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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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martes, 14 de noviembre de 2017

Las complicaciones del sujeto para expresar amor.

“Lo que se pretende despertar no es el deseo de creer, sino el de encontrar, que es todo lo contrario”. Bertrand Russell.

En el psicoanálisis se debe tener en cuenta la distinción entre la situación que se origina en la Etapa Oral temprana y la que surge durante la etapa posterior, cuando emerge la tendencia a morder y toma su lugar junto a la de suc­cionar. En el estadio oral posterior aparece una diferenciación entre el amor oral, asociado con succionar, y el odio oral, asociado con morder por lo tanto el desarrollo de la ambivalencia es una consecuencia de esto.
La tem­prana Etapa Oral es preambivalente, y esto es especialmente importante a la luz del hecho de que la conducta oral del infante durante esta fase preambivalente representa la primera forma de expresar amor. La relación oral del niño con la madre en la situación de succión repre­senta su primera experiencia de relación amorosa, y es por consiguiente el fundamento sobre el que se basan todas sus futuras relaciones con los «obje­tos de amor». Representa también su primera experiencia de una relación social, y por consiguiente forma la base de su actitud en general, que servirá para integrarse socialmente. Teniendo en cuenta estas consideraciones, volvamos a la si­tuación que surge cuando el niño fijado a la Etapa Oral temprana llega a sentir que su madre no lo ama ni valora realmente como persona. Lo que sucede en estas circunstancias es que la situación traumática original de la Etapa Oral temprana se reactiva y reinstala emocionalmente, y el niño siente entonces que el motivo de la aparente falta de amor de su madre hacia él, es que ha destruido su afecto y lo ha hecho desaparecer. Al mismo tiempo siente que el motivo de su aparente rechazo en aceptar su amor es que su propio amor es malo y destructivo. Esta es, por su­puesto, una situación infinitamente más intolerable que la situación com­parable que surge en el caso del niño fijado a la Etapa Oral posterior. En este último caso, el infante, esencialmente ambivalente, interpreta la situa­ción en el sentido de que es su odio, y no su amor, lo que ha destruido el afecto de su madre. Es entonces en su odio donde le parece que reside su maldad, y así su amor puede permanecer bueno ante sus ojos. Esta es la posición que parece subyacer a la psicosis maníaco-depresiva, y constituir la posición depresiva. En contraste, la posición subyacente a los desarrollos esquizoides parecen surgir en la temprana Etapa Oral pre­ambivalente, posición en la que el infante siente que su amor es malo por­que parece destructivo hacia los objetos; y esto puede ser adecuadamente descrito como la posición esquizoide. Esto representa una si­tuación esencialmente trágica, y provee el tema de muchas de las grandes tragedias de la literatura. No debe extrañar entonces que sujetos con considerable tendencia esquizoide experimenten tantas dificultades para demostrar amor porque siempre antecede una profunda ansiedad antes de manifestarse; un sentir que lo expresa magníficamente Oscar Wilde: “Todo hombre mata lo que ama”, o lo que dijo Jacinto Benavente: “No hay nada que desespere tanto como ver mal interpretados nuestros sentimientos”. Tampoco es de ex­trañar que estos sujetos experimenten dificultad para brindar sus sentimientos porque nunca pueden escapar enteramente al temor de que esas expresiones sean malignas.
El sujeto con una tendencia esquizoide tiene otro motivo para guardar su amor dentro de sí, además del que surge de la sensación de que es demasiado precioso como para separarse de él; mantiene encerrado su amor porque siente que es demasiado peligroso como para descargarlo en los objetos. Así no sólo guarda su amor sino teme expresarlo. Pero la cuestión no termina ahí, ya que como siente que su amor es malo, está dispuesto a interpretar el amor de los otros en términos similares. Esta interpretación no implica necesariamente pro­yección por su parte, pero por supuesto está siempre predispuesto a recu­rrir a esta técnica defensiva. Esto queda ilustrada en el cuento de la “Caperucita Roja”, el lobo representa —para Caperucita— su propio amor incorporativo oral, la narración nos señala que el lobo toma el lugar de la abuela en la cama, lo que significa, por supuesto, que atribuye su propia actitud incorporativa a su objeto, que parece entonces convertirse en un lobo devorador. Así resulta que el sujeto con características esqui­zoides está predispuesto a sentirse impulsado a erigir defensas, no sólo contra su amor por los otros, sino también contra el amor de ellos hacia él.
El sujeto con tendencia esquizoide renuncia al contacto social en mayor o menor medida, ante todo porque siente que no debe amar ni ser amado. Pero no siempre se contenta con un mero distanciamiento pasi­vo, por el contrario, regularmente toma medidas activas para alejar a los objetos de él. Para este propósito tiene a mano un instrumento dentro de él mismo en la forma de su propia agresión diferenciada. Moviliza los recursos de su odio, y dirige su agresión contra los otros, y particular­mente contra los sujetos que mantiene un vínculo y de esta manera puede pelearse con los demás, ser censurable, rudo… Al hacerlo, no sólo sustituye amor por odio en sus relaciones con los objetos, sino también que los induce a odiarlo en vez de amarlo, y hace todo esto con la única finalidad de mantener a distancia los objetos.
Y por último debemos señalar, que algunos de los sujetos esquizoides pueden hacer uso de las redes sociales para permitirse ser amados y amar, esta es otra tragedia a la que están expuestos, amar y dejarse amar con la única condición que sea a la distancia. Pero muy en el fondo, siempre tiene la esperanza de amar y ser amado.


​La posición del psicoanálista frente al psicoanalizado.

“Cuanto más se acerca el hombre a un deseo acariciado, más lo desea; y como no lo alcanza, mayor dolor siente” Nicolás Maquiavelo.

Es interesante observar que perversos y psicóticos se sienten especialmente atraídos por la posición que mantiene el psicoanálista; los primeros, porque la suposición de deseo y el efecto de angustia que conlleva se avienen con su impulso a corromper y a dividir al otro; los segundos, porque la suposición de saber otorgada al psicoanálista puede corroborar su íntima certeza de saber ¿Qué quiere el “Otro”?
Se debe asumir con resignación que querer eliminar pura y simplemente a estos sujetos de la profesión de psicoanálista sería un proyecto tan vano como pretender prohibir la profesión de pedagogo a los paidófilos, la de cirujano a los sádicos, la de enfermera a las histéricas…
Lo verdaderamente escandaloso no es esto sino el punto crucial es que la captación del deseo del psicoanálista ha de pasar forzosamente por la confrontación con el “fantasma sadiano”, confrontación impuesta, efectivamente, por una analogía estructural. Para persuadirse de ello, es suficiente con comparar, en la enseñanza de Jacques-Marie Émile Lacan, las fórmulas que propone para el fantasma sadiano, por una parte, y para el discurso del psicoanálista, por otra. O, en una perspectiva más directamente clínica, basta con leer los últimos escritos de Sandor Ferenczi, especialmente su “Diario Clínico”.
La relación psicoanalítica no es sin embargo, de por sí, una relación perversa; en principio es incluso todo lo contrario, y se debería poder definir el deseo del psicoanálista en estricta oposición al deseo del perverso. Pero, precisamente, tal oposición sólo puede captarse claramente a partir de los puntos en los que ambos deseos se entrecruzan, por lo que es de suma importancia determinar cuáles son estos puntos.
En la relación psicoanalítica ¿Hay algo capaz de evocar la relación del verdugo sadiano con su víctima? El planteamiento inicial de esta situación supone tal potencialidad, al menos como una cuestión concerniente a la afectividad del psicoanálista. Si el diario clínico muestra una percepción «aguda», es que, de entrada, el psicoanálista sólo sostiene su existencia y su función frente a la queja y el sufrimiento del paciente. Para que haya psicoanálista, ha de haber un sujeto que sufra, aunque esto tampoco resulta ser suficiente. Es preciso añadir que, a diferencia del terapeuta, médico, abogado, juez o sacerdote, quienes también reciben quejas, el psicoanálista, por su parte, no se queja: “No compadece a quien se queja”. Es insensible, como dice Ferenczi. La apatía del psicoanálista frente al sufrimiento por fuerza incitará al psicoanalizado a preguntarse lo que su “queja le inspira a su interlocutor, le llevará a suponer que puede hacerle Gozar”. De ahí el temor que con regularidad expresa el que sufre, al principio del psicoanálisis: ¿Acaso un psicoanálista —después de todo— no corre el riesgo de provocar un agravamiento aún mayor de su desgracia?
El psicoanálista no se siente obligado a anestesiar el sufrimiento, a reparar la injusticia o a dar a la queja un sentido redentor; sobre todo, no está ahí para «sufrir con el psicoanalizado», para compadecerlo. Su apatía se opone al pathos*. Semejante posición supone algo más que estoicismo**. En el sentido más fuerte del término, la posición del desprecio —si se procura entender como desprecio— no por el sujeto, sino por el pathos. El psicoanálista, en otras palabras, no concede al sufrimiento el valor que el sujeto sufriente, el sujeto psicopatológico, le otorga en su queja. Este desprecio es sólo la respuesta a una equivocación del psiconalizado.
Así se establece la primera analogía entre la posición del psicoanálista y la del “Amo Sadiano”. Lo que a este último le interesa no es, como demasiado a menudo se cree, el sufrimiento de su víctima. El sádico no busca simplemente hacer daño: quiere la división subjetiva que el sufrimiento permite hacer emerger en la víctima. Así, el psicoanálista y el Amo Sadiano tienen en común que ambos tratan de extraer el sujeto dividido del sujeto psicopatológico. Pero tal división sólo se revela verdaderamente mediante una partición entre el pathos y el logos***. Y la cuestión, precisamente, es saber qué ocurre con el logos en cada una de estas dos situaciones. En el relato sadiano, el héroe-verdugo obtiene un provecho de este reparto. La escena de tortura le permite, efectivamente, reapropiarse la totalidad del logos, dejándole a la víctima tan sólo un muñón de él: el grito. En la situación psicoanalítica, se produce exactamente lo inverso: el psicoanalizado dispone de casi toda la palabra, mientras que la parte del psicoanálista ¡se reduce a algunos suspiros y exhalaciones!

*Afecto vehemente del ánimo.

**Fortaleza o dominio sobre la propia sensibilidad.

***Discurso que da razón de las cosas.


​La importancia de la Etapa Oral de la infancia y sus consecuencias en la vida adulta.

“La madurez del hombre es haberse reencontrado, de grande, con la seriedad que de niño tenía al juzgar”. Friedrich Wilhelm Nietzsche.

La etapa oral de la primera infancia es una posición caracterizada, no sólo por tomar, sino también por incorporar o internalizar.
El reestablecimiento regresivo de la actitud oral temprana parecería ser rápidamente provo­cado por una situación de frustración emocional en la que el niño llega a sentir que su madre no lo quiere genuinamente por él mismo como persona, y también que el amor que expresa por su madre no es realmente valo­rado y aceptado por ella. Esta es una situación severamente traumática que da lugar a una posición donde el infante llega a considerar a su madre como un objeto malo en la medida en que no parece amarlo, y que se mantiene indiferente hacia él. Así como el niño llega a considerar las expresiones exteriores de su propio amor como malas, con el resultado de que, en un intento de mantener su amor tan bueno como es posible, tiende a retenerlo dentro de sí. Además llega a sentir que las relaciones de amor con objetos externos en general son malas, o por lo menos bastante arriesgadas para expresarse.
El resultado concreto será que el niño tiende a transferir sus relaciones con sus objetos a su realidad interna. Este es un lugar en el que su madre y el pecho ya han sido instalados como objetos internali­zados, bajo la influencia de situaciones de frustración durante la tem­prana fase oral; y bajo esta influencia y acontecimientos traumáticos posteriores, la internalización de los objetos es luego utilizada como técnica defensiva. Este proceso de internalización no está promovido, sino insti­gado, por la naturaleza misma de la etapa oral, ya que el fin inherente al impulso oral es la incorporación.
Esta incorporación es obviamente al inicio, una incorporación física, pero debemos creer que el estado emocional que acompaña los impulsos incorporativos tiene en sí mismo una coloración incorporativa. De ahí que cuando ocurre una fija­ción a la etapa oral temprana, la actitud incorporativa se entrelaza inevita­blemente en la estructura del Yo. En el caso de sujetos con un com­ponente esquizoide en su personalidad —de acuerdo con este planteamiento—, hay una gran tendencia a que el mundo externo extraiga su sentido demasiado exclusivamente del mundo interno.
En sujetos con diagnóstico de esquizofrenia esta tendencia puede llegar a ser tan fuerte que la distinción entre realidad interna y externa es casi inexistente o demasiado difusa. Aparte de esos casos extremos, existe una tendencia general por parte de los sujetos esquizoides a acumular sus valores en el mundo interno. No sólo sus objetos tienden a pertenecer al mundo interno más que al ex­terno, sino que tienden a identificarse a sí mismos fuertemente con sus objetos internos. Este hecho contribuye esencialmente a la dificultad que experimentan para dar afectivamente y vincularse con el otro. En el caso de sujetos cuyas relaciones objetales están predominantemente en el mundo externo, dar tiene el efecto de crear y fortificar valores, y de promover​ el respeto por sí mismos; pero en el caso de sujetos cuyas relaciones objetales están predominantemente en el mundo interno, dar tiene el significado de rebajar valores, y de disminuir el respeto por sí mismos. Cuando estos sujetos dan, tienden a sentirse empobrecidos, porque cuan­do brindan, es exclusivamente a expensas de su mundo interno.
Podemos ejemplificar esto con la mujer embarazada que siente una exacerbada ansiedad por el parto, para ella el alumbramiento significa no tanto ganar un hijo, sino perder cierto tipo de contenido, con el vacío resultante; en algunos casos el profundo rechazo a separarse de sus contenidos origina un parto con graves complicaciones. En estos casos, por supuesto, se trata realmente de separarse de contenidos corporales, pero un fenómeno análogo pero de una connotación psíquica lo podemos observar en el artista, sea un pintor o escritor, que inmediatamente de terminar su obra se siente, no con la idea de haber creado sino haber perdido algo de sí mismo, y de haber perdido la obra su valor, una vez concluida. Este fenómeno explica ampliamente los períodos de esterilidad y descontento que siguen a los períodos de actividad creati­va en el caso de ciertos artistas.
Para mitigar la sensación de empobrecimiento que sigue al dar y crear, el sujeto esquizoide emplea a menudo una interesante defensa. Adopta la actitud de que lo que ha dado o creado no tiene valor. Así el artista pierde interés por cada obra terminada y se convierten en vana mercancía, o incluso es confinada en el sótano.
En la misma forma, las mujeres con personalidad esquizoide pierden todo interés por sus hijos luego de haber nacido. Por otra parte, una forma de defensa completamente opuesta contra la pérdida de contenidos, el sujeto puede intentar preservarse a sí mismo con­tra la sensación de pérdida tratando lo que han producido como si aún formara parte de sus propios contenidos. Así, lejos de ser indiferente a su hijo luego de que éste ha nacido, una madre puede seguir considerán­dolo como a sus propios contenidos y sobrevalorarlo por esto. Estas ma­dres son indebidamente dominadoras con sus vástagos e incapaces de posicionarlos como un sujeto separado e independiente, con graves consecuencias para su desarrollo psíquico. En forma similar, aunque con resultados menos penosos, un artista puede defenderse de la sensación de perder sus con­tenidos, persistiendo en considerar sus cuadros como su propia posesión, en un sentido no realista, incluso luego de que han sido comprados por los coleccionistas.




jueves, 8 de junio de 2017

La psicosis y la inexistencia de la castración.

El sujeto con Estructura Psicótica presenta una una falla en el Orden Simbólico, como si no se hubiera terminado de completar el proceso de la inclusión del sujeto en el campo del Otro; por lo que permanece posicionado como el Falo de la madre.
El infante se encuentra en una relación dual con el Deseo Materno pero al crecer el niño no alcanza a separarse de dicho deseo por lo que desarrollará la psicosis.
El sujeto psicótico no llega a preguntarse el por qué no es lo que completa ese deseo, por lo tanto queda fijado en esta posición de objeto de Goce del Deseo Materno, dado que no hay una Función Paterna que venga a separarlo del multicitado deseo, con lo cual no se produce la castración, es decir el sujeto queda en una posición de completitud, en donde la Función Paterna «no le muestra mas allá de lo que su madre desea», porque él encarna ese objeto, es decir se convierte en el Falo del Deseo Materno y es allí donde se plantea la psicosis en ser ese Falo, que lo deja sin castración, es decir sin deseo.
Jacques-Marie Émile Lacan, insiste en explicar que el infante viene a colocarse más que como lo que le «falta al deseo materno, es un negar que al deseo materno le falte algo».

sábado, 20 de mayo de 2017

El Yo vive en un caos intrapsíquico.

El Yo permanece en un caos intrapsíquico permanente, sólo puede soportar este conflicto mediante el autoengaño, valiéndose de los «mecanismos de defensa» para tal propósito.
Estos mecanismos de defensa actúan de diferente manera dependiendo si la estructura de la personalidad es neurótica o perversa o fronteriza o psicótica.
En la neurótica, ésta se centra en la represión y otras operaciones defensivas sumamente elaboradas; mientras que en la fronteriza y psicótica se caracterizan en una predominancia de operaciones defensivas primitivas, en especial el mecanismo llamado de «escisión». La represión y los mecanismos relacionados de alto nivel como la formación reactiva, aislamiento, anulación, intelectualización y racionalización protegen al Yo de los conflictos intrapsíquicos por medio del rechazo desde el «Yo consciente» de una derivación del impulso, de su representación ideacional o de ambas. La escisión y otros mecanismos relacionados protegen al Yo de conflictos mediante la disociación o manteniendo activamente aparte las experiencias contradictorias del «sí mismo» y de los demás significantes. Cuando predominan estos mecanismos, los estados contradictorios del Yo son alternativamente activados. En tanto estos estados contradictorios del Yo puedan mantenerse separados entre sí, se previene o controla la ansiedad relacionada con estos conflictos.
El mecanismo de disociación e idealización, así como los tipos primitivos de proyección (particularmente identificación proyectiva), negación, omnipotencia y devaluación pueden observarse en la interacción clínica del psicoanalista y el psicoanalizado. Estas defensas protegen al sujeto fronterizo del conflicto intrapsíquico pero al costo de debilitar el funcionamiento de su «Yo consciente», reduciendo por lo tanto su efectividad adaptativa y flexibilidad durante el psicoanálisis y en su vida en general. Estas mismas operaciones defensivas primitivas cuando se encuentran en la estructura psicótica protegen al sujeto de mayor desintegración de los límites entre el «sí mismo y el objeto».

La difusión de identidad.

La «difusión de identidad» que presenta el sujeto se refleja en una historia marcadamente contradictoria, o en una alternación entre estados emocionales que implica un comportamiento contradictorio, y la percepción contradictoria del «sí mismo», de modo que el psicoanalista encuentra difícil percibir al sujeto como un ser humano “completo”.
En la psicopatología grave del carácter neurótico, la conducta interpersonal contradictoria que despliega el sujeto se refleja en sus síntomas pero se encuentra integrado el «sí mismo» y de los demás significantes. Por otro lado en la Estructura Fronteriza lo que no está integrado es la visión interna del «sí mismo» y de los demás. Por ejemplo, una neurótica predominantemente histérica puede acudir a psicoanálisis por las dificultades que presenta su sexualidad, pero al mismo tiempo esta muy renuente a discutirlas. Confrontada con esta contradicción, ella puede manifestar que tiene la sensación que el psicoanalista (hombre) gozaría cuando escuche los problemas de índole sexual que presenta, a tal grado de sentirse humillada; o bien que podría excitarse y al mismo tiempo gozar al menospreciarla como sexualmente inferior. Este concepto de los hombres y de la naturaleza humillante de las experiencias sexuales y su revelación pueden ser un concepto integrado —aunque psicopatológico— de sí misma y de los demás.
En contraste, una mujer con una Estructura Fronteriza con carácter predominantemente infantil, puede expresar que esta enojada por la actitud que presentan los hombres al querer usarla como objeto sexual, evitando los eventos sociales a causa de los abordajes sexuales de los hombres en busca de una presa; aunque paradójicamente también manifieste que ha tenido algunas «aventuras sexuales» que le han provocado una gran excitación, y seguramente quedará perpleja cuando el psicoanalista la confronte con la contradicción de sus afirmaciones.
La «difusión de identidad» también se refleja en las descripciones que brinda el sujeto de las personas que conforman su núcleo familiar y social, que no permiten al psicoanalista "integrarlas" para tener una imagen clara de ellas. La descripción que hace de los otros es a menudo tan burdamente contradictoria que más parecen un cuento fantástico que si se tratara de gente real. Verbigracia, una mujer con Estructura Fronteriza con tendencias promiscuas puede creer que ha tenido pocas parejas sexuales pero durante el psicoanálisis va recordando otras parejas que aparentemente las había “olvidado” y que ni siquiera logra describir como fueron sus relaciones sexuales con ellos. Otra mujer con la misma estructura y con personalidad masoquista, puede describir a su madre como cálida, simpática, sensible y alerta a las necesidades de ella; pero también como fría, indiferente, insensible, encerrada en sí misma y evasiva. Los esfuerzos por aclarar estas contradicciones por el psicoanalista pueden conducirla a un aumento de ansiedad. Puede sentir asimismo que esta siendo atacada por el psicoanalista, y criticada por tener imágenes contradictorias de su madre, e implícitamente, por albergar “malos” sentimientos hacia ella, dejándola con la dolorosa experiencia de una percepción caótica de su madre. En suma, el psicoanálisis ayuda a explorar y someter a prueba el grado de integración del «sí mismo» y de la percepción de los objetos.

La historia individual incierta.

En los sujetos con Estructura Fronteriza y Psicótica debe subrayarse que la discrepancia entre el desarrollo histórico real del paciente y su experiencia interna del mismo, resulta ser enorme.
Lo que el psicoanálisis a demostrado en estos casos no es lo que pasó en la realidad externa, sino cómo el sujeto experimentó sus relaciones objetales significativas, en el pasado. En el mismo tenor, no se puede tomar la historia inicial del fronterizo o psicótico como se representa: “Mientras más grave la psicopatología del carácter, menos confiable la historia inicial”. En los trastornos narcisistas graves y en los fronterizos, generalmente la historia inicial del desarrollo temprano es con frecuencia vacía, caótica o engañosa. Sólo después muchos meses o incluyó años de años de psicoanálisis es posible reconstruir una secuencia interna (en el sentido de los orígenes intrapsíquicos) y relacionarla de alguna forma a las verdaderas experiencias pasadas del sujeto.

domingo, 8 de enero de 2017

El amor cura (Primera Parte).

“Si amas sufres. Si no amas enfermas”. Sigmund Freud.

Muchos sujetos tienen la errada idea que «mucho amor» resulta ser beneficioso para su vida, pero el sentimiento amoroso en grandes cantidades puede convertirse en una patología (erotomanía). Hay que indicar que el amor en proporciones adecuadas puede «curar» a los sujetos que padecen alguna neurosis grave (mejor integración del Yo «autoafirmación» con respecto a los otras dos estructuras psíquicas: Ello y Superyó, para afrontar la realidad acorde a las circunstancias); a los narcisistas (el que ama renuncia a una parte de su narcisismo); y de los «fronterizos» (la idealización primitiva puede ser el primer paso hacia una relación amorosa diferente de la relación de amor-odio con los objetos primarios).
Ahora bien, la capacidad para enamorarse representa el fundamento básico para una relación de pareja estable. Ese enamoramiento inicial supone también la capacidad para vincular la idealización al deseo erótico, y el potencial para establecer una «relación objetal profunda».
El hombre y la mujer que descubren que se atraen y se anhelan recíprocamente, que son capaces de establecer una relación sexual plena que les procura intimidad emocional, además de una sensación de realización de sus ideales en la proximidad al otro amado, están expresando no sólo capacidad para vincular inconscientemente el erotismo y la ternura, la sexualidad y el Ideal del Yo, sino también para poner la agresión al servicio del amor. Pero ¿qué significa esa agresión al servicio del amor?
Una pareja amorosa, que se ha mantenido estable durante un prolongado tiempo, desafía siempre la envidia y el resentimiento de los otros excluidos, mismos que van desde los padres, suegros, hermanos y del círculo familiar y social en su conjunto que representan las suspicaces agencias (agencias significa mover hacia adelante, hacer, realizar, conducir, llevar a cabo) reguladoras de la cultura convencional en la que viven. El mito romántico de los amantes que se descubren o se aman el uno al otro en circunstancias hostiles expresa una realidad tanto consciente como inconsciente para ambos partenaires. Algunas culturas pueden realzar el romanticismo (los aspectos emocionales, heroicos, idealizados del amor) y otras negarlo con rigor, pero la realidad emocional se ha revelado en el arte y la literatura a lo largo de la historia.
Otra dinámica importante es la desafiante acción defensiva de las mujeres en los grupos de hombres durante la «etapa de la latencia» y principio de la adolescencia, defensa de esos grupos contra los anhelos dependientes profundos y las prohibiciones edípicas; así la mujer supera el miedo a la agresión masculina con ayuda de los grupos femeninos a los que pertenece, durante la latencia y la adolescencia, su colusión en la renegación del anhelo de intimidad sexual, y la idealización defensiva de un hombre parcialmente desexualizado como ideal compartido del grupo. Algunas mujeres en la edad adulta se relacionan con un partenaire afeminado, ya que observan la postura masculina como amenazantemente agresiva.
Si la pareja puede incorporar sus fantasías y deseos «perversos polimorfos» en la relación sexual, y descubre y saca a la luz el núcleo sadomasoquista de excitación sexual en su intimidad, su desafío a las costumbres culturales convencionales puede convertirse en un elemento consciente de su placer y gratificación como pareja. En el proceso, una incorporación plena del erotismo corporal de ambos partenaires puede enriquecer la apertura de cada uno a la dimensión estética de la cultura y el arte, y a la experiencia de la naturaleza. “El abandono conjunto de los tabúes sexuales de la niñez puede consolidar asimismo la vida emocional, cultural y social de la pareja”.

*Cura: El psicoanálisis efectivamente cura, pero no en el sentido tradicional de la palabra como lo plantea la medicina, la psiquiatría o la psicología cognoscitiva (ofertas terapéuticas que «prometen» curas rápidas y eficaces pero que a la larga el paciente se da cuenta que esta en el mismo lugar que inició) y tampoco significa un «furor curandis» como lo señaló Sigmund Freud.
La cura desde el psicoanálisis debe entenderse primeramente como «hacer lo inconsciente, consciente» a través de la palabra, único método para desentrañar el fantasma que permanece en el inconsciente; para el psicoanálisis el inconsciente esta estructurado como un lenguaje. Es hacer reflexionar al sujeto sobre sus experiencias subjetivas para que encuentre por si mismo su camino a la cura (únicamente el psicoanalista “alude” al paciente para localizar su rumbo) por tener cada quien una historia particular e irrepetible: “Lo que a uno puede ayudar, a otro lo puede perjudicar”.
El psicoanálisis no cura en el sentido de eliminar una enfermedad pensada como si ésta fuera un tumor, el cual se extirpa para recuperar un estado de salud o bienestar anterior. Sin embargo produce efectos. ¿Cuáles son esos efectos? Disminuir la angustia padecida por la patología, hacer más fuerte al Yo para integrarse adecuadamente a la «realidad psíquica» y exterior. Así como tender un puente entre la patología y el Yo (digamos que exista una comprensión del fantasma que se oculta detrás del síntoma o delirio o fenómeno) para un mejor desempeño del sujeto en su vida cotidiana. La enfermedad no desaparece, porque forma parte integra de la psique, es inherente a ella, uno de sus cimientos. El psicoanálisis intenta hacer más confortable nuestra existencia, brindar el significado a nuestra vida.

martes, 3 de enero de 2017

Algunas anotaciones sobre la violación sexual.

​Existen varios tipos de conducto para el acto de violar, podemos observar el caso entre cónyuges de una «violación ocasional» que se suscita en medio de una embrollada ruptura matrimonial, de aquella que es premeditada para vengarse de un fracaso o humillación por parte de la esposa, consecuencia de la insoportable frustración sufrida por un marido psicópata; de la violación en grupo por parte de adolescentes que exterioriza una necesidad de afirmación fálica; también se encuentra la que se puede definir como «violación de guerra» durante un encuentro armado donde los soldados violan a los civiles. Se advierte que la realización del acto adquiere un sentido diverso según las teorías de los autores y el contexto del momento.
Cuando se practica el psicoanálisis en sujetos recluidos en las cárceles por el delito de violación, se observa sobremanera el carácter coactivo del acto: «Se me ocurrió de repente», «fue más fuerte que yo», «no pensé que iba a terminar en eso» son expresiones que se escuchan a menudo. El lector sin experiencia psicoanalítica pensará que son frases «inocentes» utilizadas para defenderse o autoexculparse, eso en parte es verdad pero son dichas a un psicoanalista en el marco de una entrevista sobre cuyo carácter confidencial los sujetos no tienen ninguna duda en pronunciarlas. Los psicólogos de inspiración cognitivo-conductista —que no temen ser intrusivos— han observado atinadamente que el acto siempre estuvo precedido por producciones psíquicas, pero estas solían aparecer enmascaradas por alguna forma de renegación*. Obviamente existe una auténtica preparación del sujeto para cometer la violación, pero también debemos agregar el carácter coactivo del empuje procedente del inconsciente, el cual el violador lo ignora completamente. Generalmente el sujeto que lleva a cabo tal acto existe una contingencia para realizarlo, digamos que por momentos duda de consumarlo o de llevarlo «más allá», el más allá podría significar varias posesiones del objeto en un breve lapso de tiempo o incluso terminar con la vida de la víctima, por mencionar algunas. Estos sujetos dentro de sus pensamientos o fantasías no desean exclusivamente poseer una mujer bonita, ya que se puede tratar también de una anciana, un niño, una niña, un bebé, o alguien con una discapacidad física o psíquica, etcétera. Realmente lo único que le importa es un objeto con forma humana para poder penetrar.
Si bien es cierto que le causa Goce** al violador para cometer el acto, el Goce iniciaría antes de la penetración, esto es amagar a la víctima, desnudarla, forcejear, etcétera. Mientras que la penetración en sí misma pasa a tener una connotación brutal tanto para la víctima como para el pertrechador, pero para este último, la brutalidad (violencia) es la que toma relevancia para el violador, ejercida hacia su víctima. Obviamente estamos lejos del placer característico de la relación de objeto genital consentido. En la violación lo sexual es secundario porque lo que está preponderantemente al servicio del Goce es la violencia, como bien lo expresa Jean Bergeret. Es, pues, el acto mismo de penetrar (violencia) lo que está cargado de significación para el sujeto.
También debemos agregar la fuerza compulsiva que hace actuar al sujeto. Ya sea previsto de antemano o surgiendo por efecto de una impulsión, el acto es efectuado bajo el dominio de una exigencia interior (Ello): «En ese momento no sabía si iba a hacerlo... pero de pronto ya había iniciado». Desde ese instante el sujeto obra dominado por un automatismo, mientras que la conciencia se mantiene ajena a lo que ocurre «escisión del Yo». Vale decir que estamos en el registro de la pulsión de muerte (Goce), activada por la repetición como un motor que no obedece de ninguna manera al placer.
El desarrollo del acto procede con una fascinación exacerbada por el objeto, nos referimos a una «captación especular», expresión que condensa tres elementos que permanecen todo el tiempo: el fenómeno de dominio por la imagen; el aspecto «puesta en escena», que confiere a la mirada un lugar metapsicológico fundamental; y el papel de lo imaginario; obsérvese que la palabra «especulación» tiene la misma raíz que «especular», indicando claramente este último término, a través de la idea de espejo, la duplicación narcisista de una imagen interior. Nos hallaremos, pues, constantemente en el límite de lo que acontece adentro y afuera, con la indeterminación entre fantasma, alucinación y percepción.
Al adentrarnos más en el análisis, al preguntarle al sujeto sobre las relaciones intersubjetivas que tuvo con su madre durante su infancia, surgen representaciones en las que ambos personajes están indiferenciados.
Lo que sucede, por extraño que parezca, que en ese adentro del sujeto se encuentra la madre, no constituida todavía como objeto interno (podríamos suponer como una extensión de su Yo) pero formando parte de él; pero que en efecto, todavía existe una indiferenciación, activada además por un movimiento contradictorio de rechazo y asimilación entre esté y su madre.
Algunos psicoanalistas han llegado a plantear, más allá del acto mismo, que el sujeto no padece de «angustia de castración» sino «angustia de inexistencia». Esta última guarda probablemente una estrecha relación con el miedo a la pasividad (¿la «roca biológica» que plantea Sigmund Freud?) esbozando un señalamiento con respecto a la «histeria de angustia». Otros especialistas de la salud mental han propuesto esta hipótesis: ¿el sujeto viola para reprimir el deseo de ser violado, ya que sus mecanismos de defensa están por sucumbir ante ese deseo, que ansía por llegar a la consciencia?

*Renegación: Es un mecanismo de defensa que el sujeto utiliza para rehusar reconocer la realidad de una percepción traumatizante, principalmente la ausencia de pene en la su madre y en las mujeres en general.
Sigmund Freud comienza a describir la renegación en relación con la castración: «Ante la ausencia de pene en la niña, los niños [...] reniegan esta carencia, y creen a pesar de todo ver un miembro [...]». Progresivamente considerarán la ausencia de pene como el resultado de una castración.
Esta renegación se atribuye tanto a la niña como al niño, proceso que no parece raro ni muy peligroso en la vida psíquica del niño, pero que, en el adulto, constituirá el punto de partida de la estructuración psicótica. En la medida en que la renegación se refiere a la realidad exterior, Freud ve en ella, en contraste con la represión, el primer tiempo de la psicosis: mientras el neurótico comienza reprimiendo las exigencias del Ello, el psicótico comienza por «renegar» la realidad.

**Goce: El «principio de placer» funciona como un límite o barrera al Goce, ese principio es como una ley que le ordena al sujeto “gozar lo menos posible”, ya que el sujeto intenta constantemente transgredir dicha ley, e ir “más allá del principio de placer”. No obstante, el resultado de ir más allá del principio de placer no causa más placer sino dolor, puesto que el sujeto por su constitución psíquica y somática sólo puede soportar cierta cantidad de placer. Más allá de este límite el placer se convierte en un “placer doloroso” es lo que Jacques-Marie Émile Lacan denomina «Goce»: “El Goce es sufrimiento”. La prohibición misma del Goce (el principio de placer) crea el deseo de transgredirla y el Goce es por lo tanto fundamentalmente transgresor. El Goce es el camino hacia la muerte, un retorno a la inexistencia.

domingo, 1 de enero de 2017

El que éste libre de locura que arroje la primera piedra.

En su obra el «Maniquí de mimbre» Anatole France habla por boca del profesor Bergeret, el fino pensador a quien no escapan ninguna mentira ni ninguna ilusión humana, y que sin embargo no se transforma en predicador moralista ni en pesimista amargado, sino al contrario, juzga los actos de sus prójimos con buen humor, con caridad, aunque mezcle en ello cierta ironía.

-M. Bergeret, bajo los olmos del Paseo, encuentra un garabato sobre un banco, uno de esos dibujos con tiza con los que los niños expresan sus primeros hallazgos sexuales.
Bergeret se sumerge en profundas reflexiones sobre la comunicabilidad instintiva de los niños, que ya había impulsado a Fidias a grabar el nombre de su amada en el dedo gordo del Zeus del Olimpo.
“Y sin embargo, piensa M. Bergeret, el disimulo es la primera virtud del hombre civilizado y la piedra angular de la sociedad. Nos es tan necesario ocultar nuestros pensamientos como llevar vestidos. Un hombre que dice todo lo que piensa y como lo piensa es tan inconcebible en una sociedad como un hombre que anduviera desnudo por completo. Si, por ejemplo, yo expresara en la librería Paillot, donde la conversación es bastante libre, las imaginaciones que se me ocurren, las ideas que se me pasan por la mente: cómo entran por la chimenea una bandada de brujas a caballo sobre sus escobas, si describiera la representación que a menudo tengo de Madame de Gromance, las actitudes incongruentes que le atribuyo, la visión que me da, más absurda, más extravagante, más quimérica, más extraña, más monstruosa, más pervertida y desviada de las buenas costumbres, mil veces más maliciosa y deshonesta que la famosa figura tallada en la fachada Norte de Saint-Exupére, en la escena del Juicio Final, por un artista prodigioso que inclinado sobre un respiradero del infierno había visto la Lujuria en persona; si yo mostrara exactamente las particularidades de mis ensueños, se me creería víctima de una manía odiosa; y, sin embargo, sé perfectamente que soy hombre galante inclinado por naturaleza a los pensamientos honestos, instruido por la vida y la meditación en guardar la modestia y la compostura, dedicado por completo a los placeres intelectuales, enemigo de cualquier exceso y detestando el vicio como una deformidad”.

Es consolador para nosotros —los psicoanalistas— que reconozcamos en nosotros mismos y en nuestros psicoanálizados esta mezcla de «perversidad» y de «virtud» como elementos constitutivos de la vida psíquica «normal», que contemos entre los nuestros a Bergeret y, con él, a Anatole France. Esta compañía compensa ampliamente el desprecio de la mayoría de los psiquiatras que no descubren tales horrores ni en ellos mismos ni en sus pacientes, pero que están dispuestos a atribuirlos a como de lugar, a la depravada imaginación de quienes los consultan.

lunes, 26 de diciembre de 2016

La psicosis y el trauma en la infancia.

El psicoanálisis de los sucesos presentados en los sueños revela fantasías-teorías sobre la relación sexual y en especial sobre la llamada escena primaria (relación sexual entre los padres real, imaginada o escuchada) que corresponden a un nivel infantil primitivo.
Estas fantasías durante los sueños corresponden a las interpretaciones inconscientes que el infante formuló respecto de lo que es la relación sexual distorsionadas generalmente con características orales y sádicas, que son representadas por escenas de violencia y crueldad, en las que el coito está simbólicamente equiparado a experiencias, fantasías y ansiedades más arcaicas y primitivas (generalmente estas fantasías se presentan de forma directa y concreta en la estructura psicótica, mientras que en la neurosis se encuentran encubiertas) de intenso éxtasis sexual entre los padres, de los que el niño se siente excluido, al lado de fantasías de abusos sádicos, sufrimientos, muerte, troceamientos, despedazamientos, etcétera.
Algunos psicoanalistas creen que estas fantasías inconscientes tan arcaicas son universales e implican una especie de «conocimiento» inconsciente constitucional (o una preconcepción, como lo expresó Wilfred Ruprecht Bion) de la sexualidad, frecuentemente, de contenido sádico. Para explicarse este conocimiento previo a la experiencia se puede recurrir a dos posibilidades: Por un lado a la existencia de una especie de conocimiento filogenético «hereditariamente transmitido»; y por el otro lado, que el infante echa mano de sus propias experiencias arcaicas para explicarse actos relacionales o situaciones desconocidas acerca de los cuales tiene curiosidad pero no experiencia propia.
Cuando el niño empieza a pensar cómo debe ser la relación sexual de los padres, por ejemplo, aplica el modelo de su propia experiencia oral con el pecho, lo que le lleva a imaginarse la experiencia sexual en función de la experiencia de incorporación oral. Téngase en cuenta que, al hablar de experiencia oral, no nos referimos a que sea exclusivamente oral, sino a las experiencias primeras, que están centradas en la relación oral pero que también incluyen todo tipo de actividades sensoriales, especialmente las táctiles, olorosas y las interoceptivas, principalmente las excretorias (uretrales y anales). Si las experiencias orales previas han sido ya conflictivas, traumáticas y han estimulado rabia y violencia, todas las imágenes posteriores de nuevos tipos de vínculo afectivo, sobre todo la sexual, tenderán a teñirse de rabia, violencia y sadismo. Es una observación, desde el psicoanálisis, que cuanto más profunda y sostenida sea la experiencia de carencia afectiva durante la infancia, generalmente será mayor el componente agresivo en las conductas adultas. Entroncamos aquí con un concepto básico para la comprensión de la psicopatología en general y de la psicosis en particular: el de la privada afectiva (la privación biológica tiene siempre, inevitablemente, un fuerte y grave componente de privación afectiva).
La privación afectiva —sobre todo si es demasiado prolongada— estimula impulsos de sufrimiento, dolor, rabia y agresión. Si el niño está en una situación de privación mantenida o muy repetida, sus experiencias estarán cada vez más dominadas mentalmente por el sufrimiento, el dolor, la rabia, y tenderá a trasladar el contenido emocional de estas experiencias a cualquier otro tipo de experiencia desconocida sobre el que él se esté preguntando cómo debe ser, es decir, que le estimule curiosidad y deseo de conocer. Por ejemplo, las fantasías que haga el niño sobre cómo debe ser la unión sexual entre los padres (y los adultos en general) estarán influidas y distorsionadas por la proyección de aquellas experiencias que él sí sabe cómo son y que, en los casos de privación afectiva, han sido preponderantemente de sufrimiento, dolor, rabia, crueldad, etcétera. En estas condiciones, la estructura mental que cree el niño con su fantasía inconsciente de la relación sexual entre los padres será una estructura mental que proviene de su experiencia anterior de sufrimiento y que va a condicionar el tipo de relación sexual o de relación en general (la sexual vendría a ser un prototipo) que ese niño vaya a tener en el futuro como adulto. Entendido así, estaríamos ante un ejemplo de lo que es una formación patológica compensatoria, no sólo en el terreno de lo sexual sino en el de lo relacional en general.
En la medida en que estas posiciones compensatorias sirvan para compensar estados de mucho sufrimiento y ansiedades arcaicas tenderán a estar constituidas por un conjunto de ansiedades, defensas y relaciones de tipo primitivo, arcaico, rígido, omnipotente e inamovible y muy poco influenciables por la experiencia, o sea que tendrán un carácter psicótico. Una conclusión que podría deducirse de esta observación es que, desde el punto de vista de la explicación dinámica y genético-evolutiva, cuanto hasta ahora nos ha servido para caracterizar desde la clínica lo psicótico tendría que ver siempre o casi siempre con situaciones de privación afectiva sostenida o de carencia.
Las privaciones físicas inevitables (abandono, separaciones, enfermedad de la madre o del propio niño, etcétera, con independencia de que sean o no intencionales) influyen directamente en lo afectivo. Una privación física siempre conlleva una privación afectiva, mientras que una privación afectiva no es necesariamente proveniente de una privación física. La clínica parecería confirmarlo en el doble sentido de la frecuencia con que los sujetos psicóticos tienen antecedentes de una infancia con carencias afectivas importantes y en el de cómo los delirios psicóticos tienen casi siempre, al menos simbólicamente, una función narcisista compensatoria del sentimiento carencial.
Debemos hacer el señalamiento que la formación de una de una patología compensatoria se pone en marcha no únicamente con un sólo evento traumático sino que la frustración y el sufrimiento tiene que ser prolongado, reiterado e intenso para que se alcance el nivel que llamamos «privación» o «carencia». En la génesis de la estructuración psicótica preponderaría la privación afectiva, entendida como un estado sostenido y duradero de frustración (carencia).
Habitualmente, las formaciones patológicas de este tipo están muy disociadas y no impiden que, paralelamente, se desarrolle más o menos normalmente —más bien menos que más— otra parte de la personalidad, una psicótica y otra no. Que todo sujeto tenga en lo profundo de su inconsciente unas imágenes primitivas de la sexualidad (o de la relación en general) crueles, sádicas y destructivas no impide, «si están convenientemente disociadas», que en otra parte de su personalidad se desarrolle una concepción más normal de la realidad que le permita establecer una relación sexual y de pareja más o menos madura, creativa y satisfactoria, aunque su personalidad albergue esa otra parte disociada en la que se conservan las formaciones patológicas. Pero también cabe agregar que el sujeto que ha podido realizar una disociación relativamente sana desactivando los posibles núcleos psicóticos estará latente a recurrir regresivamente a la activación de las estructuras patológicas y, por lo tanto, a sufrir un episodio psicótico, si se llegara a encontrar en circunstancias de sufrimiento sostenido y de privación en la edad adulta, especialmente si se establece una equivalencia simbólica con las ansiedades vividas en etapas más arcaicas de la vida.
Situaciones de frustración o de privación afectiva en la infancia en las que ha habido mucho sufrimiento producirían —volviendo a la terminología clásica psicoanalítica— «puntos de fijación» y estos puntos de fijación son los que actúan como un foco de atracción favoreciendo la regresión del adulto en situación de sufrimiento a funcionamientos mentales propios de aquellas situaciones infantiles en las que se produjo dicha fijación. Cuanto más arcaicos sean estos puntos de fijación (las experiencias traumáticas lo son) y los consiguientes funcionamientos mentales regresivos, mayor será el carácter psicótico de la situación clínica. Así ocurriría, por ejemplo, cuando el sufrimiento actual en reacciones psicológicas de duelo tenga un especial significado simbólico que ponga en marcha el mismo tipo de ansiedad, el mismo tipo de alarma, que se produjo en situaciones infantiles en las que el duelo o la pérdida tuvieron consecuencias mucho más graves. La alarma y la reacción de aquellas situaciones se actualizarán, como si para el sujeto la situación actual de duelo, que a nosotros puede no parecemos tan grave desde nuestra posición de observadores, tuviera toda la gravedad de la situación infantil. Sin ir más lejos, verbigracia, la muerte del partenaire puede tener consecuencias mucho más psicopatológicas para un cónyuge que ya hubiera perdido a la madre en la primera infancia y tuviera a la esposa como figura sustitutiva y emocionalmente compensatoria de aquella pérdida precoz.
Es un ejemplo de que, a poco que podamos conocer las características de la historia individual del sujeto, nos encontraremos generalmente con que aquellas situaciones que calificamos a menudo de intolerancia a la frustración, como si con ello diéramos ya una explicación al fenómeno patológico, son situaciones de intolerancia a determinado tipo de frustraciones que, por su significado mental, real o simbólico, retrotraen al sujeto a experiencias en las que hubo mucha privación, mucho sufrimiento y en las que, por tanto, se produjo una fijación potencialmente psicopatógena. No basta comprender que se regresa a la fijación: “Hay que comprender la relación simbólica de significado que existe entre aquellas situaciones de sufrimiento infantil y las situaciones actuales de frustración que provocan la regresión”.

domingo, 25 de diciembre de 2016

La privación y la sobregratificación en la estructura psicótica.

En la estructura psicótica existe una oposición entre lo que tiene el sujeto y lo que le falta, entre lo que le caracteriza positivamente y lo que le caracteriza negativamente (conflicto dinámico y defecto estructural, respectivamente), estos desarrollos que la personalidad psicótica se han efectuado en forma anómala con el fin de compensar o sustituir el defecto inicial.
Ahora bien, en la psicosis no solamente hay una estructura defectuosa, sino que, cuando existen estructuras patológicas por defecto, se produce siempre en el curso del desarrollo un intento de compensación del defecto mediante la formación de nuevas estructuras que intentan compensar o sustituir la función de la estructura defectuosa. Junto a una estructura defectuosa habrá siempre una
estructura compensatoria.
En la clásica teoría freudiana se postulaba que en todo proceso de regresión —que implica la reaparición o el recurso a mecanismos y formas de relación primitivos o arcaicos— el movimiento regresivo se produce hacia un punto de fijación. Las fijaciones serían momentos del desarrollo psicosexual a los que se tiende a volver en situaciones de conflicto porque en aquellos momentos del pasado hubo ya algún conflicto de tipo similar al conflicto actual que desencadena la regresión. Desde este punto de vista, la fijación se puede entender, sin más complicaciones teóricas, como la capacidad de volver al punto del desarrollo en el que se produjeron conflictos similares a los actuales.
El conflicto que produjo la fijación puede ser un conflicto por privación (falta de satisfacción de las necesidades psicológica y biológicamente propias de aquel momento del desarrollo) o bien, al contrario, un conflicto por exceso de gratificación. Desde el punto de vista motivacional, la situación sería totalmente diferente en un caso u otro, porque la falta de gratificación (que llamamos privación o carencia cuando es intensa y duradera) crea forzosamente una nueva motivación, como puede ser la motivación de encontrar relaciones que satisfagan aquellas necesidades no satisfechas en su momento o bien, si esto resulta imposible, relaciones que sustituyan la experiencia de satisfacción ausente y que, de alguna forma, la compensen. En cambio, la fijación por sobregratificación tendería a producir una falta de motivación, pues la persona que está totalmente satisfecha, excesivamente mimada y sobreprotegida no encuentra motivación suficiente para buscar otro tipo de relaciones diferente al que tiene. Aunque parezca exagerado, podríamos decir que su motivación sería exclusivamente la de continuar prolongando aquella situación de satisfacción en que se hallaba.

martes, 20 de diciembre de 2016

La omnipotencia.

La omnipotencia, además de ser una característica propia del pensamiento desde el nacimiento puede ser también un mecanismo de defensa en sí mismo, o al menos sí puede serlo el «recurso regresivo a la omnipotencia».
Los mecanismos de defensa de índole arcaica, que reaparecen en los sujetos con estructura psicótica, están naturalmente impregnados de omnipotencia porque la omnipotencia es una parte del pensamiento y de la relación en las primeras etapas de la vida. Por eso el mecanismo que parece más fundamental en las psicosis es la «negación omnipotente». La negación omnipotente, que equivale a la destrucción, la aniquilación del objeto, no es simplemente una negación como lo analiza Sigmund Freud en su concepto de «negación» o de «escotomización», correspondiente a no querer percibir (algo interno en la negación; algo externo en la escotomización), sino que es no percibir porque el objeto no existe o, si ha existido por un momento, se le ha negado la existencia mental, se le ha hecho desaparecer, se le ha aniquilado (en la fantasía). En Freud correspondería aproximadamente al funcionamiento de lo que él llama en «Los instintos y sus vicisitudes» el Yo de realidad originario, aunque en éste no hay destrucción, sino indiferencia.
Wilfred Ruprecht Bion, en un intento de esclarecer este concepto, postulará después que la percepción desaparece no tanto porque se destruya o aniquile al objeto, sino porque «el Yo destruye activa y omnipotentemente su propio aparato perceptivo». Al final esto significa que el mantenimiento de este “mecanismo de defensa” más allá de sus límites evolutivos normales en las primerísimas etapas del desarrollo de la psique conduzca necesariamente a la psicosis, definida como falta de contacto con la realidad o de discernimiento entre la realidad y la fantasía (criterio de realidad). Ahora bien, otra dificultad en el intento de clasificación de los mecanismos defensivos radica en el hecho de que, psicodinámicamente, la vida relacional es una secuencia compleja de ansiedades y mecanismos de defensa sucesivos. «Toda ansiedad moviliza mecanismos de defensa, pero a su vez todo mecanismo de defensa produce una nueva ansiedad». Si la concienciación de impulsos agresivos, por ejemplo, lleva a una conducta defensiva basada en la proyección de los impulsos agresivos, el resultado será un ansiedad persecutoria que requerirá nuevos mecanismos de defensa. Si el nuevo mecanismo de defensa fuera el retraimiento y el enclaustramiento, la consecuencia sería la aparición de ansiedades esquizoides, con el consiguiente sufrimiento que a su vez requeriría una actitud defensiva (la movilización de un impulso maníaco, por ejemplo) y así sucesivamente.
Desde Freud, parecía que el énfasis relativo estaba puesto en los mecanismos de defensa que modificaban fundamentalmente la pulsión; desde Melanie Klein la impresión es, contrariamente, que el énfasis se pone en los mecanismos de defensa que modifican principalmente el objeto, la realidad externa y la construcción del Self en su interrelación con los objetos (la realidad interna). No es de extrañar que sea así si pensamos que, por razones históricas de desarrollo del pensamiento y la técnica psicoanalíticos, Freud estaba fundamentalmente preocupado por el tratamiento psicoanalítico de las psiconeurosis, en tanto que Klein lo estaba por el tratamiento psicoanalítico de niños pequeños y de pacientes psicóticos o fronterizos y, por tanto, más en contacto clínicamente con las ansiedades y las defensas primitivas o arcaicas. Esto parecería apoyar la impresión general de que los mecanismos de defensa más evolucionados (neuróticos) tienden a modificar las pulsiones y los más arcaicos (psicóticos) los objetos. Ya lo había apuntado Sandor Ferenczi con sus conceptos de «autoplastia» y «aloplastia»; de hecho, el sujeto normal con una personalidad "madura" tiende a cambiar sus actitudes cuando no puede cambiar la realidad, en tanto que el «inmaduro» se empeña en cambiar la realidad y en mantener intacta su concepción de las cosas, como ocurre también —pero de forma más acentuada— en las caracterologías o patologías narcisistas, en las perversas (tan íntimamente relacionadas con la psicosis) o en la delirante (ya claramente psicótica).

domingo, 18 de diciembre de 2016

¿Qué sucede en la mente de un psicótico?

Para saber que sucede en la mente de un sujeto con estructura psicótica (esquizofrenia) podemos compararla con las pesadillas que tiene de vez en cuando el hombre “normal”, mismas que lo despiertan abruptamente con una intensa sensación de muerte, o bien con una amenazadora desintegración de su personalidad, estos acontecimientos pueden entenderse como reactivaciones momentáneos de «ansiedades arcaicas de tipo psicótico». Lamentablemente el psicótico vive esas «ansiedades arcaicas» casi todo el tiempo, ya sea despierto o mientras duerme.
Ahora bien, debemos tener en cuenta que el estado psicótico se encuentra latente en cualquier ser humano —por muy normal que aparente ser— escondido en el inconsciente pero que puede reactivarse en cualquier personalidad en circunstancias exacerbadas de stress o de profundo sufrimiento.

sábado, 17 de diciembre de 2016

La ansiedad y su conexión con la psicosis.

El estado de sufrimiento mental que se suscita en el sujeto lo podríamos definir como un estado de ánimo (un estado afectivo) relacionable de forma comprensible con unas motivaciones producto del dolor, carencia, anhelo, frustración, maltrato, etcétera, que pueden afectar al sujeto o a otra, especialmente si es una persona amada. Que el sufrimiento mental se presente en ocasiones de forma aparentemente incomprensible no significa que sea en sí un estado psicopatológico, extraño, ajeno a toda motivación normal o comprensible, sino que su motivación es desconocida para el psicoanalista e incluso (y eso es lo que le da más aspecto de patológico) para el sujeto que sufre.
Una crisis de ansiedad, por ejemplo, se presenta como algo incomprensible, que invade súbitamente al sujeto y que se acompaña de un miedo a enloquecer sin explicación aparente, pero en el contexto de un psicoanálisis, sería raro que, más pronto o más tarde, no se comprendiera su relación con situaciones afectivas del orden de la soledad, el temor a la muerte o los sentimientos persecutorios de culpa, por ejemplo; ansiedades de las que el sujeto se defiende, precisamente, manteniéndolas fuera de su conciencia hasta que se le imponen bruscamente como algo desbordante, como una inundación emocional que le sume en un estado de aparente locura y que funciona a la vez como una llamada de socorro al estilo primitivo e inconsciente de la identificación proyectiva que «mete» en el otro la sensación de pánico y locura o muerte. Según la definición de psicosis para el psicoanálisis, este sufrimiento agudo en forma de ansiedad invasiva podría considerarse como un «episodio psicótico breve y pasajero».

viernes, 16 de diciembre de 2016

La fobia.

Con el fin de ilustrar la relatividad de la diferenciación entre neurosis y psicosis basada en el funcionamiento del criterio o juicio de realidad, supongamos hipotéticamente el caso de un sujeto que sufre una fobia a los ascensores. En principio, y según el criterio de capacidad de diferenciación entre realidad subjetiva y objetiva, no sería un psicótico sino un neurótico, puesto que su percepción de la realidad no está trastornada: sabe que está ante un ascensor y sabe que un ascensor es un ascensor —valga la redundancia— y que su miedo es irracional, de raíces subjetivas, aunque le impida utilizar el ascensor y le obligue a subir a pie diez pisos. Descriptivamente, se trata de una fobia neurótica y podemos conformarnos con este diagnóstico descriptivo y, sin muchas más pretensiones.
No obstante, si aspiramos a mayor comprensión psicopatológica y diagnóstica, tendremos que atender al estado subjetivo del psicoanálizado dialogando con él. En un primer nivel de diálogo (descriptivo) el sujeto puede decir que tiene miedo a entrar en el ascensor y que no sabe por qué tiene miedo, con lo que se reafirma el diagnóstico de neurosis, pero en un segundo nivel de diálogo, en el que se atienda a los contenidos mentales (pensamientos, fantasías y significados), el neurótico podrá decir, por ejemplo, que no sabe por qué tiene miedo, pero sí sabe que es algo que le domina desde dentro, que no puede evitarlo y que le paraliza, de modo que, a la vez que describe su estado mental, comunica la ausencia de contenidos conscientes que expliquen su estado de ánimo y su síntoma; no sabe de qué tiene miedo, sólo sabe que el miedo le paraliza y que proviene de su propio interior.
En cambio, el psicótico podría decir que sí sabe de qué y por qué tiene miedo: “Tiene miedo porque existe un complot contra él, que intenta matarlo una secta satánica, además tiene la íntima convicción que todos los ascensores de la ciudad están preparados de manera que se precipiten al vacío en cuanto él suba a uno”. Apoyada o no en percepciones alucinatorias, esta explicación delirante se acompaña siempre de una convicción de su realidad. A diferencia del neurótico, aquí el criterio de realidad está francamente perturbado, lo que justifica el diagnóstico de psicosis aunque el síntoma manifiesto en el primer nivel de diálogo sea en los dos casos la fobia a los ascensores.
Paradójicamente, el neurótico no sabe y el psicótico sí sabe con certeza y sin lugar a dudas, mientras que el observador-interlocutor duda sobre el no saber del uno y el saber del otro o, mejor dicho y más paradójico aparentemente, el observador-interlocutor puede pensar sin grandes dudas que el neurótico que cree no saber «sabe» y que el psicótico que cree saber «no sabe». La realidad es que ninguno de los tres sabe, aunque el observador-interlocutor sabe que él quiere saber. Si el observador-interlocutor sabe que no sabe, pero tiene el deseo y la esperanza de llegar a saber, sabrá que ese llegar a saber precisa de un trabajo específico de búsqueda del saber a partir del no saber y que ese trabajo tiene que hacerse en el diálogo con el sujeto de nuestro ejemplo y requiere una tolerancia al no saber.
Ahora bien, dentro del campo de la salud mental el psicoanalista no tolera el no saber y da por supuesto que ya sabe porque se cree en posesión de alguna teoría que lo explica todo, podría encontrarse en la misma situación que el psicótico, convencido de que sabe cuando no sabe, o en la misma situación que el neurótico: paralizado porque no sabe.
Sólo la tolerancia al no saber, acompañada del deseo y la esperanza de llegar a saber (la que algunos han llamado pulsión epistémica), hará posible un auténtico trabajo de psicoanálisis, de búsqueda conjunta de «la verdad». La verdad no existe sino en términos relativos como aproximación a la verdad incognoscible, pero si se equipara la verdad al deseo de no engañarse y no engañar, observaremos que, aparte de lo corriente que es el engaño, «también es bastante común el autoengaño», como en el caso del neurótico que cree no saber cuando sí sabe, del psicótico que sí sabe cuando no sabe, o del psicoanalista que cree que ya sabe cuando a veces ni siquiera sabe en qué creer. Este autoengaño es el denominador común de lo que en psicoanálisis se llaman defensas; su mantenimiento para oponerse al proceso psicoanalítico que podría llevar a saber más de sí mismo sin engaño (o con menos engaño) constituye la resistencia. Por eso, desde Sigmund Freud, se habla del proceso psicoanalítico como un proceso (podríamos decir un diálogo) encaminado a comprender y superar las resistencias para llegar al análisis-conocimiento de los mecanismos de defensa. Entendido así, en líneas generales, el proceso psicoanalítico tiene en sí mismo buena parte de proceso diagnóstico, en el sentido de conocer lo profundo o esencial a través de lo manifiesto o accidental. Lo manifiesto o accidental, lo visible, suele ser el indicador del camino a seguir hacia el conocimiento de lo inconsciente, pero en psicopatología puede ser que lo manifiesto y aparente esté encubriendo lo profundo para que no sea visto o conocido, para que sea y siga siendo invisible, ignoto, desconocido, inconsciente; o sea, que tenga una función defensiva. Desde esta reflexión podríamos mejorar la definición anterior del proceso psicoanalítico como «un proceso dialogante encaminado a comprender y superar las resistencias para llegar al análisis-conocimiento (diagnóstico) de las defensas especialmente en sus aspectos inconscientes». Al decir «aspectos inconscientes» debemos señalar que las defensas no son necesaria ni totalmente inconscientes. El miedo fóbico del ejemplo de la fobia al ascensor, tanto en su versión neurótica como en su versión psicótica, tiene un componente consciente de un miedo general a la muerte o enloquecer a la vez que encubre u oculta un aspecto persecutorio que permanece inconsciente en el neurótico y que se hace consciente, aunque a través de un delirio, en el psicótico. El miedo del fóbico neurótico al ascensor está relacionado con el miedo consciente a morirse o quedar atrapado en la locura, pero es una ansiedad (en el sentido psicopatológico de un miedo sin objeto conocido) porque su objeto es más inconsciente de lo que parece y porque su intensidad y su carácter paralizante son indicadores externos (manifiestos, visibles) de que encubre un significado autobiográfico más inconsciente y más profundo del miedo a la muerte o quedar loco, como podría ser —siguiendo especulativamente con el hipotético ejemplo— el miedo a caer en el vacío o a quedar atrapado y encerrado, que corresponderían muy inconscientemente a perder el sostén del continente materno o al deseo claustrofóbico, profundamente regresivo e inconsciente, de refugiarse y protegerse en el seno materno. Sólo sabemos que el miedo tiene un contenido inconsciente cuando el propio sujeto que en el primer nivel de diálogo dice tener miedo nos dice también, en el segundo nivel, que no sabe a qué o nos da una explicación delirante más o menos detallada o sistematizada.
Por definición un miedo sin contenido mental, sin objeto, es una ansiedad y también por definición, desde la perspectiva psicoanalítica, se da por supuesto que a toda ansiedad le corresponde un contenido mental y un objeto inconscientes. Pero también cabría pensar que el no sé es una afirmación defensiva ante la ansiedad de saber algo que no se quiere saber y que se mantiene activamente inconsciente al estilo de lo que Freud llamaba «represión».
Por eso decíamos que el neurótico que no sabe, sabe. Como en el caso del no saber activo de la represión, el psicoanálizado habría llegado a no saber algo reprimiendo lo que ya había sabido y, por lo tanto, el no saber tendría un sentido defensivo.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Un paso hacia la locura.

En la estructura dialéctica del mundo interno radica en buena parte el origen de una amenaza siempre latente: “La locura o pérdida de la razón en cualquiera de nosotros” La razón, el entendimiento, la cordura y la estabilidad mental requieren una proporción y relación equilibrada —recordemos que, en matemáticas, «razón» significa proporción y relación— entre mundo interno y mundo externo, entre el dentro y el fuera, entre el vivir encerrado en sí mismo en un extremo patológico y el vivir fuera de sí, en el otro. En un extremo el desequilibrio en favor del mundo externo, del mundo de las cosas y de los intereses egoístas o materiales, tiende a organizar un tipo de vida alienado de los sentimientos y de sus repercusiones emocionales, ricas quizás en satisfacciones materiales en el mejor de los casos pero empobrecidas en contenido emocional. Es, paradójicamente, un empobrecimiento que puede disfrazarse de riqueza y que se agazapa tras el "«estilo de vida consumista» a que nos empujan actualmente las presiones socioeconómicas y políticas. Vivir alienado es literalmente vivir fuera de sí; «ido», loco en su extremo más patológico. Otra vertiente patológica del desequilibrio en favor del mundo externo sería la patología obsesiva, sobre todo aquella que mantiene al sujeto pendiente de la posesión y el control de las cosas y que da a la relación interpersonal un carácter también cosificado.
En el otro extremo, el desequilibrio de la razón o la relación en favor del mundo interno, con el consiguiente extrañamiento o alienación del mundo externo, constituye lo que se ha llamado tradicionalmente locura porque, en su grado extremo, sustituye la relación con el mundo externo por la relación con el mundo interno, pero no en el sentido de un ensimismamiento pasajero, que en ciertas circunstancias puede ser normal y hasta preludio necesario de un proceso creador, sino en el sentido de que se vive retraído en el mundo interno o en el de que el mundo interno es proyectado hacia fuera, de forma que invade el mundo externo, lo reemplaza y es tratado como si fuera real, objetivo, a veces con tendencia a la cosificación de lo que originariamente era emocional, interno o subjetivo o, al contrario, con tendencia a poblar anímica y mágicamente el mundo externo dotándolo de sentimientos, intenciones y significados que provienen de la exteriorización del mundo interno. Las estructuras internas antropomórficas, los «objetos internos», se han convertido por proyección en estructuras externas y son tratadas como tales, o sea, como «objetos externos».
Ahora bien, a esto se le llama locura o psicosis cuando le sucede al sujeto estando despierto, pero no si le ocurre estando dormido. La actividad mental del durmiente es soñar y su producto —el sueño— puede definirse como un estado transitorio de locura, un episodio pasajero en el que la actividad mental está dedicada a colocar fuera del soñante lo que está dentro, creando un mundo onírico que sustituye al de la realidad externa con contenidos mentales que proceden de la realidad interna (deseos, recuerdos, anhelos, temores, esperanzas, etc.) y que adquieren para quien sueña, al menos mientras está soñando, un sentido de actualidad y de realidad. Pasado, presente y futuro se funden en un solo tiempo actual, el entonces o el antes puede ser ahora y el ahora, entonces y después; los espacios pierden sus límites; pensar es hacer, desear es tener, temer es sufrir lo temido; lo blanco puede ser negro y lo negro puede tener maravillosas tonalidades de colorido. Los procesos mentales oníricos son mágicos y omnipotentes, siguen las reglas de lo que Freud llamó «proceso primario»: desconocen las barreras del tiempo y del espacio, los principios de la lógica y del pensamiento racional, o sea, del «proceso secundario» en términos psicoanalíticos. La única diferencia con la locura es que esta actividad mental mágica y omnipotente es reconocida como un sueño cuando el sujeto despierta y que éste, una vez despierto, recupera el criterio de realidad, la capacidad de diferenciar la realidad externa de la interna, y de pensar y actuar de acuerdo con las normas del proceso mental secundario o, lo que es más o menos lo mismo, recupera el pensamiento lógico y racional.
Tenemos, pues, dos tipos de funcionamiento mental. Por una parte un funcionamiento mental y un pensamiento primitivo y mágico (proceso primario) y por otra, en aparente oposición, un funcionamiento y un pensamiento racional y lógico (proceso secundario). Estos dos tipos de funcionamiento mental se manifiestan en dos estados mentales que también se presentan como aparentemente opuestos cuando en realidad son complementarios: el racional y el irracional, el sano y el loco. Pero, además, tenemos un estado mental intermedio entre el sano y el loco, el del sueño, cuyo funcionamiento es primario y mágico aunque se presenta a intervalos regulares en todas las personas sanas, que, una vez despiertas, siguen funcionando de acuerdo con el pensamiento lógico. Es más, la ausencia persistente de actividad onírica (de sueños), si bien no es necesariamente un signo de locura, sí es considerada en psiquiatría como indicativa de la posibilidad de alguna dificultad o trastorno mental.

martes, 13 de diciembre de 2016

El delirio.

Debemos tener en cuenta que las vivencias delirantes de un psicótico pueden resultar tan extrañas, alienas y aterrorizadoras que, para poderlas comunicar e incluso para poderles dar forma en su propia mente, el sujeto ha de recurrir a expresiones aparentemente muy concretas, incluso exacerbadamente sensoriales, pero que en realidad únicamente han quedado atrapadas en lo "Imaginario" sin pasar a lo "Simbólico" porque quieren dar expresión a sensaciones, sentimientos o ideas que sienten tan extrañas y novedosas que no se pueden comunicar conceptualmente a través del lenguaje hablado.
En la clínica psicótica estas descripciones llegan a parecer verdaderas sensaciones alucinatorias cenestésicas —a diferencia de los síntomas psicosomáticos, exentos de significado emocional genuino—, pero es más frecuente que sean esfuerzos por comunicar metafóricamente («como si») lo que se siente o que se mantengan en ese terreno ambiguo de lo indiferenciado (ni genuinamente concreto ni genuinamente metafórico, como decía John Rogers Searle). Cuando son verdaderas alucinaciones cenestésicas parecen desesperadamente inmodificables, pero en tal caso ya no se trata de trastornos del pensamiento, a no ser que se considere la alucinación como una regresión de máxima profundidad por inversión del proceso que transcurre normalmente desde lo sensorial a lo cognitivo-intelectivo. «En condiciones patológicas puede haber no sólo una detención en formas primitivas de pensamiento, sino algo aún más primitivo: una verdadera transformación del pensamiento en percepción, acciones u otras actividades psicosomáticas» (Silvano Arieti). Según esta afirmación, que ya fue teóricamente enunciada por Sigmund Freud y que es aceptada generalmente en la teoría psicoanalítica de la regresión, el camino normal de la evolución del pensamiento desde su inicio en la infancia hasta sus formas más maduras (ontogénesis), así como la evolución casi instantánea de su formación en cada momento (microgénesis), iría desde el polo sensorial-perceptivo al conceptual-intelectivo pasando por una serie de etapas evolutivas progresivas y se haría consciente cuando ya hubiera adquirido las características racionales del proceso secundario. No obstante, también la conciencia ha de ser progresiva. De un nivel prácticamente nulo de conciencia no se puede saltar a una conciencia clara y meridiana; hay que pensar que también los niveles de consciencia evolucionan progresiva y escalonadamente. Freud los redujo esquemáticamente a tres (inconsciente, preconsciente y consciente) pero admitía la existencia de niveles progresivos de consciencia cuando hablaba de «diversos niveles de censura». Desde un punto de vista clínico, sería útil un esquema de niveles de consciencia que irían, de abajo arriba, desde un nivel de consciencia sensorial hacia un nivel abstracto pasando por los niveles intermedios de la experiencia perceptiva, simbólica y metafórica. Esta ordenación esquemática parece bastante clara en lo que se refiere al desarrollo ontogénico, pero también es aplicable a la microgénesis del pensamiento, o sea, que cada pensamiento se originaría en una experiencia sensorial, aunque muchas veces no aparezca conscientemente como pensamiento hasta que ya se ha independizado de ella.

domingo, 11 de diciembre de 2016

El sujeto paranoico.

En la estructura psicótica el sujeto aparta totalmente su interés del mundo exterior, se hace infantil y autoerótico; mientras que el paranoico intenta hacer lo mismo sin conseguirlo por completo. Este último es incapaz de apartar su interés del mundo exterior, se contenta con rechazar tal interés fuera de su «Yo», con proyectar al mundo exterior tales deseos y tendencias (Sigmund Freud) y cree reconocer en los demás todo el amor y todo el odio que niega en sí mismo. En lugar de admitir que ama u odia, tiene la sensación de que todo el mundo se ocupa exclusivamente de él, para perseguirlo o en su caso para amarlo.

martes, 6 de diciembre de 2016

Como se estructura la psicosis.

El infante desde sus primeros meses de vida va construyendo su mundo interno y lo va poblando de objetos internos en su relación con los objetos externos, a los que introyecta, al mismo tiempo que va reconociendo el mundo externo y los objetos que lo pueblan en función de la proyección de sus objetos internos ¿Qué queremos decir con esto? Cuando el lactante tiene su primera experiencia con el alimento sólido en forma de papilla y cuchara ya ha introyectado la experiencia previa con el pecho o el biberón e irá reconociendo la nueva experiencia y el nuevo objeto externo (la cuchara y la papilla) por comparación con la experiencia y el objeto anteriores, constituidos ya como objetos internos. A estos niveles primitivos y preverbales, que son semejantes a los que luego llegan a manifestarse y observarse en algunas situaciones psicóticas, la dotación de significado a los objetos y a la relación con ellos se realiza mediante mecanismos de proyección e introyección, como si el objeto externo y el interno tuvieran que encontrarse a medio camino (camino hacia dentro el uno y camino hacia afuera el otro), frecuentemente con la mediación de un objeto intermediario o transicional (Donald Woods Winnicott). La introyección de la experiencia con el objeto externo (pecho o biberón) contribuye a que se construya el objeto interno y la proyección de éste a la experiencia con el nuevo objeto (cucharilla) hará posible la experiencia con este objeto nuevo y su ulterior introyección, modificando y enriqueciendo el mundo interno puesto que le da significado y permite el pensamiento basado en el simbolismo.
Es por medio de la relación con los objetos internos donde se constituye el sentimiento de sí mismo o de uno mismo, de identidad personal en la que se fragua la autoafirmación. Y es ese sentimiento de identidad, de coherencia e integridad personal, el que parece estar especialmente amenazado en el proceso psicótico; es esa identidad de uno mismo con sus objetos internos, amenazada en el devenir y las vicisitudes de las relaciones con los objetos externos, la que el psicótico en crisis parece querer conservar y defender a ultranza proyectando sus objetos internos en el mundo externo, de manera que su relación con el mundo real se convierta o tienda a convertirse en una relación consigo mismo, en una relación narcisista en la que —aunque sea delirantemente— se borran las lacerantes diferencias con los objetos externos y se adquiere algún poder mágico sobre ellos. Ni siquiera en uno de los ejemplos más paradigmáticos de psicosis, el del ensimismamiento narcisista con manifiesta desconexión del mundo de la realidad, deja al "sí mismo" psicótico de estar en constante contacto y diálogo relacional con sus objetos.
La desconexión es aparente y relativa porque la existencia de los objetos externos o bien es negada por el psicótico o bien sólo es reconocida en función de la relación que tenga con sí mismo y con sus objetos internos.
Por lo tanto con en ejemplo del lactante vemos como se va construyendo y enriqueciendo un mundo interno a la vez que se va enriqueciendo la capacidad de relación con el mundo externo.
En el desarrollo normal es importante el papel del objeto transicional o intermediario. Como objeto que no está ni dentro ni fuera, ni del todo en el Self (sí mismo) ni del todo fuera de él, como objeto que forma parte de mí aunque no sea del todo mío, tiene la función cuasi mágica de vincular los objetos internos que forman parte del «uno mismo» con los objetos externos que no son «mí mismo» pero que, contrastándose con el «uno mismo», contribuyen al sentimiento de identidad, coherencia e integridad.
Cuando se sienten las profundas ansiedades psicóticas catastróficas de aniquilación o de desintegración (pérdida de la integridad) y las confusionales (pérdida de la coherencia o de la identidad), el objeto intermediario o transicional queda, con su carácter simbólico y vinculador , como el resto de un naufragio, como la tabla de salvación a la que el psicótico puede aferrarse igual que el niño de pecho se aferra al chupete cuando ha perdido el pecho.
Este es en muchas ocasiones el papel fundamental del psicoanalista para el psicótico, sobre todo en las fases iniciales de la asistencia: ofrecerse como objeto transicional, como tabla de salvación suficientemente firme para sostenerle, pero también suficientemente navegable para devolverle a buen puerto y ayudarle a reintegrarse.
Un dominio excesivo de los mecanismos proyectivos tiende a borrar las fronteras entre ‹‹Self›› y ‹‹no Self››, entre el dentro y el fuera, con tendencia a que el mundo externo sea invadido por el Self o el «uno mismo».
Por el contrario, el dominio excesivo de los mecanismos introyectivos tiende a borrar las mismas fronteras pero, en este caso, con invasión del mundo interno, del Self, por el mundo externo. Podríamos decir, con una metáfora oral y gráfica al mismo tiempo, que hay dos grandes tipos de psicóticos: "Los que se tragan el mundo y los que son tragados por él". Si usamos el lenguaje psicoanalítico entonces hablamos de psicosis «centrífugas» y psicosis «centrípetas». Si, por las causas que fuera, achacables unas a la propia naturaleza de la psicosis y otras a la función intermediaria o transicional del psicoanalista, la tercera posibilidad sería la psicosis «retráctil», la del retraimiento o ensimismamiento narcisista con aparente desconexión de la realidad, que, desde esta perspectiva, correspondería a un intento evitativo y protector de la confusión psicótica debida a la invasión de ‹‹dentro afuera›› o de ‹‹fuera adentro›› mediante una especie de intento paralizador de los mecanismos proyectivos e introyectivos (como se observa en la catatonía, por ejemplo). Si se paralizaran la introyección y la proyección, el Self quedaría protegido del peligro de invasión por el mundo externo y éste del peligro de invasión por el Self y se evitaría la confusión y la disgregación. Pero esta ruptura del equilibrio en cualquiera de las tres direcciones comentadas (centrífuga, centrípeta y retráctil) sería, precisamente, la psicosis o, por lo menos, la psicosis que suele crear demanda de algún tipo de terapia o psicoanálisis. Naturalmente, en cada caso particular de psicosis se pueden observar combinaciones diversas de estos tres tipos de descompensación del estado de salud mental.