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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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martes, 14 de noviembre de 2017

​Toxicomanía desde la perspectiva psicoanalítica y psiquiátrica (Segunda Parte).

“Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”. Viktor Frankl.

La conducta del toxicómano regularmente es estereotipada y demanda un atributo obligado al consumo de la sustancia tóxica pero que reclama una sanción terapéutica univoca: ¡Líbrenme de ese flagelo­! ¡Los toxicómanos no cumplimos con la promesa de abandonar el consumo por lo tanto, enciérrenme!
En efecto, parece que una psicoterapia de la abstinencia daría la posibilidad de someter a examen ese modelo clásico en que un organismo es separado de un ­cuerpo extraño, en el entendimiento de que el primero recuperará su integridad una vez apartado del influjo mórbido del segundo. Cuando se afirma una concepción así con toda naturalidad se recurre a modelos de inspiración de comportamientos conductista para pensar que la abstinencia va a tener un efecto directo sobre la toxicomanía. Si reflexionamos sobre este pensamiento clásico del «tratamiento de los toxicómanos según el cual un primer tiempo se debe dedicar a lo fisiológico (eliminación del cuerpo extraño), y un segundo tiempo, a lo ­psíquico­. Se trata de una dicotomía enteramente funcional y correlativa de esta creencia en una dependencia doble: una dependencia fisiológica a la que se agrega una dependencia psicológica como si se tratara de dos territorios heterogéneos.
Precisamente, la cuestión de la abstinencia suscita una reflexión dinámica capaz de subvertir ese modelo. No es casual que en las toxicomanías clásicas se presenten de manera simultánea modificaciones fisiológicas y cierta psicopatología, y un estudio de la abstinencia tal vez permita abordar lo que esta correspondencia supone. Siguiendo la exigencia de Sigmund Freud para pensar en la histeria, es preciso que podamos considerar clínicamente la correspondencia sintomática de esos dos registros diferentes. Posiblemente el mejor modo de presentar los lances de la abstinencia es reproducir inicialmente algunos enunciados de los toxicómanos: “Sin la droga siento que falta algo de mí”, “La droga es mi brazo derecho” “Soy como una esponja, recupero mi forma con la droga”.
Si el «Farmakon» parece «prestar un cuerpo», su ausencia evoca una «forma de mutilación». En efecto los discursos sobre la abstinencia se organizan bajo la referencia de una falta que simboliza una lesión. Una metáfora elocuente de un toxicómano dilucida está idea: “Cuando no consumo (droga) siento que estoy amputado, es como si me faltara un miembro del cuerpo (¿herida profunda del narcisismo?) y me doliera… es como si fuera un miembro fantasma”.
Si le otorgamos a este enunciado el valor de una metáfora es porque representa la operación privilegiada que recoge la relación del cuerpo con la palabra, lejos de toda dicotomía entre lo psíquico y lo somático.
Esta evocación de un “miembro fantasma” como un órgano ausente, que empero produce dolor, designa, sin duda, una forma de paradoja situada en el centro de ese cuestionamiento sobre la abstinencia.
Para articular dos dimensiones esenciales de la operación del Farmakon, debemos analizar la cuestión alucinatoria y el dolor.
El dolor característico de esta formación que se asemeja a un miembro fantasma suscita, para empezar, algunas cuestiones. Se revela aquí como en negativo y se presenta como la afección principal engendrada por la abstinencia. Causa una queja que se desenvuelve como en el límite de lo psíquico y lo somático. Así, la ausencia de la sustancia tóxica crea la figura de un miembro o de un órgano doloroso, poniendo directamente en función la investidura de zonas corporales. y esta formación se impone como tal al sujeto. Y en cuanto al carácter alucinatorio de este fenómeno, o sea del miembro fantasma es una formación que no posee el valor ni la consistencia del fantasma. Este último remite al acto creador de la elaboración de un saber que, a espaldas del sujeto, pasa a acondicionar la pérdida del objeto. Aquel efecto fantasma parece pertenecer más bien al registro de lo alucinatorio. Entiéndase que no existe alucinación según lo dicho el toxicómano, sino que él indica la presencia de una dimensión alucinatoria en la abstinencia.
La metáfora del miembro fantasma nos da a intuir la intervención de procesos alucinatorios en la abstinencia, esto lo descubrimos en las manifestaciones propias de la abstinencia que es la forma invertida del proceso de la dependencia. Los discursos del toxicómano en el contexto de una abstinencia versan regularmente sobre una forma de urgencia corporal, aunque esa necesidad puramente fisiológica ya no exista tras una cura de desintoxicación completa.
De un modo diferente, Sigmund Freud había indicado esta vía para la comprensión de las intoxicaciones: ­“La pérdida insoportable inflingida por la realidad sería justamente la del alcohol. Cuando se suministra este último las alucinaciones cesan”. Pero vayamos más profundo, hasta considerar que la dependencia misma depende de efectos alucinatorios. El cuerpo parece entonces omnipresente en tanto no lo vela la palabra ni lo toman a su cargo las representaciones. ¡Es un «órgano» el que le falta para recuperar su completitud! Al mismo tiempo, una forma de investidura alucinatoria del recuerdo de la satisfacción parece invalidar todo acto de habla.




​Toxicomanía desde la perspectiva psicoanalítica y psiquiátrica (Primera Parte).

“La desesperanza está fundada en lo que sabemos, que es nada, y la esperanza sobre lo que ignoramos, que es todo”. Maurice Maeterlinck.

Algunos psicoanalistas en un primer acercamiento identifican a la toxicomanía con una variante de una psicopatología ya conocida: melancolía, manía…, y en una segunda observación proponen una evidente organización psicopatológica autónoma, o una organización de tipo depresivo, aunque se debe indicar que la toxicomanía se presenta en cualquier “Estructura” llámese neurótica, perversa o psicótica.
Ahora bien, regresando a las dos tendencias señaladas en un principio pueden además combinarse:por ejemplo, la posición que toma Jean Bergeret, quien paralelamente a las toxicomanías ligadas a la neurosis y psicosis reconoce la existencia de una ­organización que atestigua un «estado de estructuración muy incompleto», como si se tratara de una «suerte» de adolescencia inconclusa y prolongada la que presenta dicho sujeto. Así, las tentativas de «comprender la personalidad del toxicómano» o de establecer una psicopatología de la toxicomanía suelen aparecer bajo esta forma: “Tendencia al narcisismo, un «Yo débil» y fijado definitivamente en el estadio oral, inmadurez afectiva, carencia de genitalización” (incipiente o nulo deseo de contacto sexual con el otro). No pocos autores han coincidido en torno de esa noción del «Yo débil» al que sería preciso reforzar por todos los medios para afrontar la realidad. Según este modelo, es entonces bajo la forma de prótesis o de eliminación como se aborda las más de las veces una psicoterapia de un toxicómano. De ahí se desprende la perspectiva de una «sustancialización» de los ­contenidos psíquicos ¿Acaso no evolucionan ­el toxicómano y su terapeuta en el seno de una relación de espejo desde el momento en que uno y otro abordan a su manera el «enfoque» sobre la sustancia tóxica? Al menos, sus discursos parecen organizarse en general en torno de la misma incógnita: ¿Es la sustancia o son los problemas psíquicos los que constituyen la toxicomanía? Consideremos igualmente que los toxicómanos (etiquetados o auto­etiquetados como tales) suelen solicitar ayuda (psiquiátrica, Alcohólicos Anónimos, Drogadictos Anónimos, etcétera) con el propósito de «internarse» lo que simbólicamente representaría alejarse de «algo que los induce» nuevamente al consumo de la sustancia tóxica, o bien algún tipo de extracción ¡Saquen «eso» que atormenta mis pensamientos!
En la bibliografía psiquiátrica, la figura del tóxico se presenta regularmente como el soporte de una operación semejante entre lo interno y lo externo. Por su parte, no pocos toxicómanos comentan en parecidos términos las consecuencias de su consumo: “lo que estaba afuera pasa ­adentro­ y recíprocamente”. Pasajes mágicos entre lo externo y lo interno constituye sin duda uno de los primeros datos sobre los que se puede empezar a construir un análisis multidisciplinario de la toxicomanía.
Pero señalemos desde ahora que la postura que toma el psicoanálisis sobre la toxicomanía, en tanto ella procura en lo general una sedación posible del dolor (trauma sepultado en el inconsciente) y, en lo particular, al dolor de existir.
Es interesante subrayar lo que concierne al estatus donde se ubican regularmente estos sujetos, su propia asimilación es presentarse socialmente como “alcohólicos o drogadictos” en grupos de ayuda como Alcohólicos Anónimos, Drogadictos Anónimos, etcétera. Este fenómeno se revela en el marco de las consultas, el discurso del toxicómano se presenta como una “queja” en lugar de una “demanda” de esta manera quedan atrapados en la “queja social” de que son objeto: ¡Soy un lastre, un problema para mi familia, no para conmigo mismo! ¡Ellos sufren, nos yo por mi toxicomanía! Haciendo suyo este discurso estereotipado acerca de los peligros que implica la sustancia tóxica con lo que realizan una forma de autoscopía espectacular y denunciadora. Surge un equívoco cuando dentro del marco instituido del anonimato y de la gratuidad, estos sujetos hablan de su dependencia a la toxicomanía o alcoholismo, y solicitan el reconocimiento de su pertenencia a esta categoría.


​La Real en términos del psicoanálisis.

Lo “Real” propuesto por la teoría de Jacques-Marie Émile Lacan resulta ser un peligro porque es un señuelo en su carácter de “Goce” inaccesible o prohibido que atrae las palabras, las fantasías y los síntomas del sujeto.
Cuando se habla de lo Real en psicoanálisis, no se refiere a lo real o realidad del mundo físico, ni siquiera el que propone la física, como ciencia. Cada vez que se vea la palabra Real en algún libro o artículo de psicoanálisis se debe agregar el atributo de “sexual”, ya que el psicoanálisis no lo concibe de otro modo. Pero ¿Qué nos enseña con esto el psicoanálisis? Que son los medios “significantes” y “fantasmáticos”, los que adopta el sujeto para tratar de tener acceso a lo Real, son indudablemente fallidos, donde existen tres tiempos: el “agujero”, es decir, lo Real de donde el sujeto está excluido; los medios para tratar de llegar a lo Real y, por último, el fracaso, la imposibilidad de lograrlo.
Se debe reiterar que la palabra fracaso no debe entenderse en el sentido de un intento frustrado sino como una interceptación que permite recobrarse e intentarlo nuevamente con más hazaña. Entonces cuando el sujeto se siente acorralado en lo que parece un callejón sin salida, tiene la posibilidad de emprender un acto o inventar.


​La importancia de la Etapa Oral de la infancia y sus consecuencias en la vida adulta.

“La madurez del hombre es haberse reencontrado, de grande, con la seriedad que de niño tenía al juzgar”. Friedrich Wilhelm Nietzsche.

La etapa oral de la primera infancia es una posición caracterizada, no sólo por tomar, sino también por incorporar o internalizar.
El reestablecimiento regresivo de la actitud oral temprana parecería ser rápidamente provo­cado por una situación de frustración emocional en la que el niño llega a sentir que su madre no lo quiere genuinamente por él mismo como persona, y también que el amor que expresa por su madre no es realmente valo­rado y aceptado por ella. Esta es una situación severamente traumática que da lugar a una posición donde el infante llega a considerar a su madre como un objeto malo en la medida en que no parece amarlo, y que se mantiene indiferente hacia él. Así como el niño llega a considerar las expresiones exteriores de su propio amor como malas, con el resultado de que, en un intento de mantener su amor tan bueno como es posible, tiende a retenerlo dentro de sí. Además llega a sentir que las relaciones de amor con objetos externos en general son malas, o por lo menos bastante arriesgadas para expresarse.
El resultado concreto será que el niño tiende a transferir sus relaciones con sus objetos a su realidad interna. Este es un lugar en el que su madre y el pecho ya han sido instalados como objetos internali­zados, bajo la influencia de situaciones de frustración durante la tem­prana fase oral; y bajo esta influencia y acontecimientos traumáticos posteriores, la internalización de los objetos es luego utilizada como técnica defensiva. Este proceso de internalización no está promovido, sino insti­gado, por la naturaleza misma de la etapa oral, ya que el fin inherente al impulso oral es la incorporación.
Esta incorporación es obviamente al inicio, una incorporación física, pero debemos creer que el estado emocional que acompaña los impulsos incorporativos tiene en sí mismo una coloración incorporativa. De ahí que cuando ocurre una fija­ción a la etapa oral temprana, la actitud incorporativa se entrelaza inevita­blemente en la estructura del Yo. En el caso de sujetos con un com­ponente esquizoide en su personalidad —de acuerdo con este planteamiento—, hay una gran tendencia a que el mundo externo extraiga su sentido demasiado exclusivamente del mundo interno.
En sujetos con diagnóstico de esquizofrenia esta tendencia puede llegar a ser tan fuerte que la distinción entre realidad interna y externa es casi inexistente o demasiado difusa. Aparte de esos casos extremos, existe una tendencia general por parte de los sujetos esquizoides a acumular sus valores en el mundo interno. No sólo sus objetos tienden a pertenecer al mundo interno más que al ex­terno, sino que tienden a identificarse a sí mismos fuertemente con sus objetos internos. Este hecho contribuye esencialmente a la dificultad que experimentan para dar afectivamente y vincularse con el otro. En el caso de sujetos cuyas relaciones objetales están predominantemente en el mundo externo, dar tiene el efecto de crear y fortificar valores, y de promover​ el respeto por sí mismos; pero en el caso de sujetos cuyas relaciones objetales están predominantemente en el mundo interno, dar tiene el significado de rebajar valores, y de disminuir el respeto por sí mismos. Cuando estos sujetos dan, tienden a sentirse empobrecidos, porque cuan­do brindan, es exclusivamente a expensas de su mundo interno.
Podemos ejemplificar esto con la mujer embarazada que siente una exacerbada ansiedad por el parto, para ella el alumbramiento significa no tanto ganar un hijo, sino perder cierto tipo de contenido, con el vacío resultante; en algunos casos el profundo rechazo a separarse de sus contenidos origina un parto con graves complicaciones. En estos casos, por supuesto, se trata realmente de separarse de contenidos corporales, pero un fenómeno análogo pero de una connotación psíquica lo podemos observar en el artista, sea un pintor o escritor, que inmediatamente de terminar su obra se siente, no con la idea de haber creado sino haber perdido algo de sí mismo, y de haber perdido la obra su valor, una vez concluida. Este fenómeno explica ampliamente los períodos de esterilidad y descontento que siguen a los períodos de actividad creati­va en el caso de ciertos artistas.
Para mitigar la sensación de empobrecimiento que sigue al dar y crear, el sujeto esquizoide emplea a menudo una interesante defensa. Adopta la actitud de que lo que ha dado o creado no tiene valor. Así el artista pierde interés por cada obra terminada y se convierten en vana mercancía, o incluso es confinada en el sótano.
En la misma forma, las mujeres con personalidad esquizoide pierden todo interés por sus hijos luego de haber nacido. Por otra parte, una forma de defensa completamente opuesta contra la pérdida de contenidos, el sujeto puede intentar preservarse a sí mismo con­tra la sensación de pérdida tratando lo que han producido como si aún formara parte de sus propios contenidos. Así, lejos de ser indiferente a su hijo luego de que éste ha nacido, una madre puede seguir considerán­dolo como a sus propios contenidos y sobrevalorarlo por esto. Estas ma­dres son indebidamente dominadoras con sus vástagos e incapaces de posicionarlos como un sujeto separado e independiente, con graves consecuencias para su desarrollo psíquico. En forma similar, aunque con resultados menos penosos, un artista puede defenderse de la sensación de perder sus con­tenidos, persistiendo en considerar sus cuadros como su propia posesión, en un sentido no realista, incluso luego de que han sido comprados por los coleccionistas.




​La fobia y la Escena Primaria.

“La voz de la violencia es enorme, y pequeñísima la voz del dolor”. Emma Thompson.

Sigmund Freud señaló sobre el trastorno psíquico que puede padecer un infante al presenciar, lo que denomina el psicoanálisis, la “Escena Primaria” esto significa la relación sexual entre sus padres observada y/o escuchada. Tal impacto psicológico tiene un doble determinante en el niño que lo interpreta como una agresión violenta, un maltrato, o un abuso sádico contra su madre; teniendo como consecuencia el surgimiento de un rival, “una amenaza para sus intereses egoístas”. Además de las connotaciones emocionales atávicas que comporta el tabú del sexo.
A este respecto es importante el caso que describe Freud en su tesis sobre “El hombre de los lobos”. Es un caso complejo, muy importante para la sistematización conceptual del psicoanálisis. Se trata de un joven ruso, de padre muy adinerado (aunque al final él terminó casi en la miseria), que se pone en tratamiento psicoanalítico con Freud y presenta un síntoma singular: fobia a los lobos. Durante el tratamiento, evoca una escena en la que él, siendo apenas un niño, irrumpe en la habitación de sus padres una mañana, y contempla, a través de la ventana abierta de la habitación, un paisaje nevado y unos lobos junto a la ventana. El niño huye despavorido y, desde entonces, la imagen de los lobos le angustia y obsesiona… Lo que descubre el psicoanálisis, en esta imagen de los lobos, que encubre y desplaza lo que verdaderamente le angustia y obsesiona: haber contemplado la relación sexual de sus progenitores.


​La Estructura Perversa y la Neurótica están presentes en el estilo de vida Swinger.

“El virtuoso se conforma con soñar lo que el pecador realiza en la vida”. Platón.

La pareja con estilo de vida Swinger está compuesta de un sujeto con Estructura Perversa y el otro con Estructura Neurótica, éste último intenta, a manera de parodia, proyectarse en la Estructura Perversa que tiene su partenaire.
Si el sujeto con Estructura Perversa se ubica imaginariamente como causa del deseo y de la división subjetiva del otro, el sádico y el masoquista no son –ni podrían ser jamás– complementarios, porque al participar de la misma estructura, ambos se ubicarían como “objetos de deseo” simultáneamente respecto del otro queriendo dividirlo, por la cual no se pueden complementar, por lo tanto el partenaire del perverso no podría ser, así, otro perverso, sino más bien un sujeto con Estructura Neurótica.
Ahora bien, el sujeto con Estructura Perversa está en la posición de objeto –de Goce– y quien detenta la Estructura Neurótica en la posición de sujeto –dividido– (Néstor Braunstein).
El prejuicio según el cual el perverso Goza sin represión es una fantasía neurótica: Ninguna pareja, donde ambos tienen Estructura Perversa puede sostenerse.
En la pareja con estilo de vida Swinger representa únicamente para uno de ellos, el punto culminante de la anhelada fantasía del Goce que desea concretar. Esta fantasía parte del sujeto con Estructura Neurótica que pretende «imitar parodiando» a la Estructura Perversa de su partenaire y con ello deshacerse de sus inhibiciones, que le son propias.
Por el otro lado el sujeto con Estructura Perversa no es que carezca del Complejo de Castración, lo tiene, sólo que lo “desmiente”, obviamente para desmentir primeramente debe reconocerlo (ya lo sé, pero aun así…). La “desmentida” recae sobre la castración, así el fantasma que se coloca en el perverso es por lo tanto un fantasma encubridor, la construcción especular de un Yo que se representa a sí mismo como sujeto supuesto saber-gozar (Néstor Braunstein).
El perverso sabe bien que el Goce debe ser renunciado, y aun así hará lo imposible por lograrlo (posición engañada), colocándolo irremediablemente en la posición de un esclavo. El fantasma del perverso, encubridor del Yo que trata como objeto al otro de su acción revela, más allá de lo imaginario, que sucede lo contrario: “[…] es el perverso quien es el objeto y su víctima quien es el sujeto… Y el perverso, él mismo queriendo ser el dueño de la situación, imaginando serlo, es el objeto de su pasión” (Néstor Braunstein).
Los sujetos que práctican el estilo de vida Swinger no están posicionados ambos en la Estructura Perversa sino únicamente uno de ellos mientras el otro se ubica en la Estructura Neurótica, éste último no Goza sin límite y sin “Falta”.
La supuesta pareja sadomasoquista donde ambos tienen Estructura Perversa no existe, es un malentendido de algunos psicoanálistas, en tanto no se pueden complementar al posicionarse ambos frente al otro como objeto que divide subjetivamente al sujeto, cuestión que acontece también en la pareja Swinger. En ambas parejas existe el reconocimiento del otro como un simple instrumento de Goce, aunque en la práctica Swinger el instrumento de Goce es sutilmente disimulado.
En el estilo de vida Swinger se tiene el prejuicio que únicamente se trata de un intercambio de pareja pero pocas veces sucede así, ya que existen diversas conductas que se despliegan durante el encuentro: voyerismo, exhibicionismo, trío o sexo grupal… donde no participan activamente los cuatro integrantes de las dos parejas de manera exclusiva. Y aunque es cierto que existen reglas para la práctica Swinger y sadomasoquista o incluso en la prostitución, no por ser «actos consensuados», están exentos de la Estructura Perversa que lo caracteriza.
El perverso reconoce y respeta, en general, el orden simbólico, por lo que uno de los integrantes de la pareja con estilo de vida Swinger se posiciona, sin lugar a dudas en esta Estructura, pues no es la actuación lo que diferencia las Estructuras sino la posición de las fantasías conscientes o inconscientes que el sujeto mantiene durante la actuación. La diferencia radica en que mientras el perverso Goza en presente acentuando, forzando la división subjetiva del otro, superando los límites del pudor y el asco, el neurótico cuando incursiona en el campo de la perversión se caracteriza más por el remordimiento ulterior (muchas mujeres que llevaron a cabo la experiencia Swinger y posteriormente se retiraron, lo padecen) Aquí cabe una pregunta interesante, sí el Goce es pleno en el intercambio Swinger ¿Por qué razón algunos abandonan ese estilo de vida?
La posición del neurótico y del perverso no es idéntica. En el caso de éste último, el ritual debe estar perfectamente precisado por el contrato, nada de lo real debe filtrarse en el montaje. “El perverso promulga otra ley, una ley categórica y apática que es ordenada por el Goce como bien supremo […] procura el Goce sin pasar por el deseo, «aboliendo así la corriente de la ternura» (Néstor Braunstein). En los intercambios Swinger la «ternura» no forma parte del encuentro.
Cabe también señalar la posición que toma el sujeto que recurre frecuentemente a las prostitutas, donde por una retribución económica recibe a cambio el cuerpo de ella, aunque esto no significa que siempre culmina en una penetración vaginal, ya que su Goce puede derivar de alguna otra actividad con ella. Aquí la relación sexual perversa es «consensuada», lo que significa que en ningún momento es violenta.
Se tiene la creencia popular que los sujetos con Estructura Perversa son exclusivamente los violadores, pederastas, etcétera, además que utilizan la violencia e intimidación hacia el otro para alcanzar su Goce, aunque esto es cierto, también es cierto que los perversos pueden actuar en «relaciones sexuales consensuadas», por decirlo de alguna manera, por ejemplo en la práctica Swinger, sadomasoquista o la prostitución. Lo que importa para el psicoanálisis, para diferenciar las tres Estructuras psíquicas, no es tanto la acción que despliega el sujeto sino sus fantasías subyacentes que envuelven el acto.
El libertinaje que se les atribuye al tipo de parejas mencionadas es sólo una fantasía del sujeto neurótico cuyo fundamento es la ilusión que otros «realmente Gozan y sobre todo sin castración», lo cual no es sino la posición engañada tanto del neurótico como del perverso, éste último que desmiente, que reniega la castración, porque de hecho sabe que existe y está estorbado subjetivamente por ella.
En el sujeto con Estructura Perversa, el deseo y el Goce radican en que él es la causa por la que el otro se divide; necesita un partenaire que experimente la división subjetiva como efecto de la manipulación perversa. El perverso llegará a ser así (al menos en lo Imaginario) el físico nuclear de la libido.
El estilo de vida Swinger se presenta como una práctica ritualizada, al igual que la pareja sadomasoquista, donde efectivamente existe forzamiento de la división subjetiva de uno de los partenaires. Además están presentes, sin lugar a dudas, la instigación, inducción, persuasión, convencimiento…, por lo menos transitoriamente, con lo que se «autorizan» las formas y posibilidades de intercambio sexual.
Algo muy cierto dijo Néstor Braunstein, si todos consienten, la perversión se esfuma.


​La relación de los hermanos durante el Complejo de Edipo.

En nuestra cultura el padre no debe iniciar a su hija en el aspecto sexual (prohibición del incesto) aunque tampoco el hermano deba hacerlo, muy a menudo lo hace. En este último caso y bajo algunas circunstancias puede, en ciertos casos, resultar benéfico para la niña ya que aporta una corrección al Complejo de Edipo cuando el padre tiene una actitud indiferente, distante… hacia su hija. El hermano puede inducir a la hermana a cambiar adecuadamente de objeto, siempre y cuando tengan casi la misma edad, y sobre todo que únicamente se presenten caricias eróticas sin ningún tipo de penetración vaginal o anal. Asimismo la hermana puede tener con el hermano un papel análogo sustitutivo de la madre edípica.
Desde la infancia el hermano puede tornarse para ella, el símbolo masculino por cuyo amor vale la pena aceptar todas las desventajas y los riesgos aunados a la feminidad.
Así, en la formación psicosexual en general, y erótica en particular de la mujer, la figura paternal masculina juega su rol con varios papeles. Ligado con los rasgos del hermano o quien lo reemplace (primo o amigo de su misma edad) el papel del compañero a medida de la niña, que en muchas ocasiones se presenta como su único iniciador a la sexualidad objetal infantil.
Posteriormente del sueño de la “Bella Durmiente del Bosque” metafóricamente hablando, del período de latencia, aparecerá el novio o el esposo (desflorador) con la misión de iniciar a la mujer en la sexualidad femenina adulta.
Las vivencias de la primera infancia de la niña durante el Complejo de Edipo intervendrá primero la madre, luego el padre y los hermanos quienes marcarán cada uno su impronta en ella. No obstante, el último toque de su psicosexualidad de la mujer será dado por la primera pareja que la desflore.
He aquí entonces a la joven a manos del desflorador. La tarea de éste último no siempre es fácil si es que lo lleva con responsabilidad. El dolor que implica la primera o primeras penetraciones no siempre es tolerado por la mujer, y si el dolor no es demasiado intenso, puede ser favorable a la actitud masoquista erógena, tal como debe ser la de la mujer en el acto sexual. De una manera u otra, una vez desgarrado el himen, el partenaire tiene la vía libre en su papel de iniciador. Si por su constitución demasiado bisexual, agravada por la manera como vivió su Complejo de Edipo (fijación en el clítoris, rebelión contra el padre y rechazo de la vagina) los esfuerzos más tiernos que ponga en marcha el hombre, serán vanos por el muro impuesto por la mujer. La adaptación al coito no se realizará; la fémina sólo será sensible a las caricias externas. Pero si ella tiene las características adecuadas de la erogeneidad de la vagina aunada a la conservada por el clítoris, el rol del desflorador, del último escultor de la “estatua femenina” puede ser decisivo.


​Las repercusiones del dolor profundo y continuo en la infancia.

Probablemente las conductas extremadamente contradictorias e inconfiables de la madre refuercen el extremo psicopático del espectro del odio en el hijo durante la primera infancia, al permitir la interpretación de esas conductas como una traición perpetrada por el objeto potencialmente bueno (madre), que entonces se convierte siempre en impredecible y abrumadoramente malo.
La identificación con un objeto que traiciona abre los caminos para una destrucción vengativa de todas las relaciones objetales en la edad adulta. Seguramente ahí reside la fuente última del impulso paranoide por traicionar (Edith Jacobson).
La conducta de apego más severamente psicopatológica ha sido descrita en infantes cuya conducta de la madre combina el abandono, la violencia, el caos y una hiperestimulación irritante, junto con la frustración crónica (Selma Fraiberg).
Otto Kernberg he señalado que la inclusión de un componente agresivo de la excitación sexual (la implicación agresiva del penetrar y ser penetrado) es un medio para incorporar la agresión al servicio del amor, utilizando el potencial erógeno de la experiencia del dolor como aporte crucial a la fusión gratificante con el otro en la excitación sexual y el orgasmo. Esta capacidad normal para transformar el dolor en excitación erótica se malogra cuando la relación madre-infante se ha caracterizado por la agresión severa y prolongada, y probablemente constituye un puente crucial hacia la excitación erótica de inducir sufrimiento a otros, lo que consolida las características placenteras (Goce) del odio sádico. Si, al mismo tiempo, como lo han postulado Karl Müller- Braunschweig y Michel Fain, las actitudes alternantes de estimulación y repliegue eróticos de la madre respecto del infante constituyen la base de la identificación inconsciente de éste con una progenitora irritante, y en el proceso activan su propia excitación sexual como afecto básico, entonces la madre cuya conducta incluye la irritación exagerada del infante puede orientar particularmente el odio de éste hacia las perversiones sadomasoquistas. En términos más generales, provocar un dolor profundo y continuo en el infante suscita primero la ira, y después, en virtud de los mecanismos mencionados de identificación y transformación, el desarrollo de odio. Así, como lo ha propuesto Carl M. Grossman, el dolor a través de una serie de transformaciones intrapsíquicas, puede conducir a la intensificación de la agresión con su respectiva psicopatología.


​¿A quién amamos realmente?

El fantasma del amor.

“Lo contrario del amor no es el odio sino la indiferencia”. Wilhelm Stekel.

Para el psicoanálisis existe un componente psíquico llamado “fantasmas” que son generalmente inconscientes, o casi en su mayoría lo son, e impregnan el cuerpo del sujeto, organizan su sensibilidad erógena y dirigen —sin que él lo sepa— el conjunto de sus afectos, lazos sociales y hasta sus nimias acciones.
El dominio que ejercen dichos fantasmas en el sujeto tiñen la realidad, sus vivencias, pensamiento, decisiones y todos sus actos están guiados inevitablemente por ese velo llamado fantasma.
El sujeto cuando mira su realidad circundante, percibe algo diferente a como «verdaderamente» sucede. No observa lo que sucede sino nada más lo que quiere ver, lo que debe captar según lo que dicta el guión de sus fantasmas y los deseos que los animan. En el fondo, jamás observamos las cosas tal como son, sino tal como las deseamos y las fantaseamos.
Ahora bien, teniendo en cuenta lo que el sujeto desea, podemos concluir que no observa lo que sucede en la realidad, sino lo que percibe dentro de sí mismo: “Cuando se ama al partenaire, lo que vemos en él o ella realmente es la proyección de uno mismo, nuestros fantasmas los depositamos en el otro”.
El fantasma modela la realidad de acuerdo con una “representación” que nos subyuga, siguiendo una acción dramática interior que se impone incesantemente. En el centro del Yo existen fantasmas inamovibles, imperecederos que invaden continuamente la  percepción de la realidad; es decir, obran a modo de un lente cóncavo que deforman dicha realidad.
La conducta afectiva siempre es una expresión que se ha vivido y que contiene uno o varios fantasmas inconscientes que se depositan permanentemente en nuestro interior. Una vez que el fantasma se ha formado, se desarrolla con todas sus consecuencias y entonces el fantasma se mueve con la seguridad y la precisión de un bisturí en las manos de un experto cirujano.
Así como el partenaire es un fantasma para el sujeto, éste último también representa un fantasma para su pareja.
Cada uno de nosotros vivimos con fantasmas, pero al mismo tiempo somos fantasmas para el otro. No existe un sujeto capaz de amar a otro tal como es en lo “Real”. Cuando se ama estamos sutilmente deformamos al partenaire de acuerdo a nuestras fantasías que proyectamos en él. Posiblemente el colmo del amor de pareja consista en el furor que el sujeto expresa en un intento de transformarse en ese anhelado fantasma que proyecta sobre él, su partenaire y, viceversa.
Únicamente podemos amar lo que “creemos” que es la pareja, ella o él es sólo un espejismo, y sin dejar de ser ese espejismo nos provoca amarlo, odiarlo, enojarnos, ser agresivos, violentos…
El partenaire amado es alguien constituido de verdad y falsedad, de realidad y de espejismos. Cuando alguien suele decir que ama, podemos estar seguros que ha forjado en su imaginación —sin que se percate de eso— al ser que se entrega con profunda devoción.
Y por último debemos agregar que estos fantasmas no contienen la nitidez de una filmación cinematográfica sino son un esbozo, un esquema dinámico más vivido que concebido. Es, pues, una escena sentida y no vista, como si el sujeto fuera «ciego» a su fantasma. El fantasma está ahí, influye en el comportamiento, pero el sujeto jamás lo observa, aunque puede experimentar la sensación que corresponde a su gesto en la acción escénica. El fantasma siempre dirige al sujeto, pero éste no observa la escena ni distingue claramente a los protagonistas; siente las tensiones que están en juego, la intensidad o, más exactamente, el equilibrio de las fuerzas dominantes y hostiles, protectoras y tiernas. El fantasma es una escena virtual, una representación abstracta y condensada de nuestras tendencias inconscientes.


​La creencia en el psicoanálisis.

“Arrollídate y creerás”. Blaise Pascal.

La conclusión a la que llegó Michael Foucault sobre los estudios que realizó en torno a la sexualidad humana es que el psicoanálisis es válido y funciona de manera adecuada cuando psicoanálista y psicoanalizado creen genuinamente en él. Pero, tal vez, lo más importante no es que se crea en el psicoanálisis, sino que se recurra y, efectivamente se ponga en práctica la ayuda que brinda el psicoanálista.

A menudo se atribuye la frase: “Arrodíllate y creerás”, a Blaise Pascal aunque no se encuentra de forma literal en sus obras. Si bien B. Pascal elabora en sus Pensées (sección IV, 250) unas elucubraciones sobre la dialéctica entre el elemento interno (la creencia) y su exteriorización (el arrodillamiento y la oración) que podrían interpretarse: “a base de arrodillarse y de rezar, puede uno acabar creyendo”; o en un sentido más amplio “intenta creer y terminaras creyendo”. Realmente las ideas de B. Pascal sobre la relación entre la interiorización y la exteriorización y entre lo humano y lo divino son mucho más complejas y profundas.