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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

La intimidad corporal.

¿Cómo llegó a ser socialmente aceptable que un hombre insista en sus derechos sexuales cada vez que lo desea, mientras que la mujer los debe reprimir? ¿Se deberá posiblemente al hecho de que ante la violación la mujer es un ser relativamente indefenso por sus condiciones físicas? Esto debió ejercer cierta influencia en el desarrollo de muchas culturas. Sin embargo, con frecuencia se ha demostrado que incluso la violación no resulta demasiado sencilla si no hay cierta “cooperación” por parte de la mujer.
El trastorno neurótico del vaginismo ilustra que en algunas circunstancias, esa renuencia inconsciente a tener relación sexuales puede bloquear en forma significativa la libido del hombre. Si bien la fuerza física superior de éste puede ser un factor importante en la frecuencia de condescendencia pasiva femenina, también deben existir otros factores.
Para encontrar algunas respuestas debemos examinar los aspectos socioculturales que son significativos en este sentido, y que cuentan con cierta “aprobación” tanto de hombres como de mujeres en el sentido de la creencia que la pulsión sexual femenina no es tan apremiante como la masculina; por consiguiente, para ellas no es necesario satisfacerlo de forma inmediata. Aunque poco a poco se ha ido abandonando esta idea con la creciente tendencia de la mujer de afrontar y asumir en plenitud su sexualidad, siendo capaz de expresarlo ante sí misma, ante sus congéneres, ante su pareja, ante la sociedad en general, aunque ya en la intimidad del lecho no siempre se ponga lamentablemente en práctica, también existen otras féminas que dicha libertad sexual les atemoriza. Además, y en forma casi simultánea, otro aspecto importante de la vida sexual de la mujer ha ido perdiendo importancia, esto es, la posibilidad de tener hijos. La maternidad ya no es algo deseado por muchas de ellas. Por cierto, un tema muy amplio para investigar sus causas desde el psicoanálisis.
Hasta hace unas cuantas décadas se suponía que las necesidades sexuales de la mujer eran casi inexistente, se esperaba que ellas fueran capaces de controlar sus deseos sexuales en todo momento, por lo que un embarazo fuera de matrimonio denotaba debilidad o concupiscencia de la mujer. La participación del hombre en dicho embarazo era mirado con más tolerancia, y éste no se hacía merecedor de ninguna o casi ninguna deshonra social.
El hecho de que la mujer pudiera ocultar mucho mejor su excitación sexual a comparación del hombre, contribuyó en parte a la propagación de la idea que estableció cierto patrón en el que la obediente fémina se ofrecía a su pareja sin participar activamente en el coito. Muchas mujeres “normales” aceptan esta situación, pero seguramente en el fondo les resulta muy difícil asumir. Cabe agregar que un considerable número de hombres les causa cierta “incomodidad” cualquier expresión de intensa pasión de su pareja. Incluso existen hombres que les puede causar repugnancia si su mujer responde voluptuosamente en el intercambio sexual. Esto puede llevar a la fémina a ocultar su deseo sexual, incluyendo el orgasmo, sintiéndose desgraciada y furiosa.
Ahora bien, no sólo encontramos en las mujeres frígidas —quienes al advertir su ineptitud como compañeras sexuales— tratan de compensarla de la mejor manera posible con una entrega sin participación; en muchos casos, descubrimos también esa actitud aun en las mujeres con una respuesta sexual adecuada; ellas han aceptado la idea de que las necesidades del hombre son más importantes que las suyas y que, por ende, los deseos y las necesidades de aquél son soberanas.
La creencia errónea de que la vida sexual de la mujer no es tan apasionada ni perentoria como la del hombre, puede dar lugar a dos lamentables situaciones: puede inhibir la natural expresión de deseo de la mujer por temor a parecer una prostituta, o bien puede llevarla a creer que debe estar dispuesta a avenirse en todas las ocasiones que lo desee el hombre, por lo que vale decir, que ella no tiene ningún derecho propio para manifestarse u oponerse respectivamente. Ambos extremos representan un obstáculo en ella para su expresión espontánea con lo que surge el resentimiento y el descontento. Esto aunado al poco interés del hombre por despertar la pasión de ella y de la escasa importancia que le brinda al arte de amar, lleva a la pareja a un inevitable fracaso.
Cuando se desvaloriza un aspecto importante de la vida de un sujeto, ello tiene un efecto negativo sobre su autoestima. Lo que una mujer tiene en realidad para ofrecer en materia de correspondencia sexual se convierte en algo despreciable, y esto desvaloriza su Yo y su apariencia corporal.
La segunda manera en que nuestra cultura ha subestimado el patrimonio sexual de la mujer es desvalorizando sus genitales. En la terminología clásica, esto está relacionado con la idea de la “envidia del pene” (Teoría propuesta por el psicoanálisis) lo que nos convierte en una sociedad falocentrista. Pero debemos señalar enfáticamente que la idea de la “envidia del pene” es un concepto masculino: “Es el hombre quien experimenta al pene como un órgano valioso y supone que las mujeres también deben compartir ese sentimiento”. Pero es una idea ingenua pensar que una mujer realmente pueda imaginar portar su propio pene y con eso gozar, como lo hace el hombre con el suyo; más bien se percata de las ventajas socioculturales que tiene, quien porta un pene*.
Lo que una mujer necesita es más bien sentir la importancia de sus propios órganos y la aceptación de su cuerpo en general, y que cada una de sus funciones constituye una necesidad básica para consolidar su autoestima.
La mujer de complexión robusta, morena y baja de estatura tal vez crea que sería más deseada por los hombres si fuera rubia, alta y delgada; en otras palabras, si fuera otra persona. La solución de su problema —desde el psicoanálisis— no reside en el hecho de volverse rubia sino en descubrir por qué no se acepta tal como es. El psicoanálisis revelará que alguna persona significativa durante sus primeros años de vida prefería a las rubias, o bien que el hecho de ser morena se ha asociado con alguna otra característica inaceptable.
En nuestra cultura, la relación sexual ha merecido la desaprobación por el puritanismo. El ideal puritano consiste en la negación del placer erótico corporal, y esto hace que los deseos sexuales se conviertan en algo vergonzoso. En nuestros días seguimos encontrando indicios de esta actitud en los sentimientos expresados por ambos sexos. También existe otra actitud que desvaloriza la sexualidad, en particular la sexualidad femenina. Estamos inmersos en una sociedad que pone gran énfasis en la pulcritud. Para muchos sujetos, los genitales entran en la categoría de órganos excretorios, asociándose así con la idea de algo sucio. En el caso del hombre, parte de esa consigna desaparece porque él se libra de la menstruación. La mujer, en cambio, es quien la presenta y, cuando su actitud se ha visto fuertemente influida por el concepto de algo sucio o desagradable, ello acrecienta su sensación de ser inaceptable, y esto aunado a la opinión de su partenaire de que efectivamente sus flujos menstruales tienen un olor nauseabundo, fortalecen el convencimiento de la fémina de que los desechos de sus genitales son verdaderamente repugnantes.
El desenfrenado placer que el niño experimenta frente a su cuerpo y a los flujos que emanan de él comienza a reprimirse a edad muy temprana, Esto constituye una parte fundamental de la educación básica. A la mayoría de las personas les resulta muy difícil aceptar el efecto pernicioso que esto constituye sobre la vida psíquica y emocional del sujeto; si esa actitud fuera más permisiva entonces algunos trastornos que presentan ciertos sujetos sencillamente no existirían. Lo que ocurre es que ese tipo de educación, implementado por el mercado de consumo capitalista ha creado una especie de actitud repulsiva hacia los flujos corporales.
La moralidad de esfínter, como la llamó Sandor Ferenczi, se extiende más allá del control de la orina y de las heces; en cierto modo, incluye también a los flujos vaginales, semen, sudor, mucosidad, etcétera. Es evidente que estos flujos tienen una enormemente influencia en las actitudes que toman hombres y mujeres al respecto, que pueden llegar a ser completamente repugnantes. Ese intento de algunos sujetos de controlar la expulsión del excremento, orina, etcétera, aunque de manera incipiente, dado que es una cuestión biológica que está más allá de la capacidad psíquica del sujeto para retener, nos muestra claramente como se ha creado un sentimiento de inaceptabilidad y suciedad al respecto.

*Desde el psicoanálisis existen algunas mujeres que efectivamente desean poseer un pene propio, pero únicamente el análisis puede confirmar esto, lo que obviamente las ubica dentro de la psicopatología.


martes, 14 de noviembre de 2017

La demora del tiempo para la mujer en el acto sexual.

El hombre no debe olvidar nunca que mientras transcurre el placer erótico y el coito es él el único «amo del tiempo». Es cierto que algunos hombres saben esperar con cautela el acto sexual, mientras deleitan a su partenaire durante el preámbulo erótico, pero casi la mayoría se desesperan en aguardar. Hay que señalar que la mujer está mayormente sensibilizada al transcurso del tiempo que el hombre. No sólo porque la mujer necesita más tiempo físicamente sino porque en el placer, tanto como en el amor en general, el tiempo para ella es sinónimo y una prueba de amor. Puede entonces decirse que para las féminas: “La demora del tiempo significa amor”.
El tiempo para ellas se transforma en condición indispensable para ir eliminando una a una las inhibiciones que obstaculizan su placer sexual.


​La vagina y el clítoris en la función sexual.

“El orgasmo es el gran comedor de palabras. Sólo permite el gemido, el aullido, la expresión infrahumana, pero no la palabra”. Valérie Tasso.

Existen mujeres heterosexuales que su desarrollo psicosexual las a llevado a una adaptación a la función erótica para la satisfacción con su partenaire.
Ahora bien, a partir de aquí podemos observar algunas variables en cuanto a la función sexual que presentan otras mujeres, por ejemplo las que en cierta medida presentan una inhibición de las caricias sobre el clítoris proporcionadas por su pareja, o pueden sentirlas incómodas porque les causa irritación aunque las caricias se apliquen sutilmente, lo que constituye un caso de involución menor del clítoris; solamente el coito desencadena en ellas el placer y la culminación del orgasmo.
Existen otro tipo de féminas que poseen una erogeneidad en la vaginal y el clítoris conjugadas armoniosamente. Estas mujeres son susceptibles del placer a través de las caricias en el clítoris, pero en general prefieren reservar estos tocamientos para el preámbulo sexual, preparación psíquica necesaria si su excitación es algo retardada. En todo caso, durante el coito, la vagina y el clítoris tienen cada uno roles que armonizan alternadamente, a condición, no obstante, quizá, que el clítoris no esté demasiado alejado de la vagina.
Otras mujeres, si bien poseen esta función mixta, pueden alcanzar el orgasmo por las dos zonas erógenas separadas, esto es por penetracion vía vaginal o por las caricias en el clítoris, sintiendo regularmente ambas partes erógenas como antagonistas, es decir una parte participa exclusivamente durante el coito ajena a la otra. En estas mujeres, el mayor placer sexual lo sienten casi siempre por conducto vaginal.
Otro tipo de mujer es la que tiene una remarcada preferencia por la estimulación del clítoris (función “fálica viril”) lo que predomina a expensas de la vagina, más o menos inhibida.
Finalmente existen otras mujeres en las que se ha producido una inhibición muy considerable en las dos zonas erógenas, las que presentan una frigidez pronunciada. Ni el coito ni las más variadas caricias de su pareja consiguen procurarles un placer profundo, menos aun alcanzar el orgasmo.
¿Cuál ha sido, en estas mujeres, la repercusión del Complejo de Edipo?
En la primera de las mujeres descritas, la más idealmente adaptada a la función erótica, el Complejo de Edipo positivo dirigido hacia la madre, ha debido ser sin duda, relativamente débil y en todo caso sucumbió enteramente a la represión exitosa, con todas sus representaciones; en este caso, la represión del sentido biológico en primer lugar. La mujer ha reconocido al parecer, que el objeto apropiado no es su madre, renunciando a ella y al mismo tiempo a la primera zona erógena activa, el clítoris, inapropiado para el nuevo objeto —que es el hombre— provisto de un pene para que la penetre. La representación simbólica que detentan sobre su sexualidad ya no es convexa sino cóncava y el placer se ha instituido plenamente en estas mujeres. En el caso ideal, la mujer ha superado victoriosamente la fidelidad primitiva a la madre tanto en lo que respecta a la zona erógena, pasando así íntegra y adaptadamente al padre y de ahí al hombre que le sucederá en su vida adulta.
En el segundo caso, donde la mujer ha conservado armoniosamente conjugadas sus dos zonas erógenas, el clítoris se excita y juega el rol asociado a la penetración vaginal. En él puede verse una supervivencia de aquel estado de pasaje en el que el clítoris, antes que la vagina, se había tornado el órgano ejecutor de las pulsiones y de las fantasías masoquistas que inauguran en la niña el pasaje de la madre al padre, del Complejo de Edipo positivo al Complejo de Edipo negativo. El objeto y el fin edípicos en su sentido negativo han sido en este caso, alcanzados plenamente, la fantasías activas relativas a la madre han sido debidamente reprimidas; las pulsiones libidinales adecuadamente salvadas y transformadas en sus contrarios masoquistas. El clítoris y la vagina conservan su función adaptada encontrando su respectivo lugar y rol subordinados.
En el tercero de los casos existe una especie de divorcio entre la erogeneidad vaginal y la del clítoris, un conflicto que se va abriendo paso. Aquí, el clítoris conserva sus fines activos sádicos, continúa queriendo empujar hacia adelante y en el inconsciente el objeto primitivo de estos empujes, la madre, debe ser tenazmente conservado, como originariamente debió ser fuertemente codiciado en forma activa por lo que surge el problema de la constitución del clítoris en una función “fálica viril” que en mayor o menor grado predispone a que estas primeras actitudes sean intensas y persistentes. En estos casos regularmente sucede que después de haber adquirido una vagina erógena receptora para el pene, adaptada al objeto, a la zona y al fin, conserva a una yuxtaposición, una organización fálica antagonista edificada sobre una “homosexualidad” reprimida. Cuando la vagina no parece perturbada en su función erógena receptiva es porque se encuentra adecuadamente sumergida en el inconsciente, sin causar estragos. El Complejo de Edipo en estas mujeres ha podido subsistir y establecerse.
La mujer con una erogeneidad exclusivamente radicada en el clítoris provee el caso de la máxima desadaptación a la función, a la realidad en general y a la realidad sexual en particular. En efecto, ha sabido cambiar el objeto en la infancia, pasar de la madre al padre, pero ha seguido codiciando ese objeto, penetrante, con su zona activa, el clítoris, que en conjunto ha permanecido animado por las pulsiones activas, sádicas del Complejo de Edipo positivo orientado hacia la madre. La represión afectó por cierto al objeto primario, la madre, pero al final la madre de las pulsiones activas ha debido no obstante conservarse en el inconsciente; el padre, provisto del Falo al que estas mujeres no han podido renunciar, ni en ellas ni en las otras mujeres, no ha hecho más que sustituir brillantemente a la madre en el momento de la toma de conciencia, narcisísticamente tan dolorosa de la “Castración Materna”. En estas mujeres la vagina no se “abrió” nunca, por así decirlo, desde el punto de vista erógeno.
En las mujeres con una frigidez profunda cualquier zona erógena excitada su respuesta parece abolida; ninguna caricia parece ser capaz de excitarlas intensamente. Hay aquí la mayor represión posible del Complejo de Edipo positivo y negativo; el clítoris parece haber renunciado a la madre, a sus fines pasivos, como la vagina renunció en bloque a sus fines pasivos, al padre, al hombre. Pero esto es sólo aparente: un buen día, bajo la influencia de las experiencias de la vida —o del psicoanálisis— una u otra zona llega a despertarse, en ocasiones con gran estruendo. En estos casos la vagina toma por lo común la delantera, ya que estas mujeres frígidas son a menudo muy femeninas.
Estas mujeres con serios conflictos de frigidez simbolizan a la “Bella Durmiente del Bosque” que ha dormido demasiado, el primer beso del Príncipe no le ha bastado. Pero está dispuesta a recibir más besos; en ella los fines pasivos generalmente se establecieron muy bien, aunque hayan permanecido latentes por mucho tiempo en el inconsciente. Estas mujeres «despertadas» pertenecen generalmente al grupo en que las dos zonas erógenas (vagina y clítoris), armoniosamente conjugadas, funcionan bajo el signo común de la pasividad.
Los dos últimos tipos de mujeres, las frígidas parciales como las frígidas totales por designarlas de cierta manera, ambas presentan anestesia vaginal. Sólo en estas últimas la excitación vaginal es generalmente más fácil que en las primeras, como ya lo hemos indicado. No obstante, el ejemplo de las últimas nos permite preguntarnos hasta qué punto en cada caso de las primeras mujeres puede levantarse por medio del psicoanálisis la anestesia vaginal. Porque si el clitoriclismo tenaz, excesivo y exclusivo está indudablemente condicionado por la bisexualiclacl constitucional y es seguramente en su grado extremo una especie de hermafroditismo larvado, en miniatura, puede sospecharse que la anestesia vaginal incluye una gran parte de inhibición de índole histérico y que, por lo tanto, está psíquicamente condicionada. En estos casos se impone al psicoanálista la búsqueda del probable condicionamiento psíquico tanto de la “apertura” como de la “cerrazón” erógena de la vagina.


jueves, 26 de octubre de 2017

Las posturas de la mujer ante la frigidez.

En un corazón apasionado, el amor es propenso a exagerar los matices más nimios y a sacar de ellos las consecuencias más ridículas. Henri Beyle “Stendhal”.

La forma en que las mujeres afrontan su frigidez es variable. Podemos observar que algunas se resignan como si fuera una condición del destino esa incapacidad para disfrutar de su sexualidad, y se conforman con imaginar a todas las mujeres en una posición parecida a la suya, para consolarse: “Ellas al igual que yo sufren ese infortunio”.
Algunas otras pueden tener la convicción que sus congéneres resultan ser jactansiosas y embusteras al vanagloriarse de los placeres del orgasmo que obtienen durante el coito.
También existen las que sobrecompensan su incompetencia para lograr un orgasmo, sin embargo durante la unión sexual sus incipientes contracciones vulvo-vaginales hacen de ellos un motivo de su vanidad. Estas mujeres pueden permanecer independientes de las seducciones del acoplamiento, sentirse libres de la ataduras del hombre, lo que les permite en ocasiones evitarlo, y en última instancia suplantarlo por medio del autoerotismo (masturbación).
Y por último están aquellas féminas, sinceras consigo mismas que reconocen su padecimiento, y que en ocasiones piden ayuda psicoanalítica al respecto.