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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

La toxicomanía y el Superyó.

“La cosa que mejor hacemos, desearía nuestra vanidad hacerla pasar por la más difícil. Esto puede explicar el origen de muchas morales”. Friedrich Wilhelm Nietzsche.

Desde que Sigmund Freud introdujo el concepto del Superyó ha sido motivo de muchas tergiversaciones. Si bien el concepto es tardío, aparece desde mucho antes bajo el nombre de «censura», donde ya nos muestra las consecuencias del sentimiento inconsciente de culpa, comenzando a presentar esa topología que es propia del aparato psíquico.
Freud plantea la necesidad de formalizar una instancia psíquica que vela por la satisfacción narcisista que proviene del Ideal del Yo, y observe al Yo midiéndolo con el Ideal, por lo que lo denomina “conciencia moral”; sus consecuencias se perciben claramente en el delirio que manifiestan los paranoicos con su entorno.
Ahora bien, el Superyó observa y critica nuestras acciones, e incluso nuestras intenciones antes de ponerlas en práctica. Freud dice que el ideal se va formando por la influencia crítica de los padres, pero también de los educadores, de los maestros y de la sociedad en general, que entre todos tejen una especie de enjambre.
El Superyó forma parte del Yo, pero sin embargo puede estar separado de él, y tiene la facultad de contraponerse al Yo y de dominarlo fácilmente. Además tiene afinidad con el Ello, es decir que guarda relación con las pulsiones.
Freud nos muestra cómo se presenta el Superyó en la práctica psicoanalítica, cuando se presenta una reacción negativa, ya que el sentimiento de culpa se satisface en sentirse mal, y que provoca que el sujeto no se muestre culpable sino directamente enfermo. El Superyó “se abate sobre el Yo con una furia cruel”. Esto le puede provocar inhibiciones al sujeto, pero también llevarlo hasta el acto delictivo compulsivo con el anhelo inconsciente o no de ser castigado.
Freud es contundente: el Superyó es el cultivo puro de la pulsión de muerte, incluso en muchas oportunidades logra empujar al Yo directamente a la autoaniquilación. Y agrega —algo que puede resultar curioso— que esto sucede cuando el Yo no logra defenderse de su cruel tirano recurriendo a la manía. Se entiende está, pensando como la melancolía puede empujar al suicidio. Pero quizás el consumo de la sustancia tóxica, sea en muchos casos, en este sentido: una defensa, algo que le permite al sujeto alivianar su relación con el Superyó. Y lo que genera es precisamente manía, por eso el psicoanálisis habla de “toxicomanías”. Sin embargo esa solución también puede ser tomada por el Superyó con la finalidad de conducir al sujeto a la muerte, todo dependería de la subjetividad de cada toxicómano.
Se puede considerar al Ideal del Yo amasado fundamentalmente con el narcisismo y la identificación a los padres, pasando al campo de lo social, que conforma un modelo que el Yo procura seguir.


Suprimir el sufrimiento por medio del consumo de la sustancia tóxica.

“El secreto de mi felicidad está en no esforzarme por el placer, sino en encontrar el placer en el esfuerzo”. André Gide.

El toxicómano recurre a la sustancia tóxica para paliar un sufrimiento consciente o inconsciente que lo lleva a procurarse un Goce, cuya morada es el cuerpo, y que se traduce en términos de un sufrimiento, o un placer faltante que añora.
Sigmund Freud se refirió a aquellos métodos cuyo principal interés radica en evitar el displacer frente a las dificultades que puede deparar la relación del sujeto con su entorno social, con la posibilidad de mantenerlo distante a través de una soledad inducida. Esto puede provocar cierto efecto de tranquilidad ya que la estrategia consiste en protegerse del mundo exterior extrañándose de él. Sin embargo, hay otros caminos posibles para evitar el sufrimiento: se trata de la posibilidad de influir sobre el propio cuerpo, porque «el sufrimiento existe mientras lo sentimos» aunque no siempre estamos conscientes de él. Freud ubica un procedimiento tan grotesco como eficaz para evitarlo: la intoxicación, que puede sumir al sujeto en otra forma de soledad, la de un Goce autista, es decir que le otorga la posibilidad de acceder a un “Goce” sin el “Otro”.
Por medio de la sustancia tóxica se puede alterar ciertas sensaciones corporales, anestesiarlas, tergiversarlas por otras. Se trata de un procedimiento difuso porque busca obtener como resultado obturar el sufrimiento de forma directa interviniendo sobre el organismo. Es eficaz porque la sustancia, que es extraña al cuerpo, incide en él a través de dos vertientes: por un lado, anestesia el sufrimiento, tornando al toxicómano insensible al mismo y, a la vez, puede deparar una sensación de Goce.


La sustancia tóxica más allá del Principio de Placer.

“¡Cuantos sufrimientos nos ahorraríamos con una sola abstinencia, con solamente un no contestado con firmeza a la voz de la seducción!” Juan Gaspar Lavater.

Recurrir al consumo de la sustancia tóxica para que altere las sensaciones corporales puede coincidir con encontrar esa soledad anhelada, regocijándose en un Goce autoerótico, procurando evitar lo displacentero que pueda provenir, tanto del mundo exterior como del interior, aunque se tiene que señalar que esa operación difícilmente puede mantenerse como una solución permanente. En estos casos, tarde o temprano, el remedio se convierte en algo peor que la misma enfermedad; esto nos lleva a la “Operación Farmakon”. Paracelso afirmó que “solamente la dosis hace que algo sea un veneno”.
Es un hecho que hasta el consumo de agua puede resultar mortal en altas dosis, sin embargo, estas dos caras, no se juegan únicamente a partir de un criterio sobre la cantidad. Un sujeto piensa, en el momento en que enciende un cigarrillo, que de alguna manera está dañando su organismo y lo puede llevar a la muerte, aun cuando seguramente ese sólo acto —el de fumar únicamente un cigarrillo— no alcance para tal propósito.
Ahora bien, cuando se habla de Goce esté siempre implica un vector que apunta hacia la muerte (Tánatos). En la danza de la vida siempre danzan en pareja Eros-Tánatos (pulsión de vida y de muerte), y habrá alguno de estos dos quien lleve el compás, obviamente Tánatos dará el último paso. El sujeto no se percata de ello hasta que se relaciona con su inconsciente, pero lo contraproducente del consumo de la sustancia tóxica es precisamente un rechazo del mismo. Es la consecuencia lógica de evitar el sufrimiento a partir del cortocircuito «significante» que se logra con el tóxico.
La incidencia del inconsciente sobre el cuerpo fue precisamente uno de los primeros aportes de Sigmund Freud, al plantear la influencia de algo que no es del orden del «significante», ese más allá del “Principio de Placer”. La sustancia tóxica consigue borrar la incidencia del «significante», facilitando ingresar en el más allá del principio de placer (Goce). Abre el camino a un Goce donde el «significante» no opera. Fue precisamente el lenguaje el que separó el cuerpo del Goce, hizo que el Goce quede al menos acorralado en ciertas zonas, esas zonas erógenas que son como un oasis en el desierto del Goce del cuerpo. Por medio de la sustancia tóxica se procura reencontrase con ese Goce perdido, siguiendo la metáfora del desierto, el toxicómano sólo mira espejismos y llega a recorrer largos caminos sin encontrar nada. El psicoanálisis ofrece en estos casos un punto para sostenerse, que se ha tomado de ese inconsciente que el sujeto inútilmente ha rechazado, procurando reinstalar algo de la relación al “Otro” por medio del mecanismo de la “transferencia”. En ese sentido se trata de un retorno a la dimensión del «significante», que fue constitutiva para el sujeto y que él mismo ha procurado borrar recurriendo al consumo de la sustancia tóxica. Así como el lenguaje evacuó el Goce del cuerpo, confinándolo a esas “reservas” que son las zonas erógenas, también ha azotado al cuerpo del sujeto con «significantes amos» que le deparan un sufrimiento. El tóxico, al anestesiar el cuerpo, logra que los azotes de los «significantes amos» dejen de producir dolor al sujeto, sin embargo, pueden sumergirlo en un Goce mucho menos soportable.
El psicoanálisis trata de ir a la búsqueda de esos «significantes amos» para ofrecerles otras perspectivas, a partir de ahí, en lugar de anestesiar el cuerpo, el discurso psicoanalítico logra hacer que los significantes amos se modifiquen y, al hacerlo, dejen de ser un flagelo. Desde ese momento, ya no existen motivos para consumir la sustancia tóxica porque se ha desenmascarado a los «significantes amos». Además con el psicoanálisis el toxicómano experimenta una relación más estrecha con su inconsciente y la forma en que tiene implicaciones en su vida cotidiana. Es verdad que con este movimiento se vislumbra un horizonte de angustia, pero también es cierto que a partir de atravesar esos desiertos, que tantos espejismos se miraron, por fin encuentre un oasis que significa el campo del “Deseo”.


La afectación de la sustancia tóxica y su relación con la subjetividad.

“El prudente no aspira al placer, sino a la ausencia del dolor”. Aristóteles.

Para algunos psicoanálistas la función de la sustancia tóxica podría ser una defensa frente a lo Real pero hay algo que puede resultar paradójico, que dicha sustancia introduce efectivamente al sujeto en una experiencia de lo Real. Sin embargo, además de la experiencia clínica que nos muestra esto, también podemos tomar de ejemplo lo que enseñan algunos escritores que consumían algún tipo de sustancia tóxica. Siempre la escritura ha sido un vínculo privilegiado para plasmar una experiencia de Goce, podemos tomar los testimonios de los músicos.
Kurt Cobain ubica a la droga para bloquear el vacío emocional que sentía. En su diario, Keith Richard dice que las drogas le permitían hacer el personaje de rockero que requería el precio de la fama. Jean Cocteau decía que la droga le proporcionaba un fijador. Marguerite Duras podía soportar el vacío con el alcohol, o suplir a Dios, lo que conducía al sujeto hacia donde el sufrimiento no puede hacer sufrir, como una anestesia de lo Real pese a la cual, lo Real retorna. Henry Charles Bukowski habla de una particular anestesia; el dolor era terrible, pero ebrio se sentía al margen. Para Edgar Allan Poe el alcohol, contrariamente a lo que suponían sus amigos, lo sacaba de una locura en cual se sentía amenazado de caer por su trágica vida.
Lo que resulta importante señalar es ¿Por qué algunos sujetos les afecta el consumo de la sustancia tóxica, tanto para ellos como para su entorno social, mientras que para otros no sucede así? Estos últimos consumen algún tipo de sustancia tóxica porque se encuentran vinculados a algún tipo de rito, además que es usada —la sustancia tóxica— con un enfoque mágico o curativo muy posiblemente porque desean entrar a lo Real. Mientras que los primeros, los que presentan graves trastornos por el consumo y conflicto con su entorno social, estarían tratando de escapar o defenderse de lo Real. En ambos casos se vislumbra que es la subjetividad de cada sujeto en particular, lo que pone de manifiesto su relación intrínseca con la sustancia tóxica.




El afecto ligado a la reminiscencia.

“El recuerdo del gozo ya no es gozo, mientras que el recuerdo del dolor todavía es dolor”. Lord Byron.

Durante la sesión psicoanalítica el discurso del psicoanalizado le permite a la carga pulsional desbloquearse y ser nuevamente revivida, esto es en sí mismo acto y por medio de las palabras le permite su descarga. Este procedimiento permite al afecto verterse verbalmente; transforma esa carga afectiva y lleva la representación sintomática a modificarse por vía asociativa atrayéndola hacia la conciencia. Esto nos lleva a la frase que dijo Sigmund Freud: “el histérico sufre de reminiscencias”, pero no fue enfático en señalar el lugar que ocupa el afecto, que está invariablemente ligado a la reminiscencia, lo que será primordial en el éxito de la «cura» pues no basta con recordar para curarse, no se trata de leer detalladamente nuestro diario íntimo sino manifestar las emociones aunados a esa lectura, metafóricamente hablando.
Si se lleva con éxito el psicoanálisis, los síntomas merman considerablemente, en otros casos desaparecen, una vez que se logra poner a plena luz el afecto respectivo ligado a la reminiscencia. Esto significa que el psicoanalizado, independientemente que intente describir e interpretar su reminiscencia, también debe darle una expresión verbal al afecto ligado a ella. Un recuerdo desprovisto de carga afectiva es casi siempre ineficaz.



El amor significa, volver al principio.

“¿Nos acordamos aún del amor, generador de fecundos errores? Cualquier paso que demos en el amor intimida el conocimiento y lo obliga a caminar recatadamente a nuestro lado o pegado a nosotros. La mengua de lucidez es una señal de vitalidad del amor”. Émile Michel Cioran.

Cuando dos sujetos, en el ámbito de la intimidad corporal, dos seres únicos y en la soledad de su existencia, logran encontrar mutuamente que el otro representa la respuesta a su deseo, están inequívocamente ante el amor, algo de valor incalculable para el sujeto en particular y para la humanidad en general.
Sigmund Freud llegó a expresar que en el fondo de todo enamoramiento hay un deseo inconsciente de recuperar aquella primera experiencia, aquel primer amor que nada ni nadie podrá sustituir, la simbiosis madre-hijo. Y por eso el enamoramiento es considerado —desde el psicoanálisis— como una psicosis transitoria, porque quien lo experimenta es expulsado de la realidad, esculpiendo de manera ilusoria a su partenaire como aquel objeto primario (madre) a la medida de lo que fue su primer deseo.


El silencio del toxicómano.

“Hay personas silenciosas que son mucho más interesantes que los mejores oradores”. Benjamin Disraeli.

Es importante remarcar lo inútil que resulta que el psicoanálista se convierta en una especie de Superyó exterior, y que intente auxiliar al toxicómano en el sentido de “recomendarle” lo que debe o deje de hacer.
Ahora bien, la importancia que tiene el silencio durante la sesión psicoanalítica, no es el silencio que proviene del psicoanalizado sino más bien el que detenta el psicoanálista porque será sobre ese fondo que se reencontrará el paciente con su decir, es ahí donde podrá encontrar los ecos de ese Real que lo determina, y es en ese silencio donde se juega esa función de objeto que el psicoanálista cumple para que el sujeto pueda relacionarse de otra manera con lo Real.
El psicoanálista nunca debe prohibir que el toxicómano siga consumiendo la sustancia tóxica; sabe que realizar un pacto con la supuesta parte sana del Yo resulta inútil, simplemente porque no existe una parte sana del Yo.
Cuando el toxicómano eligió el silencio provocado por el consumo de la sustancia tóxica, siguió el camino del rechazo de lo Simbólico, del rechazo del “Otro” que se le tornaba problemático, o sea del rechazo del inconsciente; luego del trabajo psicoanalítico —si se llega a encauzar— se conocerá los límites de lo Simbólico, de que ese “Otro” es una construcción neurótica y que frente a las pulsiones se pueden tomar decisiones, con las que asume su responsabilidad de cómo elige gozar y, en definitiva, vivir.
Enfrentarse a ese silencio, «no el del psicoanálista» sino con el que el toxicómano se relaciona, aquello que con la sustancia tóxica pretendía obturar, con una falta que, al taponearla, lo sumía en un Goce mudo y mortífero.
Un texto que se ha escrito sobre el tema se llama “El silencio primordial”, y habla del silencio en la «cura» psicoanalítica, de Santiago Kovadloff. Este autor señala que el silencio terapéuticamente eficaz arrebata al sujeto de la ilusión, de que sabe lo que dice y lo acerca a la intuición de que dice lo que debiera saber. El psicoanalista calla y le entrega al sujeto “el indescriptible paisaje de su alteridad”, entonces “lo medular silenciado irrumpe y se deja oír”. Kovadloff plantea que “curarse” implica hacerse responsable. “Del preguntar como lo huérfano de respuesta. De la existencia asumida como el perpetuo interrogar por el sentido ausente”. No se pregunta para responder, sino porque no es posible hacerlo, es decir que se llega a un extremo donde ya no se busca, el silencio recorta un vacío frente al cual, por un lado, se puede estar tranquilo, pero a la vez impulsado por el deseo que ya no encuentra los obstáculos propios y que procura hacer algo con los ajenos. Estar bajo el influjo de la sustancia tóxica, ya no le depara al toxicómano ninguna ventaja, pues en el intento de mantener anestesiado el sufrimiento, él lo depositó, en la misma bolsa, su propio deseo. Puede encontrar satisfacción en un recorrido que antes, no aparecía en su horizonte.
Theodor Reik va a concluir su trabajo clásico sobre el tema con una referencia a Gustav Mahler que en una oportunidad dijo: “En música, lo importante no se encuentra en la partitura”; lo mismo sucede en el psicoanálisis. Reik ha sido uno de los psicoanalistas que han reducido el silencio a una defensa.
Karl Abraham pensaba que el silencio sucede como si se tratara una defensa frente al erotismo anal; Otto Fenichel, como una defensa frente a un deseo de felación; mientras Wilhelm Reich recomendaba responder a ese silencio de defensa con otro por parte del psicoanálista, pero no era tan rígido, ya que pensaba que muchas veces el discurso escondía y el silencio revelaba, pero para no quedar encerrados en esa trampa se debe lograr salir del silencio provocado por la sustancia tóxica.
Sobre este mismo punto, lo señala Martin Heidegger cuando escribe: “sólo el discurso verdadero hace posible el silencio auténtico”. El psicoanálista es, como dice Jacques-Alain Miller, ese silencio en nombre del cual el sujeto habla, hasta ese punto en el que ya no hay nada para decir, hasta obtener ese silencio que no es el de la defensa, proveniente de la intoxicación que busca tapar la falta llevando a un Goce autista, solitario y silencioso. Un silencio que no se opone al acto, podríamos decir, un silencio, en nombre del cual, el sujeto actúa.
Hay un texto de Sigmund Freud que se llama “De guerra y muerte”; ahí plantea que “hemos manifestado la inequívoca tendencia a hacer a un lado la muerte, a eliminarla de la vida. Hemos intentado matarla con el silencio”.
Existen toxicómanos que intentan hacer a un lado la muerte al consumir la sustancia tóxica. Es frecuente escuchar en los discursos de los psicoanálistas, que de cierta manera el toxicómano se está matando a través del consumo de la sustancia tóxica, como si al momento de intoxicarse intentará conocer, no el límite de la vida sino donde inicia la muerte, y ubicar de manera precisa ese umbral. Cada vez que consume la sustancia tóxica, sería una oportunidad de acercarse más a ese umbral. Obviamente en esas dimensiones, el intento de conocer dicho límite tiene muchas probabilidades que termine en una catástrofe. En muchos de estos casos, acercarse a ese umbral sirve como una puerta de entrada y de salida. Al percatarse el toxicómano que ese umbral jamás podrá delimitarse, surge como consecuencia de una sobredosis, lo que puede llevar —en el mejor de los casos— a dejar de consumir la sustancia tóxica, que lo impulsaba.
Edgar Allan Poe, que era alcohólico y fumaba opio; algunos de sus cuentos fueron escritos bajo sus efectos. Hay uno entre ellos que fue catalogado como metafísico, que lleva por nombre precisamente “Silencio”. En este cuento, que es presentado como una fábula, el demonio habla de una lúgubre región donde no hay calma ni silencio. Todo funciona de una manera muy extraña, las aguas de un río azafranado no corren hacia el mar sino que palpitan tumultuosamente bajo el sol, en un desierto de grandes nenúfares que suspiran en su entorno. Más allá, en una floresta la maleza se agita y los árboles hacen ruido, sin que haya viento. En medio de ese raro clima, en una roca se lee la palabra “desolación”; también se ve un hombre cansado, triste, disgustado con la humanidad y con ganas de estar solo. Ese hombre temblará en esa soledad, una y otra vez; entonces un demonio maldijo, y ese siniestro lugar fue víctima de una espantosa tempestad, lluvia, rayos y viento, y el hombre seguía sentado en el mismo lugar por lo que el demonio se enojó, esta vez lanzó la maldición del silencio, todo enmudeció, cesaron los murmullos, todo se apagó y en la roca se podía leer “silencio”. El hombre se puso pálido, no escuchaba nada, se estremeció y huyó a toda prisa. El demonio le cuenta esta fábula a quien escribe el cuento y cuando terminó, se rió, pero el hombre no pudo hacerlo.
Por tratarse de una fábula resulta más bien extraña, pero precisamente ese ruido atronador, puede ser una buena metáfora de la pulsión de muerte. Ese hombre que se aleja de los humanos y que vive en su desolación, es maldecido por ese demonio, que puede representar al Superyó. El sujeto, sin mucho éxito, desea acallar lo pulsional hasta que llega a un silencio que ya no se soporta, hasta que ese Real hace su eco más perturbador y huye despavorido de aquella desolación, en medio del murmullo permanente, a ese silencio intolerable. Ese puede ser el punto de viraje que empuje al toxicómano a rearmarse con otro estilo de vida. Cuando llegue a ese límite, a ese silencio al cual fue impulsado por el consumo de la sustancia tóxica, donde la situación se le torne insoportable, podrá entonces, por fin, sí se decide, a buscar otros caminos.


La detumescencia precoz.

“El valor reside en el término medio entre la cobardía y la temeridad”. Anónimo.

Jacques-Marie Émile Lacan dice que el término «eyaculación precoz» debería llamarse «detumescencia precoz». La detumescencia precoz, es un mal menor en tanto es preferible sustraer el Falo antes que advenga la castración, que es percibida en el acto sexual como amenaza.
Es muy común observar la creencia que tiene el sujeto al pensar que puede manejar su pene a voluntad, es una idea narcisista anudada fundamentalmente al registro “Imaginario”. Mientras que otros sujetos encuentran que, en determinado momento, el pene no les responde a su voluntad, por lo que se observa claramente cómo responde a las leyes del inconsciente en el registro “Simbólico”, es decir que responde al sujeto, pudiendo en algunos casos hacer de eso un síntoma.
La idea que planteaba Sigmund Freud en cuanto a la impotencia sexual, era que el sujeto percibía en su partenaire la imagen de su madre, tal acontecimiento traía por consecuencia la angustia de castración (disfunción eréctil, o una erección momentánea nada más).
Cuando el sujeto encuentra que su detumescencia precoz responde a alguna razón oculta en su vida sexual —aunque eso no arregle la disfunción, al menos disminuye considerablemente su angustia— y se entiende porque eso responde a alguna ley, finalmente eso está anudado a la palabra. Cuando no responde a ninguna razón, es decir, cuando el sujeto manifiesta que en algún momento de su vida cotidiana, sin estar fantaseando con escenas eróticas o estar ante la presencia de una mujer, tiene una erección, eso no responde a ninguna ley. En algunos casos de psicosis se ve muy claramente este fenómeno.


La elección de pareja en los sujetos narcisistas.

“Poseo tres perros feroces, ingratitud, soberbia y envidia. Cuando estos tres perros muerden, la herida es muy profunda”. Martín Lutero.

En ambos géneros, las personalidades narcisistas suelen tener la fantasía inconsciente de ser hombre y mujer al mismo tiempo, renegando de este modo la necesidad de envidiar al otro género (Herbert Alexander Rosenfeld, y Béla Grunberger). Esta fantasía alienta la búsqueda de partenaires sexuales en diversas rutas, algunos de estos narcisistas, en el caso de varones buscan mujeres que inconscientemente representan una imágen-espejo de ellos mismos, es decir “gemelos heterosexuales”, con lo cual se completan inconscientemente con los genitales y las correspondientes implicaciones psicológicas del otro género, sin tener que aceptar la realidad de otra persona diferente y autónoma, es decir aceptar la alteridad. No obstante, en algunos casos, la envidia inconsciente a los genitales del otro género es tal, que la desvalorización de las características sexuales envidiadas genera una relación de gemelos asexual. Esto puede ser destructivo, porque lleva consigo una inhibición severa.
En ocasiones el deseo inconsciente de adquirir las características de ambos géneros conduce a una relación con un hombre o una mujer que son inconscientemente desvalorizados, salvo por su complementariedad sexual con el sujeto.
Otros sujetos con personalidad narcisista y físicamente atractivos, dependen mucho de la admiración de los otros, escogen un partenaire feo para sobreestimar su propia belleza. En otra perspectiva pueden elegir un “gemelo”, de modo que la aparición pública de la pareja hermosa se convierte en una fuente relativamente fiable de gratificación de las necesidades narcisistas.
La elección de una mujer a la que los otros hombres acechan incansablemente por su atractivo físico puede gratificar tanto los impulsos narcisistas como los homosexuales del sujeto.
El odio inconsciente a las mujeres (y el miedo a ellas, debido a la proyección de ese odio) constituye una fuente importante de la homosexualidad de raíz narcisista en los hombres. La elección de otro hombre como gemelo homosexual, una idealización defensiva del pene del otro como réplica del propio pene, y como reaseguramiento inconsciente de que ellos dejan de depender de la genitalidad de las mujeres, puede proteger con eficacia de la envidia hacia el otro género e incluso permite relaciones idealizadas, aunque desexualizadas, también con las mujeres.
Una fuente principal de conflictos de los sujetos con personalidad narcisista que están en una relación heterosexual u homosexual —conflictos que pueden aparecer poco a poco pero que a continuación dominan las interacciones y finalmente destruyen la relación— es la protección de la fantasía de los gemelos. El partenaire tiene que satisfacer el ideal del sujeto pero no ser mejor que él, porque ello desencadenaría la envidia; tampoco puede ser inferior, porque entonces provocaría la desvalorización y la destrucción de la relación. En consecuencia, ese partenaire, mediante el mecanismo de defensa del control omnipotente, es “obligado” a ser exactamente como el sujeto necesita que él o ella sea, lo cual restringe su libertad y autonomía, además de que implica que el sujeto es incapaz de apreciar lo que hay de único o diferente en el partenaire. No sorprende que los narcisistas que restringen la libertad de su partenaire sean los que más miedo tienen a ser restringidos o encerrados por el otro por la identificación proyectiva en acción.


El Yo y la toxicomanía.

“La felicidad es el privilegio de ser bien engañado”. Jonathan Swift.

La instancia del Yo es definido por Sigmund Freud como una pobre cosa sometida a tres servidumbres: al mundo exterior, al Ello y al Superyó. El Yo se presenta como adulador, oportunista y mentiroso, pero está sometido a los mandamientos del Superyó y no tarda en convertirse en un depósito de angustia, de esa angustia de muerte que se ubica entre el Superyó y el Yo.
Jacques-Marie Émile Lacan advierte —en referencia del Superyó— que cómo sin quererlo, o incluso queriendo hacer el bien, se puede conducir a alguien hacia lo peor. También señala que el Superyó empuja al Goce, y el Goce es el camino que conduce a la pulsión de muerte, o sea hacia un «silencio definitivo». Pero antes de llegar a él, hay una forma de silencio que tiene que ver con el Yo que “se hace el distraído o el desatendido” frente al accionar del Superyó. Lacan indica que el Yo tiene una función de “desconocimiento” y, cuando se apunta a él —aunque pretenda que se ha vencido— no tardará en mostrarse nuevamente en esa condición de desconocimiento porque eso es su función fundamental ¿Qué significa esto? Para ser más claro pongamos de ejemplo al sujeto alcohólico o al que tiene una conducta compulsiva por el sexo de forma evidente y notable, tanto para él mismo como para los otros; pero cuando son confrontados ante su problema, simplemente lo niegan o evaden el señalamiento, no se dan por “enterados” y se dirigen alegremente al bar o hacia la próxima cita de índole sexual; se puede plantear por lo tanto que son mentirosos, y que la función del Yo por excelencia es la de ser embustero.