Social

"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

Publicaciones destacadas

Image Slider

Mostrando las entradas con la etiqueta Neurosis. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Neurosis. Mostrar todas las entradas
jueves, 14 de diciembre de 2017

La mujer que se siente utilizada sexualmente.

“Cuando la edad enfria la sangre y los placeres son cosa del pasado, el recuerdo más querido sigue siendo el último; y nuestra evocación más dulce, la del primer beso”. Lord George Gordon Noel Byron.

Erich Seligmann Fromm señaló que las diferencias biológicas en la experiencia sexual pueden contribuir a un énfasis mayor en algunas tendencias caracterológicas de hombres y mujeres. En el caso del hombre, es preciso que sea capaz de una «erección sostenida» para ejecutar el acto sexual, mientras que no existe ningún requisito previo en el caso de la mujer. Esto puede tener —según Fromm— un efecto definido sobre las tendencias caracterológicas generales, lo que en consecuencia le otorga al hombre una mayor necesidad de demostrar, de ser creativo, de tener poder; mientras que la necesidad de la mujer se orienta más en la dirección de ser aceptada, de ser deseable.
Ahora bien, la satisfacción de la fémina depende de la virilidad del hombre, y el temor de ella se deposita principalmente en ser abandonada; en el hombre su miedo radica en el fracaso para satisfacer a su partenaire. Fromm señala que la mujer puede ser accesible sexualmente en cualquier momento y de esta forma brindar satisfacción al hombre, pero las posibilidades que éste tiene de satisfacerla escapan a su control, ya que no siempre le es posible tener una erección, por más que lo desee.
Debemos agregar a esto la importancia que tiene para cada integrante de la pareja, el obtener su propia satisfacción. Al menos el hombre obtiene alguna satisfacción fisiológica en su desempeño sexual. No cabe duda de que algunas experiencias pueden ser más placenteras que otras, e incluso puede experimentar una eyaculación hasta con un mínimo de placer. El hombre no puede obligar a su pene a una erección para el intercambio sexual; en cambio, la mujer puede tener relaciones sexuales cuando no experimenta ningún impulso erótico o, a lo sumo, siente sólo una débil excitación, aunque esto con frecuencia la embarcada en una experiencia insatisfactoria. Lo único que puede obtener en estas circunstancias es una satisfacción sustitutiva del placer que expresa su partenaire con ella.
Durante el psicoanálisis las mujeres confiesan regularmente resentimientos contra su pareja por haberse sentido —en algunas ocasiones— utilizadas sexualmente, o enojadas consigo mismas por haber “consentido” tener relaciones sexuales con su partenaire con el único fin de procurarle placer a él. En muchos casos esto se reprime con una actitud de resignación.
Cuando las mujeres manifiestan sus experiencias sexuales, es frecuente recibir esta respuesta: “Está bien. Él no me molesta demasiado si accedo a sus deseos”. Esta actitud puede subsistir aunque exista un lazo amoroso; vale decir, incluso cuando la fémina no ha sido intimidada con amenazas o violencia pero aun así se siente resentida. Pudiendo sentir sencillamente que sus intereses no merecen ser tomados en cuenta.
Es obvio que, para la mujer, el acto sexual resulta satisfactorio sólo cuando ella participa libre y activamente, con su propia iniciativa y forma. Si fuera capaz de hacer una libre elección, ella no daría su consentimiento a menos que realmente deseara participar en el coito. Siendo así, quizás resulte provechoso examinar la situación en la que la mujer se somete con poco interés o ninguno en absoluto. Desde luego, hay ocasiones en que ella auténticamente desea hacerlo por el amor que la une a su partenaire; esto no le crea problemas. Más a menudo la causa es una sensación de inseguridad en la relación; esta inseguridad puede obedecer a factores externos, por ejemplo si su pareja insista en tener cierto tipo de actividad para la gratificación sexual, o bien si ella reprime algún deseo erótico por temor a que su partenaire “piense mal” de ella por proponerlo o ponerlo en práctica. La inseguridad también puede deberse a los propios sentimientos de inadecuación de la mujer, los cuales pueden haberse originado sencillamente en el hecho de que la fémina se solidarice con los roles culturales de que sus propias necesidades no son tan perentorias como las del hombre; asimismo es posible que tenga dificultades neuróticas personales.


martes, 13 de junio de 2017

Hablar es lo que cura.

“Cuantas más ventanas abras hacia el futuro más cosas podrás realizar”. Émile Michel Cioran.

Una de las funciones de la toxicomanía es brindarle al sujeto con “Estructura Neurótica” la posibilidad de silenciar la angustia y tapar la falta. Independientemente del abuso de una sustancia tóxica, cualquier cosa puede representar la “adicción”: comer, comprar, relaciones sexuales, uso de redes sociales, etcétera en forma exacerbada.
La caracterización de esta “adicción” como benéfica o perjudicial es completamente exterior al objeto mismo y sólo puede hacerse desde algún discurso o planteamiento determinado, no existe la posibilidad de una definición absoluta y además no se puede generalizar para todos los casos como algo bueno o malo.
Desde el psicoanálisis toda “adicción” es aquello que genera una ruptura con el «Goce Fálico». Un Goce que corta todo tipo de relación con el “afuera” y en el cual el placer sexual queda invalidado. El sujeto ya no necesita de un partenaire, de su familia, amigos... para sentir placer, incluso evita el vínculo, y se las arregla sólo, o sea con un Goce autístico. De este modo el sujeto queda atrapado en un círculo vicioso en el cual lo lleva al “consumo o práctica para sentirse bien”, todo lo demás queda por fuera y no importa.
Lo que el psicoanálisis propone es que el sujeto ocupe su lugar y que asuma la responsabilidad de sus elecciones.
Se trata de que el sujeto reconozca el grado de implicación que tiene “eso que le pasa”; que deje de verse y actuar como el «adicto incurable» que el mundo ha sancionado (y le ha hecho creer) que él es. Se busca romper con la lógica del consumo o práctica sostenida y propuesta por la sociedad actual e iniciar así el camino hacia la aparición del “sujeto deseante” y dar los primeros pasos hacia la “cura”. Asimismo el intento de procurar reabrir esos interrogantes fundamentales que se presentan como consecuencia de la «castración», de buscar un intersticio donde ese falso saber que el consumo o la práctica genera, vacile.
Realmente no tiene ningún caso presionar al sujeto para que abandone la adicción si no es por efecto de que él mismo se replantee su posición donde se encuentra atrapado. Se trata, en definitiva, de hallar algunas alternativas para que el sujeto se enfrente con lo real que lo determina y que lo imposibilita para hacerse un sujeto de la palabra. El único requisito del psicoanalista hacia el psicoanalizado es: que hable, que hable mucho y que hable por largo tiempo.

sábado, 20 de mayo de 2017

El Yo vive en un caos intrapsíquico.

El Yo permanece en un caos intrapsíquico permanente, sólo puede soportar este conflicto mediante el autoengaño, valiéndose de los «mecanismos de defensa» para tal propósito.
Estos mecanismos de defensa actúan de diferente manera dependiendo si la estructura de la personalidad es neurótica o perversa o fronteriza o psicótica.
En la neurótica, ésta se centra en la represión y otras operaciones defensivas sumamente elaboradas; mientras que en la fronteriza y psicótica se caracterizan en una predominancia de operaciones defensivas primitivas, en especial el mecanismo llamado de «escisión». La represión y los mecanismos relacionados de alto nivel como la formación reactiva, aislamiento, anulación, intelectualización y racionalización protegen al Yo de los conflictos intrapsíquicos por medio del rechazo desde el «Yo consciente» de una derivación del impulso, de su representación ideacional o de ambas. La escisión y otros mecanismos relacionados protegen al Yo de conflictos mediante la disociación o manteniendo activamente aparte las experiencias contradictorias del «sí mismo» y de los demás significantes. Cuando predominan estos mecanismos, los estados contradictorios del Yo son alternativamente activados. En tanto estos estados contradictorios del Yo puedan mantenerse separados entre sí, se previene o controla la ansiedad relacionada con estos conflictos.
El mecanismo de disociación e idealización, así como los tipos primitivos de proyección (particularmente identificación proyectiva), negación, omnipotencia y devaluación pueden observarse en la interacción clínica del psicoanalista y el psicoanalizado. Estas defensas protegen al sujeto fronterizo del conflicto intrapsíquico pero al costo de debilitar el funcionamiento de su «Yo consciente», reduciendo por lo tanto su efectividad adaptativa y flexibilidad durante el psicoanálisis y en su vida en general. Estas mismas operaciones defensivas primitivas cuando se encuentran en la estructura psicótica protegen al sujeto de mayor desintegración de los límites entre el «sí mismo y el objeto».

domingo, 5 de febrero de 2017

La hipocondría.

La hipocondría es una característica de la neurosis de ansiedad, esto se observa en la ocupación constante que tiene el sujeto con su cuerpo que corresponde a la baja estima que el neurótico da al mundo exterior.
El hipocondríaco siente que no tiene permiso para vivir sus deseos e impulsos, reflejando el compromiso predominante que tiene respecto con el objeto primario omnipotente: su madre.
Generalmente la madre ha cuidado demasiado a su vástago desde recién nacido: “Ella ha tratado de salvarlo del mundo malo”.
La hipocondría es una especie de comportamiento obsesivo que se refiere al bienestar del propio cuerpo. Los pensamientos hipocondríacos se dirigen a los síntomas de ansiedad u otras enfermedades psicosomáticas que se encuentran si los impulsos autónomos operan contra el poder de apego de los objetos omnipotentes (madre o padre o cuidadores de la primera infancia).
La hipocondría también suele aparecer durante el psicoanálisis, si los sentimientos de culpa emergen mientras el psicoanálizado intenta separarse de dichos objetos todopoderosos.

viernes, 27 de enero de 2017

En la sobreprotección y la amabilidad exorbitante subyace inconscientemente el ánimo de ser crueles.

El psicoanálisis indica que la neurosis obsesiva se caracteriza por toda una serie de prohibiciones supersticiosas cuya violación supone la realización de actos propiciatorios obsesivos muy diversos, estos pueden ir desde evitar caminar por debajo de una escalera, pasar un salero de mano a mano y cosas por el estilo.
Además los obsesivos viven en el constante temor de perjudicar a su prójimo; para evitarlo, tratan ansiosamente de no tocar lo que haya podido estar en relación con un objeto que tenga que ver, aunque sea indirectamenie, con la persona a quien se refiere su angustia morbosa. Si, a pesar de todo, es inevitable el contacto con tal objeto, el neurótico obsesivo se ve obligado a lavarse durante horas enteras, a mantener pensamientos tortuosos, a sacrificar parte de su libertad y de su fortuna para recuperar su paz anímica.
Sigmund Freud ha descubierto mediante el psicoanálisis que estos sujetos alientan en su inconsciente cierta animosidad ligada a una tendencia a la crueldad precisamente contra esos «seres amados superprotegidos», que se preocupan por ellos de manera excesiva y que su horror a los objetos en relación con estos seres armados se debe a que bastaría una sola palabra o una mínima acción para despertar el feroz odio latente. He ahí el cambio de humor repentino.

miércoles, 25 de enero de 2017

El deseo de la mujer de tener un hijo.

Para Sigmund Freud el conflicto que presenta el sujeto radica en el aspecto sexual, no en vano, en su obra titulada: “Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa”, estableció que lo único que se reprimía era la sexualidad y que el retorno de lo reprimido, que se manifiesta a través de los sueños, los actos fallidos y los síntomas, tiene que ver con retornos sexuales que no han sido dominados por la cultura.
Estos retornos sexuales siempre están en relación con deseos incestuosos, y por eso han sido reprimidos. Freud señalaba que en la etapa oral y anal, lo que se producía era un placer del órgano, que se caracterizaba por la búsqueda de un goce autoerótico que dejaba como secuelas «puntos de fijación» a las que podía regresar la libido cuando el sujeto debía enfrentarse a una situación sexual difícil de resolver.
Esta sexualidad autoerótica es muy diferente a la sexualidad que irrumpe en la etapa fálica, que coincide o inicia toda la problemática que gira en torno al Complejo de Edipo, al deseo sexual, al narcisismo y a la castración, ya que al placer del órgano se le agregan inequívocamente fantasías incestuosas.
La equivalencia más fácil de observar es la que se produce entre «niño» y «pene» porque tanto uno como otro pueden a su vez ser sustituidos por un significante común: «el pequeño».
Prosigue Freud manifestando que es fácil encontrar en la mujer un deseo reprimido de poseer un pene como el que tiene el varón; es este deseo infantil (que se relaciona con la «envidia del pene») el que puede ser reactivado por alguna situación traumática, convirtiéndose, por la regresión libidinal, en el principal desencadenante de síntomas neuróticos. Pero el desenlace no siempre es el mismo, porque en algunas mujeres el «deseo de poseer un pene» ha sido sustituido por el «deseo de tener un hijo», esta última se considerada dentro de la «normalidad».
En un principio, la relación del niño con la madre está marcada no sólo por la dependencia que tiene de ella para sobrevivir sino que depende también del deseo de su madre, es decir, de esos primeros significantes que la madre introyecta sobre su hijo y que lo introducen en las primeras simbolizaciones.
«Es por esta razón que en sentido estricto no es correcto decir que el niño se relaciona con la madre en tanto objeto, puesto que el niño que es significado desde el deseo de la madre como el falo que la completa sólo podrá satisfacerse en la medida en que sea capaz de ocupar el lugar del objeto deseado de la madre. Dicho de otra manera, en este primer tiempo el niño no sitúa el objeto de su deseo sino que se sitúa él mismo como objeto de deseo del Otro».

jueves, 19 de enero de 2017

Paranoia y neurosis.

El psicoanálisis ha descubierto dos «mecanismos de rechazo» opuestos (retirada de la atención consciente de toda fuente de desagrado). Esto lo podemos observar en los sujetos paranoicos que sienten los procesos mentales objetivos como una fuente de desagrado, creyendo que la intervención proviene del mundo exterior «proyección». Y por el otro lado los neuróticos pueden sentir esos procesos que se desarrollan en el mundo exterior (es decir, en otro) con la misma intensidad como si ellos los vivieran: «introyectan» una parte del mundo exterior para aminorar en lo posible su propia tensión psíquica.

domingo, 1 de enero de 2017

Psicoanálisis del improperio (palabras obscenas).

Las palabras obscenas manifestadas de forma verbal toman diferentes matices tanto en los sujetos con estructura perversa como en la neurótica.
El sujeto que llega a ser perverso por su desarrollo psicosexual, se apropiará de esta fuente de placer —como prevén las teorías sexuales que Sigmund Freud plasmó en su obra— y utilizará con cinismo y de manera habitual dichas expresiones, o bien se contentará con la lectura o visualización de obscenidades de forma permanente.
Ahora bien, existe una perversión particular de los hombres que consiste en pronunciar palabras obscenas (improperios) hacia las mujeres desconocidas; la experiencia indica que muchas féminas son importunadas en la calle por hombres que murmuran a su paso palabras obscenas, sin ninguno de los preliminares habituales del cortejo (ofrecimiento de acompañarlas, solicitar su nombre... en fin, abordarla de manera decente).
Estos sujetos perversos son exhibicionistas y voyeuristas en grado menor, que, en lugar de llevar a cabo un verdadero desnudamiento, se contentan con la acción reducida de la palabra, eligiendo, naturalmente los términos más aptos para suscitar, por su carácter prohibido y sus cualidades motrices y plásticas, una reacción de pudor a la mujer que se lo expresan. Esta forma de perversión podría denominarse «coprolemia».
Del lado opuesto tenemos al neurótico que desvía su atención de los términos obscenos completamente o casi por completo, tratando de ignorarlos en la medida de lo posible y, si no puede evitarlos, respondiendo con una reacción desproporcionada de malestar y disgusto. Generalmente las mujeres neuróticas son más propensas al rechazo que su contraparte.
Sin embargo, en el sujeto normal como en el neurótico una violenta impresión puede hacer resurgir estas palabras medio sepultadas en el inconsciente. Entonces las palabras que antes nombraban los objetos queridos del placer infantil vuelven en forma de maldiciones y, cosa curiosa, asociados a menudo a la idea de los padres y de Dios (blasfemias). Estos improperios que estallan en la violenta cólera, o que por el otro lado derivan en bromas y chistes, no pertenecen de ningún modo, —como Rudolph Kleinpaul señala— a la comunicación consciente, pero representan reacciones a la excitación estrechamente emparentadas con los gestos. En todo caso es digno de señalar que cuando la descarga motriz de un afecto impetuoso se evita a duras penas transformándola en imprecaciones, el afecto recurre involuntariamente a las palabras obscenas, particularmente adaptados al objetivo, debido a su riqueza y a su profunda potencia motriz.
Son especialmente trágicos los casos en que las palabras obscenas irrumpen súbitamente en la consciencia virtuosa y pura de un neurótico. Esto sólo es posible en forma de representaciones obsesivas, pues tales palabras son tan extrañas a la vida afectiva conciente del neurótico que no puede interpretarlas más que como ideas patológicas, sin poder simbolizarlas, absurdas, desprovistas de sentido, “cuerpos extraños”, que obviamente no las reconoce en ningún caso como elementos propios de su vocabulario.
El hecho de que las representaciones obsesivas de palabras obscenas, en particular los términos vulgares para los excrementos y los órganos excretores más despreciados, apareceren a menudo en los neuróticos masculinos tras la muerte de su padre; padre que amaban y respetaban hasta la idolatría. El psicoanálisis muestra entonces que, en caso de muerte, al lado del atroz dolor por la pérdida, se manifiesta también el triunfo consciente de ser liberado por fin de toda opresión; el desprecio del “tirano” ya inofensivo porque ha fallecido, se expresa en los términos más prohibidos al niño de antaño.
La etnografía podría aportar una sólida confirmación que la pronunciación habitual de palabras obscenas han permanecido “infantiles” a consecuencia de una inhibición del desarrollo, y por ello conservan un carácter motriz y regresivo anormal para manifestar sus afectos.

viernes, 23 de diciembre de 2016

El límite al Goce.

​El erotismo que manifiestan hombres y mujeres está condicionado por el horror y la atracción del incesto, obviamente de manera inconsciente (Complejo de Edipo). El sujeto neurótico tiene restringida su capacidad de sexual debido a sus fijaciones infantiles y a su dificultad para renunciar a los objetos incestuosos (madre, padre, hermanos), además lo quiera o no, sus parejas que tenga en la vida adulta reproducen con indeseada fidelidad a sus amores de la infancia. La «interdicción del incesto» sirve como una barrera protectora, esto significa que al sujeto únicamente se le permite el «placer» pero si se excede, ya no estamos hablando de placer sino de Goce*; pero en el neurótico no se encuentra establecida de forma objetiva y puntual esa barrera protectora por lo tanto el sujeto debe compensar ese déficit produciendo una serie de síntomas acompañados de una cantidad considerable de angustia que actúan como barreras entre el sujeto y el cuerpo del partenaire (que representa a nivel inconsciente a su madre) con esto evita por todos los medios posibles dar satisfacción a sus anhelos incestuosos —aunque sin renunciar a ellos— pues jamás se resigna y sueña con transgredir el límite algún día.
*La formula del Goce para el psicoanálisis se enuncia como: “No quiero saber nada de eso” ¿Qué significa esto? El descubrimiento del inconsciente por el psicoanálisis habla con precisión de «un saber» que está por fuera del campo de comprensión de la consciencia del sujeto. Es decir, es «un saber» que se ordena por fuera del campo de comprensión del sujeto, pero aun así lo determina. Se está poseído por el «saber» del inconsciente y, en tanto poseído, el sujeto es gozado por éste, fuera de su voluntad, valga la redundancia. Por ejemplo, el sujeto toxicómano, que comprende cabalmente que la cocaína le causa estragos a su salud, pero que el «saber» del inconsciente le ordena seguir consumiendo; o bien el sujeto promiscuo, que tiene la certeza que algún día puede contagiarse del “virus de inmunodeficiencia adquirida” pero aun así el «saber» del inconsciente lo obliga a seguir teniendo infinidad de parejas sexuales.
En términos clínicos, el inconsciente «Goza» y la cosa que lo hace gozar es el cuerpo mismo que el sujeto que lo pone a su disposición. Tenemos entonces el cuerpo como bien del cual el inconsciente usufructúa.

jueves, 22 de diciembre de 2016

La confusión del deseo con el amor.

​Generalmente el sujeto tiende a confundir el «deseo» con el sentimiento del «amor»; pero el primero está inclinado más una aspiración mientras el segundo a una permanencia.
El amor y el deseo tienen fines diferentes, el deseo procura la satisfacción y el amor privilegia la unión, esto significa el vínculo con el otro. El deseo, en cambio, tiene una marcada preferencia por objetos parciales: una parte del cuerpo que es sobrestimada, rostro, senos, etcétera.
El deseo esta conformado de elementos pulsionales, que fragmentan y parcializan el objeto (partenaire), que toma el carácter de un fetiche cuando es el único que puede despertar el deseo sexual, razón por la cual la seducción tiene un poder hechizante: “Vale más el sujeto que pretendemos por lo que vela que por lo que muestra”.
Cuando el amor y el deseo van juntos, el sujeto amado es también el objeto de nuestro deseo, aunque raramente esto suceda por tiempos muy prolongados de vida en común. Cuando son antagónicos, pueden perturbar la vida en pareja (impotencia, frigidez, etcétera) y crear malestares que se observan sobre todo en neuróticos.
Dentro de la estructura neurótica, surge la mujer histérica, ella se caracteriza por la búsqueda permanente e insistente, su finalidad: «la confirmación de sentirse amada, es decir, una reivindicación narcisista». El amor que ofrece la histérica a su partenaire es para usarlo a él de espejo, donde únicamente pueda verse ella en todo su esplendor. El placer sexual es para ella relativamente secundario, cuando no inexistente, ella seduce con su cuerpo pero con su frigidez rechaza desdeñozamente a su pareja. Si es deseada pero no amada, se siente desvalorizada y experimenta un resentimiento que día con día se acrecienta.
La histérica pasa casi toda su vida buscando la confirmación de ser amada ¿qué la motiva a eso? Posiblemente por haberse visto decepcionada en ese sentido principalmente por su madre, amenazada casi todo el tiempo por la pérdida del amor: ¡Sí te portas mal, ya no te voy a querer! Aunado posteriormente a un padre distante afectivamente. El rencor y el odio por las injurias sufridas son notorios en estos casos: !Ahora de adulta —dice ella— tengo la sensación que mi madre nunca me quiso desde que nací! La separación satisfactoria con la madre no ha podido llevarse a cabo, porque siempre quedan cuentas por arreglar.
Pero en última instancia la histérica tiene aun una forma de confirmar que es amada, por medio de la mirada del otro, que tiene sobre ella los mismos efectos del licor para el alcohólico, por lo cual no resulta sencillo prescindir de esas miradas. Recurre para conseguirlo al conocido exhibicionismo histérico para producir un impacto en el otro: una forma provocativa de vestirse, de maquillarse, de platicar... Como se siente interiormente fragmentada, es en esa mirada que puede experimentarse momentáneamente como "una" finalmente reunida. Aquí cabe subrayar las características entre la mujer «normal» y la «histérica», si bien es cierto que ambas desean seducir al hombre con sus encantos físicos, la histérica los sobrecompensa, no escatima en mostrarse para obtener esa mirada que aliviana su angustia porque la aparición del deseo la lleva a la angustia, ya que quiere sostenerse como «objeto del amor y no del deseo». Defiende a capa y espada la causa del amor como un fin y no como un medio, tratando de consumir el deseo en el amor, confundiéndolos a ambos.
Desde el psicoanálisis, la disociación más notoria entre el amor y el deseo sexual se observa claramente en aquellos hombres con neurosis obsesiva que se les dificulta desear a la mujer que aman o amar a la que desean. Cuando aman, se les complica el acto sexual con su partenaire (impotencia, eyaculación precoz) muchos de ellos ni siquiera se atreven a pronunciar una “palabra obscena” durante el coito. Estos hombres suelen pensar que todas las mujeres son unas putas y que por eso gozan de la sexualidad, mientras que a su cónyuge la estigmatizan de “decente”, ni siquiera se atreven a imaginar que ella esta muy dispuesta a esa pasión carnal. La mujer amada, idealizada y excluida del campo de todo deseo posible, es la heredera de toda la carga de prohibición que pesa sobre el primer objeto de amor: la madre (Complejo de Edipo). Por lo tanto es común que este tipo de hombres estén más propensos a la infidelidad, ya que la práctica sexual satisfactoria sólo es posible si es mantenido alejado el componente sentimental (amor) de ellos para un buen desempeño erótico-pasional con la amante.

viernes, 16 de diciembre de 2016

La fobia.

Con el fin de ilustrar la relatividad de la diferenciación entre neurosis y psicosis basada en el funcionamiento del criterio o juicio de realidad, supongamos hipotéticamente el caso de un sujeto que sufre una fobia a los ascensores. En principio, y según el criterio de capacidad de diferenciación entre realidad subjetiva y objetiva, no sería un psicótico sino un neurótico, puesto que su percepción de la realidad no está trastornada: sabe que está ante un ascensor y sabe que un ascensor es un ascensor —valga la redundancia— y que su miedo es irracional, de raíces subjetivas, aunque le impida utilizar el ascensor y le obligue a subir a pie diez pisos. Descriptivamente, se trata de una fobia neurótica y podemos conformarnos con este diagnóstico descriptivo y, sin muchas más pretensiones.
No obstante, si aspiramos a mayor comprensión psicopatológica y diagnóstica, tendremos que atender al estado subjetivo del psicoanálizado dialogando con él. En un primer nivel de diálogo (descriptivo) el sujeto puede decir que tiene miedo a entrar en el ascensor y que no sabe por qué tiene miedo, con lo que se reafirma el diagnóstico de neurosis, pero en un segundo nivel de diálogo, en el que se atienda a los contenidos mentales (pensamientos, fantasías y significados), el neurótico podrá decir, por ejemplo, que no sabe por qué tiene miedo, pero sí sabe que es algo que le domina desde dentro, que no puede evitarlo y que le paraliza, de modo que, a la vez que describe su estado mental, comunica la ausencia de contenidos conscientes que expliquen su estado de ánimo y su síntoma; no sabe de qué tiene miedo, sólo sabe que el miedo le paraliza y que proviene de su propio interior.
En cambio, el psicótico podría decir que sí sabe de qué y por qué tiene miedo: “Tiene miedo porque existe un complot contra él, que intenta matarlo una secta satánica, además tiene la íntima convicción que todos los ascensores de la ciudad están preparados de manera que se precipiten al vacío en cuanto él suba a uno”. Apoyada o no en percepciones alucinatorias, esta explicación delirante se acompaña siempre de una convicción de su realidad. A diferencia del neurótico, aquí el criterio de realidad está francamente perturbado, lo que justifica el diagnóstico de psicosis aunque el síntoma manifiesto en el primer nivel de diálogo sea en los dos casos la fobia a los ascensores.
Paradójicamente, el neurótico no sabe y el psicótico sí sabe con certeza y sin lugar a dudas, mientras que el observador-interlocutor duda sobre el no saber del uno y el saber del otro o, mejor dicho y más paradójico aparentemente, el observador-interlocutor puede pensar sin grandes dudas que el neurótico que cree no saber «sabe» y que el psicótico que cree saber «no sabe». La realidad es que ninguno de los tres sabe, aunque el observador-interlocutor sabe que él quiere saber. Si el observador-interlocutor sabe que no sabe, pero tiene el deseo y la esperanza de llegar a saber, sabrá que ese llegar a saber precisa de un trabajo específico de búsqueda del saber a partir del no saber y que ese trabajo tiene que hacerse en el diálogo con el sujeto de nuestro ejemplo y requiere una tolerancia al no saber.
Ahora bien, dentro del campo de la salud mental el psicoanalista no tolera el no saber y da por supuesto que ya sabe porque se cree en posesión de alguna teoría que lo explica todo, podría encontrarse en la misma situación que el psicótico, convencido de que sabe cuando no sabe, o en la misma situación que el neurótico: paralizado porque no sabe.
Sólo la tolerancia al no saber, acompañada del deseo y la esperanza de llegar a saber (la que algunos han llamado pulsión epistémica), hará posible un auténtico trabajo de psicoanálisis, de búsqueda conjunta de «la verdad». La verdad no existe sino en términos relativos como aproximación a la verdad incognoscible, pero si se equipara la verdad al deseo de no engañarse y no engañar, observaremos que, aparte de lo corriente que es el engaño, «también es bastante común el autoengaño», como en el caso del neurótico que cree no saber cuando sí sabe, del psicótico que sí sabe cuando no sabe, o del psicoanalista que cree que ya sabe cuando a veces ni siquiera sabe en qué creer. Este autoengaño es el denominador común de lo que en psicoanálisis se llaman defensas; su mantenimiento para oponerse al proceso psicoanalítico que podría llevar a saber más de sí mismo sin engaño (o con menos engaño) constituye la resistencia. Por eso, desde Sigmund Freud, se habla del proceso psicoanalítico como un proceso (podríamos decir un diálogo) encaminado a comprender y superar las resistencias para llegar al análisis-conocimiento de los mecanismos de defensa. Entendido así, en líneas generales, el proceso psicoanalítico tiene en sí mismo buena parte de proceso diagnóstico, en el sentido de conocer lo profundo o esencial a través de lo manifiesto o accidental. Lo manifiesto o accidental, lo visible, suele ser el indicador del camino a seguir hacia el conocimiento de lo inconsciente, pero en psicopatología puede ser que lo manifiesto y aparente esté encubriendo lo profundo para que no sea visto o conocido, para que sea y siga siendo invisible, ignoto, desconocido, inconsciente; o sea, que tenga una función defensiva. Desde esta reflexión podríamos mejorar la definición anterior del proceso psicoanalítico como «un proceso dialogante encaminado a comprender y superar las resistencias para llegar al análisis-conocimiento (diagnóstico) de las defensas especialmente en sus aspectos inconscientes». Al decir «aspectos inconscientes» debemos señalar que las defensas no son necesaria ni totalmente inconscientes. El miedo fóbico del ejemplo de la fobia al ascensor, tanto en su versión neurótica como en su versión psicótica, tiene un componente consciente de un miedo general a la muerte o enloquecer a la vez que encubre u oculta un aspecto persecutorio que permanece inconsciente en el neurótico y que se hace consciente, aunque a través de un delirio, en el psicótico. El miedo del fóbico neurótico al ascensor está relacionado con el miedo consciente a morirse o quedar atrapado en la locura, pero es una ansiedad (en el sentido psicopatológico de un miedo sin objeto conocido) porque su objeto es más inconsciente de lo que parece y porque su intensidad y su carácter paralizante son indicadores externos (manifiestos, visibles) de que encubre un significado autobiográfico más inconsciente y más profundo del miedo a la muerte o quedar loco, como podría ser —siguiendo especulativamente con el hipotético ejemplo— el miedo a caer en el vacío o a quedar atrapado y encerrado, que corresponderían muy inconscientemente a perder el sostén del continente materno o al deseo claustrofóbico, profundamente regresivo e inconsciente, de refugiarse y protegerse en el seno materno. Sólo sabemos que el miedo tiene un contenido inconsciente cuando el propio sujeto que en el primer nivel de diálogo dice tener miedo nos dice también, en el segundo nivel, que no sabe a qué o nos da una explicación delirante más o menos detallada o sistematizada.
Por definición un miedo sin contenido mental, sin objeto, es una ansiedad y también por definición, desde la perspectiva psicoanalítica, se da por supuesto que a toda ansiedad le corresponde un contenido mental y un objeto inconscientes. Pero también cabría pensar que el no sé es una afirmación defensiva ante la ansiedad de saber algo que no se quiere saber y que se mantiene activamente inconsciente al estilo de lo que Freud llamaba «represión».
Por eso decíamos que el neurótico que no sabe, sabe. Como en el caso del no saber activo de la represión, el psicoanálizado habría llegado a no saber algo reprimiendo lo que ya había sabido y, por lo tanto, el no saber tendría un sentido defensivo.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

¿Fidelidad o miedo al cónyuge?

El sentimiento de culpabilidad parece desempeñar un papel capital en el cuadro manifiesto de la neurosis, en algunas personas se expresa en forma abierta e intensa, pero en otras se encuentra disfrazada y disuadida, aunque su presencia siempre se hace manifiesta en su conducta, en las actitudes, en la manera de pensar y reaccionar.
El neurótico acostumbra explicarse sus sufrimientos con la creencia que no merece ningún mejor destino en su vida. Este sentimiento puede ser muy incierto e indefinido, o fijarse a ideas y actividades socialmente vedadas, como la masturbación excesiva, los deseos incestuosos, la muerte o venganza contra familiares o amigos, pudiendo incluso sentir odio contra todo el mundo.
Los neuróticos suelen sentirse culpables ante el más leve motivo. Así, al saber que alguien se interesa en verlos, la primera reacción es esperar acusaciones por algo que habrían cometido; cuando los amigos o familiares no los visitan, ni les llaman por teléfono, se preguntan si por ventura no los habrán ofendido; cuando algo anda mal, inmediatamente piensan que fue por alguna falta cometida por ellos. Aun si los otros han incurrido en flagrante culpa y les han hecho víctimas de notorios malos tratos, persisten en su actitud de autoacusación. En cualquier conflicto de intereses o polémica se inclinan a aceptar ciegamente que los otros tienen toda la razón.
Sólo un variable e incierto límite separa estos latentes sentimientos de culpabilidad, prestos a manifestarse en el momento más oportuno, de los que se ha dado en llamar sentimientos inconscientes de culpabilidad, puestos en evidencia por los estados depresivos de la psique. Tales sentimientos adoptan la forma de autoacusaciones fantásticas, o, al menos, groseramente exageradas.
La existencia de sentimientos flotantes de culpa sobre los cuales es preciso ejercer un dominio constante provoca que el neurótico se justifique ante sí mismo y ante los demás, en especial si no se reconoce el enorme valor estratégico de semejantes esfuerzos. Los sentimientos difusos de culpabilidad también se aparentan a través del temor neurótico de ser desenmascarado o reprobado. La tendencia compulsiva a la perfección surge en gran medida de la necesidad de prevenir toda censura.
El neurótico suele sentirse mucho más cómodo, e inclusive perder ciertos síntomas, al ocurrirle algún suceso adverso, como podrían ser, reveses de fortuna, accidentes, alguna muerte cercana, etcétera, la observación de esas reacciones, así como la circunstancia de que el neurótico a veces parece disponer o promover los desgraciados y lamentables acontecimientos que le ocurren, aunque sólo sea inadvertidamente, nos induce a aceptar que el enfermo sufre tan poderosos sentimientos de culpabilidad, que despiertan en él la urgencia de castigo a fin de aliviarlos, por muy paradójico e inverosímil que esto sea.
Parecen existir, pues, abundantes testimonios, no sólo de la presencia de sentimientos de culpabilidad peculiarmente agudos en el neurótico, sino también del imperio que ejercen sobre su carácter. No obstante en esta aparente revelación, cabe preguntarse sí los sentimientos conscientes de culpabilidad en el neurótico son realmente genuinos y si las actitudes sintomáticas que sugieren la existencia de sentimientos inconscientes de culpabilidad no admitirán otra interpretación.
Los sentimientos de culpabilidad, al igual que los de inferioridad, en modo alguno suscitan desagrado en el neurótico, quien, muy lejos de afanarse por eliminarlos, insiste en que es culpable y se opone enérgicamente a todo intento por reindivicarle. Esta postura basta, por sí sola para indicar que, subyacente a su testarudez, en los sentimientos de culpabilidad debe haber, como en los de inferioridad, otra tendencia que cumple una función importante.
Resulta doloroso sentirse honestamente arrepentido o avergonzado de algo, y más penoso todavía es confesarse a alguien ese sentimiento. El neurótico, más que nadie, se resistirá a proceder así, debido a su temor a la reprobación; en cambio, no vacilará en expresar libremente los sentimientos que hemos denominado de culpabilidad. Además, las autoacusaciones, que tan a menudo se interpretan como signos de sentimientos inconscientes de culpabilidad en el neurótico, se caracterizan por elementos a todas luces irracionales. El neurótico tiende a apelar a la más extrema irracionalidad, desde las groseras exageraciones hasta la más flagrante fantasía, no sólo en sus autoacusaciones específicas, sino también en sus sentimientos difusos de no ser acreedor al amor, a la amabilidad, al elogio o éxito alguno. Pero la ambivalencia también forma parte importante del carácter neurótico, al expresar de manera inconsciente que las autoacusaciones no constituyen por fuerza expresiones de culpabilidad porque en el fondo dicho individuo tampoco está totalmente convencido de ser por completo inútil e indigno, ya que inclusive cuando da la impresión de hallarse dominado por sus sentimientos de culpabilidad, puede resentirse profundamente si los demás se muestran inclinados a tomar en serio sus autocensuras.
Esta observación nos lleva a un último factor, al examinar detenidamente las autoacusaciones en la melancolía; la contradicción entre los sentimientos de culpabilidad manifiestos y la falta de humildad que por lógica debiera acompañarlos porque al tiempo que proclama su indignidad a los cuatro vientos, el neurótico abriga y denota grandes exigencias de miramiento y admiración, mostrándose muy reacio a aceptar la más ligera crítica; más no siempre esta contradicción es tan perceptible, y en realidad existe con mucha mayor frecuencia de lo que parece a primera vista.
En ocasiones el neurótico puede confundir su actitud autoacusadora con una sana posición crítica respecto de sí mismo. Su sensibilidad a las críticas es susceptible de disfrazarlas bajo la creencia de ser capaz de tolerarlas muy bien, de una forma madura, siempre y cuando se las formulen de manera amistosa o constructiva; pero esta creencia es sólo una pantomima, ya que no soporta por ningún motivo la prueba de los hechos.
Inclusive los consejos más cordiales son recibidos en lo más profundo de su ser, con rabia y furor, pues cualquier consejo implica para el neurótico la crítica de no ser cabalmente perfecto.
El verdadero carácter de los sentimientos de culpabilidad, no son sino expresiones de la angustia o de la defensa contra ella. En parte, esto también rige para el sujeto “normal”.
Así, en nuestra cultura es de mayor mérito y nobleza temer a Dios que a los hombres, o, dicho en términos profanos, se valora más el abstenerse de hacer algo por razones de consciencia que por temor a ser descubierto. Muchos maridos que fingen ser fieles en su vida conyugal por motivos de consciencia, en verdad lo son, por un temor profundo a sus esposas.
En el neurótico la angustia que siente es tan intensa que se ve inclinado a disfrazarla con sentimientos de culpabilidad mucho más comúnmente que el sujeto normal. A diferencia de éste último, no sólo recela de sus consecuencias, sino que también prevé otras claramente desproporcionadas a la realidad. La índole de estas consecuencias anticipadas depende obviamente de la situación respectiva, pudiendo estar dominado por un desmesurado temor de castigos inminentes, venganzas, abandonos y otras veces sus temores pueden adoptar una forma totalmente vaga y difusa. Pero cualquiera que sea su naturaleza, todas sus aprensiones tienen un rasgo común, están vinculadas en un sentido determinado, que a grandes trazos podemos calificar como miedo a la reprobación o, si éste llega a trocarse en un convencimiento, como miedo a ser desenmascarado.
El exagerado temor a la reprobación es bastante común en las neurosis. Casi todo neurótico, aunque de primera impresión aparente encontrarse muy seguro de sí mismo, de tomar las cosas con una madurez incuestionable y de ser hasta indiferente a las opiniones ajenas, está dominado cabalmente por un desmedido temor y la
hipersensibilidad que posee lo hace presa fácil para sucumbir a las críticas, acusaciones, reproches o a que se le desenmascare ante los demás.

lunes, 28 de noviembre de 2016

El pensamiento obsesivo que importuna incesantemente la consciencia.

La diferencia entre la histeria y la neurosis obsesiva consiste en esto: "En la histeria la energía psíquica del complejo rechazado se convierte en síntoma orgánico, en la neurosis obsesiva, por el contrario, la consciencia, para liberarse del efecto deprimente de una representación, la priva del afecto que va ligado a ella y bloquea otra representación, anodina, en asociación de ideas superficiales con la original. Sigmund Freud llama "sustitución" a este mecanismo particular de desplazamiento de los afectos. El pensamiento obsesivo que importuna incesantemente la consciencia no es más que una nimiedad injustamente perseguida por el sujeto, mientras que el pensamiento efectivamente «culpable» goza de una perfecta tranquilidad en el inconsciente.

jueves, 24 de noviembre de 2016

La obsesión por la limpieza.

El sujeto con neurosis toma de forma puntualizada medidas de protección de la consciencia frente a sus ideas obsesivas.
Para estos sujetos existen acciones para disimular siempre una idea obsesiva que, a su vez, disimula un sentimiento de culpabilidad. Verbigracia la obsesión por la limpieza, por el aseo, es una forma indirecta de ocultar las lacras morales que han suscitado la idea obsesiva. Los deseos de contarlo todo, de leer cada rótulo, de caminar con un ritmo uniforme, etcétera contribuyen a desviar la atención de los pensamientos desagradables, en su mayoría de connotación sexual.