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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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lunes, 9 de enero de 2017

El sujeto que se aferra tenazmente a su expareja.

Los sujetos con personalidad «fronteriza» con un nivel moderado de su patología pueden tener capacidad para la excitación sexual y el deseo erótico, pero sufren las consecuencias de su enfermedad de las «relaciones objetales internalizadas»*.
Los mecanismos de escisión** de la personalidad fronteriza dividen el mundo de las relaciones objetales internas y externas en figuras idealizadas y persecutorias. Son por lo tanto capaces de idealizar relaciones con "objetos parciales". No obstante, estas relaciones son frágiles y siempre corren el peligro de ser contaminadas por los aspectos "totalmente malos" que convierten una «relación ideal» en una «relación persecutoria».
Las relaciones amorosas de estos pacientes pueden presentar deseo erótico junto con idealización primitiva del primer objeto de amor (madre). Lo que encontramos es el desarrollo de apegos amorosos intensos, con idealización primitiva y de naturaleza un tanto más duradera que los compromisos transitorios de los sujetos narcisistas. La contracara de estas idealizaciones es la tendencia a reacciones de decepción abruptas, radicales, la transformación del objeto idealizado en un objeto persecutorio y las relaciones desastrosas con los objetos previamente idealizados. «Lo típico es que estos casos presenten los rasgos agresivos más dramáticos en los juicios de divorcio. Quizás el tipo más frecuente de esta relación patológica sea el que despliegan mujeres con personalidades infantiles y «organización fronteriza de la personalidad», que se aferran desesperadamente a hombres idealizados con tan poco realismo que por lo general resulta muy difícil obtener una imagen precisa de ellos partiendo de las descripciones de la mujer. En la superficie, estas ligazones se asemejan a las de las mujeres masoquistas mucho mejor integradas que se someten a un hombre idealizado sádico, pero en las mujeres «fronterizas» es mucho más marcada la idealización infantil carente de realismo.

*La teoría de las «relaciones objetales» supone que los recuerdos de la infancia afectivos positivos y negativos se construyen de forma separada y se mantienen separados hasta poder ser integrados. Esta experiencia de escisión temprana protege a las experiencias idealizadas de ser contaminadas por las negativas. Cuando los aspectos buenos predominan lo suficiente, se puede tolerar una visión completa del Self y de los otros, integración que se realizará entre el primer y tercer año de vida. Cuando no se alcanza este estadio evolutivo de integración de la identidad normal, persistirá la disociación o escisión entre la experiencia idealizada y la persecutoria, constituyéndose el «Síndrome de Difusión de Identidad», base de la organización límite de la personalidad. Para Otto Kernberg, la internalización de las relaciones de objeto significativas es el marco que explica la consolidación de la estructura de la personalidad y plantea que son las dificultades en la constitución de la identidad, junto con una serie de características temperamentales, lo que consolida un trastorno de la personalidad. Asimismo este autor considera que en los trastornos graves de la personalidad existe una predominancia patológica de la agresión como un aspecto relevante de su psicopatología. Mientras que la motivación central de la patología grave de la personalidad es una agresión desmedida, en los trastornos de la personalidad de organización neurótica, predomina una patología de la libido o la sexualidad.

**Escisión: Se trata de un proceso que comienza en el transcurso de los seis primeros meses de vida (posición esquizoparanoide), y que consiste en una separación o división del Yo y/o del objeto parcial en una parte «buena» y una parte «mala». Por ejemplo el objeto parcial pecho se escinde en un «pecho bueno» y un «pecho malo».
La escisión tiene como finalidad ordenar el universo del sujeto para lograr una discriminación de sus percepciones y sus emociones. En efecto, la escisión «permite al Yo emerger del caos y ordenar sus experiencias». Está en la base de todo pensamiento, si consideramos que la discriminación es una de las primeras manifestaciones de este comportamiento en la psique.

domingo, 8 de enero de 2017

El amor en los sujetos con personalidad Fronteriza.

En todas las psicopatologías encontramos niveles que van desde moderado hasta agudos. Abordaremos el caso de sujetos con personalidad «fronteriza severa», en particular con tendencias significativas de autodestrucción y automutilación; o bien con una patología narcisista que los mueve a tendencias antisociales y agresión egosintónica, donde prevalece una notable ausencia de la capacidad para el placer sensual y el erotismo dérmico.
Estos sujetos, sean hombres o mujeres no presentan ninguna descarga sexual, aunque pudieran presentar una compulsiva masturbación no denotan placer, ningún deseo sexual vinculado a un objeto; son incapaces de lograr excitación —mucho menos tener un orgasmo— en las relaciones sexuales. Al parecer no han establecido los mecanismos represivos que observamos en sujetos más sanos (inclinados más a la neurosis), con una inhibición secundaria, basada en la represión de la excitación sexual.
Estos sujetos que presentan un cuadro severo son incapaces de excitación sexual, aunque están claramente dotados de un aparato biológico perfectamente normal. La historia de su desarrollo temprano transmite la impresión de que la activación agradable del erotismo dérmico no se logró o fue interferida en la más temprana infancia, muy posiblemente por maltratos físicos de manera consecutiva. Prevalecen en su historia experiencias severamente traumáticas, abuso físico o sexual y una notable ausencia de cualquier objeto parental afectuoso y preocupado por el niño, con abandono gran parte del tiempo. Es sorprendente observar en estos sujetos, como les procura una especie de gratificación sensual la automutilación (se arrancan la piel, el pelo o superficies mucosas), pero el dolor excede en mucho a cualquier muestra de placer erótico.
Ahora bien, la exploración psicoanalítica revela un mundo de fantasías primitivas dominadas por interacciones sadomasoquistas; la búsqueda de poder, como alternativa al sometimiento total a un objeto sádico, es lo único que puede proporcionarles una sensación de seguridad. El psicoanálisis puede mejorar muchísimo sus problemas de personalidad, aunque quizá contribuyendo a una consolidación adicional de su inhibición sexual con la introducción de mecanismos represivos.
La integración de las relaciones objetales internalizadas primitivas, escindidas, idealizadas y persecutorias, como parte y consecuencia del tratamiento psicoanalítico, puede hacer posible que estos sujetos desarrollen capacidad para la idealización, para una relación prolongada e idealizada, con mayor investidura y compromiso emocional hacia su partenaire. Es posible que finalmente sean capaces de establecer una relación amorosa comprometida, pero lo típico es que no demuestren ninguna o muy escasa capacidad para el erotismo. 

El amor cura (Segunda Parte).

“Todos los cambios, aún los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía; porque aquello que dejamos es una parte de nosotros mismos: debemos morir una vida para entrar en otra”. Anatole France.

En los pacientes con una patología significativa del carácter, la capacidad que demuestran para enamorarse indica ciertos logros psicológicos en vías de mejorar.
En los sujetos narcisistas, el enamoramiento indica el indicio de la capacidad para preocuparse por el otro y además sentir culpa, con la esperanza de superar la profunda desvalorización inconsciente del objeto amoroso. En los sujetos «fronterizos», la idealización primitiva puede ser el primer paso hacia una relación amorosa diferente de la relación de amor-odio con los objetos primarios. Esto se produce cuando los mecanismos de escisión responsables de esta idealización primitiva ya han sido desmontados, y la relación amorosa, o una nueva que la reemplaza, puede tolerar y resolver los conflictos pregenitales contra los cuales la idealización primitiva fue un mecanismo de defensa. Los neuróticos y con patología caracterológica relativamente moderada desarrollan una capacidad para las relaciones amorosas duraderas cuando un tratamiento psicoanalítico exitoso resuelve los conflictos inconscientes, predominantemente edípicos.
Estar enamorado también representa un proceso de duelo relacionado con el crecimiento y la independencia, con la experiencia de dejar atrás los objetos reales añorados de la infancia. En este proceso de separación hay también una reconfirmación de las buenas relaciones con los objetos internalizados del pasado, a medida que el sujeto adquiere confianza en su capacidad para dar y recibir amor
y gratificación sexual simultáneamente —con un refuerzo mutuo del amor y el sexo que promueve siempre el crecimiento—, en contraste con el conflicto entre el amor y el deseo erótico propio de la infancia.
Cuando se alcanza esta etapa evolutiva, es posible desarrollar la capacidad para transformar el enamoramiento en una relación amorosa estable, que implica capacidad para la ternura, preocupación por el otro y una idealización más refinada que la de los niveles evolutivos más tempranos, y capacidad para la identificación y la empatía con el objeto del amor. Entonces la ternura puede expandirse como placer sexual pleno, la preocupación por el otro se profundiza con la plena identificación y empatía sexuales, y la idealización pasa a ser un compromiso maduro con un ideal representado por el objeto amado, o por lo que la pareja, unida, puede llegar a ser.

El amor cura (Primera Parte).

“Si amas sufres. Si no amas enfermas”. Sigmund Freud.

Muchos sujetos tienen la errada idea que «mucho amor» resulta ser beneficioso para su vida, pero el sentimiento amoroso en grandes cantidades puede convertirse en una patología (erotomanía). Hay que indicar que el amor en proporciones adecuadas puede «curar» a los sujetos que padecen alguna neurosis grave (mejor integración del Yo «autoafirmación» con respecto a los otras dos estructuras psíquicas: Ello y Superyó, para afrontar la realidad acorde a las circunstancias); a los narcisistas (el que ama renuncia a una parte de su narcisismo); y de los «fronterizos» (la idealización primitiva puede ser el primer paso hacia una relación amorosa diferente de la relación de amor-odio con los objetos primarios).
Ahora bien, la capacidad para enamorarse representa el fundamento básico para una relación de pareja estable. Ese enamoramiento inicial supone también la capacidad para vincular la idealización al deseo erótico, y el potencial para establecer una «relación objetal profunda».
El hombre y la mujer que descubren que se atraen y se anhelan recíprocamente, que son capaces de establecer una relación sexual plena que les procura intimidad emocional, además de una sensación de realización de sus ideales en la proximidad al otro amado, están expresando no sólo capacidad para vincular inconscientemente el erotismo y la ternura, la sexualidad y el Ideal del Yo, sino también para poner la agresión al servicio del amor. Pero ¿qué significa esa agresión al servicio del amor?
Una pareja amorosa, que se ha mantenido estable durante un prolongado tiempo, desafía siempre la envidia y el resentimiento de los otros excluidos, mismos que van desde los padres, suegros, hermanos y del círculo familiar y social en su conjunto que representan las suspicaces agencias (agencias significa mover hacia adelante, hacer, realizar, conducir, llevar a cabo) reguladoras de la cultura convencional en la que viven. El mito romántico de los amantes que se descubren o se aman el uno al otro en circunstancias hostiles expresa una realidad tanto consciente como inconsciente para ambos partenaires. Algunas culturas pueden realzar el romanticismo (los aspectos emocionales, heroicos, idealizados del amor) y otras negarlo con rigor, pero la realidad emocional se ha revelado en el arte y la literatura a lo largo de la historia.
Otra dinámica importante es la desafiante acción defensiva de las mujeres en los grupos de hombres durante la «etapa de la latencia» y principio de la adolescencia, defensa de esos grupos contra los anhelos dependientes profundos y las prohibiciones edípicas; así la mujer supera el miedo a la agresión masculina con ayuda de los grupos femeninos a los que pertenece, durante la latencia y la adolescencia, su colusión en la renegación del anhelo de intimidad sexual, y la idealización defensiva de un hombre parcialmente desexualizado como ideal compartido del grupo. Algunas mujeres en la edad adulta se relacionan con un partenaire afeminado, ya que observan la postura masculina como amenazantemente agresiva.
Si la pareja puede incorporar sus fantasías y deseos «perversos polimorfos» en la relación sexual, y descubre y saca a la luz el núcleo sadomasoquista de excitación sexual en su intimidad, su desafío a las costumbres culturales convencionales puede convertirse en un elemento consciente de su placer y gratificación como pareja. En el proceso, una incorporación plena del erotismo corporal de ambos partenaires puede enriquecer la apertura de cada uno a la dimensión estética de la cultura y el arte, y a la experiencia de la naturaleza. “El abandono conjunto de los tabúes sexuales de la niñez puede consolidar asimismo la vida emocional, cultural y social de la pareja”.

*Cura: El psicoanálisis efectivamente cura, pero no en el sentido tradicional de la palabra como lo plantea la medicina, la psiquiatría o la psicología cognoscitiva (ofertas terapéuticas que «prometen» curas rápidas y eficaces pero que a la larga el paciente se da cuenta que esta en el mismo lugar que inició) y tampoco significa un «furor curandis» como lo señaló Sigmund Freud.
La cura desde el psicoanálisis debe entenderse primeramente como «hacer lo inconsciente, consciente» a través de la palabra, único método para desentrañar el fantasma que permanece en el inconsciente; para el psicoanálisis el inconsciente esta estructurado como un lenguaje. Es hacer reflexionar al sujeto sobre sus experiencias subjetivas para que encuentre por si mismo su camino a la cura (únicamente el psicoanalista “alude” al paciente para localizar su rumbo) por tener cada quien una historia particular e irrepetible: “Lo que a uno puede ayudar, a otro lo puede perjudicar”.
El psicoanálisis no cura en el sentido de eliminar una enfermedad pensada como si ésta fuera un tumor, el cual se extirpa para recuperar un estado de salud o bienestar anterior. Sin embargo produce efectos. ¿Cuáles son esos efectos? Disminuir la angustia padecida por la patología, hacer más fuerte al Yo para integrarse adecuadamente a la «realidad psíquica» y exterior. Así como tender un puente entre la patología y el Yo (digamos que exista una comprensión del fantasma que se oculta detrás del síntoma o delirio o fenómeno) para un mejor desempeño del sujeto en su vida cotidiana. La enfermedad no desaparece, porque forma parte integra de la psique, es inherente a ella, uno de sus cimientos. El psicoanálisis intenta hacer más confortable nuestra existencia, brindar el significado a nuestra vida.

sábado, 7 de enero de 2017

Para las mujeres el amor comienza junto con la gratificación sexual.

En el libro titulado “Les jeunes filles” de Henry de Montherlant, hablando a través de su su personaje Pierre Costals, sobre el deseo que logra unir a hombres y mujeres pero que otro lado viven en una eterna incomprensión. Para las mujeres —dice este personaje— el amor «comienza» junto con la gratificación sexual, mientras que para los hombres «termina» cuando ya tienen sexo; las mujeres están hechas para un hombre, pero el hombre está hecho para la vida y para todas las mujeres. La vanidad es la pasión dominante del hombre, mientras que la intensidad sentimental relacionada con el amor a un hombre representa una fuente principal de felicidad para la mujer. La felicidad de las mujeres proviene del hombre, pero la del hombre proviene de él mismo. El acto sexual está rodeado de peligros, prohibiciones, frustraciones y una fisiología desagradable.
Ahora bien, sería fácil desechar la descripción realizada por Costals como producto de una ideología autoritaria y paternalista, por no decir «machista» pero de ese modo «pasaríamos por alto las fuentes profundas de la intensidad del anhelo, el miedo y el odio a las mujeres que subyacen en esta racionalización que prosigue en la actualidad.
Los conflictos predominantes que interfieren en una relación de pareja son el narcisismo patológico, y la incapacidad de haber resuelto, de manera adecuada el Complejo de Edipo, en una identificación genital plena con la figura parental del mismo género. La patología narcisista es relativamente semejante en hombres y mujeres; mientras que la patología que deriva de los conflictos edípicos difiere en uno y otro género. En las mujeres, los conflictos edípicos irresueltos se manifiestan con la mayor frecuencia en diversas pautas masoquistas, como por ejemplo el apego persistente a un «hombre insatisfactorio», que las menosprecia y maltrata; y por lo tanto la incapacidad para mantener o disfrutar de una relación con un hombre que podría ser totalmente satisfactorio y benevolente con ellas. Los hombres también se apegan a «mujeres insatisfactorias», pero culturalmente han tenido una mayor libertad para disolver esas relaciones o mantener, al menos, una relación afectiva alternativa.
El sistema de valores de las mujeres, su preocupación y sentido de la responsabilidad por sus hijos, pueden reforzar cualquier tendencia masoquista que tengan. «No obstante, el Ideal del Yo y las preocupaciones maternas naturales no son metas masoquistas en la “madre corriente consagrada a sus hijos”». (Ernst Blum).
En los hombres, la patología predominante de las relaciones amorosas que deriva de los conflictos edípicos toma la forma del miedo y la inseguridad ante las mujeres y de formaciones reactivas contra esa inseguridad, como la hostilidad reactiva o proyectada hacia ellas; estos factores se combinan de diversos modos con la hostilidad y la culpa pregenitales que tuvieron con respecto de la figura materna. Por ejemplo, la consagración de una mujer a los intereses del marido puede reflejar una expresión adaptativa de su Ideal del Yo, pero también compensar adaptativamente tendencias masoquistas relacionadas con la culpa inconsciente por ocupar el lugar de la «madre edípica». Cuando el esposo deja de depender de ella y las relaciones económicas y sociales del matrimonio ya no exigen o recompensan el “sacrificio” de la mujer, es posible que la culpa inconsciente que refleja conflictos edípicos no resueltos deje de estar compensada; entonces pueden desencadenarse diversos conflictos —quizá la necesidad inconsciente de ella de destruir la relación por culpa, o una «envidia del pene» no resuelta (como lo ha teorizado el psicoanálisis) y el resentimiento consiguiente por el éxito del marido. Por otro lado, también es posible que el fracaso del hombre en el trabajo descompense sus fuentes previas de afirmación narcisista, que lo han protegido de una «inseguridad edípica» respecto de las mujeres y de rivalidades patológicas con los hombres —hombres en los que proyecta inconscientemente al padre omnipotente, amado y odiado durante el Complejo de Edipo— y genere una regresión a inhibiciones sexuales (impotencia, eyaculación precoz o retardada) y a una dependencia conflictiva respecto de su mujer, con reactivación de los conflictos edípicos, y obviamente aparejadas con sus soluciones neuróticas.
El desarrollo y el éxito social, cultural y profesional de las mujeres en la sociedad occidental, entonces, podría amenazar la protección tradicional, culturalmente sancionada y reforzada, de la que han disfrutado los hombres contra sus inseguridades y miedos edípicos y envidia a las mujeres; la realidad cambiante enfrenta a ambos participantes con la reactivación potencial de la envidia, los celos y el resentimiento conscientes e inconscientes, que acrecientan en grado peligroso los componentes agresivos de la relación amorosa y en consecuencia del núcleo familiar, donde los hijos también salen perjudicados.

El hombre duda de su masculinidad.

Robert J. Stoller propone que, debido a la fusión inicial con la madre, el sentido de la feminidad está más finamente establecido en las mujeres que el sentido de la masculinidad en los hombres, partiendo que nuestro primer objeto de amor es la madre, por lo que la primera identificación y proyección se establece con ella, quedando profundamente guardada en el inconsciente. Los hombres, como consecuencia de esa fusión primaria con la madre (una mujer) podrían ser más vulnerables en cuanto a su bisexualidad y por ende ponerla en práctica (se observa en hombres que tienen tanto relaciones heterosexuales como relaciones con transvestis o transgénero). El hombre duda más de su masculinidad, que las mujeres de su feminidad por lo que los primeros son más proclives al desarrollo de perversiones.

viernes, 6 de enero de 2017

No se nace siendo pedófilo.

«No se nace siendo pedófilo, esto es consecuencia de un desarrollo deteriorado en la crianza del infante a cargo de sus padres.

Existen pedófilos que utilizan la violencia para practicar el acto, pero también hay quienes practican para el mismo fin una seducción «tierna» —por decirlo de alguna manera— con la finalidad de diferenciarlos; cabe señalar que estos últimos presentan una fijación de sentirse amantes de los niños en un sentido protector. Esto es lo que expresan cuando acuden al psicoanálisis pero su discurso debe ser apreciado con mayor profundidad por el nivel narcisista perverso que subyace en su personalidad. De hecho, la pedofilia sin violencia ni coacción se apoya en la fuerza de una seducción narcisista terriblemente destructiva e intimidatoria. A un nivel inconsciente el pedófilo ve al «niño amado» como si fuera «él mismo» pero obviamente «él mismo» idealizado, esto es tanto lo que anhelaría ser (Ideal del Yo) como lo que el Otro quisiera que fuera (Yo Ideal), todo esto bajo la mirada de su madre fantaseada. Para Eveline Kestemberg esta es la primera configuración organizada a partir de la unidad madre-niño.
¿Cuál es la razón que el pedófilo se interesa únicamente por infantes? En virtud del desarrollo corporal que presentan niños o niñas a esa corta edad, cuenten con rasgos marcadamente femeninos, tersura de la piel, labios delineados, cabello sedoso... esto significa que no tienen ningún rasgo grotesco característico del género masculino; con esto reencuentra sensualmente la unidad que se niega a perder, y hace pagar este mensaje lamentablemente a la víctima. Aquí reaparece el fenómeno de la «captación especular», es decir, todo el poder de la seducción que enajena al otro en el narcisismo del agresor. Esta captación es más poderosa cuanto más importante es la apuesta pero hay que señalar también la depresión que acecha constantemente en el trasfondo de esta perversión. Una depresión narcisista muy bien descripta por Guy Rosolato, que descansa especialmente sobre una experiencia de vacío bautizada por Donald Woods Winnicott como «agonía primitiva» y que no da lugar a ninguna representación simbólica. Metafóricamente hablando, el pedófilo «se alimenta de los niños» con la finalidad de escapar a la reviviscencia de esa «agonía primitiva».
Stanley Cohen dice, refiriéndose a las relaciones del pedófilo con los niños: «es lo único que les interesa en la vida». Rosolato escribe que en los casos graves de depresión es legítimo pensar en una agonía semejante, mal asumida «en la madre misma». Esta observación no deja de remitirnos al efecto que pudo producir en el sujeto pedófilo, el derrumbe de la madre en aras de idealizarse.
Podemos decir al respecto de estos sujetos que existió una organización parental con una madre constantemente amenazada por la depresión, y además un padre poco consistente (retraído, ausente, etcétera) pero buscado bajo una forma idealizada.
Las pesadillas que suelen tener generalmente los pedófilos son de connotación agresiva y/o sexual dirigida principalmente a su madre o padre.
Lo cual deja planear la pregunta: cuando un sujeto adulto mata o viola a un niño, ¿el gesto se dirige a sí mismo? O bien ¿a su madre o padre?
Lo que está en cuestión es otra vez la «escena primaria» tal como la describe el psicoanálisis. Gerard Szwec, tras estudiar la constelación familiar de los pedófilos en la literatura y en la clínica, concluye que la víctima infantil de la violación cumple el oficio de fetiche y que la imagen del padre está idealizada. Además agrega que el pedófilo es a un tiempo una madre incestuosa, un padre del tipo «padre de la horda primitiva como lo describe Sigmund Freud»: sexualmente desviado, y un niño-rey todopoderoso. El sólo compone a todos los actores de una «escena primaria» pero obviamente de una manera muy distorsionada, digamos que es una «escena primaria narcisista sin intromisión exterior».

El otro rostro de la pedofilia.

Es habitual que el sujeto con estructura perversa, con inclinación pedófila, tenga al mismo tiempo una sexualidad heterosexual adulta pero con escasa calidad placentera en la mayoría de los casos. Debemos hacer hincapié que gran parte de estos sujetos, tienen por profesión u oficio, actividades donde están constantemente en la cercanía con infantes (profesores, entrenadores, enfermeros, etcétera) además que presentan una marcada tendencia a «ocuparse» de los infantes o púberes manifestando abiertamente que los quieren, que se preocupan por ellos y que les desean su bien.
Para la persona común, tales manifestaciones de «preocupación» por parte de estos sujetos (pedófilos) hacia los menores de edad parecerían a primera vista un acto benevolente, «normal»; pero para el psicoanalista perspicaz, tales demostraciones «sobrecompensadas de preocupación» contienen un lenguaje ambiguo que caracteriza a la personalidad narcisista, sospechando que tales afirmaciones traerán aparejadas contra-actitudes que resultan tener una connotación agresiva en el fondo.
Para el pedófilo, la búsqueda incesante de sensaciones táctiles con los infantes denuncia su necesidad sensual compulsiva de tocar a los niños.
Si bien es cierto que algunos de estos pedófilos han sido víctimas de abuso sexual o violación durante su infancia, resultaría muy simple tratar de psicoanalizar el problema del traumatismo sufrido (causa-efecto), aquí evidente, pero pronto se perdería el fondo de la realidad a la que queremos llegar desde el punto de vista del psicoanálisis.
Ahora bien, no está en juego solamente el acto infligido por el padre, tío, etcétera hacia pedófilo en su infancia sino también existe una suma de acontecimientos traumáticos cuyo impacto sobre el funcionamiento mental es preciso intentar medir desde una perspectiva metapsicológica.
La frecuencia de un traumatismo sexual en los antecedentes de un pedófilo o, en general, de un agresor sexual, es valorada de manera diversa. Afortunadamente no todos los que lamentablemente pasaron por un abuso sexual o violación, se hicieron por ello, agresores sexuales en su vida adulta. La estimación del carácter traumático de la agresión presenta dificultades; la edad del niño en el momento del trauma cumple un papel importante, lo mismo que la calidad del entorno (la posibilidad de hablar o no de esta agresión) así como la modalidad del ataque y el parentesco con el pertrechador.
Por otra parte, durante el psicoanálisis el pedófilo se puede quejar de que su progenitor no le transmitió su capacidad para ser padre; en otros términos, no hubo interiorización de la imago paterna, no hubo ninguna identificación elaborada. Y este es, precisamente, uno de los efectos del traumatismo: al hacerse presente en la realidad sexual del varón, el padre destruyó todo el proceso fantasmático que, en los confines del inconsciente, permite ir constituyéndose, al paso del desarrollo, el objeto interno que permitirá al hijo ser padre a su vez sin tener que copiar la imago paterna de referencia, si no sucede esto la creación será imposible. Desde ese momento, no es de extrañar que el sujeto nos diga que perdió sus recuerdos de infancia, a excepción de algunas escenas desprovistas de contenidos afectivos, además que fue condenado abruptamente del acceso a su sexualidad infantil. Por grave que haya sido ese traumatismo, hay otro muy importante constituido en la relación con la madre. Regularmente el pedófilo es muy reacio a hablar de la verdadera relación que tuvo con su progenitora en la infancia, dada la represión que lo mantiene mudo, por lo que tenemos de hecho muy pocas información sobre ello, pues esta evocación parece despertar una angustia tal que su consecuencia es una renegación tajante de reacciones de sensibilidad. La afirmación de una indiferencia total a su respecto es demasiado perentoria para ser exacta. Cabe señalar que en algunos casos la madre desaparece sea por motivos ajenos a ella, o simplemente porque abandono el hogar de manera voluntaria, o bien el niño se quedó huérfano. Pero la cosa no termina aquí, sin duda, esa desaparición definitiva o temporaria de la madre tiene un efecto de excitación para el infante. No hay de qué sorprenderse. A partir de “Inhibición, síntoma y angustia” (Sigmund Freud), sabemos que el estado de desamparo genera un incremento de excitación no manejable, que el sujeto siente que se desborda sin control alguno. Y el traumatismo fue cabalmente definido en “Más allá del principio de placer” (Sigmund Freud) como un cúmulo de excitación que supera las capacidades de ligazón del sujeto, determinando así una efracción del protector antiestímulo.

jueves, 5 de enero de 2017

El fetiche por excelencia del sujeto perverso, es el pie.

El sujeto perverso otorga estos atributos especiales y muy significativos al fetiche: Es un objeto tomado en lo real; está sobreinvestido con la finalidad de disminuir la angustia de castración; debe ser manipulable, eventualmente objeto de colección (zapatos, ropa interior, etcétera); «permanentemente» disponible en el partenaire o víctima; es una prolongación del cuerpo del otro pero que el sujeto lo observa separado de ese otro; asegura la perennidad del sujeto y lo confirma en su capacidad para gozar; para Sigmund Freud el fetiche tiene como fin sustituir el pene faltante en la madre.
Las cualidades del fetiche son como si se tratara de un «libreto perverso», que constituye para Joyce McDougall, uno de los elementos más «reveladores del sujeto con estructura perversa, sobre todo el fetichista de pies».
Para ser activo, y en consecuencia posibilitar el Goce, el libreto debe estar ritualizado (y por ende desvitalizado, como lo está el fetiche), debe ser inmutable y jugarse, como su nombre lo indica, sobre una escena fantaseada inconscientemente. Esto significa que está especialmente destinado a ser un objeto espectacular para el sujeto, quien paradójicamente se mantiene al mismo tiempo, y de algún modo, perplejo a lo que sucede. La ritualización es impresionante porque debe ejecutarse el libreto al pie de la letra. Pero la escena transcurre fuera de él, como si él mismo fuera a la vez actor y espectador.
Al igual que el fetiche, el libreto está sobreinvestido y obedece a una lógica compulsiva. En cuanto a su valor simbólico, muchas cosas se han dicho relacionadas con la «escena primaria» (coito entre los padres observado, fantaseado o escuchado).
Una de las características del fetiche es que le brinda al sujeto la virilidad necesaria para llevar a cabo el acto sexual, sin el cual estaría disminuida su potencia o en último caso sería impotente ante su partenaire o víctima según sea el caso.
“Fetiche y libreto” se muestran así como configuraciones cabalmente idénticas, reveladoras de una patología elevada fácilmente a la condición de estructura perversa.
Hay que mencionar que la fetichización no es tan clara como muchos autores la señalan, se puede presentar en sujetos violadores o con extrema violencia, aunque no es la regla.
El libreto no se representa siempre de la manera a la vez trágica y ridicula en que lo muestran los medios de comunicación, siguiendo el modelo sadomasoquista. Esto existe sin duda, pero insistimos, no es la regla.
Para algunos sujetos fetichistas el libreto puede tener un carácter lúdico, término subrayado especialmente por McDougall para indicar el efecto de puesta en escena que consiste en jugar a la castración, para otros la escena primaria, pero eso si, el telón de fondo es para excluir la angustia de castración.
Eveline Kestemberg renovó indiscutiblemente el enfoque de este problema con su concepción de la relación fetichista con el objeto. Podríamos resumir su idea en que el fetiche es por momentos animado, por ser portador de la proyección de la integridad narcisista del sujeto; pero también en otros momentos desanimado a causa de que esta integridad le está reservada a una cosa. En la relación fetichista se trata de volver desanimada al partenaire o la víctima de violación —según el caso— para asegurar su perennidad, siendo una manera de protegerse contra la irrupción del objeto interno (fenómeno que conocemos bien a través de la violación y que encontraremos en relación con el asesinato).
El fetiche o la fetichización de un objeto es la proyección sobre una cosa, o sobre un objeto «cosificado», de la megalomanía del sujeto temeroso de perder el objeto primario (madre) y de verlo surgir entonces dentro de él, en estado de objeto interno. La fetichización tiene por función coagular la relación intersubjetiva con el objeto. El sujeto, para asegurar su perennidad, debe sustraerse de la riqueza de las imagos*, de la movilidad de los fantasmas, de la ligazón de las mociones psíquicas, del acceso a su sexualidad infantil.

* En psicoanálisis el «imago» representa de manera inconsciente una persona o un objeto a cargo del sujeto, pero sin relación con lo que es en realidad esta persona o este objeto. Verbigracia, un sujeto que tiene la «sensación» de haber sido abandonado por su madre durante su infancia en el momento del nacimiento de su hermano pequeño, vuelve a presentar esa «sensación» en la edad adulta cuando su esposa está a punto de tener a su hijo, por lo que éste marido se muestra agresivo hacia su mujer embarazada, desconociendo en absoluto el origen de esa agresividad.


miércoles, 4 de enero de 2017

El Goce del perverso.

Durante el psicoanálisis se pueden identificar algunos elementos perversos en el individuo neurótico, sin que este último pertenezca a la «Estructura perversa».
El neurótico aunque presente una perversión, realmente Goza con la «intención» de llevarla a cabo, ya que por su estructura no podría ponerla en práctica, digamos que su sueño anhelado es ser perverso. Verbigracia, tenemos a un sujeto que por las circunstancias que se presentan, observa el coito por una ventana, tanto el neurótico como el perverso gozarán de dicha escena, pero aquí cabe señalar enfáticamente que el perverso, aparte de gozar con la mirada, intenta por cualquier otro medio, sea de manera consciente o no, ser sorprendido en flagrancia. Por lo tanto ser sorprendido es lo que más Goce le causa al pervertido. Por este motivo, no hay voyeur que no sea masoquista, ya que busca gozar de la mirada, pero goza mucho más de la humillación y la vergüenza que pudiera desencadenar su acto.
Sin la presencia de la humillación no existe estructura perversa propiamente dicha.
Cabe agregar que los neuróticos intentan llegar a ser perversos, pero únicamente se quedan en el intento, sin jamás poder lograrlo. Para el psicoanálisis es imposible que el sujeto neurótico cambie o se transforme a perverso, o viceversa.
El neurótico puede tener fantasmas perversos, sin llegar a la práctica; mientras el perverso concreta esos fantasmas pero paradójicamente tiene la íntima convicción, que no los cumplió cabalmente, tiene siempre la sensación que algo «falto» para que su cumpliera en su totalidad el libreto, por decirlo de alguna manera. La cualidad del perverso se centra en su Goce de sentirse degradado y en esa humillación masoquista, encuentra siempre la satisfacción.