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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

La sexualidad femenina en la actualidad.

“Tengo necesidad del sexo para sentirme viva, pero nunca he sentido realmente a un hombre”. Betty Friedan (refiriéndose a la expresión de otra mujer).

La práctica sexual de muchas mujeres contemporáneas pueden encontrarse en peores condiciones que sus predecesoras de la época Victoriana, aquellas mujeres no podían sentirse “respetables” si admitían, aunque sólo fuera para sí mismas, la existencia de deseos, fantasías o necesidades de índole sexual. En la actualidad, se ha convertido en un hecho deshonroso o al menos humillante, el que una mujer reconozca, frente a sí misma, u otro, que sus experiencias sexuales no han sido jamás un estallido fulminante de pasión.
Muchas mujeres durante el psicoanálisis manifiestan una ansiedad con respecto a su capacidad para tener un orgasmo, juzgando a este aspecto de su experiencia sexual como si fuera una suerte de piedra de toque del éxito, y que parece estar definido en términos bastante masculinos.
En un mundo en el que la actividad masculina (falocrática) fija las normas de lo que es valioso; la experiencia de la mujer, tanto en lo referente al sexo como en otros aspectos de la vida, toma el carácter de una lucha extrañamente ambigua contra la dominación masculina. Esa dominación es algo que se da por sentado; incluso se la acepta, en el sentido de que es el hombre el que establece las normas. Pues, al mismo tiempo que se aparta de esa norma se inferior. De allí que muchas mujeres sientan que posicionarse como “pasivas” sea sinónimo de inferioridad.
Algunas mujeres llegan a someterse, no se rebelan, no se vuelven agresivas ni se convierten en una amenaza para la vida del hombre, pero su incapacidad, ya sea para disfrutar del rol que les fue asignado, o para reaccionar contra él, la arrastra a la desesperación y a una suerte de desintegración del Yo.
La novelista inglesa Doris Lessing relata un vivo retrato de este tipo de mujer en su novela: “A Man and Two Women”, particularmente en el cuento “To Room Nineteen”, en el que describe a una fémina joven, feliz en su matrimonio, con un marido atractivo, hijos, amigos y dinero. Y, sin embargo, toda la existencia de esta mujer es una farsa. Lo único real para ella son los momentos que pasa sola en un hotel de paso. Por último, hasta esta experiencia pierde su significado. La vida se ha vuelto insoportable para ella, y abre la llave del gas; se sentía —dice la protagonista— “bastante satisfecha allí tirada, escuchando el débil y susurrante silbido del gas que se propagaba velozmente en la habitación, en mis pulmones, en mi cerebro, conforme me iba hundiendo cada vez más en las tinieblas”.
Incluso podemos observar mujeres en cierta posición que no echan mano de la agresividad para expresar su resentimiento hacia su partenaire en particular y hacia todos los hombres en general, pero padecen en mayor o menor medida dicho resentimiento y reaccionan frente a él, volcándose hacia el contacto sexual como una forma de obtener consuelo, encontrándolo inmediatamente casi siempre insatisfactorio. El acto sexual se ha visto despojado de esa sensación de íntima comunicación personal, sin llegar a convertirse en una experiencia enteramente complaciente, si bien limitada.
Así muchas mujeres de nuestra época se encuentran en un estado de rebelión contra la pasividad que nuestra cultura les imponen. Debemos recordar que esta rebelión tiene una antigüedad de varias generaciones, pero ha alcanzada una suerte de clímax en nuestra época. Como reacción frente a la dominación masculina, aun cuando el tipo de feminismo anterior a la Primera Guerra Mundial rara vez se manifestaba, las mujeres se han vuelto más agresivas, en particular en el aspecto sexual; puesto que en la vida íntima, del mismo modo que en la vida económica, se ha producido una «revolución de crecientes expectativas».
Hace cincuenta años, regularmente las mujeres no sólo esperaban ser pedidas en matrimonio (o al menos intentaban que nadie se diera cuenta de que andaban “urgidas de marido”) sino que, de casadas, consideraban que su rol consistía en estar al servicio del placer de su marido, y raramente experimentaban placer ellas mismas.
Las féminas de hoy ya no les basta dar satisfacción a su partenaire; también ellas quieren recibir su parte. Tal vez ellas siempre hayan anhelado esa satisfacción, después de todo, aunque lamentablemente el folklore de muchos pueblos sigue posicionando a la mujer como «insaciable».
Las mujeres no sólo desean y esperan obtener satisfacción sexual antes y durante el matrimonio, sino que se culpan a sí mismas y a sus partenaires si no llegan a alcanzar ese placer anhelado, y en las formas establecidas de antemano. Formulada en estos términos, el imperativo de tener una experiencia sexual satisfactoria crea problemas, tanto en el hombre como en la mujer.
Algunos hombres casados o solteros pueden buscar mujeres conocedoras del “arte amatorio”, para ellos esto resulta estimulante pero al final, casi todos piensan que una mujer sexualmente activa constituye una amenaza por lo que terminan huyendo.
Como respuesta —o quizás como retaliación— los hombres se vuelven pasivos con su partenaire y ellas se vinculan a ellos aunque que no les proporcione el tipo de experiencia sexual que creen les corresponde como herencia propia. Y sin embargo, al mismo tiempo la mujer tiende a culparse por no ser lo “suficientemente mujer” como para sacar, a su pareja de la pasividad.


El masoquismo femenino inconsciente.

Helene Deutsch en su obra “La psicología de las mujeres” aborda el célebre personaje de Carmen con una acertada perspicacia y nos explica por qué ese papel encarna profundamente a cada mujer. Carmen se comporta con su partenaire como el infante que juega con la mosca, que conoce perfectamente el trágico destino que le depara a este insecto: arrancarle las alas. Cada mujer se agita hasta lo más profundo de su ser en el vínculo amoroso. Así es, pero ¿Por qué razón? A lo que responde Deutsch: Es que cada mujer reconoce ahí el «masoquismo hiperfemenino» trágico e inconsciente de Carmen, pues aunque pretenda engañarse sobre su condición masoquista, intenta destruir a su pareja por cualquier método, al mismo tiempo que destruye su propio corazón y asegura así, su propia pérdida.


El amor imposible en los hombres.

“Es una necedad arrancarse los cabellos en los momentos de aflicción, como si ésta pudiera ser aliviada por la calvicie”. Cicerón.

El amor se puede volver adictivo en el hombre cuando la mujer se vuelve imposible de obtener, de abrazarla, de besarla, de tener relaciones sexuales…
Es un hecho observable que muchos hombres cuando tienen pareja, hablan muy poco de ella con los demás, cuestión que es contraria en las mujeres, ellas suelen hablar con bastante más frecuencia de sus parejas con los otros. Pero cuando los hombres han sido abandonados por sus respectivas partenaires, entonces hablan de ellas y mucho, incluso durante años.
En estos amores imposibles observamos como el hombre ante la negativa de la mujer, se convierte en obsesivo con el uso del teléfono móvil para comunicarse con ella; el acecho y el espionaje se ponen en marcha, y entonces el amor toma un tono persecutorio, comparando a esa fémina como una potente «droga», y a esa dificultad para acceder a ella, como una penosa abstinencia que deben soportar. Incluso pueden optar por una sustitución de esta «droga», por otra asequible a ellos.
Ese amor no correspondido puede llevar a un hombre a volverse compulsivo, práctica que se convierte en insoportable para la mujer. Aquí el amor se ha transformado en una pasión, en términos literales. La pasión permite contemplar en forma conjunta dos cuestiones que Sigmund Freud nos presentaba por separado: el afecto y el pensamiento. Cuando una fémina se apodera del pensamiento de un hombre con personalidad obsesiva su pasión se torna en una especia de droga, aunado a un masoquismo obstinado, del cual resultará muy difícil librarse.


La pérdida del amor para las mujeres.

“Para andar por el mundo es menester ir bien abastecido de cautela y de indulgencia: aquella sirve para protegernos de daños y perdidas, esta última de pleitos y de pendencias”. Arthur Schopenhauer.

Sigmund Freud expone que en las mujeres “el Superyó nunca deviene tan implacable, tan impersonal, tan independiente de sus orígenes afectivos como exigimos en el caso del varón”. Lo de no tan impersonal ni tan independiente de sus orígenes afectivos aparecerá en otros momentos de la obra freudiana, donde se destaca que en las mujeres, más que en el caso de los varones, la cuestión depende de la «intimidación exterior»; es decir, estará más expuesta a la relación con un “Otro” estragante.
La amenaza para la niña durante el Complejo de Edipo tiene que ver con la pérdida de amor del padre, algo que se repetirá a lo largo de su vida con sus respectivos partenaires, lo que recaerá una demanda fálica. La pérdida del amor, o la desestimación de esta demanda, implica sumergirse en la angustia —más profundamente que en caso de los hombres— esto puede crear en ellas cierta dependencia que la lleve a aceptar cualquier tipo de exigencia por parte de ese Otro. Así, el partenaire haría las veces de ese Superyó, débil como instancia interna, pero tan estragante como siempre, y menos impersonal.
Hans Sachs expresó respecto a las féminas, que poseen un Superyó postizo a partir de la relación con los hombres, de quienes se tornarían en dependientes y sumisas; «por lo que hecho de perder el amor resultaría equivalente a la angustia de castración para los hombres». En este punto, se encuentra una de las respuestas, además del placer que puede ocasionar el vínculo de pareja, de por qué se sostiene el amor entre los partenaires. Si bien es mentira que el amor todo lo puede, al menos logra anular, temporariamente, la angustia de castración.


La maduración de la relación de pareja.

“Cuando odias a una persona, odias algo de ella que forma parte de ti mismo. Lo que no forma parte de nosotros no nos molesta”. Hermann Hesse.

Obviamente, la calidad y el desarrollo de una relación amorosa dependen del psiquismo de la pareja y, por implicación, el proceso de selección que los une. Los mismos rasgos que implican maduración de la capacidad para las relaciones amorosas son los que gravitan en el proceso de selección. La capacidad para disfrutar libremente del placer sexual constituye —si por lo menos tiene acceso a ella uno de los dos partenaires— una temprana situación de prueba, en la medida en que ambos estén en condiciones de lograr una libertad conjunta, riqueza y variedad en sus encuentros sexuales. Encarar frontalmente la inhibición, limitación o el rechazo sexuales del partenaire es signo de una identificación genital estable, en contraste con el rechazo colérico, la desvalorización o la sumisión masoquista a esa inhibición sexual. Por supuesto que la respuesta a este desafío por parte del partenaire sexualmente inhibido se convertirá en un elemento importante de la dinámica en desarrollo de la pareja. Detrás de las incompatibilidades sexuales tempranas de la pareja suele haber problemas edípicos significativos no resueltos, y la medida en que la relación puede contribuir a solucionarlos depende sobre todo de la actitud del partenaire más sano.
«Evitar a una pareja que obviamente impone limitaciones severas a la expectativa de gratificación sexual es un aspecto del proceso normal de selección».
El desarrollo de la capacidad para las relaciones objetales totales o integradas implica el logro de una identidad del Yo y, por la misma razón, de relaciones objetales profundas, que facilitan la selección intuitiva de un sujeto que corresponda a los propios anhelos y aspiraciones. Siempre habrá determinantes inconscientes en el proceso de selección pero, en circunstancias comunes, la discrepancia entre los deseos y temores inconscientes y las expectativas conscientes no será tan extrema como para convertir en un peligro importante la disolución de los procesos tempranos de idealización en la relación de pareja.
La selección de la pareja que uno ama y con la cual se quiere pasar juntos el resto de la vida involucra ideales maduros, juicios de valor y metas que, aparte de satisfacer las necesidades de amor e intimidad, le procuran un sentido más amplio a la vida propia. Se podría cuestionar que el término “idealización” se aplique en este caso, pero en la medida en que se selecciona a un partenaire que corresponda a un ideal por el que se lucha, en esa elección hay un elemento de trascendencia, un compromiso con la pareja que se produce con la influencia del Ideal del Yo.




La elección de pareja.

“El divorcio probablemente se remonta a la misma época que el matrimonio. Yo creo, sin embargo que el matrimonio es algunas semanas más antiguo”. François-Marie Arouet “Voltaire”.

Sigmund Freud señaló que las mujeres regularmente creen elegir al hombre (partenaire) según el modelo paterno que tuvieron en su infancia, pero en el fondo repiten la relación que tuvieron realmente con su madre —esto es una evidencia plausible en el psicoanálisis—. Incluso esgrime un optimismo envidiable cuando agrega que, en este sentido segundos matrimonios son mejores, pregonando el triunfo de la «esperanza» por sobre la «experiencia».


El amor significa, volver al principio.

“¿Nos acordamos aún del amor, generador de fecundos errores? Cualquier paso que demos en el amor intimida el conocimiento y lo obliga a caminar recatadamente a nuestro lado o pegado a nosotros. La mengua de lucidez es una señal de vitalidad del amor”. Émile Michel Cioran.

Cuando dos sujetos, en el ámbito de la intimidad corporal, dos seres únicos y en la soledad de su existencia, logran encontrar mutuamente que el otro representa la respuesta a su deseo, están inequívocamente ante el amor, algo de valor incalculable para el sujeto en particular y para la humanidad en general.
Sigmund Freud llegó a expresar que en el fondo de todo enamoramiento hay un deseo inconsciente de recuperar aquella primera experiencia, aquel primer amor que nada ni nadie podrá sustituir, la simbiosis madre-hijo. Y por eso el enamoramiento es considerado —desde el psicoanálisis— como una psicosis transitoria, porque quien lo experimenta es expulsado de la realidad, esculpiendo de manera ilusoria a su partenaire como aquel objeto primario (madre) a la medida de lo que fue su primer deseo.


El enamoramiento psicopatológico.

“Las mujeres no advierten lo que hacemos por ellas, no notan sino lo que dejamos de hacer”. Georges Courteline.

Sigmund Freud dijo que durante el acto de enamorarse el Yo se vacía de las catexias libidinales, las cuales son investidas en el objeto amoroso, que reemplaza al Ideal del Yo. En relación a esto, la postura que toma Janine Chasseguet-Smirgel, resulta contraria a la de Freud, señalando que existe un enriquecimiento de la investidura libidinal del sí-mismo del sujeto que ama sobre todo en circunstancias normales, y en el caso que el objeto no corresponda al amor del sujeto, es abandonado en un proceso de duelo; pero si el amor es correspondido, se realza la autoestima de los amantes.
La diferencia entre el enamoramiento normal y el masoquista reside precisamente en que las personalidades masoquistas pueden sentirse irresistiblemente atraídas por objetos no responsivos. De hecho, lo que caracteriza a los enamoramientos masoquistas es la elección inconsciente de objeto que claramente son incapaces de responder al amor o no están dispuestos a ello. Es importante diferenciar esas relaciones amorosas imposibles de la perversión sexual masoquista, en la cual un objeto de amor proporciona gratificación sexual junto con dolor físico, degradación y humillación. Aunque ambas pautas pueden coincidir, ello ocurre muy pocas veces.
La descripción del masoquismo sexual en Venus in Furs, de Sacher-Masoch (apellido del cual deriva la palabra “masoquismo”) corresponde a la relación del autor con su primera esposa (y después también con la segunda) e ilustra las prácticas perversas típicas en el contexto de una relación estable con un objeto amoroso.
El hecho de sacrificarse uno mismo y sacrificar todos nuestros intereses por el objeto que no corresponde afectivamente, sugiere la presencia de un trastorno depresivo-masoquista de la personalidad, pero el autosacrificio dramático y la facilidad con que el sujeto parece hacer tabla rasa con unas pautas de toda una vida en la persecución de un objeto amoroso idealizado, inaccesible puede darle al psicoanálista la impresión de estar ante cualidades narcisistas: la desatención de todos los demás, salvo el objeto de amor, hacen ver un “compromiso total” del sujeto, pero en el cual queda afligido. De hecho, el sujeto que presenta ese enamoramiento psicopatológico pone de manifiesto una sensación de gratificación y satisfacción narcisista en su esclavizamiento a un objeto inaccesible. Se enorgullece inequívocamente de su imagen de “sufriente más grande de la tierra en aras del amor”, imagen dinámicamente relacionada con la gratificación narcisista de ser “el más grande pecador” o “la víctima más desgraciada”. En este tipo de enamoramiento psicopatológico, el amor al objeto inaccesible representa la sumisión a los aspectos del Ideal del Yo del Superyó, proyectados sobre el objeto, y del amor penoso e insatisfactorio llena indudablemente al sujeto de orgullo e intensidad emocional. El compromiso masoquista con objetos amorosos inaccesibles también puede estar presente en sujetos con personalidad histérica, como por ejemplo, la mujer que sólo se enamora de hombres que la tratan mal o que son en gran medida, indiferentes hacia ella. En casos más graves, el sujeto debe elegir no un objeto amoroso inaccesible sino además claramente sádico.


martes, 14 de noviembre de 2017

Las complicaciones del sujeto para expresar amor.

“Lo que se pretende despertar no es el deseo de creer, sino el de encontrar, que es todo lo contrario”. Bertrand Russell.

En el psicoanálisis se debe tener en cuenta la distinción entre la situación que se origina en la Etapa Oral temprana y la que surge durante la etapa posterior, cuando emerge la tendencia a morder y toma su lugar junto a la de suc­cionar. En el estadio oral posterior aparece una diferenciación entre el amor oral, asociado con succionar, y el odio oral, asociado con morder por lo tanto el desarrollo de la ambivalencia es una consecuencia de esto.
La tem­prana Etapa Oral es preambivalente, y esto es especialmente importante a la luz del hecho de que la conducta oral del infante durante esta fase preambivalente representa la primera forma de expresar amor. La relación oral del niño con la madre en la situación de succión repre­senta su primera experiencia de relación amorosa, y es por consiguiente el fundamento sobre el que se basan todas sus futuras relaciones con los «obje­tos de amor». Representa también su primera experiencia de una relación social, y por consiguiente forma la base de su actitud en general, que servirá para integrarse socialmente. Teniendo en cuenta estas consideraciones, volvamos a la si­tuación que surge cuando el niño fijado a la Etapa Oral temprana llega a sentir que su madre no lo ama ni valora realmente como persona. Lo que sucede en estas circunstancias es que la situación traumática original de la Etapa Oral temprana se reactiva y reinstala emocionalmente, y el niño siente entonces que el motivo de la aparente falta de amor de su madre hacia él, es que ha destruido su afecto y lo ha hecho desaparecer. Al mismo tiempo siente que el motivo de su aparente rechazo en aceptar su amor es que su propio amor es malo y destructivo. Esta es, por su­puesto, una situación infinitamente más intolerable que la situación com­parable que surge en el caso del niño fijado a la Etapa Oral posterior. En este último caso, el infante, esencialmente ambivalente, interpreta la situa­ción en el sentido de que es su odio, y no su amor, lo que ha destruido el afecto de su madre. Es entonces en su odio donde le parece que reside su maldad, y así su amor puede permanecer bueno ante sus ojos. Esta es la posición que parece subyacer a la psicosis maníaco-depresiva, y constituir la posición depresiva. En contraste, la posición subyacente a los desarrollos esquizoides parecen surgir en la temprana Etapa Oral pre­ambivalente, posición en la que el infante siente que su amor es malo por­que parece destructivo hacia los objetos; y esto puede ser adecuadamente descrito como la posición esquizoide. Esto representa una si­tuación esencialmente trágica, y provee el tema de muchas de las grandes tragedias de la literatura. No debe extrañar entonces que sujetos con considerable tendencia esquizoide experimenten tantas dificultades para demostrar amor porque siempre antecede una profunda ansiedad antes de manifestarse; un sentir que lo expresa magníficamente Oscar Wilde: “Todo hombre mata lo que ama”, o lo que dijo Jacinto Benavente: “No hay nada que desespere tanto como ver mal interpretados nuestros sentimientos”. Tampoco es de ex­trañar que estos sujetos experimenten dificultad para brindar sus sentimientos porque nunca pueden escapar enteramente al temor de que esas expresiones sean malignas.
El sujeto con una tendencia esquizoide tiene otro motivo para guardar su amor dentro de sí, además del que surge de la sensación de que es demasiado precioso como para separarse de él; mantiene encerrado su amor porque siente que es demasiado peligroso como para descargarlo en los objetos. Así no sólo guarda su amor sino teme expresarlo. Pero la cuestión no termina ahí, ya que como siente que su amor es malo, está dispuesto a interpretar el amor de los otros en términos similares. Esta interpretación no implica necesariamente pro­yección por su parte, pero por supuesto está siempre predispuesto a recu­rrir a esta técnica defensiva. Esto queda ilustrada en el cuento de la “Caperucita Roja”, el lobo representa —para Caperucita— su propio amor incorporativo oral, la narración nos señala que el lobo toma el lugar de la abuela en la cama, lo que significa, por supuesto, que atribuye su propia actitud incorporativa a su objeto, que parece entonces convertirse en un lobo devorador. Así resulta que el sujeto con características esqui­zoides está predispuesto a sentirse impulsado a erigir defensas, no sólo contra su amor por los otros, sino también contra el amor de ellos hacia él.
El sujeto con tendencia esquizoide renuncia al contacto social en mayor o menor medida, ante todo porque siente que no debe amar ni ser amado. Pero no siempre se contenta con un mero distanciamiento pasi­vo, por el contrario, regularmente toma medidas activas para alejar a los objetos de él. Para este propósito tiene a mano un instrumento dentro de él mismo en la forma de su propia agresión diferenciada. Moviliza los recursos de su odio, y dirige su agresión contra los otros, y particular­mente contra los sujetos que mantiene un vínculo y de esta manera puede pelearse con los demás, ser censurable, rudo… Al hacerlo, no sólo sustituye amor por odio en sus relaciones con los objetos, sino también que los induce a odiarlo en vez de amarlo, y hace todo esto con la única finalidad de mantener a distancia los objetos.
Y por último debemos señalar, que algunos de los sujetos esquizoides pueden hacer uso de las redes sociales para permitirse ser amados y amar, esta es otra tragedia a la que están expuestos, amar y dejarse amar con la única condición que sea a la distancia. Pero muy en el fondo, siempre tiene la esperanza de amar y ser amado.


La influencia del entorno social en la pareja.

“Si los cónyuges no vivieran juntos abundarían más los buenos matrimonios”. Friedrich Wilhelm Nietzsche.

El vínculo que une a la pareja, donde está presente el amor y la sexualidad madura, e integrado la ternura y el erotismo, y además tiene valores profundos y compartidos, está siempre en oposición abierta o disimulada con su entorno social.
Las convivencias de la pareja en el entorno social, por un lado refuerza la intimidad sexual entre ellos, y establece un escenario en el que las mutuas ambivalencias se integran en la relación amorosa, y la enriquecen pero al mismo tiempo la amenazan. Estamos refiriéndonos a una actitud interna que consolida a la pareja, regularmente de formas subyacentes, y que pueden estar enmascaradas por adaptaciones superficiales al grupo social.
Hay que advertir que la pareja generalmente está en oposición al ambiente social pero necesita de él para su supervivencia. Una pareja sin vínculos sociales, más allá de la familia, corre el peligro de una liberación grave de la agresión, que puede destruirla o dañar severamente a ambos partenaires. Frecuentemente la psicopatología de uno o ambos consortes puede generar la activación de relaciones objetales internalizadas, conflictivas, reprimidas o disociadas, que son reescenificadas por la pareja a través de la experiencia proyectiva de sus traumas inconscientes (por ejemplo la separación y el retorno de ambos a sus núcleos sociales respectivos, en una búsqueda final, desesperada, de libertad).
En circunstancias menos graves, los esfuerzos inconscientes de uno o ambos partenaires por mezclarse o disolverse en su ambiente social, atraviesan la barrera de la exclusividad sexual, y entra el riesgo de preservar la existencia de la pareja, con amenaza de invasión y deterioro de su intimidad.
Las relaciones triangulares estables (donde uno o ambos cónyuges tienen un amante), además de reescenificar diversos aspectos de los conflictos edípicos no resueltos, representan la invasión de la pareja por terceros. El colapso de la intimidad sexual (por ejemplo, en un matrimonio con estilo de vida Swinger) representa la destrucción severa del vínculo de la pareja.
En síntesis, al rebelarse la pareja contra su entorno social establece y afirma su identidad, su libertad con respecto a la convención y el inicio de su vida en pareja. Volver a disolverse en el grupo social es el puerto final de la libertad para los supervivientes de una pareja que se ha destruido.
Antes de la sexualidad comprometida con el partenaire, se encuentra casi siempre el amor romántico, caracterizado por la idealización del compañero, la experiencia de trascendencia en el contexto de una pasión sexual y la liberación de los lazos familiares. La rebelión contra el entorno familiar y social comienza en la adolescencia tardía, pero no termina con ella.
Por cierto, la distinción tradicional entre el «amor romántico» y el «afecto marital» refleja el conflicto constante entre la pareja y el grupo social en el que conviven, la desconfianza del este grupo respecto de las relaciones que incluyen el amor y el sexo eluden su control total. Esta distinción también refleja la renegación de la agresión en la relación de pareja, que a menudo puede transformar una relación amorosa profunda en una violenta.
Entre la pareja y el entorno social existe una relación intrínseca, compleja y fatal. La creatividad de la pareja depende del establecimiento exitoso de su autonomía dentro del escenario social, por lo que no puede escabullirse totalmente del grupo. Los partenaires escenifican y mantienen la esperanza en los otros que conforman el grupo social, en su aspecto amoroso y sexual, aunque existen también procesos emanados de este ambiente que pueden activar la destrucción de la pareja, como por ejemplo la envidia. Grupo social y pareja se necesitan mutuamente para coexistir.
No obstante, la pareja no puede evitar experimentar la hostilidad y envidia del entorno social, que deriva de las fuentes internas de envidia a la unión secreta y feliz de los cónyuges, y de la profunda culpa inconsciente por los impulsos edípicos prohibidos.
Una pareja estable constituida por un hombre y una mujer que se atreven a superar las prohibiciones edípicas contra la unificación del sexo y la ternura, se separan de los mitos colectivos que infiltran la sexualidad por el ambiente social en el que ha evolucionado la relación de los partenaires como pareja. Los procesos grupales que envuelven sexualidad y amor alcanzan su máxima intensidad en la adolescencia, pero persisten de modo más sutil en las relaciones de las parejas adultas. Dentro del grupo social existe una constante intriga, de algunas personas, por conocer la vida privada de la pareja. Al mismo tiempo, los consortes se sienten tentados a expresar el odio en conductas agresivas mutuas dentro de la relativa intimidad del círculo social. Incapaces de contener esa conducta dentro de la privacidad de su relación, la pareja puede entonces utilizar el grupo como vía para descargar la agresión, y como teatro para desplegarla. El hecho de que algunas parejas que habitualmente se pelean en público tengan una relación privada profunda y duradera no debe sorprender.
En algunas ocasiones la agresión de los partenaires se puede expresar tan violentamente en público que destruye la intimidad compartida como pareja, en particular sus vínculos sexuales, y los dirija a la destrucción de la relación. Familiares y amigos más allegadas a esta pareja intentan por cualquier medio remediar las desavenencias​ pero secretamente disfrutan de una gratificación vicaria con las peleas y discusiones que mantienen estos cónyuges, y al mismo tiempo reafirman la seguridad de sus propias relaciones.
Una pareja que mantiene su cohesión interna y al mismo tiempo ejerce una poderosa influencia sobre el grupo social circundante, sobre todo si se trata de algún tipo de «organización», se convierte en modelo para la idealización pero también en blanco de la envidia edípica. El odio de esta organización a la pareja idealizada puede protegerla al obligar a los partenaires a unirse, y al enmascarar la proyección de su propia agresión mutua, no reconocida. En el momento que esta pareja se aleje del grupo pueda surgir una agresión profunda entre los partenaires que la disuelva.
Como hemos visto, una pareja que, por razones realistas o neuróticas, se aísla del grupo social circundante, corre el peligro de los efectos internos de la agresión mutua. El matrimonio parece entonces una cárcel, y al abrirse camino y unirse a un grupo quizá se asemeje a una huida a la libertad. La promiscuidad sexual que sigue a muchas separaciones y divorcios ejemplifica esa huida a la libertad y a la anarquía del grupo. Por la misma razón, el grupo puede convertirse en prisión para los miembros que no pueden o no se atreven a entrar en una relación estable de pareja.


​La vida cotidiana es una novela por excelencia.

“Fueron Arthur Schopenhauer y Friedrich Wilhelm Nietzsche quienes mejor hablaron en el siglo XVIII del amor… sin embargo, las únicas mujeres que frecuentaron trabajaban en burdeles”. Émile Michel Cioran.

El artista pasa en soledad casi la mayor parte de su vida, mientras mantiene un asiduo contacto con sus creaciones, y únicamente le es dado disfrutar de la anhelada multiplicidad de la vida, observando y escuchando sin participar directamente en ella, con el único fin de plasmarlo en sus obras de arte, cual si fuera un niño embelesado. Así, el genuino placer sólo lo será brindado a aquel que viva para disfrutar de la vida cotidiana y que se entregue libre y pródigamente. Todo aquel que se dedica a las bellas artes con una profunda devoción, roza sólo la vida; el artista plasma generalmente lo que no logra vivir, o sea, sus ilusiones y esperanzas, en vez de concretarlas en la realidad, las modela en el arte.
El sujeto que vive por y para el placer, es la antítesis de lo anterior, aunque le falta siempre la fuerza, la intuición de dar forma a lo que vive. Esa clase de sujetos se diluyen en el instante, en la realidad, y ese momento resulta ser efímero porque se mezcla inmediatamente con otros sucesos; el artista, en cambio, sabe eternizar el más nimio acontecimiento. Así que ambos extremos están apartados, aislados, en vez de fecundarse mutuamente; al uno le falta consagrarse al arte, al otro dedicarse a vivir. Paradoja irresoluble: los sujetos de acción, los que están inmersos en el placer, tendrían más cosas que contar que los poetas, pero no les es dado el talento para hacerlo. Los sujetos creadores, por el contrario, se ven forzados a imaginar y a imaginar mucho, porque lo que han vivido nunca es suficiente para narrarlo. Muy pocas veces la vida del poeta merece ser contada y, al revés; muy pocos hombres de vida accidentada tienen capacidad para escribirla.
La narración de Jacobo Casanova no es fantasía exprimida o imaginación, sino una realidad tangible que desboca, es decir, es la vida misma que nunca puede ser superada por las alas de la fantasía. La realidad siempre va un paso adelante de la ficción.
Casanova sólo tiene un trabajo, el más modesto que cabe al artista, y es hacer creíble lo que parece un imposible.


​La película erótica, psicoanálisis.

“En los inicios de un amor, los amantes hablan de futuro; en sus postrimerias, del pasado”. André Maurois.

Un filme erótico amenaza los límites de lo convencional, entiéndase convencional como películas aptas para todo público. La audiencia que observa un filme erótico donde la relación sexual está hábilmente disimulada, activa profundas prohibiciones contra la invasión a la pareja edípica (padre-madre) y la concomitante excitación suprimida o reprimida.
Lo que los sujetos observan en este tipo de películas implica un desafío al Superyó infantil y al Superyó de la etapa de la latencia. Las escenas vistas en una película erótica inducen a una excitación sexual, siempre y cuando los sujetos tengan tolerancia a los estímulos visuales de esta índole. Mientras que los espectadores que padecen inhibiciones sexuales severas, experimentarán aversión y asco durante el filme, ya que lo sienten como un ataque violento a sus valores morales, lo que denota un Superyó marcadamente cruel y despiadado.
El filme erótico puede cautivar al espectador con una tremenda fuerza por el hecho que el trama lleva una profunda subjetivación de los protagonistas con lo que se facilita la identificación del sujeto con alguno de los actores que inconscientemente representan a la pareja edípica de la infancia (padre-madre). Esta violación del tabú proveniente del Complejo de Edipo inspira entonces culpa, vergüenza y turbación. La identificación inconsciente con la conducta exhibicionista de los actores, aunado con los aspectos sádicos y masoquistas de los impulsos voyeuristas y exhibicionista respectivamente, producen un desafío que impacta sobre el Superyó del espectador.
El filme erótico —como arte visual— exige madurez emocional, capacidad para tolerar y disfrutar de la sexualidad, tolerancia para aceptar la combinación del erotismo y la ternura, integrar adecuadamente lo erótico en una relación sentimental y emocional compleja, con lo cual se logra una identificación con los actores y sus relaciones objetales manifestadas en la película, al ser receptivos de los valores éticos y estéticos implícitos en las escenas.
De un modo extraño, nuestra capacidad para identificarnos con la pareja enamorada de la película crea una nueva dimensión de privacidad que la protege y al mismo tiempo protege al espectador, en contraste con la destrucción de la intimidad y la privacidad que se opera en el filme pornográfico.
En el filme de arte, los elementos voyeuristas y exhibicionistas de la excitación sexual activada por el hecho de ser testigos (espectadores) de la intimidad sexual, y los elementos sádicos y masoquistas de esa invasión, quedan contenidos por la identificación con los personajes y sus valores. El espectador participa en la “Escena Primaria” mientras inconscientemente asume al mismo tiempo la responsabilidad de mantener la privacidad de la pareja. Los elementos agresivos de la sexualidad infantil perversa polimorfa se integran en la sexualidad edípica, y la agresión en el erotismo.
El arte erótico logra una síntesis de sensualidad, relaciones objetales profundas y sistemas de valores maduros, y aunque estén presentes los celos, la envidia, el odio y la agresión, no deja de reflejarse la capacidad a la tolerancia y consentir la ambivalencia de ambos partenaires para el compromiso y el amor apasionado. El filme erótico representa el Complejo de Edipo puesto en escena.


​La ilusión en las redes sociales.

“Lo más imperioso del ser humano: el deseo de reconocimiento”. Jacques-Marie Émile Lacan.

“Lo que vuelve tan tristes las grandes ciudades es que cada hombre quiere ser feliz, pero las oportunidades disminuyen a medida que el deseo crece. La búsqueda de la felicidad indica la distancia del paraíso, el grado de la caída humana”. Émile Michel Cioran.

Existen espacios en Internet dedicados para que los cibernautas se registren con la finalidad de conocer y relacionarse con otros usuarios, ya sea de manera virtual o personalmente. Estas plataformas virtuales ofrecen sus servicios para que sus usuarios puedan desde publicar o intercambiar puntos de vista sobre determinados temas, conocer nuevas amistades o posibles parejas sentimentales, hasta encuentros de tipo Swinger. En estas redes sociales cualquiera puede registrarse para inscribir su perfil y alojar información detallada sobre su persona, que no siempre resultar ser verdadera, incluso brindan la oportunidad de colocar fotografías para presentarse públicamente ante la mirada de otros, es decir, de todos aquellos que acceden al perfil en calidad de invitados, e incluso algunos mantienen su perfil abierto (libre acceso) lo que posibilita que cualquier persona registrada en la plataforma pueda consultarlo en cualquier momento.
Esa intimidad del sujeto que presenta como espectáculo público, con detalles de su vida privada —en su caso— hace un par de décadas era inconcebible hacerlo. Así, “conocer” a otros —si es que tal palabra es la adecuada para describir el fenómeno actual que se presenta en estas plataformas— en las cuales se inscriben cientos de usuarios diariamente para contactar de manera instantánea y práctica a otros que buscan gustos afines a los suyos.
Estos espacios virtuales son usados por los usuarios engañosamente, en mayor o menor medida respecto a la información personal que proporcionan, así como de las fotografías que muestran, es decir, que aquellos que se presentan en estas redes sociales están sometidos consciente o inconscientemente a lo que desean mostrar de sí a los demás, incluso si no corresponde a lo que le es propio, pueden tergiversar su información con total ilusión.
Por ejemplo, una mujer puede colocar fotografías haciéndose pasar por otra, o usar algún programa de diseño para modificar sustancialmente su propia fotografía, y pretender que el usuario que visite su perfil se haga una imagen a partir de ello. Asimismo puede presentar información que exagera sus cualidades y atributos. Se trata, pues, del reino de lo imaginario al servicio de la fantasía, con lo cual el sujeto experimenta la posibilidad de obtener lo que, al menos desde la perspectiva psicoanalítica, constituye uno de los deseos más imperiosos del ser humano: el deseo de reconocimiento (Jacques-Marie Émile Lacan).
Claro está, este deseo pone en riesgo de manera significativa el pacto social, el discurso que puede construir el lazo simbólico entre los sujetos, en tanto tiende a derivar en desilusión, indiferencia, burla… cuando no se encuentra el retorno de la imagen idealizada que se espera obtener con el reconocimiento del otro.


​¿A quién amamos realmente?

El fantasma del amor.

“Lo contrario del amor no es el odio sino la indiferencia”. Wilhelm Stekel.

Para el psicoanálisis existe un componente psíquico llamado “fantasmas” que son generalmente inconscientes, o casi en su mayoría lo son, e impregnan el cuerpo del sujeto, organizan su sensibilidad erógena y dirigen —sin que él lo sepa— el conjunto de sus afectos, lazos sociales y hasta sus nimias acciones.
El dominio que ejercen dichos fantasmas en el sujeto tiñen la realidad, sus vivencias, pensamiento, decisiones y todos sus actos están guiados inevitablemente por ese velo llamado fantasma.
El sujeto cuando mira su realidad circundante, percibe algo diferente a como «verdaderamente» sucede. No observa lo que sucede sino nada más lo que quiere ver, lo que debe captar según lo que dicta el guión de sus fantasmas y los deseos que los animan. En el fondo, jamás observamos las cosas tal como son, sino tal como las deseamos y las fantaseamos.
Ahora bien, teniendo en cuenta lo que el sujeto desea, podemos concluir que no observa lo que sucede en la realidad, sino lo que percibe dentro de sí mismo: “Cuando se ama al partenaire, lo que vemos en él o ella realmente es la proyección de uno mismo, nuestros fantasmas los depositamos en el otro”.
El fantasma modela la realidad de acuerdo con una “representación” que nos subyuga, siguiendo una acción dramática interior que se impone incesantemente. En el centro del Yo existen fantasmas inamovibles, imperecederos que invaden continuamente la  percepción de la realidad; es decir, obran a modo de un lente cóncavo que deforman dicha realidad.
La conducta afectiva siempre es una expresión que se ha vivido y que contiene uno o varios fantasmas inconscientes que se depositan permanentemente en nuestro interior. Una vez que el fantasma se ha formado, se desarrolla con todas sus consecuencias y entonces el fantasma se mueve con la seguridad y la precisión de un bisturí en las manos de un experto cirujano.
Así como el partenaire es un fantasma para el sujeto, éste último también representa un fantasma para su pareja.
Cada uno de nosotros vivimos con fantasmas, pero al mismo tiempo somos fantasmas para el otro. No existe un sujeto capaz de amar a otro tal como es en lo “Real”. Cuando se ama estamos sutilmente deformamos al partenaire de acuerdo a nuestras fantasías que proyectamos en él. Posiblemente el colmo del amor de pareja consista en el furor que el sujeto expresa en un intento de transformarse en ese anhelado fantasma que proyecta sobre él, su partenaire y, viceversa.
Únicamente podemos amar lo que “creemos” que es la pareja, ella o él es sólo un espejismo, y sin dejar de ser ese espejismo nos provoca amarlo, odiarlo, enojarnos, ser agresivos, violentos…
El partenaire amado es alguien constituido de verdad y falsedad, de realidad y de espejismos. Cuando alguien suele decir que ama, podemos estar seguros que ha forjado en su imaginación —sin que se percate de eso— al ser que se entrega con profunda devoción.
Y por último debemos agregar que estos fantasmas no contienen la nitidez de una filmación cinematográfica sino son un esbozo, un esquema dinámico más vivido que concebido. Es, pues, una escena sentida y no vista, como si el sujeto fuera «ciego» a su fantasma. El fantasma está ahí, influye en el comportamiento, pero el sujeto jamás lo observa, aunque puede experimentar la sensación que corresponde a su gesto en la acción escénica. El fantasma siempre dirige al sujeto, pero éste no observa la escena ni distingue claramente a los protagonistas; siente las tensiones que están en juego, la intensidad o, más exactamente, el equilibrio de las fuerzas dominantes y hostiles, protectoras y tiernas. El fantasma es una escena virtual, una representación abstracta y condensada de nuestras tendencias inconscientes.


La demora del tiempo para la mujer en el acto sexual.

El hombre no debe olvidar nunca que mientras transcurre el placer erótico y el coito es él el único «amo del tiempo». Es cierto que algunos hombres saben esperar con cautela el acto sexual, mientras deleitan a su partenaire durante el preámbulo erótico, pero casi la mayoría se desesperan en aguardar. Hay que señalar que la mujer está mayormente sensibilizada al transcurso del tiempo que el hombre. No sólo porque la mujer necesita más tiempo físicamente sino porque en el placer, tanto como en el amor en general, el tiempo para ella es sinónimo y una prueba de amor. Puede entonces decirse que para las féminas: “La demora del tiempo significa amor”.
El tiempo para ellas se transforma en condición indispensable para ir eliminando una a una las inhibiciones que obstaculizan su placer sexual.


jueves, 26 de octubre de 2017

El amor como intento de reparar la herida narcisista durante el Complejo de Edipo.

“La esperanza, no obstante sus engaños, nos sirve al menos para llevarnos al fin de la existencia por un camino agradable”. François de La Rochefoucauld

Toda historia de amor es la cauterización de una profunda herida narcisista. Un lugar donde está lo común y lo ajeno que nos indica la alteridad. Es un intento de consuelo y de resolución de la tragedia infantil edípica. Es reparación y búsqueda de un nuevo destino que despliega en si mismo otras posibilidades de nuevo dolor.


La disuasión de Casanova.

“Casanova enseña que en la sexualidad debe predominar la pasión, no la razón”.

“Casanova disuade a la mujer —después de haberla poseído— a que siga gozando de su sexualidad en su vida futura”.

Casanova, como buen maestro en el arte de la seducción, las instruye a sus parejas sobre el placer sexual, libre de ataduras morales, y las dirige a descubrir la naturaleza encantadora que oculta su género femenino.
Casanova exhorta a sus partenaires a considerar como pecado, no la entrega, sino la resistencia, pecado grave contra la carne, contra las leyes naturales, con esto ellas se sienten decididas, libres de toda culpa y con la libertad de actuar.
Las manos de Casanova poseen la habilidad de desnudar a la mujer, y de despojarla de su miedo y timidez; en sus brazos se convierten en verdaderas mujeres, tan pronto como se han entregado.
La felicidad de Casanova contagia a las féminas y, embriagadas de éxtasis borra cualquier vestigio de culpa que pudieran tener después de haber compartido el lecho. Pues el placer sexual de Casanova únicamente es completo cuando es compartido, siente su sangre ardiente recorriendo las venas cuando la mujer se le entrega: “Los cuatro quintos del placer han sido siempre, para mí, el hacer gozar a la mujer”, afirma Casanova.
Casanova necesita placer contra placer —así como otros necesitan amor correspondido para sentirte dichosos— y con sus fuerzas intenta agotar la efervescencia del placer que siente su partenaire, antes que consumir el suyo. Por eso sería un contrasentido que ese altruista del placer se sirviera de la astucia o de la fuerza para alcanzar el deleite erótico. A Don Juan le interesa haber poseído, haber seducido; a Casanova, en cambio, únicamente le interesa el haber llevado al clímax a la mujer.
Casanova no se le puede denominar taxativamente “seductor” porque las induce al juego, a ese juego de la seducción, dejando de ser meras espectadoras, pasivas, para convertirlas en participantes dinámicas que descubren su mundo sexual adormecido, perezoso a fuerza de prejuicios y de la moral.
Eros se caracteriza por la ligereza y el movimiento arrebatador (sólo la irreflexión es capaz de aligerar a uno del peso de esa moral recalcitrante), y Casanova posee ese «don», toda mujer que se le entrega se hace más femenina que antes, porque ha aprendido sobre la voluptuosidad y la han disfrutado, y con ello disipan muchos prejuicios; además les enseña que el cuerpo de ellas y el suyo, que hasta entonces habían mirado con pudor, juntos son una fuente de placer infinito y permanente.
Casanova enseña a sus parejas que deben entregarse íntegra y generosamente, a responder abiertamente al placer con el placer y sutilmente evade el tema del amor para no confundirlas. En realidad, Casanova no gana a la mujer para sí mismo, ni siquiera es su intención que se enamoren de él sino que las dirige a una forma nueva del placer; por eso, ellas siempre buscarán en otro hombre aquel Casanova que conocieron, que sea practicante de ese delicioso culto al erotismo.
Las mujeres quedan tan fascinadas con Casanova que la hermana mayor conduce a la menor a ese dulce sacrificio con el maestro; la madre lleva a su hija hasta el lecho del apasionado mentor; cada mujer empuja a su amiga para embaucarse en ese delicioso rito con ese gentil hombre llamado Jacobo Casanova.
Por el contrario, vemos en Don Juan que la mujer que que ha sido seducida, víctima más bien de un engaño, advierte apresuradamente a las otras de las desastrosas pretensiones de él —exhortación en vano, obviamente— por lo que Don Juan se convierte de encantador a embustero pero con Casanova pasa todo lo contrario, ya que cada fémina que ha poseído con fruición muestra a las demás que es un verdadero maestro del erotismo y por eso lo aman como símbolo, corporización del hombre pasional, como un sincero mentor.
Casanova al amar a una mujer en particular, realmente ama a todas en conjunto, la totalidad de lo femenino. Ellas quedan tan agradecidas con él que lo menos que pueden hacer, es elevarlo hasta lo divino.


viernes, 4 de agosto de 2017

La agresión como componente para el incremento de la excitación sexual.

Robert Jesse Stoller señaló la presencia esencial de la «agresión» como componente para el aumento de la excitación sexual. Asimismo subraya la importancia que guarda el «misterio» entre la pareja para su excitación sexual, describiendo los factores anatómicos y fisiológicos que, en interacción con los deseos inconscientes y peligros edípicos, contribuyen a las cualidades excitantes y frustrantes que son una parte importante de ese misterio.
El misterio induce y refleja la fantasía sexual suscitada en por el Complejo de Edipo, que aunque es inconsciente no deja de tener una fuerza vital. Stoller hace hincapié en la función de la excitación sexual en la recreación de situaciones peligrosas y potencialmente frustrantes (relaciones sexuales en lugares públicos, preámbulo erótico en el cine, automóvil, etcétera) y en su superación mediante la gratificación de la fantasía y el acto sexual específicos. De modo que, en los términos de la capacidad para la excitación sexual y el deseo erótico y para la integración de las relaciones objetales preedípicas y edípicas como parte de las relaciones amorosas maduras, la integración de la libido y la agresión, el amor y el odio, gradualmente emergen como un aspecto principal de la capacidad para las relaciones amorosas, pero también en su aspecto psicopatológico.
Las facetas sadomasoquistas de la “sexualidad perversa polimorfa durante la infancia” proporcionan una importante energía impulsora para la fusión sexual en la adultez; un predominio excesivo de la falta de cuidado corporal tierno a cargo de la madre y del padre, así como experiencias traumáticas de abuso físico o sexual principalmente durante la infancia puede suprimir la capacidad para la respuesta sexual o interferir en la consolidación o el desarrollo del afecto de la excitación sexual en la edad adulta. A la recíproca, una represión excesiva de la agresión, las prohibiciones inconscientes contra los componentes tempranos y agresivos de la sexualidad infantil «perversa polimorfa», pueden inhibir significativamente y empobrecer la respuesta sexual.
El tipo más frecuente de inhibición sexual supone algún grado de supresión o represión de la sexualidad infantil perversa polimorfa, y que esta inhibición sexual gravita considerablemente en el empobrecimiento de la vida amorosa de parejas cuyas relaciones emocionales son en otro sentido satisfactorias.
Es muy común encontrar parejas —que acuden a psicoanálisis— manifestando tener relaciones sexuales frecuentes con su respectiva pareja, con excitación sexual y su respectivo orgasmo, pero con una creciente monotonía, es decir una vaga sensación de insatisfacción y aburrimiento, de sentirse vacíos inmediatamente después del coito. En consecuencia, en el área de la excitación sexual, tanto la falta de integración de la agresión como su exceso pueden inhibir la relación amorosa.
El mismo proceso aparece en las relaciones objetales dominantes de la pareja. La falta de integración de las relaciones objetales internalizadas “totalmente buenas” y “totalmente malas” (Melanie Klein) conduce a una idealización primitiva en las relaciones amorosas de la organización límite de la personalidad; la carencia de realismo propia de la idealización lleva fácilmente al conflicto y la destrucción del vínculo. Una idealización que no tolera la ambivalencia, que es fácilmente destruida por cualquier agresión en la relación, es por definición frágil e insatisfactoria, y los partenaires carecen de capacidad para una profunda identificación mutua. Pero la integración de las relaciones objetales que prenuncia el dominio de los conflictos edípicos avanzados, con la correspondiente tolerancia a la ambivalencia, también significa el surgimiento en la relación de una agresión que debe ser tolerada y es potencialmente peligrosa para el vínculo.
La tolerancia a la ambivalencia facilita la activación de guiones inconscientes y de la identificación proyectiva mutua de relaciones objetales internalizadas patógenas pasadas, de modo que la tolerancia a la agresión como parte de la relación ambivalente de la pareja la enriquece enormemente y asegura la profundidad que ha sido señalada como parte de la “identificación genital” por Michael Balint, o la “preocupación por el otro” por Donald Woods Winnicott. Pero la agresión excesiva amenaza a la pareja con un conflicto intolerable y con la ruptura potencial de la relación.


Amarse a sí mismo.

No es suficiente con amarse a sí mismo, también es necesario dejarse de odiar con tanto fervor y dejarlo de hacer con tanta frecuencia.


viernes, 2 de junio de 2017

La demanda de amor del toxicómano.

En el psicoanálisis es común observar ciertos puntos que se repiten en la historia individual de cada toxicómano, algo que tiene que ver con el vínculo madre-hijo.
Para iniciar asistimos a la reincidencia del sujeto con el consumo de la sustancia tóxica en el momento que tiene una cierta estabilidad y bienestar, y empieza a dar los primeros pasos para la concreción de algunos anhelos pendientes. Lo que comienza a delinear el retorno al consumo tiene una función tranquilizadora, ya que ante la posibilidad de alcanzar lo deseado se incrementa la excitación, excitación que debe apaciguarse por medio del efecto de la sustancia tóxica.
Este incremento de excitación se torna insoportable para el sujeto produciéndose el pasaje al acto “acting out” (drogarse) como un intento de "volver a cero" y con eso reiniciar.
El discurso del toxicómano regularmente expresa una queja en contra de su madre: desamor y despreocupación durante la infancia y/o adolescencia del sujeto. Asimismo manifiesta dolor por sentirse no querido y abandonado por su progenitora, sosteniendo un reclamo amoroso que nunca ha sido posible satisfacer. Esta repetición de la búsqueda de un «amor incondicional materno» se va repitiendo en las relaciones afectivas con su partenaire en las cuales siempre termina decepcionado porque le han “pagado mal” sus atenciones amorosos hacia con ellas; o incluso puede replegarse para evitar cualquier tipo de romance. Finalmente terminan temerosos o desconfiados de volverlo a intentar.
Ahora bien, estos sujetos expresan regularmente que su madre les prestaba poca atención “porque trabajaba fuera de casa todo el día”, o “porque estaba atendiendo todo el tiempo las labores de hogar” y nunca tenía el tiempo necesario para estar junto a él y ayudarle en las dificultades que atravesaba en esos momentos.
Llegado a este punto es preciso que el psicoanalista pregunte al toxicómano si en verdad la madre no le prestaba la atención reclamada por “malevolencia” o por “imposibilidad”; o si su progenitora presentaba un perfil narcisista que determinaba la dificultad para brindarle el amor y atención que requería. O sea la madre ¿no podía? o ¿no quería? Ante esta pregunta el toxicómano puede comprender que el “no poder” tiene que ver una “limitación materna”, algo que es posible entender racionalmente. Mientras el “no querer” tiene que ver con la subjetividad de la madre, como consecuencia de la dinámica familiar que tuvo en su infancia y adolescencia, que influyó decisivamente en su personalidad. Algo un tanto más difícil de comprender para el toxicómano, pero recordando la frase: “Quien sabe todo, todo perdona”, es algo sobre lo que debería reflexionar.
Aunque el toxicómano acepte —con cierta dificultad— que su madre tiene muchas limitaciones, inconscientemente la sigue percibiendo “omnipotente”. Para aceptar esta limitación es necesario “dejarla ir” simbólicamente hablando, pero esto provoca afrontar la soledad, soledad que se ratificaba con el consumo de la sustancia tóxica.
La repetición del consumo de la sustancia tóxica se activa porque reaparece inconscientemente el deseo incestuoso y únicamente el tóxico es el medio que puede cancelar el acto. A costa del toxicómano, anula la posibilidad de desplegar su Deseo*, y con ello preserva la integridad de la omnipotencia del “Otro Materno”.
Desde el punto de vista del psicoanálisis esto marca un momento crucial en el desarrollo de la «cura», en tanto que el producir el acto de destitución del “Otro Materno” lo deja en una situación de desamparo. Ante esto se abren dos posibilidades: Llegar a transformar el desamparo en la soledad que abre las puertas a la búsqueda de satisfacción del Deseo, implicando esto la producción de un acto que inscriba una marca de diferencia en la posición del sujeto.
Desplazándose de la dependencia infantil y la agotadora búsqueda de un amor incondicional que asegura la presencia y el amparo del Otro Materno, aun en el desamor que es negado, en última instancia, por el fantasma de que “mi madre no me atendió porque no quiso, no porque no podía”, con la posibilidad de una “autorización de sí mismo” que lo ubique en la responsabilidad subjetiva de sus actos.
Y la otra posibilidad es abandonar el psicoanálisis intentando —la más de las veces de un modo fallido— recomponer la situación inicial de sus anhelos a través de la intoxicación.
Es importante que los padres sepan que comienza otro tiempo cuando nace un hijo, esa vida significa un nuevo inicio, otra particularidad de la que no son dueños. Por eso el nacimiento de un hijo acontece sobre todo en su «aceptación», no tanto en el «deseo», sino en la aceptación, porque el deseo de los padres no puede contar con el deseo del hijo, pero una vez que éste viene al mundo hay ya otro Deseo que hay que aceptar. Esta es la más nítida figura de lo que en la clínica psicoanalítica se llama “Castración”: hay otro Deseo. Sin esa aceptación, la vida familiar no sólo se convierte en un tormento, sino se vuelve infernal, un infierno de exigencias, de amores ciegos y dependencias selladas; la relación con el Deseo se convierte entonces en sobreprecio y la satisfacción que provoque se verá ligada al daño y a la culpa.
La soledad da una cierta posibilidad al amor, no por ser un castigo, ni el amor una queja o una mera reivindicación.
Condenado todo el tiempo a la decepción, a la negación, que presidió la relación del infante con la madre, es tomar la «soledad como punto de partida», esto no significa que el sujeto presuma de autosuficiencia, ni que tema todo el tiempo ser abandonado, y que tampoco se reduzca a la decepción."

*A partir de la línea de la hipótesis de Sigmund Freud, según la cual el “deseo” pone en movimiento el aparato psíquico de acuerdo con la percepción de lo agradable y de lo desagradable, Jacques-Marie Émile Lacan ubica el “Deseo” en la carencia esencial que el niño experimenta una vez separado de la madre. Al no poder satisfacer esta falta, el deseo será llevado hacia sustitutos de la madre que la “Ley Paterna” prohíbe, para impedir la identificación del niño con la madre. Reprimida, desconocida, la pulsión es sustituible por un símbolo que encuentra su expresión en la demanda de conocer, de poseer. Las demandas, siempre insatisfechas, remiten a los deseos siempre reprimidos, y estos deseos se entretejen en una trama sin fines de asociación. El ejemplo de la anorexia mental, o rechazo de la nutrición, puede ilustrar esta implicación entre necesidad, deseo y demanda. La solicitud del niño de alimento manifiesta una necesidad orgánica, pero, más profundamente, se puede rastrear a una demanda de amor. La madre puede entender la verdadera demanda y abrazar al niño, negándole la comida, o bien puede creer simplemente en la necesidad y disponer la comida sin haber comprendido la verdadera demanda. Atiborrar al niño, satisfacer sus necesidades o impedirlas más acá y más allá de su demanda, lleva a sofocar la demanda de amor. La única salida para el niño, entonces, es rechazar el alimento para hacer brotar, por vías negativas, sus demandas de amor: “Es el niño al que alimentan con más amor –escribe Lacan– el que rechaza el alimento y juega con su rechazo como un deseo (anorexia mental). Confines donde se capta como en ninguna otra parte que el odio paga al amor, pero donde es la ignorancia la que no se perdona”. De esta forma Lacan ubica al deseo entre la necesidad y la demanda, distinguiéndolo de la primera porque la necesidad mira hacia un objeto específico y se satisface con éste, y de la segunda porque, al exigir un reconocimiento absoluto, el deseo trata de imponerse sin considerar al “otro” al cual se dirige la demanda.