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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

Un apunte sobre la prostitución, la homosexualidad y los celos en las mujeres.

El Complejo de Castración de la niña (o el descubrimiento de la diferencia anatómica. entre los sexos) que, según Sigmund Freud, marca el comienzo de su actitud edípica positiva (normal) y la hace posible, tiene su correlación psíquica como en la del niño (varón), y es sólo está correlación es la que le presta su enorme significación para la evolución mental de la niña.
En los primeros años de su desarrollo como sujeto (dejando de lado las influencias filogenéticas que, desde luego, son innegables), la niña se comporta en forma exactamente igual a un niño (varón), no sólo en lo referente al onanismo, sino en otros aspectos de su vida mental: en su meta amorosa y en su elección de objeto ella también desea a su madre. Una vez que ha descubierto y aceptado plenamente el hecho de que la castración ha tenido lugar, la niña se ve obligada a renunciar definitivamente a su madre como “primer objeto” y además a abandonar la tendencia activa y de conquista de su meta amorosa, también la práctica del onanismo clitoridiano. Posiblemente aquí encontremos la explicación de un hecho que hace mucho nos es familiar; a saber, que la mujer que es completamente femenina no conoce ningún «amor objetal» en el verdadero sentido de la palabra ¡Sólo puede dejarse amar! , Así, las concomitancias mentales del onanismo fálico hacen que la niña normalmente reprima dicha práctica en forma mucho más enérgica que el niño (varón) y deba luchar contra ella de manera mucho más intensa que aquél. Pues, junto con dicha práctica, la niña debe olvidar su primera decepción amorosa, el dolor de la primera pérdida de un objeto amoroso. Sabemos en el psicoanálisis con cuánta frecuencia esta represión de la actitud edípica negativa de la niña es del todo o parcialmente infructuosa. Para la niña, como para el niño (varón), resulta muy doloroso renunciar al primer objeto amoroso: en muchos casos la niña se aferra a éste durante un tiempo anormalmente prolongado. Ella trata de negar el castigo (castración), el cual inevitablemente la convencería de la naturaleza prohibida de sus deseos. Si más adelante su anhelo amoroso sufre una segunda decepción, esta vez en relación con el padre, quien no se muestra dispuesto a satisfacer sus demandas amorosas pasivas, a menudo tratará de regresar a su situación previa y de volver a asumir una actitud activa hacia la madre. En los casos extremos, esto conduce a la homosexualidad manifiesta, tan bien explicada por Freud en su obra: “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina”. La paciente a la que Freud se refiere en ese trabajo hizo un tímido esfuerzo, al entrar en la adolescencia, de adoptar una actitud femenina frente al amor, pero, poco tiempo después se comportó como un «joven enamorado» frente a una mujer mayor a quien según, amaba. Al mismo tiempo era una «feminista» declarada, que negaba la diferencia entre el hombre y la mujer; así, había conseguido regresar a la fase negativa inicial del Complejo de Edipo.
Quizás sea más común otro proceso: la niña no niega del todo la realidad de la castración, sino que busca una sobrecompensación por su inferioridad corporal en un plano distinto del sexual (en la decisión de su vocación profesional, o empleo, o elección de pareja: un hombre afeminado). Pero al hacerlo, ella reprime por completo los deseos sexuales, es decir, permanece sexualmente insensible. Es como si esto simbolizara: “Ya que no puedo y no debo desear a mi madre, renunciaré a cualquier otro intento de desear en absoluto”. Su creencia de que posee un pene la desvía así a la esfera intelectual, pero no con la salvedad de tener una preparación profesional sino más bien dirigida a competir y conducirse desde una posición masculina con el hombre, bajo cualquier circunstancia.
Como tercera consecuencia posible, observamos: que una mujer puede establecer relaciones con un hombre y, sin embargo, seguir estando interiormente fijada al primer objeto de su amor: la madre, por lo que se siente obligada a presentar frígidez durante el coito porque inconscientemente no desea ni al padre ni a su sustituto, ya que sigue aferrada inconscientemente a la madre. Estas consideraciones nos permiten colocar bajo otra luz las “fantasías o sueños de prostitución” que desea realizar generalmente la mujer y que son muy comunes en ellas. Según este punto de vista, todo esto constituye un acto de venganza, no contra el padre sino más bien contra la madre.
El hecho de que las prostitutas a menudo sean bisexuales o incluso homosexuales (manifiestas o encubiertas) puede explicarse igualmente de esta manera: la prostituta se vuelca hacia el hombre como una forma de venganza contra la madre, pero su actitud no es de una entrega femenina pasiva (he aquí una de las razones de su frialdad en la intimidad) sino con una connotación activa (masculina); ella apresa al hombre en la calle, lo “castra simbólicamente” al tomar su dinero, y, de esta forma ella asume el rol masculino en el acto sexual, obligando al hombre (cliente) a desempeñar el papel femenino (pasivo).
Al considerar estas perturbaciones en el desarrollo de la mujer hasta una femineidad completa, debemos tener en cuenta dos posibilidades: la niña nunca ha sido capaz de renunciar por completo a su deseo de poseer a la madre y ha establecido así un vínculo endeble y precario con el padre; o bien ha realizado un violento intento de sustituir a la madre con el padre como objeto amoroso pero, después de sufrir una nueva decepción de parte de éste (padre), ha vuelto a su primera posición (madre) con la cual se posiciona su deseo como homosexual.
En su obra “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica” Freud señala el hecho de que los celos desempeñan un papel mucho más importante en la vida mental de las mujeres que en la de los hombres, opinando que la razón de ello es que, en el caso de las primeras, los celos se ven reforzados por un desplazamiento de la envidia del pene. Aquí deberíamos precisar que los celos de la mujer también se expresan más intensos y continuos que los del hombre porque ella jamás podrá retornar al primer objeto de amor (madre), mientras que el hombre, cuando sea adulto tiene la posibilidad de hacerlo (sustituto de la madre en otra mujer).


martes, 14 de noviembre de 2017

El miedo del hombre ante las mujeres.

¡Y la ilusión de la mujer al creer que te ofrece el olvido cuando lo único que hace es confirmar tu alejamiento de todas las cosas! Émile Michel Cioran.

En la novela de William Shakespeare Hamlet no desea ser Edipo de la obra de Sófocles, él es Hamlet Príncipe de Dinamarca. ¿Y qué desea entonces Hamlet? ¿Qué diferencia hay entre lo que quiere Hamlet y Edipo? Hamlet quiere casarse con una hermosa joven y es ahí donde aparece Ofelia como una mujer encantadora, en un intento fallido de escapar del estrago materno sin fondo, abismo insondable que ninguna fémina lo salvaguarda. ¿Qué le impide a Hamlet alcanzar este ideal, qué es lo que le cierra el camino, para encontrar en Ofelia el objeto que encause su deseo? Él sin duda la quiere, porque se trata de la coartada ideal. Lo ayuda a desviarse de su horror frente a la castración materna, condición necesaria, sin embargo, para la constitución del objeto femenino como objeto causa del deseo.
Es precisamente ahí donde Sigmund Freud propuso una suerte de negociación, y por lo tanto un precio a pagar. El reconocimiento de la castración materna para Freud inaugura la división de la vida amorosa, entre el ideal que pese a serlo conserva las huellas de la madre deseada y prohibida, y los objetos sexuales degradados. La solución freudiana separa a la madre de la mujer. El instante de la mirada infantil que descubre la castración, funda la división entre el “Ideal” y el “Objeto”, entre madre y mujer. Pero el problema de Hamlet es precisamente que se siente imposibilitado para separarlas, no puede adoptar la solución freudiana.
La confrontación con la madre sexuada es siempre terrorífica, pero ¿Depende de la Función Paterna , esa función de «dar la castración», en la cual por alguna razón que ignoramos, el padre de Hamlet habría fallado? Edipo sin saberlo se casa con su madre; Hamlet en cambio la acusa, se ensaña con ella, y entonces le resulta amenazante acercarse a cualquier otra mujer, errando intencionalmente siempre para no conformar un vínculo. Al huir del incesto queda atrapado en él, obsesionado por la sexualidad materna, y al quedar atrapado en el miedo que ésta le produce, no podrá sino escaparse, de Ofelia o de cualquier otra joven.


El fantasma, psicoanálisis.

“El hombre es la suma de sus fantasías”. Henry James.

¿Qué significa la palabra “fantasma” para el psicoanálisis? Es una escena, en ocasiones un recuerdo olvidado que sin alcanzar la conciencia permanece activo y sigue influyendo de manera determinante en el sujeto. Es un panorama generalmente inconsciente destinado a satisfacer un deseo incestuoso que no se puede concretar. Por ejemplo, el niño que desea unirse sexualmente a su madre durante el Complejo de Edipo, fantasea la relación sexual como única alternativa. El fantasma tiene la función de sustituir la acción —que por alguna circunstancia es imposible llevarla a cabo en la realidad— por una satisfacción fantaseada como opción. Así el deseo se cumple parcialmente en una fantasía en el inconsciente “suponiendo” que se reproduce en la realidad. Por eso Sigmund Freud calificó a la fantasía de “realidad psíquica”. En otras palabras, cuando un deseo incestuoso no encuentra su objeto en la realidad concreta «no lo encontrará nunca» el Yo lo inventa y lo recrea completamente en la imaginación.
El fantasma es un teatro mental catártico que pone en escena la satisfacción inmediata del deseo y, así, descarga la tensión psíquica. El fantasma no es una difusa ensoñación, ni un monólogo interior, ni siquiera la voz de la conciencia que juzga (Superyó), guía o protege. No, el fantasma es una breve escena dramática extremadamente rápida, que se repite, siempre igual, sin que la conciencia la perciba nunca concretamente, el fantasma se intercala hábilmente entre los pensamientos. Se trata, pues, de una escena fantasmática que no se percibe mentalmente pero cuyos efectos se sienten emocionalmente sin saber que esa escena es lo que causa la emoción. Un sentimiento de amor, odio, asco, celos… puede haber sido suscitado, por ejemplo, por una escena fantasmática con el propósito de calmar la pasión de un deseo sexual o agresivo que exige su inmediata satisfacción; verbigracia una adolescente ama profundamente a su padre y, sin saberlo, también lo desea. Inconsciente de su deseo incestuoso, se comporta con su progenitor incomoda y hasta le tiene miedo. ¿Qué ha ocurrido? En realidad su deseo incestuoso —perfectamente normal en una joven que aun no ha puesto punto final a su Complejo de Edipo— se ha apoderado de su Yo y para calmar la tensión, forja un fantasma, es decir, una escena fantasmática de seducción en la que la joven goza al ser seducida por un padre a quien ella, a su vez seduce. Aun cuando no vea esta escena ni sienta el deseo incestuoso que la anima, conscientemente la joven experimenta sentimientos intensos en relación con su padre, pero son sentimientos totalmente opuestos a los que vive inconscientemente en su fantasía. En vez de seducir a su padre y dejarse seducir por él, lo rechaza violentamente, siente asco y repugnancia por él. En suma, detrás de ese rechazo se esconde el fantasma de la seducción y detrás del fantasma brota el deseo incestuoso. Por lo tanto el fantasma satisface inconscientemente el deseo, mientras que la repulsión y el asco son sentimientos reactivos: la repugnancia y el asco por el padre es el reverso de un intolerable deseo incestuoso.
Generalmente los fantasmas son inconscientes, el inconsciente conserva en sus profundidades fantasmas que aspiran a salir a la conciencia, sin embargo, saben que es muy difícil lograrlo, mientras el Yo se encuentra ocupado en otras cosas de la vida cotidiana sin ocuparse de ellos; aunque de vez en cuando el Yo pierde atención por la situación presente, y entonces esos fantasmas aprovechan ese descuido y empiezan hacer estragos en el sujeto. Esto sucede también en los sueños, el Yo deja de tener el control y los fantasmas salen a relucir. Por otro lado, podemos observar que cuando el sujeto está muy interesado y apegado a un objeto, también sus fantasmas se movilizarán y darán por resultado un comportamiento, una decisión o una reacción afectiva a menudo inoportuna que devendrá en conflictos con el objeto. Muchas acciones que realiza el sujeto sirven para transformar el fantasma inconsciente, en un acto.
Los síntomas son la manifestación dolorosa de las escenas fantasmáticas que reinan en el inconsciente desde la infancia. Estas escenas encuentran en el síntoma, en los sueños o en los actos esenciales de la vida afectiva sus diferentes medios de expresión.
El fantasma es, pues, un cuadro interior, pero suponiendo que ese cuadro fuera visible ¿Qué mostraría? ¿Qué acción se desarrollaría en él? Puesto que los deseos, cuyo señuelo es el fantasma, son deseos sexuales o agresivos, es decir, buscan el placer de alcanzar el cuerpo del otro o de hacerle daño, lo que suceda en la escena fantaseada será su reflejo. Por tanto se trata de una trama infantil de dominio sexual o agresivo de un personaje fuerte sobre un personaje débil. En este sentido, toda escena fantasmática es resultado del Complejo de Edipo puesto que el protagonista busca poseer al otro o ser poseído por él. No obstante, en la acción fantasmática el sujeto puede desempeñar todos los papeles, a veces es el dominador y otras el dominado; en ocasiones es el adulto-abusador y en otras el niño-víctima; por momentos es un hombre viril o se traslada a representar una mujer sumisa, etcétera. Muy a menudo la situación de dominación es una mezcla de erotismo y de agresividad pero de connotación pueril, en ella los gestos son más bien mímicos, como si en su fantasía el sujeto «jugara» no con muñequitos sino con pequeños personajes crueles y sexuales. Para ser más claros, la escena fantasmática no es una escena pornográfica ni una escena de terror, sino más bien una caricatura.
Ahora bien, la escena fantasmática no tiene la nitidez de una película sino es un esbozo, un esquema dinámico más vivido que concebido. Es, pues, una escena sentida y no observada, como si el sujeto fuera «ciego» a su fantasma. Obviamente el fantasma está presente, influye en el comportamiento, pero el sujeto no lo ve, aunque puede experimentar la sensación que corresponde a su gesto en la acción escénica. En conclusión el fantasma dirige al sujeto, pero éste no observa la escena ni distingue claramente a los protagonistas; siente las tensiones que están en juego, la intensidad o, más exactamente, el equilibrio de las fuerzas dominantes y hostiles, protectoras y tiernas. El fantasma es una escena virtual, una representación abstracta y condensada de las tendencias inconscientes.


La fidelidad de la pareja Swinger.

“Es tan real la diferencia que existe entre la infidelidad de los dos sexos, que una mujer apasionada puede perdonar una infidelidad, pero ello resulta imposible para el hombre”. Henri Beyle “Stendhal”.

El valor simbólico que otorga el sujeto al intercambio de pareja (estilo de vida Swinger) tendría por propósito —entre otros— anticipar el «engaño» no deseado de la infidelidad sexual de su partenaire o de la suya, al permitirse ambos la experiencia sexual con otra u otras parejas, en un lugar y tiempo determinados para poner a prueba su vínculo y sus sentimientos amorosos.
El propósito de los ritos (el estilo de vida Swinger se considera un rito) es incidir sobre las relaciones entre las personas: “[…] la interpretación y la prevención son estrategias para preservar el presente, controlando el sentido de las relaciones pasadas o futuras”(Marc Augé). En ese sentido, las parejas Swinger tienen la creencia que su rito funciona para preservar, o en su caso, restablecer su vínculo, aunque esto lleve implícito, el riesgo latente de romper el lazo amoroso que tanto desean mantener.
El intercambio sexual puede ser entre dos parejas o también de manera colectiva, los adeptos ingresan a la comunidad Swinger y desarrollan la práctica en grandes o pequeños grupos con cierta organización, lo que provee un sentido social a esta particular subcultura. De esta forma, la actividad, como ritual, es un mediador entre los partenaires y el conjunto de las demás parejas que regulan la posibilidad de vivir la sexualidad sin que amenace, «supuestamente» su vínculo. Todo esto, por supuesto, en el caso de que el rito haya alcanzado el simbolismo buscado, aunque no siempre se logra porque uno o ambos consortes pueden llegar a vincularse afectivamente con otro con el que mantuvieron un encuentro sexual, y en consecuencia los cónyuges sufran una ruptura.
Existe una dimensión paradójica, pues si ese ritual de intercambio de parejas aspira a prevenir y controlar la infidelidad y la fractura amorosa, no siempre alcanza su pretensión de mediación simbólica; es decir, a imprimir el orden que se espera, y algunos participantes llegan a crear lazos amorosos con un tercero, con lo cual se materializa el peligro que precisamente se quería evitar.
El estilo de vida Swinger realmente obedece menos al supuesto de un «ensayo» para evitar el «engaño» traducido en infidelidad, “estando más cerca de una lógica de la experimentación, según la cual “cada cual quiere experimentar por sí mismo, en detalle, concretamente, si sus sentimientos son fundados y si su elección ha sido correcta” (Pierre Kaufmann). Podría entonces verse que la práctica Swinger como una etapa (o posibilidad) de la experimentación, incluso cuando la pareja inicia en su aspecto romántico, con una explosión sentimental fulgurante, por lo que su permanencia podría acompañarse, en lo sucesivo, con episodios en los que ambos partenaires pondrán a prueba la solidez de su compromiso; en estos casos la experimentación amorosa se ha tornado, por tanto, ineludible.
Otras hipótesis en torno al estilo de vida Swinger sugieren que pueden deberse a la necesidad de algunos cónyuges de recobrar algo del placer sexual perdido al «probar» otra pareja. Collete Soler sugiere que en la condición actual —de mayor igualdad entre hombres y mujeres— y de competencia entre ellos aparece la inquietud por “quién da más”, “quién ama más” o “quién goza más sexualmente”, y que la práctica Swinger puede ser un campo de experimentación para responder estas preguntas. Además, en el caso de los hombres respecto de su capacidad de satisfacer el placer femenino se podría someter a prueba si hay algún otro (hombre o mujer) que sea capaz de colmar el placer que requiere ella, o si, como él, otros fracasan también en ese intento, un fantasma muy común en estos sujetos.
Y por último podríamos expresar que las motivaciones de los hombres y de las mujeres son diferentes para experimentar un intercambio de pareja, mientras las féminas lo harían por mantener y consolidar su relación de pareja –esto es, “por amor”–, los hombres lo harían para romper con la monotonía, para diversificar el deseo y sobre todo para disipar su «curiosidad» por saber cuanto más y cómo goza su mujer en los brazos de otro. ¿Será acaso qué esa «curiosidad» proviene de la infancia cuando observó la Escena Primaria?


La influencia del entorno social en la pareja.

“Si los cónyuges no vivieran juntos abundarían más los buenos matrimonios”. Friedrich Wilhelm Nietzsche.

El vínculo que une a la pareja, donde está presente el amor y la sexualidad madura, e integrado la ternura y el erotismo, y además tiene valores profundos y compartidos, está siempre en oposición abierta o disimulada con su entorno social.
Las convivencias de la pareja en el entorno social, por un lado refuerza la intimidad sexual entre ellos, y establece un escenario en el que las mutuas ambivalencias se integran en la relación amorosa, y la enriquecen pero al mismo tiempo la amenazan. Estamos refiriéndonos a una actitud interna que consolida a la pareja, regularmente de formas subyacentes, y que pueden estar enmascaradas por adaptaciones superficiales al grupo social.
Hay que advertir que la pareja generalmente está en oposición al ambiente social pero necesita de él para su supervivencia. Una pareja sin vínculos sociales, más allá de la familia, corre el peligro de una liberación grave de la agresión, que puede destruirla o dañar severamente a ambos partenaires. Frecuentemente la psicopatología de uno o ambos consortes puede generar la activación de relaciones objetales internalizadas, conflictivas, reprimidas o disociadas, que son reescenificadas por la pareja a través de la experiencia proyectiva de sus traumas inconscientes (por ejemplo la separación y el retorno de ambos a sus núcleos sociales respectivos, en una búsqueda final, desesperada, de libertad).
En circunstancias menos graves, los esfuerzos inconscientes de uno o ambos partenaires por mezclarse o disolverse en su ambiente social, atraviesan la barrera de la exclusividad sexual, y entra el riesgo de preservar la existencia de la pareja, con amenaza de invasión y deterioro de su intimidad.
Las relaciones triangulares estables (donde uno o ambos cónyuges tienen un amante), además de reescenificar diversos aspectos de los conflictos edípicos no resueltos, representan la invasión de la pareja por terceros. El colapso de la intimidad sexual (por ejemplo, en un matrimonio con estilo de vida Swinger) representa la destrucción severa del vínculo de la pareja.
En síntesis, al rebelarse la pareja contra su entorno social establece y afirma su identidad, su libertad con respecto a la convención y el inicio de su vida en pareja. Volver a disolverse en el grupo social es el puerto final de la libertad para los supervivientes de una pareja que se ha destruido.
Antes de la sexualidad comprometida con el partenaire, se encuentra casi siempre el amor romántico, caracterizado por la idealización del compañero, la experiencia de trascendencia en el contexto de una pasión sexual y la liberación de los lazos familiares. La rebelión contra el entorno familiar y social comienza en la adolescencia tardía, pero no termina con ella.
Por cierto, la distinción tradicional entre el «amor romántico» y el «afecto marital» refleja el conflicto constante entre la pareja y el grupo social en el que conviven, la desconfianza del este grupo respecto de las relaciones que incluyen el amor y el sexo eluden su control total. Esta distinción también refleja la renegación de la agresión en la relación de pareja, que a menudo puede transformar una relación amorosa profunda en una violenta.
Entre la pareja y el entorno social existe una relación intrínseca, compleja y fatal. La creatividad de la pareja depende del establecimiento exitoso de su autonomía dentro del escenario social, por lo que no puede escabullirse totalmente del grupo. Los partenaires escenifican y mantienen la esperanza en los otros que conforman el grupo social, en su aspecto amoroso y sexual, aunque existen también procesos emanados de este ambiente que pueden activar la destrucción de la pareja, como por ejemplo la envidia. Grupo social y pareja se necesitan mutuamente para coexistir.
No obstante, la pareja no puede evitar experimentar la hostilidad y envidia del entorno social, que deriva de las fuentes internas de envidia a la unión secreta y feliz de los cónyuges, y de la profunda culpa inconsciente por los impulsos edípicos prohibidos.
Una pareja estable constituida por un hombre y una mujer que se atreven a superar las prohibiciones edípicas contra la unificación del sexo y la ternura, se separan de los mitos colectivos que infiltran la sexualidad por el ambiente social en el que ha evolucionado la relación de los partenaires como pareja. Los procesos grupales que envuelven sexualidad y amor alcanzan su máxima intensidad en la adolescencia, pero persisten de modo más sutil en las relaciones de las parejas adultas. Dentro del grupo social existe una constante intriga, de algunas personas, por conocer la vida privada de la pareja. Al mismo tiempo, los consortes se sienten tentados a expresar el odio en conductas agresivas mutuas dentro de la relativa intimidad del círculo social. Incapaces de contener esa conducta dentro de la privacidad de su relación, la pareja puede entonces utilizar el grupo como vía para descargar la agresión, y como teatro para desplegarla. El hecho de que algunas parejas que habitualmente se pelean en público tengan una relación privada profunda y duradera no debe sorprender.
En algunas ocasiones la agresión de los partenaires se puede expresar tan violentamente en público que destruye la intimidad compartida como pareja, en particular sus vínculos sexuales, y los dirija a la destrucción de la relación. Familiares y amigos más allegadas a esta pareja intentan por cualquier medio remediar las desavenencias​ pero secretamente disfrutan de una gratificación vicaria con las peleas y discusiones que mantienen estos cónyuges, y al mismo tiempo reafirman la seguridad de sus propias relaciones.
Una pareja que mantiene su cohesión interna y al mismo tiempo ejerce una poderosa influencia sobre el grupo social circundante, sobre todo si se trata de algún tipo de «organización», se convierte en modelo para la idealización pero también en blanco de la envidia edípica. El odio de esta organización a la pareja idealizada puede protegerla al obligar a los partenaires a unirse, y al enmascarar la proyección de su propia agresión mutua, no reconocida. En el momento que esta pareja se aleje del grupo pueda surgir una agresión profunda entre los partenaires que la disuelva.
Como hemos visto, una pareja que, por razones realistas o neuróticas, se aísla del grupo social circundante, corre el peligro de los efectos internos de la agresión mutua. El matrimonio parece entonces una cárcel, y al abrirse camino y unirse a un grupo quizá se asemeje a una huida a la libertad. La promiscuidad sexual que sigue a muchas separaciones y divorcios ejemplifica esa huida a la libertad y a la anarquía del grupo. Por la misma razón, el grupo puede convertirse en prisión para los miembros que no pueden o no se atreven a entrar en una relación estable de pareja.


El masoquismo presente en el estilo de vida Swinger.

“Ningún acto de posesión debería ejercerse sobre un alma libre”. Donatien Alphonse François de Sade “Marqués de Sade”.

Regularmente el masoquismo sexual toma la forma de un guión actuado en el contexto de una relación objetal estable, sentida como segura. Las dinámicas inconscientes típicas, que se centran en conflictos edípicos, incluyen la necesidad de negar la angustia de castración y de apaciguar a un Superyó cruel para obtener una gratificación sexual que tiene significados incestuosos.
Los guiones inconscientes incluyen también la actuación de identificaciones conflictivas con el otro sexo (homosexualidad latente) y la identificación con un objeto incestuoso castigador y sádico.
La característica de “como si”, de interpretación teatral del guión sexual es común a todas las perversiones de índole masoquista.
La perversión sexual puede incluir la actuación simbólica de las experiencias de la Escena Primaria (por ejemplo el triángulo edípico) en la forma de un «ménage à trois»*, en la cual la mujer —regularmente— es obligada, o inducida, o persuadida, o convencida por su cónyuge a tener relaciones sexuales con un tercero, o bien presenciar el coito entre el esposo y el tercero, como condición para el coito y la gratificación sexual entre los consortes, posteriormente. En el primer caso, el esposo busca en primer plano brindarle mayor placer a su mujer (él se siente impedido en mayor o menor grado para satisfacerla) pero lo que realmente pretende a nivel inconsciente es sentirse humillado al ver a su esposa poseída en brazos de otro; en el segundo caso afrenta a su mujer, en el momento de presenciar como goza él con otra. La humillación es pieza fundamental del masoquismo, aunque generalmente es inconsciente.

*Ménage à trois, frase de origen francés, es un término que describe un acuerdo de tres personas para mantener relaciones sexuales y conformar un hogar. En un sentido más amplio, el término designa con frecuencia a un trío sexual cuyos miembros pueden formar o no una relación permanente. Sin embargo, su significado se ha extendido tanto que incluso puede ser entendido como cualquier relación de convivencia entre tres o más personas (estilo de vida Swinger).


​La película erótica, psicoanálisis.

“En los inicios de un amor, los amantes hablan de futuro; en sus postrimerias, del pasado”. André Maurois.

Un filme erótico amenaza los límites de lo convencional, entiéndase convencional como películas aptas para todo público. La audiencia que observa un filme erótico donde la relación sexual está hábilmente disimulada, activa profundas prohibiciones contra la invasión a la pareja edípica (padre-madre) y la concomitante excitación suprimida o reprimida.
Lo que los sujetos observan en este tipo de películas implica un desafío al Superyó infantil y al Superyó de la etapa de la latencia. Las escenas vistas en una película erótica inducen a una excitación sexual, siempre y cuando los sujetos tengan tolerancia a los estímulos visuales de esta índole. Mientras que los espectadores que padecen inhibiciones sexuales severas, experimentarán aversión y asco durante el filme, ya que lo sienten como un ataque violento a sus valores morales, lo que denota un Superyó marcadamente cruel y despiadado.
El filme erótico puede cautivar al espectador con una tremenda fuerza por el hecho que el trama lleva una profunda subjetivación de los protagonistas con lo que se facilita la identificación del sujeto con alguno de los actores que inconscientemente representan a la pareja edípica de la infancia (padre-madre). Esta violación del tabú proveniente del Complejo de Edipo inspira entonces culpa, vergüenza y turbación. La identificación inconsciente con la conducta exhibicionista de los actores, aunado con los aspectos sádicos y masoquistas de los impulsos voyeuristas y exhibicionista respectivamente, producen un desafío que impacta sobre el Superyó del espectador.
El filme erótico —como arte visual— exige madurez emocional, capacidad para tolerar y disfrutar de la sexualidad, tolerancia para aceptar la combinación del erotismo y la ternura, integrar adecuadamente lo erótico en una relación sentimental y emocional compleja, con lo cual se logra una identificación con los actores y sus relaciones objetales manifestadas en la película, al ser receptivos de los valores éticos y estéticos implícitos en las escenas.
De un modo extraño, nuestra capacidad para identificarnos con la pareja enamorada de la película crea una nueva dimensión de privacidad que la protege y al mismo tiempo protege al espectador, en contraste con la destrucción de la intimidad y la privacidad que se opera en el filme pornográfico.
En el filme de arte, los elementos voyeuristas y exhibicionistas de la excitación sexual activada por el hecho de ser testigos (espectadores) de la intimidad sexual, y los elementos sádicos y masoquistas de esa invasión, quedan contenidos por la identificación con los personajes y sus valores. El espectador participa en la “Escena Primaria” mientras inconscientemente asume al mismo tiempo la responsabilidad de mantener la privacidad de la pareja. Los elementos agresivos de la sexualidad infantil perversa polimorfa se integran en la sexualidad edípica, y la agresión en el erotismo.
El arte erótico logra una síntesis de sensualidad, relaciones objetales profundas y sistemas de valores maduros, y aunque estén presentes los celos, la envidia, el odio y la agresión, no deja de reflejarse la capacidad a la tolerancia y consentir la ambivalencia de ambos partenaires para el compromiso y el amor apasionado. El filme erótico representa el Complejo de Edipo puesto en escena.


​La película pornográfica, psicoanálisis.

“Supuse que todo debía ceder a mis deseos, que el universo entero debía responder a mis caprichos y que tenía el derecho de satisfacerlos a mi voluntad”. Donatien Alphonse François de Sade, “Marqués de Sade”.

En el «guión» de las películas pornográficas hay una clara ausencia de funciones Superyoicas donde se subraya la ausencia de la vergüenza, característica de la sexualidad en la primera infancia, que está prácticamente abolida. Una vez que se acepta la ruptura de los valores convencionales y en particular de los valores individuales, la libertad respecto del juicio moral se duplica con la liberación respecto de la responsabilidad personal —esa liberación que Sigmund Freud ha señalado como característica de las masas—.
El espectador de estos filmes se identifica con actividades sexuales más que con interrelaciones humanas. La falta de ambigüedad, la carencia de sentido en la trama (casi inexistente) no permite ninguna fantasía adicional sobre la subjetividad de los protagonistas, por lo que esto contribuye a la mecanización del sexo.
La deshumanización de la relación sexual que es típica de la película pornográfica activa en el espectador —en especial cuando él o ella están en pareja o en grupo— sentimientos sexuales infantiles perversos polimorfos disociados de la ternura; entre ellos se cuentan los aspectos agresivos de la sexualidad pregenital, una degradación fetichista de la pareja, que en la intimidad sexual queda reducida a partes independientes corporales excitantes, y una implícita destrucción agresiva de la “Escena Primaria” en componentes sexuales aislados. En síntesis, lo erótico sufre una descomposición perversa, que tiende a destruir su vínculo con lo estético y también la idealización del amor romántico. En la medida en que el filme constituye un desafío radical a la moral convencional (de hecho, expresa una agresión profunda tanto contra el convencionalismo como contra la intimidad emocional) tiene también un valor psíquico de alto impacto. Pero incluso cuando un sujeto recurre a este tipo de películas para facilitar su excitación sexual en niveles primitivos de la experiencia emocional, la pornografía rápidamente se vuelve aburrida y contraproducente. La razón es que la disociación de la conducta sexual respecto de la compleja relación emocional de la pareja priva a la sexualidad de sus «implicaciones preedípicas y edípicas mismas que son la fuente del deseo sexual»; en síntesis, la escena vista en el filme pornográfico monótoniza el sexo.
Hay un paralelo entre el filme pornográfico y el deterioro del amor apasionado cuando en la relación sexual prevalecen los impulsos agresivos, cuando la agresión inconsciente destruye las relaciones objetales profundas y la falta de un Superyó integrado en cada partenaire facilita la disolución de la privacidad y la intimidad que provoca un sexo mecanizado. No es casual que la película pornográfica, que deliberadamente explota la disociación del sexo y la ternura, se termine experimentando (después del impacto inicial, sexualmente activador, del despliegue desafiante de una sexualidad perversa polimorfa) como mecánico y tedioso, del mismo modo que los sujetos que practican el estilo de vida Swinger al cabo de cierto tiempo experimentan una erosión de su capacidad para la excitación sexual como consecuencia del deterioro de sus relaciones objetales y la desestructuración del Complejo de Edipo.
También una de las características de la película pornográfica es que liberan a los espectadores de la carga pulsional implícita de la Escena Primaria invadida, pero al mismo tiempo existe la amenaza de confrontar la integración de la ternura y la sensualidad, que es intolerable para el Superyó en la etapa de la latencia. En este sentido, el filme pornográfico es lo opuesto de la película convencional (romántica-erótica) pero, paradójicamente, en todos los otros aspectos obedece al mismo dominio inconsciente del Superyó de la latencia. De hecho, aparte de la descripción de la interacción sexual, los filmes pornográficos tienden a ser sumamente parecidos (sin trama), y a menudo adoptan una aptitud “humorística” cuanto a la falta de comunicación de los participantes; esto le permite al espectador evitar cualquier reacción emocional o toma de conciencia profunda acerca de los elementos agresivos del contenido sexual de la película. La ausencia sorprendentemente sistemática de un marco estético refleja también la inexistencia de funciones Superyoicas maduras, lo que se expresa en la vulgaridad del decorado, de la música de acompañamiento, de los gestos y el ambiente en general. Lo típico es que el despliegue agresivo, la conducta voyeurista, el acto mecánico de penetrar y ser penetrado, la exhibición de los genitales y los fluidos que absorben y son absorbidos, contribuyen a la escisión del cuerpo humano en partes aisladas, cuya exhibición repetitiva indica un enfoque fetichista.
La descripción minuciosa que expresa Robert Jesse Stoller sobre los actores, directores y productores de filmes pornográficos ilustra dramáticamente sus experiencias traumáticas, agresivas, en particular de humillación y traumatización sexual en su infancia. Stoller dice que, para los involucrados en su producción, la pornografía representa un esfuerzo inconsciente por transformar esas experiencias mediante la expresión disociada de la sexualidad genital bajo el impacto de la sexualidad infantil perversa polimorfa. Aunque el filme pornográfico da la impresión de no ser como las películas convencionales, en uno y otras encontramos la misma disociación absoluta de los sexual y sensual respecto de los aspectos tiernos e idealizados del erotismo.


​La fobia y la Escena Primaria.

“La voz de la violencia es enorme, y pequeñísima la voz del dolor”. Emma Thompson.

Sigmund Freud señaló sobre el trastorno psíquico que puede padecer un infante al presenciar, lo que denomina el psicoanálisis, la “Escena Primaria” esto significa la relación sexual entre sus padres observada y/o escuchada. Tal impacto psicológico tiene un doble determinante en el niño que lo interpreta como una agresión violenta, un maltrato, o un abuso sádico contra su madre; teniendo como consecuencia el surgimiento de un rival, “una amenaza para sus intereses egoístas”. Además de las connotaciones emocionales atávicas que comporta el tabú del sexo.
A este respecto es importante el caso que describe Freud en su tesis sobre “El hombre de los lobos”. Es un caso complejo, muy importante para la sistematización conceptual del psicoanálisis. Se trata de un joven ruso, de padre muy adinerado (aunque al final él terminó casi en la miseria), que se pone en tratamiento psicoanalítico con Freud y presenta un síntoma singular: fobia a los lobos. Durante el tratamiento, evoca una escena en la que él, siendo apenas un niño, irrumpe en la habitación de sus padres una mañana, y contempla, a través de la ventana abierta de la habitación, un paisaje nevado y unos lobos junto a la ventana. El niño huye despavorido y, desde entonces, la imagen de los lobos le angustia y obsesiona… Lo que descubre el psicoanálisis, en esta imagen de los lobos, que encubre y desplaza lo que verdaderamente le angustia y obsesiona: haber contemplado la relación sexual de sus progenitores.


​La relación de los hermanos durante el Complejo de Edipo.

En nuestra cultura el padre no debe iniciar a su hija en el aspecto sexual (prohibición del incesto) aunque tampoco el hermano deba hacerlo, muy a menudo lo hace. En este último caso y bajo algunas circunstancias puede, en ciertos casos, resultar benéfico para la niña ya que aporta una corrección al Complejo de Edipo cuando el padre tiene una actitud indiferente, distante… hacia su hija. El hermano puede inducir a la hermana a cambiar adecuadamente de objeto, siempre y cuando tengan casi la misma edad, y sobre todo que únicamente se presenten caricias eróticas sin ningún tipo de penetración vaginal o anal. Asimismo la hermana puede tener con el hermano un papel análogo sustitutivo de la madre edípica.
Desde la infancia el hermano puede tornarse para ella, el símbolo masculino por cuyo amor vale la pena aceptar todas las desventajas y los riesgos aunados a la feminidad.
Así, en la formación psicosexual en general, y erótica en particular de la mujer, la figura paternal masculina juega su rol con varios papeles. Ligado con los rasgos del hermano o quien lo reemplace (primo o amigo de su misma edad) el papel del compañero a medida de la niña, que en muchas ocasiones se presenta como su único iniciador a la sexualidad objetal infantil.
Posteriormente del sueño de la “Bella Durmiente del Bosque” metafóricamente hablando, del período de latencia, aparecerá el novio o el esposo (desflorador) con la misión de iniciar a la mujer en la sexualidad femenina adulta.
Las vivencias de la primera infancia de la niña durante el Complejo de Edipo intervendrá primero la madre, luego el padre y los hermanos quienes marcarán cada uno su impronta en ella. No obstante, el último toque de su psicosexualidad de la mujer será dado por la primera pareja que la desflore.
He aquí entonces a la joven a manos del desflorador. La tarea de éste último no siempre es fácil si es que lo lleva con responsabilidad. El dolor que implica la primera o primeras penetraciones no siempre es tolerado por la mujer, y si el dolor no es demasiado intenso, puede ser favorable a la actitud masoquista erógena, tal como debe ser la de la mujer en el acto sexual. De una manera u otra, una vez desgarrado el himen, el partenaire tiene la vía libre en su papel de iniciador. Si por su constitución demasiado bisexual, agravada por la manera como vivió su Complejo de Edipo (fijación en el clítoris, rebelión contra el padre y rechazo de la vagina) los esfuerzos más tiernos que ponga en marcha el hombre, serán vanos por el muro impuesto por la mujer. La adaptación al coito no se realizará; la fémina sólo será sensible a las caricias externas. Pero si ella tiene las características adecuadas de la erogeneidad de la vagina aunada a la conservada por el clítoris, el rol del desflorador, del último escultor de la “estatua femenina” puede ser decisivo.


​El amor de la niña por el padre.

“La niña atribuye regularmente toda prohibición moral, todo cansancio del padre, como una falta de amor”.

Y es que la niña no aspira sólo a obtener el amor tierno del padre sino mucho más… En efecto, entre los tres y seis años, ¿No ha descubierto acaso la niña, y desde hace tiempo ya, el placer emanado no sólo de la totalidad de su superficie cutánea, sino, sobre todo, de su zona erógena genital? Cuando la niña se sienta sobre las rodillas del padre, o cuando para divertirla, la coloca a horcajadas sobre su espalda, busca el más íntimo contacto de sus zonas sensibles con el padre amado; busca de obtener del Dios que adora, el máximo placer accesible a su cuerpecito. Pero si el padre percibe todo esto, o si simplemente está cansado de estos juegos, interrumpe la cabalgata a horcajadas o coloca en el suelo a su hija frustrada, destronada de sus divinas rodillas. La niña atribuye regularmente toda prohibición moral, todo cansancio del padre, a un indudable rechazo amoroso. Seguramente la niña pensaría ¡Si mi padre me coloca en el suelo cuando anhelo me siga brindando ese placer genital que siento a su lado es porque no me quiere! Mientras que a mi madre (o quien la reemplace) le ofrece todas las atenciones, la acaricia de una forma diferente, la besa en los labios…
La profunda herida narcisista en la niña deja una perdurable huella de celos, impotencia y frustración. La primitiva desilusión amorosa, la que la niña siente entre los tres a seis años, a partir del primer florecimiento de su psicosexualidad femenina, se compone de todo esto. La primera flor de su amor se marchita, y a veces, si la helada que la seco fue demasiado intensa —esa flor demasiado delicada— nunca más volverá a florecer.
No obstante, en otros casos, si ese Dios llamado padre es más clemente la conducirá a un próspero desarrollo sexual. En efecto, el padre no podrá nunca satisfacer las aspiraciones eróticas de su hija, nunca podrá ser su iniciador en la sexualidad. Pero por esto mismo tiene mayor obligación de amarla con profunda «ternura», de dedicarle ese amor largo y constante que puede precisamente tornarse sexual en la vida adulta con su partenaire y que será ese amor sobre el cual se edifica la familia duradera. Así dispensada, la ternura del padre constituye el clima donde mejor evoluciona la sexualidad femenina.
Cuando la niña recibe ternura, amor, aunque de fin inhibido, consiente mucho más fácilmente en adoptar la actitud psicosexual que su partenaire espera de ella en la adultez, con todos los riesgos narcisistas y vitales que esta actitud implica. La penetración vaginal será sentida como una herida, pero ¿Qué importa para la mujer que es amada? El sufrimiento se convierte en ese placer soñado y el masoquismo femenino termina.
¿El parto implica peligro de muerte? ¿A quién le preocupa, en el reino del amor? A cambio de amor, la mujer acepta todos los peligros; muchas veces se entrega definitivamente si el hombre quiere conservarla, aunque también puede ser el primero en frustrarla. Es aquí donde reside a veces un obstáculo del Complejo de Edipo para el establecimiento de una psicosexualidad normal y posteriormente le permita el casamiento y la maternidad. Muchas niñas se han “entregado” psíquicamente al padre en forma definitiva, puesto que representa al Dios poderoso en el reino de la infancia, pero si él la ha rechazado tajantemente, si ha sido distante o indiferente ningún otro hombre podrá poseerla eróticamente en su vida adulta. Metafóricamente hablando, estas mujeres, tuvieron en su infancia una vagina receptora, “abierta” psíquicamente durante el Complejo de Edipo, pero se ha vuelto a “cerrar” a fuerza de esperar en vano aquél hombre que no cumple con sus expectativas. Esto denota una inhibición por espera inútil, por frustración. Posiblemente hayan conservado erogenidad en el clítoris que ejercitará de vez en cuando con la masturbación. Las fantasías que acompañan a esta actividad son, desde el punto de vista psicoanalítico, entonces muy interesantes de estudiar. Es raro que sean conscientes, pero cuando se llega a ponerlas en evidencia, a menudo se percibe que por debajo de las fantasías relativas al padre, otras fantasías más profundas han permanecido orientadas hacia la madre del Complejo de Edipo positivo al que el clítoris permanece fiel a su manera. Estas mujeres han sufrido una particular “viscosidad” de su libido, de una enfermedad crónica de fidelidad. Demasiado fieles a la madre en el inconsciente, han conservado el clítoris para ella; demasiado fieles al padre, por amor a él han cerrado la vagina a otros hombres. La fidelidad del clítoris es positiva, la de la vagina negativa; por fidelidad el clítoris persiste mientras que por fidelidad la vagina evita. Si falta el amor del padre a la niña, madura la rebelión en su psique. Pero demasiada rebeldía en la mujer, al acentuar su Complejo de Virilidad, no puede sino perturbar profundamente su psicosexualidad. Por rebeldía, estas mujeres evitan a sus pretendientes donde proyectan al padre que las frustró pero seguirán siendo fieles a su progenitor a pesar suyo. En efecto, a causa de la rebeldía el clítoris habrá reactivado toda su virilidad constitucional; a pesar de la pérdida del himen la vagina permanecerá eróticamente “cerrada” como se cerró al padre en la infancia por frustración, por despecho, por odio, por celos… después de habérsele ofrecido vanamente.
¡Felices de aquéllas que han tenido un hermano a quien transferir las emociones de su sexualidad edípica frustrada! Para las mujeres el hermano podrá haber sido el salvador de su heterosexualidad. Si la sexualidad de la niña, frustrada demasiado violentamente por el padre, no encuentra otro hombre al que aferrarse, puede en algunos casos desviarse para siempre del hombre y regresar a la madre, objeto del Complejo de Edipo positivo. Cuando la bisexualidad es lo bastante fuerte y el ambiente favorable, esto no permitirá más que juegos homosexuales del tipo madre-hija con otras mujeres.
El hombre ocupado por su esposa y su trabajo, corre el riesgo de desatender el vínculo con su hija. Lo que perturba a la niña es regularmente un padre ausente, indiferente o poco afectivo dando origen a una rebeldía. La ternura del padre es tanto más indispensable a su hija cuanto que en nuestra sociedad la iniciación sexual le está prohibida y la ternura paternal es la única compensación de este hecho inevitable; el padre obviamente debe rechazar toda la parte sensual o erótica de las solicitaciones de su hija. Así, la ternura del padre es la defensa por medio de la cual él intenta hacerse perdonar por no poder ser el iniciador de la sexualidad de su hija. Esta defensa debe ser elocuente, dado que la niña, ignorante aún de las distinciones abstractas, confunde generalmente, como ya se indicó, rechazo por moralidad (prohibición del incesto) con rechazo por falta de amor.


​La articulación del Complejo de Edipo y la estructura psíquica.

El Complejo de Edipo es el mecanismo articulador de la estructura psíquica (neurosis, perversión y psicosis). Este complejo, a su vez se encuentra regulado por una Ley que en psicoanálisis se conoce como “Prohibición del Incesto”, cuyo representante designado desde la cultura, es el padre. Este padre cumplirá una doble función: sobre el hijo(a) pero también, sobre la madre.
En el caso del hijo(a), esta función causa ambivalencia, la cual también podemos entender en dos direcciones, ambas, dirigidas hacia el padre. La primera dicotomía sería amor-odio. Odio ante la prohibición ejercida por el padre, según la cual no puede cumplir sus deseos incestuosos hacia su madre; y amor hacia ese padre, en tanto ideal (del Yo).
Pero también, el deseo de concretar sus pulsiones incestuosas hacia la madre, es fuente de sentimientos ambivalentes, en este caso, hacia la madre. Una marcada ambivalencia produce, por un lado, el deseo de ser ese sujeto capaz de colmar el deseo de la madre (en tanto “Otro”, lo que equivaldría a ser el deseo del “Otro”, también llamado por Jacques-Marie Émile Lacan: “objeto a”); por un lado y por el otro, la angustia que genera el quedar devorado por este deseo insaciable.


jueves, 26 de octubre de 2017

El amante y su influencia en el matrimonio.

“Los hombre jóvenes quieren ser fieles y no lo consiguen; los hombres viejos quieren ser infieles y no lo logran”. Oscar Wilde.

En ocasiones cuando el cónyuge mantiene una relación extramarital, ésta es regularmente preliminar a la destrucción de la pareja (es decir, el matrimonio se disuelve y da origen a una nueva formación de parejas); aunque otras veces, el vínculo marital parece estabilizarse con la presencia del tercero. En este último caso hay diversos desenlaces posibles. A menudo, la aventura de uno de los partenaires permite la expresión estabilizadora de los conflictos edípicos no resueltos, por ejemplo una mujer frígida con el marido y sexualmente satisfecha por el amante quizás experimente un estremecimiento consciente y una sensación de satisfacción que sostienen el matrimonio, aunque inconscientemente disfruta del esposo como representante transferencial odiado del padre edípico. En la relación dual, experimenta un triunfo inconsciente sobre el padre que tenía a la madre y a ella bajo su control, mientras que ahora ella es quien tiene a dos hombres bajo el suyo, una de las razones por las cuales no se divorcia ni tampoco abandona su relación con el amante. El deseo de tener una aventura puede también derivar de la culpa inconsciente por experimentar la relación matrimonial como un triunfo edípico, sin animarse a establecer una identificación total con la madre edípica; ese juego de la ruleta rusa en el matrimonio es entonces el “acting out” del conflicto entre el deseo y la culpa. Paradójicamente, cuanto más profundas y completas se vuelven estas relaciones marital y extramarital paralelas, más tienden a la destrucción, porque la escisión de la representación objetal alcanzada a través de la situación triangular finalmente se va perdiendo. “Esto significa que las relaciones paralelas, con el paso del tiempo, tienden progresivamente a parecerse, imponiendo una carga psicológica cada vez más difícil de sobrellevar”. Que estas relaciones se mantengan secretas o se las acepte abiertamente depende por supuesto de otros factores, como por ejemplo la medida en que los conflictos sadomasoquistas desempeñan un papel en la interacción marital. Lo más frecuente es que la «apertura» en cuanto a las relaciones extramatrimoniales sea una interacción sadomasoquista y refleje la necesidad de expresar agresión por los resentimientos acumulados o defenderse de sentimientos de culpa.
A veces una relación de pareja estable en un principio queda oscurecida por un vínculo determinado en respuesta a presiones sociales, políticas o económicas. Por ejemplo, una pareja puede tener una relación extramarital significativa, a menudo secreta, que para ambos partenaires tiene una existencia paralela a otras relaciones puramente formales, como un matrimonio de conveniencia. En otros casos, las dos relaciones paralelas de una situación triangular son básicamente formalistas y ritualizadas, por ejemplo en las subculturas en las que tener una amante es un signo de status social (tener una o más amantes confirma la masculinidad, o mejor dicho «machismo») y lo que se espera de una persona de cierto nivel social.
Lo que deseamos subrayar es que las situaciones triangulares, en especial las que incluyen una relación extramarital duradera y estable, pueden tener efectos complejos y variables sobre la relación de la pareja primaria.
Las relaciones triangulares estables por lo general reflejan diversos tipos de formaciones de compromiso que involucran conflictos edípicos no resueltos. Pueden proteger a la pareja contra la expresión directa de algunos tipos de agresión, pero en la mayoría de los casos declina la capacidad para la intimidad y la profundidad madura, como precio por la protección obtenida.
Al evaluar a una pareja nos interesa en qué medida la relación permite una sensación de libertad interna y estimulación emocional, la medida en que sus experiencias sexuales son ricas, renovadoras y excitantes, la medida en que cada miembro puede experimentar sexualmente sin sentirse aprisionado por el otro o por el ambiente social y, sobre todo, la medida en que la pareja es autónoma, en el sentido de que puede seguir autogenerándose a través del tiempo, con independencia de los cambios de los hijos, del ambiente circundante o de la estructura social.
Si la elección de vivir en la superficie del propio Yo proporciona un grado satisfactorio de estabilidad y gratificación, no hay ninguna razón para que el psicólogo, psicoterapeuta o psicoanálista cuestione esta situación sobre una base “ideológica o perfeccionista”, aunque también cabe agregar que estos vínculos raramente funcionan por un tiempo prolongado.
Si el motivo de queja de la pareja es la indiferencia sexual, resulta útil recordar que el aburrimiento es la manifestación más inmediata de la falta de contacto con las necesidades sexuales y emocionales más profundas con el partenaire. Pero obviamente nadie tiene ganas o deseos de abrir esa “Caja de Pandora” por todo lo que esconde, la mayoría de las parejas hacen como si no pasara nada, minimizan su psicopatología o simplemente esconden la cabeza bajo tierra, como las avestruces: no desean saber nada de aquello que se a vuelto —aunque no lo acepten conscientemente— su “Goce Vincular”.


El amor como intento de reparar la herida narcisista durante el Complejo de Edipo.

“La esperanza, no obstante sus engaños, nos sirve al menos para llevarnos al fin de la existencia por un camino agradable”. François de La Rochefoucauld

Toda historia de amor es la cauterización de una profunda herida narcisista. Un lugar donde está lo común y lo ajeno que nos indica la alteridad. Es un intento de consuelo y de resolución de la tragedia infantil edípica. Es reparación y búsqueda de un nuevo destino que despliega en si mismo otras posibilidades de nuevo dolor.


Los celos de la mujer por la actividad laboral del marido.

“El padre tiene siempre la primera hipoteca sobre el corazón de su hija; el esposo sólo tiene la segunda”. Sigmund Freud.

Un padre amoroso y atento con su hija desde su nacimiento la mira tiernamente, la coloca en sus rodillas, la acaricia, la mima… la pequeña se siente regocijada y se abre incondicionalmente a ese amor. Sin embargo, en el fondo de sí misma, la frustración acecha, los celos rondan, aun si no tiene hermanas. ¿Por qué papá sale tanto con mamá? ¿Por qué cuando llega la noche mis padres se duermen juntos?¿Por qué en la noche en la habitación de mis padres se escuchan quejidos y suspiros? ¿Por qué papá prefiere acostarse con mamá y no conmigo?
En tales circunstancias se agitan los celos infantiles aunque no se manifiestan abiertamente pero la niña lo siente tan devastadores como la paranoia de celos que padecen los adultos, y el destino de esta pequeña, verdaderamente precursor del de la mujer, es de estar condenada a compartir; es un destino de celos, de despecho, de envidia. ¿Y por qué mi padre me rechaza después de abrazarlo un rato como si yo lo aburriera, cuando quiero estrecharlo por mucho tiempo? ¿Por qué me echa cuando esta ocupado trabajando, o cuando juego con sus herramientas de trabajo, o tomo sus papeles y lápices del escritorio? ¿Y cuál es ese misterioso “trabajo” por el que está tanto tiempo afuera y lejos de mí?
La niña, anunciando ya a la futura mujer-esposa, cela desde entonces las ocupaciones, primero la de su padre en la infancia y posteriormente la del marido en la edad adulta, en el fondo representa —inconscientemente— estas actividades laborales un obstáculo que distrae demasiado el amor que le debe brindar el objeto, a ella.


La sobreinvestidura del clítoris en las mujeres homosexuales.

Los lazos que vinculan a las mujeres homosexuales con sus respectivas parejas, ya se trate de mujeres con fijación de la excitación sexual en el clítoris o la vagina, tiene que ver con el Complejo de Edipo de su infancia.
En su teoría sobre mujeres homosexuales Helen Deutsh señala que en sus vínculos siguen jugando: “a la madre y la hija”, con exclusión del padre perturbador. Algunas de estas mujeres tienden a identificarse con la madre activa y son atraídas especialmente por jovencitas. La mayor felicidad consiste en que las jovencitas “revelen” a sí misma su homosexualidad subyacente. Por el contrario, otras continúan siendo las niñas que en otro tiempo fueron atraídas, sobre todo por mujeres mayores que visualizan como maternales o protectoras, hacia las que permanecen más o menos en estado de pasividad, o bien en un estado infantil. Otras pueden vivir las dos actitudes alternadamente. Pero en todas el órgano ejecutor del placer homosexual es preponderantemente —como en la niñita “fálica” en su infancia— el clítoris, órgano que les basta para su plenitud sexual. Cabe señalar que este tipo de mujeres tienen la idea sobre el pene como un órgano generalmente grotesco inspirándoles repugnancia.
Las homosexuales tienden a excluir a los hombres y el “pene del paraíso perdido” proveniente del padre en su infancia (Complejo de Edipo) es sustituido en su adolescencia o edad adulta por las caricias eróticas que simbolizan las caricias madre-hija por los cuidados de higiene personal durante los primeros años de vida. Estas homosexuales conservan su apariencia femenina tanto en su personalidad como en su manera de vestir.
Más allá de la identificación con la madre activa primitiva, solícita con el niña, el otro tipo de mujeres homosexuales se identifica por superposición, por decirlo así, con el padre que sucedió a la madre en el desfile de los objetos para amar o para odiar de la niña. Estas mujeres presentan fantasías de su clítoris mucho más activas que las anteriores, y toda su conducta está teñida por el ideal que han asimilado: vistiendo de forma varonil y en sus relaciones que mantienen con sus parejas intentan por cualquier medio ser «hombres» para las féminas que aman. Estas mujeres pueden llegar a la voluptuosidad por medio de las caricias eróticas pero se rehúsan a tener una actitud pasiva. En lo que respecta a éstas, seguramente no podrían soportar que se comprobará, una vez más, que su cuerpo carece inevitablemente de pene.


La función de la masturbación infantil.

La masturbación infantil tiene como función, entre otras cuestiones, la preparación para la sexualidad adulta, que cumple con respecto a ésta un rol análogo al de los juegos del niño en relación con las futuras actividades sociales del hombre.
El Complejo de Edipo puede parecer una especie de juego psicosexual infantil preparatorio de la psicosexualidad ulterior del hombre o la mujer. En este caso el niño juega a amar pero a amar sexualmente. En efecto, como Sigmund Freud lo manifestó, el carácter del juego no es la falta de seriedad sino la falta de relación con la realidad.
No se puede negar que durante la etapa edípica los deseos del niño carecen en gran parte de relación con la realidad, aunque el niño con sus ciegos impulsos instintivos, generalmente no lo vea con claridad, a diferencia de lo que ocurre en el juego. Sin embargo, queda en pie el hecho que cuando el niño fantasea casarse con su madre o la niña con su padre, por debajo de estas fantasías soberanas, algo en ellos “presiente” que realmente no se puede concretar, aquí se anuda simbólicamente la “Función Paterna”.
El fracaso del incesto del infante hacia la madre no resulta del todo definitivo, pero lo conducirá al puberto o adolescente a desear sexualmente fuera del círculo familiar. Entonces, en el caso más favorable, el “Complejo de Edipo” y la “Función Paterna” sobre el infante lo dirige al destino ideal de la represión exitosa: “Hundimiento de las representaciones edípicas infantiles en el inconsciente, con desprendimiento, conservación y puesta a la disposición de la psicosexualidad, de las pulsiones y emociones libidinosas y aferentes liberadas al término de la evolución.
No obstante, este caso «ideal» de represión de las representaciones condenadas, con conservación y liberación de las pulsiones, no se realiza nunca en forma completa por la inercia reinante en el dominio del inconsciente. En algunos casos, una parte de las pulsiones puede seguir el destino de las representaciones edípicas sumergidas en el inconsciente, se conservan fieles, por así decirlo, privando así a la psicosexualidad adulta de la correspondiente fuerza promotora por lo que la represión que se manifestó excesiva, sobrepasó su meta. En otros casos, la fidelidad de las pulsiones a las representaciones se produce en sentido opuesto. Las pulsiones no reprimidas son entonces las que atraen las representaciones edípicas de antaño vueltas a surgir del inconsciente, seguramente con desplazamientos que las hacen irreconocibles. En estos casos la represión no fue exitosa, ha fracasado parcialmente. Entonces según como se haya estructurado el “Complejo de Edipo” y la “Función Paterna”, esto es como hayan predominado las excitaciones o inhibiciones edípicas, tendremos distintos cuadros adultos: El sujeto que, con furor desenfrenado busca sin saberlo las imágenes parentales en la elección amorosa; o bien, que al reconocer inconscientemente al objeto edípico primario (madre) en cada objeto amoroso, retrocederá ante la prohibición edípica.
En los dos últimos casos la consecuencia será una desadaptación a la realidad, una especie de perturbación de la visión psíquica por proyección en el mundo exterior de nuestras fantasías internas (promiscuidad, homosexualidad, prostitución, soltería permanente, etcétera).
Esto impide discernir de manera adecuada que los demás hombres y mujeres no son de hecho nuestros padres. Pero sólo el último caso será verdaderamente nefasto a la función erótica, en virtud de la predominancia de la inhibición.


Las fantasías infantiles durante el Complejo de Edipo.

En la “realidad psíquica” reinan las fantasías, preformadoras de nuestra subjetividad en un grado por lo menos igual al de la realidad física, que a veces no se reconoce o ni siquiera se siente. Una ley semejante parece desprenderse de la observación de los hechos, tal como lo presenta el psicoanálisis sobre las emociones infantiles edípicas que afectan como si realmente se realizaran.
Ahora bien, el niño vive su deseo como una realidad tangible. Por haber deseado la unión incestuosa con alguno de sus padres y la muerte de alguno de ellos por sentirlo como rival, el infante experimenta los mismos sentimientos de culpa como si realmente hubiera llevado a cabo estos “crímenes parentales” por lo que la inhibición se vincula a la idea de incesto y homicidio.
Es cierto que la forma de las fantasías durante el Complejo de Edipo está dada en parte por la constitución, pero estas fantasías tienen un efecto profundo en el desarrollo psicosexual, condicionan toda la sexualidad futura.
De lo que predomine en estas fantasías, excitación o inhibición edípica —consecuencia de las prohibiciones— y de la culpa derivada, dependerá entonces que el infante lleve a su vida adulta una sexualidad exitosa o desemboque en un naufragio.


viernes, 4 de agosto de 2017

La agresión como componente para el incremento de la excitación sexual.

Robert Jesse Stoller señaló la presencia esencial de la «agresión» como componente para el aumento de la excitación sexual. Asimismo subraya la importancia que guarda el «misterio» entre la pareja para su excitación sexual, describiendo los factores anatómicos y fisiológicos que, en interacción con los deseos inconscientes y peligros edípicos, contribuyen a las cualidades excitantes y frustrantes que son una parte importante de ese misterio.
El misterio induce y refleja la fantasía sexual suscitada en por el Complejo de Edipo, que aunque es inconsciente no deja de tener una fuerza vital. Stoller hace hincapié en la función de la excitación sexual en la recreación de situaciones peligrosas y potencialmente frustrantes (relaciones sexuales en lugares públicos, preámbulo erótico en el cine, automóvil, etcétera) y en su superación mediante la gratificación de la fantasía y el acto sexual específicos. De modo que, en los términos de la capacidad para la excitación sexual y el deseo erótico y para la integración de las relaciones objetales preedípicas y edípicas como parte de las relaciones amorosas maduras, la integración de la libido y la agresión, el amor y el odio, gradualmente emergen como un aspecto principal de la capacidad para las relaciones amorosas, pero también en su aspecto psicopatológico.
Las facetas sadomasoquistas de la “sexualidad perversa polimorfa durante la infancia” proporcionan una importante energía impulsora para la fusión sexual en la adultez; un predominio excesivo de la falta de cuidado corporal tierno a cargo de la madre y del padre, así como experiencias traumáticas de abuso físico o sexual principalmente durante la infancia puede suprimir la capacidad para la respuesta sexual o interferir en la consolidación o el desarrollo del afecto de la excitación sexual en la edad adulta. A la recíproca, una represión excesiva de la agresión, las prohibiciones inconscientes contra los componentes tempranos y agresivos de la sexualidad infantil «perversa polimorfa», pueden inhibir significativamente y empobrecer la respuesta sexual.
El tipo más frecuente de inhibición sexual supone algún grado de supresión o represión de la sexualidad infantil perversa polimorfa, y que esta inhibición sexual gravita considerablemente en el empobrecimiento de la vida amorosa de parejas cuyas relaciones emocionales son en otro sentido satisfactorias.
Es muy común encontrar parejas —que acuden a psicoanálisis— manifestando tener relaciones sexuales frecuentes con su respectiva pareja, con excitación sexual y su respectivo orgasmo, pero con una creciente monotonía, es decir una vaga sensación de insatisfacción y aburrimiento, de sentirse vacíos inmediatamente después del coito. En consecuencia, en el área de la excitación sexual, tanto la falta de integración de la agresión como su exceso pueden inhibir la relación amorosa.
El mismo proceso aparece en las relaciones objetales dominantes de la pareja. La falta de integración de las relaciones objetales internalizadas “totalmente buenas” y “totalmente malas” (Melanie Klein) conduce a una idealización primitiva en las relaciones amorosas de la organización límite de la personalidad; la carencia de realismo propia de la idealización lleva fácilmente al conflicto y la destrucción del vínculo. Una idealización que no tolera la ambivalencia, que es fácilmente destruida por cualquier agresión en la relación, es por definición frágil e insatisfactoria, y los partenaires carecen de capacidad para una profunda identificación mutua. Pero la integración de las relaciones objetales que prenuncia el dominio de los conflictos edípicos avanzados, con la correspondiente tolerancia a la ambivalencia, también significa el surgimiento en la relación de una agresión que debe ser tolerada y es potencialmente peligrosa para el vínculo.
La tolerancia a la ambivalencia facilita la activación de guiones inconscientes y de la identificación proyectiva mutua de relaciones objetales internalizadas patógenas pasadas, de modo que la tolerancia a la agresión como parte de la relación ambivalente de la pareja la enriquece enormemente y asegura la profundidad que ha sido señalada como parte de la “identificación genital” por Michael Balint, o la “preocupación por el otro” por Donald Woods Winnicott. Pero la agresión excesiva amenaza a la pareja con un conflicto intolerable y con la ruptura potencial de la relación.


¡La amaba demasiado para querer poseerla!

“La grandeza del goce procede de la pérdida de la razón. Si no sintiéramos que enloquecemos, la sexualidad sería una porquería y un pecado”. Émile Michel Cioran.

“La vida erótica de estos individuos permanece disociada en dos direcciones personificadas por el arte entre el amor divino y el amor terrenal o animal. Si aman a una mujer no la desean y si la desean no pueden amarla”. Sigmund Freud.

Para algunos sujetos varones existe una disociación entre la mujer que desean (madre-prostituta) y a la mujer que aman (madre-virgen) ambas representaciones surgen desde su remota infancia. De esta manera, lo que el hombre «normal» brinda a una sola mujer, los sujetos que la han disociado lo reparten necesariamente entre dos. Estos últimos al terminar una relación sexual tienen la sensación depresiva que describe uno de los comensales en El Banquete de Platón: “Todos aquellos amantes que satisfacen su deshonesto deseo con aquellas mujeres que aman justo que alcanzan el fin deseado no solamente sienten saciedad y fastidio sino que toman odio a la persona amada”.
Estos ambivalentes amantes, primero seducen y después desprecian. Es esta, sin duda, una reacción paradójica aunque, sin embargo, comprensible. Es razonable que al enaltecer a la madre-virgen y saciar su lascivia se sientan incómodos y abatidos porque al no haber ya deseo, al que por lo demás, degradan, y no habiendo existido nunca ternura no les queda por lo tanto… ¡nada! En consecuencia, mientras experimentan un hastío insoportable, sólo aguardan el momento de deshacerse del cuerpo que hasta hace un instante gozaron.
El sujeto «normal» después de concluir el coito se siente tan relajado y sereno como dulcemente unido a su partenaire; mientras que los amantes de la madre-virgen, asqueados y vacíos. Cuando el deseo surge están eufóricos, y cuando se ha satisfecho, tristes. Obviamente estos varones que han disociado a la madre (inconscientemente hablando) sufren de disfunción eréctil, agregando que la incapacidad sexual no se manifiesta únicamente cuando el pene no alcanza la erección adecuada y por el tiempo suficiente, también cuando se presenta una eyaculación muy rápido, o en algunos se retarda tanto tiempo que se vuelven insensibles al placer, y en otros donde no se conjuga el amor durante el coito. La mujer que ama y se entrega a su pareja, regularmente queda cariñosa y tranquila después de la entrega íntima, y no presenta remordimientos.
Lamentablemente para estos sujetos —de los que nos hemos venido ocupando — la única manera de sentir placer, mientras tienen relaciones sexuales, es imaginar que están con otra mujer porque de no hacerlo, su deseo se disipa. Estos hombres presentan dudas de su capacidad para disfrutar de la voluptuosidad mientras aman a su partenaire, incluso pueden llegar a imaginar que ciertas posiciones o acciones durante el coito pueden llegar a lastimarla o degradarla.
Todo esto surge a consecuencia de la psique enferma del sujeto y la razón es simple, mientras no sientan amor pueden tener relaciones sexuales voluptuosas y satisfactorias, por el contrario, a quien lo une el amor y la ternura su placer siempre perturbado por un sentimiento de tristeza, por una inconfesable opresión, y es cuando su impotencia aparece en el momento que intenta unir dicha voluptuosidad con el amor. Con la que goza es la madre-puta y a quien aman es la madre-virgen.
Cuando este tipo de hombres tienen una amante o alguna infidelidad desaparece su angustia que es el síntoma de su deseo frustrado. Cuando llega a descubrir lo que realmente implica una relación sexual plena, recobran su salud física y mental y se percatan que realmente su enfermedad es cuestión de una mera fantasía clavada en su inconsciente.