partir del primer florecimiento de su psicosexualidad femenina, se compone de todo esto. La primera flor de su amor se marchita, y a veces, si la helada que la seco fue demasiado intensa —esa flor demasiado delicada— nunca más volverá a florecer.
No obstante, en otros casos, si ese Dios llamado padre es más clemente la conducirá a un próspero desarrollo sexual. En efecto, el padre no podrá nunca satisfacer las aspiraciones eróticas de su hija, nunca podrá ser su iniciador en la sexualidad. Pero por esto mismo tiene mayor obligación de amarla con profunda «ternura», de dedicarle ese amor largo y constante que puede precisamente tornarse sexual en la vida adulta con su partenaire y que será ese amor sobre el cual se edifica la familia duradera. Así dispensada, la ternura del padre constituye el clima donde mejor evoluciona la sexualidad femenina.
Cuando la niña recibe ternura, amor, aunque de fin inhibido, consiente mucho más fácilmente en adoptar la actitud psicosexual que su partenaire espera de ella en la adultez, con todos los riesgos narcisistas y vitales que esta actitud implica. La penetración vaginal será sentida como una herida, pero ¿Qué importa para la mujer que es amada? El sufrimiento se convierte en ese placer soñado y el masoquismo femenino termina.
¿El parto implica peligro de muerte? ¿A quién le preocupa, en el reino del amor? A cambio de amor, la mujer acepta todos los peligros; muchas veces se entrega definitivamente si el hombre quiere conservarla, aunque también puede ser el primero en frustrarla. Es aquí donde reside a veces un obstáculo del Complejo de Edipo para el establecimiento de una psicosexualidad normal y posteriormente le permita el casamiento y la maternidad. Muchas niñas se han “entregado” psíquicamente al padre en forma definitiva, puesto que representa al Dios poderoso en el reino de la infancia, pero si él la ha rechazado tajantemente, si ha sido distante o indiferente ningún otro hombre podrá poseerla eróticamente en su vida adulta. Metafóricamente hablando, estas mujeres, tuvieron en su infancia una vagina receptora, “abierta” psíquicamente durante el Complejo de Edipo, pero se ha vuelto a “cerrar” a fuerza de esperar en vano aquél hombre que no cumple con sus expectativas. Esto denota una inhibición por espera inútil, por frustración. Posiblemente hayan conservado erogenidad en el clítoris que ejercitará de vez en cuando con la masturbación. Las fantasías que acompañan a esta actividad son, desde el punto de vista psicoanalítico, entonces muy interesantes de estudiar. Es raro que sean conscientes, pero cuando se llega a ponerlas en evidencia, a menudo se percibe que por debajo de las fantasías relativas al padre, otras fantasías más profundas han permanecido orientadas hacia la madre del Complejo de Edipo positivo al que el clítoris permanece fiel a su manera. Estas mujeres han sufrido una particular “viscosidad” de su libido, de una enfermedad crónica de fidelidad. Demasiado fieles a la madre en el inconsciente, han conservado el clítoris para ella; demasiado fieles al padre, por amor a él han cerrado la vagina a otros hombres. La fidelidad del clítoris es positiva, la de la vagina negativa; por fidelidad el clítoris persiste mientras que por fidelidad la vagina evita. Si falta el amor del padre a la niña, madura la rebelión en su psique. Pero demasiada rebeldía en la mujer, al acentuar su Complejo de Virilidad, no puede sino perturbar profundamente su psicosexualidad. Por rebeldía, estas mujeres evitan a sus pretendientes donde proyectan al padre que las frustró pero seguirán siendo fieles a su progenitor a pesar suyo. En efecto, a causa de la rebeldía el clítoris habrá reactivado toda su virilidad constitucional; a pesar de la pérdida del himen la vagina permanecerá eróticamente “cerrada” como se cerró al padre en la infancia por frustración, por despecho, por odio, por celos… después de habérsele ofrecido vanamente.
¡Felices de aquéllas que han tenido un hermano a quien transferir las emociones de su sexualidad edípica frustrada! Para las mujeres el hermano podrá haber sido el salvador de su heterosexualidad. Si la sexualidad de la niña, frustrada demasiado violentamente por el padre, no encuentra otro hombre al que aferrarse, puede en algunos casos desviarse para siempre del hombre y regresar a la madre, objeto del Complejo de Edipo positivo. Cuando la bisexualidad es lo bastante fuerte y el ambiente favorable, esto no permitirá más que juegos homosexuales del tipo madre-hija con otras mujeres.
El hombre ocupado por su esposa y su trabajo, corre el riesgo de desatender el vínculo con su hija. Lo que perturba a la niña es regularmente un padre ausente, indiferente o poco afectivo dando origen a una rebeldía. La ternura del padre es tanto más indispensable a su hija cuanto que en nuestra sociedad la iniciación sexual le está prohibida y la ternura paternal es la única compensación de este hecho inevitable; el padre obviamente debe rechazar toda la parte sensual o erótica de las solicitaciones de su hija. Así, la ternura del padre es la defensa por medio de la cual él intenta hacerse perdonar por no poder ser el iniciador de la sexualidad de su hija. Esta defensa debe ser elocuente, dado que la niña, ignorante aún de las distinciones abstractas, confunde generalmente, como ya se indicó, rechazo por moralidad (prohibición del incesto) con rechazo por falta de amor.


​La influencia del nombre propio.

“Toda existencia individual está determinada por innumerables influencias del ambiente humano”. Georg Simmel.

El nombre propio queda integrado en la imagen que conforma el “Ideal del Yo”, es algo que parece estar comprobado por la historia y por el psicoanálisis. Se puede observar desde la infancia que el Yo va tomando consciencia paulatina de su identidad y de su género con referencia al nombre propio.
El nombre propio traduce mensajes y mandatos relacionados con expectativas parentales, a través del Superyó.
El sujeto se encuentra moldeado por sus circunstancias, es el aforismo de José Ortega y Gasset cuando señala: “yo soy yo y mis circunstancias”.


jueves, 26 de octubre de 2017

Los celos de la mujer por la actividad laboral del marido.

“El padre tiene siempre la primera hipoteca sobre el corazón de su hija; el esposo sólo tiene la segunda”. Sigmund Freud.

Un padre amoroso y atento con su hija desde su nacimiento la mira tiernamente, la coloca en sus rodillas, la acaricia, la mima… la pequeña se siente regocijada y se abre incondicionalmente a ese amor. Sin embargo, en el fondo de sí misma, la frustración acecha, los celos rondan, aun si no tiene hermanas. ¿Por qué papá sale tanto con mamá? ¿Por qué cuando llega la noche mis padres se duermen juntos?¿Por qué en la noche en la habitación de mis padres se escuchan quejidos y suspiros? ¿Por qué papá prefiere acostarse con mamá y no conmigo?
En tales circunstancias se agitan los celos infantiles aunque no se manifiestan abiertamente pero la niña lo siente tan devastadores como la paranoia de celos que padecen los adultos, y el destino de esta pequeña, verdaderamente precursor del de la mujer, es de estar condenada a compartir; es un destino de celos, de despecho, de envidia. ¿Y por qué mi padre me rechaza después de abrazarlo un rato como si yo lo aburriera, cuando quiero estrecharlo por mucho tiempo? ¿Por qué me echa cuando esta ocupado trabajando, o cuando juego con sus herramientas de trabajo, o tomo sus papeles y lápices del escritorio? ¿Y cuál es ese misterioso “trabajo” por el que está tanto tiempo afuera y lejos de mí?
La niña, anunciando ya a la futura mujer-esposa, cela desde entonces las ocupaciones, primero la de su padre en la infancia y posteriormente la del marido en la edad adulta, en el fondo representa —inconscientemente— estas actividades laborales un obstáculo que distrae demasiado el amor que le debe brindar el objeto, a ella.


La función de la masturbación infantil.

La masturbación infantil tiene como función, entre otras cuestiones, la preparación para la sexualidad adulta, que cumple con respecto a ésta un rol análogo al de los juegos del niño en relación con las futuras actividades sociales del hombre.
El Complejo de Edipo puede parecer una especie de juego psicosexual infantil preparatorio de la psicosexualidad ulterior del hombre o la mujer. En este caso el niño juega a amar pero a amar sexualmente. En efecto, como Sigmund Freud lo manifestó, el carácter del juego no es la falta de seriedad sino la falta de relación con la realidad.
No se puede negar que durante la etapa edípica los deseos del niño carecen en gran parte de relación con la realidad, aunque el niño con sus ciegos impulsos instintivos, generalmente no lo vea con claridad, a diferencia de lo que ocurre en el juego. Sin embargo, queda en pie el hecho que cuando el niño fantasea casarse con su madre o la niña con su padre, por debajo de estas fantasías soberanas, algo en ellos “presiente” que realmente no se puede concretar, aquí se anuda simbólicamente la “Función Paterna”.
El fracaso del incesto del infante hacia la madre no resulta del todo definitivo, pero lo conducirá al puberto o adolescente a desear sexualmente fuera del círculo familiar. Entonces, en el caso más favorable, el “Complejo de Edipo” y la “Función Paterna” sobre el infante lo dirige al destino ideal de la represión exitosa: “Hundimiento de las representaciones edípicas infantiles en el inconsciente, con desprendimiento, conservación y puesta a la disposición de la psicosexualidad, de las pulsiones y emociones libidinosas y aferentes liberadas al término de la evolución.
No obstante, este caso «ideal» de represión de las representaciones condenadas, con conservación y liberación de las pulsiones, no se realiza nunca en forma completa por la inercia reinante en el dominio del inconsciente. En algunos casos, una parte de las pulsiones puede seguir el destino de las representaciones edípicas sumergidas en el inconsciente, se conservan fieles, por así decirlo, privando así a la psicosexualidad adulta de la correspondiente fuerza promotora por lo que la represión que se manifestó excesiva, sobrepasó su meta. En otros casos, la fidelidad de las pulsiones a las representaciones se produce en sentido opuesto. Las pulsiones no reprimidas son entonces las que atraen las representaciones edípicas de antaño vueltas a surgir del inconsciente, seguramente con desplazamientos que las hacen irreconocibles. En estos casos la represión no fue exitosa, ha fracasado parcialmente. Entonces según como se haya estructurado el “Complejo de Edipo” y la “Función Paterna”, esto es como hayan predominado las excitaciones o inhibiciones edípicas, tendremos distintos cuadros adultos: El sujeto que, con furor desenfrenado busca sin saberlo las imágenes parentales en la elección amorosa; o bien, que al reconocer inconscientemente al objeto edípico primario (madre) en cada objeto amoroso, retrocederá ante la prohibición edípica.
En los dos últimos casos la consecuencia será una desadaptación a la realidad, una especie de perturbación de la visión psíquica por proyección en el mundo exterior de nuestras fantasías internas (promiscuidad, homosexualidad, prostitución, soltería permanente, etcétera).
Esto impide discernir de manera adecuada que los demás hombres y mujeres no son de hecho nuestros padres. Pero sólo el último caso será verdaderamente nefasto a la función erótica, en virtud de la predominancia de la inhibición.


Las fantasías infantiles durante el Complejo de Edipo.

En la “realidad psíquica” reinan las fantasías, preformadoras de nuestra subjetividad en un grado por lo menos igual al de la realidad física, que a veces no se reconoce o ni siquiera se siente. Una ley semejante parece desprenderse de la observación de los hechos, tal como lo presenta el psicoanálisis sobre las emociones infantiles edípicas que afectan como si realmente se realizaran.
Ahora bien, el niño vive su deseo como una realidad tangible. Por haber deseado la unión incestuosa con alguno de sus padres y la muerte de alguno de ellos por sentirlo como rival, el infante experimenta los mismos sentimientos de culpa como si realmente hubiera llevado a cabo estos “crímenes parentales” por lo que la inhibición se vincula a la idea de incesto y homicidio.
Es cierto que la forma de las fantasías durante el Complejo de Edipo está dada en parte por la constitución, pero estas fantasías tienen un efecto profundo en el desarrollo psicosexual, condicionan toda la sexualidad futura.
De lo que predomine en estas fantasías, excitación o inhibición edípica —consecuencia de las prohibiciones— y de la culpa derivada, dependerá entonces que el infante lleve a su vida adulta una sexualidad exitosa o desemboque en un naufragio.


viernes, 4 de agosto de 2017

El efecto de la mirada y la voz paterna.

"La vida del hombre se reduce a los ojos. No podemos esperar nada de él sin modificar la mirada". Émile Michel Cioran.

​Por medio del psicoanálisis se observa que en el destino de los hijos varones pesa más la voz del mandato paterno y en las hijas mujeres mucho más la mirada del padre. Hay un momento clave en la vida pulsional que es el pasaje a la adolescencia donde efectivamente «cae» la mirada del padre sobre la hija. En las vicisitudes de las neurosis, al padre le cuesta mirar a su hija adolescente en vías de transformarse en una mujer, desvía la mirada, hay un desvío de la mirada. La hija queda «caída» en una cuestión muy compleja, que hace al destino de la relación entre su narcisismo y su sexualidad. Por un lado busca la mirada del padre, y por otro lado la teme —estamos hablando de las vicisitudes de la neurosis.
Si la mirada del padre no funciona, ya sea porque se enceguece en exceso, o porque se vuelve en exceso esquiva, esto pesa de una manera determinada —desde la anorexia hasta la histeria— pasando por las actuaciones compulsivas u obsesivas de las jovencitas que se ocultan o sólo viven para «ser miradas». ¿Será acaso qué la histérica busca inconscientemente en los hombres aquella mirada que su padre le negó o esquivó hacia ella durante su adolescencia?


lunes, 31 de julio de 2017

La actitud del infante ante el coito de sus padres.

“…Y cuando sabes que ella no es el vicio de tu vida, sino su fuente; y cuando sobre todo sabes que, junto a la mujer, la desidia se vuelve eternidad…” Émile Michel Cioran.
“La común fantasía infantil de que su madre es virgen significa un rechazo de cualquier papel jugado por el padre en el propio nacimiento y la celosa aversión
a la idea de relación sexual entre ellos”. Ernest Jones.
El niño y adolescente (varón) ha convivido con mujeres castas y promiscuas, y conoce que en ambas pueden procrear hijos.
¡La madre puta y la madre virgen! ¿Es acaso posible imaginar dos mujeres con características tan distintas o antitéticas? Aparentemente no y, sin embargo… ¿No podría suceder que la separación sólo la dividiera un velo ilusorio? Si así fuera entonces realmente no estarían tan lejos una de otra. Y hasta sería posible que fuesen amigas, incluso que convivieran diario y que constituyan, incluso, ¡un sólo sujeto! ¿No serán la madre puta y la madre virgen los dos rostros de una sola y misma mujer?
¡Es mi mamá, no es tuya!, protesta el niño mientras se escabulle entre sus progenitores, y se estrecha contra el querido pecho de ella. Ese gesto representa una muestra de amor hacia su madre pero también un desafío hacia su padre rival.
Para el infante es su padre quien se deleita de placer en el cuerpo de su amada esposa y se regocija en el calor que ella brinda. Mientras que el vástago, en cambio, siempre será un invitado ocasional, un intruso en el deseo sexual entre sus padres. Es cierto que en ocasiones se presenta inoportunamente en el lecho marital irrumpiendo el acto sexual, y por un momento abraza fervientemente a su madre, pero también es cierto que, tarde o temprano, lo devuelven a su dormitorio. Ellos se quedan nuevamente juntos, y no sólo duermen sino que, además, ¡se acarician, se besan y…!
¿Qué podría comprender un niño tan pequeño? Es este el pensamiento común de los padres. De allí que no sea nada raro que durante el psicoanálisis, el sujeto comunique episodios sobre la “escena primaria” observada, escuchada o intuida desde su más remota infancia. Cuando el infante crece los padres se vuelven más cuidadosos de exhibirse.
Si un hombre sorprende a su esposa teniendo relaciones sexuales con otro reaccionará, seguramente, con odio y violencia. A menos que el miedo lo inhiba, o que sea un perverso y se deleite con la escena. Pero, en cambio ¿Qué puede hacer el pequeño niño cuando sabe, intuye, oye u observa, que en la habitación su madre, impúdica, otorga a su padre sus más íntimos favores? Nada. Pero no por eso deja de sentir un dolor profundo inflingido por los celos; o una angustia que lo paraliza por esa infidelidad de la mujer que tanto quiere: sus madre. Su complexión le impide una respuesta violenta y no puede reparar el agravio. ¿Qué actitud adopta, por lo tanto, el diminuto Otelo? Acude a un expediente tan atávico como infantil, y lo que no puede modificar, pues simplemente, lo niega.
Es por medio de este primitivo “mecanismo de defensa” como el niño enfrenta el conflicto más grande de su joven vida. Se miente a sí mismo, y con eso altera la realidad. Todo lo subvierte en su implacable tarea: la madre voluptuosa es expulsada de la mente y sólo permanece en ella, etérea y pura, la madre virgen. Los lujuriosos espasmos del cuerpo no existirán ya más para ella. Aunque, en verdad, tal vez sea mejor decir que… ¡No existieron nunca! Pero, siendo así, ¿De qué manera, entonces, se acordó su llegada al mundo? No importa. Él nació sin que papá la tocara… ¡Mamá es virgen!
“La negación es, pues, la fuente del mito”. Surge de ese primitivo gesto para enfrentar el sufrimiento. En las leyendas sólo se consolida una fantasía compartida por todos; una ilusión que nace y se renueva en cada criatura. Las veneradas fábulas mongol, hindú, frigia, cristiana, guaraní, etcétera podrían repetirse infinitamente, ya que existen tantas madres vírgenes como hijos. Y esa es la razón por la que estos cuentos prenden tanto en el alma de los hombres: todos recurrieron en la infancia a la misma negación, a la misma estrategia para luchar contra el dolor, los celos y sufrimiento.
Por, eso les resulta fácil aceptar lo inverosímil… La creencia infantil en la madre virgen perdura tanto en la mente que sus inconfundibles vestigios se advierten en, cualquier adulto: ¡Ninguno tiene una imagen de su madre copulando! Nadie recuerda nada. Un manto oscuro envuelve la vida sexual de los padres. En esto no hay quien tenga ideas claras: “no se me ocurre nada”, “ellos eran muy fríos”, “mi madre siempre era distante con mi padre”, “eran otras épocas”, “jamás lo hacían”, “no me los puedo imaginar”, etcétera son algunas de sus monótonas respuestas, tan simples como endebles, si bien todas, no obstante, tienen un rasgo común: mi madre era fría, púdica e indiferente.
La fábula de la “madre virgen” nace siempre en la infancia, tanto del hombre como de la humanidad. Y en cualquier caso es el niño quien la crea, porque un niño y no otra cosa es, en su mente, el hombre primitivo. Y es esta uniformidad
pueril, justamente, la que otorga al mito toda su vigencia y todo su poder.
Pero si la madre virgen es una fantasía, la madre puta es real. Toda madre es para su hijo, inconscientemente, una puta, ya que es tan promiscua como ellas ¡le es infiel con papá!, y además porque adopta posturas corporales lascivas en la cama*. La imagen de los padres cogiendo, aunque se niegue, está en el alma de todos. Y es tan importante esta visión que el psicoanálisis acuñó un nombre especial para denominarla: “die Urszene”, que significa la “escena primaria”.
Es posible, incluso, que constituya una herencia arcaica, ya que en la psique del hombre no sólo influyen sus propias vivencias sino que además, como en los animales, la experiencia propia se enriquece con la de la especie. Tanto impresionó a la mente de nuestros antecesores la repetida escena en que sus padres unían apasionadamente sus cuerpos que la transmitieron a su prole. Por eso el hijo, ahora, aunque no los observe o escuche, igual lo presiente, intuye, o fantasea.
*Se tiene la creencia, aunque no manifestada, que los posiciones para el acto de sexual que resultan “lujuriosas” son, propiamente, las especialidades de las prostitutas. Sin embargo desde las nueve posiciones que en la antigüedad enumeraba la poetisa Elefantis, cuyos libros atesoraba el emperador Tiberio (42 a.C.-37 d.C.), pasando por las dieciséis que en el Renacimiento pintara Giulio Romano (1498-1556), el discípulo de Rafael, y comentara el Aretino (1492-1556), el escritor cáustico y obsceno, hasta las innumerables​ que hoy nos ofrece el mercado pornográfico , no son sino copias de las que adopta espontáneamente cualquier mujer que se abandone, voluptuosamente, al deseo. Aquí no existen privilegios, porque es el deseo sexual quien inspira a todas. Por eso la madre, al mostrar en la escena primaria sus posturas, se revela al hijo como una puta genuina.