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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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domingo, 12 de marzo de 2017

El embarazo en la adolescencia.

Los métodos anticonceptivos deberían ser realmente el control de la concepción entre la pareja de adolescentes, asumiendo eso como una característica de su libertad y hacerse conscientes de su sexualidad genital. Pero, ¿cómo se entiende generalmente esta libertad? ¡Cuando vemos que adultos (padres y médicos) que toman la «decisión» de que la adolescente auténticamente enamorada, aborte; simplemente porque desde el punto de vista social y económico no son capaces de asumir la responsabilidad de tener un hijo...! Confrontadas —algunas de ellas— con el sentimiento de experimentar por primera vez en su vida un amor genuino por su pareja. Mujeres jóvenes que han sido educadas en el ámbito sexual por sus padres de una manera inadecuada o incluso verdaderamente espantosa, y que encuentran, por primera vez algo auténtico que les motiva a seguir adelante en su vida, aunado a la dicha de estar embarazadas de alguien al quien aman y que su amor es correspondido.
Obviamente habrá parejas de adolescentes que serán realmente incapaces de asumir las tareas correspondientes al cuidado, manutención y educación de su futuro hijo; pero también habrá parejas que lo puedan afrontar con responsabilidad.
Ahora bien, vemos a padres de éstas jóvenes que creen actuar como «adultos razonables» e interrumpen esa promesa de felicidad, que viene acompañada del embarazo de la adolescente. Muchas de ellas se vuelven entonces irrecuperables para el futuro al haber sido mutiladas de esa manera, de algo que tanto ella como su pareja esperaban como el primer logro de su vida.
Para muchos padres el aborto es una solución de comodidad. En lugar de ayudar a esas jovencitas a que lleguen al parto, porque en eso consiste su felicidad, toman el aborto como una pronta solución. Lamentablemente en la actualidad, con el pretexto de que el aborto es legal, los adultos se creen con derecho a juzgar quién debe y quién no debe tener un hijo, y tratan a esas futuras madres adolescentes como inmaduras y totalmente inútiles ante la vida.
A partir del momento en que una mujer adolescente es feliz por su embarazo y esto lo comparte con su pareja, ya que ambos lo toman como algo importante que les da sentido a sus vidas, y que fantasean la venida al mundo de ese hijo como una felicidad tangible (mientras que posiblemente ellos, por su parte, no conocieron a menudo la dicha de ser acogidos con amor en su nacimiento), entonces la decisión de los padres para hacer abortar a su hija, es realmente un error.
La educación sexual que reciben los adolescentes de sus padres, es casi nula ya que eso no forma parte de los puntos a tratar, a los progenitores lo único que realmente les preocupa es el posible embarazo de su hija, o que su hijo no embarace a nadie, de ahí en fuera todo lo que implica la sexualidad es algo que no tiene mayor importancia, y esto se debe en buena razón de que los progenitores siguen siendo en buena medida, niños en numerosos aspectos.
Ahora bien, existen adolescentes que se embarazan como consecuencia de una relación casual, que no aman a su pareja ni se sienten felices de que un niño llegue al mundo. Entonces, si esas mujeres quieren abortar, ¿por qué no? No están motivadas en absoluto para sostener esa otra vida nueva. Pero siempre hay que ver un poco más lejos del caso «social y económico», ver en lo profundo de la afectividad lo que implica abortar. “Y sobre todo tener muy en cuenta que la maternidad representa para la mujer, la regulación de su psiquismo”.

viernes, 10 de marzo de 2017

Un apunte sobre el amor.

La capacidad de los amantes para acercarse a su partenaire y expresarle sus sentimientos afectuosos y eróticos necesariamente se altera debido a la vulnerabilidad y los conflictos estructurales del carácter de cada uno de ellos. Los sujetos son tramposamente escurridizos, y esto hace que la búsqueda del objeto, el intento de llegar al otro y conectarse con él o ella —según el caso— sea una tarea realmente fascinante y verdaderamente complicada.

Psicoanálisis del primer coito de la mujer.

Para la mujer el primer coito tendrá un significado preponderante para el resto de su vida sexual, ya que del comportamiento que tenga su partenaire en la intimidad con ella dependerá —en buena medida— su evolución sexual y afectiva posterior.
Las niñas que han tenido un desarrollo psicosexual satisfactorio para asumir con gusto su género femenino en el sentido amplio del término, capaces de disfrutar orgasmos plenos en su edad adulta, pueden ser traumatizadas por su primera relación sexual, sobre todo si, aparte del deseo, están muy enamoradas de su novio o si están vinculadas por los lazos del matrimonio, ya que la donación de su cuerpo a un hombre en el coito es, para una mujer que asume su sensibilidad sexual, una entrega mucho más importante que la que le hace el hombre, y esto por el sólo hecho de la «sobreestimación del sexo fálico del hombre».
El sentimiento que pueda tener la mujer del fracaso erótico o el descubrimiento de su error en la elección sentimental después de su primer coito tendrán por resultado una herida narcisista en toda su persona, que agregan, de este modo, sentimientos de inferioridad reales a una experiencia corporal sentida siempre como una violación, que ella esperaba como «revelación voluptuosa» y que se volvió más bien en «violación castradora». En efecto, este fracaso es, por cierto, un traumatismo para el narcisismo, tanto en la esfera sexual como en su persona; en la mayoría de los casos, ésta decide, entonces, defenderse frente a todos los hombres, generalizando su primera experiencia desafortunada con su pareja porque no fue delicado o simplemente porque sexualmente se comporto inmaduro con ella.
“Ella esperaba tanto y lo perdió todo: su virginidad, sus ilusiones y su confianza en la vida. Esto puede transformarla en una mujer narcisista frígida por venganza pasiva o hacerla aquejada de vaginismo por un Yo neurótico, sometido al conflicto entre su deseo de poseer inconscientemente el pene de su padre de modo caníbal y su frigidez vaginal vengadora”.
En el caso de una virgen núbil desde hace mucho tiempo, el primer coito resulta siempre un fracaso desde el punto de vista erótico. No se trata de que la rotura del himen sea dolorosa, sino de que se espera que probablemente deba de serlo y, por esa razón, la mujer está centrada en sus propias sensaciones, en lugar de estarlo en las que proporciona su partenaire, sin contar sus preocupaciones a propósito de la hemorragia espectacular y valorizante. Además, ese primer coito, en relación con la espera mágica que subyace al deseo fantaseado largo tiempo, aparece a veces como de humor negro o de vodevil en comparación con la gran escena voluptuosa y romántica de los ensueños de la fémina. “En suma, para la mujer, el primer coito es, a lo sumo, un éxito erótico a medias, nunca un éxito real, sufre más de lo que efectivamente puede obtener” .
Hay siempre riesgo de regresión, debido a la evocación de fantasmas sádicos endógenos, por desviación narcisista. Desde el punto de vista narcisista, el primer coito puede ser un enorme éxito, como puede ser, por el contrario, un fracaso catastrófico. Y esto sólo depende del hombre, más que de ninguna otra cosa; pero, en la mayoría de los casos, el hombre es aun más inmaduro que la mujer. Será un enorme éxito si éste sabe sentir reconocimiento por la intención de donación de ese cuerpo que se le ha hecho, si sostiene el orgullo de ella en su promoción de mujer; pero el suceso es, en general, para él, eróticamente gratificante y, a poco que no haya sido confirmado de modo narcisista por la verbalización admirativa de su pareja sobre la potencia de su sexo, se sentirá desposeído por el orgullo de su pareja, hecha mujer a expensas de su nueva asunción de la castración. Será un fracaso catastrófico si el hombre parece indiferente después del acto sexual, sobre todo si tuvo que mostrarse brutal corporalmente.
En el caso de que el primer coito haya sido un éxito o, por lo menos, un éxito a medias de placer y un éxito de afecto acrecentado y de confianza recíproca consolidada entre los miembros de la pareja, es probable que la evolución sexual de la mujer sea propensa a orgasmos cada vez más completos y satisfactorios.
Mientras la mujer no haya sido reconocida por su partenaire como valiosa, bella en su desnudez y deseable, quedará desprovista de modo narcisista de valor estético genital.
La represión de la libido genital, si bien puede existir espontáneamente de manera endógena, es muy tardía en la vida de las mujeres y sólo proviene de un fracaso erótico debido a la incapacidad sexual de su pareja o a su incapacidad emocional.
Para la mujer, la represión genital es el fruto mortífero de una consumación genital con una pareja que tiene, a su vez, una herida narcisista y cuyo sexo o persona no ha alcanzado un nivel de evolución sexual genital.

jueves, 9 de marzo de 2017

El cuerpo sexualizado de la mujer.

Malcolm Pines manifiesta: “Comparando los cuerpos del niño y la niña pequeños, Helene Deutsch hace hincapié en la manera en que se descubre el pene desde el principio, se estimula constantemente, y se convierte en una zona erotogénica antes de estar preparado para cumplir sus funciones biológicas [...]. Como el clítoris no es un órgano sexual satisfactorio, no se le puede atribuir la misma libido que al pene. Debido a esta tiranía menor del clítoris, la mujer puede seguir siendo infantil a lo largo de su vida, y «para ella todo su cuerpo puede considerarse como un órgano sexual»”.
Éstas primeras ideas destacan la importancia de la «envidia del pene» y la sensación de inferioridad que las mujeres experimentan durante su desarrollo psicosexual, reconociendo todo su cuerpo femenino como un órgano sexual.
Para el psicoanálisis es verdad que las mujeres actúan como si todo su cuerpo fuera un órgano sexual. Los casos patológicos incluyen una amplia gama de ataques que las féminas ejercen contra su propio cuerpo y que pueden considerarse perversos, verbigracia, la anorexia, la bulimia y la automutilación. Es bien sabido que estas condiciones se dan con mayor frecuencia entre las mujeres que entre los hombres. Incluso van acompañadas de desajustes menstruales que pueden ser indicadores de una serie de problemas psicosexuales no resueltos, no sólo en relación con sus imagen corporal (consciente e inconsciente) sino también con relación a la aceptación de su sexualidad y de sus funciones biológicas inherentes.

El odio inconsciente que padece el sujeto perverso.

Tanto para el hombre como para la mujer la perversión implica una profunda ruptura entre la «sexualidad genital madura» como fuerza vital, renovadora y amorosa, y la precaria sexualidad que denota, que en realidad corresponde a etapas primitivas de su desarrollo: «pregenitalidad» (antes del Complejo de Edipo) mismas que impregna todo el cuadro de su vida sexual.
En el caso de la perversión masculina, la profunda ruptura se da entre lo que el sujeto experimenta como su madurez anatómica y las representaciones mentales de su cuerpo, en el que se ve a sí mismo como un bebé indefenso, incontenible y desesperado. Por lo tanto, aunque responda físicamente con un orgasmo genital, las fantasías que se representan en su psique pertenecen a las etapas preedípicas.
Posteriormente, ya en la adolescencia o adultez, se prepara para vengarse, careciendo de la conciencia de su odio que subyace en todo impulso sexual. De hecho, habitualmente no comprende qué es lo que le domina ni por qué razón hace esas cosas que, en realidad no le proporcionan un placer sosegado sino una breve sensación de bienestar, aunque con la duración suficiente como para aliviar momentáneamente su creciente ansiedad o angustia. Desconoce por qué una sensación extraña, que sabe perfectamente que no es correcta por considerarse socialmente inaceptable, hace que se sienta mejor. Le resulta aun más desconcertante saber que existen alternativas que obviamente le serían mucho más satisfactorias y que son admisibles en su entorno social. Es consciente, con todo el dolor que ello implica, de la compulsión a repetir la acción, pero no es del todo consciente de la hostilidad que la provoca. Además, la certeza de quién es la persona a la que odia y de la que quiere vengarse verdaderamente en sus actos perversos, permanece sumergida en su inconsciente.
Ahora bien, se suponía que las mujeres eran incapaces de cometer actos perversos al igual que los hombres pero bajo las observaciones que nos proporciona el psicoanálisis desde hace dos o tres décadas, nos ha mostrado que la principal diferencia entre la acción perversa masculina y femenina está en el objeto ¿Qué significa esto? Que mientras en el caso de los hombres el acto perverso se dirige hacia un objeto parcial externo, en el de las mujeres habitualmente se dirige contra sí mismas, bien contra sus cuerpos o contra objetos que consideran de su propia creación, esto es, sus hijos. En ambos casos, cuerpos e hijos son tratados como objetos parciales.
El perverso siente que no se le ha permitido disfrutar de la sensación de una evolución propia como sujeto diferenciado, con una identidad propia; en otras palabras, no ha experimentado la libertad de ser él mismo. Esto crea en su interior una profunda convicción de que no es un ser total, sino un objeto complementario de su madre, tal y como experimentó a su progenitora cuando era muy pequeño. Esto aunado a sentirse durante su infancia como no querido, no deseado, e ignorado, alternadamente como un vástago importante pero casi indiferenciable regularmente de su madre. En este último caso el infante se siente sofocado y sobreprotegido (lo que en términos del psicoanálisis significa totalmente desprotegido). Ambas situaciones crean una enorme inseguridad y vulnerabilidad, e inducen un odio intenso hacia la persona que las ha provocado cuando era infante: su madre. El sujeto perverso por lo tanto pasa de ser víctima a ser verdugo. En sus acciones perpetran las represalias y humillaciones que previamente se le infligieron. Tratan a sus víctimas de la misma forma en que ellos se sintieron o fantasearon ser tratadas: como objetos-parciales que sólo existen para satisfacer caprichos y extrañas expectativas. En consecuencia tal actuación sexual que presenta el perverso es una defensa maníaca contra los terribles temores relacionados con la amenaza simbólica de perder a la madre y un sentido de identidad, algunos psicoanalistas van más allá, distinguiéndola como la «identidad de género» en el caso de los hombres.
El rasgo fundamental de la perversión es que, simbólicamente, el sujeto intenta vencer el miedo terrible a perder a su madre a través de la acción perversa. Siendo niños nunca se sintieron a salvo con su madre, por el contrario consideraban a su progenitora como una persona muy peligrosa, lo que les producía una sensación de máxima vulnerabilidad. Por consiguiente, la motivación subyacente a la perversión es de tipo hostil y sádico. Este mecanismo inconsciente es característico de la mente perversa.

miércoles, 8 de marzo de 2017

El origen de la perversión del hombre.

Dentro del tradicional marco psicoanalítico –es decir, las teorías postuladas por Sigmund Freud– la perversión en los hombres se interpreta como el resultado de un Complejo de Edipo no resuelto que incluye como componente central y fundamental la angustia producida por la castración. Cuando el varón edípico llega a la edad viril es incapaz de experimentar la primacía genital con una mujer, ya que su madre permanece en su inconsciente y siente una extrema angustia ante la posible castración ejercida por su padre. Pasará a renegar la diferenciación entre los sexos y crea una «madre fálica».
Esta «teoría tradicional», con su paralelismo impuesto entre niños y niñas, fue abandonada por otros investigadores a la luz de estudios sistemáticos de las observaciones de la simbiosis madre-bebé y la conciencia de la importancia que tiene para ambos sexos el período de apego a la madre, o la llamada fase pre-edípica (desde recién nacido hasta los tres años de edad).
En la actualidad se considera que la psicopatología perversa en los hombres se desarrolla en esta fase, durante la cual la psicogénesis está profundamente relacionada con los intensos temores de ser abandonado o seducido por la madre, así como el «trastorno de la identidad de género» que tergiversa la estructura psíquica. Parece evidente que la perversión masculina es regularmente el resultado de un conflictivo con el primer objeto de amor (madre) que se ubicaría —reiterando— entre el nacimiento y los tres años de edad aproximadamente.

lunes, 6 de marzo de 2017

Los juegos del infante descubriendo su sexualidad.

Podríamos decir que son más bien los niños los que muchas veces se traumatizan más que las niñas por observar que estas últimas carecen de pene (angustia de castración que perdurará inconscientemente toda la vida en los varones) y, por consiguiente, reaccionan a menudo —según la descripción de Sigmund Freud— despreciando al sexo femenino por temor a una «identificación peligrosa».
El encuentro que tienen las niñas con los niños que presentan un marcado trauma por el Complejo de Castración puede aumentar la decepción de ellas. Ocurre también que el niño (varón) a menudo juega al médico en un intento de exploración manual o visual por encontrar el «órgano viril enterrado» en las niñas; esos juegos de exploración hacen descubrir a los dos participantes de las emociones contagiosas del placer, etapa necesaria para la adquisición posterior de las sublimaciones.
Es frecuente observador a niñas entre tres a seis años de edad tener una marcada curiosidad por ver como orinan los niños (varones) o incluso los hombres adultos.
Ahora bien, las niñas tienden a interiorizar su decepción, su «no-pene» de hoy, y esperan en secreto que ocurra un milagro (fantasean) y que al cabo del tiempo les crezca un pene. Con esta esperanza, exploran y palpan prolijamente su clítoris y sus labios vulvares. Pueden dedicarse también a la masturbación clitoridiana, pues la masturbación no sólo es cuestión de manipulaciones físicas, sino también de actitudes autoamorosas, y desarrollar incluso una especie de complejo de virilidad, descrito por Freud como una negativa a acceder a la realidad de su sexo vaginal.

La conversación íntima madre-hija.

Entre los seis y siete años de edad aproximadamente —en plena incandescencia emocional por el Complejo de Edipo— la niña (mujer), el hecho de haber observado o escuchado las relaciones sexuales de una pareja, o la de sus padres, así como la verbalización por otros niños del modo como se dan estas relaciones íntimas pueden producir un traumatismo en la niña. Esto dependerá primordialmente de la situación emocional que exista entre la madre y la hija ¿Qué significa esto? En efecto, a la edad señalada con anterioridad, la «angustia de violación» actúa —en la niña— por sí misma como estimulante de la voluptuosidad genital mantenida a raya por los sentimientos legítimos de «inferioridad personal» (carencia de pene), que la niña recurra a la seguridad representada por la madre, cuando ésta es amada y comprensiva, resulta ser efectivamente útil. Cuando la niña refiere lo que ha visto o escuchado u oído decir y, por prudencia, testimonia su rechazo y su estupefacción frente a las declaraciones de sus amistades de su misma edad que sostienen haber presenciado de alguna manera el coito, todo dependerá del modo en que la madre la acoja; si asiente sobre la exactitud de los hechos y agrega las nociones de deseo y de placer que forman parte de la vida sexual de los adultos, así como la de fertilidad eventual como efecto del coito, esta acogida abrirá el camino del «desarrollo libidinal genital sano». Cuanto peor acogida reciba la niña y menos aclaraciones se le brinden, tanto más culpabilizará sus propias pulsiones genitales.
Esta explicación dada por la madre con ocasión de esta «confidencia» permite que el acontecimiento contribuya a la serenidad del sentimiento de pertenecer al género femenino. Si en lugar de regañarla, castigarla o negar el hecho, la madre afirma la realidad de la penetración del sexo femenino por el sexo masculino que la niña ha podido observar por azar o que le fue contada por otros niños, si acompaña esta confirmación con la explicación de la que carecen a menudo las niñas pequeñas, de la necesidad de la erectilidad pasajera del pene, si la madre le explica la motivación voluptuosa de este hecho, permite que su hija acceda a la comprensión del papel de la «complementariedad armónica entre el hombre y la mujer». Por supuesto, la madre debe aclarar que, cuando las personas son adultas, cuando sus cuerpos y sus corazones están de acuerdo, se trata de placer natural, y no representan de ningún modo disgusto o dolor alguno. Tal conversación inducida por un acontecimiento fortuito, como ocurre siempre en esta época de la vida de una niña, aporta, con la realidad al fin completa, cierta seguridad en relación con las emociones perturbadoras que sintió y que reconoce muy bien en sí misma, quizás en los márgenes de su conciencia clara, sostenida por la indulgencia comprensiva de la madre. Así, la noción actual de la renuncia sexual al objeto adulto sólo queda mejor reforzada. Cuanto más se expliquen y conozcan las relaciones sexuales, tanto más neto será el renunciamiento, por motivaciones endógenas, por lo menos pasajeras, hasta la nubilidad, edad lejana aún para ella en la cual el aspecto físico de su cuerpo le es anunciado por su madre, que le explica que se volverá semejante al de todas las mujeres y con ello disfrutará del amor y la sexualidad que se le presenten durante el resto de su vida.

domingo, 5 de marzo de 2017

La homosexualidad subyacente femenina.

Algunas mujeres heterosexuales a primera vista, podrían guardar inconscientemente tendencias homosexuales, aceptando como parejas generalmente a hombres marcadamente poco viriles o afeminados, ya que la masculinidad representa: miedo o agresión; siendo su partenaire por lo tanto un sustituto realmente maternal para ellas.

La espera ansiosa del castigo en el sujeto masoquista.

Posiblemente para llegar a ser un sujeto masoquista se necesitan que converjan dos cosas, primero que se susciten varias experiencias voluptuosas en la infancia y posteriormente —ya en la adolescencia donde concluye el desarrollo sexual— estas experiencias se asocien a la pulsión sexual propiamente dicha. Tal parecería que estas dos características unidas dan por resultado, regularmente, una personalidad tímida, rasgo muy común en el sujeto masoquista.
Aunado a esto podemos citar a Richard von Kraft-Ebing cuando dice: “Cuando la idea de ser tiranizado se asocia durante mucho tiempo a un pensamiento libidinoso de la persona amada, la emoción lujuriosa se transfiere finalmente a la tiranía misma y se completa la transformación en una perversión”.
Algunos psicoanalistas asocian el masoquismo con experiencias infantiles aterradoras o algunas experiencias sexuales crudas y crueles, fundamentadas en el «abuso». Sin embargo, regresemos a nuestro primer planteamiento ¿qué es la voluptuosidad? Según el diccionario: “Es una sensación que causa placer intenso y embriagador de los sentidos”, es decir, una especie de borrachera placentera, no dice nada respecto del dolor, aunque en la voluptuosidad existe una cierta dosis de miedo y expectación, se trata, pues, de una experiencia indiferenciada.
Ahora bien, los sujetos adultos pueden reconocer esa sensación, aunque es decididamente difusa y quizá se podría asociar con la plenitud, o la sensualidad o la ebriedad, digamos que es una sensación inespecífica pero placentera de la que se puede dar cuenta como algo que estremece.
Esta sensación se puede reconocer en el orgasmo, en la contemplación estética, en la ansiedad ante una prueba, en la sensación placentera que sigue al ejercicio físico, una sensación de estremecimiento que implica a todo el cuerpo y que sólo admite al placer como un elemento más de esa combinación.
«¿Puede el castigo desencadenar una sensación voluptuosa? Si leemos con atención lo que escribió Jean-Jacques Rousseau, caeremos en la cuenta de que quizá el castigo, no es por sí mismo el que provoca esta reacción, sino la tensa espera en recibirlo y —quizá— la secreta convicción de merecerlo». En cualquier caso es el castigo quien libera de facto la voluptuosidad largo tiempo contenida o, reprimida.
Posiblemente el castigo por sí mismo no es placentero en ningún caso: los masoquistas no tienen orgasmo durante el castigo, sino que les sirve de preámbulo al Goce sexual propiamente dicho y por lo tanto ahora sí, merecido. En este sentido parece contradictorio utilizar el término “algolagnia”, o el pensar que los masoquistas «disfrutan» cuanto atraviesan por el dolor, o que lo sienten «diferente» a los demás ,o que incluso disfrutan siendo maltratados, esta opinión es más producto de la ignorancia que una aproximación definitiva a la verdad desde el punto de vista del psicoanálisis.
Hay dos conceptos bastante aceptados por la sexología, el término excitación y el término orgasmo, siendo éste último la culminación a dicha excitación. Evidentemente nos referimos a la excitación sexual, pero no toda excitación es sexual, con independencia de que algunos sujetos sólo pueden excitarse con la mediación del miedo. Y no toda excitación es placentera, confundiéndose muchas veces con la disforia, es decir, un estado de desasosiego, irritable, egodistónico que nunca termina por ser voluptuoso o placentero, sino colérico o precediendo a un ataque de pánico.
En otro orden de ideas, excita (estremece o sobrecoge) el miedo y la cólera, razón por la cual el sujeto es asiduo a ver películas de terror, donde proyecta su «Goce reprimido» (inconsciente) y obviamente conscientemente negado, le excita la sangre y la contemplación de la violencia, el maltrato, la humillación, etcétera que no es más que un fenómeno de proyección similar.
Existen excitaciones tolerables y excitaciones prohibidas. Las prohibidas, simplemente se niegan (reprimen) y se le atribuye a otro, si es en el personaje de una película —mucho mejor— allí existen oportunidades más que sobradas para poder disociar.
En realidad las películas tienen mucho más de ficción que de verdad, por lo tanto no deberían causar miedo, más bien se trata de simulacros que ejercen un efecto "como si" fueran experiencias reales. La excitación sadomasoquista que obtenemos de los filmes de terror es un ejemplo de ello, son excitaciones intolerables, que nadie aceptaría poseer o experimentar de buen grado, a pesar de ser un fenómeno generalizado resulta de alguna manera placentero (voluptuoso).