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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

Ensayo: El trastorno de identidad de género.

“No hay nada mas precioso en la vida y para la vida que un buen recuerdo de la infancia”. Fiódor Dostoievski.

Empecemos por definir el término “sexo” y “género” para distinguir las diferencias que presentan los sujetos de sus características “biológicas” y “socioculturales”. Hasta la década de 1960, la palabra “género” era utilizada únicamente en gramática para referirse a masculino y femenino, por ejemplo «el» o «la»; sin embargo, para explicar por qué algunos sujetos «sienten» que están “atrapados en el cuerpo equivocado”, John Money y Robert Jesse Stoller cuando estudiaron casos de transtorno de identidad de género, fueron los primeros en emplear la terminología de género en este sentido.
Stoller (1968) comenzó a utilizar el término “sexo” para determinar los rasgos exclusivamente biológicos y “género” para destacar las características femeninas y masculinas que presenta un sujeto. Aunque sexo y género se complementan, separar estos términos fue con la finalidad de brindar un sentido teórico a sus ideas, permitiendo explicar el fenómeno del trastorno de identidad de género, ya que lo que respecta al sexo y género en estos sujetos, sencillamente no coincide.
Los términos “sexo” y “género” están estrechamente relacionada pero no son sinónimos, Stoller señaló la distinción entre ellos por lo que sugirió que la palabra “sexo” se usará para referirse a las diferencias físicas y biológicas entre hombres y mujeres; mientras que el término “género” se utilizará en relación con el comportamiento y las conductas que despliegan hombres y mujeres dentro de su cultura. Esta distinción es la base para todas las definiciones de “sexo” y “género” que se encuentran actualmente.
El término “sexo” se refiere por lo tanto a las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, por ejemplo, los órganos relacionados con la reproducción, o la disposición cromosómica. Mientras que el término “género” se refiere a las diferencias culturales, socialmente construida entre hombres y mujeres, es decir a la forma que una sociedad alienta y enseña al sujeto a comportarse con diferentes conductas a través de la socialización. El género se refiere a las divergencias en las actitudes y comportamientos, y estas diferencias son percibidas como un producto del proceso de socialización y no en su aspecto biológico. También incluye las diferentes expectativas que la sociedad y los mismos sujetos establecen en cuanto a los comportamientos, cuando se denotan como masculinos o femeninos. Viendo el género como un fenómeno construido socialmente implica que, al contrario del sexo, no es lo mismo para todas las culturas, este puede variar dependiendo la cultura, así como puede cambiar con el paso del tiempo.
“En busca de la masculinidad”.
La identidad de género se establece entre los dieciocho meses a los cuatro años de edad aproximadamente, según el planteamiento de Stoller.
Desde el nacimiento el infante está estrechamente vinculado a la madre: simbiosis madre-infante (el psicoanálisis señala como “primer objeto” a la madre). En el caso de las niñas (hembras) la identificación en cuanto al género femenino, continúa desarrollándose a través de la relación con su madre (hasta los cuatro años de edad aproximadamente). Pero en el caso del niño (macho) tiene una tarea de desarrollo adicional: desidentificarse de su madre para identificarse ahora con su padre (entre los dieciocho meses a los cuatro años de edad aproximadamente).
Generalmente a partir de los dieciocho meses de edad, el niño o la niña inicia la comunicación con un incipiente lenguaje, que paulatinamente va estructurando percatándose que el mundo que lo rodea está dividido en opuestos: madre-padre, niño-niña, hombre-mujer, él-ella, etcétera, en este punto, el infante no sólo comenzará a observar la diferencia, sino también se orientará cómo encaja: si es masculino o femenino —según el caso— en este mundo dividido por el género.
La niña tiene la tarea más fácil de identificarse como femenina, ya que esta vinculada al primer objeto, ella no necesita desidentificarse de ésta para identificarse posteriormente con el padre. En el niño sucede algo diferente, se debe separar de la madre y desarrollarse de forma opuesta al género femenino al que pertenece su madre (aquí se habla de una «protofeminidad» que tienen todos los sujetos al nacer debido a la simbiosis madre-infante) para lograr su heterosexualidad. Esto puede explicar el por qué existen más hombres (machos) con trastorno de género u homosexuales que mujeres (hembras) con las mismas características. Algunos estudios reportan sobre la homosexualidad una proporción de dos a uno, otros de cinco a uno, y otros incluso de once a uno respectivamente. Obviamente no existe certeza al respecto, excepto lo que es evidente en la observación cotidiana. “La primera orden del día que recibe un niño es —según Robert Jesse Stoller— no ser mujer”. Esto se puede apreciar en los comportamientos que manifiestan los niños (machos) cuando afirman a sus pares: ¡Pareces niña! o ¡Eres un marica!, haciendo alusión a la conducta desplegada como afeminada; mientras que por otro lado, esto no lo expresan las niñas (hembras) a sus pares, no se escucha decir: ¡Pareces niño! o ¡Eres un masculino!
Ahora bien, si es cierto que influye de manera importante el rol de la figura paterna en el desarrollo del hijo (macho) —no necesariamente debe ser el padre biológico— el cual debe reflejar y afirmar la masculinidad de su vástago, por ejemplo jugar bruscamente con su hijo, aprender a jugar fútbol, bañarse juntos… conductas que son sustancialmente diferentes si se realizaran con su hija, a este proceso se le denomina “incorporación de masculinidad en sentido de sí-mismo” o “introyección masculina”, aunque cabe señalar que esto no es definitivo.
Podemos observar que algunas madres tienen una tendencia a prolongar la dependencia física y psíquica con su hijo. Si es cierto que la intimidad de una madre con su hijo es exclusiva y primordial porque este poderoso vínculo establece un sano desarrollo para el infante: “simbiosis dichosa” en palabras de Stoller. Cabe subrayar que también existen casos que está relación madre-hijo puede profundizarse lo que se convierte en una malsana dependencia mutua, sobre todo si la madre no tiene una relación íntima y satisfactoria con su cónyuge preponderadamente en su carácter sexual, o si presenta una soltería empedernida, no es de extrañar que dichas madres presenten una personalidad histérica. En tales casos puede poner demasiada libido sobre el cuerpo del infante, esto significa erotizarlo, por lo que utilizan al hijo para satisfacer sus necesidades de amor y compañerismo, que resulta una forma patológica de vincularse con su vástago.
La función paterna, fuerte, directa y benevolente interrumpe en esa “gozosa simbiosis” madre-hijo, donde el padre concentiza que no es saludable. Si un padre quiere que su hijo sea heterosexual debe romper el vínculo madre-hijo, pero ¿Qué otras actividades debe realizar el padre para escindir esa gozosa simbiosis? Será únicamente la madre quien podrá dar esa pauta, en el momento que, atendiendo a su hijo, se voltea para regocijarse en los brazos de su amado esposo, con lo que pone una barrera simbólica entre el hijo y ella que se traduce en: ¡Yo jamás podré ser tuya porque le pertenezco a tu padre! “Ante esta postura de rechazo de la madre hacia su hijo, pone un límite entre ella y su vástago pero al mismo tiempo le brinda la oportunidad de introyectar la masculinidad paterna. Por medio de una escena fantasmática del niño (macho), que significaría que para poder poseer a su madre, la única manera posible será parecerse a su padre y con eso cumplir su deseo de poseer a su progenitora, ya que para el infante: Papá es el que puede acariciar y abrazar a mamá, la besa en la boca y ¡hasta duermen desnudos en la cama! Algo que a la criatura se le prohíbe hacer con su madre. De esta manera, el padre debe ser un modelo, demostrando que desde su postura puede mantener una relación demasiado íntima con su esposa (madre del infante).
El padre tiene la función de servir como un amortiguador entre el vínculo madre-hijo. Y en otras ocasiones será la madre quien podrá funcionar como amortiguador del vínculo padre-hijo manteniendo a su marido lejos del niño. En estos casos es cuando la madre exclamará a su cónyuge: ¡No juegues tan brusco con él (refiriéndose a su hijo) lo vas a lastimar! En otros casos la madre puede ser directa con su hijo al decirle: ¡Hoy papá estará ocupado haciendo cosas conmigo! Con el fin de satisfacer sus propias necesidades íntimas con su marido.
En los casos patológicos la madre puede ver en su hijo a ese “hombrecito” de la casa con el que puede mantener una relación emocional demasiado íntima sin los conflictos que ella tiene que enfrentar en la relación con su marido. Además de poner mucha atención continuamente para “rescatar” a su hijo de los regaños o abusos reales o imaginarios a cargo del padre por lo que estaría fomentando la “simbiosis gozosa”. Esto se manifiesta en que siempre está dispuesta a abrazar y consolar a su hijo en cualquier desavenencia que padezca, por mínima que sea; o cuando el padre impone una disciplina, o es indiferente con su vástago, en tales casos la madre se presenta muy complaciente con su hijo.
La excesiva simpatía de la madre por su hijo puede desalentar al niño (macho) para llevar a cabo la separación materna, que será vital para su sano desarrollo psicosexual. Además, la exagerada simpatía de ella, fomenta la autocompasión, una característica que se observa a menudo en los hombres homosexuales, dicha simpatía puede también animar al niño (macho) a permanecer aislado de sus pares cuando él es herido por la burla o exclusión de su círculo social.
Por otro lado debemos indicar que no todos los niños con trastorno de identidad de género son notablemente apuestos, pero Richard Green vio una conexión y concluyó que los aspectos anatómicos bellos del niño, suele existir un señalamiento enfático por uno o ambos padres sobre tales atributos, siendo que se lo expresen directamente al hijo, o que lo manifiesten en presencia de otros cuando el vástago está presente, con lo que fomentan su afeminamiento (R. Green, “Síndrome Sissy Boy”, págs. 64-68).
En la historia del hombre el pene es el símbolo esencial de la masculinidad —la inconfundible diferencia entre macho y hembra— está divergencia anatómica hay que señalarla al niño con trastorno de identidad de género durante el psicoanálisis —según lo expresado por Green— además agrega que estos infantes consideran regularmente a su propio pene como una especie de objeto extraterrestre, algo misterioso, y en caso de aceptar su pene como un órgano propio, al llegar a la adultez sentirán una fascinación continua por el pene de otros.
El niño (macho) que toma una postura inconsciente de separarse de su propio cuerpo masculino estará orientado hacia un camino homosexual, regularmente presentará conductas afeminadas; es decir, será algo diferente con sus pares (machos) y en su infancia estará propenso a desenvolverse con niñas (hembras). Hay que mencionar que entre los cinco a once años de edad aproximadamente, los niños (machos) regularmente rompen la relación con las niñas (hembras), con la finalidad de “consolidar” su identidad de género masculina. Es frecuente observar que los niños (machos) con trastorno de identidad de género, la relación con el padre (macho) es casi nula o distante. Y por último, la opinión de Lynne Segal, sobre el acondicionamiento social para brindar y alentar las características peculiares de cada género, podría ser aún más intratables que el determinismo biológico del sexo.

Referencias.
Sigmund Freud: Tres ensayos sobre teoría sexual.
Margaret Schoenberger Mahler, y Manuel Furer: Simbiosis humana y las vicisitudes de la individuación.
Margaret Schoenberger Mahler: Separación-individuación
Psicosis infantil. Revista de la Asociación psicoanalítica americana. 15: 740-753.
Margaret Schoenberger Mahler, Fred Pine, y An Bergman: El nacimiento psicológico del infante humano.
Joyce McDougall: Teatros de la mente.
Robert Jesse Stoller: Sexo y género.
Jaime P. Stubrin: Sexualidades y homosexualidades.
Richard Green, “Síndrome Sissy Boy”.


lunes, 31 de julio de 2017

La actitud del infante ante el coito de sus padres.

“…Y cuando sabes que ella no es el vicio de tu vida, sino su fuente; y cuando sobre todo sabes que, junto a la mujer, la desidia se vuelve eternidad…” Émile Michel Cioran.
“La común fantasía infantil de que su madre es virgen significa un rechazo de cualquier papel jugado por el padre en el propio nacimiento y la celosa aversión
a la idea de relación sexual entre ellos”. Ernest Jones.
El niño y adolescente (varón) ha convivido con mujeres castas y promiscuas, y conoce que en ambas pueden procrear hijos.
¡La madre puta y la madre virgen! ¿Es acaso posible imaginar dos mujeres con características tan distintas o antitéticas? Aparentemente no y, sin embargo… ¿No podría suceder que la separación sólo la dividiera un velo ilusorio? Si así fuera entonces realmente no estarían tan lejos una de otra. Y hasta sería posible que fuesen amigas, incluso que convivieran diario y que constituyan, incluso, ¡un sólo sujeto! ¿No serán la madre puta y la madre virgen los dos rostros de una sola y misma mujer?
¡Es mi mamá, no es tuya!, protesta el niño mientras se escabulle entre sus progenitores, y se estrecha contra el querido pecho de ella. Ese gesto representa una muestra de amor hacia su madre pero también un desafío hacia su padre rival.
Para el infante es su padre quien se deleita de placer en el cuerpo de su amada esposa y se regocija en el calor que ella brinda. Mientras que el vástago, en cambio, siempre será un invitado ocasional, un intruso en el deseo sexual entre sus padres. Es cierto que en ocasiones se presenta inoportunamente en el lecho marital irrumpiendo el acto sexual, y por un momento abraza fervientemente a su madre, pero también es cierto que, tarde o temprano, lo devuelven a su dormitorio. Ellos se quedan nuevamente juntos, y no sólo duermen sino que, además, ¡se acarician, se besan y…!
¿Qué podría comprender un niño tan pequeño? Es este el pensamiento común de los padres. De allí que no sea nada raro que durante el psicoanálisis, el sujeto comunique episodios sobre la “escena primaria” observada, escuchada o intuida desde su más remota infancia. Cuando el infante crece los padres se vuelven más cuidadosos de exhibirse.
Si un hombre sorprende a su esposa teniendo relaciones sexuales con otro reaccionará, seguramente, con odio y violencia. A menos que el miedo lo inhiba, o que sea un perverso y se deleite con la escena. Pero, en cambio ¿Qué puede hacer el pequeño niño cuando sabe, intuye, oye u observa, que en la habitación su madre, impúdica, otorga a su padre sus más íntimos favores? Nada. Pero no por eso deja de sentir un dolor profundo inflingido por los celos; o una angustia que lo paraliza por esa infidelidad de la mujer que tanto quiere: sus madre. Su complexión le impide una respuesta violenta y no puede reparar el agravio. ¿Qué actitud adopta, por lo tanto, el diminuto Otelo? Acude a un expediente tan atávico como infantil, y lo que no puede modificar, pues simplemente, lo niega.
Es por medio de este primitivo “mecanismo de defensa” como el niño enfrenta el conflicto más grande de su joven vida. Se miente a sí mismo, y con eso altera la realidad. Todo lo subvierte en su implacable tarea: la madre voluptuosa es expulsada de la mente y sólo permanece en ella, etérea y pura, la madre virgen. Los lujuriosos espasmos del cuerpo no existirán ya más para ella. Aunque, en verdad, tal vez sea mejor decir que… ¡No existieron nunca! Pero, siendo así, ¿De qué manera, entonces, se acordó su llegada al mundo? No importa. Él nació sin que papá la tocara… ¡Mamá es virgen!
“La negación es, pues, la fuente del mito”. Surge de ese primitivo gesto para enfrentar el sufrimiento. En las leyendas sólo se consolida una fantasía compartida por todos; una ilusión que nace y se renueva en cada criatura. Las veneradas fábulas mongol, hindú, frigia, cristiana, guaraní, etcétera podrían repetirse infinitamente, ya que existen tantas madres vírgenes como hijos. Y esa es la razón por la que estos cuentos prenden tanto en el alma de los hombres: todos recurrieron en la infancia a la misma negación, a la misma estrategia para luchar contra el dolor, los celos y sufrimiento.
Por, eso les resulta fácil aceptar lo inverosímil… La creencia infantil en la madre virgen perdura tanto en la mente que sus inconfundibles vestigios se advierten en, cualquier adulto: ¡Ninguno tiene una imagen de su madre copulando! Nadie recuerda nada. Un manto oscuro envuelve la vida sexual de los padres. En esto no hay quien tenga ideas claras: “no se me ocurre nada”, “ellos eran muy fríos”, “mi madre siempre era distante con mi padre”, “eran otras épocas”, “jamás lo hacían”, “no me los puedo imaginar”, etcétera son algunas de sus monótonas respuestas, tan simples como endebles, si bien todas, no obstante, tienen un rasgo común: mi madre era fría, púdica e indiferente.
La fábula de la “madre virgen” nace siempre en la infancia, tanto del hombre como de la humanidad. Y en cualquier caso es el niño quien la crea, porque un niño y no otra cosa es, en su mente, el hombre primitivo. Y es esta uniformidad
pueril, justamente, la que otorga al mito toda su vigencia y todo su poder.
Pero si la madre virgen es una fantasía, la madre puta es real. Toda madre es para su hijo, inconscientemente, una puta, ya que es tan promiscua como ellas ¡le es infiel con papá!, y además porque adopta posturas corporales lascivas en la cama*. La imagen de los padres cogiendo, aunque se niegue, está en el alma de todos. Y es tan importante esta visión que el psicoanálisis acuñó un nombre especial para denominarla: “die Urszene”, que significa la “escena primaria”.
Es posible, incluso, que constituya una herencia arcaica, ya que en la psique del hombre no sólo influyen sus propias vivencias sino que además, como en los animales, la experiencia propia se enriquece con la de la especie. Tanto impresionó a la mente de nuestros antecesores la repetida escena en que sus padres unían apasionadamente sus cuerpos que la transmitieron a su prole. Por eso el hijo, ahora, aunque no los observe o escuche, igual lo presiente, intuye, o fantasea.
*Se tiene la creencia, aunque no manifestada, que los posiciones para el acto de sexual que resultan “lujuriosas” son, propiamente, las especialidades de las prostitutas. Sin embargo desde las nueve posiciones que en la antigüedad enumeraba la poetisa Elefantis, cuyos libros atesoraba el emperador Tiberio (42 a.C.-37 d.C.), pasando por las dieciséis que en el Renacimiento pintara Giulio Romano (1498-1556), el discípulo de Rafael, y comentara el Aretino (1492-1556), el escritor cáustico y obsceno, hasta las innumerables​ que hoy nos ofrece el mercado pornográfico , no son sino copias de las que adopta espontáneamente cualquier mujer que se abandone, voluptuosamente, al deseo. Aquí no existen privilegios, porque es el deseo sexual quien inspira a todas. Por eso la madre, al mostrar en la escena primaria sus posturas, se revela al hijo como una puta genuina.


viernes, 3 de febrero de 2017

La personalidad infantil en el sujeto adulto.

Las características de grandiosidad y omnipotencia que se presentan en el sujeto adulto son conductas simbióticas; esto significa que no son una «manifestación directa de introyección primitiva e identificación con el fin de la defensa, sino que están directamente relacionadas con la simbiosis madre-hijo desde un inicio».
Un sujeto que no logre separarse adecuadamente de su «mundo infantil» tiende a cultivar fantasías todopoderosas. Generalmente estos sujetos fueron exacerbadamente amados y consentidos durante su infancia por uno o ambos padres. Cabe señalar que este tipo de sujetos —con personalidad infantil— mantienen un sentimientos de inferioridad, porque no llegaron a posicionarse en el mundo de los adultos.
En este orden de ideas, bajo el psicoanálisis, también observamos a sujetos que carecieron del amor y atención adecuada a cargo de sus padres por lo tanto compensatoriamente alimentan su inferioridad con la actitud de omnipotencia y grandiosidad.
Regularmente estos sujetos expresan estas ideas: "Nunca me casaré", "Jamás tendré hijos", "Nunca haré eso", "Ningún psicoanalista esta preparado para ayudarme", "Nadie me entiende", "Lo he intentado todo", "Nadie me quiere". Estas generalizaciones sirven para denigrar cualquier vínculo y en consecuencia mantener la simbiosis infantil con el objeto parental vigente; sentencias como: "Ella realmente no me ama." O "El psicoanalista no es suficientemente sensible" son pretextos para mantenerse al margen y salir intactos de cualquier conflicto que pudiera alterar su frágil equilibro psíquico.
Obviamente el sujeto con rasgos de omnipotencia o grandiosidad no está dispuesta a abandonar fácilmente su patrón infantil porque la relación padres-hijos descrita, ha sentado el precedente para todas las futuras relaciones intersubjetivas que se susciten a lo largo de su vida por lo que presentará dificultades para comprometerse en una relación estable.
Estos sujetos se ofenden relativamente rápido, su umbral de tolerancia es casi inexistente; razón por la cual se retiran o reaccionan con el enojo narcisista. Están enamorados de sí mismos, con ideas inquebrantables y actitudes fuertemente arraigadas que presentan en casi todas sus relaciones humanas.
La grandiosidad también puede ser alimentada por la defensa de un estado de ánimo depresivo subyacente. Esto es muy común observar en los sujetos que no pueden soportar el proceso de luto, depresión y despedida, por lo cual pueden elegir la defensa de comportarse de manera arrogante y soberbia, como si el dolor fuera algo distante o ajeno a ellos.

miércoles, 11 de enero de 2017

El origen de la perversión (Primera Parte)

Robert J. Stoller plantea a partir de sus investigaciones que la perversión es una «fantasía masturbatoria» que tiene por función ser una estructura defensiva levantada para preservar el placer erótico. La perversión está motivada inconscientemente por la necesidad de mantener la «identidad de género». Aquí existe una similitud planteada por Wilhelm Stekel, donde el sujeto promiscuo estaría llevando a cabo compulsivamente relaciones sexuales con multitud de partenaires con la finalidad de escapar de su homosexualidad inconsciente, y en un intento de reafirmar su tambaleante deseo erótico heterosexual.
Continuando con Stoller, la perversión surge en el sujeto como resultado del miedo inducido por sus padres durante la infancia —de manera verbal o castigos corporales de forma prolongada— por lo que estarían forzando a evitar o deformar la triangulación edípica del vástago (Complejo de Edipo), manteniéndolo al margen, con acompañamiento de culpa grave.
El acto perverso obviamente lleva el deseo de dañar a otros; para el perverso es una forma «erótica de odio» una fantasía que le obliga al «acting out», que esta motivada principalmente por la hostilidad; hostilidad que toma forma en una fantasía de venganza.
La hostilidad que se manifiesta en la perversión sirve para convertir el «trauma de la infancia» en el «triunfo del adulto». Para crear mayor emoción, la perversión también debe presentarse como un acto de riesgo, esto muy posiblemente con la finalidad de ser sorprendido, y con ello, buscar el castigo correspondiente (Ley Paterna).
Stoller postula que el trauma suscitado durante la infancia se conmemora en la perversión. El acto perverso simbolizaría «revivir el trauma» infantil dirigido inconscientemente contra la persona que lo causó que se actualiza con la víctima, teniendo el efecto de transformar el trauma en Goce, el orgasmo significaría: victoria.
La necesidad de llevar a cabo el acto perverso una y otra vez, deriva de la incapacidad del sujeto para librarse completamente del peligro (proveniente de las amenazas o castigos) o para resolver el trauma de la infancia.
El displacer sólo disminuye cuando la fantasía ha funcionado, emprender la acción perversa tiene el efecto temporal de deshacer el trauma. Sin embargo, el acto perverso tiene que abrirse paso entre la ansiedad y el aburrimiento para lograr el tipo correcto de riesgo para crear una emoción exacerbada. Ahora bien, el conflicto intrapsíquico resulta cuando impulsos y deseos chocan con la interiorización de prohibiciones del sistema de valores de los padres (Superyó) del niño. Así, habrá en la psique un conjunto de posiciones morales recibidas de los padres, más una técnica interna de autocastigo basada en la culpabilidad persecutoria. De esta manera, el Superyó actúa de manera amenazadora o castigadora hacia el Yo, frustrando el impulso del Ello hacia la gratificación.
Siguiendo a Sigmund Freud, Stoller sugiere que las perversiones emergen como soluciones o formaciones de compromiso a conflictos inconscientes y tienen en su núcleo una carga de culpa y una sensación de riesgo. Aquí, el deseo es visto como una causa importante de comportamiento, y la fantasía funciona como un vehículo de esperanza, curador de trauma, protector de la realidad, corrector de la verdad, fijador de la identidad, restaurador de la tranquilidad, enemigo del miedo y la tristeza y limpiador del alma. Sin embargo, desde la perspectiva de las «relaciones de objeto», Stoller enfatiza que los detalles de una perversión particular se encuentran en la fantasía, pues en ella se incrustan los restos de las experiencias del sujeto con otras personas (principalmente del entorno familiar) durante la infancia.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Ian a su madre.

Un grito se escucha en medio del silencio,
es el grito de un niño que se siente apresado por su primer duelo,
y se pregunta ¿por qué razón han amargado mi fuente de vida?,
¿por qué motivo han teñido de color el pezón del que me prendía?
Arranco en llanto esa tarde, esa noche, muchos días siguientes sin consuelo.
¿Qué has hecho del dulzor de tu pecho, má?
¿Para que me desagrade, tu seno has ensuciado, má?
Hoy me acerco a tu pecho, y me amarga.
Hoy sostengo tu seno, y su tono me espanta.
Con un dolor profundo te pregunto ¿qué has hecho, má? ¿qué has hecho?
¡Me siento perdido!
¡Un dolor dentro de mi, me despedaza!
¡Adiós a tus manos que tiernamente me abrazaban!
¡Nunca volveré a tener el calor del suave pecho donde me acurrucaba!
¡Que en contra de todo mal era el que me daba salud!
¡Que en contra de mi angustia era quien me daba calma!
¿Por qué ahora te me has hecho aborrecible, má?
¿Cómo se te ha ocurrido esto?
¿Acaso soy un niño malo?
¿Acaso me dejaste de querer?
¿Por qué ha ocurrido...?
Me remuevo desesperado,
sollozando...
Con ojos furiosos observó tu rostro de traidora, má.
Alza mis brazos para sujetar tu rostro,
pero se escabulle.
De pronto corto en seco mi llanto,
es el primer pétalo que se desprende de mi flor.
Duelo a duelo, durante el resto de mi vida será lo que me marcará...
Es el precio que debo pagar por crecer, por madurar.
El duelo me convertirá,
de niño a hombre...
Y hasta la sepultura el duelo siempre me acompañará.

Manual para padres Cómo hacer un hijo perverso o psicótico.

Sugerencias de las quejas o denuncias que debe escuchar el hijo de su madre respecto a su padre o viceversa.

Madre que denuncia o se queja del marido:
1.- Que es irresponsable.
2.- Que es alcohólico.
3.- Que es golpeador.
4.- Que se la pasa fastidiando todo el tiempo.
5.- Que abusa sexualmente de ella.
6.- Que es impotente sexualmente.
7.- Que no tiene carácter.
8.- Que aun no se independiza de las faldas de su progenitora.
9.- Que es mujeriego.
10.- Que es homosexual (puto).
11.- Que es estúpido.
12.- Que nunca le han importado los hijos.
13.- Que le gusta estar más tiempo con sus amigos o en su trabajo, que en casa.
14.- Que nunca la amo.
15.- Que continua el matrimonio por lástima.
16.- Que esta enano.
17.- Que es feo.

Padre que denuncia o se queja de su esposa:
1.- Que se arrepiente de haberse casado.
2.- Que vive un infierno en casa.
3.- Que es infeliz.
4.- Que es depresivo.
5.- Que desea morirse.
6.- Que es una prostituta.
7.- Que es mentirosa.
8.- Que es ignorante por no tener una profesión.
9.- Que atiende a sus amistades y descuida a sus hijos.
10.- Que únicamente quiere dinero.
11.- Que esta muy obesa.
12.- Que la detesta.
13.- Que se lamenta todo el tiempo.
14.- Que esta loca.
15.- Que ya esta vieja.
16.- Que se embarazo para atarlo.
17.- Que intento abortarlo.

Las quejas o denuncias que los padres confiesen a sus hijos deben pronunciarse el mayor tiempo posible, se recomienda cambiar un poco la historia para que no sea monótona cada vez que la repitan; además las peleas o discusiones entre los cónyuges deben ser en horario nocturno cuando los hijos duerman, con el propósito de despertarlos de forma abrupta, eso causa mayor impacto, entre más pequeños sean los vástagos, es mejor.
Las quejas o denuncias del cónyuge confesadas a hijo deben ser en un tono de voz firme y conciso, pueden dramatizar la escena con llantos o gritos pero con una dicción clara para su mejor entendimiento.
Es válido mostrar las huellas de los golpes a los hijos, incluso si son en partes íntimas del cuerpo, así como mostrar todo tipo de evidencias para atestiguar su dicho ante los vástagos. No importa la edad que tengan los hijos para que la madre o el padre se confiesen o lamenten ante ellos, pueden tener la certeza que si el hijo no lo comprende cabalmente por su tierna edad, de cualquier modo quedará perfectamente grabado en su inconsciente, mismo que irá construyendo poco a poco su estructura perversa o psicótica durante su infancia.
La edad recomendable para quejarse con los vástagos es desde que nacen hasta concluida la adolescencia —después ya no es necesario— entre más enfático sea el lamento o la queja, mayor será el trauma y en consecuencia quedará más profundamente reprimido el suceso en el inconsciente. “Recuérdese que a mayor represión del acontecimiento traumático, mayor manifestación psicopatológica... para el resto de la vida”. Pothos Himero.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Las madres dominantes y destructivas exigen la sumisión incondicional de los hijos entorpeciendo gravemente el sano desarrollo de estos.

En la crianza de los hijos existen dos factores que influyen decisivamente en la relación entre los sexos, el cultural y el económico. El primero es el choque subyacente entre el patriarcado y un matriarcado engañosamente fuerte, de hombres tradicionalistas contra mujeres profundamente resentidas que sacan fuerzas de las actividades revolucionarias en el mundo moderno, como lo es el "feminismo" o la "liberación sexual femenina".
Las mujeres en rebelión, atacan y socavan la hombradía de los maridos, que son ridiculizados hasta el extremo y la de los hijos, que son mimados en exceso, y como, debido a su carácter, por lo general son más fuertes que el hombre, pueden ser despiadadas en su rebelión.
El segundo factor es socio-económico. La falta de trabajo bien remunerado y la dificultad a que se enfrentan los hombres para sostener a su familia y el sentirse necesarios dentro de la casa origina que en esas condiciones se favorezca un hogar matriarcal.
En estas circunstancias la falta de capacidad económica del hombre y el carácter de orientación acumulativa de las mujeres, las lleva a destruir el carácter del padre y de los hijos varones, porque al igual que el amor ideal de una madre es incondicional, las madres dominantes y destructivas exigen la sumisión incondicional de los hijos entorpeciendo gravemente el sano desarrollo de estos.