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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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martes, 14 de noviembre de 2017

​La escena primaria y el origen del miedo en la sexualidad adulta.

Generalmente las mujeres tienen miedo a la gestación, parto y maternidad independientemente de las razones económicas, por las que también el hombre evitará engendrar hijos, pero en la mujer hay algo más: el miedo al dolor y al peligro que implica el embarazo, que se oponen al deseo instintivo y psíquico consciente e inconsciente de ser madres.
Este miedo tiene sus orígenes en la remota infancia de la niña. Una percepción, o mejor dicho, una aprehensión de los hechos biológicos constituyen uno de los fundamentos de esta actitud. En primer lugar, la frecuente observación y/o la escucha del coito entre los padres que contiene una representación marcadamente violenta, con la consecuencia de que el niño se identifica con uno de los dos, hecho que ha destacado Karen Horney.
Ahora bien, el niño (varón) dentro de su fantasía inconsciente al comparar su pequeño pene con el vagina materna, sufre una herida narcisista en su amor propio, en el sentido de su valor; pero la niña, por el contrario, al comparar su diminuta vagina con el gran pene paterno, teme el acto tan deseado por temor a una herida vital, y ¡con justa razón! Ya que la relación sexual, vía vaginal o anal entre un hombre adulto y una niña provoca dolorosos desgarramiento. Aquí tendrían también el origen de algunas implicaciones sexuales en los adultos, por una parte en la fantasía sexual de la mujer por ser penetrada por un pene de grandes dimensiones surge de la reminiscencia inconsciente la relación padre-hija con una tendencia masoquista; y por el otro lado de la preocupación que padecen los hombres en mayor o menor grado de no poseer el miembro viril lo suficientemente grande para satisfacer sexualmente a su partenaire tendría la reminiscencia inconsciente de la relación madre-hijo.
Karen Horney dice al respecto que la satisfacción imaginaria de los impulsos sexuales enfrenta al niño con el siguiente hecho, tan penoso para su amor propio: Mi pene es demasiado pequeño para mi madre; pero para la niña ello implica una destrucción corporal. Es por esta razón, conducida a los últimos fundamentos de orden biológico, que el temor del hombre frente a la mujer es de orden principalmente genital narcisista, pero el temor de la mujer es de orden fisiológico regularmente.


​La infancia del violador.

“Los niños comienzan por amar a sus padres. Cuando ya han crecido los juzgan , y algunas veces, hasta los perdonan”. Oscar Wilde.

No es casual que la el sujeto en el momento que comete la violación coloque a su víctima en posición a tergo o por sodomización. Simbólicamente marca la potencia viril y al mismo tiempo el signo referido ambivalente de la pasividad codiciada y renegada de la víctima.
Las conducta de violación que presenta el sujeto constituyen un ejemplo de lo que Sigmund Freud denominó «escisión del Yo». Recordemos la definición: «En lugar de una única actitud psíquica, hay dos; una, la normal, tiene en cuenta la realidad, mientras que la otra, por influencia de las pulsiones, separa al Yo de esta última».
Los medios de comunicación nos proporcionan ejemplos, hombres cuya inserción social es adecuada, en algunos casos hasta destacada, y las relaciones con su comunidad son apreciadas pero que de pronto nos enteramos por medio de la televisión, radio… que ha cometido abuso sexual o violación. La escisión del Yo es de tal magnitud en el violador que las personas cercanas a él no dan crédito de las noticias acerca de su siniestro comportamiento pues él se presenta ante los demás y a sí mismo con esa parte de su Yo que acepta la realidad, o por lo menos la parte de la realidad que no amenaza con poner en entredicho su funcionamiento psíquico, al precio de mantener con sus allegados relaciones prolongadas pero casi siempre superficiales. Pero hay otra realidad, inaceptable está por movilizar una angustia exacerbada relacionada con el abandono y el anonadamiento sufrido en su infancia a cargo de sus padres o quienes lo educaron, al mismo tiempo que moviliza también pulsiones imperativas dirigidas al objeto narcisista. La satisfacción de las pulsiones se cumple entonces en otro campo de la conciencia, razón por la cual el sujeto puede manifestar —aunque lo recuerde— que no fue él quien lo hizo, o en todo caso lo recuerda como un pasaje soñado en una pesadilla.
La escisión es un modo de defensa absolutamente particular, no específico, claro está, de los comportamientos de violación, y que contrapone dos partes de una misma instancia, el Yo; es, por lo tanto, totalmente diferente de la represión, que implica un conflicto entre instancias: oposición entre el Yo y el Ello.
La representación que tenga el niño de una madre fálica, es decir, todopoderosa, ambisexuada, podría ser una manera de precaverse del desastre de un anonadamiento posible. Sin embargo, cierta ambigüedad planea sobre numerosos escritos motivada casi siempre en la necesidad de objetivar las situaciones para tomarlas comprensibles, haciendo del niño y de la madre dos objetos separados mientras que, en los casos psicopatológicos, están ligados de manera tan inextricable que no se sabe dónde se encuentra la fuente pulsional.
¿La madre fálica es la que no deja espacio a la autonomía del niño, considerándolo precisamente como su propio falo y generando entonces en él una agresividad de protesta masculina dirigida a todas las mujeres? ¿O es el niño quien, en un movimiento de regresión y de rechazo de la separación, la hace omnipresente? En otros términos ¿Qué parte cumple la madre, en cuanto objeto real, sobre el destino de su hijo? Cualquiera sea el modo en que se establecen las cosas, en todos los casos de perversión y violación lo que se subraya es el papel preeminente de la «violencia» relacionada con las pulsiones eróticas.
Debe apuntarse a este respecto la postura peculiar de Robert Jesse Stoller, primeramente porque es uno de los pocos autores que sitúa a la violación en el marco de las perversiones considerándola una «cripto-perversión», una perversión disfrazada; después, entendiendo que la perversión representa «la forma erótica del odio», lo explica como respuesta a la atracción de una simbiosis con la madre, primer objeto de identificación; es decir, en una primera fase, como un deseo de ser mujer antes de devenir en ser un varón. Este odio se duplicaría en un revanchismo vinculado a los traumatismos sufridos en la primera infancia y provocados por la madre. Stoller, habla del miedo que padecen los violadores en una relación de intimidad con la mujer, obviamente no desde el punto de vista agresor-víctima, sino en un vínculo de pareja, donde después del coito parece surgir el espectro de la «imago materna arcaica». Esto nos induce a reconsiderar la construcción metapsicológica de la relación madre-niño, pero no como suele presentársela, o sea desde la perspectiva del miedo a la invasión por la madre fálica porque en el miedo a la intimidad, se trata en realidad de una representación de una mujer débil o, en todo caso, «deshecha». Esto nos remite a pensar sobre la mirada esquiva del perverso sobre el rostro de su pareja (no en sentido agresor-víctima) para no verla gozar, o bien a un nivel más profundo, negar el placer que siente ella.
Hay que reconsiderar entonces «el temor de derrumbe» al que alude Donald Woods Winnicott, analizado y comentado por Rene Roussillon.
En realidad, el temor de derrumbe futuro es, como sabemos, algo que se sitúa en el pasado pero que no pudo ser integrado por un Yo todavía demasiado frágil como resultado de la destrucción del objeto primario por los ataques del niño. Es necesario que el objeto sobreviva a fin de que la destructividad sea percibida como un fenómeno psíquico identificable como tal, y no como un derrumbe en el que todo se desploma. En función de estos datos, Roussillon propone considerar la tendencia a la destrucción y su repetición, no como una intolerancia a la frustración sino como el resultado de una «confusión primaria» entre el objeto y la fuente interna de destructividad, que genera una vivencia de un «Yo malo», núcleo persecutorio interno que apelará a la externalización repetida.
En el psicoanálisis se observa con bastante frecuencia que en los casos de conductas de violación, el sujeto siendo niño —futuro violador— no fue necesariamente él mismo la fuente de la destructividad sino que fue testigo impotente de la destrucción de la madre por un padre violento. La identificación narcisista con los dos protagonistas lo indujo entonces a vivir en una «confusión primaria de tres» donde se mezclan y se contradicen deseo de destruir y deseo de ser destruido, representados ambos en una escena primaria aterradora y reactivados en el estadio fálico, cuando la identidad sexuada tiene posibilidad de ser o de no ser. A quien se teme es, por lo tanto, a la madre débil, en tanto que la construcción de una madre fálica, secundaria, viene a paliar tanto la vivencia de derrumbe como el deseo de recibir el falo paterno, deseo que reduciría al sujeto a una identificación con la madre destruida. En realidad, es aventurado hablar de deseo cuando los movimientos se efectúan en un contexto de identificaciones primarias con enquistamientos narcisistas. Se trata más bien de necesidad de una madre todopoderosa para no ser destruido, pero de una madre que va entonces a destruir. Estamos en plena paradoja. Es comprensible la apelación a medios de defensa radicales cada vez que una situación de la realidad hace resurgir ese combate impracticable.


​El uso de preservativo como rechazo inconsciente hacia la pareja.

“Debemos aplicar violencia al objeto de nuestro deseo. Así, cuando se rinda, el placer será mayor”. Donatien Alphonse François de Sade, “Marqués de Sade”.

A manera de introducción podemos decir que el preservativo fue inventado con fines anticonceptivos, y posteriormente fue utilizado simultáneamente para prevenir enfermedades de transmisión sexual.
Ahora bien, a través del psicoanálisis se observa que el semen tiene ciertas peculiaridades para el sujeto con Estructura Perversa, donde representa un fluido sin valor, indiferente como si se tratara de la orina expulsada o como un líquido repugnante emanado del pene. Si profundizamos sobre la conducta que despliega el perverso en sus relaciones sexuales, confiesan un encuentro frío y monótono con su pareja, sobre todo en encuentros sexuales con desconocidos pues ni siquiera mantienen una conversación amena, y sí se suscita es enfocada sobre temas exclusivamente sexuales, donde preguntan o expresan sus preferencias o aversiones de índole sexual.
Cabe reiterar la posición que coloca el perverso siempre a su pareja: como «objeto de placer» (Goce).
Por el otro lado, existen algunos sujetos que después de practicar el sexo vía anal —sobre todo homosexuales— relacionan estrechamente el semen con una sustancia tóxica por ser la causante de la transmisión del virus de inmunodeficiencia (VIH).
Si es cierto que para la mayoría, el semen representa un fluido corporal integrante de la relación sexual, también podemos observar que para otros, esto no sucede así.
Para algunos sujetos la aversión al semen puede resultar de un rechazo inconsciente al partenaire por la connotación psíquica, producto de sus fantasmas, que le otorgan a dicho fluido.
Y por último, podemos observar en algunas mujeres, que al momento de exigir a su pareja el uso de preservativo, «supuestamente» por cuestiones anticonceptivas o de prevenir una enfermedad de transmisión sexual, realmente esconde un mecanismo de defensa de rechazo inconsciente hacia su partenaire, con la finalidad que su entrega sexual sea limitada. Es por eso que algunas mujeres, después de haber tenido una relación sexual insatisfactoria, humillante o se sintieron vejadas por el abandono posterior de la pareja, suelen afirmar con cierta vanidad: ¡Lo bueno que exigí usará preservativo! Frase que encierra el simbolismo sobre “algo” (preservativo) que estuvo de por medio, que impidió —para fortuna suya— que su entrega sexual no fuera total; argumento inverosímil para reestablecer su profunda herida narcisista.


El ser amado nos brinda satisfacción pero también es cierto que nos priva de ella.

“Al ver las cosas más de cerca no se las puede amar más que en la medida de su irrealidad”. Émile Michel Cioran.

El sujeto vive en “Falta” y esto no significa únicamente un vacío donde el deseo aspira a colmar sino más bien debe entenderse como un organizador del deseo. La Falta, es un núcleo de atracción pero al mismo tiempo provoca insatisfacción, sin esto el círculo del deseo enloquecería y entonces solamente el sujeto sentiría dolor.
Cierto grado de insatisfacción es indispensable para conservar adecuadamente el funcionamiento psíquico. Pero, ¿Cómo preservar esta Falta esencial? Y más aún, al ser necesaria tal Falta ¿Cómo mantenerla en los límites de lo soportable? En este caso es precisamente donde interviene el partenaire (ser al que nos une el amor) porque es él quien representa el objeto insatisfactorio del deseo y, por lo mismo, quien nos sirve de bastión organizador de tal deseo.
¿Cómo aceptar que el partenaire pueda tener la «función castradora» de limitar la satisfacción de su compañero sentimental? Sin duda este papel restrictivo del ser amado puede desconcertar, porque normalmente se atribuye al partenaire el poder de satisfacer todos los deseos y de procurar el placer anhelado. Pero ciertamente la pareja vive en una ilusión, verificada en parte, de que brinda más de lo que priva. Pero la función que desempeña el partenaire en el inconsciente de su pareja, asegura la consistencia psíquica por medio de la insatisfacción que hace surgir y no por la satisfacción que procura.
El partenaire insatisface porque al excitar el deseo en su contra parte, no puede o le resulta imposible —en última instancia— satisfacerlo completamente en todo, siempre habrá una o muchas cosas que no alcanza a satisfacer por más que se esfuerce, como cualquier ser humano, tiene límites o simplemente no quiere satisfacerlos del todo. Como ser humano se ve imposibilitado, y como neurótico, simplemente no quiere. Esta insatisfacción con el tiempo va en aumento, pero resulta necesaria para mantener el equilibrio psíquico y resituar el deseo.


​El objeto primario (madre) se encuentra presente en la violación.

“El porvenir de un hijo depende de su madre”. Napoleón Bonaparte.

Algunos sujetos con antecedentes de violación sexual pueden haber presentado con anterioridad al acto pesadillas con su madre de connotación agresiva o sexual. Aunque en parte el psicoanálisis tiene un indicio del origen del acto de violar: la violación se dirige inconscientemente a una madre temida y odiada; sin embargo los procesos psíquicos en juego no son tan sencillos y reclaman otros desarrollos imbricados.
Se ha puesto de manifiesto que generalmente los sujetos con antecedentes de violación sexual, a nivel consciente puede manifestar un amor desmedido hacia su madre, un vínculo tan estrecho que no puede imaginar una separación (conflicto individuación madre-hijo) por lo que estamos ante la presencia de una «unión simbiótica» que toma aleatoria la necesaria «desidentificación primaria». Todo esto es correcto, pero resultará incompleto mientras no hayamos comprendido la contradicción formal contenida en el proceso de marras.
Lo que aquí se nos revela es una madre a la vez buena y mala, lo cual sería harto banal y hasta recomendable si aquí ella no fuera, a la vez, «enteramente buena» y «enteramente mala», proposición imposible desde el punto de vista lógico; pero, precisamente, en el nivel de los procesos primarios (inconscientes) en que se desenvuelven las cosas, no estamos en la lógica.
Observemos que las cualidades en cuestión son lo bueno y lo malo y que, según los primeros elementos de «constitución del objeto» descritos por Sigmund Freud, lo bueno se guarda dentro de sí para formar el Yo-placer purificado, mientras que lo malo se expulsa. Pero en el tema aquí expuesto, el proceso parece estar bloqueado: lo bueno trae consigo lo malo, que vuelve a aparecer en el interior, no pudiendo el sujeto desembarazarse de ello; el sujeto lo quiere sin desearlo porque si no lo quisiera se encontraría sin nada, vacío, es decir sería inexistente.
Podemos atrevernos a decir que este sujeto es en parte él mismo gracias a la escisión del Yo, y en parte su madre, que vive dentro de él. Estamos muy cerca de L ’enfant de Qa (El hijo de Ello) al que se refieren Jean-Luc Donnet y Alan Green en relación con la psicosis blanca.
¿Por qué no hablar entonces como Melanie Klein, de la «madre buena» y la «madre mala»? Por temor a objetivar los procesos en una representación demasiado coherente que, aun siendo correcta, nos alejaría del punto de vista psicoanalítico. Lo que nos interesa es percatamos del terrible atolladero en el que se encuentra el sujeto en cuestión: si se le aparece la ternura con su víctima violada, lo malo pegotea con lo bueno resurgiendo rápidamente una angustia que literalmente lo enloquece.
Esta situación presenta, en suma, ciertos aspectos de la psicosis blanca descrita por Alan Green: “lo bueno es inaccesible o su presencia no es jamás duradera; lo malo es invasor y sólo deja breves respiros”.
Una de las soluciones entonces del sujeto es recurrir al «acting out» y descargar así una tensión insoportable, lo cual anula cualquier trabajo psíquico en el proceso secundario (consciente).


​La ilusión en las redes sociales.

“Lo más imperioso del ser humano: el deseo de reconocimiento”. Jacques-Marie Émile Lacan.

“Lo que vuelve tan tristes las grandes ciudades es que cada hombre quiere ser feliz, pero las oportunidades disminuyen a medida que el deseo crece. La búsqueda de la felicidad indica la distancia del paraíso, el grado de la caída humana”. Émile Michel Cioran.

Existen espacios en Internet dedicados para que los cibernautas se registren con la finalidad de conocer y relacionarse con otros usuarios, ya sea de manera virtual o personalmente. Estas plataformas virtuales ofrecen sus servicios para que sus usuarios puedan desde publicar o intercambiar puntos de vista sobre determinados temas, conocer nuevas amistades o posibles parejas sentimentales, hasta encuentros de tipo Swinger. En estas redes sociales cualquiera puede registrarse para inscribir su perfil y alojar información detallada sobre su persona, que no siempre resultar ser verdadera, incluso brindan la oportunidad de colocar fotografías para presentarse públicamente ante la mirada de otros, es decir, de todos aquellos que acceden al perfil en calidad de invitados, e incluso algunos mantienen su perfil abierto (libre acceso) lo que posibilita que cualquier persona registrada en la plataforma pueda consultarlo en cualquier momento.
Esa intimidad del sujeto que presenta como espectáculo público, con detalles de su vida privada —en su caso— hace un par de décadas era inconcebible hacerlo. Así, “conocer” a otros —si es que tal palabra es la adecuada para describir el fenómeno actual que se presenta en estas plataformas— en las cuales se inscriben cientos de usuarios diariamente para contactar de manera instantánea y práctica a otros que buscan gustos afines a los suyos.
Estos espacios virtuales son usados por los usuarios engañosamente, en mayor o menor medida respecto a la información personal que proporcionan, así como de las fotografías que muestran, es decir, que aquellos que se presentan en estas redes sociales están sometidos consciente o inconscientemente a lo que desean mostrar de sí a los demás, incluso si no corresponde a lo que le es propio, pueden tergiversar su información con total ilusión.
Por ejemplo, una mujer puede colocar fotografías haciéndose pasar por otra, o usar algún programa de diseño para modificar sustancialmente su propia fotografía, y pretender que el usuario que visite su perfil se haga una imagen a partir de ello. Asimismo puede presentar información que exagera sus cualidades y atributos. Se trata, pues, del reino de lo imaginario al servicio de la fantasía, con lo cual el sujeto experimenta la posibilidad de obtener lo que, al menos desde la perspectiva psicoanalítica, constituye uno de los deseos más imperiosos del ser humano: el deseo de reconocimiento (Jacques-Marie Émile Lacan).
Claro está, este deseo pone en riesgo de manera significativa el pacto social, el discurso que puede construir el lazo simbólico entre los sujetos, en tanto tiende a derivar en desilusión, indiferencia, burla… cuando no se encuentra el retorno de la imagen idealizada que se espera obtener con el reconocimiento del otro.


​Primero las mujeres, Casanova.

“La seducción es un reto a la inteligencia y a los sentidos que se agota en sí misma; la conquista tiene siempre que tener desenlace, un éxito o un fracaso”. Javier García Sánchez.

Jacobo Casanova no necesita estar enamorado para sentir un deseo apremiante, la sola proximidad o posibilidad de una aventura erótica le inquieta y le enciende la imaginación con ese placer que ya bien conoce; por ejemplo cuando Casanova se dirige a Nápoles para un asunto urgente de negocios, en su camino, en una hospedería, en una habitación por la que pasa, ve a una mujer hermosa —mentira— ni siquiera sabe si es hermosa, pues no la ha observado todavía porque la cubre los cobertores de la cama; pero ha oído una risa, una risa de mujer, y con eso es más que suficiente. Con olfato de sabueso la huele, mientras su imaginación se expande vertiginosamente en fantasías voluptuosas.
Nada sabe de ella: si es o no encantadora, atractiva o desagradable, soltera o casada, joven o vieja y, sin embargo, arroja ya su maleta bajo la mesa, hace desenganchar los caballos y se hospeda ahí mismo, «porque ya está enloquecido por la probabilidad, aunque minúscula, de una posible aventura».
Y así se comporta todo el tiempo y en cualquier lugar: tan insensatamente, dejando a un lado todos sus compromisos importantes por una mujer. Siempre está dispuesto a nuevas aventuras por pasar una noche o unas horas con cualquier fémina desconocida. Cuando desea no repara en el precio, ni en el tiempo, donde quiere conquistar no teme al rechazo, ni a la resistencia de la mujer. La pasión lo embriaga y sus efectos lo sentirán perfectamente cada una de sus partenaires.


​La posición del psicoanálista frente al psicoanalizado.

“Cuanto más se acerca el hombre a un deseo acariciado, más lo desea; y como no lo alcanza, mayor dolor siente” Nicolás Maquiavelo.

Es interesante observar que perversos y psicóticos se sienten especialmente atraídos por la posición que mantiene el psicoanálista; los primeros, porque la suposición de deseo y el efecto de angustia que conlleva se avienen con su impulso a corromper y a dividir al otro; los segundos, porque la suposición de saber otorgada al psicoanálista puede corroborar su íntima certeza de saber ¿Qué quiere el “Otro”?
Se debe asumir con resignación que querer eliminar pura y simplemente a estos sujetos de la profesión de psicoanálista sería un proyecto tan vano como pretender prohibir la profesión de pedagogo a los paidófilos, la de cirujano a los sádicos, la de enfermera a las histéricas…
Lo verdaderamente escandaloso no es esto sino el punto crucial es que la captación del deseo del psicoanálista ha de pasar forzosamente por la confrontación con el “fantasma sadiano”, confrontación impuesta, efectivamente, por una analogía estructural. Para persuadirse de ello, es suficiente con comparar, en la enseñanza de Jacques-Marie Émile Lacan, las fórmulas que propone para el fantasma sadiano, por una parte, y para el discurso del psicoanálista, por otra. O, en una perspectiva más directamente clínica, basta con leer los últimos escritos de Sandor Ferenczi, especialmente su “Diario Clínico”.
La relación psicoanalítica no es sin embargo, de por sí, una relación perversa; en principio es incluso todo lo contrario, y se debería poder definir el deseo del psicoanálista en estricta oposición al deseo del perverso. Pero, precisamente, tal oposición sólo puede captarse claramente a partir de los puntos en los que ambos deseos se entrecruzan, por lo que es de suma importancia determinar cuáles son estos puntos.
En la relación psicoanalítica ¿Hay algo capaz de evocar la relación del verdugo sadiano con su víctima? El planteamiento inicial de esta situación supone tal potencialidad, al menos como una cuestión concerniente a la afectividad del psicoanálista. Si el diario clínico muestra una percepción «aguda», es que, de entrada, el psicoanálista sólo sostiene su existencia y su función frente a la queja y el sufrimiento del paciente. Para que haya psicoanálista, ha de haber un sujeto que sufra, aunque esto tampoco resulta ser suficiente. Es preciso añadir que, a diferencia del terapeuta, médico, abogado, juez o sacerdote, quienes también reciben quejas, el psicoanálista, por su parte, no se queja: “No compadece a quien se queja”. Es insensible, como dice Ferenczi. La apatía del psicoanálista frente al sufrimiento por fuerza incitará al psicoanalizado a preguntarse lo que su “queja le inspira a su interlocutor, le llevará a suponer que puede hacerle Gozar”. De ahí el temor que con regularidad expresa el que sufre, al principio del psicoanálisis: ¿Acaso un psicoanálista —después de todo— no corre el riesgo de provocar un agravamiento aún mayor de su desgracia?
El psicoanálista no se siente obligado a anestesiar el sufrimiento, a reparar la injusticia o a dar a la queja un sentido redentor; sobre todo, no está ahí para «sufrir con el psicoanalizado», para compadecerlo. Su apatía se opone al pathos*. Semejante posición supone algo más que estoicismo**. En el sentido más fuerte del término, la posición del desprecio —si se procura entender como desprecio— no por el sujeto, sino por el pathos. El psicoanálista, en otras palabras, no concede al sufrimiento el valor que el sujeto sufriente, el sujeto psicopatológico, le otorga en su queja. Este desprecio es sólo la respuesta a una equivocación del psiconalizado.
Así se establece la primera analogía entre la posición del psicoanálista y la del “Amo Sadiano”. Lo que a este último le interesa no es, como demasiado a menudo se cree, el sufrimiento de su víctima. El sádico no busca simplemente hacer daño: quiere la división subjetiva que el sufrimiento permite hacer emerger en la víctima. Así, el psicoanálista y el Amo Sadiano tienen en común que ambos tratan de extraer el sujeto dividido del sujeto psicopatológico. Pero tal división sólo se revela verdaderamente mediante una partición entre el pathos y el logos***. Y la cuestión, precisamente, es saber qué ocurre con el logos en cada una de estas dos situaciones. En el relato sadiano, el héroe-verdugo obtiene un provecho de este reparto. La escena de tortura le permite, efectivamente, reapropiarse la totalidad del logos, dejándole a la víctima tan sólo un muñón de él: el grito. En la situación psicoanalítica, se produce exactamente lo inverso: el psicoanalizado dispone de casi toda la palabra, mientras que la parte del psicoanálista ¡se reduce a algunos suspiros y exhalaciones!

*Afecto vehemente del ánimo.

**Fortaleza o dominio sobre la propia sensibilidad.

***Discurso que da razón de las cosas.


El enamoramiento masoquista.

“Temed el amor de la mujer más que el odio del hombre”. Socrates.

Existen sujetos que presentan un enamoramiento masoquista por aferrarse a una relación imposible de concretar o de sostener por diversas circunstancias, mientras que sus demás relaciones objetales son marcadamente narcisistas. Por ejemplo, una mujer atractiva puede denigrar y desvalorizar sin tapujos a los hombres que se le acercan; mientras que únicamente le interesan los que poseen gran atractivo físico, prestigio social, riqueza… atributos que espera conseguir a través de la relación con ellos. Pero si uno de estos hombres la rechaza, el hecho puede desencadenar una grave depresión hasta intentos de suicidio, o bien intentar salir inmune negando completamente tal rechazo.
También está mujer puede disimular el interés sobre estos hombre que le interesan, llegando a interpretar de modo alucinatorio, durante mucho tiempo, cualquier gesto simplemente amistoso por parte de ellos como una señal que se encuentran perdidamente interesados en ella. Aunque no debe sorprendernos que, cuando alguno de estos hombres llega a corresponder el “amor” de esta mujer, en un breve período de tiempo termina por desvalorizarlo, tal como ha denigrado a todos los demás que no son de su interés. De hecho, su deseo creciente por este tipo de hombres, la lleva a emprender una búsqueda continua donde cada vez resultan más inaccesibles, y a montar inconscientemente una situación en la que sin duda iba a ser nuevamente rechazada, de modo que su investidura en el “hombre ideal” sigue intacta. En sus relaciones objetales con amistades o familiares se puede apreciar que presentan rasgos típicos de un trastorno narcisista de la personalidad.
En estos casos encontramos la proyección, no de un Ideal del Yo normal sobre el objeto amoroso inaccesible, sino de un sí mismo psicopatológico grandioso con un esfuerzo por establecer una relación que inconscientemente confirma la estabilidad de la propia grandiosidad de esta mujer. El psicoanálisis revela que esas relaciones amorosas masoquistas de las personalidades narcisistas pueden representar un esfuerzo inconsciente por consolidar una integración simbólica, dentro del sí mismo grandioso, tratando de establecer una unión simbólica con el objeto idealizado. En tales casos, lo común es que la relación con el objeto amoroso idealizado refleje una condensación de temas edípicos y preedípicos, el objeto amoroso edípico positivo idealizado y también el objeto amoroso preedípico superpuesto, sádico pero necesitado.


​Toxicomanía desde la perspectiva psicoanalítica y psiquiátrica (Tercera Parte).

“El hombre que no percibe el drama de su propio fin no está en la normalidad sino en la patología, y tendría que tenderse en la camilla y dejarse curar”. Carl Gustav Jung.

Los toxicómanos tienen la íntima convicción de sentirse «normales» durante el efecto tóxico pero el consumo cotidiano no engendra experiencias espectaculares y triunfantes de alcance iniciático, al contrario de lo que pretenden ciertos clichés*. Los discursos de los toxicómanos inducen más bien la perspectiva de un proceso de «autoconservación». Y es sin duda una forma de «desvalimiento» la que se manifiesta cuando falta la sustancia tóxica, es como si el cuerpo, en lugar de modelarse en las «cadenas significantes», demandara la restitución de un órgano que «ligara» las excitaciones. Estas últimas suscitan un desvalimiento que da testimonio de un aumento de intolerancia de las tensiones intrapsiquicas. Por lo demás, las «recaídas» en ese tiempo de la abstinencia suelen sobrevenir como en respuesta a una suerte de fractura o quiebra. El consumo del tóxico reaparece posiblemente para restaurar una protección frente a acontecimientos o pensamientos que surgen de pronto o que es inminente e inevitable su llegada con una connotación amenazante, susceptibles de provocar angustia, terror o pánico. No hace falta decir que las modalidades de reaparición del consumo de la sustancia tóxica dependen igualmente de las circunstancias precisas de cada sujeto, pero este modelo de la efracción parece representar una constante del psicoanálisis cuando el uso de tóxicos se ha transformado en una operación del Farmakon.
¿Cómo se puede concebir esta efracción? Ella parece adquirir una forma de inteligibilidad si se la refiere al ­«repliegue narcisista» que la operación del Farmakon pone en práctica. Y, es casi siempre una suerte de semivigilia lo que el Farmakon provoca, con lo que engendra un retiro de las investiduras del mundo exterior. Ese repliegue narcisista que intenta ligar las excitaciones, signa el fracaso de una ­ligazón más estructurante; en realidad la noción de Sigmund Freud respecto de la efracción implica aquí una falta de anclaje del cuerpo en las «cadenas significantes».
Los toxicómanos suelen decir que consiguen recuperar sensaciones semejantes a las que se procuran, por ejemplo, con la heroína, si se mantienen en un estado de semivigilia. Y el insomnio es objeto de una queja pertinaz en muchos toxicómanos que se mantienen sobrios durante semanas ¿Será posiblemente que el Farmakon representa un agente de somnolencia? ¿Serán los toxicómanos como Hércules** que sueñan despiertos con grandes proezas? Si todo sujeto está atravesado por su propio sueño cuando vela, porque no sabe lo que dice cuando habla, otra cosa es esta errancía sonámbula de muchos toxicómanos, ya que sin duda que se trata aquí de conservar en la vida despierta una forma de percepción alucinatoria como en el sueño, bajo el efecto de una narcosis.
Los toxicómanos declaran también lo insoportable del acto de diferir y lo intolerable de la espera por la satisfacción. Así, esta errancia sonámbula se presenta como una experiencia de abolición de la temporalidad.
En la dependencia a la sustancia tóxica podemos observar que el Farmakon tiene la cualidad de introducir el orden en la realidad inmediata, es la dimensión de la ausencia la que resulta excluida. Además, posee un poder de borradura o de disolución de las representaciones, como un filtro para olvidar. Estos sujetos evocan continuamente la posibilidad de borrar imágenes, pensamientos, acontecimientos o decires gracias a esta operación del Farmakon que incluso parece encontrar su justificación más importante en ese beneficio. ¡Todo surgimiento de un corte o de una ruptura podría de tal modo resultar neutralizado, como si el Farmakon empujara a un ­«narcisismo absoluto»! Pero si esto lo abordamos desde el mito de Narciso ¿Qué es lo que mira Narciso en el estanque de agua, aparte de envilecerse con su propia imagen? Cuando observa más detenidamente, con mayor cautela… !Ya no alcanza a ver «nada»! ¿Será que el repliegue narcisista es tan profundo que ya no deja ver «nada»?
La operación del Farmakon parece revelar un mundo donde el toxicómano desea que sea esencialmente continuo. Lo intolerable en la abstinencia sería la irrupción de una discontinuidad, como un despertar abrupto que expulsara al soñante de su profundo letargo.
Estos enunciados conducen a una característica primordial del tóxico, bajo los rasgos de esta reversibilidad particular entre adentro y fuera. Estos estos «pasajes mágicos» entre «externo e ­interno», otorgan un testimonio de los discursos sobre el tóxico. Los toxicómanos adquieren —entre otras cosas— la dimensión de una intrusión masiva y muda de un afuera y adentro, o de la perspectiva de ciertas ­transferencias enigmáticas. Es justamente esta idea de una reversibilidad que introduce una forma continua, asociada a la abolición de las oposiciones distintivas.
Una abolición de las oposiciones distintivas parece constituir un aspecto Importante de la operación del Farmakon; es decir ella parece desenvolverse al margen del principio que reglamenta el orden del lenguaje.
Por último, los diferentes elementos descritos hacen pensar que la operación del Farmakon influye en condiciones de la percepción y de una satisfacción alucinatoria. El hombre debe pasar cada noche por la alucinación de su sueño, las toxicomanías, por su parte, engendran una satisfacción alucinatoria también del deseo. La operación del Farmakon pone al cuerpo al abrigo de toda diferencia: el día y la noche del cuerpo no son más que una misma superficie continua y todo efecto de ruptura resulta anulado. ¿Ninguna discordancia podrá perturbar ese circuito cerrado del retorno infatigable de un órgano que vuelve desde afuera? La abstinencia misma resucita ese órgano bajo los rasgos de un miembro fantasma. En este contexto, bien vemos que una «cura de desintoxicación» no podría rehabilitar a ningún «sujeto» separado de su objeto­ si el circuito de la operación del Farmakon puede resultar insuficiente, será entonces por otras razones que se determine la privación de la sustancia tóxica.
La operación del Farmakon puede fracasar aunque el sujeto siga consumiendo el tóxico, esto posiblemente podría ser el sentido de muchas ­sobredosís­. «Semejante fracaso supone que ese absoluto repliegue narcisista llega a donde ya no se puede mirar nada». Dicho de otro modo, el agujero provoca la angustia que ya no es colmada por la sobreinvestidura narcisista del órgano por lo tanto la abstinencia conserva alucinatoriamente la sustancia tóxica bajo la forma de un órgano ausente o doloroso.
En este caso el cuerpo no es ausentado ni es tejido por el lenguaje: se aprehende gracias a la operación del Farmakon en una esencial circularidad. Paralelamente a toda sobredeterminación del acto, el Farmakon tendría entonces el estatuto de un órgano que, ­cuando restituido, restablece la ilusión de un narcisismo absoluto.

*Cliché: Frase, expresión, acción o idea que ha sido usada en exceso, hasta el punto en que pierde la fuerza o novedad pretendida.

**Hércules: Las características principales atribuidas a este personaje mitológico son la fuerza, el valor, la ingenuidad y sus proezas sexuales.