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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

La intimidad corporal.

¿Cómo llegó a ser socialmente aceptable que un hombre insista en sus derechos sexuales cada vez que lo desea, mientras que la mujer los debe reprimir? ¿Se deberá posiblemente al hecho de que ante la violación la mujer es un ser relativamente indefenso por sus condiciones físicas? Esto debió ejercer cierta influencia en el desarrollo de muchas culturas. Sin embargo, con frecuencia se ha demostrado que incluso la violación no resulta demasiado sencilla si no hay cierta “cooperación” por parte de la mujer.
El trastorno neurótico del vaginismo ilustra que en algunas circunstancias, esa renuencia inconsciente a tener relación sexuales puede bloquear en forma significativa la libido del hombre. Si bien la fuerza física superior de éste puede ser un factor importante en la frecuencia de condescendencia pasiva femenina, también deben existir otros factores.
Para encontrar algunas respuestas debemos examinar los aspectos socioculturales que son significativos en este sentido, y que cuentan con cierta “aprobación” tanto de hombres como de mujeres en el sentido de la creencia que la pulsión sexual femenina no es tan apremiante como la masculina; por consiguiente, para ellas no es necesario satisfacerlo de forma inmediata. Aunque poco a poco se ha ido abandonando esta idea con la creciente tendencia de la mujer de afrontar y asumir en plenitud su sexualidad, siendo capaz de expresarlo ante sí misma, ante sus congéneres, ante su pareja, ante la sociedad en general, aunque ya en la intimidad del lecho no siempre se ponga lamentablemente en práctica, también existen otras féminas que dicha libertad sexual les atemoriza. Además, y en forma casi simultánea, otro aspecto importante de la vida sexual de la mujer ha ido perdiendo importancia, esto es, la posibilidad de tener hijos. La maternidad ya no es algo deseado por muchas de ellas. Por cierto, un tema muy amplio para investigar sus causas desde el psicoanálisis.
Hasta hace unas cuantas décadas se suponía que las necesidades sexuales de la mujer eran casi inexistente, se esperaba que ellas fueran capaces de controlar sus deseos sexuales en todo momento, por lo que un embarazo fuera de matrimonio denotaba debilidad o concupiscencia de la mujer. La participación del hombre en dicho embarazo era mirado con más tolerancia, y éste no se hacía merecedor de ninguna o casi ninguna deshonra social.
El hecho de que la mujer pudiera ocultar mucho mejor su excitación sexual a comparación del hombre, contribuyó en parte a la propagación de la idea que estableció cierto patrón en el que la obediente fémina se ofrecía a su pareja sin participar activamente en el coito. Muchas mujeres “normales” aceptan esta situación, pero seguramente en el fondo les resulta muy difícil asumir. Cabe agregar que un considerable número de hombres les causa cierta “incomodidad” cualquier expresión de intensa pasión de su pareja. Incluso existen hombres que les puede causar repugnancia si su mujer responde voluptuosamente en el intercambio sexual. Esto puede llevar a la fémina a ocultar su deseo sexual, incluyendo el orgasmo, sintiéndose desgraciada y furiosa.
Ahora bien, no sólo encontramos en las mujeres frígidas —quienes al advertir su ineptitud como compañeras sexuales— tratan de compensarla de la mejor manera posible con una entrega sin participación; en muchos casos, descubrimos también esa actitud aun en las mujeres con una respuesta sexual adecuada; ellas han aceptado la idea de que las necesidades del hombre son más importantes que las suyas y que, por ende, los deseos y las necesidades de aquél son soberanas.
La creencia errónea de que la vida sexual de la mujer no es tan apasionada ni perentoria como la del hombre, puede dar lugar a dos lamentables situaciones: puede inhibir la natural expresión de deseo de la mujer por temor a parecer una prostituta, o bien puede llevarla a creer que debe estar dispuesta a avenirse en todas las ocasiones que lo desee el hombre, por lo que vale decir, que ella no tiene ningún derecho propio para manifestarse u oponerse respectivamente. Ambos extremos representan un obstáculo en ella para su expresión espontánea con lo que surge el resentimiento y el descontento. Esto aunado al poco interés del hombre por despertar la pasión de ella y de la escasa importancia que le brinda al arte de amar, lleva a la pareja a un inevitable fracaso.
Cuando se desvaloriza un aspecto importante de la vida de un sujeto, ello tiene un efecto negativo sobre su autoestima. Lo que una mujer tiene en realidad para ofrecer en materia de correspondencia sexual se convierte en algo despreciable, y esto desvaloriza su Yo y su apariencia corporal.
La segunda manera en que nuestra cultura ha subestimado el patrimonio sexual de la mujer es desvalorizando sus genitales. En la terminología clásica, esto está relacionado con la idea de la “envidia del pene” (Teoría propuesta por el psicoanálisis) lo que nos convierte en una sociedad falocentrista. Pero debemos señalar enfáticamente que la idea de la “envidia del pene” es un concepto masculino: “Es el hombre quien experimenta al pene como un órgano valioso y supone que las mujeres también deben compartir ese sentimiento”. Pero es una idea ingenua pensar que una mujer realmente pueda imaginar portar su propio pene y con eso gozar, como lo hace el hombre con el suyo; más bien se percata de las ventajas socioculturales que tiene, quien porta un pene*.
Lo que una mujer necesita es más bien sentir la importancia de sus propios órganos y la aceptación de su cuerpo en general, y que cada una de sus funciones constituye una necesidad básica para consolidar su autoestima.
La mujer de complexión robusta, morena y baja de estatura tal vez crea que sería más deseada por los hombres si fuera rubia, alta y delgada; en otras palabras, si fuera otra persona. La solución de su problema —desde el psicoanálisis— no reside en el hecho de volverse rubia sino en descubrir por qué no se acepta tal como es. El psicoanálisis revelará que alguna persona significativa durante sus primeros años de vida prefería a las rubias, o bien que el hecho de ser morena se ha asociado con alguna otra característica inaceptable.
En nuestra cultura, la relación sexual ha merecido la desaprobación por el puritanismo. El ideal puritano consiste en la negación del placer erótico corporal, y esto hace que los deseos sexuales se conviertan en algo vergonzoso. En nuestros días seguimos encontrando indicios de esta actitud en los sentimientos expresados por ambos sexos. También existe otra actitud que desvaloriza la sexualidad, en particular la sexualidad femenina. Estamos inmersos en una sociedad que pone gran énfasis en la pulcritud. Para muchos sujetos, los genitales entran en la categoría de órganos excretorios, asociándose así con la idea de algo sucio. En el caso del hombre, parte de esa consigna desaparece porque él se libra de la menstruación. La mujer, en cambio, es quien la presenta y, cuando su actitud se ha visto fuertemente influida por el concepto de algo sucio o desagradable, ello acrecienta su sensación de ser inaceptable, y esto aunado a la opinión de su partenaire de que efectivamente sus flujos menstruales tienen un olor nauseabundo, fortalecen el convencimiento de la fémina de que los desechos de sus genitales son verdaderamente repugnantes.
El desenfrenado placer que el niño experimenta frente a su cuerpo y a los flujos que emanan de él comienza a reprimirse a edad muy temprana, Esto constituye una parte fundamental de la educación básica. A la mayoría de las personas les resulta muy difícil aceptar el efecto pernicioso que esto constituye sobre la vida psíquica y emocional del sujeto; si esa actitud fuera más permisiva entonces algunos trastornos que presentan ciertos sujetos sencillamente no existirían. Lo que ocurre es que ese tipo de educación, implementado por el mercado de consumo capitalista ha creado una especie de actitud repulsiva hacia los flujos corporales.
La moralidad de esfínter, como la llamó Sandor Ferenczi, se extiende más allá del control de la orina y de las heces; en cierto modo, incluye también a los flujos vaginales, semen, sudor, mucosidad, etcétera. Es evidente que estos flujos tienen una enormemente influencia en las actitudes que toman hombres y mujeres al respecto, que pueden llegar a ser completamente repugnantes. Ese intento de algunos sujetos de controlar la expulsión del excremento, orina, etcétera, aunque de manera incipiente, dado que es una cuestión biológica que está más allá de la capacidad psíquica del sujeto para retener, nos muestra claramente como se ha creado un sentimiento de inaceptabilidad y suciedad al respecto.

*Desde el psicoanálisis existen algunas mujeres que efectivamente desean poseer un pene propio, pero únicamente el análisis puede confirmar esto, lo que obviamente las ubica dentro de la psicopatología.


La mujer que se siente utilizada sexualmente.

“Cuando la edad enfria la sangre y los placeres son cosa del pasado, el recuerdo más querido sigue siendo el último; y nuestra evocación más dulce, la del primer beso”. Lord George Gordon Noel Byron.

Erich Seligmann Fromm señaló que las diferencias biológicas en la experiencia sexual pueden contribuir a un énfasis mayor en algunas tendencias caracterológicas de hombres y mujeres. En el caso del hombre, es preciso que sea capaz de una «erección sostenida» para ejecutar el acto sexual, mientras que no existe ningún requisito previo en el caso de la mujer. Esto puede tener —según Fromm— un efecto definido sobre las tendencias caracterológicas generales, lo que en consecuencia le otorga al hombre una mayor necesidad de demostrar, de ser creativo, de tener poder; mientras que la necesidad de la mujer se orienta más en la dirección de ser aceptada, de ser deseable.
Ahora bien, la satisfacción de la fémina depende de la virilidad del hombre, y el temor de ella se deposita principalmente en ser abandonada; en el hombre su miedo radica en el fracaso para satisfacer a su partenaire. Fromm señala que la mujer puede ser accesible sexualmente en cualquier momento y de esta forma brindar satisfacción al hombre, pero las posibilidades que éste tiene de satisfacerla escapan a su control, ya que no siempre le es posible tener una erección, por más que lo desee.
Debemos agregar a esto la importancia que tiene para cada integrante de la pareja, el obtener su propia satisfacción. Al menos el hombre obtiene alguna satisfacción fisiológica en su desempeño sexual. No cabe duda de que algunas experiencias pueden ser más placenteras que otras, e incluso puede experimentar una eyaculación hasta con un mínimo de placer. El hombre no puede obligar a su pene a una erección para el intercambio sexual; en cambio, la mujer puede tener relaciones sexuales cuando no experimenta ningún impulso erótico o, a lo sumo, siente sólo una débil excitación, aunque esto con frecuencia la embarcada en una experiencia insatisfactoria. Lo único que puede obtener en estas circunstancias es una satisfacción sustitutiva del placer que expresa su partenaire con ella.
Durante el psicoanálisis las mujeres confiesan regularmente resentimientos contra su pareja por haberse sentido —en algunas ocasiones— utilizadas sexualmente, o enojadas consigo mismas por haber “consentido” tener relaciones sexuales con su partenaire con el único fin de procurarle placer a él. En muchos casos esto se reprime con una actitud de resignación.
Cuando las mujeres manifiestan sus experiencias sexuales, es frecuente recibir esta respuesta: “Está bien. Él no me molesta demasiado si accedo a sus deseos”. Esta actitud puede subsistir aunque exista un lazo amoroso; vale decir, incluso cuando la fémina no ha sido intimidada con amenazas o violencia pero aun así se siente resentida. Pudiendo sentir sencillamente que sus intereses no merecen ser tomados en cuenta.
Es obvio que, para la mujer, el acto sexual resulta satisfactorio sólo cuando ella participa libre y activamente, con su propia iniciativa y forma. Si fuera capaz de hacer una libre elección, ella no daría su consentimiento a menos que realmente deseara participar en el coito. Siendo así, quizás resulte provechoso examinar la situación en la que la mujer se somete con poco interés o ninguno en absoluto. Desde luego, hay ocasiones en que ella auténticamente desea hacerlo por el amor que la une a su partenaire; esto no le crea problemas. Más a menudo la causa es una sensación de inseguridad en la relación; esta inseguridad puede obedecer a factores externos, por ejemplo si su pareja insista en tener cierto tipo de actividad para la gratificación sexual, o bien si ella reprime algún deseo erótico por temor a que su partenaire “piense mal” de ella por proponerlo o ponerlo en práctica. La inseguridad también puede deberse a los propios sentimientos de inadecuación de la mujer, los cuales pueden haberse originado sencillamente en el hecho de que la fémina se solidarice con los roles culturales de que sus propias necesidades no son tan perentorias como las del hombre; asimismo es posible que tenga dificultades neuróticas personales.


La sexualidad femenina en la actualidad.

“Tengo necesidad del sexo para sentirme viva, pero nunca he sentido realmente a un hombre”. Betty Friedan (refiriéndose a la expresión de otra mujer).

La práctica sexual de muchas mujeres contemporáneas pueden encontrarse en peores condiciones que sus predecesoras de la época Victoriana, aquellas mujeres no podían sentirse “respetables” si admitían, aunque sólo fuera para sí mismas, la existencia de deseos, fantasías o necesidades de índole sexual. En la actualidad, se ha convertido en un hecho deshonroso o al menos humillante, el que una mujer reconozca, frente a sí misma, u otro, que sus experiencias sexuales no han sido jamás un estallido fulminante de pasión.
Muchas mujeres durante el psicoanálisis manifiestan una ansiedad con respecto a su capacidad para tener un orgasmo, juzgando a este aspecto de su experiencia sexual como si fuera una suerte de piedra de toque del éxito, y que parece estar definido en términos bastante masculinos.
En un mundo en el que la actividad masculina (falocrática) fija las normas de lo que es valioso; la experiencia de la mujer, tanto en lo referente al sexo como en otros aspectos de la vida, toma el carácter de una lucha extrañamente ambigua contra la dominación masculina. Esa dominación es algo que se da por sentado; incluso se la acepta, en el sentido de que es el hombre el que establece las normas. Pues, al mismo tiempo que se aparta de esa norma se inferior. De allí que muchas mujeres sientan que posicionarse como “pasivas” sea sinónimo de inferioridad.
Algunas mujeres llegan a someterse, no se rebelan, no se vuelven agresivas ni se convierten en una amenaza para la vida del hombre, pero su incapacidad, ya sea para disfrutar del rol que les fue asignado, o para reaccionar contra él, la arrastra a la desesperación y a una suerte de desintegración del Yo.
La novelista inglesa Doris Lessing relata un vivo retrato de este tipo de mujer en su novela: “A Man and Two Women”, particularmente en el cuento “To Room Nineteen”, en el que describe a una fémina joven, feliz en su matrimonio, con un marido atractivo, hijos, amigos y dinero. Y, sin embargo, toda la existencia de esta mujer es una farsa. Lo único real para ella son los momentos que pasa sola en un hotel de paso. Por último, hasta esta experiencia pierde su significado. La vida se ha vuelto insoportable para ella, y abre la llave del gas; se sentía —dice la protagonista— “bastante satisfecha allí tirada, escuchando el débil y susurrante silbido del gas que se propagaba velozmente en la habitación, en mis pulmones, en mi cerebro, conforme me iba hundiendo cada vez más en las tinieblas”.
Incluso podemos observar mujeres en cierta posición que no echan mano de la agresividad para expresar su resentimiento hacia su partenaire en particular y hacia todos los hombres en general, pero padecen en mayor o menor medida dicho resentimiento y reaccionan frente a él, volcándose hacia el contacto sexual como una forma de obtener consuelo, encontrándolo inmediatamente casi siempre insatisfactorio. El acto sexual se ha visto despojado de esa sensación de íntima comunicación personal, sin llegar a convertirse en una experiencia enteramente complaciente, si bien limitada.
Así muchas mujeres de nuestra época se encuentran en un estado de rebelión contra la pasividad que nuestra cultura les imponen. Debemos recordar que esta rebelión tiene una antigüedad de varias generaciones, pero ha alcanzada una suerte de clímax en nuestra época. Como reacción frente a la dominación masculina, aun cuando el tipo de feminismo anterior a la Primera Guerra Mundial rara vez se manifestaba, las mujeres se han vuelto más agresivas, en particular en el aspecto sexual; puesto que en la vida íntima, del mismo modo que en la vida económica, se ha producido una «revolución de crecientes expectativas».
Hace cincuenta años, regularmente las mujeres no sólo esperaban ser pedidas en matrimonio (o al menos intentaban que nadie se diera cuenta de que andaban “urgidas de marido”) sino que, de casadas, consideraban que su rol consistía en estar al servicio del placer de su marido, y raramente experimentaban placer ellas mismas.
Las féminas de hoy ya no les basta dar satisfacción a su partenaire; también ellas quieren recibir su parte. Tal vez ellas siempre hayan anhelado esa satisfacción, después de todo, aunque lamentablemente el folklore de muchos pueblos sigue posicionando a la mujer como «insaciable».
Las mujeres no sólo desean y esperan obtener satisfacción sexual antes y durante el matrimonio, sino que se culpan a sí mismas y a sus partenaires si no llegan a alcanzar ese placer anhelado, y en las formas establecidas de antemano. Formulada en estos términos, el imperativo de tener una experiencia sexual satisfactoria crea problemas, tanto en el hombre como en la mujer.
Algunos hombres casados o solteros pueden buscar mujeres conocedoras del “arte amatorio”, para ellos esto resulta estimulante pero al final, casi todos piensan que una mujer sexualmente activa constituye una amenaza por lo que terminan huyendo.
Como respuesta —o quizás como retaliación— los hombres se vuelven pasivos con su partenaire y ellas se vinculan a ellos aunque que no les proporcione el tipo de experiencia sexual que creen les corresponde como herencia propia. Y sin embargo, al mismo tiempo la mujer tiende a culparse por no ser lo “suficientemente mujer” como para sacar, a su pareja de la pasividad.


Ensayo: El trastorno de identidad de género.

“No hay nada mas precioso en la vida y para la vida que un buen recuerdo de la infancia”. Fiódor Dostoievski.

Empecemos por definir el término “sexo” y “género” para distinguir las diferencias que presentan los sujetos de sus características “biológicas” y “socioculturales”. Hasta la década de 1960, la palabra “género” era utilizada únicamente en gramática para referirse a masculino y femenino, por ejemplo «el» o «la»; sin embargo, para explicar por qué algunos sujetos «sienten» que están “atrapados en el cuerpo equivocado”, John Money y Robert Jesse Stoller cuando estudiaron casos de transtorno de identidad de género, fueron los primeros en emplear la terminología de género en este sentido.
Stoller (1968) comenzó a utilizar el término “sexo” para determinar los rasgos exclusivamente biológicos y “género” para destacar las características femeninas y masculinas que presenta un sujeto. Aunque sexo y género se complementan, separar estos términos fue con la finalidad de brindar un sentido teórico a sus ideas, permitiendo explicar el fenómeno del trastorno de identidad de género, ya que lo que respecta al sexo y género en estos sujetos, sencillamente no coincide.
Los términos “sexo” y “género” están estrechamente relacionada pero no son sinónimos, Stoller señaló la distinción entre ellos por lo que sugirió que la palabra “sexo” se usará para referirse a las diferencias físicas y biológicas entre hombres y mujeres; mientras que el término “género” se utilizará en relación con el comportamiento y las conductas que despliegan hombres y mujeres dentro de su cultura. Esta distinción es la base para todas las definiciones de “sexo” y “género” que se encuentran actualmente.
El término “sexo” se refiere por lo tanto a las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, por ejemplo, los órganos relacionados con la reproducción, o la disposición cromosómica. Mientras que el término “género” se refiere a las diferencias culturales, socialmente construida entre hombres y mujeres, es decir a la forma que una sociedad alienta y enseña al sujeto a comportarse con diferentes conductas a través de la socialización. El género se refiere a las divergencias en las actitudes y comportamientos, y estas diferencias son percibidas como un producto del proceso de socialización y no en su aspecto biológico. También incluye las diferentes expectativas que la sociedad y los mismos sujetos establecen en cuanto a los comportamientos, cuando se denotan como masculinos o femeninos. Viendo el género como un fenómeno construido socialmente implica que, al contrario del sexo, no es lo mismo para todas las culturas, este puede variar dependiendo la cultura, así como puede cambiar con el paso del tiempo.
“En busca de la masculinidad”.
La identidad de género se establece entre los dieciocho meses a los cuatro años de edad aproximadamente, según el planteamiento de Stoller.
Desde el nacimiento el infante está estrechamente vinculado a la madre: simbiosis madre-infante (el psicoanálisis señala como “primer objeto” a la madre). En el caso de las niñas (hembras) la identificación en cuanto al género femenino, continúa desarrollándose a través de la relación con su madre (hasta los cuatro años de edad aproximadamente). Pero en el caso del niño (macho) tiene una tarea de desarrollo adicional: desidentificarse de su madre para identificarse ahora con su padre (entre los dieciocho meses a los cuatro años de edad aproximadamente).
Generalmente a partir de los dieciocho meses de edad, el niño o la niña inicia la comunicación con un incipiente lenguaje, que paulatinamente va estructurando percatándose que el mundo que lo rodea está dividido en opuestos: madre-padre, niño-niña, hombre-mujer, él-ella, etcétera, en este punto, el infante no sólo comenzará a observar la diferencia, sino también se orientará cómo encaja: si es masculino o femenino —según el caso— en este mundo dividido por el género.
La niña tiene la tarea más fácil de identificarse como femenina, ya que esta vinculada al primer objeto, ella no necesita desidentificarse de ésta para identificarse posteriormente con el padre. En el niño sucede algo diferente, se debe separar de la madre y desarrollarse de forma opuesta al género femenino al que pertenece su madre (aquí se habla de una «protofeminidad» que tienen todos los sujetos al nacer debido a la simbiosis madre-infante) para lograr su heterosexualidad. Esto puede explicar el por qué existen más hombres (machos) con trastorno de género u homosexuales que mujeres (hembras) con las mismas características. Algunos estudios reportan sobre la homosexualidad una proporción de dos a uno, otros de cinco a uno, y otros incluso de once a uno respectivamente. Obviamente no existe certeza al respecto, excepto lo que es evidente en la observación cotidiana. “La primera orden del día que recibe un niño es —según Robert Jesse Stoller— no ser mujer”. Esto se puede apreciar en los comportamientos que manifiestan los niños (machos) cuando afirman a sus pares: ¡Pareces niña! o ¡Eres un marica!, haciendo alusión a la conducta desplegada como afeminada; mientras que por otro lado, esto no lo expresan las niñas (hembras) a sus pares, no se escucha decir: ¡Pareces niño! o ¡Eres un masculino!
Ahora bien, si es cierto que influye de manera importante el rol de la figura paterna en el desarrollo del hijo (macho) —no necesariamente debe ser el padre biológico— el cual debe reflejar y afirmar la masculinidad de su vástago, por ejemplo jugar bruscamente con su hijo, aprender a jugar fútbol, bañarse juntos… conductas que son sustancialmente diferentes si se realizaran con su hija, a este proceso se le denomina “incorporación de masculinidad en sentido de sí-mismo” o “introyección masculina”, aunque cabe señalar que esto no es definitivo.
Podemos observar que algunas madres tienen una tendencia a prolongar la dependencia física y psíquica con su hijo. Si es cierto que la intimidad de una madre con su hijo es exclusiva y primordial porque este poderoso vínculo establece un sano desarrollo para el infante: “simbiosis dichosa” en palabras de Stoller. Cabe subrayar que también existen casos que está relación madre-hijo puede profundizarse lo que se convierte en una malsana dependencia mutua, sobre todo si la madre no tiene una relación íntima y satisfactoria con su cónyuge preponderadamente en su carácter sexual, o si presenta una soltería empedernida, no es de extrañar que dichas madres presenten una personalidad histérica. En tales casos puede poner demasiada libido sobre el cuerpo del infante, esto significa erotizarlo, por lo que utilizan al hijo para satisfacer sus necesidades de amor y compañerismo, que resulta una forma patológica de vincularse con su vástago.
La función paterna, fuerte, directa y benevolente interrumpe en esa “gozosa simbiosis” madre-hijo, donde el padre concentiza que no es saludable. Si un padre quiere que su hijo sea heterosexual debe romper el vínculo madre-hijo, pero ¿Qué otras actividades debe realizar el padre para escindir esa gozosa simbiosis? Será únicamente la madre quien podrá dar esa pauta, en el momento que, atendiendo a su hijo, se voltea para regocijarse en los brazos de su amado esposo, con lo que pone una barrera simbólica entre el hijo y ella que se traduce en: ¡Yo jamás podré ser tuya porque le pertenezco a tu padre! “Ante esta postura de rechazo de la madre hacia su hijo, pone un límite entre ella y su vástago pero al mismo tiempo le brinda la oportunidad de introyectar la masculinidad paterna. Por medio de una escena fantasmática del niño (macho), que significaría que para poder poseer a su madre, la única manera posible será parecerse a su padre y con eso cumplir su deseo de poseer a su progenitora, ya que para el infante: Papá es el que puede acariciar y abrazar a mamá, la besa en la boca y ¡hasta duermen desnudos en la cama! Algo que a la criatura se le prohíbe hacer con su madre. De esta manera, el padre debe ser un modelo, demostrando que desde su postura puede mantener una relación demasiado íntima con su esposa (madre del infante).
El padre tiene la función de servir como un amortiguador entre el vínculo madre-hijo. Y en otras ocasiones será la madre quien podrá funcionar como amortiguador del vínculo padre-hijo manteniendo a su marido lejos del niño. En estos casos es cuando la madre exclamará a su cónyuge: ¡No juegues tan brusco con él (refiriéndose a su hijo) lo vas a lastimar! En otros casos la madre puede ser directa con su hijo al decirle: ¡Hoy papá estará ocupado haciendo cosas conmigo! Con el fin de satisfacer sus propias necesidades íntimas con su marido.
En los casos patológicos la madre puede ver en su hijo a ese “hombrecito” de la casa con el que puede mantener una relación emocional demasiado íntima sin los conflictos que ella tiene que enfrentar en la relación con su marido. Además de poner mucha atención continuamente para “rescatar” a su hijo de los regaños o abusos reales o imaginarios a cargo del padre por lo que estaría fomentando la “simbiosis gozosa”. Esto se manifiesta en que siempre está dispuesta a abrazar y consolar a su hijo en cualquier desavenencia que padezca, por mínima que sea; o cuando el padre impone una disciplina, o es indiferente con su vástago, en tales casos la madre se presenta muy complaciente con su hijo.
La excesiva simpatía de la madre por su hijo puede desalentar al niño (macho) para llevar a cabo la separación materna, que será vital para su sano desarrollo psicosexual. Además, la exagerada simpatía de ella, fomenta la autocompasión, una característica que se observa a menudo en los hombres homosexuales, dicha simpatía puede también animar al niño (macho) a permanecer aislado de sus pares cuando él es herido por la burla o exclusión de su círculo social.
Por otro lado debemos indicar que no todos los niños con trastorno de identidad de género son notablemente apuestos, pero Richard Green vio una conexión y concluyó que los aspectos anatómicos bellos del niño, suele existir un señalamiento enfático por uno o ambos padres sobre tales atributos, siendo que se lo expresen directamente al hijo, o que lo manifiesten en presencia de otros cuando el vástago está presente, con lo que fomentan su afeminamiento (R. Green, “Síndrome Sissy Boy”, págs. 64-68).
En la historia del hombre el pene es el símbolo esencial de la masculinidad —la inconfundible diferencia entre macho y hembra— está divergencia anatómica hay que señalarla al niño con trastorno de identidad de género durante el psicoanálisis —según lo expresado por Green— además agrega que estos infantes consideran regularmente a su propio pene como una especie de objeto extraterrestre, algo misterioso, y en caso de aceptar su pene como un órgano propio, al llegar a la adultez sentirán una fascinación continua por el pene de otros.
El niño (macho) que toma una postura inconsciente de separarse de su propio cuerpo masculino estará orientado hacia un camino homosexual, regularmente presentará conductas afeminadas; es decir, será algo diferente con sus pares (machos) y en su infancia estará propenso a desenvolverse con niñas (hembras). Hay que mencionar que entre los cinco a once años de edad aproximadamente, los niños (machos) regularmente rompen la relación con las niñas (hembras), con la finalidad de “consolidar” su identidad de género masculina. Es frecuente observar que los niños (machos) con trastorno de identidad de género, la relación con el padre (macho) es casi nula o distante. Y por último, la opinión de Lynne Segal, sobre el acondicionamiento social para brindar y alentar las características peculiares de cada género, podría ser aún más intratables que el determinismo biológico del sexo.

Referencias.
Sigmund Freud: Tres ensayos sobre teoría sexual.
Margaret Schoenberger Mahler, y Manuel Furer: Simbiosis humana y las vicisitudes de la individuación.
Margaret Schoenberger Mahler: Separación-individuación
Psicosis infantil. Revista de la Asociación psicoanalítica americana. 15: 740-753.
Margaret Schoenberger Mahler, Fred Pine, y An Bergman: El nacimiento psicológico del infante humano.
Joyce McDougall: Teatros de la mente.
Robert Jesse Stoller: Sexo y género.
Jaime P. Stubrin: Sexualidades y homosexualidades.
Richard Green, “Síndrome Sissy Boy”.


La maduración de la relación de pareja.

“Cuando odias a una persona, odias algo de ella que forma parte de ti mismo. Lo que no forma parte de nosotros no nos molesta”. Hermann Hesse.

Obviamente, la calidad y el desarrollo de una relación amorosa dependen del psiquismo de la pareja y, por implicación, el proceso de selección que los une. Los mismos rasgos que implican maduración de la capacidad para las relaciones amorosas son los que gravitan en el proceso de selección. La capacidad para disfrutar libremente del placer sexual constituye —si por lo menos tiene acceso a ella uno de los dos partenaires— una temprana situación de prueba, en la medida en que ambos estén en condiciones de lograr una libertad conjunta, riqueza y variedad en sus encuentros sexuales. Encarar frontalmente la inhibición, limitación o el rechazo sexuales del partenaire es signo de una identificación genital estable, en contraste con el rechazo colérico, la desvalorización o la sumisión masoquista a esa inhibición sexual. Por supuesto que la respuesta a este desafío por parte del partenaire sexualmente inhibido se convertirá en un elemento importante de la dinámica en desarrollo de la pareja. Detrás de las incompatibilidades sexuales tempranas de la pareja suele haber problemas edípicos significativos no resueltos, y la medida en que la relación puede contribuir a solucionarlos depende sobre todo de la actitud del partenaire más sano.
«Evitar a una pareja que obviamente impone limitaciones severas a la expectativa de gratificación sexual es un aspecto del proceso normal de selección».
El desarrollo de la capacidad para las relaciones objetales totales o integradas implica el logro de una identidad del Yo y, por la misma razón, de relaciones objetales profundas, que facilitan la selección intuitiva de un sujeto que corresponda a los propios anhelos y aspiraciones. Siempre habrá determinantes inconscientes en el proceso de selección pero, en circunstancias comunes, la discrepancia entre los deseos y temores inconscientes y las expectativas conscientes no será tan extrema como para convertir en un peligro importante la disolución de los procesos tempranos de idealización en la relación de pareja.
La selección de la pareja que uno ama y con la cual se quiere pasar juntos el resto de la vida involucra ideales maduros, juicios de valor y metas que, aparte de satisfacer las necesidades de amor e intimidad, le procuran un sentido más amplio a la vida propia. Se podría cuestionar que el término “idealización” se aplique en este caso, pero en la medida en que se selecciona a un partenaire que corresponda a un ideal por el que se lucha, en esa elección hay un elemento de trascendencia, un compromiso con la pareja que se produce con la influencia del Ideal del Yo.




La detumescencia precoz.

“El valor reside en el término medio entre la cobardía y la temeridad”. Anónimo.

Jacques-Marie Émile Lacan dice que el término «eyaculación precoz» debería llamarse «detumescencia precoz». La detumescencia precoz, es un mal menor en tanto es preferible sustraer el Falo antes que advenga la castración, que es percibida en el acto sexual como amenaza.
Es muy común observar la creencia que tiene el sujeto al pensar que puede manejar su pene a voluntad, es una idea narcisista anudada fundamentalmente al registro “Imaginario”. Mientras que otros sujetos encuentran que, en determinado momento, el pene no les responde a su voluntad, por lo que se observa claramente cómo responde a las leyes del inconsciente en el registro “Simbólico”, es decir que responde al sujeto, pudiendo en algunos casos hacer de eso un síntoma.
La idea que planteaba Sigmund Freud en cuanto a la impotencia sexual, era que el sujeto percibía en su partenaire la imagen de su madre, tal acontecimiento traía por consecuencia la angustia de castración (disfunción eréctil, o una erección momentánea nada más).
Cuando el sujeto encuentra que su detumescencia precoz responde a alguna razón oculta en su vida sexual —aunque eso no arregle la disfunción, al menos disminuye considerablemente su angustia— y se entiende porque eso responde a alguna ley, finalmente eso está anudado a la palabra. Cuando no responde a ninguna razón, es decir, cuando el sujeto manifiesta que en algún momento de su vida cotidiana, sin estar fantaseando con escenas eróticas o estar ante la presencia de una mujer, tiene una erección, eso no responde a ninguna ley. En algunos casos de psicosis se ve muy claramente este fenómeno.


La elección de pareja en los sujetos narcisistas.

“Poseo tres perros feroces, ingratitud, soberbia y envidia. Cuando estos tres perros muerden, la herida es muy profunda”. Martín Lutero.

En ambos géneros, las personalidades narcisistas suelen tener la fantasía inconsciente de ser hombre y mujer al mismo tiempo, renegando de este modo la necesidad de envidiar al otro género (Herbert Alexander Rosenfeld, y Béla Grunberger). Esta fantasía alienta la búsqueda de partenaires sexuales en diversas rutas, algunos de estos narcisistas, en el caso de varones buscan mujeres que inconscientemente representan una imágen-espejo de ellos mismos, es decir “gemelos heterosexuales”, con lo cual se completan inconscientemente con los genitales y las correspondientes implicaciones psicológicas del otro género, sin tener que aceptar la realidad de otra persona diferente y autónoma, es decir aceptar la alteridad. No obstante, en algunos casos, la envidia inconsciente a los genitales del otro género es tal, que la desvalorización de las características sexuales envidiadas genera una relación de gemelos asexual. Esto puede ser destructivo, porque lleva consigo una inhibición severa.
En ocasiones el deseo inconsciente de adquirir las características de ambos géneros conduce a una relación con un hombre o una mujer que son inconscientemente desvalorizados, salvo por su complementariedad sexual con el sujeto.
Otros sujetos con personalidad narcisista y físicamente atractivos, dependen mucho de la admiración de los otros, escogen un partenaire feo para sobreestimar su propia belleza. En otra perspectiva pueden elegir un “gemelo”, de modo que la aparición pública de la pareja hermosa se convierte en una fuente relativamente fiable de gratificación de las necesidades narcisistas.
La elección de una mujer a la que los otros hombres acechan incansablemente por su atractivo físico puede gratificar tanto los impulsos narcisistas como los homosexuales del sujeto.
El odio inconsciente a las mujeres (y el miedo a ellas, debido a la proyección de ese odio) constituye una fuente importante de la homosexualidad de raíz narcisista en los hombres. La elección de otro hombre como gemelo homosexual, una idealización defensiva del pene del otro como réplica del propio pene, y como reaseguramiento inconsciente de que ellos dejan de depender de la genitalidad de las mujeres, puede proteger con eficacia de la envidia hacia el otro género e incluso permite relaciones idealizadas, aunque desexualizadas, también con las mujeres.
Una fuente principal de conflictos de los sujetos con personalidad narcisista que están en una relación heterosexual u homosexual —conflictos que pueden aparecer poco a poco pero que a continuación dominan las interacciones y finalmente destruyen la relación— es la protección de la fantasía de los gemelos. El partenaire tiene que satisfacer el ideal del sujeto pero no ser mejor que él, porque ello desencadenaría la envidia; tampoco puede ser inferior, porque entonces provocaría la desvalorización y la destrucción de la relación. En consecuencia, ese partenaire, mediante el mecanismo de defensa del control omnipotente, es “obligado” a ser exactamente como el sujeto necesita que él o ella sea, lo cual restringe su libertad y autonomía, además de que implica que el sujeto es incapaz de apreciar lo que hay de único o diferente en el partenaire. No sorprende que los narcisistas que restringen la libertad de su partenaire sean los que más miedo tienen a ser restringidos o encerrados por el otro por la identificación proyectiva en acción.


El enamoramiento psicopatológico.

“Las mujeres no advierten lo que hacemos por ellas, no notan sino lo que dejamos de hacer”. Georges Courteline.

Sigmund Freud dijo que durante el acto de enamorarse el Yo se vacía de las catexias libidinales, las cuales son investidas en el objeto amoroso, que reemplaza al Ideal del Yo. En relación a esto, la postura que toma Janine Chasseguet-Smirgel, resulta contraria a la de Freud, señalando que existe un enriquecimiento de la investidura libidinal del sí-mismo del sujeto que ama sobre todo en circunstancias normales, y en el caso que el objeto no corresponda al amor del sujeto, es abandonado en un proceso de duelo; pero si el amor es correspondido, se realza la autoestima de los amantes.
La diferencia entre el enamoramiento normal y el masoquista reside precisamente en que las personalidades masoquistas pueden sentirse irresistiblemente atraídas por objetos no responsivos. De hecho, lo que caracteriza a los enamoramientos masoquistas es la elección inconsciente de objeto que claramente son incapaces de responder al amor o no están dispuestos a ello. Es importante diferenciar esas relaciones amorosas imposibles de la perversión sexual masoquista, en la cual un objeto de amor proporciona gratificación sexual junto con dolor físico, degradación y humillación. Aunque ambas pautas pueden coincidir, ello ocurre muy pocas veces.
La descripción del masoquismo sexual en Venus in Furs, de Sacher-Masoch (apellido del cual deriva la palabra “masoquismo”) corresponde a la relación del autor con su primera esposa (y después también con la segunda) e ilustra las prácticas perversas típicas en el contexto de una relación estable con un objeto amoroso.
El hecho de sacrificarse uno mismo y sacrificar todos nuestros intereses por el objeto que no corresponde afectivamente, sugiere la presencia de un trastorno depresivo-masoquista de la personalidad, pero el autosacrificio dramático y la facilidad con que el sujeto parece hacer tabla rasa con unas pautas de toda una vida en la persecución de un objeto amoroso idealizado, inaccesible puede darle al psicoanálista la impresión de estar ante cualidades narcisistas: la desatención de todos los demás, salvo el objeto de amor, hacen ver un “compromiso total” del sujeto, pero en el cual queda afligido. De hecho, el sujeto que presenta ese enamoramiento psicopatológico pone de manifiesto una sensación de gratificación y satisfacción narcisista en su esclavizamiento a un objeto inaccesible. Se enorgullece inequívocamente de su imagen de “sufriente más grande de la tierra en aras del amor”, imagen dinámicamente relacionada con la gratificación narcisista de ser “el más grande pecador” o “la víctima más desgraciada”. En este tipo de enamoramiento psicopatológico, el amor al objeto inaccesible representa la sumisión a los aspectos del Ideal del Yo del Superyó, proyectados sobre el objeto, y del amor penoso e insatisfactorio llena indudablemente al sujeto de orgullo e intensidad emocional. El compromiso masoquista con objetos amorosos inaccesibles también puede estar presente en sujetos con personalidad histérica, como por ejemplo, la mujer que sólo se enamora de hombres que la tratan mal o que son en gran medida, indiferentes hacia ella. En casos más graves, el sujeto debe elegir no un objeto amoroso inaccesible sino además claramente sádico.


martes, 14 de noviembre de 2017

La disfunción eréctil ¿Temor a ya no desear o temor de Gozar?

“Sólo hay una fuerza motriz: el deseo”. Aristóteles.

Los sujetos que acuden a psicoanálisis por cuestiones de disfunción eréctil, son regularmente mayores a cuarenta años de edad. Durante las sesiones una de las principales características que denotan es una especie de temor ante el deseo sexual, además presentan una ansiedad ante la satisfacción del deseo sexual tanto de su pareja como la propia. En cuanto a el placer que deben brindar a su mujer, es entendido —por ellos— como un placer sin límite; estamos por lo tanto ante la presencia del “Goce”, desde el punto de vista psicoanalítico.
Otorgar una respuesta precisa a estos hombres no resulta nada fácil. Pero podemos empezar por la palabra griega «aphanisis», que quiere decir «desaparición», que se aplicaba al sujeto desaparecido del conjunto de los “significantes” y que el uso de ese vocablo tiene dos connotaciones diferentes, una en la teoría de Ernest Jones y la otra en la de Jacques-Marie Émile Lacan.
Ahora bien, Jones considera la castración no como el miedo de perder el pene, sino como el temor de ya no desear, que se desvanezca el deseo y por lo tanto sentir como se agota (aphanisis del deseo). Lacan, por su parte, invierte la fórmula y afirma: “No, la castración no es el temor a ya no desear, el miedo a ser impotente, incapaz de desear. Al contrario, es el temor a desear”. Primera inversión radical que lo modifica todo: “miedo a desear”. Segunda inversión Lacaniana: lo que Jones llama “aphanisis del deseo”, lo otro es “aphanisis del sujeto”. En otras palabras, en lugar de afirmar la aphanisis del deseo o la eventualidad de su agotamiento, Lacan propone considerar que el que se borra, el que se pierde es el sujeto. Aphanisis, pues, no del deseo, sino del sujeto. Como se puede observar, ninguno de los dos autores, ni Jones ni Lacan, adopta la posición clásica del psicoanálisis según la cual la amenaza de castración concierne al pene.
Entonces volviendo con Jones cuando dice: “No, no es el pene lo que está en peligro, sino el deseo. Y el miedo es el temor a no desear más, a ver cómo el deseo «se aphaniza»”. Lacan, en cambio, dice: “Ciertamente, no es el pene lo que está expuesto sino el riesgo de Gozar, es decir, de ver que el deseo llegue a satisfacerse plenamente”.
Esta diferencia de las perspectivas entre Lacan y Jones nos resulta interesante, pues al comparar ambos puntos de vista se descubre la especificidad de la ética Lacaniana. Pero ¿cuál es esa especificidad? La concepción Lacaniana es la siguiente:
— El deseo, en cuanto deseo del Otro, comporta un peligro, el de llegar a satisfacerse plena y completamente.
— Ante ese peligro, el sujeto se borra.
— El primer principio ético que se desprende de esta posición es: «¡No ceder ante el propio deseo!». Dicho de otro modo: «Preserva tu deseo, déjalo insatisfecho, no lo agotes cumpliéndolo, pues él te protege del peligro del Goce». El peligro no es, por tanto, el deseo en sí mismo, sino, muy al contrario, satisfacer el deseo y Gozar.
Si nos remitimos a la clínica psicoanalítica ¿Cómo responde el neurótico a ese principio ético: no ceder al deseo? ¿Es, cómo afirma Jones, que el sujeto teme ser incapaz de desear? Bajo la experiencia que tiene el psicoanálista con este tipo de hombres, debe preguntarse ¿Los psicoanalizados (hombres) temen dejar de desear? Y en efecto, estos sujetos, su mayor preocupación es precisamente perder la «potencia. Pero ¿La potencia de qué? Esto nos dirige únicamente a la «potencia de desear», puesto que no hay otra potencia que no sea la del deseo. Esto quiere decir que, en el aspecto psicoanalítico, no debemos deshacernos tan pronto de Jones. El sujeto del que habla este autor nos resulta simpático. Es presa fácil del inconsciente, es decir, se sabe mortal. En cambio, el sujeto que nos revela Lacan es, antes bien, un ser temeroso del Goce y dispuesto a borrarse. Esto responde exactamente a la descripción que nos brinda el psicoanálisis sobre el neurótico obsesivo.
Es decir que, cuando Lacan habla de aphanisis del sujeto, cuando vemos en los textos lacanianos que el sujeto está barrado, cuando decimos y repetimos que el sujeto está dividido entre un «significante» y los otros bajo los cuales se esfuma, esta afirmación, aparentemente especulativa, abstracta, nos recuerda un hecho psicoanalítico cotidiano: el medio, la defensa del sujeto es ocultarse, borrarse. Es como el caso de la anorexia: adelgazar, y que sea hasta el último espesor visible.
En el caso del obsesivo ocultarse y engañar: si no resulta simpático no es por sus repetidas escapatorias sino por sus pretensiones, por sus gestos que dan a entender que es potente pero que «aún no quiere» mostrar su potencia; que se esconde, pero se vanagloria del Falo. Sugiere que —a pesar de todo— si las circunstancias lo requieren, está allí, en su puesto, con un Falo erigido como debe ser. Pero precisamente entonces es cuando se borra, cuando se produce la desaparición del sujeto (aphanisis del sujeto). Aunque es inapropiado establecer una equivalencia entre estás dos palabras, «ocultarse» y «borrarse», pero la diferencia entre ellas nos obliga a distinguir dos clases de aphanisis. Hay, teóricamente hablando, dos desapariciones del sujeto, una estructural y otra clínica. Estructuralmente hablando, el sujeto se borra y se disuelve en todos los «significantes» que se irán sucediendo a lo largo de su vida y, segunda desaparición, el sujeto se oculta bajo el objeto. Se hace objeto, se hace Falo. Es la formación psicoanalítica del fantasma.

*«No ceder ante el propio deseo» es el enunciado correlativo de una comprobación: “uno no puede dejar de preguntar”. Dicho de otro modo, no ceder ante el propio deseo es correlativo con el hecho de que no podemos dejar de hablar y, hablando, nos protegemos del Goce. Esto es lo propio del ser parlante. Cuando hablamos de aphanisis del sujeto bajo la «cadena de significantes» queremos decir alienarse, no poder dejar de hablar o, para decirlo de otra manera, no poder dejar de repetir. Pero ¿Qué es lo que no cesa de repetirse? Los significantes. Avancemos un poco más: si los significantes no dejan de insistir, eso es el deseo. El deseo es la repetición ineluctable. Se dan los dos elementos: la repetición ineluctable del flujo incesante de los significantes y la existencia del agujero pulsional.


La fidelidad de la pareja Swinger.

“Es tan real la diferencia que existe entre la infidelidad de los dos sexos, que una mujer apasionada puede perdonar una infidelidad, pero ello resulta imposible para el hombre”. Henri Beyle “Stendhal”.

El valor simbólico que otorga el sujeto al intercambio de pareja (estilo de vida Swinger) tendría por propósito —entre otros— anticipar el «engaño» no deseado de la infidelidad sexual de su partenaire o de la suya, al permitirse ambos la experiencia sexual con otra u otras parejas, en un lugar y tiempo determinados para poner a prueba su vínculo y sus sentimientos amorosos.
El propósito de los ritos (el estilo de vida Swinger se considera un rito) es incidir sobre las relaciones entre las personas: “[…] la interpretación y la prevención son estrategias para preservar el presente, controlando el sentido de las relaciones pasadas o futuras”(Marc Augé). En ese sentido, las parejas Swinger tienen la creencia que su rito funciona para preservar, o en su caso, restablecer su vínculo, aunque esto lleve implícito, el riesgo latente de romper el lazo amoroso que tanto desean mantener.
El intercambio sexual puede ser entre dos parejas o también de manera colectiva, los adeptos ingresan a la comunidad Swinger y desarrollan la práctica en grandes o pequeños grupos con cierta organización, lo que provee un sentido social a esta particular subcultura. De esta forma, la actividad, como ritual, es un mediador entre los partenaires y el conjunto de las demás parejas que regulan la posibilidad de vivir la sexualidad sin que amenace, «supuestamente» su vínculo. Todo esto, por supuesto, en el caso de que el rito haya alcanzado el simbolismo buscado, aunque no siempre se logra porque uno o ambos consortes pueden llegar a vincularse afectivamente con otro con el que mantuvieron un encuentro sexual, y en consecuencia los cónyuges sufran una ruptura.
Existe una dimensión paradójica, pues si ese ritual de intercambio de parejas aspira a prevenir y controlar la infidelidad y la fractura amorosa, no siempre alcanza su pretensión de mediación simbólica; es decir, a imprimir el orden que se espera, y algunos participantes llegan a crear lazos amorosos con un tercero, con lo cual se materializa el peligro que precisamente se quería evitar.
El estilo de vida Swinger realmente obedece menos al supuesto de un «ensayo» para evitar el «engaño» traducido en infidelidad, “estando más cerca de una lógica de la experimentación, según la cual “cada cual quiere experimentar por sí mismo, en detalle, concretamente, si sus sentimientos son fundados y si su elección ha sido correcta” (Pierre Kaufmann). Podría entonces verse que la práctica Swinger como una etapa (o posibilidad) de la experimentación, incluso cuando la pareja inicia en su aspecto romántico, con una explosión sentimental fulgurante, por lo que su permanencia podría acompañarse, en lo sucesivo, con episodios en los que ambos partenaires pondrán a prueba la solidez de su compromiso; en estos casos la experimentación amorosa se ha tornado, por tanto, ineludible.
Otras hipótesis en torno al estilo de vida Swinger sugieren que pueden deberse a la necesidad de algunos cónyuges de recobrar algo del placer sexual perdido al «probar» otra pareja. Collete Soler sugiere que en la condición actual —de mayor igualdad entre hombres y mujeres— y de competencia entre ellos aparece la inquietud por “quién da más”, “quién ama más” o “quién goza más sexualmente”, y que la práctica Swinger puede ser un campo de experimentación para responder estas preguntas. Además, en el caso de los hombres respecto de su capacidad de satisfacer el placer femenino se podría someter a prueba si hay algún otro (hombre o mujer) que sea capaz de colmar el placer que requiere ella, o si, como él, otros fracasan también en ese intento, un fantasma muy común en estos sujetos.
Y por último podríamos expresar que las motivaciones de los hombres y de las mujeres son diferentes para experimentar un intercambio de pareja, mientras las féminas lo harían por mantener y consolidar su relación de pareja –esto es, “por amor”–, los hombres lo harían para romper con la monotonía, para diversificar el deseo y sobre todo para disipar su «curiosidad» por saber cuanto más y cómo goza su mujer en los brazos de otro. ¿Será acaso qué esa «curiosidad» proviene de la infancia cuando observó la Escena Primaria?


La influencia del entorno social en la pareja.

“Si los cónyuges no vivieran juntos abundarían más los buenos matrimonios”. Friedrich Wilhelm Nietzsche.

El vínculo que une a la pareja, donde está presente el amor y la sexualidad madura, e integrado la ternura y el erotismo, y además tiene valores profundos y compartidos, está siempre en oposición abierta o disimulada con su entorno social.
Las convivencias de la pareja en el entorno social, por un lado refuerza la intimidad sexual entre ellos, y establece un escenario en el que las mutuas ambivalencias se integran en la relación amorosa, y la enriquecen pero al mismo tiempo la amenazan. Estamos refiriéndonos a una actitud interna que consolida a la pareja, regularmente de formas subyacentes, y que pueden estar enmascaradas por adaptaciones superficiales al grupo social.
Hay que advertir que la pareja generalmente está en oposición al ambiente social pero necesita de él para su supervivencia. Una pareja sin vínculos sociales, más allá de la familia, corre el peligro de una liberación grave de la agresión, que puede destruirla o dañar severamente a ambos partenaires. Frecuentemente la psicopatología de uno o ambos consortes puede generar la activación de relaciones objetales internalizadas, conflictivas, reprimidas o disociadas, que son reescenificadas por la pareja a través de la experiencia proyectiva de sus traumas inconscientes (por ejemplo la separación y el retorno de ambos a sus núcleos sociales respectivos, en una búsqueda final, desesperada, de libertad).
En circunstancias menos graves, los esfuerzos inconscientes de uno o ambos partenaires por mezclarse o disolverse en su ambiente social, atraviesan la barrera de la exclusividad sexual, y entra el riesgo de preservar la existencia de la pareja, con amenaza de invasión y deterioro de su intimidad.
Las relaciones triangulares estables (donde uno o ambos cónyuges tienen un amante), además de reescenificar diversos aspectos de los conflictos edípicos no resueltos, representan la invasión de la pareja por terceros. El colapso de la intimidad sexual (por ejemplo, en un matrimonio con estilo de vida Swinger) representa la destrucción severa del vínculo de la pareja.
En síntesis, al rebelarse la pareja contra su entorno social establece y afirma su identidad, su libertad con respecto a la convención y el inicio de su vida en pareja. Volver a disolverse en el grupo social es el puerto final de la libertad para los supervivientes de una pareja que se ha destruido.
Antes de la sexualidad comprometida con el partenaire, se encuentra casi siempre el amor romántico, caracterizado por la idealización del compañero, la experiencia de trascendencia en el contexto de una pasión sexual y la liberación de los lazos familiares. La rebelión contra el entorno familiar y social comienza en la adolescencia tardía, pero no termina con ella.
Por cierto, la distinción tradicional entre el «amor romántico» y el «afecto marital» refleja el conflicto constante entre la pareja y el grupo social en el que conviven, la desconfianza del este grupo respecto de las relaciones que incluyen el amor y el sexo eluden su control total. Esta distinción también refleja la renegación de la agresión en la relación de pareja, que a menudo puede transformar una relación amorosa profunda en una violenta.
Entre la pareja y el entorno social existe una relación intrínseca, compleja y fatal. La creatividad de la pareja depende del establecimiento exitoso de su autonomía dentro del escenario social, por lo que no puede escabullirse totalmente del grupo. Los partenaires escenifican y mantienen la esperanza en los otros que conforman el grupo social, en su aspecto amoroso y sexual, aunque existen también procesos emanados de este ambiente que pueden activar la destrucción de la pareja, como por ejemplo la envidia. Grupo social y pareja se necesitan mutuamente para coexistir.
No obstante, la pareja no puede evitar experimentar la hostilidad y envidia del entorno social, que deriva de las fuentes internas de envidia a la unión secreta y feliz de los cónyuges, y de la profunda culpa inconsciente por los impulsos edípicos prohibidos.
Una pareja estable constituida por un hombre y una mujer que se atreven a superar las prohibiciones edípicas contra la unificación del sexo y la ternura, se separan de los mitos colectivos que infiltran la sexualidad por el ambiente social en el que ha evolucionado la relación de los partenaires como pareja. Los procesos grupales que envuelven sexualidad y amor alcanzan su máxima intensidad en la adolescencia, pero persisten de modo más sutil en las relaciones de las parejas adultas. Dentro del grupo social existe una constante intriga, de algunas personas, por conocer la vida privada de la pareja. Al mismo tiempo, los consortes se sienten tentados a expresar el odio en conductas agresivas mutuas dentro de la relativa intimidad del círculo social. Incapaces de contener esa conducta dentro de la privacidad de su relación, la pareja puede entonces utilizar el grupo como vía para descargar la agresión, y como teatro para desplegarla. El hecho de que algunas parejas que habitualmente se pelean en público tengan una relación privada profunda y duradera no debe sorprender.
En algunas ocasiones la agresión de los partenaires se puede expresar tan violentamente en público que destruye la intimidad compartida como pareja, en particular sus vínculos sexuales, y los dirija a la destrucción de la relación. Familiares y amigos más allegadas a esta pareja intentan por cualquier medio remediar las desavenencias​ pero secretamente disfrutan de una gratificación vicaria con las peleas y discusiones que mantienen estos cónyuges, y al mismo tiempo reafirman la seguridad de sus propias relaciones.
Una pareja que mantiene su cohesión interna y al mismo tiempo ejerce una poderosa influencia sobre el grupo social circundante, sobre todo si se trata de algún tipo de «organización», se convierte en modelo para la idealización pero también en blanco de la envidia edípica. El odio de esta organización a la pareja idealizada puede protegerla al obligar a los partenaires a unirse, y al enmascarar la proyección de su propia agresión mutua, no reconocida. En el momento que esta pareja se aleje del grupo pueda surgir una agresión profunda entre los partenaires que la disuelva.
Como hemos visto, una pareja que, por razones realistas o neuróticas, se aísla del grupo social circundante, corre el peligro de los efectos internos de la agresión mutua. El matrimonio parece entonces una cárcel, y al abrirse camino y unirse a un grupo quizá se asemeje a una huida a la libertad. La promiscuidad sexual que sigue a muchas separaciones y divorcios ejemplifica esa huida a la libertad y a la anarquía del grupo. Por la misma razón, el grupo puede convertirse en prisión para los miembros que no pueden o no se atreven a entrar en una relación estable de pareja.


​La película erótica, psicoanálisis.

“En los inicios de un amor, los amantes hablan de futuro; en sus postrimerias, del pasado”. André Maurois.

Un filme erótico amenaza los límites de lo convencional, entiéndase convencional como películas aptas para todo público. La audiencia que observa un filme erótico donde la relación sexual está hábilmente disimulada, activa profundas prohibiciones contra la invasión a la pareja edípica (padre-madre) y la concomitante excitación suprimida o reprimida.
Lo que los sujetos observan en este tipo de películas implica un desafío al Superyó infantil y al Superyó de la etapa de la latencia. Las escenas vistas en una película erótica inducen a una excitación sexual, siempre y cuando los sujetos tengan tolerancia a los estímulos visuales de esta índole. Mientras que los espectadores que padecen inhibiciones sexuales severas, experimentarán aversión y asco durante el filme, ya que lo sienten como un ataque violento a sus valores morales, lo que denota un Superyó marcadamente cruel y despiadado.
El filme erótico puede cautivar al espectador con una tremenda fuerza por el hecho que el trama lleva una profunda subjetivación de los protagonistas con lo que se facilita la identificación del sujeto con alguno de los actores que inconscientemente representan a la pareja edípica de la infancia (padre-madre). Esta violación del tabú proveniente del Complejo de Edipo inspira entonces culpa, vergüenza y turbación. La identificación inconsciente con la conducta exhibicionista de los actores, aunado con los aspectos sádicos y masoquistas de los impulsos voyeuristas y exhibicionista respectivamente, producen un desafío que impacta sobre el Superyó del espectador.
El filme erótico —como arte visual— exige madurez emocional, capacidad para tolerar y disfrutar de la sexualidad, tolerancia para aceptar la combinación del erotismo y la ternura, integrar adecuadamente lo erótico en una relación sentimental y emocional compleja, con lo cual se logra una identificación con los actores y sus relaciones objetales manifestadas en la película, al ser receptivos de los valores éticos y estéticos implícitos en las escenas.
De un modo extraño, nuestra capacidad para identificarnos con la pareja enamorada de la película crea una nueva dimensión de privacidad que la protege y al mismo tiempo protege al espectador, en contraste con la destrucción de la intimidad y la privacidad que se opera en el filme pornográfico.
En el filme de arte, los elementos voyeuristas y exhibicionistas de la excitación sexual activada por el hecho de ser testigos (espectadores) de la intimidad sexual, y los elementos sádicos y masoquistas de esa invasión, quedan contenidos por la identificación con los personajes y sus valores. El espectador participa en la “Escena Primaria” mientras inconscientemente asume al mismo tiempo la responsabilidad de mantener la privacidad de la pareja. Los elementos agresivos de la sexualidad infantil perversa polimorfa se integran en la sexualidad edípica, y la agresión en el erotismo.
El arte erótico logra una síntesis de sensualidad, relaciones objetales profundas y sistemas de valores maduros, y aunque estén presentes los celos, la envidia, el odio y la agresión, no deja de reflejarse la capacidad a la tolerancia y consentir la ambivalencia de ambos partenaires para el compromiso y el amor apasionado. El filme erótico representa el Complejo de Edipo puesto en escena.


​El uso de preservativo como rechazo inconsciente hacia la pareja.

“Debemos aplicar violencia al objeto de nuestro deseo. Así, cuando se rinda, el placer será mayor”. Donatien Alphonse François de Sade, “Marqués de Sade”.

A manera de introducción podemos decir que el preservativo fue inventado con fines anticonceptivos, y posteriormente fue utilizado simultáneamente para prevenir enfermedades de transmisión sexual.
Ahora bien, a través del psicoanálisis se observa que el semen tiene ciertas peculiaridades para el sujeto con Estructura Perversa, donde representa un fluido sin valor, indiferente como si se tratara de la orina expulsada o como un líquido repugnante emanado del pene. Si profundizamos sobre la conducta que despliega el perverso en sus relaciones sexuales, confiesan un encuentro frío y monótono con su pareja, sobre todo en encuentros sexuales con desconocidos pues ni siquiera mantienen una conversación amena, y sí se suscita es enfocada sobre temas exclusivamente sexuales, donde preguntan o expresan sus preferencias o aversiones de índole sexual.
Cabe reiterar la posición que coloca el perverso siempre a su pareja: como «objeto de placer» (Goce).
Por el otro lado, existen algunos sujetos que después de practicar el sexo vía anal —sobre todo homosexuales— relacionan estrechamente el semen con una sustancia tóxica por ser la causante de la transmisión del virus de inmunodeficiencia (VIH).
Si es cierto que para la mayoría, el semen representa un fluido corporal integrante de la relación sexual, también podemos observar que para otros, esto no sucede así.
Para algunos sujetos la aversión al semen puede resultar de un rechazo inconsciente al partenaire por la connotación psíquica, producto de sus fantasmas, que le otorgan a dicho fluido.
Y por último, podemos observar en algunas mujeres, que al momento de exigir a su pareja el uso de preservativo, «supuestamente» por cuestiones anticonceptivas o de prevenir una enfermedad de transmisión sexual, realmente esconde un mecanismo de defensa de rechazo inconsciente hacia su partenaire, con la finalidad que su entrega sexual sea limitada. Es por eso que algunas mujeres, después de haber tenido una relación sexual insatisfactoria, humillante o se sintieron vejadas por el abandono posterior de la pareja, suelen afirmar con cierta vanidad: ¡Lo bueno que exigí usará preservativo! Frase que encierra el simbolismo sobre “algo” (preservativo) que estuvo de por medio, que impidió —para fortuna suya— que su entrega sexual no fuera total; argumento inverosímil para reestablecer su profunda herida narcisista.


El ser amado nos brinda satisfacción pero también es cierto que nos priva de ella.

“Al ver las cosas más de cerca no se las puede amar más que en la medida de su irrealidad”. Émile Michel Cioran.

El sujeto vive en “Falta” y esto no significa únicamente un vacío donde el deseo aspira a colmar sino más bien debe entenderse como un organizador del deseo. La Falta, es un núcleo de atracción pero al mismo tiempo provoca insatisfacción, sin esto el círculo del deseo enloquecería y entonces solamente el sujeto sentiría dolor.
Cierto grado de insatisfacción es indispensable para conservar adecuadamente el funcionamiento psíquico. Pero, ¿Cómo preservar esta Falta esencial? Y más aún, al ser necesaria tal Falta ¿Cómo mantenerla en los límites de lo soportable? En este caso es precisamente donde interviene el partenaire (ser al que nos une el amor) porque es él quien representa el objeto insatisfactorio del deseo y, por lo mismo, quien nos sirve de bastión organizador de tal deseo.
¿Cómo aceptar que el partenaire pueda tener la «función castradora» de limitar la satisfacción de su compañero sentimental? Sin duda este papel restrictivo del ser amado puede desconcertar, porque normalmente se atribuye al partenaire el poder de satisfacer todos los deseos y de procurar el placer anhelado. Pero ciertamente la pareja vive en una ilusión, verificada en parte, de que brinda más de lo que priva. Pero la función que desempeña el partenaire en el inconsciente de su pareja, asegura la consistencia psíquica por medio de la insatisfacción que hace surgir y no por la satisfacción que procura.
El partenaire insatisface porque al excitar el deseo en su contra parte, no puede o le resulta imposible —en última instancia— satisfacerlo completamente en todo, siempre habrá una o muchas cosas que no alcanza a satisfacer por más que se esfuerce, como cualquier ser humano, tiene límites o simplemente no quiere satisfacerlos del todo. Como ser humano se ve imposibilitado, y como neurótico, simplemente no quiere. Esta insatisfacción con el tiempo va en aumento, pero resulta necesaria para mantener el equilibrio psíquico y resituar el deseo.


​Primero las mujeres, Casanova.

“La seducción es un reto a la inteligencia y a los sentidos que se agota en sí misma; la conquista tiene siempre que tener desenlace, un éxito o un fracaso”. Javier García Sánchez.

Jacobo Casanova no necesita estar enamorado para sentir un deseo apremiante, la sola proximidad o posibilidad de una aventura erótica le inquieta y le enciende la imaginación con ese placer que ya bien conoce; por ejemplo cuando Casanova se dirige a Nápoles para un asunto urgente de negocios, en su camino, en una hospedería, en una habitación por la que pasa, ve a una mujer hermosa —mentira— ni siquiera sabe si es hermosa, pues no la ha observado todavía porque la cubre los cobertores de la cama; pero ha oído una risa, una risa de mujer, y con eso es más que suficiente. Con olfato de sabueso la huele, mientras su imaginación se expande vertiginosamente en fantasías voluptuosas.
Nada sabe de ella: si es o no encantadora, atractiva o desagradable, soltera o casada, joven o vieja y, sin embargo, arroja ya su maleta bajo la mesa, hace desenganchar los caballos y se hospeda ahí mismo, «porque ya está enloquecido por la probabilidad, aunque minúscula, de una posible aventura».
Y así se comporta todo el tiempo y en cualquier lugar: tan insensatamente, dejando a un lado todos sus compromisos importantes por una mujer. Siempre está dispuesto a nuevas aventuras por pasar una noche o unas horas con cualquier fémina desconocida. Cuando desea no repara en el precio, ni en el tiempo, donde quiere conquistar no teme al rechazo, ni a la resistencia de la mujer. La pasión lo embriaga y sus efectos lo sentirán perfectamente cada una de sus partenaires.


​La Estructura Perversa y la Neurótica están presentes en el estilo de vida Swinger.

“El virtuoso se conforma con soñar lo que el pecador realiza en la vida”. Platón.

La pareja con estilo de vida Swinger está compuesta de un sujeto con Estructura Perversa y el otro con Estructura Neurótica, éste último intenta, a manera de parodia, proyectarse en la Estructura Perversa que tiene su partenaire.
Si el sujeto con Estructura Perversa se ubica imaginariamente como causa del deseo y de la división subjetiva del otro, el sádico y el masoquista no son –ni podrían ser jamás– complementarios, porque al participar de la misma estructura, ambos se ubicarían como “objetos de deseo” simultáneamente respecto del otro queriendo dividirlo, por la cual no se pueden complementar, por lo tanto el partenaire del perverso no podría ser, así, otro perverso, sino más bien un sujeto con Estructura Neurótica.
Ahora bien, el sujeto con Estructura Perversa está en la posición de objeto –de Goce– y quien detenta la Estructura Neurótica en la posición de sujeto –dividido– (Néstor Braunstein).
El prejuicio según el cual el perverso Goza sin represión es una fantasía neurótica: Ninguna pareja, donde ambos tienen Estructura Perversa puede sostenerse.
En la pareja con estilo de vida Swinger representa únicamente para uno de ellos, el punto culminante de la anhelada fantasía del Goce que desea concretar. Esta fantasía parte del sujeto con Estructura Neurótica que pretende «imitar parodiando» a la Estructura Perversa de su partenaire y con ello deshacerse de sus inhibiciones, que le son propias.
Por el otro lado el sujeto con Estructura Perversa no es que carezca del Complejo de Castración, lo tiene, sólo que lo “desmiente”, obviamente para desmentir primeramente debe reconocerlo (ya lo sé, pero aun así…). La “desmentida” recae sobre la castración, así el fantasma que se coloca en el perverso es por lo tanto un fantasma encubridor, la construcción especular de un Yo que se representa a sí mismo como sujeto supuesto saber-gozar (Néstor Braunstein).
El perverso sabe bien que el Goce debe ser renunciado, y aun así hará lo imposible por lograrlo (posición engañada), colocándolo irremediablemente en la posición de un esclavo. El fantasma del perverso, encubridor del Yo que trata como objeto al otro de su acción revela, más allá de lo imaginario, que sucede lo contrario: “[…] es el perverso quien es el objeto y su víctima quien es el sujeto… Y el perverso, él mismo queriendo ser el dueño de la situación, imaginando serlo, es el objeto de su pasión” (Néstor Braunstein).
Los sujetos que práctican el estilo de vida Swinger no están posicionados ambos en la Estructura Perversa sino únicamente uno de ellos mientras el otro se ubica en la Estructura Neurótica, éste último no Goza sin límite y sin “Falta”.
La supuesta pareja sadomasoquista donde ambos tienen Estructura Perversa no existe, es un malentendido de algunos psicoanálistas, en tanto no se pueden complementar al posicionarse ambos frente al otro como objeto que divide subjetivamente al sujeto, cuestión que acontece también en la pareja Swinger. En ambas parejas existe el reconocimiento del otro como un simple instrumento de Goce, aunque en la práctica Swinger el instrumento de Goce es sutilmente disimulado.
En el estilo de vida Swinger se tiene el prejuicio que únicamente se trata de un intercambio de pareja pero pocas veces sucede así, ya que existen diversas conductas que se despliegan durante el encuentro: voyerismo, exhibicionismo, trío o sexo grupal… donde no participan activamente los cuatro integrantes de las dos parejas de manera exclusiva. Y aunque es cierto que existen reglas para la práctica Swinger y sadomasoquista o incluso en la prostitución, no por ser «actos consensuados», están exentos de la Estructura Perversa que lo caracteriza.
El perverso reconoce y respeta, en general, el orden simbólico, por lo que uno de los integrantes de la pareja con estilo de vida Swinger se posiciona, sin lugar a dudas en esta Estructura, pues no es la actuación lo que diferencia las Estructuras sino la posición de las fantasías conscientes o inconscientes que el sujeto mantiene durante la actuación. La diferencia radica en que mientras el perverso Goza en presente acentuando, forzando la división subjetiva del otro, superando los límites del pudor y el asco, el neurótico cuando incursiona en el campo de la perversión se caracteriza más por el remordimiento ulterior (muchas mujeres que llevaron a cabo la experiencia Swinger y posteriormente se retiraron, lo padecen) Aquí cabe una pregunta interesante, sí el Goce es pleno en el intercambio Swinger ¿Por qué razón algunos abandonan ese estilo de vida?
La posición del neurótico y del perverso no es idéntica. En el caso de éste último, el ritual debe estar perfectamente precisado por el contrato, nada de lo real debe filtrarse en el montaje. “El perverso promulga otra ley, una ley categórica y apática que es ordenada por el Goce como bien supremo […] procura el Goce sin pasar por el deseo, «aboliendo así la corriente de la ternura» (Néstor Braunstein). En los intercambios Swinger la «ternura» no forma parte del encuentro.
Cabe también señalar la posición que toma el sujeto que recurre frecuentemente a las prostitutas, donde por una retribución económica recibe a cambio el cuerpo de ella, aunque esto no significa que siempre culmina en una penetración vaginal, ya que su Goce puede derivar de alguna otra actividad con ella. Aquí la relación sexual perversa es «consensuada», lo que significa que en ningún momento es violenta.
Se tiene la creencia popular que los sujetos con Estructura Perversa son exclusivamente los violadores, pederastas, etcétera, además que utilizan la violencia e intimidación hacia el otro para alcanzar su Goce, aunque esto es cierto, también es cierto que los perversos pueden actuar en «relaciones sexuales consensuadas», por decirlo de alguna manera, por ejemplo en la práctica Swinger, sadomasoquista o la prostitución. Lo que importa para el psicoanálisis, para diferenciar las tres Estructuras psíquicas, no es tanto la acción que despliega el sujeto sino sus fantasías subyacentes que envuelven el acto.
El libertinaje que se les atribuye al tipo de parejas mencionadas es sólo una fantasía del sujeto neurótico cuyo fundamento es la ilusión que otros «realmente Gozan y sobre todo sin castración», lo cual no es sino la posición engañada tanto del neurótico como del perverso, éste último que desmiente, que reniega la castración, porque de hecho sabe que existe y está estorbado subjetivamente por ella.
En el sujeto con Estructura Perversa, el deseo y el Goce radican en que él es la causa por la que el otro se divide; necesita un partenaire que experimente la división subjetiva como efecto de la manipulación perversa. El perverso llegará a ser así (al menos en lo Imaginario) el físico nuclear de la libido.
El estilo de vida Swinger se presenta como una práctica ritualizada, al igual que la pareja sadomasoquista, donde efectivamente existe forzamiento de la división subjetiva de uno de los partenaires. Además están presentes, sin lugar a dudas, la instigación, inducción, persuasión, convencimiento…, por lo menos transitoriamente, con lo que se «autorizan» las formas y posibilidades de intercambio sexual.
Algo muy cierto dijo Néstor Braunstein, si todos consienten, la perversión se esfuma.


La demora del tiempo para la mujer en el acto sexual.

El hombre no debe olvidar nunca que mientras transcurre el placer erótico y el coito es él el único «amo del tiempo». Es cierto que algunos hombres saben esperar con cautela el acto sexual, mientras deleitan a su partenaire durante el preámbulo erótico, pero casi la mayoría se desesperan en aguardar. Hay que señalar que la mujer está mayormente sensibilizada al transcurso del tiempo que el hombre. No sólo porque la mujer necesita más tiempo físicamente sino porque en el placer, tanto como en el amor en general, el tiempo para ella es sinónimo y una prueba de amor. Puede entonces decirse que para las féminas: “La demora del tiempo significa amor”.
El tiempo para ellas se transforma en condición indispensable para ir eliminando una a una las inhibiciones que obstaculizan su placer sexual.


​La localización del orgasmo femenino.

La cultura falocrática (sexo único) mantiene la idea que el orgasmo femenino es vaginal o por otro lado clitoridiano; pero Maryse de Choisy, afirma que aunque los sexólogos señalan cinco tipos de «orgasmos» (el clitoridiano, el vaginal, el cloacal, sin acmé o sin paroxismo y el cérvico-uterino), el “orgasmo femenino auténtico es el cérvico-uterino”, por su profundidad, ritmo, intensidad y extensión.
Esta autora agrega que cuando las mujeres aprietan los muslos o los glúteos firmemente, alcanzan un tipo de orgasmo que arranca en el centro de su cavidad pélvica, en algún punto muy profundo de su interior, sin ninguna otra estimulación. Asegura también que independientemente de cual sea la estimulación que da lugar al proceso orgásmico, en realidad, todos tienen su origen en el útero.
William Masters y Virginia Johnson aseguran que en todo orgasmo femenino se producen “contracciones del útero”, lo que nos viene a corroborar que, independientemente de cual sea la estimulación corporal, todos los orgasmos tienen en común: “movimientos rítmicos del útero”.


​Intercambio de pareja, trío o sexo grupal: Swinger.

Primero Sigmund Freud y posteriormente Jacques-Marie Émile Lacan se encargaron de teorizar acerca de los conflictos sobre la relación sexual. Este último autor, profundizó sobre el tema y lo definió en una controversial frase: “No existe la relación sexual” ¿Qué significa esto? Pues de manera simple podemos decir que es inexistente la “completa armonía” entre los partenaires en el encuentro sexual, ya que siempre está de por medio “algo” por lo cual no se logra la “satisfacción total”, llevando a cada uno hacer una remembranza sobre el coito: “eso no me gustó”, “falto aquello”… poniendo inmediatamente en marcha la imaginación de lo que «desean» para el próximo encuentro sexual. Hay algo que siempre fracasa en el lazo con el otro, incluído el lazo amoroso y claro, el encuentro sexual. No hay complementariedad de los sexos; y esto lo ilustra claramente el estilo de vida Swinger, antes que estar por fuera de ese fracaso, parece —según los hallazgos hechos por el psicoanálisis— que intentan reordenar su sexualidad en busca precisamente de esa ausencia de armonía permanente, una forma como otras fallida de poner un velo a la no-relación-sexual.
La conducta sexual que despliegan los sujetos está determinada por múltiples factores que están enraizados en fantasías y deseos de la “infancia perversa poliforma”.
Lo que se ha observado en sujetos que practican los encuentros Swingers que acuden a tratamiento psicoanalítico es que existen diversas psicodinamicas entre las que destacan fantasías incestuosas, exposición a la “Escena Primaria”, dificultades en la separación-individuación (madre-infante), conflictos superyóicos, inhibiciones sexuales, deseos homosexuales, compulsión a repetir y reelaborar conflictos de la etapa edípica. También puede ser utilizada como una defensa ante una depresión subyacente: separación con el ser amado, divorcio, venganza contra el partenaire, etcétera; o por otro lado las parejas pueden recurrir a estos intercambios eróticos como un intento desesperado de solucionar una crisis y “salvar” su matrimonio.
Asimismo puede ser una forma de negar la competencia, rivalidad, celos, deseos sadomasoquistas y hostilidad a través de la acción. O bien un intento de reestablecer el sentido de la atracción, el deseo, el valor y la autoestima.
Ahora bien, la fantasía incestuosa es muy clara en el estilo de vida Swinger, pues es una atracción desbordada o incluso un enamoramiento hacia alguien “no disponible”, o sea comprometido sentimentalmente a otro, o casado, con la finalidad de concretar esa relación prohibida. Las fantasías incestuosas pueden estar encubriendo aspectos del Complejo de Edipo como el temor al daño orgánico, por ejemplo un hombre con temor a la castración (inconsciente) pone a prueba constantemente su virilidad accediendo a actividades promiscuas.
Cuando existen conflictos respecto a la bisexualidad, la mujer intenta compensar la falta de pene deseando castrar a la pareja, a través de mostrar una “feminidad” exacerbada en el encuentro sexual con otro en presencia de su partenaire.
En los sujetos que practican los encuentros Swinger existe un alto grado de hostilidad, agresión y competitividad, consciente o no, hacia el propio partenaire y hacia el cónyuge o compañero del mismo sexo con quien se intercambia el contacto sexual; esto se denota en quién brinda mayor placer, quién está más dispuesto a las fantasías sexuales, quién es más atractivo, quién es más seductor, quién coquetea más, quién tiene el pene más grande, etcétera.
Existen casos donde los sujetos que practican estos intercambios de pareja, en su historial infantil refieren una alta rivalidad y competitividad hacia los hermanos, la cual se traslada a esta forma de relacionarse en pareja en la edad adulta.
Una de las características más sobresalientes de los Swinger es la fuerte atracción homosexual —regularmente inconsciente— durante el intercambio de pareja, incluso existen algunos sujetos que “seleccionan meticulosamente” a la pareja con la que va involucrarse sexualmente su partenaire: color de piel, estatura, complexión, incluso la longitud del pene, etcétera, esto habla de fenómenos más regresivos. No ha de extrañarse que después de cierto tiempo el sujeto pase de su preferencia heterosexual a homosexual, o se convierta en un empecinado voyerista. En ciertos casos ello ha sido interpretado como un deseo de cercanía con el padre del mismo sexo, que fue percibido en la infancia frío y distante.
La práctica Swinger también puede ser un intento para remarcar el desafío y separación de los valores y reglas impuestas por los padres o educadores, los cuales fueron aceptados sin recato alguno.
Cuando existen problemas relacionados con la simbiosis y la dificultad de separación-individuación madre-infante, la actividad del sujeto adulto Swinger da la sensación de autoproclamar independencia y autonomía, de “romper” temporalmente con la atadura simbólica.
Cuando existe una gran ansiedad relacionada a los encuentros sexuales, el sujeto puede defenderse de ella a través de la práctica del intercambio de pareja, tríos o sexo grupal. El sujeto se coloca en una posición casi observadora, de esta manera se encuentra protegido del daño y la retaliación, esta fantasía es característica de la exposición crónica a la Escena Primaria.
Se ha observado que los Swingers que acuden a tratamiento psicoanalítico usualmente presentan una intensa lucha con un Superyó punitivo y también contra una crianza en su infancia percibida como sexualmente represora.
Cuando el sujeto proyecta el Superyó en su pareja, en un inicio intenta complacer y seducir como lo hacía con los padres en su infancia, sin embargo, con el tiempo empieza a resentir esta posición de devaluación y control e intenta revelarse ante ello a través de la infidelidad o de proponer a su pareja un estilo de vida Swinger, regularmente quien lo sugiere o insinúa es principalmente el hombre. El sujeto con prácticas Swinger puede estar utilizando el sexo como un herramienta para crear dependencia o para satisfacer necesidades de poder y venganza hacia su partenaire.
Cabe señalar que algunas mujeres dejan de presentar anorgasmia al ser infieles o entrar en relaciones de intercambio de pareja o tríos sexuales, se observa a través del psicoanálisis que surge una nueva relación entre el orgasmo y perder el control frente a su pareja; es decir tener relaciones sexuales con otros hombres les brinda una sensación de empoderamiento dando como resultado intensos orgasmos.
Cuando el sujeto busca en su pareja a un padre o madre omnipotente suele enfrentarse a que la sexualidad conyugal se asocie con el incesto, lo cual es terriblemente amenazante, lo vive como un acto prohibido y repugnante que puede conducir a disfunción eréctil, eyaculación precoz o retardada. Es precisamente en estas circunstancias cuando el sujeto busca relaciones objetales más seguras y gratificantes fuera del matrimonio. En estos casos dicho sujeto vive la sexualidad conyugal como algo insoportable, donde se siente controlado o debilitado (en psicoanálisis se denomina angustia de castración) de la misma forma que un niño se sentiría si tuviera sexo con alguno de sus progenitores o con un adulto.
Según Otto Kernberg los sujetos con personalidad narcisista se caracterizan por la imposibilidad de mantener vínculos que combinen genitalidad y ternura, ya que no hay intimidad ni integración objetal y en casos más benignos de personalidad narcisista es caracterizada por la promiscuidad sexual. Sigmund Freud señaló que por haber silenciado durante mucho tiempo el deseo de goce sexual, las mujeres habían renunciado a él. De manera que en su época, ello encontró finalmente su manifestación a nivel de síntomas en el cuerpo (histeria), y que hoy parece implicar al otro sexo, en donde estas mujeres al dirigirse a su pareja provocan en ellos la pregunta acerca de ¿Cómo goza una mujer? Aquí podríamos señalar que siendo el hombre quien generalmente propone la práctica Swinger a su pareja, sería con la finalidad de conocer de manera tangible ¿Cuánto goza su mujer en brazos de otro hombre? Recordemos que en la mitología griega (nombre) le preguntó a Tiresias ¿Quién goza más durante la relación sexual, el hombre o la mujer? A lo que respondió que la mujer goza (7 veces más). Pregunta aun vigente y enigmática para los hombres que practican este estilo de vida.
Hombres y mujeres emprenden la búsqueda por velar lo que no funciona en su vínculo, aunque ya no se trata de una búsqueda marcada por la represión del deseo característica de los siglos pasados sino ligada a los imperativos propios de la exaltación: “Es tu deber gozar, es tu cuerpo y por lo tanto debes gozar al máximo”. “La vida es corta y es mejor arrepentirse por algo que hiciste que por algo que dejaste de hacer”.
El papel que juegan los celos en el estilo de vida Swinger podría asumirse en la posición que toma el hombre y la mujer en la comunicación directa y sincera de las fantasías íntimas de índole sexual que cada uno guarda, que tendrían la función de apaciguar dichos celos, sin embargo esto otorgaría tranquilidad únicamente por un breve período de tiempo.
Desde el punto de vista psicoanalítico los celos infantiles hacia la madre se extienden a la edad adulta y tendrían la función de mantener la monogamia, mientras que el conflicto edípico hace difícil que ello se establezca por mucho tiempo.
Por último podíamos decir que el estilo de vida Swinger es una búsqueda centrada en el deseo de reconocimiento de la masculinidad de la función sexual* cuando se trata de hombres, incluso aunque esto signifique renunciar a la exclusividad en el goce, en la espera de que esta concesión asegure el mantenimiento del lugar que él ocupa en tanto ser amado y deseado. De manera que podríamos pensar que la ansiedad y angustia respecto a la sexualidad y la intimidad es más fuerte que los celos. O también, que estos se manifiestan a través de la fuerte competitividad que existe entre la pareja.

*Robert Jesse Stoller señaló que el ser humano (independientemente de su sexo biológico) desde su nacimiento tiene una “protofeminidad” y será la cultura quien estructure la masculinidad tratándose de hombres; mientras que las mujeres no presentan ese conflicto en su feminidad por haberse desarrollado a partir de esta. Tal vez esta sea la principal razón por la cual los hombres dudan más de su masculinidad que las mujeres de su feminidad.