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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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martes, 14 de noviembre de 2017

La disfunción eréctil ¿Temor a ya no desear o temor de Gozar?

“Sólo hay una fuerza motriz: el deseo”. Aristóteles.

Los sujetos que acuden a psicoanálisis por cuestiones de disfunción eréctil, son regularmente mayores a cuarenta años de edad. Durante las sesiones una de las principales características que denotan es una especie de temor ante el deseo sexual, además presentan una ansiedad ante la satisfacción del deseo sexual tanto de su pareja como la propia. En cuanto a el placer que deben brindar a su mujer, es entendido —por ellos— como un placer sin límite; estamos por lo tanto ante la presencia del “Goce”, desde el punto de vista psicoanalítico.
Otorgar una respuesta precisa a estos hombres no resulta nada fácil. Pero podemos empezar por la palabra griega «aphanisis», que quiere decir «desaparición», que se aplicaba al sujeto desaparecido del conjunto de los “significantes” y que el uso de ese vocablo tiene dos connotaciones diferentes, una en la teoría de Ernest Jones y la otra en la de Jacques-Marie Émile Lacan.
Ahora bien, Jones considera la castración no como el miedo de perder el pene, sino como el temor de ya no desear, que se desvanezca el deseo y por lo tanto sentir como se agota (aphanisis del deseo). Lacan, por su parte, invierte la fórmula y afirma: “No, la castración no es el temor a ya no desear, el miedo a ser impotente, incapaz de desear. Al contrario, es el temor a desear”. Primera inversión radical que lo modifica todo: “miedo a desear”. Segunda inversión Lacaniana: lo que Jones llama “aphanisis del deseo”, lo otro es “aphanisis del sujeto”. En otras palabras, en lugar de afirmar la aphanisis del deseo o la eventualidad de su agotamiento, Lacan propone considerar que el que se borra, el que se pierde es el sujeto. Aphanisis, pues, no del deseo, sino del sujeto. Como se puede observar, ninguno de los dos autores, ni Jones ni Lacan, adopta la posición clásica del psicoanálisis según la cual la amenaza de castración concierne al pene.
Entonces volviendo con Jones cuando dice: “No, no es el pene lo que está en peligro, sino el deseo. Y el miedo es el temor a no desear más, a ver cómo el deseo «se aphaniza»”. Lacan, en cambio, dice: “Ciertamente, no es el pene lo que está expuesto sino el riesgo de Gozar, es decir, de ver que el deseo llegue a satisfacerse plenamente”.
Esta diferencia de las perspectivas entre Lacan y Jones nos resulta interesante, pues al comparar ambos puntos de vista se descubre la especificidad de la ética Lacaniana. Pero ¿cuál es esa especificidad? La concepción Lacaniana es la siguiente:
— El deseo, en cuanto deseo del Otro, comporta un peligro, el de llegar a satisfacerse plena y completamente.
— Ante ese peligro, el sujeto se borra.
— El primer principio ético que se desprende de esta posición es: «¡No ceder ante el propio deseo!». Dicho de otro modo: «Preserva tu deseo, déjalo insatisfecho, no lo agotes cumpliéndolo, pues él te protege del peligro del Goce». El peligro no es, por tanto, el deseo en sí mismo, sino, muy al contrario, satisfacer el deseo y Gozar.
Si nos remitimos a la clínica psicoanalítica ¿Cómo responde el neurótico a ese principio ético: no ceder al deseo? ¿Es, cómo afirma Jones, que el sujeto teme ser incapaz de desear? Bajo la experiencia que tiene el psicoanálista con este tipo de hombres, debe preguntarse ¿Los psicoanalizados (hombres) temen dejar de desear? Y en efecto, estos sujetos, su mayor preocupación es precisamente perder la «potencia. Pero ¿La potencia de qué? Esto nos dirige únicamente a la «potencia de desear», puesto que no hay otra potencia que no sea la del deseo. Esto quiere decir que, en el aspecto psicoanalítico, no debemos deshacernos tan pronto de Jones. El sujeto del que habla este autor nos resulta simpático. Es presa fácil del inconsciente, es decir, se sabe mortal. En cambio, el sujeto que nos revela Lacan es, antes bien, un ser temeroso del Goce y dispuesto a borrarse. Esto responde exactamente a la descripción que nos brinda el psicoanálisis sobre el neurótico obsesivo.
Es decir que, cuando Lacan habla de aphanisis del sujeto, cuando vemos en los textos lacanianos que el sujeto está barrado, cuando decimos y repetimos que el sujeto está dividido entre un «significante» y los otros bajo los cuales se esfuma, esta afirmación, aparentemente especulativa, abstracta, nos recuerda un hecho psicoanalítico cotidiano: el medio, la defensa del sujeto es ocultarse, borrarse. Es como el caso de la anorexia: adelgazar, y que sea hasta el último espesor visible.
En el caso del obsesivo ocultarse y engañar: si no resulta simpático no es por sus repetidas escapatorias sino por sus pretensiones, por sus gestos que dan a entender que es potente pero que «aún no quiere» mostrar su potencia; que se esconde, pero se vanagloria del Falo. Sugiere que —a pesar de todo— si las circunstancias lo requieren, está allí, en su puesto, con un Falo erigido como debe ser. Pero precisamente entonces es cuando se borra, cuando se produce la desaparición del sujeto (aphanisis del sujeto). Aunque es inapropiado establecer una equivalencia entre estás dos palabras, «ocultarse» y «borrarse», pero la diferencia entre ellas nos obliga a distinguir dos clases de aphanisis. Hay, teóricamente hablando, dos desapariciones del sujeto, una estructural y otra clínica. Estructuralmente hablando, el sujeto se borra y se disuelve en todos los «significantes» que se irán sucediendo a lo largo de su vida y, segunda desaparición, el sujeto se oculta bajo el objeto. Se hace objeto, se hace Falo. Es la formación psicoanalítica del fantasma.

*«No ceder ante el propio deseo» es el enunciado correlativo de una comprobación: “uno no puede dejar de preguntar”. Dicho de otro modo, no ceder ante el propio deseo es correlativo con el hecho de que no podemos dejar de hablar y, hablando, nos protegemos del Goce. Esto es lo propio del ser parlante. Cuando hablamos de aphanisis del sujeto bajo la «cadena de significantes» queremos decir alienarse, no poder dejar de hablar o, para decirlo de otra manera, no poder dejar de repetir. Pero ¿Qué es lo que no cesa de repetirse? Los significantes. Avancemos un poco más: si los significantes no dejan de insistir, eso es el deseo. El deseo es la repetición ineluctable. Se dan los dos elementos: la repetición ineluctable del flujo incesante de los significantes y la existencia del agujero pulsional.


jueves, 26 de octubre de 2017

El estilo de vida Swinger como sinónimo de satisfacción total.

“No hay relación sexual” es la expresión que utiliza Jacques-Marie Émile Lacan para denominar la imposibilidad de la plenitud sexual entre hombre y mujer, algo que Sigmund Freud anticipaba acerca de la falta de complementariedad entre los sexos, pues, por la metaforización propia del lenguaje, no existe un objeto único que garantice el placer total. De ahí que el deseo sea permanente, esto es, por definición imposible de satisfacer.
Lo que se presenta en la website o cualquier tipo de publicidad (libros, revistas, etcétera) en relación a los encuentros «Swinger» aparece como una garantía de lograr una satisfacción plena basada justamente en la multiplicidad de objetos, pero esta multiplicidad, en vez de garantizar esa complacencia a la que aspira, pone de manifiesto la imposibilidad del placer absoluto ya que la sexualidad humana, en tanto atravesada por lo “Simbólico”, no responde a fines ni a objetos “naturales”. El objeto siempre se desplaza y constituye tanto deseo como “Goce”. Adicionalmente habría que considerar que “la causa capitalista no construye ninguna pareja, no une a los sujetos entre ellos, sino a cada uno de los objetos y deja entonces, a cada uno reducido a su propio cuerpo, proletario en el sentido antiguo”.


martes, 15 de agosto de 2017

El goce mortífero.

Jacques-Marie Émile Lacan cuando se refiere al Goce, nos habla de un Goce que resulta ser mortífero en el cual el sujeto está atrapado ya que siempre desea Gozar y cada vez más, lo que nos lleva a preguntarnos ¿En que momento se puede detener? En el Goce no existe la palabra «regulación», y su destino es, casi siempre, trágico.
Este Goce está presente en todos los sujetos pero puede observarse con mayor claridad en los toxicómanos, que se caracterizan por un estado sin discurso, donde se posicionan ante el otro como alguien sin palabras: mudo.
¿Qué significa esto? Antes de su entrada en lenguaje el sujeto sólo existe en el plano de la relación imaginaria, especular; alienado en el “Otro Materno”. Será ese primer encuentro el modelo a seguir el resto de su vida, donde la primera satisfacción se dará para colmar una necesidad puramente fisiológica (comer, defecar, dormir… un estado comparado casi a la omnipotencia, donde no hace falta nada).
Ahora bien, quedará un registro de esa primera satisfacción, pero no será hasta un segundo momento cuando presentándose nuevamente el displacer por cualquier circunstancia, el infante se vale de esa primera experiencia aspirando a satisfacer ahora su necesidad bajo una “idea alucinatoria”, provocando así un falló que pone en entredicho la imposibilidad de ser autosuficiente, instaurando en ese instante el «deseo». Abriendo la brecha entre la «satisfacción de la demanda» y «colmar un deseo» propiamente pulsional. Aquí encontramos la fuente inaugural de toda relación aun no dialéctica, pero que sin embargo pone al niño en la posibilidad de instituirse como sujeto hablante.
El deseo del sujeto alienado a la instancia puramente imaginaria, sometido al deseo del Otro, sólo podrá salir de esta relación a partir del lenguaje. Para el toxicómano este Otro vendría a ser sustituido por la sustancia tóxica, estableciéndose una relación. La adicción se convierte en una búsqueda infructuosa por esa primera relación madre-bebé pero al mismo tiempo bloquea la elaboración del duelo por la perdida ese “objeto primordial”.
Dicha sustancia parece responder mágicamente a todas las necesidades inmediatas del toxicómano evitando las tensiones internas y externas que se presentan a cada momento de su vida.
La sustancia se halla en estrecha
relación con aquella dependencia infantil pero seguramente también se actualiza con otras circunstancias que reafirman dicha dependencia.
El contexto donde se desarrolla el toxicómano están centrados todos sus intereses en esa dependencia donde se funde el sujeto con la(s) sustancia(s) tóxica(s) ya que regularmente estas van cambiando acorde a la disponibilidad, o bien consume múltiples sustancias al mismo tiempo.
El aislamiento social del toxicómano es lo que sobreviene y las nuevas formas de vincularse resultan ser cada día más complicadas. La disminución de los vínculos, la ausencia casi total del otro, puede ser percibida por el toxicómano como un “otro ajeno”, dejando de ser un semejante, volviéndose un completo extraño, o incluso visto como un perseguidor, por lo tanto toda relación se vuelve imaginaria y persecutoria producto del desconocimiento total del otro.







domingo, 18 de junio de 2017

La sustancia tóxica no se puede significar.

La relación del sujeto con su Goce, en este caso con el consumo de la sustancia tóxica, tiene que ver más con una «solución que necesita el sujeto, que una enfermedad difícil de curar»; para el psicoanálisis el tóxico es utilizado para obturar la Falta, también llamada división subjetiva. (Entendemos como Falta el hecho de que para Jacques-Marie Émile Lacan todo sujeto esta en Falta constitucionalmente) la cual nos muestra —como sujetos— que no estamos ni seremos nunca completos.
En la teoría lacaniana, el sujeto tiene dos maneras de significar esta Falta, es decir puede lograr obtener dos formas de salir de la angustia que causa el saberse en Falta. Y la que esta relacionada con el consumo del tóxico es la salida del fantasma. La ilusión por la vía del fantasma es la que engaña creyendo que se podrá llegar a encontrar ese objeto que vendrá a colmar su Falta existencial.
La otra forma esta en la de “significar”, el sujeto busca un objeto, sea cual sea y lo toma para poder ser completo, pero ese objeto esta intrincado con el significante de la repetición. Es decir, ese objeto resulta ser parcialmente lo que está buscando el sujeto y pasara el resto de su vida intentando encontrar un objeto que realmente lo colme; en ocasiones pensará haberlo hallado pero poco tiempo después se dará cuenta que no fue así, ya que nada puede llegar a obturar esa Falta.
Otro aspecto que podemos plantearnos es que el toxicómano por medio de su Goce le permite escapar de la realidad, y dejar de sentirse en Falta, prefiriendo un cierto equilibrio inestable con el consumo del tóxico, a tener que padecer los efectos devastadores de la Falta (que se traduce en angustia) constitucional.
Fabian Abraham Naparstk explica que la repetición en las adicciones tiene que ver con que el circulo del toxicómano esta al servicio de ese Goce repetitivo que no le deja pensar ni concretar nada, pero le sirve para desconectarse del mundo y lo encierra en una suerte de ensimismamiento. Ese Goce que se ubica lejos del placer, que no esta ligado a una moderación de la satisfacción sino por lo contrario a un exceso que concluye con la pulsión de muerte (efecto farmakon).
El sujeto toxicómano esta como adherido a un Goce sin posibilidad de significarlo (la sustancia tóxica no se puede significar como un objeto, desde el punto de vista del psicoanálisis), dando esto respuesta a que el toxicómano pocas veces acepta tener un problema en referencia a la droga, ya que realmente el no lo ve así y difícilmente se percata de los efectos de ese Goce que lo llevará a la ruina.
Jacques Alain-Miller sostiene que “con el nombre de toxicómano se designa a un sujeto que ha entrado en cierta relación con la droga y que consiste en definirse cada vez más, en simplificarse a si mismo, en esta relación con la droga”.

lunes, 29 de mayo de 2017

La violación sexual, psicoanálisis.

Existen varios escenarios donde se puede dar la conducta de violación sexual; ya se trate de la violación ocasional en medio de una abrupta ruptura matrimonial, donde el marido premedita la venganza por un fracaso o humillación real o no, hacia su esposa; o bien de la insoportable frustración sufrida por un sujeto con trastorno de la personalidad que reacciona de esa manera. También podemos observar la violación en grupo por parte del adolescentes que se suscita para exteriorizar una necesidad de afirmación fálica; o la que sucede en un entorno bélico, donde los combatientes abusan sexualmente de la población civil. Se advierte entonces que la realización del acto adquiere un sentido diverso según las circunstancias, la personalidad de los autores, la edad y el contexto del momento.
Decir que existe una «pulsión de violación» equivaldría a considerarla sólo como una desviación del comportamiento, lo cual únicamente aborda el tema de manera superficial, o trivializarla en tanto «pulsión» inherente a la organización de la sexualidad masculina.
La mayoría de los sujetos que llevan a cabo la violación, pocas veces repiten esta conducta. Muchos rebelan que tuvieron fantasías periódicas al respecto antes de cometer el ultraje.
Estos sujetos destacan el carácter coactivo del acto: «Se me ocurrió de pronto», «fue más fuerte que yo», «fue una acción que no sabía hasta donde me iba a conducir», etcétera son expresiones que se escuchan a menudo. Seguramente para la mayoría de la gente estas palabras significan una manera ridícula de exculparse. Pero estas frases son expresadas al psicoanalista en un entorno profesional y privado, cuyo carácter confidencial les otorga la oportunidad para confiarlo. Es verdad que los psicólogos de inclinación cognitivo-conductista —que no temen ser intrusivos— han observado atinadamente que el acto estuvo precedido por producciones psíquicas, pero estas solían aparecer enmascaradas por alguna forma de «renegación»; para ponerlas en evidencia se requiere, en efecto, una postura activa por parte del terapeuta.
Obviamente siempre existe una preparación, por pequeña que sea, para poner en práctica la violación, lo que no está en oposición al carácter coactivo del empuje procedente del inconsciente como se explicará más adelante.
Algunos testimonios sobre abusos sexuales dan cuenta del elemento impulsivo: “Un hombre acompañado de su esposa, ve pasar a una jovencita, se excusa ante su cónyuge para ausentarse por unos minutos, atrapa a la joven y la viola en una callejón desierto”. “Una abuela es recibida como testigo en un juicio después de una violación cometida en un tren, ella manifiesta: el hombre jugaba con su nieta y vio pasar a una mujer por el pasillo. A partir de ese momento, observe que su mirada cambió; no era el mismo. Momentos después desapareció para perpetrar su crimen”.
Lo que señala también el psicoanálisis es la contingencia del objeto. Nada que ver con el deseo de «poseer» a una mujer joven y atractiva, ya que puede tratarse de una mujer madura o anciana, muy a menudo de un infante y hasta de un bebé de pocos meses. Para el sujeto que viola únicamente es necesario un objeto con forma humana al cual pueda penetrar.
François Perrier criticó pertinentemente la denominada «fobia de impulsión» aplicada a sujetos que se sienten empujados a cometer un acto contra su voluntad. Esto es importante, por cuanto la violación suele presentar el aspecto de una impulsión verdaderamente irresistible. Este autor continúa —a propósito de una mujer que tenía la fobia de arrojarse por la ventana— que no se trataba de una voluntad motriz sino de la atracción por una imagen en la cual el sujeto se pierde con profundidad. Aquí nos encontramos ante en el registro narcisista. Es una experiencia de «fascinación pasivizante», de «captación especular», subrayando el papel de la mirada. Al relatar una secuencia del tratamiento, utiliza la expresión «reafrontamiento narcisista» entre psicoanalista y psicoanalizado, una manera para este último de recobrar la condición de sujeto. Esta concepción proveniente del «lacanismo» es extremadamente enriquecedora.
Lejos de entender la violación a la manera de ciertos autores, sencillamente como la puesta en acto de una pulsión considerada banal o por lo menos desviante, vemos, por el contrario, que se trata de algo mucho más complejo. La aparente simplicidad de la realización en su brutalidad envuelve, de hecho, fenómenos psíquicos que suponen una larga historia en su desarrollo. Estos fenómenos arrastran consigo una intensidad tal y hacen correr al sujeto un riesgo de tal magnitud, que es preciso librarse de ellos lo más rápidamente posible a través de la descarga, y anularlos sirviéndose de la renegación, pues de otro modo «la cabeza estalla»  hablando figurativamente. Dicho en forma condensada, se trata cabalmente de algo que sucede en la cabeza y que reaparece afuera.
También se encuentra la fuerza compulsiva que hace actuar al sujeto. Previsto de antemano o surgiendo por efecto de una impulsión, el acto es efectuado bajo el dominio de una exigencia interior: «En ese momento no sabía si iba a hacerlo...». «Pero ya estaba en marcha y el acto se ha iniciado». Desde ese instante obran dominados por un automatismo, mientras que la conciencia se mantiene exterior a lo que ocurre. Vale decir que estamos en el registro de la «pulsión de muerte», activada por la repetición como un motor que no obedece forzosamente al placer sino al Goce, psicoanalíticamente hablando.
Durante el acto de violar no tiene tanto significado la sensación del rozamiento de los genitales sino más bien la penetración en sí misma, como si el pene simbolizara un arma punzo cortante para penetrar hasta las entrañas con la finalidad de dañar a la víctima en todo su ser, denigrándola —obviamente estamos lejos del placer genital que puede brindar el objeto— es más bien el uso de la fuerza, la transgresión y el acto mismo de penetrar lo que está cargado de significación y causa el «Goce».
Ahora bien, la «captación especular» es una expresión muy apropiada que condensa tres elementos que encontramos todo el tiempo en los sujetos que cometen violación: el fenómeno de dominio por la imagen, el aspecto «puesta en escena», que confiere a la mirada un lugar metapsicológico fundamental, y el papel de lo imaginario; obsérvese que la palabra «especulación» tiene la misma raíz que «especular», indicando claramente este último término, a través de la idea de espejo, la duplicación narcisista de una imagen interior.
Al hablar, en efecto, de las relaciones entre el violador y su madre —como seguramente tendremos que hacerlo— surgen representaciones en las que ambos personajes están separados. Pero en realidad, ello no es así: la madre se encuentra en el interior del primero, no constituida todavía como objeto interno pero formando parte de él, lo cual pone en tela de juicio un término “sujeto”; en efecto, todavía existe una precaria indiferenciación, activada además por un movimiento contradictorio de rechazo y asimilación. Nos hallaremos, pues en el límite del adentro y el afuera, que nos muestra el violador en sus pesadillas y fobias con la indeterminación entre fantasma, alucinación y percepción.
El hecho de que algunos de estos sujetos hayan tenido una madre víctima de violación, o hayan sido hijos no deseados, o por el contrario tuvieron una progenitora que dio «todo» por ellos hasta el sacrificio deja augurar ciertas consecuencias sobre las relaciones vinculares madre-hijo.
Más allá del acto mismo, de las pesadillas y fobias que muestran estos sujetos, lo que está en juego no es únicamente la «angustia de castración» sino además una «angustia de inexistencia». Esta última guarda probablemente una estrecha relación con el miedo a la pasividad (posiblemente la «roca biológica» de la que hablo Sigmund Freud) que ciertos psicoanalistas nos hicieron presentir con respecto a la histeria de angustia.
La problemática, entonces, pasaría a ser: ¿violar para borrar el deseo de ser violado?
Algunos de estos sujetos nos narran pesadillas donde interviene su madre o una representación encubierta de ella, como por ejemplo donde su progenitora los persigue con un cuchillo en mano, donde también los encierra en cierto lugar, incluso donde el sujeto viola o tiene un encuentro de índole sexual con su madre, etcétera.
Tenemos entonces una parte de la respuesta que nos lleva a pensar que la violación se dirige a una madre temida y odiada. Pero los procesos psíquicos en juego no son tan sencillos y reclaman procesos inconscientes complejos.
La ambivalencia es bastante marcada en este tipo de sujetos, verbigracia cuando narran sobre el maltrato físico y psicológico propinado por su madre y posteriormente manifiestan que no soportarían encontrarse lejos de ella, por el gran amor que le tienen. En estos casos se habla de pérdida imposible de simbolizar, de una unión simbiótica que toma aleatoria la necesaria «desidentificación primaria». Todo esto es correcto, pero resultará incompleto mientras no hayamos comprendido la contradicción formal contenida en el proceso de marras.
Lo que estos sujetos regularmente expresan sobre su madre es que son «enteramente buenas» y «enteramente malas» pero también mala, proposición imposible de asimilar desde el punto de vista lógico; pero, precisamente, en el nivel de los procesos primarios en que se desenvuelven las cosas, no estamos en la lógica.
Observemos que las cualidades en cuestión son lo bueno y lo malo y que, según los primeros elementos de constitución del objeto descriptos por Freud, lo bueno se guarda dentro de sí para formar el Yo-placer purificado y lo malo se expulsa. En el caso que nos ocupa tal proceso parece estar bloqueado: lo bueno trae consigo lo malo, que vuelve a aparecer en el interior, no pudiendo el sujeto desembarazarse de ello; el sujeto lo quiere sin quererlo porque si no lo tuviera se encontraría sin nada, lo que provocaría una amenaza muy grave de inexistencia.

domingo, 7 de mayo de 2017

Goce, psicoanálisis.

El «Goce» desde el punto de vista del psicoanálisis no es sinónimo de placer; tampoco se trata de una conquista consciente del sujeto por obtenerlo, sino más bien lo atraviesa. El Goce se podría comparar al dolor.
El Goce le brindaría al sujeto una sensación de ese encuentro con algo ­«real» en el seno de una dimensión alucinatoria, pero que no puede ser de ninguna manera simbolizado.
Y por último podríamos decir que la forma en que se presenta el Goce implica una desaparición del sujeto, metafóricamente hablando.

martes, 3 de enero de 2017

Algunas anotaciones sobre la violación sexual.

​Existen varios tipos de conducto para el acto de violar, podemos observar el caso entre cónyuges de una «violación ocasional» que se suscita en medio de una embrollada ruptura matrimonial, de aquella que es premeditada para vengarse de un fracaso o humillación por parte de la esposa, consecuencia de la insoportable frustración sufrida por un marido psicópata; de la violación en grupo por parte de adolescentes que exterioriza una necesidad de afirmación fálica; también se encuentra la que se puede definir como «violación de guerra» durante un encuentro armado donde los soldados violan a los civiles. Se advierte que la realización del acto adquiere un sentido diverso según las teorías de los autores y el contexto del momento.
Cuando se practica el psicoanálisis en sujetos recluidos en las cárceles por el delito de violación, se observa sobremanera el carácter coactivo del acto: «Se me ocurrió de repente», «fue más fuerte que yo», «no pensé que iba a terminar en eso» son expresiones que se escuchan a menudo. El lector sin experiencia psicoanalítica pensará que son frases «inocentes» utilizadas para defenderse o autoexculparse, eso en parte es verdad pero son dichas a un psicoanalista en el marco de una entrevista sobre cuyo carácter confidencial los sujetos no tienen ninguna duda en pronunciarlas. Los psicólogos de inspiración cognitivo-conductista —que no temen ser intrusivos— han observado atinadamente que el acto siempre estuvo precedido por producciones psíquicas, pero estas solían aparecer enmascaradas por alguna forma de renegación*. Obviamente existe una auténtica preparación del sujeto para cometer la violación, pero también debemos agregar el carácter coactivo del empuje procedente del inconsciente, el cual el violador lo ignora completamente. Generalmente el sujeto que lleva a cabo tal acto existe una contingencia para realizarlo, digamos que por momentos duda de consumarlo o de llevarlo «más allá», el más allá podría significar varias posesiones del objeto en un breve lapso de tiempo o incluso terminar con la vida de la víctima, por mencionar algunas. Estos sujetos dentro de sus pensamientos o fantasías no desean exclusivamente poseer una mujer bonita, ya que se puede tratar también de una anciana, un niño, una niña, un bebé, o alguien con una discapacidad física o psíquica, etcétera. Realmente lo único que le importa es un objeto con forma humana para poder penetrar.
Si bien es cierto que le causa Goce** al violador para cometer el acto, el Goce iniciaría antes de la penetración, esto es amagar a la víctima, desnudarla, forcejear, etcétera. Mientras que la penetración en sí misma pasa a tener una connotación brutal tanto para la víctima como para el pertrechador, pero para este último, la brutalidad (violencia) es la que toma relevancia para el violador, ejercida hacia su víctima. Obviamente estamos lejos del placer característico de la relación de objeto genital consentido. En la violación lo sexual es secundario porque lo que está preponderantemente al servicio del Goce es la violencia, como bien lo expresa Jean Bergeret. Es, pues, el acto mismo de penetrar (violencia) lo que está cargado de significación para el sujeto.
También debemos agregar la fuerza compulsiva que hace actuar al sujeto. Ya sea previsto de antemano o surgiendo por efecto de una impulsión, el acto es efectuado bajo el dominio de una exigencia interior (Ello): «En ese momento no sabía si iba a hacerlo... pero de pronto ya había iniciado». Desde ese instante el sujeto obra dominado por un automatismo, mientras que la conciencia se mantiene ajena a lo que ocurre «escisión del Yo». Vale decir que estamos en el registro de la pulsión de muerte (Goce), activada por la repetición como un motor que no obedece de ninguna manera al placer.
El desarrollo del acto procede con una fascinación exacerbada por el objeto, nos referimos a una «captación especular», expresión que condensa tres elementos que permanecen todo el tiempo: el fenómeno de dominio por la imagen; el aspecto «puesta en escena», que confiere a la mirada un lugar metapsicológico fundamental; y el papel de lo imaginario; obsérvese que la palabra «especulación» tiene la misma raíz que «especular», indicando claramente este último término, a través de la idea de espejo, la duplicación narcisista de una imagen interior. Nos hallaremos, pues, constantemente en el límite de lo que acontece adentro y afuera, con la indeterminación entre fantasma, alucinación y percepción.
Al adentrarnos más en el análisis, al preguntarle al sujeto sobre las relaciones intersubjetivas que tuvo con su madre durante su infancia, surgen representaciones en las que ambos personajes están indiferenciados.
Lo que sucede, por extraño que parezca, que en ese adentro del sujeto se encuentra la madre, no constituida todavía como objeto interno (podríamos suponer como una extensión de su Yo) pero formando parte de él; pero que en efecto, todavía existe una indiferenciación, activada además por un movimiento contradictorio de rechazo y asimilación entre esté y su madre.
Algunos psicoanalistas han llegado a plantear, más allá del acto mismo, que el sujeto no padece de «angustia de castración» sino «angustia de inexistencia». Esta última guarda probablemente una estrecha relación con el miedo a la pasividad (¿la «roca biológica» que plantea Sigmund Freud?) esbozando un señalamiento con respecto a la «histeria de angustia». Otros especialistas de la salud mental han propuesto esta hipótesis: ¿el sujeto viola para reprimir el deseo de ser violado, ya que sus mecanismos de defensa están por sucumbir ante ese deseo, que ansía por llegar a la consciencia?

*Renegación: Es un mecanismo de defensa que el sujeto utiliza para rehusar reconocer la realidad de una percepción traumatizante, principalmente la ausencia de pene en la su madre y en las mujeres en general.
Sigmund Freud comienza a describir la renegación en relación con la castración: «Ante la ausencia de pene en la niña, los niños [...] reniegan esta carencia, y creen a pesar de todo ver un miembro [...]». Progresivamente considerarán la ausencia de pene como el resultado de una castración.
Esta renegación se atribuye tanto a la niña como al niño, proceso que no parece raro ni muy peligroso en la vida psíquica del niño, pero que, en el adulto, constituirá el punto de partida de la estructuración psicótica. En la medida en que la renegación se refiere a la realidad exterior, Freud ve en ella, en contraste con la represión, el primer tiempo de la psicosis: mientras el neurótico comienza reprimiendo las exigencias del Ello, el psicótico comienza por «renegar» la realidad.

**Goce: El «principio de placer» funciona como un límite o barrera al Goce, ese principio es como una ley que le ordena al sujeto “gozar lo menos posible”, ya que el sujeto intenta constantemente transgredir dicha ley, e ir “más allá del principio de placer”. No obstante, el resultado de ir más allá del principio de placer no causa más placer sino dolor, puesto que el sujeto por su constitución psíquica y somática sólo puede soportar cierta cantidad de placer. Más allá de este límite el placer se convierte en un “placer doloroso” es lo que Jacques-Marie Émile Lacan denomina «Goce»: “El Goce es sufrimiento”. La prohibición misma del Goce (el principio de placer) crea el deseo de transgredirla y el Goce es por lo tanto fundamentalmente transgresor. El Goce es el camino hacia la muerte, un retorno a la inexistencia.

viernes, 23 de diciembre de 2016

El límite al Goce.

​El erotismo que manifiestan hombres y mujeres está condicionado por el horror y la atracción del incesto, obviamente de manera inconsciente (Complejo de Edipo). El sujeto neurótico tiene restringida su capacidad de sexual debido a sus fijaciones infantiles y a su dificultad para renunciar a los objetos incestuosos (madre, padre, hermanos), además lo quiera o no, sus parejas que tenga en la vida adulta reproducen con indeseada fidelidad a sus amores de la infancia. La «interdicción del incesto» sirve como una barrera protectora, esto significa que al sujeto únicamente se le permite el «placer» pero si se excede, ya no estamos hablando de placer sino de Goce*; pero en el neurótico no se encuentra establecida de forma objetiva y puntual esa barrera protectora por lo tanto el sujeto debe compensar ese déficit produciendo una serie de síntomas acompañados de una cantidad considerable de angustia que actúan como barreras entre el sujeto y el cuerpo del partenaire (que representa a nivel inconsciente a su madre) con esto evita por todos los medios posibles dar satisfacción a sus anhelos incestuosos —aunque sin renunciar a ellos— pues jamás se resigna y sueña con transgredir el límite algún día.
*La formula del Goce para el psicoanálisis se enuncia como: “No quiero saber nada de eso” ¿Qué significa esto? El descubrimiento del inconsciente por el psicoanálisis habla con precisión de «un saber» que está por fuera del campo de comprensión de la consciencia del sujeto. Es decir, es «un saber» que se ordena por fuera del campo de comprensión del sujeto, pero aun así lo determina. Se está poseído por el «saber» del inconsciente y, en tanto poseído, el sujeto es gozado por éste, fuera de su voluntad, valga la redundancia. Por ejemplo, el sujeto toxicómano, que comprende cabalmente que la cocaína le causa estragos a su salud, pero que el «saber» del inconsciente le ordena seguir consumiendo; o bien el sujeto promiscuo, que tiene la certeza que algún día puede contagiarse del “virus de inmunodeficiencia adquirida” pero aun así el «saber» del inconsciente lo obliga a seguir teniendo infinidad de parejas sexuales.
En términos clínicos, el inconsciente «Goza» y la cosa que lo hace gozar es el cuerpo mismo que el sujeto que lo pone a su disposición. Tenemos entonces el cuerpo como bien del cual el inconsciente usufructúa.