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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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domingo, 7 de mayo de 2017

No existe la relación sexual.

Existe un planteamiento de Jacques-Marie Émile Lacan en relación a la pulsión, sobre si es posible o no la relación sexual.
Esta idea surge primeramente por Sigmund Freud donde la relación sexual existe pero el Complejo de Castración provoca un obstáculo. Por ejemplo, en su obra describe que en Schreber hay un coito asintótico con Dios, en Dora la relación sexual es una fellatio; además, Freud liga los síntomas con el tipo de relación sexual que se establece.
Ahora bien, retomando la idea de Lacan y aceptando el concepto de que no existe la relación sexual —para este autor— la castración tiene una función normalizadora; mientras que en Freud tiene una función perturbadora.
Para Lacan si no hay relación sexual, lo que produce el Complejo de Castración es la “esperanza” del deseo ¿Qué significa todo esto? Pongamos un ejemplo, tenemos una alberca y todos sabemos que es imposible respirar bajo el agua, esa es la posición que tiene la relación sexual, el nivel de la imposibilidad; pero si colocamos un letrero a un lado de la alberca con la leyenda: “Prohibido respirar debajo del agua” esto sería el nivel de la castración, que genera «deseo» para el sujeto inmediatamente. Este ejemplo de la alberca y el letrero es lo que Lacan dio a entender con su polémica frase: “No existe la relación sexual”.
El sujeto cuando empieza a imaginar un arreglo con lo imposible empieza irremediablemente a desear. Esto no significa tergiversar las relaciones sexuales sino tiene la función de llevarlo por otro lado distinto de la sexualidad freudiana. No facilita el respirar debajo del agua, facilita otra cosa, un «espacio ilusorio».

Goce, psicoanálisis.

El «Goce» desde el punto de vista del psicoanálisis no es sinónimo de placer; tampoco se trata de una conquista consciente del sujeto por obtenerlo, sino más bien lo atraviesa. El Goce se podría comparar al dolor.
El Goce le brindaría al sujeto una sensación de ese encuentro con algo ­«real» en el seno de una dimensión alucinatoria, pero que no puede ser de ninguna manera simbolizado.
Y por último podríamos decir que la forma en que se presenta el Goce implica una desaparición del sujeto, metafóricamente hablando.

miércoles, 3 de mayo de 2017

La ambivalencia.

Los ideales más sublimes a los que puede aspirar el ser humano se han visto desmantelados por el psicoanálisis, así la expresión de una pulsión intrínsecamente libre y creativa, queda definitivamente deconstruida.
La ambivalencia es la teoría por la cual se muestra la secreta complicidad entre los términos que se pretenden oponer. De este modo, la ambivalencia abarca todas las acciones que emprende el sujeto: pueden caer los opresores pero nunca la opresión (el revolucionario que alcanza la victoria se convierte en dictador), la emancipación puede ser el camino para instaurar un amo más cruel, el amor puede esconder una violencia homicida, la hostilidad una firme servidumbre afectiva hacia aquello que se odia, el psicoanalista —sin saberlo— puede ser el portavoz de la neurosis obsesiva que quiere interpretar lo imposible. Obviamente dicha neurosis se extiende a todas las ciencias, artes u oficios cuando se pretende llegar a la perfección.

jueves, 27 de abril de 2017

La homosexualidad femenina y el Falo.

Esta anécdota puede ser ilustrativa para comprender la homosexualidad femenina, es una historia que versa sobre un espía del sexo masculino disfrazado de mujer. Este espía se encontraba una noche en una cafetería tomando café con sus enemigos, cuando uno de estos, sospechando del intruso, simulando un accidente vierte su taza de café entre las piernas del espía, quien por el gesto espontáneo que realizó para protegerse del líquido caliente en el lugar de su mayor debilidad (pene) desenmascaró su sexo masculino. En este orden de ideas podemos imaginar la misma historia pero con una espía del sexo femenino disfrazada de hombre, para advertir que ella no tendría esa debilidad masculina, pues no tendría nada que perder o proteger en este sentido.
Ahora bien, la mujer homosexual ha exorcizado la castración que le interesa en el otro que ella es para sí misma. Pues no ha renunciado a su sexo, únicamente se ha identificado con las insignias del otro. Y la presencia del tercero masculino se hará sentir, no sólo en el cuidado que esta mujer aportará al Goce de su compañera —de lo que extraerá ella orgullo y gloria, dejando en ciertos casos sistemáticamente de lado la búsqueda de su Goce como agente de la relación sexual—, sino también en la asociación más trivial o en el sueño, donde raramente dejará de surgir ya sea el tercero masculino, o algún objeto que lo signifique. Este testimonio masculino en el sueño, anónimo y sin rostro, es, lo mismo que los objetos que marcan la huella de su paso, el elemento central del sueño. Los juegos sexuales que, en el caso típico, tienen lugar entre dos mujeres, entre las cuales está la soñante, no tienen otro sentido que desarrollarse ante ella. Para la que sueña, que, por una parte, se implica en primer grado en la escena onírica, la referencia segunda pero principal es la de la presencia masculina, cuyo punto de vista, en cierta manera, ella adopta. De manera análoga, lo que se declara como una necesidad de seguridad en amor y el deseo de consagrarse a su pareja para que ella lo pueda ser todo, no deja de coexistir con un fantasma de idolatría efectiva al margen de una relación privilegiada. El aspecto de este fantasma prueba su filiación viril imaginaria. Pero en este engaño en que la homosexual mantiene el reto, desafío permanente que lanza al hombre castrado, ¿Quién es ella? ¿Hombre o mujer?
Si volvemos a partir de la primera indicación que nos da la clínica psicoanalítica: resulta ser una fijación parental excesiva, la homosexual ha amado demasiado a su padre. Pero lo ha amado demasiado en el sentido en que ha amado demasiado a su madre con ese amor cuya inexorable y severa frustración no ha podido soportar.
Tampoco ha renunciado al objeto de elección incestuoso. Lo ha perdido, abandonado, en el sentido en que ha rechazado su amor por su madre. Pero no por ello este objeto ha desaparecido, sino que se ha erigido en su Yo, que se organiza según el modelo del objeto desaparecido. Ella introyecta las cualidades del objeto de amor, el cual, en su Yo, está psíquicamente sobrecargado. El objeto de su amor se convierte entonces en soporte de su identificación masculina.
Ella se inviste con los atributos del padre, los de la masculinidad. Y cuando un sujeto se adorna con las insignias de aquel con quien se identifica, se transforma y se vuelve el significante de esos insignias.
Las insignias se utilizarán ante aquella a quien dichas insignias mintieron cuando el padre era su portador, dejando sin respuesta el llamado a la madre, que no tiene falo, a quien debería tenerlo si no estuviera castrado, con lo cual deja abierta esa falta que interesará al niño más allá de su madre. Pero la niña puede mantener, ante todo y contra todo, que ella posee el falo, como imagen, en lo que representa.
Para estas mujeres su madre como primer objeto de amor, es secundario porque lo que interesa es la falta que ella simboliza (carencia del falo), que es el soporte identificatorio de la homosexual.
El Ideal del Yo de la mujer homosexual podrá convertirse en la falta que hay más allá de su objeto de amor. Ella podrá ocupar el lugar de esta falta, y si el objeto faltante, es decir, el falo, en la medida en que éste le ha faltado a la madre, viene a ocupar el lugar del Ideal del Yo, entonces sobreviene el enamoramiento. El amor humilde y devoto por otra mujer que es su madre reencontrada, a la que la homosexual se propondrá como el objeto que llena esa falta. Y lo hará tanto mejor cuanto que ella no tiene ese objeto, pero lo representa.
Brindará así el ejemplo del amor por nada, de ese amor completamente desinteresado que justifica la superioridad que ella pretende y que constituye para el padre un desafío en el que ella muestra qué es un amor realmente genuino. El amor a alguien, no por lo que éste tiene, sino por lo que no tiene, es decir, el pene simbólico que está en el padre, como ella muy bien sabe, puesto que él puede dárselo a la madre, y que ella sabe que no lo encontrará en la mujer que ama.
Lo que en realidad sucederá no será la repetición de las relaciones del padre y la madre, puesto que ella no ocupa el lugar del padre. Ella ha construido ese personaje ficticio, «fetichizado» por entero comprometido con la representación de la falta de su primer objeto de amor, que ella vuelve a encontrar en su compañera. Volverá a encontrar al mismo tiempo todas las vicisitudes obligatorias de la relación con la madre, y especialmente de las relaciones agresivas más originales, las primeras rivalidades. Su efecto será el de moderar o exaltar la reivindicación del aparato de su representación, es decir, el conjunto de lo que para esta clase de mujer es la serie de atributos de la masculinidad.

miércoles, 26 de abril de 2017

La angustia de violación en la niña durante el Complejo de Edipo.

Los fantasmas que acarrea el Complejo de Edipo en la niña entre los seis a nueve años de edad aproximadamente, se caracterizan por el deseo real de tener un hijo, depositado en ella por la penetración del pene paterno que ella desea obtener, acompañado de la rivalidad acérrima respecto de su madre.
Estos fantasmas son totalmente espontáneos y, surgen de manera inesperada, sin que exista necesariamente una verbalización o la observación de relaciones sexuales entre sus padres o de otros adultos, la niña llegará por sus fantasías edípicas a esta conclusión; asimismo deducirá que su vagina es pequeña para el pene de su padre que resulta volumétricamente desproporcionado. Se sigue de ello la «angustia de violación» por todos los penes a los que se puede conceder valor.
“La angustia de violación por el padre, en la edad edípica, es al desarrollo de la niña lo que la angustia de castración al desarrollo del varón”.
Se puede decir incluso que todo deseo sexual provoca una representación de reclamo de un «pene centrípeto»*, cuyo valor libidinal será igual al valor de la falta: cuanto mayor sea el reclamo, cuanto más formidable sea el pene fantaseado, tanto más fantástica será la fuerza de su portador humano; su audacia y su desprecio de los límites de lo conveniente deben ser tanto más espectaculares porque la joven enamorada reprime la representación de la imagen de determinada persona real. Si se representa a su padre, entonces su potencia mágica penetrante no tiene límites, pues él es, por la opción estructurante que ella le ha destinado desde su vida fetal, el eje que la verticaliza, que estimula sus emociones y regula su naturaleza, que estabiliza sus pulsiones en sus expresiones polimorfas perversas de su sexualidad, sirviéndoles de representación de falo simbólico, deseado pero difícil de conquistar, tanto más porque, a los ojos de la hija, pertenece en forma exclusiva a su «madre castradora».
Al identificarse y proyectarse en su madre, la niña espera en sus fantasmas, a menudo verbalizados, que un día, quizá por error, equivocándose de mujer, el padre la tomará por esposa y ambos se casarán y tendrán muchos hijos. Esta esperanza se denota visiblemente cuando la niña porta los zapatos, ropa, maquillaje, alhajas, etcétera de su madre y deambula por toda la casa, o juega con sus muñecas y las pasea en su carriola, todo esto representa para ella —dentro de su fantasía— ser la esposa de su padre o, mejor aun, está convencida de que él es posesión suya. Sólo la existencia del padre como tal permite toda esta estructuración sin que sea necesario, sin embargo, que él se ocupe activa o directamente de la educación o cuidado de su hija. Su papel fálico de dueño innegable del universo emocional de su hija es absoluto —siempre y cuando su madre brinde la pauta para que así sea— cualquiera que sea el afán que tenga la niña de conocer realmente a su padre como persona.

* Pene centrípeto simboliza la penetración en el lugar de su deseo, focalizado en la vagina. Françoise Dolto.

martes, 25 de abril de 2017

La promiscuidad y el embarazo durante la adolescencia.

La forma en que el padre responde a las dificultades que la sexualidad plantea a su hija adolescente es de crucial importancia. Si se muestra despreocupado y poco atento, la joven se siente minada y menospreciada; si el padre se muestra crítico, denigrándola, ella se sentirá desolada. Tales sentimientos pueden expresarse en la típica rebeldía adolescente, que las puede llevar a la promiscuidad, con el objetivo de obtener el reconocimiento de sí misma y de su cuerpo; este comportamiento incluye un amplio espectro de representaciones mentales.
La joven que se siente rechazada primero por su madre y posteriormente por su padre emprenderá la búsqueda de ambos, pasando de un pecho frustrante a otro pecho disfrazado de pene sin embargo, esta necesidad primaria se presenta con un disfraz sexual a causa del mundo abrumador de la fantasía, tan fortalecido y confuso por todas las características sexuales secundarias que emergen abruptamente en esa etapa de la vida. De hecho, en sus mentes, cada encuentro sexual de estas jóvenes está cargado de esperanza y desilusión a la vez. La esperanza no tarda en desaparecer para ser inmediatamente reemplazada por una intensa decepción al no hallar nunca lo que buscan: una fusión simbólica con la madre, o más exactamente, con el pecho materno y todas sus cualidades nutritivas. No son conscientes de que en realidad buscan una afectividad coherente. Esto permanece oculto a sus ojos y también a los del mundo, en el cual sus actos de rebeldía se enfrentan a la desaprobación e incomprensión del resto. Como la tranquilidad que necesitan no la obtienen del exterior, intentan generarla indirectamente desde dentro mediante fantasías de embarazo. Es ahí donde el embarazo se convierte en la prueba indiscutible de su pertenencia al género femenino.
Ahora bien, las jóvenes experimentan biológicamente que tienen un espacio interno que está listo para llenarse, no sólo de un pene sino de un bebé por medio del embarazo, incluso aunque el grado de madurez de sus aptitudes emocionales y psicológicas no sean suficientes como para enfrentarse con los profundos cambios que la maternidad implica y con sus consecuencias. Esto explica el porqué la adolescencia es una etapa tan vulnerable de la vida. Cuando se sienten inadecuadas e inseguras con relación a su feminidad, ya no son capaces de fantasear sobre los simbolismos vinculados al espacio interno; por el contrario, utilizan sus cuerpos de forma muy concreta y se embarazan, esto sucede frecuentemente con las jóvenes delincuentes y promiscuas.
Para poder comprender la promiscuidad debemos dejar de lado la sexualidad e interpretar las representaciones mentales de los cuerpos de estas jóvenes. Éstas están vinculadas a las experiencias frustrantes y perjudiciales que han tenido con sus madres siendo niñas. Básicamente la promiscuidad constituye un intento irresistible e ilusorio de crear relaciones objetales y que está condenado al fracaso, ya que en realidad la joven huye de una experiencia frustrada con una madre que considera que no ha sido capaz de criarla adecuadamente. Ahora busca compulsiva e indiscriminadamente en los hombres lo que no obtuvo en contacto con su madre y por consiguiente surgen más decepciones. Sus orígenes están enraizados en dos fuentes originarias: la madre y el padre. Tales experiencias son casos extremos de un conflicto al que las jóvenes se enfrentan en la adolescencia. Al despertarse su sexualidad interna y el desarrollo de sus características sexuales de segundo orden, sus cuerpos se asemejan al de su madre, como consecuencia directa, resucitan todos los conflictos anteriores no resueltos con la progenitora, especialmente los relacionados con la frustración y la ira, esto se ve directamente reflejado en los encuentros sexuales indiscriminados de estas jóvenes que pueden simbolizar un deseo encubierto para obtener un grado de intimidad que nunca antes han experimentado. Si en su búsqueda quedan embarazadas se regocijan, ya que ello les supone una garantía de pertenecer al género femenino. Para algunas jóvenes tan sólo el embarazo en sí mismo constituye el logro esencial, de ahí que luego intenten abortar rápidamente.
Para otras el nacimiento del bebé es algo necesario, aunque pretendan renunciar al bebé al nacer, considerándose incapaces de hacerse cargo de la criatura. Para otras el embarazo también ofrece la esperanza de una cercanía con el feto que crece dentro de sus cuerpos. En ocasiones pueden tener una sensación de triunfo sobre la madre, o bien de venganza hacia la progenitora, esto les proporciona la certeza que los sentimientos hostiles que sus madres tuvieron hacia ellas no dañaron sus capacidades de procreación. Ésta es la razón por la cual la representación mental de convertirse en madre es un proceso de tres generaciones como mínimo: una mujer se convierte en su madre y en la madre de su madre. En ocasiones, el sentimiento de venganza hacia la madre o el padre por la forma en que éstos la trataron puede ser un indicador de la futura vida del niño o la niña.

domingo, 23 de abril de 2017

Las mujeres y el reloj biológico.

En algunas mujeres el “reloj biológico” para convertirse en madres puede resultar difícil de soportar, sobre todo si han dedicado sus vidas únicamente a cuestiones laborales, regularmente al entrar a la vida adulta determinan no tener hijos para poder prosperar profesionalmente.
Generalmente las féminas con estas características acuden al psicoanalista o algún tipo de terapia a partir de los treinta años, al padecer una creciente ansiedad y ambivalencia en sus posicionamientos, provocadas por su convicción, largo tiempo mantenida, de no querer tener hijos. Comienzan a sentirse hostigadas por el tiempo y por la aproximación de la menopausia. No obstante, muchas consiguen sentirse satisfechas con su condición de mujeres a pesar de sentirse sometidas a las presiones del reloj biológico.
“Las mujeres solteras y sin hijos al borde de los cuarenta en algunos casos se sienten frecuentemente amenazadas por el «reloj biológico». Estas féminas experimentan con mayor angustia la proximidad de la menopausia que las que han sido madres o mantienen una relación afectiva gratificante y, en ese momento, la búsqueda de un hombre a menudo alcanza proporciones verdaderamente frenéticas, en esas circunstancias suelen comprometerse en relaciones poco convenientes”. Asimismo las mujeres que han abortado por un embarazo no deseado y no tienen hijos, suelen sufrir posteriormente profundas depresiones.
Por otro lado podemos observar en este tipo de mujeres que los impulsos lésbicos aparecen como resultado de renunciar a la esperanza de establecer una relación afectiva amorosa con un hombre; estos impulsos se deben a una regresión psicosexual parcial por una relación anterior con sus madres.
Estas mujeres no muestran ninguna evidencia de sentir pánico por el deseo homosexual, indudablemente ello se debe en parte a la actual aceptación social sobre la homosexualidad, que fortalece la racionalización lésbica de estas mujeres.

sábado, 22 de abril de 2017

Hacer el odio nos conduce a una sensación de tristeza o frustración.

“La demanda se satisface pero el «deseo» siempre queda suspendido en la insaciabilidad (el incumplimiento de lo imposible) esto se encuentra íntimamente relacionado con el hecho de que los sujetos en ocasiones pueden «hacer el odio» a su partenaire con la ilusión de estar «haciendo el amor», aunado a menudo, erradamente, con la esperanza que la gratificación fisiológica sea totalmente plena pero la «demanda sexual» en estas circunstancias no conduce a una sensación de contento sino de tristeza o frustración, y, lo que es más importante, a su inmediata e incesante repetición”.

El miedo de la mujer al éxito.

Generalmente los logros intelectuales, profesionales y artísticos de los hombres son considerados como algo adherente a su género, pero en el caso de las mujeres, en situaciones paralelas, a veces entran en zonas de conflicto, no sólo con la provechosa utilización de su intelecto o talento (a menudo considerada como prerrogativa del mundo del hombre), sino también con su propia feminidad, que frecuentemente está interconectada con la utilización de sus cuerpos. Es en estos momentos cuando las mujeres experimentan un proceso de escisión entre su intelecto y su feminidad. Esto atañe especialmente a las mujeres cuyas madres no han utilizado sus propias capacidades intelectuales, ya sea por falta de oportunidad en su infancia o adolescencia por cuestiones socioeconómicas; o desaprovechamiento, o bien por presión de su cónyuge.
Ahora bien, éste tipo de mujer suele sentir un temor ante el éxito en su esfera laboral, en la creencia que no sólo los hombres sino también su «madre interiorizada» tomarán represalias contra ella ante sus logros. Todo ello puede desembocar en una exageración extrema que emerge de la infravaloración de la inteligencia o talento a la vez que se equipara una supervaloración del cuerpo de la mujer con la feminidad.
Suelen presentarse a psicoanálisis mujeres profesionistas con un alto desempeño laboral y con un desahogado nivel económico, que comparándose con los hombres en las mismas condiciones, les resulta muy difícil alardear a ellas de sus logros y más difícil aun aceptarlos; y las que llegan a reconocerlo lo hacen con vergüenza o incredulidad, incluso pueden hasta manifestar que fue la «suerte» quien las llevó hasta el éxito.
Cabe destacar que estas mujeres tienen la sensación de estar rebelándose abiertamente contra los criterios tradicionales. En el transcurso de sus vidas profesionales y sociales experimentan, a pesar de ellas mismas, una reacción ambivalente cuando se les aproximan sexualmente hombres poco atractivos y poco interesantes. Por un lado se sienten humilladas y enfadadas pero, por otra parte, se sienten íntimamente tranquilas y halagadas ante tales aproximaciones que no representan una seducción comprometedora, en tanto que el hombre que posea una masculinidad atrayente podrían considerarlo potencialmente peligroso para su integridad.
De todo esto resulta el amargo poderío que se le ha asignado al cuerpo de la mujer y a su feminidad en oposición a la falta de poder asignado a la capacidad intelectual de la misma.

La importancia del Falo en la familia.

Para que la familia se desarrolle adecuadamente en el plano psicosexual, es menester que haya un «Falo» y que este falo esté del lado del padre, que este último pueda probar que ello es así, y que pueda brindarlo.
Pero si el Complejo de Castración se plantea en la familia como algo sin solución, la perturbación de la situación edípica podrá, en el límite, ser de tal naturaleza que toda la dialéctica de lo no fálico quede bloqueada.
Las ideas de Sigmund Freud lo han señalado, el sujeto fetichista niega que la mujer no tenga falo, y más particularmente su madre. El travesti, por su parte, que va más allá aún, está por entero comprometido con la representación de lo que la madre debe tener. Lo que, por lo demás, habrá de ser independiente de la asunción de su papel sexual. El travestí regularmente es padre de familia con la finalidad que le brinden el testimonio de su representación, si no con los hijos, al menos si, con su cónyuge. El travesti representa lo que la madre no tiene, pero debe tener, esto no significa que se identifique con el personaje materno sino lo que él hace es exponer el velo detrás del cual está él mismo, en tanto falo de la madre. O bien, si se prefiere, mientras que el travestí juega a convertirse en el fetiche de lo que la madre debe tener, pero no tiene, y se comporta como si existiera lo que no existe, que es justamente lo que él representa.
La mujer homosexual es ficción de ser lo que no se puede ser. La homosexualidad femenina, al no tener perspectiva abierta en el plano del intercambio, al no poder renunciar al falo que no tiene, al no poder esperarlo como don, sabe, lo mismo que todo ser humano, dónde está el falo, o al menos dónde debería estar; en aquél que no es que no lo tenga, porque no existe manera de demostrarlo: “El padre, de quien dirá ella en cuanto pueda que jamás amó a la madre como habría debido hacerlo”. Este hombre, pues, el padre, sólo puede asumir su sexo al precio de la castración.
Este orden de fenómenos en donde habrán de inscribirse las consecuencias del rechazo del amor por la madre en el momento en que alcance la genitalidad, es decir, allí donde se plantea la versión de las estructuras relacionales que la castración constituye, y a las que el mito freudiano del Complejo de Edipo da sentido. Los cimientos sobre los que el amor por la madre trata de elevarse están constituidos por las relaciones más arcaicas. Lo que será la aptitud para el amor del futuro adulto recaerá en parte en esta plataforma inicial cuya nota regresiva siempre saldrá a relucir en las observaciones que hace el psicoanálisis.
Si el sujeto recae antes en el «ser» que en el «tener» —nos estamos refiriendo al falo— esta ficción lo colocará en una posición muy delicada donde el suicidio estará siempre presente como telón de fondo en su diario vivir.