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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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martes, 14 de noviembre de 2017

​La fobia y la Escena Primaria.

“La voz de la violencia es enorme, y pequeñísima la voz del dolor”. Emma Thompson.

Sigmund Freud señaló sobre el trastorno psíquico que puede padecer un infante al presenciar, lo que denomina el psicoanálisis, la “Escena Primaria” esto significa la relación sexual entre sus padres observada y/o escuchada. Tal impacto psicológico tiene un doble determinante en el niño que lo interpreta como una agresión violenta, un maltrato, o un abuso sádico contra su madre; teniendo como consecuencia el surgimiento de un rival, “una amenaza para sus intereses egoístas”. Además de las connotaciones emocionales atávicas que comporta el tabú del sexo.
A este respecto es importante el caso que describe Freud en su tesis sobre “El hombre de los lobos”. Es un caso complejo, muy importante para la sistematización conceptual del psicoanálisis. Se trata de un joven ruso, de padre muy adinerado (aunque al final él terminó casi en la miseria), que se pone en tratamiento psicoanalítico con Freud y presenta un síntoma singular: fobia a los lobos. Durante el tratamiento, evoca una escena en la que él, siendo apenas un niño, irrumpe en la habitación de sus padres una mañana, y contempla, a través de la ventana abierta de la habitación, un paisaje nevado y unos lobos junto a la ventana. El niño huye despavorido y, desde entonces, la imagen de los lobos le angustia y obsesiona… Lo que descubre el psicoanálisis, en esta imagen de los lobos, que encubre y desplaza lo que verdaderamente le angustia y obsesiona: haber contemplado la relación sexual de sus progenitores.


jueves, 25 de mayo de 2017

El falo y la fobia.

Jacques-Marie Émile Lacan expone sobre el Goce fálico del niño Hans (Seminario Cuatro) cuando comienza a masturbarse, su pene se convierte en una verdadera angustia, lo que conlleva a denotar sus síntomas. Entonces el caballo que asusta al niño delinea su fobia; como dice Lacan: Hans prefiere tener miedo de algo —el caballo— en lugar de estar en una agonía sin nombre. El miedo es un campo de angustia por designación del Otro: se brinda a un objeto la ansiedad causada por el Goce demasiado real que no puede representar ni mucho menos simbolizar el infante. El Goce fálico es un intruso en el inconsciente y la fobia es la respuesta, un remedio para expulsarlo de ahí. La fobia no permite ningún trabajo intelectual sobre ella.

lunes, 26 de diciembre de 2016

La imposibilidad para amar.

Lo más próximo a la organización psicopatológica narcisista (no evolutiva) es la que en la terminología clínica se conoce como «personalidad esquizoide». En este tipo de organización —que suele observarse en la base de muchas patologías— nos encontramos con un sujeto que ha tenido mantenidas experiencias frustrantes, del orden de la privación afectiva, en las relaciones tempranas con sus primeros objetos de amor.
Independientemente de las causas o circunstancias en que se haya producido la privación, el sujeto esquizoide no se ha sentido en relación con un objeto amoroso suficientemente contenedor y protector, con una madre que tuviera aquellas capacidades funcionales que se le suponen a la madre «suficientemente buena» (Donald Woods Winnicott) en los primeros tiempos de la vida (contención de las ansiedades, «rêverie», dosificación de las frustraciones, etcétera, según la terminología propia de cada autor que se ha ocupado del tema); no ha tenido, en fin, una buena experiencia con las funciones maternales que, de alguna forma, favorecen y fomentan el crecimiento mental del niño y que consisten básicamente en protegerle de situaciones excesivamente ansiógenas y en irle ayudando o entrenando a la vez para que las vaya asimilando progresivamente. Según William Ronald Dodds Fairbairn, lo que la madre transmite en estos primeros momentos de la vida es un sentimiento de amor, pero ¿qué significa exactamente eso? «La capacidad de aceptar y recibir el amor del hijo», de modo que éste, sintiéndose capaz de amar y digno de ser amado, pueda ir desarrollando un sentimiento de seguridad de sí mismo y de identidad como sujeto. «La madre da amor y acepta y valora el amor que recibe» sería una fórmula que incluye todas las funciones maternales (contención, «rêverie», dosificación, etcétera.). Si el niño no recibe amor tenderá a sentir que la «madre es mala» y, si no siente que su amor sea aceptado por la madre, sentirá que «su amor es malo para la madre», o sea, que «él es malo». En tal caso lo único que puede hacer con su amor es ocultarlo dentro de él para preservarlo y conservarlo y, por otra parte, por muy hondamente que lo desee, no podrá mostrar su amor —en la edad adulta— hacia nadie porque es sentido como malo o peligroso. Éste sería el origen (simplificando las complejidades de la cuestión) del sujeto esquizoide, caracterizado por este conflicto que impide dar muestras de amor y aceptar el amor de otros, no obstante tan anhelado. Para el esquizoide expresar emociones, vincularse emocionalmente, sentir afecto hacia otro, es equivalente a algo peligroso para el objeto de amor y para él mismo también. Por eso se va encerrando en sí mismo, conteniendo sus emociones y reprimiendo sus afectos, ensimismándose paradójicamente para no hacer daño a su objeto de amor, al ser amada o al que querría amar. Su temor inconsciente, e incluso frecuentemente consciente, es que, si expresa sus sentimientos amorosos, hará daño al otro y se romperá la relación, con lo que también se hará daño a sí mismo.
Es frecuente que la expresión de emociones y de afecto se acompañe de síntomas de vergüenza que son, por una parte, expresión de un sentimiento de humillación y de exposición pública y, por otra, una defensa contra cualquier manifestación de emoción o afecto. Este conflicto trágico, que se nutre a sí mismo en un círculo vicioso, lleva al esquizoide a encerrarse más y más en sí mismo y a rehuir los contactos afectivos y sociales, pero con mucho sufrimiento por sentirse incapaz de la relación amorosa que anhela, a diferencia del narcisista que la desprecia. Un sujeto esquizoide que asistía a psicoanálisis, al expresar al psicoanalista sus sentimientos respecto a su novia con la que había terminado, decía: «al final tendrán que encerrarme», porque sentía que el dolor le enloquecía, pero era evidente que era él quien se estaba encerrando en sí mismo en un estado de retraimiento y aislamiento narcisista. «Tendrán que encerrarme» venía a ser una metáfora expresiva de la única solución que veía a su trágica paradoja: la de irse encerrando él mismo. A la vez, con su conducta hacía sentir al psicoanalista que era necesario ingresarle, o sea, «encerrarle». Este conflicto empuja al esquizoide a aislarse de las relaciones intersubjetivas, de los objetos, en un aislamiento que a veces parece formalmente agorafóbico, aunque el contenido mental no es el típico de una agorafobia. Mientras que el agorafóbico, se encierra entre cuatro paredes, el esquizoide se encierra en sí mismo y eso puede hacerlo aunque esté en medio de la calle o en un paraje desértico. No hay fobia en el sentido clínico; no hay ningún síntoma fóbico concreto, organizado. Aquí la fobia se expresa solamente en una actitud evitativa y la actitud evitativa es propia de todos los esquizoides.
Sería una expresión de eso que se ha llamado fobia social, en el sentido de evitación de la relación, pero psicopatológicamente no parece justificado hablar de fobia si no hay una organización y una sintomatología fóbicas. El fóbico, una vez organizado fóbicamente, ya puede funcionar en las áreas que queden fuera del objeto fóbico: consigue más o menos limitar el conflicto al área o al objeto fóbicos; en cambio, el esquizoide funciona precariamente en todas las áreas, especialmente en las relacionales. No obstante, para sobrevivir emocionalmente en estas condiciones, el esquizoide, que en el fondo anhela como nadie amar y ser amado, ha de seguir relacionándose, lo que le lleva a desarrollar un tipo de relación compensatoria e inauténtica, siempre conflictiva y con un fondo de sufrimiento. Deja encerrada dentro de sí mismo su capacidad de amor y con ella deja encerrada su verdadera capacidad evolutiva y establece unos tipos de relación más o menos falseados con algunos mecanismos gracias a los cuales sigue creciendo aparentemente, aunque a costa de desarrollar lo que Winnicott llama un «Falso Self» (posiciones compensatorias patológicas). No obstante, cuando prosigue la evolución con esos mecanismos compensatorios e inauténticos, su capacidad genuina de amar queda oculta en su mundo interior, impedida de manifestación externa, y su Yo queda dividido en diversas partes escindidas y en relación con objetos distintos, auténticos en cierto sentido los unos (los internos) e inauténticos los otros (los externos). Si lo auténtico está encerrado y oculto en el mundo interno y protegido por las defensas esquizoides, la vida más auténtica del esquizoide será aquella de relación con su propio interior, mientras que la relación con los objetos externos tendrá un carácter de inautenticidad o estará inhibida.
Dado que el problema básico es que, en estos niveles estructurales, ha habido un desdoblamiento y se sobrevive inauténticamente hacia afuera mientras los valores auténticos se mantienen encerrados en uno mismo, cualquier movimiento regresivo lleva hacia esta situación, refuerza las defensas esquizoides narcisistas y disociativas y, en todo caso, si permite reemprender un movimiento progresivo de reorganización en la línea de relación con los objetos, vuelve a ser un progreso débil, inauténtico, etcétera. En cada regresión se reproduce esta situación, se refuerzan las defensas de aislamiento esquizoide y narcisista y, por lo tanto, en vez de fomentarse las capacidades de evolución y de desarrollo, lo que se refuerza es una tendencia creciente a quedarse cada vez más encerrado en una posición esquizoide y narcisista, dando lugar a un cuadro clínico que a veces se confunde diagnósticamente con la psicosis por el aparente predominio de la vida interior convertida en refugio. La organización patológica narcisista se diferencia de la esquizoide en que el esquizoide, aunque se repliega en su interior y rehúye la relación con el objeto, no lo hace con la actitud de hostilidad y desprecio o esclavización del objeto típica de la organización narcisista patológica. El esquizoide se repliega en sí mismo simplemente para protegerse de lo que llamamos heridas narcisistas, a las que es sumamente susceptible porque le confirman una y otra vez su sentimiento de no poder amar ni ser amado sin verse expuesto a un gran sufrimiento, pero su drama íntimo es que desea fervientemente poder amar y ser amado, sentirse persona como los demás. Su repetido fracaso en este empeño le lleva a una hostilidad secundaria, de matices paranoides, que no debe confundirse con la hostilidad despreciativa del narcisista, de cariz omnipotente y mucho más destructivo, ni con los elementos paranoides de la psicosis esquizofrénica.
Con frecuencia, los síntomas esquizoides se corresponden clínicamente con sentimientos de aspecto depresivo, como los sentimientos de vacío, de inutilidad o futilidad, de falta de sentido de la vida, etcétera. No es raro que en esta situación se hable clínicamente de depresión, pero se trata de depresiones narcisistas, vacías, esquizoides, sin sentimientos de culpa en relación al objeto interiorizado. A esta depresión que acompaña a ese sentimiento esquizoide de vacío, de futilidad, se la ha llamado depresión seca (sin autoinculpación, ni tristeza, ni llanto).

viernes, 16 de diciembre de 2016

La fobia.

Con el fin de ilustrar la relatividad de la diferenciación entre neurosis y psicosis basada en el funcionamiento del criterio o juicio de realidad, supongamos hipotéticamente el caso de un sujeto que sufre una fobia a los ascensores. En principio, y según el criterio de capacidad de diferenciación entre realidad subjetiva y objetiva, no sería un psicótico sino un neurótico, puesto que su percepción de la realidad no está trastornada: sabe que está ante un ascensor y sabe que un ascensor es un ascensor —valga la redundancia— y que su miedo es irracional, de raíces subjetivas, aunque le impida utilizar el ascensor y le obligue a subir a pie diez pisos. Descriptivamente, se trata de una fobia neurótica y podemos conformarnos con este diagnóstico descriptivo y, sin muchas más pretensiones.
No obstante, si aspiramos a mayor comprensión psicopatológica y diagnóstica, tendremos que atender al estado subjetivo del psicoanálizado dialogando con él. En un primer nivel de diálogo (descriptivo) el sujeto puede decir que tiene miedo a entrar en el ascensor y que no sabe por qué tiene miedo, con lo que se reafirma el diagnóstico de neurosis, pero en un segundo nivel de diálogo, en el que se atienda a los contenidos mentales (pensamientos, fantasías y significados), el neurótico podrá decir, por ejemplo, que no sabe por qué tiene miedo, pero sí sabe que es algo que le domina desde dentro, que no puede evitarlo y que le paraliza, de modo que, a la vez que describe su estado mental, comunica la ausencia de contenidos conscientes que expliquen su estado de ánimo y su síntoma; no sabe de qué tiene miedo, sólo sabe que el miedo le paraliza y que proviene de su propio interior.
En cambio, el psicótico podría decir que sí sabe de qué y por qué tiene miedo: “Tiene miedo porque existe un complot contra él, que intenta matarlo una secta satánica, además tiene la íntima convicción que todos los ascensores de la ciudad están preparados de manera que se precipiten al vacío en cuanto él suba a uno”. Apoyada o no en percepciones alucinatorias, esta explicación delirante se acompaña siempre de una convicción de su realidad. A diferencia del neurótico, aquí el criterio de realidad está francamente perturbado, lo que justifica el diagnóstico de psicosis aunque el síntoma manifiesto en el primer nivel de diálogo sea en los dos casos la fobia a los ascensores.
Paradójicamente, el neurótico no sabe y el psicótico sí sabe con certeza y sin lugar a dudas, mientras que el observador-interlocutor duda sobre el no saber del uno y el saber del otro o, mejor dicho y más paradójico aparentemente, el observador-interlocutor puede pensar sin grandes dudas que el neurótico que cree no saber «sabe» y que el psicótico que cree saber «no sabe». La realidad es que ninguno de los tres sabe, aunque el observador-interlocutor sabe que él quiere saber. Si el observador-interlocutor sabe que no sabe, pero tiene el deseo y la esperanza de llegar a saber, sabrá que ese llegar a saber precisa de un trabajo específico de búsqueda del saber a partir del no saber y que ese trabajo tiene que hacerse en el diálogo con el sujeto de nuestro ejemplo y requiere una tolerancia al no saber.
Ahora bien, dentro del campo de la salud mental el psicoanalista no tolera el no saber y da por supuesto que ya sabe porque se cree en posesión de alguna teoría que lo explica todo, podría encontrarse en la misma situación que el psicótico, convencido de que sabe cuando no sabe, o en la misma situación que el neurótico: paralizado porque no sabe.
Sólo la tolerancia al no saber, acompañada del deseo y la esperanza de llegar a saber (la que algunos han llamado pulsión epistémica), hará posible un auténtico trabajo de psicoanálisis, de búsqueda conjunta de «la verdad». La verdad no existe sino en términos relativos como aproximación a la verdad incognoscible, pero si se equipara la verdad al deseo de no engañarse y no engañar, observaremos que, aparte de lo corriente que es el engaño, «también es bastante común el autoengaño», como en el caso del neurótico que cree no saber cuando sí sabe, del psicótico que sí sabe cuando no sabe, o del psicoanalista que cree que ya sabe cuando a veces ni siquiera sabe en qué creer. Este autoengaño es el denominador común de lo que en psicoanálisis se llaman defensas; su mantenimiento para oponerse al proceso psicoanalítico que podría llevar a saber más de sí mismo sin engaño (o con menos engaño) constituye la resistencia. Por eso, desde Sigmund Freud, se habla del proceso psicoanalítico como un proceso (podríamos decir un diálogo) encaminado a comprender y superar las resistencias para llegar al análisis-conocimiento de los mecanismos de defensa. Entendido así, en líneas generales, el proceso psicoanalítico tiene en sí mismo buena parte de proceso diagnóstico, en el sentido de conocer lo profundo o esencial a través de lo manifiesto o accidental. Lo manifiesto o accidental, lo visible, suele ser el indicador del camino a seguir hacia el conocimiento de lo inconsciente, pero en psicopatología puede ser que lo manifiesto y aparente esté encubriendo lo profundo para que no sea visto o conocido, para que sea y siga siendo invisible, ignoto, desconocido, inconsciente; o sea, que tenga una función defensiva. Desde esta reflexión podríamos mejorar la definición anterior del proceso psicoanalítico como «un proceso dialogante encaminado a comprender y superar las resistencias para llegar al análisis-conocimiento (diagnóstico) de las defensas especialmente en sus aspectos inconscientes». Al decir «aspectos inconscientes» debemos señalar que las defensas no son necesaria ni totalmente inconscientes. El miedo fóbico del ejemplo de la fobia al ascensor, tanto en su versión neurótica como en su versión psicótica, tiene un componente consciente de un miedo general a la muerte o enloquecer a la vez que encubre u oculta un aspecto persecutorio que permanece inconsciente en el neurótico y que se hace consciente, aunque a través de un delirio, en el psicótico. El miedo del fóbico neurótico al ascensor está relacionado con el miedo consciente a morirse o quedar atrapado en la locura, pero es una ansiedad (en el sentido psicopatológico de un miedo sin objeto conocido) porque su objeto es más inconsciente de lo que parece y porque su intensidad y su carácter paralizante son indicadores externos (manifiestos, visibles) de que encubre un significado autobiográfico más inconsciente y más profundo del miedo a la muerte o quedar loco, como podría ser —siguiendo especulativamente con el hipotético ejemplo— el miedo a caer en el vacío o a quedar atrapado y encerrado, que corresponderían muy inconscientemente a perder el sostén del continente materno o al deseo claustrofóbico, profundamente regresivo e inconsciente, de refugiarse y protegerse en el seno materno. Sólo sabemos que el miedo tiene un contenido inconsciente cuando el propio sujeto que en el primer nivel de diálogo dice tener miedo nos dice también, en el segundo nivel, que no sabe a qué o nos da una explicación delirante más o menos detallada o sistematizada.
Por definición un miedo sin contenido mental, sin objeto, es una ansiedad y también por definición, desde la perspectiva psicoanalítica, se da por supuesto que a toda ansiedad le corresponde un contenido mental y un objeto inconscientes. Pero también cabría pensar que el no sé es una afirmación defensiva ante la ansiedad de saber algo que no se quiere saber y que se mantiene activamente inconsciente al estilo de lo que Freud llamaba «represión».
Por eso decíamos que el neurótico que no sabe, sabe. Como en el caso del no saber activo de la represión, el psicoanálizado habría llegado a no saber algo reprimiendo lo que ya había sabido y, por lo tanto, el no saber tendría un sentido defensivo.