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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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viernes, 4 de agosto de 2017

¡La amaba demasiado para querer poseerla!

“La grandeza del goce procede de la pérdida de la razón. Si no sintiéramos que enloquecemos, la sexualidad sería una porquería y un pecado”. Émile Michel Cioran.

“La vida erótica de estos individuos permanece disociada en dos direcciones personificadas por el arte entre el amor divino y el amor terrenal o animal. Si aman a una mujer no la desean y si la desean no pueden amarla”. Sigmund Freud.

Para algunos sujetos varones existe una disociación entre la mujer que desean (madre-prostituta) y a la mujer que aman (madre-virgen) ambas representaciones surgen desde su remota infancia. De esta manera, lo que el hombre «normal» brinda a una sola mujer, los sujetos que la han disociado lo reparten necesariamente entre dos. Estos últimos al terminar una relación sexual tienen la sensación depresiva que describe uno de los comensales en El Banquete de Platón: “Todos aquellos amantes que satisfacen su deshonesto deseo con aquellas mujeres que aman justo que alcanzan el fin deseado no solamente sienten saciedad y fastidio sino que toman odio a la persona amada”.
Estos ambivalentes amantes, primero seducen y después desprecian. Es esta, sin duda, una reacción paradójica aunque, sin embargo, comprensible. Es razonable que al enaltecer a la madre-virgen y saciar su lascivia se sientan incómodos y abatidos porque al no haber ya deseo, al que por lo demás, degradan, y no habiendo existido nunca ternura no les queda por lo tanto… ¡nada! En consecuencia, mientras experimentan un hastío insoportable, sólo aguardan el momento de deshacerse del cuerpo que hasta hace un instante gozaron.
El sujeto «normal» después de concluir el coito se siente tan relajado y sereno como dulcemente unido a su partenaire; mientras que los amantes de la madre-virgen, asqueados y vacíos. Cuando el deseo surge están eufóricos, y cuando se ha satisfecho, tristes. Obviamente estos varones que han disociado a la madre (inconscientemente hablando) sufren de disfunción eréctil, agregando que la incapacidad sexual no se manifiesta únicamente cuando el pene no alcanza la erección adecuada y por el tiempo suficiente, también cuando se presenta una eyaculación muy rápido, o en algunos se retarda tanto tiempo que se vuelven insensibles al placer, y en otros donde no se conjuga el amor durante el coito. La mujer que ama y se entrega a su pareja, regularmente queda cariñosa y tranquila después de la entrega íntima, y no presenta remordimientos.
Lamentablemente para estos sujetos —de los que nos hemos venido ocupando — la única manera de sentir placer, mientras tienen relaciones sexuales, es imaginar que están con otra mujer porque de no hacerlo, su deseo se disipa. Estos hombres presentan dudas de su capacidad para disfrutar de la voluptuosidad mientras aman a su partenaire, incluso pueden llegar a imaginar que ciertas posiciones o acciones durante el coito pueden llegar a lastimarla o degradarla.
Todo esto surge a consecuencia de la psique enferma del sujeto y la razón es simple, mientras no sientan amor pueden tener relaciones sexuales voluptuosas y satisfactorias, por el contrario, a quien lo une el amor y la ternura su placer siempre perturbado por un sentimiento de tristeza, por una inconfesable opresión, y es cuando su impotencia aparece en el momento que intenta unir dicha voluptuosidad con el amor. Con la que goza es la madre-puta y a quien aman es la madre-virgen.
Cuando este tipo de hombres tienen una amante o alguna infidelidad desaparece su angustia que es el síntoma de su deseo frustrado. Cuando llega a descubrir lo que realmente implica una relación sexual plena, recobran su salud física y mental y se percatan que realmente su enfermedad es cuestión de una mera fantasía clavada en su inconsciente.


La influencia del narcisismo en el don juan.

Se puede observar en las relaciones de pareja que tienen los hombres narcisistas, la típica dicotomía de la “madre virgen” y la “madre prostituta” que coexisten en su inconsciente y se mantiene como pauta durante toda la vida. En la medida en que esta pauta se adecua a la doble moral culturalmente tolerada y alentada de las sociedades patriarcales, la psicopatología narcisista masculina se ve culturalmente reforzada como lo es la psicopatología masoquista femenina en las relaciones amorosas.
Aunque con el transcurso de los años el aburrimiento sexual pasa a prevalecer en los sujetos narcisistas masculinos, algunos continúan utilizando los encuentros sexuales para desplegar su intensa ambivalencia respecto de las mujeres (madre-virgen, madre-prostituta), con una búsqueda simultánea de gratificación sexual, venganza sádica, incluso reiteración masoquista compulsiva de la frustración causada por la madre en su temprana infancia, convergiendo el narcisismo y el masoquismo.
El personaje de “Don Juan” refleja un amplio espectro de la psicopatología narcisista masculina. En un extremo, el Don Juan puede ser un hombre que desesperadamente necesita seducir a las mujeres y se siente impulsado a una relación sexual que provoca la frustración o humillación de la fémina de esa elección momentánea; la seducción es casi consciente y manipulativamente agresiva, y abandonar a la mujer constituye un alivio agradable (se salvaguarda de la castración). O bien la intensa búsqueda compulsiva de nuevas aventuras por parte de Don Juan deriva de una idealización de las mujeres y el deseo en encontrar una que no lo decepcione.
“En el extremo más sano de este espectro, el Don Juan tiene una mezcla de rasgos narcisistas e infantiles; es un hombre-niño con características afeminadas, que seduce a las mujeres precisamente por su falta de masculinidad amenazante”.
Durante el psicoanálisis se vislumbra que este tipo de sujetos reniegan inconscientemente la envidia y el temor al padre poderoso, y la rivalidad con él, además tienen la fantasía que su “pequeño pene” es perfectamente satisfactorio para la madre (Janine Chasseguet-Smirgel). Sus aventuras sexuales representan una manera de satisfacer la fantasía de que él, el niño pequeño, es el favorito de la madre, y todo lo que ella necesita. Karl Müller-Braunschweig y Michael Fain han descrito cómo este Don Juan nunca deja de encontrar una mujer complementaria cuyo odio inconsciente al padre poderoso la lleva a idealizar al hombre infantil no amenazante.




La promiscuidad del hombre, causas.

En los hombres la relación que tuvieron con su madre durante la infancia continuará influyendo con sus partenaires de manera decisiva el resto de su vida, el odio y la envidia patológicos a las mujeres pueden convertirse en una fuerza inconsciente poderosa, que intensifica sus conflictos edípicos. El infante percibe a su madre como sexualmente tentadora y al mismo tiempo rechazadora, debido a la transformación de las frustraciones orales tempranas en una especie de agresión sexual (proyectada). Esa imagen amenazante de la madre intensifica a su vez los componentes agresivos sexuales, y alienta la disociación entre la excitación erótica y la ternura. Cuando estos hombres desean sexualmente a una mujer, sienten la experiencia como una repetición de la tentación temprana por parte de su progenitora, e inconscientemente odian a la mujer deseada. El odio puede destruir la capacidad para la excitación y generar inhibición sexual (disfunción eréctil, eyaculación precoz, eyaculación retardada). En casos menos severos, la idealización defensiva de la atracción sexual de la fémina conduce a una búsqueda intensificada de estimulación, excitación y gratificación sexuales, rápidamente seguidas por la depreciación de la experiencia sexual, la desvalorización de la mujer idealizada y el aburrimiento. La idealización intensa y defensiva de las mujeres y su rápida desvalorización como objetos puede dar lugar regularmente a la promiscuidad.
De esta dinámica deriva un amplio espectro de psicopatologías sexuales. Algunos hombres narcisistas presentan una inhibición sexual severa, miedo a ser rechazados y ridiculizados por las mujeres, por la proyección sobre ellas del propio odio inconsciente que les suscitan. Este miedo también puede llevar a una repugnancia intensa a los genitales femeninos —en la que convergen la envidia preedípica y la castración edípica— o bien, se produce una escisión radical: algunas mujeres son idealizadas y se reniega cualquier aspecto sexual relacionados con ellas, mientras que otras son percibidas como objetos exclusivamente sexuales, siendo posible la gratificación sexual y la libertad erótica, a expensas de la ternura o la idealización romántica. Esto lleva a una desvalorización autodestructiva de la intimidad sexual y a una interminable búsqueda de partenaires sexuales.
Algunos hombres narcisistas son capaces de mantener relaciones tiernas con mujeres de las que dependen, siempre y cuando inconscientemente las desvaloricen como partenaires sexuales. Sorprende que algunos hombres narcisistas severamente inhibidos, que temen a las mujeres y que pueden sufrir impotencia como expresión directa de ese miedo, en el curso del psicoanálisis lo moderan y se vuelven promiscuos. Están haciendo el «acting out» de la búsqueda de una relación amorosa y también de la necesidad de escindir de esa búsqueda su agresión inconsciente contra las mujeres. En contraste, los hombres narcisistas sexualmente promiscuos desde la adolescencia temprana a menudo presentan un deterioro gradual de su vida sexual al derrumbarse reiteradamente la idealización defensiva de las mujeres en entusiasmos amorosos breves.
Sus nuevos encuentros sexuales cada vez más parecen ser repeticiones de los anteriores; la erosión de la idealización defensiva y las decepciones acumulativas en la experiencia sexual pueden generar un deterioro secundario en su vida sexual: impotencia o eyaculación precoz regularmente, lo que los lleva a acudir al médico, o grupo de ayuda, o un especialista en la salud mental generalmente después de los cuarenta o cincuenta años de edad.


El amor en la personalidad narcisista.

“Cuando se es amado, se sufre más que cuando no se es. Abandonado, uno se consuela con el orgullo; ¿pero qué consuelo puede inventarse para un corazón que se abre hacia nosotros?” Émile Michel Cioran.

El sujeto “normal” tiene la capacidad para enamorarse y mantener una relación amorosa durante un lapso prolongado pero en los casos de sujetos con personalidad narcisista no tienen esta capacidad de enamorarse, lo que es por cierto patognomónico del narcisismo patológico. Podemos observar que algunos narcisistas son capaces de enamorarse pero únicamente durante breves episodios, sin embargo presentan diferencias sobresalientes con su pareja durante su relación.
Cuando el narcisista se enamora, la idealización del objeto se centra regularmente en una sola cosa: belleza física, o poder, o riqueza, o inteligencia, etcétera como fuente de admiración, estos atributos que se admiran, el narcisista tiende a incorporarlos inconscientemente como parte de su Yo.
El Complejo de Edipo tiene una profunda influencia en todas las relaciones amorosas, en la personalidad narcisista el sujeto intenta inconscientemente una relación dominada por la agresión tanto o más que por el amor, a causa de la frustración y el resentimiento profundos hacia sus padres suscitado en su infancia, pero gracias a las fantasías que envuelven sus relaciones de pareja presentes y la «gratificación efímera» que le brinda las relaciones sexuales soslaya momentáneamente su narcisismo.
La exacerbada rivalidad, celos e inseguridad padecida durante el Complejo de Edipo provocan que el sujeto narcisista presente miedo inconsciente al objeto, relacionado con la agresión proyectada hacia su pareja; además manifiestan una notable falta de libertad interna para interesarse por el otro.
El psicoanálisis nos muestra que estos sujetos durante su excitación sexual está dominados por la envidia inconsciente al otro género, por el resentimiento profundo debido a lo que ha sido experimentado como una negativa atormentadora de la gratificación temprana, por la codicia y la voracidad, y por la esperanza de una posible apropiación de lo rehusado en el pasado, para dejar de desearlo.
Para el partenaire narcisista, la vida sigue su curso en aislamiento; teme depender del otro en la medida en que ello representa reconocer tanto envidia como gratitud por esa dependencia; la dependencia es reemplazada por exigencias “virtuosas” y por la frustración, cuando no se satisfacen las demandas. Se crean resentimientos difíciles de anular en los momentos de intimidad; es más fácil resolverlos escindiendo las distintas experiencias de cada uno, manteniendo la paz al costo de fragmentar la relación. En el peor de los guiones, se desarrolla una sensación sofocante de encierro y persecución por el otro. Los aspectos no reconocidos e intolerables del Yo se proyectan sobre el partenaire para proteger una autoimagen idealizada. La provocación inconsciente a la pareja para que se ajuste a los aspectos proyectados del Yo va a la par con el rechazo y los ataques al partenaire, percibida de manera distorsionada o fragmentada.
La incorporación simbólica de los rasgos admirados del otro puede servir como gratificación narcisista: una mujer narcisista casada con un hombre famoso puede complacerse con la prominencia del cónyuge. No obstante, en la privacidad del hogar es posible que experimente un aburrimiento total, además de conflictos inconscientes en torno a la envidia.
La ausencia de valores conjuntos impide abrir un área de nuevos intereses capaces de procurar una nueva visión del mundo, u otras relaciones. La falta de curiosidad por la pareja, las conductas inmediatas que son reacciones al otro más bien que reflejos de la preocupación por su realidad interna —un problema central de la personalidad narcisista asociado con la difusión subyacente de la identidad y la falta de capacidad para la empatía profunda— cierran la puerta a la comprensión de la vida íntima del partenaire. No hay fuentes de gratificación, y prevalecen el hastío, la imposibilidad de contener la ira suscitada, la frustración crónica y una sensación de estar encerrado en la relación, además de la activación inevitable de los conflictos inconscientes del pasado y de la irrupción de la frustración y la agresión en la intimidad de la pareja. De un modo sumamente dramático, en el ámbito sexual la envidia inconsciente al otro transforma la idealización de su cuerpo en desvalorización, alienta la transformación de la gratificación sexual en la sensación de haber sido invadido por el otro e incorporado a él, elimina la riqueza de las relaciones objetales primitivas que se activan en la «sexualidad perversa polimorfa normal», y en consecuencia desciende al aburrimiento erótico, y la sexualidad se presenta de manera monótona.
Se puede plantear la cuestión de si las personalidades narcisistas sólo son capaces de amarse a sí mismas. Como lo ha señalado Jean Laplanche con relación al ensayo de Sigmund Freud sobre el narcisismo, tanto las relaciones amorosas anaclíticas como las narcisistas implican una relación objetal. Según lo ha observado Herman van der Waals “no se trata de que el narcisista se ame (si es que se le puede llamar a eso amor) solamente a sí mismo y a nadie más, sino de que se ama a sí mismo tan mal como ama a los otros”.


Amarse a sí mismo.

No es suficiente con amarse a sí mismo, también es necesario dejarse de odiar con tanto fervor y dejarlo de hacer con tanta frecuencia.


La racionalización del sujeto para proseguir en una relación sadomasoquista.

La «racionalización ideológica» que construye el sujeto respecto a su partenaire en una relación sadomasoquista tiene una función importante para su perpetuación.
Esta racionalización juega un importe papel en este tipo de situaciones, podemos observar desde el cónyuge sádico con una superioridad intelectual, o económica, etcétera que influye de manera profunda sobre su pareja; o bien la relación con una pareja sádica pero “inferior” por ejemplo con un alcohólico, o con alguna minusvalía corporal; o la continuación de una relación insatisfactoria pero por razones de la crianza de los hijos, se debe continuar. En estas circunstancias existe algún tipo de racionalización para proseguir en él vínculo, sin embargo es necesario diferenciar esto de las circunstancias sociales o económicas objetivamente limitantes que le impiden a un cónyuge maltratado abandonar un matrimonio desdichado.
La utilización de los hijos para justificar la permanencia de una relación severamente masoquista es la antítesis del embarazo pospuesto hasta que el reloj biológico impida obviamente procrear, un núcleo importante de la eventual consolidación de pautas masoquistas. Una mujer que inconscientemente ha logrado racionalizar el diferimiento del matrimonio y el embarazo hasta casi iniciar su menopausia puede desarrollar entonces un sistema ideológico secundario, según el cual el hecho de que ella ya no pueda procrear hijos o exista un alto riesgo en su embarazo justifica la infelicidad su vida.
El sistema de valores conjuntos capaz de aglutinar la pareja y asegurar su libertad respecto del ambiente cultural convencional puede estar infiltrado de sistemas ideológicos que racionalizan los desarrollos masoquistas de la relación. Estas necesidades masoquistas pueden cooptar a su servicio la ideología convencional y tradicional que ve la tarea de la mujer restringida a “los hijos, el hogar, y a su marido”, pero también pueden desencadenar en una ideología de liberación femenina. Por ejemplo, quizás una mujer rechace los estereotipos de la feminidad y, junto con ellos, la atención a su cuidado y prolijidad físicos; o racionalice una conducta provocativa y al mismo tiempo hostil hacia los hombres que en realidad tiene un propósito autodestructivo inconsciente. La realidad de una historia infantil de victimización severa, por violencia física o incesto padecida por el sujeto, puede llevarlo a tener una conciencia definida de que se tienen derechos, pero en un nivel más profundo (inconsciente), a una identificación con el agresor internalizado en el Superyó, que una y otra vez recrea la situación de maltrato y perpetúa la victimización en el vínculo presente con su partenaire.


El lado positivo de los sentimientos.

Los sentimientos como la ansiedad, la culpa y la vergüenza estarán presentes en el sujeto de manera permanente, no siempre son gratos sentirlos pero aunque tengan efectos inhibitorios también contienen efectos estimulantes para el desarrollo psíquico ¿Qué significa esto? Sin ansiedad, vergüenza o culpa el crecimiento personal hacia la responsabilidad en el seno de los vínculos afectivos quedarían estancados y no se podrían consolidar; sin embargo la ansiedad, la vergüenza o la culpa excesivas en su intensidad o la incipiente expresión de estas son causa de una psicopatología de la estructura de la personalidad; por ejemplo, un sentimiento excesivo de vergüenza suele ser una manifestación de una psicopatología narcisista, pero a su vez los conflictos de índole narcisista son intensificados por la vergüenza por lo cual se convierte en un círculo vicioso para el sujeto. El sufrimiento producido por la vergüenza, al situarse en la posición esquizoparanoide, o entre ésta y la depresiva, corre más riesgo de encontrar una solución narcisista y paranoide por varias razones. En primer lugar porque el desvalimiento, la indefensión y la dependencia se alivian defensivamente mediante la identificación con figuras parentales poderosas e idealizadas; en segundo lugar porque el aspecto desvalido y dependiente del Yo tiende a proyectarse por identificación proyectiva en el objeto, y en tercer lugar por la escisión del Yo que da lugar a una disociación vertical en la que la personalidad queda escindida en dos partes que coexisten con nula o escasa comunicación entre sí: la dependiente y la narcisista. En conjunto estos tres procedimientos defensivos contra la vergüenza y sentimientos afines (identificación con el objeto idealizado, identificación proyectiva con desprecio del objeto y escisión de la personalidad) constituyen la estructura básica de las personalidades narcisistas, a partir de la cual podrán organizarse diferentes psicopatologías en el sujeto.


La ilusión de la sustancia toxica como soporte.

Existe un momento en el toxicómano que el «soporte» que le brindaba la sustancia tóxica para paliar su malestar se transforma en algo siniestro, ya que poco a poco se ve imposibilitado a manejar adecuadamente el tóxico y esto provoca que se dirija fuera de la relación con el “Otro”.
A través del psicoanálisis se observa que los toxicómanos cuando inician en el consumo de la sustancia tóxica presentan cierto tipo de bienestar y pueden de alguna manera manejar su adicción, esta ilusión dura poco tiempo ya que se transforma en algo insoportable porque se pierde el control. Es decir, que el «soporte» que proporciona al inicio la sustancia tóxica, pronto sufre un desequilibrio y lleva al sujeto a un infierno del cual es difícil salir.
El toxicómano cuando inicia en el consumo de la sustancia tóxica tiene la sensación que puede manejarla, incluso que la puede dejar cuando se lo proponga, pero sin darse cuenta es la sustancia quien lo atrapa a él. Es crucial señalar este punto, ya que nos advierte sobre el preciso momento donde el toxicómano se desencadena del “Otro”, en consecuencia el “deseo” desaparece, psicoanalíticamente hablando.




La tentación sexual durante el psicoanálisis.

Martin S. Bergmann en su obra “Anatomía del amor”, señala que durante el tratamiento psicoanalitico las primeras imágenes sexuales de la infancia se hacen conscientes y por lo tanto quedan privadas de su potencial energizante. El descubrimiento de la fijación incestuosa detrás del amor transferencial del psiconalizado hacia el psicoanalista afloja los lazos incestuosos y prepara el camino para un amor futuro libre de la necesidad de repetir la triangulación edípica. Bajo condiciones “normales”, los prototipos infantiles sólo energizan al nuevo enamoramiento, mientras que en la neurosis también evocan el tabú del incesto y necesitan nuevas triangulaciones que repitan el triángulo de la etapa edípica. Con respecto a los sujetos que se involucran sexualmente con su psicoanálista, los primeros suelen decir que a diferencia de los demás pacientes: “Tengo derecho a desobedecer el tabú del incesto, eludir el trabajo de duelo y poseer a mis padres sexualmente. Tengo ese derecho a ponerlo en práctica porque he sufrido tanto o simplemente porque soy una excepción”.
Desde el punto de vista del psicoanalizado, cuando la relación transferencial se convierte en una relación sexual, representa simbólica e inconscientemente el cumplimiento del deseo por el objeto, es decir que el amor del infante no se vea nuevamente rechazado o abandonado (por uno o ambos padres) padres que están representados inconscientemente por el psicoanálista y que por lo tanto el incesto pueda ser refundado en la actualidad.
La relación analítica sólo funciona en la medida en que el psicoanálista muestre, en palabras de Sigmund Freud: “que él es una prueba contra la tentación”.


lunes, 31 de julio de 2017

La actitud del infante ante el coito de sus padres.

“…Y cuando sabes que ella no es el vicio de tu vida, sino su fuente; y cuando sobre todo sabes que, junto a la mujer, la desidia se vuelve eternidad…” Émile Michel Cioran.
“La común fantasía infantil de que su madre es virgen significa un rechazo de cualquier papel jugado por el padre en el propio nacimiento y la celosa aversión
a la idea de relación sexual entre ellos”. Ernest Jones.
El niño y adolescente (varón) ha convivido con mujeres castas y promiscuas, y conoce que en ambas pueden procrear hijos.
¡La madre puta y la madre virgen! ¿Es acaso posible imaginar dos mujeres con características tan distintas o antitéticas? Aparentemente no y, sin embargo… ¿No podría suceder que la separación sólo la dividiera un velo ilusorio? Si así fuera entonces realmente no estarían tan lejos una de otra. Y hasta sería posible que fuesen amigas, incluso que convivieran diario y que constituyan, incluso, ¡un sólo sujeto! ¿No serán la madre puta y la madre virgen los dos rostros de una sola y misma mujer?
¡Es mi mamá, no es tuya!, protesta el niño mientras se escabulle entre sus progenitores, y se estrecha contra el querido pecho de ella. Ese gesto representa una muestra de amor hacia su madre pero también un desafío hacia su padre rival.
Para el infante es su padre quien se deleita de placer en el cuerpo de su amada esposa y se regocija en el calor que ella brinda. Mientras que el vástago, en cambio, siempre será un invitado ocasional, un intruso en el deseo sexual entre sus padres. Es cierto que en ocasiones se presenta inoportunamente en el lecho marital irrumpiendo el acto sexual, y por un momento abraza fervientemente a su madre, pero también es cierto que, tarde o temprano, lo devuelven a su dormitorio. Ellos se quedan nuevamente juntos, y no sólo duermen sino que, además, ¡se acarician, se besan y…!
¿Qué podría comprender un niño tan pequeño? Es este el pensamiento común de los padres. De allí que no sea nada raro que durante el psicoanálisis, el sujeto comunique episodios sobre la “escena primaria” observada, escuchada o intuida desde su más remota infancia. Cuando el infante crece los padres se vuelven más cuidadosos de exhibirse.
Si un hombre sorprende a su esposa teniendo relaciones sexuales con otro reaccionará, seguramente, con odio y violencia. A menos que el miedo lo inhiba, o que sea un perverso y se deleite con la escena. Pero, en cambio ¿Qué puede hacer el pequeño niño cuando sabe, intuye, oye u observa, que en la habitación su madre, impúdica, otorga a su padre sus más íntimos favores? Nada. Pero no por eso deja de sentir un dolor profundo inflingido por los celos; o una angustia que lo paraliza por esa infidelidad de la mujer que tanto quiere: sus madre. Su complexión le impide una respuesta violenta y no puede reparar el agravio. ¿Qué actitud adopta, por lo tanto, el diminuto Otelo? Acude a un expediente tan atávico como infantil, y lo que no puede modificar, pues simplemente, lo niega.
Es por medio de este primitivo “mecanismo de defensa” como el niño enfrenta el conflicto más grande de su joven vida. Se miente a sí mismo, y con eso altera la realidad. Todo lo subvierte en su implacable tarea: la madre voluptuosa es expulsada de la mente y sólo permanece en ella, etérea y pura, la madre virgen. Los lujuriosos espasmos del cuerpo no existirán ya más para ella. Aunque, en verdad, tal vez sea mejor decir que… ¡No existieron nunca! Pero, siendo así, ¿De qué manera, entonces, se acordó su llegada al mundo? No importa. Él nació sin que papá la tocara… ¡Mamá es virgen!
“La negación es, pues, la fuente del mito”. Surge de ese primitivo gesto para enfrentar el sufrimiento. En las leyendas sólo se consolida una fantasía compartida por todos; una ilusión que nace y se renueva en cada criatura. Las veneradas fábulas mongol, hindú, frigia, cristiana, guaraní, etcétera podrían repetirse infinitamente, ya que existen tantas madres vírgenes como hijos. Y esa es la razón por la que estos cuentos prenden tanto en el alma de los hombres: todos recurrieron en la infancia a la misma negación, a la misma estrategia para luchar contra el dolor, los celos y sufrimiento.
Por, eso les resulta fácil aceptar lo inverosímil… La creencia infantil en la madre virgen perdura tanto en la mente que sus inconfundibles vestigios se advierten en, cualquier adulto: ¡Ninguno tiene una imagen de su madre copulando! Nadie recuerda nada. Un manto oscuro envuelve la vida sexual de los padres. En esto no hay quien tenga ideas claras: “no se me ocurre nada”, “ellos eran muy fríos”, “mi madre siempre era distante con mi padre”, “eran otras épocas”, “jamás lo hacían”, “no me los puedo imaginar”, etcétera son algunas de sus monótonas respuestas, tan simples como endebles, si bien todas, no obstante, tienen un rasgo común: mi madre era fría, púdica e indiferente.
La fábula de la “madre virgen” nace siempre en la infancia, tanto del hombre como de la humanidad. Y en cualquier caso es el niño quien la crea, porque un niño y no otra cosa es, en su mente, el hombre primitivo. Y es esta uniformidad
pueril, justamente, la que otorga al mito toda su vigencia y todo su poder.
Pero si la madre virgen es una fantasía, la madre puta es real. Toda madre es para su hijo, inconscientemente, una puta, ya que es tan promiscua como ellas ¡le es infiel con papá!, y además porque adopta posturas corporales lascivas en la cama*. La imagen de los padres cogiendo, aunque se niegue, está en el alma de todos. Y es tan importante esta visión que el psicoanálisis acuñó un nombre especial para denominarla: “die Urszene”, que significa la “escena primaria”.
Es posible, incluso, que constituya una herencia arcaica, ya que en la psique del hombre no sólo influyen sus propias vivencias sino que además, como en los animales, la experiencia propia se enriquece con la de la especie. Tanto impresionó a la mente de nuestros antecesores la repetida escena en que sus padres unían apasionadamente sus cuerpos que la transmitieron a su prole. Por eso el hijo, ahora, aunque no los observe o escuche, igual lo presiente, intuye, o fantasea.
*Se tiene la creencia, aunque no manifestada, que los posiciones para el acto de sexual que resultan “lujuriosas” son, propiamente, las especialidades de las prostitutas. Sin embargo desde las nueve posiciones que en la antigüedad enumeraba la poetisa Elefantis, cuyos libros atesoraba el emperador Tiberio (42 a.C.-37 d.C.), pasando por las dieciséis que en el Renacimiento pintara Giulio Romano (1498-1556), el discípulo de Rafael, y comentara el Aretino (1492-1556), el escritor cáustico y obsceno, hasta las innumerables​ que hoy nos ofrece el mercado pornográfico , no son sino copias de las que adopta espontáneamente cualquier mujer que se abandone, voluptuosamente, al deseo. Aquí no existen privilegios, porque es el deseo sexual quien inspira a todas. Por eso la madre, al mostrar en la escena primaria sus posturas, se revela al hijo como una puta genuina.