El sujeto con Estructura Psicótica presenta una una falla en el Orden Simbólico, como si no se hubiera terminado de completar el proceso de la inclusión del sujeto en el campo del Otro; por lo que permanece posicionado como el Falo de la madre.
El infante se encuentra en una relación dual con el Deseo Materno pero al crecer el niño no alcanza a separarse de dicho deseo por lo que desarrollará la psicosis.
El sujeto psicótico no llega a preguntarse el por qué no es lo que completa ese deseo, por lo tanto queda fijado en esta posición de objeto de Goce del Deseo Materno, dado que no hay una Función Paterna que venga a separarlo del multicitado deseo, con lo cual no se produce la castración, es decir el sujeto queda en una posición de completitud, en donde la Función Paterna «no le muestra mas allá de lo que su madre desea», porque él encarna ese objeto, es decir se convierte en el Falo del Deseo Materno y es allí donde se plantea la psicosis en ser ese Falo, que lo deja sin castración, es decir sin deseo.
Jacques-Marie Émile Lacan, insiste en explicar que el infante viene a colocarse más que como lo que le «falta al deseo materno, es un negar que al deseo materno le falte algo».
La puesta en juego de las constelaciones sintomáticas, o sea el displacer que presenta el toxicómano, tendrán como escenario imaginario las relaciones vinculares con los otros (madre padre, hermanos y entorno social) seres humanos"; lo que producirá el malestar que aqueja al sujeto.
Este malestar que se evidencia en la repetición de los aspectos negativos aprendidos en la infancia es el modo de expresión de las dificultades del sujeto con respecto a su “deseo”, situación ésta que se tratará de resolver de, por lo menos, tres maneras.
Primero, construyendo un sistema de ideas que le permita seguir en una posición de prescindir con respecto a su producción, achacando él mismo al desamor, a la falta de reconocimiento o, simplemente, a la malevolencia de los otros; intentando borrar cualquier compromiso subjetivo en esta producción.
Segundo, recurriendo a la sustancia tóxica (legal o ilegal) como medio de supresión del malestar y, por supuesto, sosteniendo el sistema de ideas que le permita seguir sosteniendo la no responsabilidad con respecto a las dificultades que se le presentan como insuperables y emanadas siempre de los otros.
Tercero, reconociendo que ese malestar se relaciona con dificultades subjetivas que lo producen.
Tan sólo será posible abordar la cuestión cuando el sujeto puede reconocerse en su dificultad e interrogarse con respecto a la misma.
En general, esto es algo a producir en las entrevistas preliminares antes de entrar al trabajo psicoanalítico, tanto para quienes son consumidores de drogas y para quienes no lo son.
El psicoanálisis de las toxicomanías hace evidente ciertas particularidades de la estructura de quienes recurrirán al tóxico como medio de cancelar el malestar. El displacer se encuentra relacionado con la dificultad del acceso al campo desiderativo, en la medida en que la posición del sujeto como «Objeto del Goce Materno» provoca la carga incestuosa del deseo, sin la posibilidad de un límite de este Goce en tanto hay un pronunciado desfallecimiento de la “Función del Nombre del Padre”.
La disfuncionalidad que encontramos en la estructuración familiar de los toxicómanos sigue ciertos aspectos negativos que se repiten más o menos con regularidad: “La figura materna se encuentra cargada de «omnipotencia» y es la que ofrece el alojamiento al sujeto, quien queda entre los pliegues de esta presencia, ya sea como amado o rechazado; de todas maneras, le asegura una pertenencia y un amparo ante los avatares de la vida. Así el sujeto se encuentra en cierta medida inerme ante este poderío ya que en general los padres (o quien soporte esa apariencia) aparecen simplemente como procreadores o, en el mejor de los casos, como fraternos, degradándose así la “función” que deberían sostener (nunca hay que ser amigos de los hijos sino colocarse como padres). Sin una intervención sobre el «Deseo Materno», no tienen la capacidad el toxicómano de trazar límites. Como lo señalamos, la omnipotencia de la madre, como primer objeto de amor, aunado a la denigración que realiza hacia su esposo complica mucho más la Función Paterna.
En la reconstrucción de la historia individual del toxicómano, terminan ubicando al padre como inoperante, mermado... ya sea porque es un consumidor de drogas o alcohol, o porque es ajeno a los aconteceres de la familia, o simplemente porque han salido de la escena familiar en los primeros años de vida del toxicómano. Esto se articula perfectamente con las características de estas mujeres que, en su elección de quien será su partenaire en la concepción del hijo, han privilegiado la posición de «semental» en desmedro de la de «padre». Cosa que reafirman en el discurso que sostienen ante sus hijos.
Sin embargo, aún desfallecidos, en algún punto estos padres han cumplido una función estructural. Prueba de ello es que la estructura del sujeto con manifestaciones toxicológicas se continúa sosteniendo dentro de los límites de lo determinado en la misma por el efecto de la “Función del Nombre del Padre”.
Por lo cual es interesante en el momento que inicia el psicoanálisis que se comience a plantear la cuestión de Función del Nombre Padre. Esto se realizar siempre de la mano del discurso del toxicómano, quien suele introducir este orden a través de la puesta en escena de lo que denomina: “Ser peor que mi padre”.
O sea, reproduce de un modo perseverante las características de sus progenitores en su vida cotidiana, a pesar de que éstas son justamente las características acerca de las cuales se quejan y critican de manera perseverante.
“Ser peor que mi padre” lleva implícita una pregunta ¿Por qué no ser mejor, superarlo, lograr justamente aquello que ese padre nunca pudo lograr? Superar a ese padre es, de alguna manera, producir el “asesinato” de este padre imaginario, ubicándolo, a partir de ello, en una recuperación del lugar simbólico de la Función Paterna. De esta manera, se vería obligado a abandonar la posición de hijo en su dimensión más infantil, o de esa prolongación de adolescente conservando la vertiente de trascendencia y reconocimiento del linaje del “ser hijo de”.
La introducción, o mejor dicho, el despliegue de esta cuestión produce en general un variopinto despliegue defensivo, en la medida en que la “recuperación” de la Función Paterna, en su vertiente simbólica, provoca la puesta en juego del «límite a la Omnipotencia Materna», lo que remite sin dudas a la castración del «Otro Materno».
El precio del amparo y el alojamiento amoroso es alto, supone no ser reconocido en su alteridad, quedando en el lugar de objeto. Esta situación de Goce es una fuerte desmentida a la castración del Otro Materno y deja al sujeto sin acceso al campo del “deseo”. En tanto este acceso implica una pérdida de esa pertenencia protectora, en la medida en que la aparición de lo desiderativo supone poner un limite al Goce materno y, por lo tanto, remite a aquello fuertemente rechazado por el toxicómano: la “Castración”.
En el psicoanálisis es común observar ciertos puntos que se repiten en la historia individual de cada toxicómano, algo que tiene que ver con el vínculo madre-hijo.
Para iniciar asistimos a la reincidencia del sujeto con el consumo de la sustancia tóxica en el momento que tiene una cierta estabilidad y bienestar, y empieza a dar los primeros pasos para la concreción de algunos anhelos pendientes. Lo que comienza a delinear el retorno al consumo tiene una función tranquilizadora, ya que ante la posibilidad de alcanzar lo deseado se incrementa la excitación, excitación que debe apaciguarse por medio del efecto de la sustancia tóxica.
Este incremento de excitación se torna insoportable para el sujeto produciéndose el pasaje al acto “acting out” (drogarse) como un intento de "volver a cero" y con eso reiniciar.
El discurso del toxicómano regularmente expresa una queja en contra de su madre: desamor y despreocupación durante la infancia y/o adolescencia del sujeto. Asimismo manifiesta dolor por sentirse no querido y abandonado por su progenitora, sosteniendo un reclamo amoroso que nunca ha sido posible satisfacer. Esta repetición de la búsqueda de un «amor incondicional materno» se va repitiendo en las relaciones afectivas con su partenaire en las cuales siempre termina decepcionado porque le han “pagado mal” sus atenciones amorosos hacia con ellas; o incluso puede replegarse para evitar cualquier tipo de romance. Finalmente terminan temerosos o desconfiados de volverlo a intentar.
Ahora bien, estos sujetos expresan regularmente que su madre les prestaba poca atención “porque trabajaba fuera de casa todo el día”, o “porque estaba atendiendo todo el tiempo las labores de hogar” y nunca tenía el tiempo necesario para estar junto a él y ayudarle en las dificultades que atravesaba en esos momentos.
Llegado a este punto es preciso que el psicoanalista pregunte al toxicómano si en verdad la madre no le prestaba la atención reclamada por “malevolencia” o por “imposibilidad”; o si su progenitora presentaba un perfil narcisista que determinaba la dificultad para brindarle el amor y atención que requería. O sea la madre ¿no podía? o ¿no quería? Ante esta pregunta el toxicómano puede comprender que el “no poder” tiene que ver una “limitación materna”, algo que es posible entender racionalmente. Mientras el “no querer” tiene que ver con la subjetividad de la madre, como consecuencia de la dinámica familiar que tuvo en su infancia y adolescencia, que influyó decisivamente en su personalidad. Algo un tanto más difícil de comprender para el toxicómano, pero recordando la frase: “Quien sabe todo, todo perdona”, es algo sobre lo que debería reflexionar.
Aunque el toxicómano acepte —con cierta dificultad— que su madre tiene muchas limitaciones, inconscientemente la sigue percibiendo “omnipotente”. Para aceptar esta limitación es necesario “dejarla ir” simbólicamente hablando, pero esto provoca afrontar la soledad, soledad que se ratificaba con el consumo de la sustancia tóxica.
La repetición del consumo de la sustancia tóxica se activa porque reaparece inconscientemente el deseo incestuoso y únicamente el tóxico es el medio que puede cancelar el acto. A costa del toxicómano, anula la posibilidad de desplegar su Deseo*, y con ello preserva la integridad de la omnipotencia del “Otro Materno”.
Desde el punto de vista del psicoanálisis esto marca un momento crucial en el desarrollo de la «cura», en tanto que el producir el acto de destitución del “Otro Materno” lo deja en una situación de desamparo. Ante esto se abren dos posibilidades: Llegar a transformar el desamparo en la soledad que abre las puertas a la búsqueda de satisfacción del Deseo, implicando esto la producción de un acto que inscriba una marca de diferencia en la posición del sujeto.
Desplazándose de la dependencia infantil y la agotadora búsqueda de un amor incondicional que asegura la presencia y el amparo del Otro Materno, aun en el desamor que es negado, en última instancia, por el fantasma de que “mi madre no me atendió porque no quiso, no porque no podía”, con la posibilidad de una “autorización de sí mismo” que lo ubique en la responsabilidad subjetiva de sus actos.
Y la otra posibilidad es abandonar el psicoanálisis intentando —la más de las veces de un modo fallido— recomponer la situación inicial de sus anhelos a través de la intoxicación.
Es importante que los padres sepan que comienza otro tiempo cuando nace un hijo, esa vida significa un nuevo inicio, otra particularidad de la que no son dueños. Por eso el nacimiento de un hijo acontece sobre todo en su «aceptación», no tanto en el «deseo», sino en la aceptación, porque el deseo de los padres no puede contar con el deseo del hijo, pero una vez que éste viene al mundo hay ya otro Deseo que hay que aceptar. Esta es la más nítida figura de lo que en la clínica psicoanalítica se llama “Castración”: hay otro Deseo. Sin esa aceptación, la vida familiar no sólo se convierte en un tormento, sino se vuelve infernal, un infierno de exigencias, de amores ciegos y dependencias selladas; la relación con el Deseo se convierte entonces en sobreprecio y la satisfacción que provoque se verá ligada al daño y a la culpa.
La soledad da una cierta posibilidad al amor, no por ser un castigo, ni el amor una queja o una mera reivindicación.
Condenado todo el tiempo a la decepción, a la negación, que presidió la relación del infante con la madre, es tomar la «soledad como punto de partida», esto no significa que el sujeto presuma de autosuficiencia, ni que tema todo el tiempo ser abandonado, y que tampoco se reduzca a la decepción."
*A partir de la línea de la hipótesis de Sigmund Freud, según la cual el “deseo” pone en movimiento el aparato psíquico de acuerdo con la percepción de lo agradable y de lo desagradable, Jacques-Marie Émile Lacan ubica el “Deseo” en la carencia esencial que el niño experimenta una vez separado de la madre. Al no poder satisfacer esta falta, el deseo será llevado hacia sustitutos de la madre que la “Ley Paterna” prohíbe, para impedir la identificación del niño con la madre. Reprimida, desconocida, la pulsión es sustituible por un símbolo que encuentra su expresión en la demanda de conocer, de poseer. Las demandas, siempre insatisfechas, remiten a los deseos siempre reprimidos, y estos deseos se entretejen en una trama sin fines de asociación. El ejemplo de la anorexia mental, o rechazo de la nutrición, puede ilustrar esta implicación entre necesidad, deseo y demanda. La solicitud del niño de alimento manifiesta una necesidad orgánica, pero, más profundamente, se puede rastrear a una demanda de amor. La madre puede entender la verdadera demanda y abrazar al niño, negándole la comida, o bien puede creer simplemente en la necesidad y disponer la comida sin haber comprendido la verdadera demanda. Atiborrar al niño, satisfacer sus necesidades o impedirlas más acá y más allá de su demanda, lleva a sofocar la demanda de amor. La única salida para el niño, entonces, es rechazar el alimento para hacer brotar, por vías negativas, sus demandas de amor: “Es el niño al que alimentan con más amor –escribe Lacan– el que rechaza el alimento y juega con su rechazo como un deseo (anorexia mental). Confines donde se capta como en ninguna otra parte que el odio paga al amor, pero donde es la ignorancia la que no se perdona”. De esta forma Lacan ubica al deseo entre la necesidad y la demanda, distinguiéndolo de la primera porque la necesidad mira hacia un objeto específico y se satisface con éste, y de la segunda porque, al exigir un reconocimiento absoluto, el deseo trata de imponerse sin considerar al “otro” al cual se dirige la demanda.
¿Por qué resulta tan difícil ver a los hombres y a las mujeres de una forma simétrica?
Si lo intentamos, podemos concebir la siguiente situación paralela en ambos géneros. El niño pequeño envidia la capacidad de la que goza el padre para mantener relaciones sexuales íntimas con su madre, ya que el padre le arrebata la primera relación objetal que desea mantener en cualquiera de sus formas, incluyendo la sexual. El niño envidiaría y odiará a su padre, temiendo los sentimientos proyectivos propios ante las posibles represalias del padre, que pueden conducir incluso a la castración.
La niña a su vez envidia la capacidad que tiene la madre de disfrutar de una relación sexual íntima con su padre que, además, puede crear un nuevo ser que crecerá dentro del cuerpo de su madre. La envidia que desarrolla la niña está relacionada con la capacidad de embarazarse de la madre, y sus miedos corresponden a sus propios sentimientos proyectivos de las represalias que ésta podría adoptar y que conducirían a su esterilización o incapacitación para la procreación; éste sería el equivalente al temor de resultar castrado (Melanie Klein).
Por lo tanto, se da una situación simétrica entre los niños y las niñas, y situaciones equivalentes en su categoría de adultos, al negar la diferenciación de los sexos. Toda teoría encaminada a comprender estos fenómenos sólo considerando un género conducirá a malentendidos.
No obstante, el problema en la niña está en el cambio del objeto sexual. Como Emilce Dio Bleichmar señala, la cuestión concierne no sólo a un cambio de la madre al padre, sino también a por qué la niña debiera desear ser niña en un mundo paternalista, masculino y fálico.
Stephen A. Mitchell plantea una cuestión similar e importante:
“La niña aprende una historia bien distinta. El amor que siente por su madre no es, como en el caso del niño, culturalmente peligroso, sino sexualmente ilusorio según los términos planteados por la cultura. Si persiste en la creencia de que tiene un pene... estará rechazando la realidad, hecho que supondría la base de una futura psicosis. En un caso ideal reconocería su inferioridad fálica, se identificaría con la madre a la que debe compararse, y luego desearía ocupar su puesto junto al padre”.
Toda teoría parte de algún supuesto fundamental que se trata de demostrar. Ahora bien, las teorías infantiles son erróneas por dos motivos, porque en su psiquis predomina la «Ley del Deseo sobre la de la realidad» y por «insuficiencia de conocimiento», déficit que es completado por el saber a disposición del niño (coito oral, parto anal por poner algunos ejemplos). Sin embargo, Sigmund Freud nos señala sobre el hecho de que todas las teorías infantiles contienen alguna parte de verdad.
¿Cuál es el núcleo de verdad que encierra la teoría de la madre fálica?
Si se deben medir los efectos estructurantes que en el niño tiene el descubrimiento de la sexualidad adulta, coincidimos con Jacques-Marie Émile Lacan en que el factor central sobre el que se reorganizará la psique infantil será el advenimiento de la noción de “castración materna”. Lacan, a quien le debemos el haber rescatado la teoría de un realismo simplista, ubicando el “Complejo de Castración” en una dimensión intersubjetiva —que articula la teoría freudiana del deseo y del narcisismo—, reformuló el narcisismo primario en términos de la dupla madre fálica-niño falo ¿Qué significa esto?
El niño, engañado por su desconocimiento de la naturaleza sexual de la relación entre los padres y por su propio deseo de ocupar el lugar de único objeto del deseo de la madre, mantiene la creencia, durante un período idílico de su existencia, de «ser todo lo que la madre desea». Este supuesto infantil es teorizado en términos de hijo-falo, ya que el niño se ubicará en el lugar de lo que a la madre le falta, constituyéndose así la trama imaginaria del narcisismo primario.
El acento recae no tanto en la fusión del niño a la madre, o en la creencia de posesión del pecho, sino en que el sentimiento de plenitud, de omnipotencia, provendría de la ilusoria ubicación: «para agradar a la madre es preciso y suficiente con ser un niño» (la teoría sustituye niño por falo, lo que no significa que esta sustitución ocurra en la fantasía del mismo). Por otra parte, la madre, marcada por su propia estructuración edípica, será la fuente de esta ilusión, ya que el hijo completará, por mediación simbólica, lo que a ella le falta. «Este encuentro de ambos deseos sella la célula narcisista primaria».
Posteriormente, el niño asistirá al descubrimiento de la sexualidad, y sufrirá dolorosamente sus efectos: su destronamiento del lugar que creía ocupar, él no es todo para la madre —en términos del psicoanálisis no es su falo—, pero también descubre, y a esto obviamente se resiste, que a la madre también le falta algo, ella no es «un todo», ella está castrada, no tiene pene. La “angustia de castración”, si bien su fantasmática compromete al pene, en realidad es efecto de una transformación fundamental del narcisismo infantil: el niño comprende que el deseo de la madre
no es ley, «el deseo de cada uno está sometido a la ley del deseo del otro». A partir de esta transformación, la “angustia de castración” se diferencia de la “angustia de separación”, pues en la separación del niño de la madre, o de las partes de su cuerpo, la creencia en la omnipotencia materna no se ve afectada, mientras que esto es lo esencial en la “angustia de castración”. En este punto se instalará la teoría sexual infantil sobre la «madre fálica», y ofrecerá dura resistencia a ser desalojada: el niño insistirá en la posesión del pene por parte de la madre (renegación desde el punto de vista del psicoanálisis), porque de esta manera conservará intacto el postulado de la «Ley del Deseo».
Algunos sujetos que sufren de disfunción eréctil se lamentan a menudo de «no sentir» su pene; otros hablan explícitamente de una frigidez de la región genital; otros incluso de una sensación de «retracción del pene». Todos estos síntomas se intensifican obviamente tanto en las tentativas como durante el coito (si es que se presenta por breves instantes).
Algunos sujetos después de varios meses de tratamiento psicoanalítico indican que «sienten mejor» su pene; o bien, que la sensación de frío que padecían en su miembro viril ha disminuido; que su pene (no erecto) es algo más “consistente”, etcétera.
Gracias al psicoanálisis se ha podido establecer que la disfunción eréctil, casi en su totalidad, proviene de una fuente inconsciente: la “angustia infantil de castración”, que también es la causa de la sensación de retracción que numerosos sujetos sufren en la base del pene y a nivel del perineo.
Podríamos agregar que algunos sujetos pueden llevar incluso a no sentir en absoluto su pene, con lo que reaccionan regularmente tocándose su órgano genital. Esto muchas veces proviene de las amenazas de sus padres o hermanos mayores, cuando los sorprenden tocando su pene (recuerdo que generalmente es reprimido por el mismo sujeto y arrinconado en el inconsciente); de aquí derivaba «la angustia de tocar» el pene.
Los trocamientos ansiosos del pene pueden aparecer como un compromiso entre el antiguo deseo de masturbación y el temor de un severo castigo. («El retorno del rechazo».) Tales síntomas constituyen a menudo un buen índice de los progresos y retrocesos que se producen en el estado psíquico del sujeto durante el psicoanálisis, debido su carácter variable. Junto a las fantasías incestuosas inconscientes (masturbadoras), las causas más frecuentes de la impotencia psíquica son los temores a la castración; pero, en general, ambos se compaginan: temor a la castración como castigo del onanismo incestuoso.
Ante la angustia exacerbada que padece el infante de quedar atrapado en la simbiosis narcisista madre-niño se produce una invocación al padre para que él se haga cargo de la demanda de la madre y esto produce lo que denominamos en psicoanálisis «castración imaginaria». Entonces el padre irrumpe en la escena estableciendo que él tiene el pene que satisface a la madre y, por lo tanto, que su presencia da cuenta de la falta de goce de la madre en relación con el niño.
Si el deseo de la mujer es el falo y ese deseo se colma con el hijo, el anhelo del hijo en este primer tiempo es el deseo de ser el falo que completa a su madre. De este modo, madre e hijo se completan en una relación narcisista, dual e imaginaria.
Para poder constituirse como sujeto de la historia, el niño debe desgarrarse de esta simbiosis narcisista que lo condena a la «falta de ser», es decir, a quedar atrapado con su libido narcisista hipotecada en la madre y sin poder disponer de ella para investir posteriormente a los objetos. Bajo esta condición «ideal» se impone la presencia de una instancia prohibidora, el padre, para que el niño no muera aplastado por el deseo de la madre.
La entrada del padre en escena va a romper, va a producir, como dice Jacques-Marie Émile Lacan: “un corte en el triángulo constituido por el niño, la madre y el falo”.
En el onanismo de la etapa fálica —a diferencia del oral y del anal que se caracterizaban por el placer de órgano— debe sucumbir ante la represión porque entra en conflicto con el Complejo de Edipo, ya que se encuentra impregnado de fantasías incestuosas y de amenazas de castración.
El padre —o alguien que subroga su función— irrumpe en la escena con la finalidad de que su presencia amenazadora se convierta en agente de una doble interdicción: “por un lado prohíbe al niño el incesto, impidiéndole continuar sosteniéndose bajo el fantasma narcisista de ser el falo que completa a la madre y, por otro lado, prohíbe a la madre reintegrar al niño como si fuese un producto de su exclusiva fabricación, bajo la fantasía de haberlo gestado para completarse”.
Esta irrupción del padre entre el madre-niño se le denomina en psicoanálisis «función de corte», introduciéndose en la teoría como el Complejo de Castración. Frente a la amenaza de castración, el niño entonces abandona a la madre en tanto objeto libidinal, para evitar el daño narcisista representado por la amenaza de pérdida del genital.
Intentemos dilucidar el concepto de «castración» desde el punto de vista del psicoanálisis. Jacques-Marie Émile Lacan nos dice que el complejo de castración es el conjunto de las consecuencias determinadas por la sumisión del sujeto al significante. Lacan prefiere hablar de castración en vez de “Complejo de Castración”. Señala que es una operación simbólica que determina una estructura subjetiva: el que ha pasado por la castración no está acomplejado; al contrario, está normado respecto del acto sexual, siendo una etapa necesaria en el desarrollo psicosexual. Sin embargo, hay allí una aporía: ¿por qué el sujeto debe estar castrado antes de poder llegar a la madurez genital? Hagamos la aclaración que la castración no tiene que ver con el órgano real: “Recae sobre el falo en tanto es un objeto imaginario”. Por eso Lacan no considera que el Edipo y la castración dependan de y sean opuestas al sexo del sujeto. El niño, ya se trate de una mujer u hombre, quiere ser inconscientemente el falo para captar el deseo de su madre (Primera fase del Edipo). La interdicción del incesto (Segunda fase), que debe desalojarlo de esta posición ideal de falo materno, corresponde al padre simbólico, es decir, a una ley cuya mediación debe ser asegurada por el discurso de la madre, que no se dirige sólo al niño, sino también a ella misma. Inmediatamente después de esto interviene el padre real (Tercera fase) quien tiene el falo (en realidad, quien para el niño es supuesto como teniéndolo), lo usa y se hace preferir por la madre.
El niño, que ya ha renunciado a ser el falo, podrá identificarse con el padre. La niña, por su parte, ha aprendido hacia qué lado debe volverse para encontrar el falo. Desde esta perspectiva, hay que distinguir entre la frustración, imaginaria, que se da un objeto real (frustración femenina del pene), y la privación, real, que se da un objeto simbólico (sustraído). La castración será considerada como simbólica de un objeto imaginario; en este último caso, se debe entender que la castración constituye la representación simbólica de una emasculación que recae en un objeto imaginario, el «falo absoluto del padre omnipotente». El falo aparece, con innumerables aspectos, en los sueños y los fantasmas, pero se ve muy frecuentemente separado del cuerpo. Esta separación es explicada por Lacan como un efecto de la elevación del falo a la función de significante. Desde que el sujeto está sometido a las leyes del lenguaje (la metáfora y la metonimia), o sea, a partir de que el significante fálico ha entrado en juego, el objeto fálico está seccionado imaginariamente. Hay que observar que esta noción de la castración no basta para fundar una lógica de la sexualidad. El seminario “Aun” promulgado por Lacan se ocupa de ella al tomar por tema la famosa imposibilidad de la relación sexual: por esta se entiende la imposibilidad de una “escritura” lógica de la sexualidad del sujeto hablante. En esta perspectiva, se plantea el principio lacaniano de que “no hay relación sexual”.
Y por otro lado, para algunos profesionales de la salud mental, la importancia de la diferencia anatómica de los sexos refiere a una teoría psicoanalítica según la cual, la presencia visible del «órgano sexual masculino» en el nacimiento, permite establecer una diferencia irreductible de los sexos en dos tipos: hombre (macho) y mujer (hembra). La «ausencia del órgano sexual masculino» en la mujer, va a ser descubierta por el niño y la niña en algún momento de su infancia. La manera en que asimile esta «experiencia de descubrimiento» tanto consciente como inconscientemente contribuirá significativamente a su organización y desenvolvimiento sexual presente y futuro.
En el psicoanálisis se a visto la manera en que el Complejo de Castración y el falo interactúan permanentemente y como el anudamiento del registro Simbólico, Imaginario y Real es lo que permite la estructuración neurótica.
Ahora bien, ¿cómo es que el Complejo de Castración se reedita en la adolescencia?
Analicemos la emergencia de dicho complejo en términos de diferencia. Es decir, diferencia de género, diferencia sexual, no surgida por primera vez, sino en un segundo momento, luego de la primera infancia.
La castración en la adolescencia pone en cuestionamiento la estructura del aparato psíquico. Sigmund Freud nos propone que el encuentro con el otro sexo es un encuentro traumático, esto significa un encuentro con la castración, debido a que el sujeto se encuentra en una situación que no puede resolver fácilmente. En este sentido José Barrionuevo nos comenta que “podemos entender en la expresión respecto de que la sexualidad
agujerea lo Real que, en cuanto a que en el acceso al otro sexo no hay nada programado en lo Real, o sea que la sexualidad siempre tiene fallas, nadie tiene el saber ni el pleno éxito en ella y, en tanto nadie “queda bien librado”; Jacques-Marie Émile Lacan sintetiza esa imposibilidad generalizada en una fórmula «no hay relación sexual».
En términos metapsicológicos la dialéctica del tener-no tener el falo también surge en la adolescencia. En este período de la vida, este segundo encuentro traumático cuestiona la solidez de la estructuración psíquica ocurrida previa al período de latencia. Es la resolución de este encuentro lo que va a permitir al sujeto continuar
con una vida anímica “normal”, ya que se ha observado clínicamente, en casos contrarios, puede producirse una desorganización psíquica que conduce al sujeto a cuadros psicóticos, por ejemplo la esquizofrenia.
«Podría entenderse a la adolescencia como un segundo momento resolutivo que reafirma aquellos procesos psíquicos ocurridos en la infancia».
En relación al «falo», tanto la lectura de Freud como la de Lacan nos enseñan que el falo nadie lo es ni nadie lo tiene. En este sentido el falo puede ser comprendido, además, como instrumento simbólico que interactúa con el Complejo de Castración, un elemento de poder. Es decir, el falo, entendido en términos de poder que brinda una capacidad resolutiva que tiene que ver con la estructura, es decir con la falta. De lo que se trata en la adolescencia, es de la capacidad de resolución que tiene el sujeto, de un conflicto con aquellos instrumentos que no tiene, es decir, con aquello que le falta.
El falo opera como un instrumento de atracción, que es preciado y buscado por el sujeto. Lacan en el Seminario Cinco nos comenta en la clase de “Los sueños de aguamansa” que tanto el hombre como la mujer juegan a tener o no tener el falo, al mejor modo histérico. En este caso, este juego se precipita ante la carencia y justamente por no tenerlo es que se permite jugar a tener o no tener el falo. Dice Lacan: “He mencionado el velo con que mucha regularidad cubre el falo en el hombre.
Es exactamente lo mismo que recubre normalmente a la casi totalidad del ser en la mujer, en la medida en que lo que ha de estar precisamente detrás, lo que está velado, es el significante del falo. El descubrimiento solo mostrará «nada», es decir, la ausencia de lo que es destapado y con esto precisamente está vinculado lo que Freud llamó, a propósito del sexo femenino, “el horror que corresponde a la propia ausencia.”
En este sentido el adolescente, en muchas ocasiones, se comporta supliendo carencias al modo de formaciones reactivas que ocultan las falencias.
Estamos ante la presencia del falo simbólico y esta carencia es la que posibilita la posibilidad de una suplencia. El problema, dice Lacan en sus estudios sobre las psicosis, es en tanto el sujeto se hace equivalente al falo, en tanto no hay corte y no se produce la castración simbólica.
Para concluir, tanto la castración como el falo, son instrumentos simbólicos estructurantes del aparato psíquico. Ambos conceptos hacen referencia a la falta. En términos freudianos, por la presencia de un agente externo encargado de ejecutar la castración y por otro lado la noción de falo simbólico como carencia y falencia estructural. Ambos conceptos son conceptos simbólicos.
Los efectos estructurantes que tiene el niño conformarán su sexualidad adulta, siendo el factor central sobre el que se reorganizará la psique infantil el advenimiento de la noción de la «castración materna» (Jacques-Marie Émile Lacan). Lacan, rescatando la teoría de la castración en un realismo simplista, ubica el complejo de castración en una dimensión intersubjetiva —que articula la teoría freudiana del deseo y del narcisismo—, reformuló el narcisismo primario en términos de la dupla madre fálica-niño falo ¿Qué queremos decir con esto? Que el infante, engañado por su desconocimiento de la naturaleza sexual de la relación entre los padres y por su propio deseo de ocupar el lugar de único objeto del deseo de la madre, mantiene la creencia, durante un período idílico de su existencia, de «ser todo lo que la madre desea». Este supuesto infantil es teorizado en términos de hijo-falo, ya que el niño se ubicará en el lugar de lo que a la madre le falta, constituyéndose así la trama imaginaria del narcisismo primario. El acento recae no tanto en la fusión del niño a la madre, o en la creencia de posesión del pecho, sino en que el sentimiento de plenitud, de omnipotencia, provendría de la ilusoria ubicación: «para agradar a la madre es preciso y suficiente con ser un niño» (la teoría sustituye niño por falo, lo que no significa que esta sustitución ocurra en la fantasía del mismo). Por otra parte, la madre, marcada por su propia estructuración edípica, será la fuente de esta ilusión, ya que el hijo completará, por mediación simbólica, lo que a ella le falta. Este encuentro de ambos deseos sella la célula narcisista primaria.
Ahora bien, posteriormente, el niño asistirá al descubrimiento de la sexualidad, y sufrirá dolorosamente sus efectos: su destronamiento del lugar que creía ocupar, él no es todo para la madre —en términos psicoanalíticos no es su falo—, pero también descubre , y a esto se resiste , que a la madre también le falta algo, ella no es todo, ella está castrada, no tiene pene. La angustia de castración, si bien su fantasmática compromete al pene, en realidad es efecto de una transformación fundamental de l narcisismo infantil: "El niño comprende que el deseo de la madre
es ley, «el deseo de cada uno está sometido a la ley del deseo del otro»". A partir de esta transformación, la angustia de castración se diferencia de la angustia de separación, pues en la separación del niño de la madre, o de las partes de su cuerpo, la creencia en la omnipotencia materna no se ve afectada, mientras que esto es lo esencial en la «angustia de castración». En este punto se instalará la teoría sexual infanil sobre la madre fálica, y ofrecerá dura resistencia a ser desalojada: el niño insistirá en la posesión del pene por parte de la madre, porque de esa manera conservará intacto el postulado de la «Ley del Deseo».