Social

"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

Publicaciones destacadas

Image Slider

lunes, 6 de febrero de 2017

El diálogo masoquista.

A veces la incesante necesidad de atacar, desvalorizar, y destruirse a uno mismo aparece de dos formas en el sujeto masoquista: directa o disimuladamente. Estos sujetos son perseguidos por constantes ideas de no ser valiosos, de ser inútiles, estar vacíos, haber malgastado su vida, no estar interesados en nadie, ni tampoco que alguien este interesado en ellos. Son incapaces de obtener placer de alguna actividad, o con algún propósito, incluyendo las experiencias sexuales.
Lo llamativo de estas autoacusaciones y lo que las diferencia de las autodevaluaciones sobrevaloradas o ilusorias en los sujetos que padecen una depresión grave, es la falta de cualquier intento de justificar ante sí mismos estos juicios extremadamente duros.
La irritación y el enojo de los masoquistas muestran normalmente cuando se les invita a explicar ¿qué los hace sentir tan poco valiosos? contrastan con los esfuerzos de los sujetos deprimidos por «convencer» a quien hace el diagnóstico de la razonabilidad de su autodevaluación.
En la interacción con el psicoanalista, el masoquista da la impresión de tener una posición irritable y resentida, en lugar de la tristeza o la desesperación que caracteriza a las depresivos crónicos. Cuando se les señala algún logro o indicador de mejor funcionamiento en un aspecto de sus vidas, los masoquistas pueden responder con un ataque airado y denigrante al psicoanalista que se atreve a hacer tal afirmación. En realidad, rechazan y atacan incansablemente a todo aquel que intente calmarlos o animarlos. Durante mucho tiempo, tienden a reducir y extinguir sus compromisos sexuales, sentimentales, laborales, profesionales y sociales, retirándose a una existencia vacía, monótona y parasitaria.
El contraste entre su autodevaluación crónica, por una parte, y su actitud grandiosa, malintencionada, y derogatoria hacia cualquiera que desafía sus convicciones, por otra, refleja una grandiosidad y arrogancia primitivas que forman parte inherente de su estructura de personalidad narcisista, así como su identificación inconsciente con el abrumador potencial de una incesante fuerza destructiva (de la cual, al mismo tiempo, son víctimas). Estos sujetos pueden ser considerados casos extremos que entran en las características de un «carácter masoquista-narcisista».

El deseo.

Sólo en la pobreza del deseo se encuentra la riqueza de su cumplimiento.

El inextricable camino a la masculinidad.

El primer y principal modelo de identificación es la madre, trátese de un niño o una niña (por lo que podemos decir que todos partimos del género femenino cuando nacemos) pero para que se establezca el núcleo de la identidad de género masculino en el niño (varón) éste debe buscar activamente la identificación con los hombres, por lo que debe necesariamente desidentificarse de su madre a partir de los dieciocho a los veinticuatro meses de edad aproximadamente.
Si el niño (varón) después de los veinticuatro meses continua imitando la dulzura, los movimientos, los gestos maternos, se feminiza. Por tanto, si bien el varón cuenta con la ventaja que su objeto de amor no varía a lo largo de su evolución (hacia las mujeres), no es tan simple en cuanto al desarrollo de su identidad de género, pues la identificación a la madre no promueve su masculinidad.
Esta modificación a las ideas de Sigmund Freud sobre el desarrollo psicosexual, proviene sobre todo de los hallazgos de Robert Jesse Stoller en los casos de transexualismo masculino.
Los niños desarrollan una identificación femenina temprana que no parece resultar de un grave conflicto, pero si esa unión-fusión es «prolongada, constante y absorbente» con la madre, además de un conjunto de factores que, si cumplen la condición de hallarse todos presentes, darían como resultado un transexual varón. Estos son los factores que podrían intervenir decisivamente en el trastorno de la identidad de género: gran belleza física del infante varón; exacerbada intimidad y cercanía en la relación temprana madre-hijo (que se acerca al modelo de relación incondicional y además perfecta de la cual el niño no parece querer desprenderse tan fácilmente); madres con severos síntomas de masculinidad en su desarrollo o deseos de ser varón que experimentan con una extrema felicidad y orgullo; mujeres que previamente al nacimiento del niño sufren una depresión crónica sin esperanzas, una vida inerte sin ningún otro estímulo afectivo proveniente del exterior; relaciones de pareja caracterizadas por prolongadas ausencias físicas del esposo, graves conflictos en el vínculo emocional con su partenaire, o incluso una indiferencia total con su cónyuge; un esposo pasivo, inafectivo y despreciado por ella que abandona totalmente la crianza del niño en sus manos; una madre carente de afectos por parte de su cónyuge y emocionalmente apartada de él; y el deseo consciente o inconsciente de la madre por tener una hija (sexo biológico hembra) pero que para desgracia de ella, resulta ser niño (sexo biológico macho).
Lo que más llama la atención de este tipo de relaciones es la calidad de la intimidad entre madre-hijo (simbiosis patológica) que se denota en la forma en que se miran a los ojos, la intensidad de sus abrazos, la suavidad de la voz, lo prolongado de las caricias, la forma de yacer entre sus brazos. Stoller acota que estas cualidades de la relación madre-hijo están representadas en el caso de dos enamorados adultos, que despiertan y desarrollan el sentimiento de fusión, pero en el amor adulto la intensidad de la fusión se apoya en su contrario, el odio; dentro de esta fusión existe también una clara conciencia mutua de lo que es la separación y diferencia, «esto es gracias al sentimiento del odio que tiene la función constante de separar y poner un límite entre los amantes para evitar ser absorbidos mutuamente». Cuestión que obviamente se encuentra ausente en el vínculo-fusión-patológico madre-hijo.
El interrogante es ¿qué sucede frente a estos mismos fenómenos cuando no se ha logrado esta conciencia de sí? Si la ilusión reduce hasta tal punto la brecha entre madre-hijo, si en términos del psicoanálisis el niño es el «falo de la madre sin cuestionamiento», entonces el niño está encantado de ser, «él todo para su madre», ¿qué impulsaría tanto a la madre como al hijo a abandonar este idilio?
Lo importante a resaltar es que aun tratándose de la máxima intimidad madre-niño, de una simbiosis sin corte, de una progenitora que observa cómo su hijo varón comienza a vestirse y tener actitudes de mujer, y lejos de rechazarlo lo estimula secretamente, o incluso se comporta cómo «la que nada ve»; tanto la relación en sí misma como el transvestismo del niño aun no poseen un carácter erótico-genital por estar en una temprana etapa, antes del Complejo de Edipo. O sea, esta profunda intimidad madre-hijo, y la serie de factores ya mencionados, conducen a una identificación femenina del niño a la madre de tal intensidad y poder transformador sobre el Yo, que «tan pronto el niño descubre la diferencia de sexos comienza a desear ser mujer», deseo previo a cualquier elección de objeto sexual.

domingo, 5 de febrero de 2017

Las complicaciones del género masculino.

La transmisión de la masculinidad, no sólo proviene del padre real —en tanto prototipo efectivo de los atributos concernientes a este género—, sino también del fantasma de la masculinidad que se encuentra en el inconsciente del padre y de la madre, así como de la ideología consciente que posee la familia entera sobre el género masculino.
El óptimo investimento narcisista en la masculinidad y en el rol del género masculino se establecerá en el niño cuando el padre y la madre muestren visible orgullo de la masculinidad paterna y de presunción absoluta de la masculinidad del niño.
Si el padre es controlador y dominante, no permitirá la identificación adecuada del niño con él, pudiendo el infante tomar una actitud pasiva y dependiente que obstaculice la asunción de comportamientos del rol, que por otra parte simultáneamente exigirá como imprescindibles de la masculinidad: independencia, asertividad y capacidad de decisión.
Si la madre domina y desvaloriza, o rechaza de manera franca y abierta los aspectos masculinos de la relación con el esposo, el niño encontrará serios obstáculos en ver las ventajas narcisistas en la identificación masculina; por el contrario temerá ser dominado, empequeñecido y perder la estima de la madre, lo que dificultará su desidentificación oportuna de ella. Pero también parece tener una enorme importancia cómo el niño ve, concibe, y va experimentando la masculinidad de su padre; si su padre que es una «imago-parental idealizada» comienza a ser contrastado por el niño de manera que sus comportamientos de rol no se adecúan a los fijados como modelo, también esto afectará cuan narcisizada e ideal pueda construirse la masculinidad.
Podríamos resumir entonces que el padre participa en la construcción de la masculinidad del niño en forma múltiple, esto es como modelo ejemplar del cuerpo anatómico del padre-hombre; así como modelo de hombre masculino en sus roles sociales; también como modelo que valoriza su propia masculinidad y desea favorecerla en su hijo (su capacidad donativa); además como modelo de hombre masculino aceptado y deseado por una mujer-esposa; y por último de manera activa por la promoción de deseos y conductas en el hijo —a través de sus propios deseos y expectativas acerca de qué es lo que quiere que el hijo varón sea—, y por el grado de compromiso en impulsar esta identidad.

La hipocondría.

La hipocondría es una característica de la neurosis de ansiedad, esto se observa en la ocupación constante que tiene el sujeto con su cuerpo que corresponde a la baja estima que el neurótico da al mundo exterior.
El hipocondríaco siente que no tiene permiso para vivir sus deseos e impulsos, reflejando el compromiso predominante que tiene respecto con el objeto primario omnipotente: su madre.
Generalmente la madre ha cuidado demasiado a su vástago desde recién nacido: “Ella ha tratado de salvarlo del mundo malo”.
La hipocondría es una especie de comportamiento obsesivo que se refiere al bienestar del propio cuerpo. Los pensamientos hipocondríacos se dirigen a los síntomas de ansiedad u otras enfermedades psicosomáticas que se encuentran si los impulsos autónomos operan contra el poder de apego de los objetos omnipotentes (madre o padre o cuidadores de la primera infancia).
La hipocondría también suele aparecer durante el psicoanálisis, si los sentimientos de culpa emergen mientras el psicoanálizado intenta separarse de dichos objetos todopoderosos.

Un apunte sobre el sujeto Don Juan.

La represión y la compensación de la sexualidad que manifiesta el sujeto que se le denomina “Don Juan” es característica de un trastorno de la dedicación, compromiso y el miedo a la intimidad erótica. Una de las causas de esto es el poder y la atracción del apego que ejercen los padres hacia el infante que le dificulta que contraiga un vínculo monógamo en la edad adulta.
Los mensajes directos o disimulados que expresan los progenitores hacia sus vástagos: "Tú eres mío" o "Eres de mi pertenecía" hacen dudar al hijo cuando crece de la relación con su partenaire o incluso con sus amistades. Para el sujeto estas manifestaciones han quedado sepultadas en su inconsciente en forma de: “Como el amor de mis padres fue inextricable en mis primeros años, ahora en cada vínculo de amor o amistad que comienzo lo percibo como un signo de infidelidad”. Razón por la cual los impulsos agresivos se mezclan con la sexualidad. El coito anal (sodomización) tiene su origen profundo en la búsqueda inconsciente del universo sádico anal que es un «muestra simbólica» para la madre de su fidelidad inquebrantable.

sábado, 4 de febrero de 2017

La omnipotencia del infante hasta dios.

Cuando el infante va creciendo la experiencia le va enseñando que su omnipotencia va desapareciendo en la que depositaba su íntima convicción de ser capaz de satisfacer todos sus deseos —primero con la sola fuerza del deseo y más tarde por medio de gestos y signos verbales—, por lo cual empieza a fantasear que existe algo «divino», o «superior» (madre o educador), cuyos favores conviene asegurar para que los gestos o palabras sigan influyendo en esos sujetos que los percibe como todopoderosos.
Ahora bien, en la historia de la humanidad este estadío corresponde a la fase religiosa. Es un estadío en el que el ser humano ha aprendido ya a renunciar a la omnipotencia de sus propios deseos, pero la idea de omnipotencia sigue intacta, esto significa que la va ha transferir simplemente a seres superiores (dios, santos, etcétera), quienes en su benevolencia conceden a los hombres todo lo que piden a condición de que sean respetadas determinadas ceremonias a las que tienen derecho, por ejemplo, el bautizo, el ayuno, asistir a sus templos, seguir los preceptos que señalan o algunos comportamientos, o bien alguna fórmula de plegaria que complace a su dios o ente divino.
La tendencia muy común a depositar una confianza ciega en las autoridades o instituciones puede ser considerada como una fijación en este estadío del sentido de la realidad.
Pero la decepción infligida al sentimiento de omnipotencia del niño es rápidamente seguida por otra decepción relativa al poder y a la benevolencia de las autoridades superiores (padres, profesores, etcétera). Advierte que el poder y la benevolencia de tales autoridades no suponen demasiado; que ellas tienen que obedecer también a otros poderes superiores (los padres a sus jefes, o el soberano a dios); personajes divinizados que se muestran a menudo como seres mezquinos y egoístas que persiguen su beneficio incluso a expensas de los demás; por último, la elección de la omnipotencia y de la gracia deben desaparecer por completo para dejar en su lugar la noción de una ley que rige los procesos naturales con constancia e indiferencia.
Esta última decepción corresponde a la fase proyectiva o científica —según Sigmund Freud— del sentido de la realidad. Pero cada etapa superada en el rudo camino de la evolución puede ejercer una influencia decisiva sobre la vida psíquica, crear un punto vulnerable, un lugar de fijación al que la libido puede siempre regresar y que volverá a hallarse posiblemente en una manifestación de la vida ulterior.
Las diferentes manifestaciones de duda patológica, escepticismo y desconfianza sistemáticas son un «retorno a esta posición (aparentemente) superada».
Se sabe que la primera desilusión que sufre el niño en torno a su propio poder ocurre al mismo tiempo que el despertar de exigencias que no puede satisfacer mediante la fuerza de su deseo sino cuando modifica el mundo exterior. Esto es lo que obliga al sujeto a objetivar el mundo exterior, a percibirlo y a asegurarse de la objetivación, de la realidad de un contenido psíquico. Es la proyección primitiva, la división de los contenidos psíquicos en «Yo» y en «no-Yo». Sólo le parece «real» (es decir, existente con independencia de su imaginación) lo que se «hilvana» en su percepción sensible independientemente de la voluntad e incluso a pesar de ella.

viernes, 3 de febrero de 2017

Los accesorios decorativos corporales.

Los accesorios decorativos corporales.

El sentido que hombres o mujeres le brindan a los accesorios decorativos corporales, como pueden ser los aretes, pulseras, anillos, corbatas, prendedores, moños, bolsos, etcétera, en cierta manera los sujetos añaden, por así decir, una parte del mundo exterior a su cuerpo y lo hacen con el objetivo inconsciente de acrecentar o extender su Yo; estos accesorios «despiertan en general la agradable sensación de una presencia psíquica que supera los límites de nuestro cuerpo a lo que estamos supeditados». Psicoanalíticamente hablando, por supuesto.

La relación padre-hijo.

Cuanto más intrusivo es el padre en la vida de su hijo, mayor puede ser la rabia contra el objeto parental devorador que no deja de violar la privacidad de su vástago; pero también sucede que el padre a menudo toma una postura alejada en la familia, por lo que el infante o incluso el adolescente se siente abandonado por su progenitor. Una respuesta típica de estos sujetos en la edad adulta es: “Mi padre nunca tuvo mucho tiempo para mí”.
Los niños se decepcionan por el insuficiente amor del padre por lo que cuando crecen regularmente permanecen vulnerables, malhumorados, narcisistas y coléricos.

La personalidad infantil en el sujeto adulto.

Las características de grandiosidad y omnipotencia que se presentan en el sujeto adulto son conductas simbióticas; esto significa que no son una «manifestación directa de introyección primitiva e identificación con el fin de la defensa, sino que están directamente relacionadas con la simbiosis madre-hijo desde un inicio».
Un sujeto que no logre separarse adecuadamente de su «mundo infantil» tiende a cultivar fantasías todopoderosas. Generalmente estos sujetos fueron exacerbadamente amados y consentidos durante su infancia por uno o ambos padres. Cabe señalar que este tipo de sujetos —con personalidad infantil— mantienen un sentimientos de inferioridad, porque no llegaron a posicionarse en el mundo de los adultos.
En este orden de ideas, bajo el psicoanálisis, también observamos a sujetos que carecieron del amor y atención adecuada a cargo de sus padres por lo tanto compensatoriamente alimentan su inferioridad con la actitud de omnipotencia y grandiosidad.
Regularmente estos sujetos expresan estas ideas: "Nunca me casaré", "Jamás tendré hijos", "Nunca haré eso", "Ningún psicoanalista esta preparado para ayudarme", "Nadie me entiende", "Lo he intentado todo", "Nadie me quiere". Estas generalizaciones sirven para denigrar cualquier vínculo y en consecuencia mantener la simbiosis infantil con el objeto parental vigente; sentencias como: "Ella realmente no me ama." O "El psicoanalista no es suficientemente sensible" son pretextos para mantenerse al margen y salir intactos de cualquier conflicto que pudiera alterar su frágil equilibro psíquico.
Obviamente el sujeto con rasgos de omnipotencia o grandiosidad no está dispuesta a abandonar fácilmente su patrón infantil porque la relación padres-hijos descrita, ha sentado el precedente para todas las futuras relaciones intersubjetivas que se susciten a lo largo de su vida por lo que presentará dificultades para comprometerse en una relación estable.
Estos sujetos se ofenden relativamente rápido, su umbral de tolerancia es casi inexistente; razón por la cual se retiran o reaccionan con el enojo narcisista. Están enamorados de sí mismos, con ideas inquebrantables y actitudes fuertemente arraigadas que presentan en casi todas sus relaciones humanas.
La grandiosidad también puede ser alimentada por la defensa de un estado de ánimo depresivo subyacente. Esto es muy común observar en los sujetos que no pueden soportar el proceso de luto, depresión y despedida, por lo cual pueden elegir la defensa de comportarse de manera arrogante y soberbia, como si el dolor fuera algo distante o ajeno a ellos.