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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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sábado, 3 de junio de 2017

Las fantasías de muerte en la pareja.

Las fantasías que tiene el sujeto sobre la muerte del partenaire y la suya, son comunes en todas las relaciones y se encuentran vinculadas con la estabilidad de la pareja.
Cuando surge una enfermedad grave o una amenaza a la vida, quizá resulte más fácil tolerar la perspectiva de la propia muerte que de la del partenaire ¿Qué significa esto? La fantasía de fallecer primero antes que la pareja, inconscientemente representa la supervivencia del primer objeto de amor: la madre. Preservarla a costa de cualquier sacrificio. El caer muerto en nuestros brazos el ser amado —figurativamente hablando— expresa una fuente básica de angustia pero sobre todo inseguridad e incertidumbre a nuestra vida. La pérdida radical de la madre, el prototipo del abandono y la soledad, es la amenaza básica de la cual se protege la supervivencia del otro; esta preocupación acrecienta el amor al partenaire y el deseo inconsciente de que el otro sea inmortal. Repetimos lo que el infante le exclama a su madre: ¡Mamá no quiero que nunca mueras!
La angustia básica se complementa con la perspectiva aterradora de la propia muerte como triunfo final del otro excluido, el peligro de ser reemplazado por el rival edípico: la expresión “hasta que la muerte nos separe” se experimenta como una amenaza fundamental, una cruel broma del destino; simbólicamente representa la «castración». La confianza básica en el amor del partenaire y en el propio amor a él reduce significativamente este miedo al tercero excluido, y ayuda a tratar con la angustia por la muerte propia.

Los síntomas somáticos de la histérica.

En la repulsión a los hombres radica la condición primordial de la mujer histérica, según Sigmund Freud señala al respecto: “... toda persona que en ocasión de una excitación sexual experimenta sentimientos preponderante o exclusivamente displacenteros”. Esta subversión de los afectos será explicada básicamente por la acción del mecanismo de represión, que produce una metamorfosis tal, que en lugar de deseo se manifiesta lo contrario, asco, repugnancia, rechazo, aburrimiento... La razón fundamental que dispara la represión surge del carácter incestuoso y prohibido de los deseos que se dirigen hacia el padre, o la madre.
La sexualidad infantil, los actos masturbatorios, los deseos sexuales actuales, las fantasías de embarazo y parto, etcétera entran en conflicto con las ideas morales, los sentimientos filiales y la culpa proveniente del Complejo de Edipo encuentran como única solución la represión de toda manifestación sexual en la histérica. Los síntomas somáticos que presenta: asma, jaqueca, tos, afonía... aparecen por el bloqueo de los deseos incestuosas a la conciencia, y se abren camino hacia su pronta satisfacción por medio de la sustitución fantasmática.

Las interrogantes de la histérica.

A pesar de las buenas intenciones que tenga la mujer histérica respecto a su feminidad y sexualidad, sigue interrogándose si en la estructura del lenguaje, o en las leyes de la cultura, o en las convenciones sociales, o en los mitos sobre la mujer, esa categoría de «objeto» a la cual se halla condenada no podría revisarse con la finalidad de modificarse sustancialmente.
Jacques-Marie Émile Lacan se pregunta ¿Por qué la impotencia del saber que la histérica engendraría provoca «...que su discurso se anime del deseo...». Esta pregunta conlleva a cuestionarnos ¿Por qué esa tendencia distintiva de la histérica a la erotización? Cada vez que oye hablar de ella, lee sobre su personalidad, estudia su tema, fantasea su destino, sueña sus con anhelos, irremediablemente aparece el deseo sexual, la meta del orgasmo vaginal y el hombre como objetivo de su vida ¿Es esto cierto, o el malestar histérico reside justamente en la reducción de su condición humana a su sexualidad, en la superposición y confusión entre feminidad y sexualidad, entre su ser social y su erotismo?

La gratitud en la pareja.

La gratitud constituye uno de los medios por los cuales el amor se desarrolla y perpetúa. La capacidad de gratitud aportada tanto por el Yo como por el Superyó es básica para la reciprocidad en la relación de pareja; se origina en el placer del infante ante la reaparición en la realidad externa de la imagen del cuidador que gratifica (Melanie Klein).
La aptitud para tolerar la ambivalencia, que indica el pasaje desde la fase de aproximación de la separación-individuación a la fase de la constancia del objeto, está también signada por un aumento de la capacidad de gratitud. El logro de la constancia del objeto también acrecienta la capacidad para experimentar culpa por la propia agresión.
La culpa, como lo ha señalado Klein refuerza la gratitud (aunque no es lo que le da origen). La culpa también acrecienta la idealización; la idealización más temprana es la de la madre de la fase simbiótica del desarrollo; después se convierte en la idealización de la madre de la fase de la separación-individuación.
La integración del Superyó que promueve el desarrollo de la capacidad para la culpa inconsciente estimula la evolución de la idealización como formación reactiva contra la culpa y como expresión directa de culpa. Esta idealización estimulada por el Superyó es un refuerzo poderoso de la gratitud como componente del amor.
La capacidad de los miembros de la pareja para idealizarse recíprocamente se expresa con la mayor fuerza en su aptitud para experimentar gratitud por el amor recibido, y en la correspondiente intensificación del deseo de dar amor en reciprocidad.
“La experiencia del orgasmo del otro como expresión de amor recibido así como de la capacidad para corresponder con amor contienen la seguridad de que el amor y la reciprocidad prevalecen sobre la envidia y el resentimiento”.
No obstante, y de forma paradójica, la capacidad para la gratitud que resulta de la idealización va en contra de ciertas características avanzadas del Ideal del Yo en la etapa edípica del desarrollo, en la cual la relación idealizada por los progenitores edípicos proviene de la renuncia al «erotismo infantil perverso polimorfo» y a los afectos eróticos genitales de esa relación.
Como lo ha subrayado Henry Dicks, la idealización inicial recíproca de la pareja recién establecida y sus expectativas conscientes de una relación amorosa sostenida un poco antes o después entran en conflicto con la resurgencia de las relaciones objetales internalizadas pasadas conflictivas, reprimidas y disociadas. Los conflictos edípicos y las correspondientes prohibiciones superyoicas generan en la mayoría de los casos un derrumbe gradual de esas idealizaciones tempranas, en el contexto de la renovación de la tarea de la adolescencia de integrar el erotismo y la ternura. Estos conflictos, que a menudo ponen a prueba la estabilidad de la pareja, pueden no sólo producir descubrimientos dolorosos para ambos partenaires sino también crear sus propios procesos curativos.
Esto lo observamos comúnmente en la mujer que tiene una vida sexual satisfactoria pero cuando se casa, al cabo de cierto tiempo se deteriora la actividad íntima con su cónyuge, quejándose que no le presta atención y el preámbulo erótico casi ha desaparecido, ya que su partenaire se encuentra exclusivamente interesado en el aspecto carnal, sin suficiente ternura. Aquí se denota que la mujer no tiene ninguna tolerancia a las discontinuidades habituales de cualquier relación íntima duradera. Si bien es cierto que ama a su esposo, no advierte que su tendencia a culparlo y a verse a sí misma como víctima, envenena el vínculo afectivo, su aferramiento infantil y su conducta inducidora de culpa repite aspectos de la relación entre sus progenitores, y de la relación con su padre en la adolescencia.
Si esta mujer llega a reencontrar un hombre que haya sido su novio en su adolescencia, y además lo idealice, puede que inicie una relación extramatrimonial, que sea satisfactoria desde el punto de vista sexual. Esto puede sorprenderla y percibir un aumento de su autoestima, pero paradójicamente esto puede conllevar una renovación del amor por el marido, lo que se traduce en sentirse culpable por la infidelidad y al mismo tiempo apreciar y valorar los aspectos positivos de la vida compartida en el matrimonio. De hecho, esto puede llevar a descubrir aspectos emocionales de la relación con el esposo que resultan ser mucho más satisfactorios que los de la relación con el amante, aunque, al mismo tiempo, experimente una gratificación sexual plena con este último, pensando que su cónyuge ya no podrá procurársela.

Hablar es lo que cura.

La clínica señala constantemente que mientras más importante es la relación psicoanalista-psicoanalizado por efecto del discurso (lenguaje hablado) que establece de éste último, menos necesario se vuelve el recurso de la medicación de psicofármacos.
En la secuencia «acontecimiento-goce-consecuencias-sintomáticas», el psicotrópico tiene un efecto en el segundo tiempo, no actúa en el acontecimiento causal. En este sentido, los nuevos fármacos (drogas legales) tienen las mismas consecuencias que las antiguas: impiden que el síntoma hable y, en consecuencia, perpetúan el sufrimiento psíquico del mismo modo.

¿Por qué el hombre es más propenso a la toxicomanía que la mujer?

Debemos preguntarnos ¿Por qué el hombre presenta en mayor grado tendencias a la toxicomanía que la mujer? Para las mujeres el malestar tiene modos de tramitación que no son accesibles al hombre, justamente, por una cuestión de la estructura y estofa del “Deseo Materno”.
El psicoanálisis aborda está cuestión señalando que la maternidad suele ser un “argumento” de peso ante el consumo de substancias tóxicas, operando el embarazo y el parlo como un estabilizador estructural, produciendo una disminución e incluso una cancelación del malestar motivador de la adicción, lo cual implica una desaparición de fenómeno adictivo. Sin por esto desempeñarse estas madres de una manera más nociva que cualquier otra madre neurótica en la crianza del vástago. El aspecto más problemático de su padecimiento se encuentra referido al tipo de elecciones amorosas realizadas en general por ellas, el cual deriva de su propia estructura. Con bastante frecuencia empeñan su vida en historias de amor repitiendo cierto cliché. Suelen enamorarse o al menos elegir como padres de sus hijos a sujetos con los rasgos estructurales que repiten las falencias de sus propios padres, quienes han sido sostenidos contra viento y marea, tratando de ocultar con el amor la impotencia en lo referido a desempeñar adecuadamente la “Función Paterna”. Haciendo posible de esta manera sostener un cierto velamiento del límite que comporta esta «función», tanto para el sujeto como para la madre.
Pero también encontramos casos en los cuales la adicción se sostiene ante la maternidad, en estas circunstancias el desarrollo del proceso de tratamiento es arduo y frecuentemente culmina en un fracaso, en tanto se muestran como refractarias a los intentos de abordaje psicoanalíticos, «como si las posibilidades de desarrollar una pregunta sobre su malestar fueran escasas». Podemos pensar, en estos casos, la existencia de una “escisión del Yo”, de un alcance y una profundidad que la torna en inaccesible al intento de elaboración. Es esta “escisión del Yo” lo que marca un límite preciso al devenir de la «cura» en tanto que determina lo que, parafraseando a Sigmund Freud, podríamos condensar en la fórmula de: “la estructura es el destino”.
En toda «cura» sobreviene el momento de concluir, determinado por el encuentro con una voluntad decidida de no renuncia a un lugar de «Goce». En tanto, esta decisión implica un orden de inaccesibilidad al «trabajo significante», preservándose así un lugar donde se mantiene intacto algo que desmiente la pérdida fundamental.

Las ilusiones del toxicómano.

La posición subjetiva de quien se encuentra dentro de la toxicomanía está signado por la imposibilidad de acceso a lo desiderativo, soportando la penosa situación de estar continuamente coartado en el logro de sus anhelos, que día con día se van postergando y sintiéndose en falta por ello. Esto es producto de dos cuestiones que se repiten casi siempre en los toxicómanos, que no es demasiado diferentes a lo que sucede en otro tipo de psicopatologías y que marcan tiempos en el proceso de modificación de dicha posición.
Una de esta cuestiones es la que el sujeto se sostiene en la ilusión de que abandonar la situación de miseria vital en la que se encuentran (toxicomanía) es algo sencillo y que tan sólo con la asistencia al tratamiento durante un corto tiempo encontrará el modo de hacerlo sin costos subjetivos. Costos que se manifiestan a través de tener que soportar los diferentes afectos, emociones y la ambivalencia inherente a todas las relaciones vinculares.
El toxicómano tiene la íntima convicción —aunque no la exprese— que el bienestar, la posibilidad de poder alcanzar los anhelos postergados e incluso la vida misma, no tienen por qué demandarles ningún tipo esfuerzo, por minúsculo que sea; y menos aún el pasar por situaciones dolorosas de duelo ante las pérdidas, fracasos, o atravesar situaciones de angustia, por lo general, asociadas a los momentos en los cuales se encuentra en las cercanías de alcanzar algo de lo determinado por su campo desiderativo, por mencionar sólo algunos.
La otra cuestión es la de suponer que es posible modificar su estilo de vida, sin tener que abandonar posiciones infantiles con las cuales encuentran una manera de pertenencia, mediante la cual se aseguran un «garante». Evitando, así, la responsabilidad del acto y la soledad inherente a la toma de decisiones. Cabe señalar que, por la deficitaria estructuración que padecen, la pérdida del garante es vivida como desamparo, mientras que el sentimiento de soledad lo mantienen distante al no tomar decisiones importantes para su vida. 

La Función Paterna y su relación con la toxicomanía.

La puesta en juego de las constelaciones sintomáticas, o sea el displacer que presenta el toxicómano, tendrán como escenario imaginario las relaciones vinculares con los otros (madre padre, hermanos y entorno social) seres humanos"; lo que producirá el malestar que aqueja al sujeto.
Este malestar que se evidencia en la repetición de los aspectos negativos aprendidos en la infancia es el modo de expresión de las dificultades del sujeto con respecto a su “deseo”, situación ésta que se tratará de resolver de, por lo menos, tres maneras.
Primero, construyendo un sistema de ideas que le permita seguir en una posición de prescindir con respecto a su producción, achacando él mismo al desamor, a la falta de reconocimiento o, simplemente, a la malevolencia de los otros; intentando borrar cualquier compromiso subjetivo en esta producción.
Segundo, recurriendo a la sustancia tóxica (legal o ilegal) como medio de supresión del malestar y, por supuesto, sosteniendo el sistema de ideas que le permita seguir sosteniendo la no responsabilidad con respecto a las dificultades que se le presentan como insuperables y emanadas siempre de los otros.
Tercero, reconociendo que ese malestar se relaciona con dificultades subjetivas que lo producen.
Tan sólo será posible abordar la cuestión cuando el sujeto puede reconocerse en su dificultad e interrogarse con respecto a la misma.
En general, esto es algo a producir en las entrevistas preliminares antes de entrar al trabajo psicoanalítico, tanto para quienes son consumidores de drogas y para quienes no lo son.
El psicoanálisis de las toxicomanías hace evidente ciertas particularidades de la estructura de quienes recurrirán al tóxico como medio de cancelar el malestar. El displacer se encuentra relacionado con la dificultad del acceso al campo desiderativo, en la medida en que la posición del sujeto como «Objeto del Goce Materno» provoca la carga incestuosa del deseo, sin la posibilidad de un límite de este Goce en tanto hay un pronunciado desfallecimiento de la “Función del Nombre del Padre”.
La disfuncionalidad que encontramos en la estructuración familiar de los toxicómanos sigue ciertos aspectos negativos que se repiten más o menos con regularidad: “La figura materna se encuentra cargada de «omnipotencia» y es la que ofrece el alojamiento al sujeto, quien queda entre los pliegues de esta presencia, ya sea como amado o rechazado; de todas maneras, le asegura una pertenencia y un amparo ante los avatares de la vida. Así el sujeto se encuentra en cierta medida inerme ante este poderío ya que en general los padres (o quien soporte esa apariencia) aparecen simplemente como procreadores o, en el mejor de los casos, como fraternos, degradándose así la “función” que deberían sostener (nunca hay que ser amigos de los hijos sino colocarse como padres). Sin una intervención sobre el «Deseo Materno», no tienen la capacidad el toxicómano de trazar límites. Como lo señalamos, la omnipotencia de la madre, como primer objeto de amor, aunado a la denigración que realiza hacia su esposo complica mucho más la Función Paterna.
En la reconstrucción de la historia individual del toxicómano, terminan ubicando al padre como inoperante, mermado... ya sea porque es un consumidor de drogas o alcohol, o porque es ajeno a los aconteceres de la familia, o simplemente porque han salido de la escena familiar en los primeros años de vida del toxicómano. Esto se articula perfectamente con las características de estas mujeres que, en su elección de quien será su partenaire en la concepción del hijo, han privilegiado la posición de «semental» en desmedro de la de «padre». Cosa que reafirman en el discurso que sostienen ante sus hijos.
Sin embargo, aún desfallecidos, en algún punto estos padres han cumplido una función estructural. Prueba de ello es que la estructura del sujeto con manifestaciones toxicológicas se continúa sosteniendo dentro de los límites de lo determinado en la misma por el efecto de la “Función del Nombre del Padre”. Por lo cual es interesante en el momento que inicia el psicoanálisis que se comience a plantear la cuestión de Función del Nombre Padre. Esto se realizar siempre de la mano del discurso del toxicómano, quien suele introducir este orden a través de la puesta en escena de lo que denomina: “Ser peor que mi padre”. O sea, reproduce de un modo perseverante las características de sus progenitores en su vida cotidiana, a pesar de que éstas son justamente las características acerca de las cuales se quejan y critican de manera perseverante.
“Ser peor que mi padre” lleva implícita una pregunta ¿Por qué no ser mejor, superarlo, lograr justamente aquello que ese padre nunca pudo lograr? Superar a ese padre es, de alguna manera, producir el “asesinato” de este padre imaginario, ubicándolo, a partir de ello, en una recuperación del lugar simbólico de la Función Paterna. De esta manera, se vería obligado a abandonar la posición de hijo en su dimensión más infantil, o de esa prolongación de adolescente conservando la vertiente de trascendencia y reconocimiento del linaje del “ser hijo de”.
La introducción, o mejor dicho, el despliegue de esta cuestión produce en general un variopinto despliegue defensivo, en la medida en que la “recuperación” de la Función Paterna, en su vertiente simbólica, provoca la puesta en juego del «límite a la Omnipotencia Materna», lo que remite sin dudas a la castración del «Otro Materno».
El precio del amparo y el alojamiento amoroso es alto, supone no ser reconocido en su alteridad, quedando en el lugar de objeto. Esta situación de Goce es una fuerte desmentida a la castración del Otro Materno y deja al sujeto sin acceso al campo del “deseo”. En tanto este acceso implica una pérdida de esa pertenencia protectora, en la medida en que la aparición de lo desiderativo supone poner un limite al Goce materno y, por lo tanto, remite a aquello fuertemente rechazado por el toxicómano: la “Castración”.

viernes, 2 de junio de 2017

La demanda de amor del toxicómano.

En el psicoanálisis es común observar ciertos puntos que se repiten en la historia individual de cada toxicómano, algo que tiene que ver con el vínculo madre-hijo.
Para iniciar asistimos a la reincidencia del sujeto con el consumo de la sustancia tóxica en el momento que tiene una cierta estabilidad y bienestar, y empieza a dar los primeros pasos para la concreción de algunos anhelos pendientes. Lo que comienza a delinear el retorno al consumo tiene una función tranquilizadora, ya que ante la posibilidad de alcanzar lo deseado se incrementa la excitación, excitación que debe apaciguarse por medio del efecto de la sustancia tóxica.
Este incremento de excitación se torna insoportable para el sujeto produciéndose el pasaje al acto “acting out” (drogarse) como un intento de "volver a cero" y con eso reiniciar.
El discurso del toxicómano regularmente expresa una queja en contra de su madre: desamor y despreocupación durante la infancia y/o adolescencia del sujeto. Asimismo manifiesta dolor por sentirse no querido y abandonado por su progenitora, sosteniendo un reclamo amoroso que nunca ha sido posible satisfacer. Esta repetición de la búsqueda de un «amor incondicional materno» se va repitiendo en las relaciones afectivas con su partenaire en las cuales siempre termina decepcionado porque le han “pagado mal” sus atenciones amorosos hacia con ellas; o incluso puede replegarse para evitar cualquier tipo de romance. Finalmente terminan temerosos o desconfiados de volverlo a intentar.
Ahora bien, estos sujetos expresan regularmente que su madre les prestaba poca atención “porque trabajaba fuera de casa todo el día”, o “porque estaba atendiendo todo el tiempo las labores de hogar” y nunca tenía el tiempo necesario para estar junto a él y ayudarle en las dificultades que atravesaba en esos momentos.
Llegado a este punto es preciso que el psicoanalista pregunte al toxicómano si en verdad la madre no le prestaba la atención reclamada por “malevolencia” o por “imposibilidad”; o si su progenitora presentaba un perfil narcisista que determinaba la dificultad para brindarle el amor y atención que requería. O sea la madre ¿no podía? o ¿no quería? Ante esta pregunta el toxicómano puede comprender que el “no poder” tiene que ver una “limitación materna”, algo que es posible entender racionalmente. Mientras el “no querer” tiene que ver con la subjetividad de la madre, como consecuencia de la dinámica familiar que tuvo en su infancia y adolescencia, que influyó decisivamente en su personalidad. Algo un tanto más difícil de comprender para el toxicómano, pero recordando la frase: “Quien sabe todo, todo perdona”, es algo sobre lo que debería reflexionar.
Aunque el toxicómano acepte —con cierta dificultad— que su madre tiene muchas limitaciones, inconscientemente la sigue percibiendo “omnipotente”. Para aceptar esta limitación es necesario “dejarla ir” simbólicamente hablando, pero esto provoca afrontar la soledad, soledad que se ratificaba con el consumo de la sustancia tóxica.
La repetición del consumo de la sustancia tóxica se activa porque reaparece inconscientemente el deseo incestuoso y únicamente el tóxico es el medio que puede cancelar el acto. A costa del toxicómano, anula la posibilidad de desplegar su Deseo*, y con ello preserva la integridad de la omnipotencia del “Otro Materno”.
Desde el punto de vista del psicoanálisis esto marca un momento crucial en el desarrollo de la «cura», en tanto que el producir el acto de destitución del “Otro Materno” lo deja en una situación de desamparo. Ante esto se abren dos posibilidades: Llegar a transformar el desamparo en la soledad que abre las puertas a la búsqueda de satisfacción del Deseo, implicando esto la producción de un acto que inscriba una marca de diferencia en la posición del sujeto.
Desplazándose de la dependencia infantil y la agotadora búsqueda de un amor incondicional que asegura la presencia y el amparo del Otro Materno, aun en el desamor que es negado, en última instancia, por el fantasma de que “mi madre no me atendió porque no quiso, no porque no podía”, con la posibilidad de una “autorización de sí mismo” que lo ubique en la responsabilidad subjetiva de sus actos.
Y la otra posibilidad es abandonar el psicoanálisis intentando —la más de las veces de un modo fallido— recomponer la situación inicial de sus anhelos a través de la intoxicación.
Es importante que los padres sepan que comienza otro tiempo cuando nace un hijo, esa vida significa un nuevo inicio, otra particularidad de la que no son dueños. Por eso el nacimiento de un hijo acontece sobre todo en su «aceptación», no tanto en el «deseo», sino en la aceptación, porque el deseo de los padres no puede contar con el deseo del hijo, pero una vez que éste viene al mundo hay ya otro Deseo que hay que aceptar. Esta es la más nítida figura de lo que en la clínica psicoanalítica se llama “Castración”: hay otro Deseo. Sin esa aceptación, la vida familiar no sólo se convierte en un tormento, sino se vuelve infernal, un infierno de exigencias, de amores ciegos y dependencias selladas; la relación con el Deseo se convierte entonces en sobreprecio y la satisfacción que provoque se verá ligada al daño y a la culpa.
La soledad da una cierta posibilidad al amor, no por ser un castigo, ni el amor una queja o una mera reivindicación.
Condenado todo el tiempo a la decepción, a la negación, que presidió la relación del infante con la madre, es tomar la «soledad como punto de partida», esto no significa que el sujeto presuma de autosuficiencia, ni que tema todo el tiempo ser abandonado, y que tampoco se reduzca a la decepción."

*A partir de la línea de la hipótesis de Sigmund Freud, según la cual el “deseo” pone en movimiento el aparato psíquico de acuerdo con la percepción de lo agradable y de lo desagradable, Jacques-Marie Émile Lacan ubica el “Deseo” en la carencia esencial que el niño experimenta una vez separado de la madre. Al no poder satisfacer esta falta, el deseo será llevado hacia sustitutos de la madre que la “Ley Paterna” prohíbe, para impedir la identificación del niño con la madre. Reprimida, desconocida, la pulsión es sustituible por un símbolo que encuentra su expresión en la demanda de conocer, de poseer. Las demandas, siempre insatisfechas, remiten a los deseos siempre reprimidos, y estos deseos se entretejen en una trama sin fines de asociación. El ejemplo de la anorexia mental, o rechazo de la nutrición, puede ilustrar esta implicación entre necesidad, deseo y demanda. La solicitud del niño de alimento manifiesta una necesidad orgánica, pero, más profundamente, se puede rastrear a una demanda de amor. La madre puede entender la verdadera demanda y abrazar al niño, negándole la comida, o bien puede creer simplemente en la necesidad y disponer la comida sin haber comprendido la verdadera demanda. Atiborrar al niño, satisfacer sus necesidades o impedirlas más acá y más allá de su demanda, lleva a sofocar la demanda de amor. La única salida para el niño, entonces, es rechazar el alimento para hacer brotar, por vías negativas, sus demandas de amor: “Es el niño al que alimentan con más amor –escribe Lacan– el que rechaza el alimento y juega con su rechazo como un deseo (anorexia mental). Confines donde se capta como en ninguna otra parte que el odio paga al amor, pero donde es la ignorancia la que no se perdona”. De esta forma Lacan ubica al deseo entre la necesidad y la demanda, distinguiéndolo de la primera porque la necesidad mira hacia un objeto específico y se satisface con éste, y de la segunda porque, al exigir un reconocimiento absoluto, el deseo trata de imponerse sin considerar al “otro” al cual se dirige la demanda.

jueves, 1 de junio de 2017

El otro y el Otro, conceptos.

Jacques-Marie Émile Lacan elabora la diferenciación entre “el pequeño otro” (“el otro”, con minúscula; o a por la palabra francesa “autre”, en bastardilla) y “el gran Otro” (“el Otro”, con mayúscula, designado con la A de Autre).
El “petit autre” es el “otro” que no es realmente otro, sino un reflejo, una proyección de la instancia psíquica: Yo; simultáneamente, el semejante y la «imagen especular»; o sea, que está totalmente inscrito en el orden «imaginario».
El “Gran Otro” u “Otro”, por su parte designa la alterídad radical, la otredad que trasciende la otredad ilusoria de lo «imaginario»: esta tiene la imposibilidad de asimilarse a través de la identificación.
Lacan equipara esta alteridad con el lenguaje y la Ley; por ende, el Gran Otro está inscrito en el orden «simbólico».
El Otro es otro sujeto, con su singularidad «inasimilable», y también es el orden simbólico (que media irremediablemente la relación con ese otro sujeto). Este último sentido es el fundamental: “el Otro debe en primer lugar ser considerado un lugar, el lugar en el cual está constituida la palabra”.
Lacan afirma que la palabra no se origina en el Yo, sino en el Otro; por lo tanto, la palabra, el lenguaje están más allá del control consciente, vienen “de otro lugar”, desde fuera de la consciencia. Esta es la explicación (una de ellas) de la célebre frase: “El inconsciente es el discurso del Otro”.
Para el infante, la madre ocupa primeramente la posición del Gran Otro. El Complejo de Castración se constituye precisamente cuando el niño descubre que ese Otro no es completo, que padece una falta. El Otro completo es mítico, no existe. El Otro incompleto es el “otro barrado” (una A tachada). El Otro es también “el otro sexo”, que a su vez es siempre la mujer, tanto para
sujetos masculinos como femeninos.