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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

La intimidad corporal.

¿Cómo llegó a ser socialmente aceptable que un hombre insista en sus derechos sexuales cada vez que lo desea, mientras que la mujer los debe reprimir? ¿Se deberá posiblemente al hecho de que ante la violación la mujer es un ser relativamente indefenso por sus condiciones físicas? Esto debió ejercer cierta influencia en el desarrollo de muchas culturas. Sin embargo, con frecuencia se ha demostrado que incluso la violación no resulta demasiado sencilla si no hay cierta “cooperación” por parte de la mujer.
El trastorno neurótico del vaginismo ilustra que en algunas circunstancias, esa renuencia inconsciente a tener relación sexuales puede bloquear en forma significativa la libido del hombre. Si bien la fuerza física superior de éste puede ser un factor importante en la frecuencia de condescendencia pasiva femenina, también deben existir otros factores.
Para encontrar algunas respuestas debemos examinar los aspectos socioculturales que son significativos en este sentido, y que cuentan con cierta “aprobación” tanto de hombres como de mujeres en el sentido de la creencia que la pulsión sexual femenina no es tan apremiante como la masculina; por consiguiente, para ellas no es necesario satisfacerlo de forma inmediata. Aunque poco a poco se ha ido abandonando esta idea con la creciente tendencia de la mujer de afrontar y asumir en plenitud su sexualidad, siendo capaz de expresarlo ante sí misma, ante sus congéneres, ante su pareja, ante la sociedad en general, aunque ya en la intimidad del lecho no siempre se ponga lamentablemente en práctica, también existen otras féminas que dicha libertad sexual les atemoriza. Además, y en forma casi simultánea, otro aspecto importante de la vida sexual de la mujer ha ido perdiendo importancia, esto es, la posibilidad de tener hijos. La maternidad ya no es algo deseado por muchas de ellas. Por cierto, un tema muy amplio para investigar sus causas desde el psicoanálisis.
Hasta hace unas cuantas décadas se suponía que las necesidades sexuales de la mujer eran casi inexistente, se esperaba que ellas fueran capaces de controlar sus deseos sexuales en todo momento, por lo que un embarazo fuera de matrimonio denotaba debilidad o concupiscencia de la mujer. La participación del hombre en dicho embarazo era mirado con más tolerancia, y éste no se hacía merecedor de ninguna o casi ninguna deshonra social.
El hecho de que la mujer pudiera ocultar mucho mejor su excitación sexual a comparación del hombre, contribuyó en parte a la propagación de la idea que estableció cierto patrón en el que la obediente fémina se ofrecía a su pareja sin participar activamente en el coito. Muchas mujeres “normales” aceptan esta situación, pero seguramente en el fondo les resulta muy difícil asumir. Cabe agregar que un considerable número de hombres les causa cierta “incomodidad” cualquier expresión de intensa pasión de su pareja. Incluso existen hombres que les puede causar repugnancia si su mujer responde voluptuosamente en el intercambio sexual. Esto puede llevar a la fémina a ocultar su deseo sexual, incluyendo el orgasmo, sintiéndose desgraciada y furiosa.
Ahora bien, no sólo encontramos en las mujeres frígidas —quienes al advertir su ineptitud como compañeras sexuales— tratan de compensarla de la mejor manera posible con una entrega sin participación; en muchos casos, descubrimos también esa actitud aun en las mujeres con una respuesta sexual adecuada; ellas han aceptado la idea de que las necesidades del hombre son más importantes que las suyas y que, por ende, los deseos y las necesidades de aquél son soberanas.
La creencia errónea de que la vida sexual de la mujer no es tan apasionada ni perentoria como la del hombre, puede dar lugar a dos lamentables situaciones: puede inhibir la natural expresión de deseo de la mujer por temor a parecer una prostituta, o bien puede llevarla a creer que debe estar dispuesta a avenirse en todas las ocasiones que lo desee el hombre, por lo que vale decir, que ella no tiene ningún derecho propio para manifestarse u oponerse respectivamente. Ambos extremos representan un obstáculo en ella para su expresión espontánea con lo que surge el resentimiento y el descontento. Esto aunado al poco interés del hombre por despertar la pasión de ella y de la escasa importancia que le brinda al arte de amar, lleva a la pareja a un inevitable fracaso.
Cuando se desvaloriza un aspecto importante de la vida de un sujeto, ello tiene un efecto negativo sobre su autoestima. Lo que una mujer tiene en realidad para ofrecer en materia de correspondencia sexual se convierte en algo despreciable, y esto desvaloriza su Yo y su apariencia corporal.
La segunda manera en que nuestra cultura ha subestimado el patrimonio sexual de la mujer es desvalorizando sus genitales. En la terminología clásica, esto está relacionado con la idea de la “envidia del pene” (Teoría propuesta por el psicoanálisis) lo que nos convierte en una sociedad falocentrista. Pero debemos señalar enfáticamente que la idea de la “envidia del pene” es un concepto masculino: “Es el hombre quien experimenta al pene como un órgano valioso y supone que las mujeres también deben compartir ese sentimiento”. Pero es una idea ingenua pensar que una mujer realmente pueda imaginar portar su propio pene y con eso gozar, como lo hace el hombre con el suyo; más bien se percata de las ventajas socioculturales que tiene, quien porta un pene*.
Lo que una mujer necesita es más bien sentir la importancia de sus propios órganos y la aceptación de su cuerpo en general, y que cada una de sus funciones constituye una necesidad básica para consolidar su autoestima.
La mujer de complexión robusta, morena y baja de estatura tal vez crea que sería más deseada por los hombres si fuera rubia, alta y delgada; en otras palabras, si fuera otra persona. La solución de su problema —desde el psicoanálisis— no reside en el hecho de volverse rubia sino en descubrir por qué no se acepta tal como es. El psicoanálisis revelará que alguna persona significativa durante sus primeros años de vida prefería a las rubias, o bien que el hecho de ser morena se ha asociado con alguna otra característica inaceptable.
En nuestra cultura, la relación sexual ha merecido la desaprobación por el puritanismo. El ideal puritano consiste en la negación del placer erótico corporal, y esto hace que los deseos sexuales se conviertan en algo vergonzoso. En nuestros días seguimos encontrando indicios de esta actitud en los sentimientos expresados por ambos sexos. También existe otra actitud que desvaloriza la sexualidad, en particular la sexualidad femenina. Estamos inmersos en una sociedad que pone gran énfasis en la pulcritud. Para muchos sujetos, los genitales entran en la categoría de órganos excretorios, asociándose así con la idea de algo sucio. En el caso del hombre, parte de esa consigna desaparece porque él se libra de la menstruación. La mujer, en cambio, es quien la presenta y, cuando su actitud se ha visto fuertemente influida por el concepto de algo sucio o desagradable, ello acrecienta su sensación de ser inaceptable, y esto aunado a la opinión de su partenaire de que efectivamente sus flujos menstruales tienen un olor nauseabundo, fortalecen el convencimiento de la fémina de que los desechos de sus genitales son verdaderamente repugnantes.
El desenfrenado placer que el niño experimenta frente a su cuerpo y a los flujos que emanan de él comienza a reprimirse a edad muy temprana, Esto constituye una parte fundamental de la educación básica. A la mayoría de las personas les resulta muy difícil aceptar el efecto pernicioso que esto constituye sobre la vida psíquica y emocional del sujeto; si esa actitud fuera más permisiva entonces algunos trastornos que presentan ciertos sujetos sencillamente no existirían. Lo que ocurre es que ese tipo de educación, implementado por el mercado de consumo capitalista ha creado una especie de actitud repulsiva hacia los flujos corporales.
La moralidad de esfínter, como la llamó Sandor Ferenczi, se extiende más allá del control de la orina y de las heces; en cierto modo, incluye también a los flujos vaginales, semen, sudor, mucosidad, etcétera. Es evidente que estos flujos tienen una enormemente influencia en las actitudes que toman hombres y mujeres al respecto, que pueden llegar a ser completamente repugnantes. Ese intento de algunos sujetos de controlar la expulsión del excremento, orina, etcétera, aunque de manera incipiente, dado que es una cuestión biológica que está más allá de la capacidad psíquica del sujeto para retener, nos muestra claramente como se ha creado un sentimiento de inaceptabilidad y suciedad al respecto.

*Desde el psicoanálisis existen algunas mujeres que efectivamente desean poseer un pene propio, pero únicamente el análisis puede confirmar esto, lo que obviamente las ubica dentro de la psicopatología.


martes, 14 de noviembre de 2017

​La infancia del violador.

“Los niños comienzan por amar a sus padres. Cuando ya han crecido los juzgan , y algunas veces, hasta los perdonan”. Oscar Wilde.

No es casual que la el sujeto en el momento que comete la violación coloque a su víctima en posición a tergo o por sodomización. Simbólicamente marca la potencia viril y al mismo tiempo el signo referido ambivalente de la pasividad codiciada y renegada de la víctima.
Las conducta de violación que presenta el sujeto constituyen un ejemplo de lo que Sigmund Freud denominó «escisión del Yo». Recordemos la definición: «En lugar de una única actitud psíquica, hay dos; una, la normal, tiene en cuenta la realidad, mientras que la otra, por influencia de las pulsiones, separa al Yo de esta última».
Los medios de comunicación nos proporcionan ejemplos, hombres cuya inserción social es adecuada, en algunos casos hasta destacada, y las relaciones con su comunidad son apreciadas pero que de pronto nos enteramos por medio de la televisión, radio… que ha cometido abuso sexual o violación. La escisión del Yo es de tal magnitud en el violador que las personas cercanas a él no dan crédito de las noticias acerca de su siniestro comportamiento pues él se presenta ante los demás y a sí mismo con esa parte de su Yo que acepta la realidad, o por lo menos la parte de la realidad que no amenaza con poner en entredicho su funcionamiento psíquico, al precio de mantener con sus allegados relaciones prolongadas pero casi siempre superficiales. Pero hay otra realidad, inaceptable está por movilizar una angustia exacerbada relacionada con el abandono y el anonadamiento sufrido en su infancia a cargo de sus padres o quienes lo educaron, al mismo tiempo que moviliza también pulsiones imperativas dirigidas al objeto narcisista. La satisfacción de las pulsiones se cumple entonces en otro campo de la conciencia, razón por la cual el sujeto puede manifestar —aunque lo recuerde— que no fue él quien lo hizo, o en todo caso lo recuerda como un pasaje soñado en una pesadilla.
La escisión es un modo de defensa absolutamente particular, no específico, claro está, de los comportamientos de violación, y que contrapone dos partes de una misma instancia, el Yo; es, por lo tanto, totalmente diferente de la represión, que implica un conflicto entre instancias: oposición entre el Yo y el Ello.
La representación que tenga el niño de una madre fálica, es decir, todopoderosa, ambisexuada, podría ser una manera de precaverse del desastre de un anonadamiento posible. Sin embargo, cierta ambigüedad planea sobre numerosos escritos motivada casi siempre en la necesidad de objetivar las situaciones para tomarlas comprensibles, haciendo del niño y de la madre dos objetos separados mientras que, en los casos psicopatológicos, están ligados de manera tan inextricable que no se sabe dónde se encuentra la fuente pulsional.
¿La madre fálica es la que no deja espacio a la autonomía del niño, considerándolo precisamente como su propio falo y generando entonces en él una agresividad de protesta masculina dirigida a todas las mujeres? ¿O es el niño quien, en un movimiento de regresión y de rechazo de la separación, la hace omnipresente? En otros términos ¿Qué parte cumple la madre, en cuanto objeto real, sobre el destino de su hijo? Cualquiera sea el modo en que se establecen las cosas, en todos los casos de perversión y violación lo que se subraya es el papel preeminente de la «violencia» relacionada con las pulsiones eróticas.
Debe apuntarse a este respecto la postura peculiar de Robert Jesse Stoller, primeramente porque es uno de los pocos autores que sitúa a la violación en el marco de las perversiones considerándola una «cripto-perversión», una perversión disfrazada; después, entendiendo que la perversión representa «la forma erótica del odio», lo explica como respuesta a la atracción de una simbiosis con la madre, primer objeto de identificación; es decir, en una primera fase, como un deseo de ser mujer antes de devenir en ser un varón. Este odio se duplicaría en un revanchismo vinculado a los traumatismos sufridos en la primera infancia y provocados por la madre. Stoller, habla del miedo que padecen los violadores en una relación de intimidad con la mujer, obviamente no desde el punto de vista agresor-víctima, sino en un vínculo de pareja, donde después del coito parece surgir el espectro de la «imago materna arcaica». Esto nos induce a reconsiderar la construcción metapsicológica de la relación madre-niño, pero no como suele presentársela, o sea desde la perspectiva del miedo a la invasión por la madre fálica porque en el miedo a la intimidad, se trata en realidad de una representación de una mujer débil o, en todo caso, «deshecha». Esto nos remite a pensar sobre la mirada esquiva del perverso sobre el rostro de su pareja (no en sentido agresor-víctima) para no verla gozar, o bien a un nivel más profundo, negar el placer que siente ella.
Hay que reconsiderar entonces «el temor de derrumbe» al que alude Donald Woods Winnicott, analizado y comentado por Rene Roussillon.
En realidad, el temor de derrumbe futuro es, como sabemos, algo que se sitúa en el pasado pero que no pudo ser integrado por un Yo todavía demasiado frágil como resultado de la destrucción del objeto primario por los ataques del niño. Es necesario que el objeto sobreviva a fin de que la destructividad sea percibida como un fenómeno psíquico identificable como tal, y no como un derrumbe en el que todo se desploma. En función de estos datos, Roussillon propone considerar la tendencia a la destrucción y su repetición, no como una intolerancia a la frustración sino como el resultado de una «confusión primaria» entre el objeto y la fuente interna de destructividad, que genera una vivencia de un «Yo malo», núcleo persecutorio interno que apelará a la externalización repetida.
En el psicoanálisis se observa con bastante frecuencia que en los casos de conductas de violación, el sujeto siendo niño —futuro violador— no fue necesariamente él mismo la fuente de la destructividad sino que fue testigo impotente de la destrucción de la madre por un padre violento. La identificación narcisista con los dos protagonistas lo indujo entonces a vivir en una «confusión primaria de tres» donde se mezclan y se contradicen deseo de destruir y deseo de ser destruido, representados ambos en una escena primaria aterradora y reactivados en el estadio fálico, cuando la identidad sexuada tiene posibilidad de ser o de no ser. A quien se teme es, por lo tanto, a la madre débil, en tanto que la construcción de una madre fálica, secundaria, viene a paliar tanto la vivencia de derrumbe como el deseo de recibir el falo paterno, deseo que reduciría al sujeto a una identificación con la madre destruida. En realidad, es aventurado hablar de deseo cuando los movimientos se efectúan en un contexto de identificaciones primarias con enquistamientos narcisistas. Se trata más bien de necesidad de una madre todopoderosa para no ser destruido, pero de una madre que va entonces a destruir. Estamos en plena paradoja. Es comprensible la apelación a medios de defensa radicales cada vez que una situación de la realidad hace resurgir ese combate impracticable.


​El objeto primario (madre) se encuentra presente en la violación.

“El porvenir de un hijo depende de su madre”. Napoleón Bonaparte.

Algunos sujetos con antecedentes de violación sexual pueden haber presentado con anterioridad al acto pesadillas con su madre de connotación agresiva o sexual. Aunque en parte el psicoanálisis tiene un indicio del origen del acto de violar: la violación se dirige inconscientemente a una madre temida y odiada; sin embargo los procesos psíquicos en juego no son tan sencillos y reclaman otros desarrollos imbricados.
Se ha puesto de manifiesto que generalmente los sujetos con antecedentes de violación sexual, a nivel consciente puede manifestar un amor desmedido hacia su madre, un vínculo tan estrecho que no puede imaginar una separación (conflicto individuación madre-hijo) por lo que estamos ante la presencia de una «unión simbiótica» que toma aleatoria la necesaria «desidentificación primaria». Todo esto es correcto, pero resultará incompleto mientras no hayamos comprendido la contradicción formal contenida en el proceso de marras.
Lo que aquí se nos revela es una madre a la vez buena y mala, lo cual sería harto banal y hasta recomendable si aquí ella no fuera, a la vez, «enteramente buena» y «enteramente mala», proposición imposible desde el punto de vista lógico; pero, precisamente, en el nivel de los procesos primarios (inconscientes) en que se desenvuelven las cosas, no estamos en la lógica.
Observemos que las cualidades en cuestión son lo bueno y lo malo y que, según los primeros elementos de «constitución del objeto» descritos por Sigmund Freud, lo bueno se guarda dentro de sí para formar el Yo-placer purificado, mientras que lo malo se expulsa. Pero en el tema aquí expuesto, el proceso parece estar bloqueado: lo bueno trae consigo lo malo, que vuelve a aparecer en el interior, no pudiendo el sujeto desembarazarse de ello; el sujeto lo quiere sin desearlo porque si no lo quisiera se encontraría sin nada, vacío, es decir sería inexistente.
Podemos atrevernos a decir que este sujeto es en parte él mismo gracias a la escisión del Yo, y en parte su madre, que vive dentro de él. Estamos muy cerca de L ’enfant de Qa (El hijo de Ello) al que se refieren Jean-Luc Donnet y Alan Green en relación con la psicosis blanca.
¿Por qué no hablar entonces como Melanie Klein, de la «madre buena» y la «madre mala»? Por temor a objetivar los procesos en una representación demasiado coherente que, aun siendo correcta, nos alejaría del punto de vista psicoanalítico. Lo que nos interesa es percatamos del terrible atolladero en el que se encuentra el sujeto en cuestión: si se le aparece la ternura con su víctima violada, lo malo pegotea con lo bueno resurgiendo rápidamente una angustia que literalmente lo enloquece.
Esta situación presenta, en suma, ciertos aspectos de la psicosis blanca descrita por Alan Green: “lo bueno es inaccesible o su presencia no es jamás duradera; lo malo es invasor y sólo deja breves respiros”.
Una de las soluciones entonces del sujeto es recurrir al «acting out» y descargar así una tensión insoportable, lo cual anula cualquier trabajo psíquico en el proceso secundario (consciente).


martes, 15 de agosto de 2017

El amor a los niños y la pedofilia.

La violación sexual cometida en contra de mujeres adultas o adolescentes, acaso ¿Esconde un deseo de violación hacia los infantes? O ¿Será la seducción hacia los niños el primer intento de violación hacia las mujeres?
En la “Revue Frangaise de Psychanalyse” en un artículo dedicado a la pedofilia Paul Denis y Denys Ribas recuerdan que la leyenda de Edipo comienza por la seducción de Crisipo, hijo adolescente de Pélope, por parte de Layo, quien será el padre de Edipo. Crisis a causa de ese acto, avergonzado, se mata. Siguen posteriormente toda una serie de maldiciones que conducirán a la tragedia que ya conocemos.
Ahora bien, existen varias formas de pedofilia, desde los actos apoyados en una seducción sutil hasta los que alcanzan la formas violentas, incluso seguida por el homicidio hacia la víctima. Obviamente en cualquiera de sus formas la pedofilia es, antes que nada, un acto de agresión.
Para ilustrar esta psicopatología veamos un caso clínico: Se trata de un sujeto de cincuenta años, que su caso fue presentado por un equipo de psicoanálistas en Suiza, en el marco de una supervisión regular de su trabajo.
Pedófilo reincidente y a menudo violento, su historia permite abordar numerosos problemas vinculados a esta perversión.
Este sujeto de estatura impresionante, fue condenado en repetidas ocasiones por hechos idénticos. Presenta el lenguaje habitual: “Ama a los niños, sabe ocuparse de ellos, los niños lo aman, sueña con ser educador, quisiera tener hijos propios…” Aunque nunca pudo tenerlos pese a dos parejas con las cuales vivió. En cambio, no resistió a la seducción sexual de los hijos que tenían su par de parejas.
Durante el psicoanálisis mencionó un número impresionante de víctimas, niñas y niños, llegando a veces a la sodomía aunque se sospecha de cierta jactancia al respecto, ahí están las condenas repetidas para indicar la gravedad de su conducta.
Los comportamientos activos de pedofilia comenzaron desde su pubertad, unos años después de haber sido seducido por su padre y a menudo sodomizado en el curso de una relación continua, en ocasiones prestado a amigos de su progenitor. Por supuesto que se piensa —desde un punto de vista psicoanalítico— de una identificación con el agresor, con repetición sobre otros niños de los actos padecidos por el propio sujeto.
El redescubrimiento de Sandor Ferenczi en los últimos años volvió a poner a la orden del día este fenómeno. En realidad, si bien no se puede negar que en el presente caso y en muchos otros, la conducta del padre ejerció una influencia decisiva para la repetición de estos lamentables acontecimientos, es preciso apreciar sus efectos múltiples en el seno de la organización psíquica del sujeto en cuestión, constituida por la trama de su historia infantil. Aunque es de llamar la atención, que tampoco se trata de una simple consecuencia de “causa-efecto”, concebida desde una perspectiva mecanicista.


martes, 3 de enero de 2017

Algunas anotaciones sobre la violación sexual.

​Existen varios tipos de conducto para el acto de violar, podemos observar el caso entre cónyuges de una «violación ocasional» que se suscita en medio de una embrollada ruptura matrimonial, de aquella que es premeditada para vengarse de un fracaso o humillación por parte de la esposa, consecuencia de la insoportable frustración sufrida por un marido psicópata; de la violación en grupo por parte de adolescentes que exterioriza una necesidad de afirmación fálica; también se encuentra la que se puede definir como «violación de guerra» durante un encuentro armado donde los soldados violan a los civiles. Se advierte que la realización del acto adquiere un sentido diverso según las teorías de los autores y el contexto del momento.
Cuando se practica el psicoanálisis en sujetos recluidos en las cárceles por el delito de violación, se observa sobremanera el carácter coactivo del acto: «Se me ocurrió de repente», «fue más fuerte que yo», «no pensé que iba a terminar en eso» son expresiones que se escuchan a menudo. El lector sin experiencia psicoanalítica pensará que son frases «inocentes» utilizadas para defenderse o autoexculparse, eso en parte es verdad pero son dichas a un psicoanalista en el marco de una entrevista sobre cuyo carácter confidencial los sujetos no tienen ninguna duda en pronunciarlas. Los psicólogos de inspiración cognitivo-conductista —que no temen ser intrusivos— han observado atinadamente que el acto siempre estuvo precedido por producciones psíquicas, pero estas solían aparecer enmascaradas por alguna forma de renegación*. Obviamente existe una auténtica preparación del sujeto para cometer la violación, pero también debemos agregar el carácter coactivo del empuje procedente del inconsciente, el cual el violador lo ignora completamente. Generalmente el sujeto que lleva a cabo tal acto existe una contingencia para realizarlo, digamos que por momentos duda de consumarlo o de llevarlo «más allá», el más allá podría significar varias posesiones del objeto en un breve lapso de tiempo o incluso terminar con la vida de la víctima, por mencionar algunas. Estos sujetos dentro de sus pensamientos o fantasías no desean exclusivamente poseer una mujer bonita, ya que se puede tratar también de una anciana, un niño, una niña, un bebé, o alguien con una discapacidad física o psíquica, etcétera. Realmente lo único que le importa es un objeto con forma humana para poder penetrar.
Si bien es cierto que le causa Goce** al violador para cometer el acto, el Goce iniciaría antes de la penetración, esto es amagar a la víctima, desnudarla, forcejear, etcétera. Mientras que la penetración en sí misma pasa a tener una connotación brutal tanto para la víctima como para el pertrechador, pero para este último, la brutalidad (violencia) es la que toma relevancia para el violador, ejercida hacia su víctima. Obviamente estamos lejos del placer característico de la relación de objeto genital consentido. En la violación lo sexual es secundario porque lo que está preponderantemente al servicio del Goce es la violencia, como bien lo expresa Jean Bergeret. Es, pues, el acto mismo de penetrar (violencia) lo que está cargado de significación para el sujeto.
También debemos agregar la fuerza compulsiva que hace actuar al sujeto. Ya sea previsto de antemano o surgiendo por efecto de una impulsión, el acto es efectuado bajo el dominio de una exigencia interior (Ello): «En ese momento no sabía si iba a hacerlo... pero de pronto ya había iniciado». Desde ese instante el sujeto obra dominado por un automatismo, mientras que la conciencia se mantiene ajena a lo que ocurre «escisión del Yo». Vale decir que estamos en el registro de la pulsión de muerte (Goce), activada por la repetición como un motor que no obedece de ninguna manera al placer.
El desarrollo del acto procede con una fascinación exacerbada por el objeto, nos referimos a una «captación especular», expresión que condensa tres elementos que permanecen todo el tiempo: el fenómeno de dominio por la imagen; el aspecto «puesta en escena», que confiere a la mirada un lugar metapsicológico fundamental; y el papel de lo imaginario; obsérvese que la palabra «especulación» tiene la misma raíz que «especular», indicando claramente este último término, a través de la idea de espejo, la duplicación narcisista de una imagen interior. Nos hallaremos, pues, constantemente en el límite de lo que acontece adentro y afuera, con la indeterminación entre fantasma, alucinación y percepción.
Al adentrarnos más en el análisis, al preguntarle al sujeto sobre las relaciones intersubjetivas que tuvo con su madre durante su infancia, surgen representaciones en las que ambos personajes están indiferenciados.
Lo que sucede, por extraño que parezca, que en ese adentro del sujeto se encuentra la madre, no constituida todavía como objeto interno (podríamos suponer como una extensión de su Yo) pero formando parte de él; pero que en efecto, todavía existe una indiferenciación, activada además por un movimiento contradictorio de rechazo y asimilación entre esté y su madre.
Algunos psicoanalistas han llegado a plantear, más allá del acto mismo, que el sujeto no padece de «angustia de castración» sino «angustia de inexistencia». Esta última guarda probablemente una estrecha relación con el miedo a la pasividad (¿la «roca biológica» que plantea Sigmund Freud?) esbozando un señalamiento con respecto a la «histeria de angustia». Otros especialistas de la salud mental han propuesto esta hipótesis: ¿el sujeto viola para reprimir el deseo de ser violado, ya que sus mecanismos de defensa están por sucumbir ante ese deseo, que ansía por llegar a la consciencia?

*Renegación: Es un mecanismo de defensa que el sujeto utiliza para rehusar reconocer la realidad de una percepción traumatizante, principalmente la ausencia de pene en la su madre y en las mujeres en general.
Sigmund Freud comienza a describir la renegación en relación con la castración: «Ante la ausencia de pene en la niña, los niños [...] reniegan esta carencia, y creen a pesar de todo ver un miembro [...]». Progresivamente considerarán la ausencia de pene como el resultado de una castración.
Esta renegación se atribuye tanto a la niña como al niño, proceso que no parece raro ni muy peligroso en la vida psíquica del niño, pero que, en el adulto, constituirá el punto de partida de la estructuración psicótica. En la medida en que la renegación se refiere a la realidad exterior, Freud ve en ella, en contraste con la represión, el primer tiempo de la psicosis: mientras el neurótico comienza reprimiendo las exigencias del Ello, el psicótico comienza por «renegar» la realidad.

**Goce: El «principio de placer» funciona como un límite o barrera al Goce, ese principio es como una ley que le ordena al sujeto “gozar lo menos posible”, ya que el sujeto intenta constantemente transgredir dicha ley, e ir “más allá del principio de placer”. No obstante, el resultado de ir más allá del principio de placer no causa más placer sino dolor, puesto que el sujeto por su constitución psíquica y somática sólo puede soportar cierta cantidad de placer. Más allá de este límite el placer se convierte en un “placer doloroso” es lo que Jacques-Marie Émile Lacan denomina «Goce»: “El Goce es sufrimiento”. La prohibición misma del Goce (el principio de placer) crea el deseo de transgredirla y el Goce es por lo tanto fundamentalmente transgresor. El Goce es el camino hacia la muerte, un retorno a la inexistencia.