El psicoanálisis de los sucesos presentados en los sueños revela fantasías-teorías sobre la relación sexual y en especial sobre la llamada escena primaria (relación sexual entre los padres real, imaginada o escuchada) que corresponden a un nivel infantil primitivo.
Estas fantasías durante los sueños corresponden a las interpretaciones inconscientes que el infante formuló respecto de lo que es la relación sexual distorsionadas generalmente con características orales y sádicas, que son representadas por escenas de violencia y crueldad, en las que el coito está simbólicamente equiparado a experiencias, fantasías y ansiedades más arcaicas y primitivas (generalmente estas fantasías se presentan de forma directa y concreta en la estructura psicótica, mientras que en la neurosis se encuentran encubiertas) de intenso éxtasis sexual entre los padres, de los que el niño se siente excluido, al lado de fantasías de abusos sádicos, sufrimientos, muerte, troceamientos, despedazamientos, etcétera.
Algunos psicoanalistas creen que estas fantasías inconscientes tan arcaicas son universales e implican una especie de «conocimiento» inconsciente constitucional (o una preconcepción, como lo expresó Wilfred Ruprecht Bion) de la sexualidad, frecuentemente, de contenido sádico. Para explicarse este conocimiento previo a la experiencia se puede recurrir a dos posibilidades: Por un lado a la existencia de una especie de conocimiento filogenético «hereditariamente transmitido»; y por el otro lado, que el infante echa mano de sus propias experiencias arcaicas para explicarse actos relacionales o situaciones desconocidas acerca de los cuales tiene curiosidad pero no experiencia propia.
Cuando el niño empieza a pensar cómo debe ser la relación sexual de los padres, por ejemplo, aplica el modelo de su propia experiencia oral con el pecho, lo que le lleva a imaginarse la experiencia sexual en función de la experiencia de incorporación oral. Téngase en cuenta que, al hablar de experiencia oral, no nos referimos a que sea exclusivamente oral, sino a las experiencias primeras, que están centradas en la relación oral pero que también incluyen todo tipo de actividades sensoriales, especialmente las táctiles, olorosas y las interoceptivas, principalmente las excretorias (uretrales y anales). Si las experiencias orales previas han sido ya conflictivas, traumáticas y han estimulado rabia y violencia, todas las imágenes posteriores de nuevos tipos de vínculo afectivo, sobre todo la sexual, tenderán a teñirse de rabia, violencia y sadismo. Es una observación, desde el psicoanálisis, que cuanto más profunda y sostenida sea la experiencia de carencia afectiva durante la infancia, generalmente será mayor el componente agresivo en las conductas adultas. Entroncamos aquí con un concepto básico para la comprensión de la psicopatología en general y de la psicosis en particular: el de la privada afectiva (la privación biológica tiene siempre, inevitablemente, un fuerte y grave componente de privación afectiva).
La privación afectiva —sobre todo si es demasiado prolongada— estimula impulsos de sufrimiento, dolor, rabia y agresión. Si el niño está en una situación de privación mantenida o muy repetida, sus experiencias estarán cada vez más dominadas mentalmente por el sufrimiento, el dolor, la rabia, y tenderá a trasladar el contenido emocional de estas experiencias a cualquier otro tipo de experiencia desconocida sobre el que él se esté preguntando cómo debe ser, es decir, que le estimule curiosidad y deseo de conocer. Por ejemplo, las fantasías que haga el niño sobre cómo debe ser la unión sexual entre los padres (y los adultos en general) estarán influidas y distorsionadas por la proyección de aquellas experiencias que él sí sabe cómo son y que, en los casos de privación afectiva, han sido preponderantemente de sufrimiento, dolor, rabia, crueldad, etcétera. En estas condiciones, la estructura mental que cree el niño con su fantasía inconsciente de la relación sexual entre los padres será una estructura mental que proviene de su experiencia anterior de sufrimiento y que va a condicionar el tipo de relación sexual o de relación en general (la sexual vendría a ser un prototipo) que ese niño vaya a tener en el futuro como adulto. Entendido así, estaríamos ante un ejemplo de lo que es una formación patológica compensatoria, no sólo en el terreno de lo sexual sino en el de lo relacional en general.
En la medida en que estas posiciones compensatorias sirvan para compensar estados de mucho sufrimiento y ansiedades arcaicas tenderán a estar constituidas por un conjunto de ansiedades, defensas y relaciones de tipo primitivo, arcaico, rígido, omnipotente e inamovible y muy poco influenciables por la experiencia, o sea que tendrán un carácter psicótico. Una conclusión que podría deducirse de esta observación es que, desde el punto de vista de la explicación dinámica y genético-evolutiva, cuanto hasta ahora nos ha servido para caracterizar desde la clínica lo psicótico tendría que ver siempre o casi siempre con situaciones de privación afectiva sostenida o de carencia.
Las privaciones físicas inevitables (abandono, separaciones, enfermedad de la madre o del propio niño, etcétera, con independencia de que sean o no intencionales) influyen directamente en lo afectivo. Una privación física siempre conlleva una privación afectiva, mientras que una privación afectiva no es necesariamente proveniente de una privación física. La clínica parecería confirmarlo en el doble sentido de la frecuencia con que los sujetos psicóticos tienen antecedentes de una infancia con carencias afectivas importantes y en el de cómo los delirios psicóticos tienen casi siempre, al menos simbólicamente, una función narcisista compensatoria del sentimiento carencial.
Debemos hacer el señalamiento que la formación de una de una patología compensatoria se pone en marcha no únicamente con un sólo evento traumático sino que la frustración y el sufrimiento tiene que ser prolongado, reiterado e intenso para que se alcance el nivel que llamamos «privación» o «carencia». En la génesis de la estructuración psicótica preponderaría la privación afectiva, entendida como un estado sostenido y duradero de frustración (carencia).
Habitualmente, las formaciones patológicas de este tipo están muy disociadas y no impiden que, paralelamente, se desarrolle más o menos normalmente —más bien menos que más— otra parte de la personalidad, una psicótica y otra no. Que todo sujeto tenga en lo profundo de su inconsciente unas imágenes primitivas de la sexualidad (o de la relación en general) crueles, sádicas y destructivas no impide, «si están convenientemente disociadas», que en otra parte de su personalidad se desarrolle una concepción más normal de la realidad que le permita establecer una relación sexual y de pareja más o menos madura, creativa y satisfactoria, aunque su personalidad albergue esa otra parte disociada en la que se conservan las formaciones patológicas. Pero también cabe agregar que el sujeto que ha podido realizar una disociación relativamente sana desactivando los posibles núcleos psicóticos estará latente a recurrir regresivamente a la activación de las estructuras patológicas y, por lo tanto, a sufrir un episodio psicótico, si se llegara a encontrar en circunstancias de sufrimiento sostenido y de privación en la edad adulta, especialmente si se establece una equivalencia simbólica con las ansiedades vividas en etapas más arcaicas de la vida.
Situaciones de frustración o de privación afectiva en la infancia en las que ha habido mucho sufrimiento producirían —volviendo a la terminología clásica psicoanalítica— «puntos de fijación» y estos puntos de fijación son los que actúan como un foco de atracción favoreciendo la regresión del adulto en situación de sufrimiento a funcionamientos mentales propios de aquellas situaciones infantiles en las que se produjo dicha fijación. Cuanto más arcaicos sean estos puntos de fijación (las experiencias traumáticas lo son) y los consiguientes funcionamientos mentales regresivos, mayor será el carácter psicótico de la situación clínica. Así ocurriría, por ejemplo, cuando el sufrimiento actual en reacciones psicológicas de duelo tenga un especial significado simbólico que ponga en marcha el mismo tipo de ansiedad, el mismo tipo de alarma, que se produjo en situaciones infantiles en las que el duelo o la pérdida tuvieron consecuencias mucho más graves. La alarma y la reacción de aquellas situaciones se actualizarán, como si para el sujeto la situación actual de duelo, que a nosotros puede no parecemos tan grave desde nuestra posición de observadores, tuviera toda la gravedad de la situación infantil. Sin ir más lejos, verbigracia, la muerte del partenaire puede tener consecuencias mucho más psicopatológicas para un cónyuge que ya hubiera perdido a la madre en la primera infancia y tuviera a la esposa como figura sustitutiva y emocionalmente compensatoria de aquella pérdida precoz.
Es un ejemplo de que, a poco que podamos conocer las características de la historia individual del sujeto, nos encontraremos generalmente con que aquellas situaciones que calificamos a menudo de intolerancia a la frustración, como si con ello diéramos ya una explicación al fenómeno patológico, son situaciones de intolerancia a determinado tipo de frustraciones que, por su significado mental, real o simbólico, retrotraen al sujeto a experiencias en las que hubo mucha privación, mucho sufrimiento y en las que, por tanto, se produjo una fijación potencialmente psicopatógena. No basta comprender que se regresa a la fijación: “Hay que comprender la relación simbólica de significado que existe entre aquellas situaciones de sufrimiento infantil y las situaciones actuales de frustración que provocan la regresión”.
Sería muy iluso para el psicoanálisis pensar que pueda haber estructuras total o absolutamente patológicas. En el fondo, la diferencia entre psicopatología y normalidad es siempre una diferencia más «cuantitativa» que «cualitativa». A cualquier tipo de posición patológica —la organización narcisista, por ejemplo— le corresponde una posición similar en la experiencia normal del sujeto, por lo tanto a la posición narcisista patológica le correspondería la organización narcisista no patológica, al menos la indispensable para el mantenimiento necesario de autoestima. Son diferencias como la intensidad, la forma de utilización, la perduración extemporánea y la disposición a imponerse al resto de la personalidad, las que dan a una estructura su carácter patológico.
La presentación de situaciones clínicas en las que vemos actuar este tipo de posiciones patológicas tiene que ver sobre todo con la forma de utilizar defensivamente estas en situaciones de conflicto y de sufrimiento del sujeto. Siempre que se recurra en situaciones de sufrimiento a la recuperación o activación de organizaciones primitivas para resolver o anular el sufrimiento, se producirá una situación clínica patológica, tanto más grave cuanto mayor carácter omnipotente tenga la patología.
En la estructura psicótica existe una oposición entre lo que tiene el sujeto y lo que le falta, entre lo que le caracteriza positivamente y lo que le caracteriza negativamente (conflicto dinámico y defecto estructural, respectivamente), estos desarrollos que la personalidad psicótica se han efectuado en forma anómala con el fin de compensar o sustituir el defecto inicial.
Ahora bien, en la psicosis no solamente hay una estructura defectuosa, sino que, cuando existen estructuras patológicas por defecto, se produce siempre en el curso del desarrollo un intento de compensación del defecto mediante la formación de nuevas estructuras que intentan compensar o sustituir la función de la estructura defectuosa. Junto a una estructura defectuosa habrá siempre una
estructura compensatoria.
En la clásica teoría freudiana se postulaba que en todo proceso de regresión —que implica la reaparición o el recurso a mecanismos y formas de relación primitivos o arcaicos— el movimiento regresivo se produce hacia un punto de fijación. Las fijaciones serían momentos del desarrollo psicosexual a los que se tiende a volver en situaciones de conflicto porque en aquellos momentos del pasado hubo ya algún conflicto de tipo similar al conflicto actual que desencadena la regresión. Desde este punto de vista, la fijación se puede entender, sin más complicaciones teóricas, como la capacidad de volver al punto del desarrollo en el que se produjeron conflictos similares a los actuales.
El conflicto que produjo la fijación puede ser un conflicto por privación (falta de satisfacción de las necesidades psicológica y biológicamente propias de aquel momento del desarrollo) o bien, al contrario, un conflicto por exceso de gratificación. Desde el punto de vista motivacional, la situación sería totalmente diferente en un caso u otro, porque la falta de gratificación (que llamamos privación o carencia cuando es intensa y duradera) crea forzosamente una nueva motivación, como puede ser la motivación de encontrar relaciones que satisfagan aquellas necesidades no satisfechas en su momento o bien, si esto resulta imposible, relaciones que sustituyan la experiencia de satisfacción ausente y que, de alguna forma, la compensen. En cambio, la fijación por sobregratificación tendería a producir una falta de motivación, pues la persona que está totalmente satisfecha, excesivamente mimada y sobreprotegida no encuentra motivación suficiente para buscar otro tipo de relaciones diferente al que tiene. Aunque parezca exagerado, podríamos decir que su motivación sería exclusivamente la de continuar prolongando aquella situación de satisfacción en que se hallaba.
Encontramos a menudo sujetos que pretenden no haber estado jamás enamorados, puede suceder que durante el acto sexual llegan incluso al orgasmo, pero nunca han conocido el sentimiento del amor. En esos casos se trata de ilusiones, de disposiciones patológicas o de fijaciones de la vida sentimental en un «ideal» surgido en su infancia.
También existen sujetos que nunca se confiesan su estado de enamorados y lo disimulan a sí mismos.
El miedo a enamorarse es por las consecuencias que trae aparejado el amor, debido a un temor neurótico por el dominio excesivo que pudiera presentar el partenaire o bien la predisposición a la ruptura sentimental, etcétera; esto puede sofocar el crecimiento de toda emoción amorosa, algunos neuróticos permanecen fieles a su primer «ideal», a los padres, hermanos... únicos ejemplos que han conocido de una fidelidad inquebrantable. En esos casos se trata de deseos insatisfechos que, justamente porque no dan esperanzas, provocan la fijación. “¡Porque todo lo que queda irrealizado es eterno en el sujeto!”.
A pesar de todos los esfuerzos de los poetas, filósofos, psicoanalistas... el hecho de prendarse de alguien es, y ha seguido siendo un enigma para todos, sabemos que se trata de una embriaguez afectiva, de un éxtasis, de un aumento interior de la afectividad, de una fijación en torno a una sola idea del deseo, el que está enamorado sobreestima el objeto del amor, que no ve sus defectos, que es sordo a todos los consejos de la prudencia.
Habría también que suponer que todos los sujetos se encuentran predispuestos para el amor, en un estado latente de espera amorosa, unos más, otros menos. Esta disposición para el amor, que se manifiesta como una especie de languidez, no desaparece más que en el momento que se ha encontrado precisamente a ese «ideal».
La sensación de la felicidad que se experimenta cuando se está enamorado corresponde a la compensación del desagrado, de la “espera inquieta”. Amar significa haber reencontrado al primer objeto de amor: la madre. Pero también sucede que se ama siempre a uno mismo en el otro, amar quiere decir: “Elevarse a lo divino a través del otro”. Por eso mismo exageramos nuestro ideal; la sombra de ese ideal nos muestra los contornos de nuestro Yo a nivel superficial, a nuestro Ello en un nivel profundo. Así podríamos llegar a la fórmula que todos los sujetos se buscan a sí mismos eternamente y que no se encuentran más que de cuando en cuando en el ser amado.
La frase: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, quiere decir simplemente: “Encuéntrate en tu prójimo y te veras obligado a amarlo”.
Toda felicidad en la vida está fundada en el amor, los individuos que no se aman no pueden ser felices, enferman. Todos los estados depresivos están ligados a sensaciones de odio que pueden elevarse hasta el odio destructivo contra el “Yo”. El suicidio es la culminación de ese odio dirigido hacia adentro.
La embriaguez del enamorado es la consecuencia de su éxtasis amoroso. «Seres que no han creído en mucho tiempo en su posibilidad de amar, se convierten en esclavos humildes y rendidos de un partenaire que casi siempre los ha forzado a amar». Ese sufrimiento se convierte en una tragedia si un deseo psíquico, a menudo ardiente, no corresponde a una reacción física. Pero lo contrario se produce también a menudo, una actividad sexual a la que le faltan los componentes psíquicos.
Está es la naturaleza misma de las primeras impresiones eróticas de la infancia, que éstas tengan una resonancia eterna. Quieren ser repetidas y forman la base misma del gusto erótico individual; nuestro “ideal” está, pues, por la suma del Ideal del Yo, más los seres amados de la infancia, los que nos han procurado las primeras impresiones sexuales, todas esas formas elevadas a la potencia de la divinidad.
Pero las disposiciones infantiles persisten a pesar de las represiones, son dejados de lado, pero jamás vencidas, esto produce graves conflictos que se manifiestan en las psicopatologías del amor y la sexualidad.
Para comprender estas enfermedades hay que examinar la sexualidad infantil y medir el abismo que se extiende entre las necesidades del niño y las del adulto.
Ahora bien, el compañero sexual no sólo se convierte en sujeto de placer, sino también que se vuelve objeto de dominio. El odio quiere dominar y vencer, el amor desea obedecer y someterse; en el éxtasis amoroso, el amor triunfa sobre todas las emociones, es lo que brinda la vida sensitiva al sujeto.
El que ama es feliz, es generoso, sin envidias, está contento del mundo y con la vida, siente el suave soplido de lo divino con que adorna su ideal. Como sólo el amor es inmortal, sólo son eternas sus obras. Todo el progreso de la humanidad está basado en la capacidad de amar, cuando se está enamorado, se produce una profunda confirmación de la vida, una afirmación de la procreación, una victoria sobre el narcisismo por la fuerza del egoísmo mismo.
Es la desgracia de tantos individuos que no saben amar, que han perdido o no han conocido nunca el éxtasis amoroso. Pero siempre hay una predisposición para el amor, a decir verdad, todos los sujetos se encuentran en ese estado latente, cada cual busca constantemente el amor. El estar enamorado es abandonar ese estado de predisposición para el amor e ir hacia el ser que corresponde a ese ideal.
El flechazo en el amor, siempre es una fascinación. La fascinación es la sumisión perfecta por amor. En el amor subyace el deseo de sumisión.
El que es fascinado cae repentinamente enamorado del que le fascina, porque eso corresponde a su ideal, la cristalización del ideal comienza en la primera infancia, nuestro ideal es, por decirlo de ésta manera, un pasado proyectado en el porvenir. El ideal desconcierta, es lo incomprensible y, sin embargo, lo ardientemente deseado, es el milagro que suprime toda realidad, ante el inmenso valor pasional de ese amor, no hay crítica posible porque aquí la realidad ha sido elevada a la altura de un milagro.
En el fondo no hay que hablar solamente de amor “a la primera mirada”, sino del amor “al primer sonido de voz” y del amor “olfativo”. La vida amorosa presenta períodos comparables al celo de los animales, durante esas fases, el flechazo, lo mismo que en el amor que sigue a una impresión profunda, se produce mucho más fácilmente que durante las fases intermedias.
Cada cual tiene su curva individual, las mujeres y los hombres están sometidos a la ley de la periodicidad, en la cima de la curva la predisposición aumenta. Ha alcanzado su punto culminante. Si el sujeto se encuentran en ese estado de predisposición amorosa intensa, ciertas asociaciones y ciertas impresiones pueden conducir a esa predisposición amorosa, al enamoramiento. Ese desarrollo puede verificarse en pocos minutos, incluso en segundos, de tal modo que se puede hablar en efecto, del flechazo; entonces el rayo cae en el barril de pólvora y la explosión se produce.
Los caminos de la fascinación pueden ser psíquicos y físicos, ya que el “ideal” muestra que está formado por dos componentes: Las primeras impresiones infantiles, que tienen una gran importancia y el descubrimiento de la identidad con la personalidad propia.
El flechazo, al menos en parte, se produce porque se reconoce uno mismo o su “Ideal del Yo” en el otro y éste hecho se debe tanto a causas psíquicas y físicas. Ya que cuanto mas diferenciados son los partenaires dentro de la pareja, más dificultades existen opuestas al amor.
Por medio del psicoanálisis, el inconsciente se volvió una parte aun más extraña para el conocimiento del proceso mental, algo tan completamente impersonal que se encuentra fuera del alcance del Yo. Si el inconsciente que nos plantea Sigmund Freud en su obra “La interpretación de los sueños” era la «otra escena», poblada de huellas mnémicas y de representantes pulsionales articulados entre sí, cuando describe el proceso del Ello y lo define como "eso otro", como lo más extraño y alejado de nosotros mismos. Pero gracias a eso existe el amor, por esa imposibilidad de alcanzar una integración completa, que sostiene la falta, la insuficiencia del sujeto, y da consistencia al objeto en el que lo faltante puede adquirir una figuración exterior. Las personas suelen decir que buscamos el amor en un alma gemela. ¿Esto significa que amamos a una parte nuestra encarnada en el partenaire? La verdad es que únicamente amamos un fracción minúscula de nosotros en el otro, mientras que el resto es una parte que no es tan nuestra, puesto que es algo desconocido e inalcanzable y por eso mismo corremos toda la vida detrás de ella.
El amor como la relación sexual parece cumplir por un momento el sueño de unificación con el ser amado, de eso nos percatamos, mientras que con la parte no disponible de nuestro ser (Ello) únicamente lo suponemos, pero aunque todo parece indicar que únicamente se trata de un espejismo, es un espejismo obviamente muy bonito, por el cual merece la pena vivir.
El erotismo que manifiestan hombres y mujeres está condicionado por el horror y la atracción del incesto, obviamente de manera inconsciente (Complejo de Edipo). El sujeto neurótico tiene restringida su capacidad de sexual debido a sus fijaciones infantiles y a su dificultad para renunciar a los objetos incestuosos (madre, padre, hermanos), además lo quiera o no, sus parejas que tenga en la vida adulta reproducen con indeseada fidelidad a sus amores de la infancia. La «interdicción del incesto» sirve como una barrera protectora, esto significa que al sujeto únicamente se le permite el «placer» pero si se excede, ya no estamos hablando de placer sino de Goce*; pero en el neurótico no se encuentra establecida de forma objetiva y puntual esa barrera protectora por lo tanto el sujeto debe compensar ese déficit produciendo una serie de síntomas acompañados de una cantidad considerable de angustia que actúan como barreras entre el sujeto y el cuerpo del partenaire (que representa a nivel inconsciente a su madre) con esto evita por todos los medios posibles dar satisfacción a sus anhelos incestuosos —aunque sin renunciar a ellos— pues jamás se resigna y sueña con transgredir el límite algún día.
*La formula del Goce para el psicoanálisis se enuncia como: “No quiero saber nada de eso” ¿Qué significa esto? El descubrimiento del inconsciente por el psicoanálisis habla con precisión de «un saber» que está por fuera del campo de comprensión de la consciencia del sujeto. Es decir, es «un saber» que se ordena por fuera del campo de comprensión del sujeto, pero aun así lo determina. Se está poseído por el «saber» del inconsciente y, en tanto poseído, el sujeto es gozado por éste, fuera de su voluntad, valga la redundancia. Por ejemplo, el sujeto toxicómano, que comprende cabalmente que la cocaína le causa estragos a su salud, pero que el «saber» del inconsciente le ordena seguir consumiendo; o bien el sujeto promiscuo, que tiene la certeza que algún día puede contagiarse del “virus de inmunodeficiencia adquirida” pero aun así el «saber» del inconsciente lo obliga a seguir teniendo infinidad de parejas sexuales.
En términos clínicos, el inconsciente «Goza» y la cosa que lo hace gozar es el cuerpo mismo que el sujeto que lo pone a su disposición. Tenemos entonces el cuerpo como bien del cual el inconsciente usufructúa.
En la estructura psicótica se pueden distinguir dos tipos de posición significativos: la esquizoide y la narcisista. Desde el concepto amplio de narcisismo resulta muy difícil diferenciarlos, puesto que la posición esquizoide es también narcisista, por lo menos en el sentido de sobrevaloración de los objetos internalizados y en la tendencia a la confusión por el uso excesivo de la identificación proyectiva, pero una observación más detenida puede aportar la pauta para dilucidarlas desde el punto de vista caracterológico y relacional.
Ahora bien, el sujeto esquizoide vive replegado en su mundo interno y establece una barrera defensiva encaminada a desconectarle del mundo externo, el contacto con el cual es sentido siempre como frustrante y doloroso, aunque secretamente anhelado. Aparece como un ser introvertido, de aspecto emocionalmente frío y desconectado. Si alguien intenta forzar ese contacto emocional del que se protege, reacciona con reticencia, suspicacia y desconfianza en un estilo relacional francamente paranoide, de tal modo que, a partir de la posición esquizoide, son muy frecuentes los desarrollos paranoides e incluso las descompensaciones psicóticas con un fondo de retraimiento narcisista. En cambio, la estructura propiamente narcisista, construida a través de la identificación con un objeto interno idealizado y apoyada en el desprecio —de ahí la soberbia por un lado y la altanería por el otro—, da lugar a actitudes y conductas de autosuficiencia y desprecio preponderantemente, así como utilizar al otro al servicio de la propia grandiosidad, esto pueden expresarse clínicamente en trastornos de la personalidad de tipo perverso o psicopático. En ciertas formas de desarrollo psicopatológico de la organización narcisista la soberbia de la idealización del Yo y la altanería del desprecio hacia los demás, con su cortejo de hostilidad y agresión, tienden a quedar disimuladas bajo el manto de la «seducción». El narcisista se muestra hábilmente seductor con sus objetos de relación, recurre a la lisonja y a la adulación y se hace atractivo y necesario para el otro, pero siempre con la finalidad, consciente o inconsciente, de someterlo y utilizarlo para sus intereses y a mayor gloria de su Yo hipertrofiado e idealizado, esto lo podemos denotar en el sujeto que se personifica como “Don Juan”.
Generalmente, recurre para ello a estimular sus expectativas narcisistas, haciéndole creer que someterse a él le hará digno de los privilegios narcisistas de los que él mismo aparenta o cree disfrutar o haciéndole sentir como un elegido de los dioses; pero, en cuanto se muestra reacio a ser utilizado como objeto de satisfacción narcisista, el otro es abandonado e incluso cruelmente despreciado y degradado, merecidamente castigado, desde el punto de vista del narcisista, por su ignorancia e incredulidad. Algo así es lo que puede observarse en el tipo de relaciones que se mantienen desde la patología perversa y también desde la psicopática, ambas presididas por la utilización y la degradación del otro.
Dado su carácter defensivo arcaico, en ambas estructuras domina el uso masivo de la identificación proyectiva, y puesto que lo proyectado por el narcisista está constituido básicamente por los aspectos débiles, desvalidos y despreciados de su propio Yo, tampoco es raro que aparezcan tintes paranoides en la relación del narcisista con el mundo que le rodea, pero en general se caracterizarán más por el desprecio hostil y hasta agresivo que por la suspicacia dolorosa y desesperada propia del esquizoide. Puede decirse que, mientras que el esquizoide tiende a aislarse y recluirse, el narcisista tiende a imponerse de forma activa y beligerante, como corresponde más al fanático que al atemorizado e inhibido.
¿Por qué nos fascina tanto el ser amado? Sigmund Freud postulo algo que denominó el complejo del semejante, afirmando que cuando percibimos a ese ser del cual nos enamoramos, éste se separa en dos partes: una parte semejante (a nosotros) y una parte extraña, que se nos escapa, que nos es ajena.
La presencia de lo extraño en el corazón mismo de lo semejante crea un ser doble en el que asoma la dimensión de la alteridad o del otro, no solo distinto sino también raro. A ese otro no lo podemos conocer, pues se resiste a ser alcanzado. Esa parte desconocida del otro, que por un lado es la menos fiable, pero también resulta ser la más atrayente, nos provoca curiosidad; esto se debe a que es el objeto "perdido" de la infancia que ha quedado sepultado en el inconsciente pero que toda la vida anhelamos reencontrar.
Ahora bien, nos identificamos con la parte semejante, que puede confundirse con la imagen del Yo y que pasa a ser la vertiente narcisista del amor, mientras que la parte extraña es un centro de atracción que sitúa lo deseable. Duplicamos al ser amado al internalizarlo, transformando al otro exterior en otro "interno". Hay que precisar que no se trata de un doble imaginativo de la persona real, sino que únicamente se trata de una representación inconciente, que es diferente del sujeto concreto. Es aquello que queda inscripto en los sistemas mnémicos, que es una parte inconsciente e ignorada de nosotros mismos, que influye decisivamente en las expectativas relacionadas con nuestros más íntimos deseos y nuestra vida amorosa en general. En esas circunstancias, lo extraño, que nos resulta inquietante, se introduce en lo más íntimo de lo familiar. Si el partenaire puede ser también alguien ajeno a nosotros y el odio es la reacción narcisista ante el extraño, debemos concluir que la ambivalencia afectiva «amor-odio» es universal e ineludible en todas las relaciones amorosas.
Generalmente el sujeto tiende a confundir el «deseo» con el sentimiento del «amor»; pero el primero está inclinado más una aspiración mientras el segundo a una permanencia.
El amor y el deseo tienen fines diferentes, el deseo procura la satisfacción y el amor privilegia la unión, esto significa el vínculo con el otro. El deseo, en cambio, tiene una marcada preferencia por objetos parciales: una parte del cuerpo que es sobrestimada, rostro, senos, etcétera.
El deseo esta conformado de elementos pulsionales, que fragmentan y parcializan el objeto (partenaire), que toma el carácter de un fetiche cuando es el único que puede despertar el deseo sexual, razón por la cual la seducción tiene un poder hechizante: “Vale más el sujeto que pretendemos por lo que vela que por lo que muestra”.
Cuando el amor y el deseo van juntos, el sujeto amado es también el objeto de nuestro deseo, aunque raramente esto suceda por tiempos muy prolongados de vida en común. Cuando son antagónicos, pueden perturbar la vida en pareja (impotencia, frigidez, etcétera) y crear malestares que se observan sobre todo en neuróticos.
Dentro de la estructura neurótica, surge la mujer histérica, ella se caracteriza por la búsqueda permanente e insistente, su finalidad: «la confirmación de sentirse amada, es decir, una reivindicación narcisista». El amor que ofrece la histérica a su partenaire es para usarlo a él de espejo, donde únicamente pueda verse ella en todo su esplendor. El placer sexual es para ella relativamente secundario, cuando no inexistente, ella seduce con su cuerpo pero con su frigidez rechaza desdeñozamente a su pareja. Si es deseada pero no amada, se siente desvalorizada y experimenta un resentimiento que día con día se acrecienta.
La histérica pasa casi toda su vida buscando la confirmación de ser amada ¿qué la motiva a eso? Posiblemente por haberse visto decepcionada en ese sentido principalmente por su madre, amenazada casi todo el tiempo por la pérdida del amor: ¡Sí te portas mal, ya no te voy a querer! Aunado posteriormente a un padre distante afectivamente. El rencor y el odio por las injurias sufridas son notorios en estos casos: !Ahora de adulta —dice ella— tengo la sensación que mi madre nunca me quiso desde que nací! La separación satisfactoria con la madre no ha podido llevarse a cabo, porque siempre quedan cuentas por arreglar.
Pero en última instancia la histérica tiene aun una forma de confirmar que es amada, por medio de la mirada del otro, que tiene sobre ella los mismos efectos del licor para el alcohólico, por lo cual no resulta sencillo prescindir de esas miradas. Recurre para conseguirlo al conocido exhibicionismo histérico para producir un impacto en el otro: una forma provocativa de vestirse, de maquillarse, de platicar... Como se siente interiormente fragmentada, es en esa mirada que puede experimentarse momentáneamente como "una" finalmente reunida. Aquí cabe subrayar las características entre la mujer «normal» y la «histérica», si bien es cierto que ambas desean seducir al hombre con sus encantos físicos, la histérica los sobrecompensa, no escatima en mostrarse para obtener esa mirada que aliviana su angustia porque la aparición del deseo la lleva a la angustia, ya que quiere sostenerse como «objeto del amor y no del deseo». Defiende a capa y espada la causa del amor como un fin y no como un medio, tratando de consumir el deseo en el amor, confundiéndolos a ambos.
Desde el psicoanálisis, la disociación más notoria entre el amor y el deseo sexual se observa claramente en aquellos hombres con neurosis obsesiva que se les dificulta desear a la mujer que aman o amar a la que desean. Cuando aman, se les complica el acto sexual con su partenaire (impotencia, eyaculación precoz) muchos de ellos ni siquiera se atreven a pronunciar una “palabra obscena” durante el coito. Estos hombres suelen pensar que todas las mujeres son unas putas y que por eso gozan de la sexualidad, mientras que a su cónyuge la estigmatizan de “decente”, ni siquiera se atreven a imaginar que ella esta muy dispuesta a esa pasión carnal. La mujer amada, idealizada y excluida del campo de todo deseo posible, es la heredera de toda la carga de prohibición que pesa sobre el primer objeto de amor: la madre (Complejo de Edipo). Por lo tanto es común que este tipo de hombres estén más propensos a la infidelidad, ya que la práctica sexual satisfactoria sólo es posible si es mantenido alejado el componente sentimental (amor) de ellos para un buen desempeño erótico-pasional con la amante.