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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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martes, 3 de enero de 2017

La infancia infeliz.

Siempre hay que desconfiar durante la sesión psicoanalítica del adulto que dice haber vivido una infancia feliz (aunque lo asegure) ya que eso significa únicamente la «represión» que han sufrido sus recuerdos traumáticos, más que por haber tenido una infancia libre de conflictos; esto partiendo de la premisa que no existe ningún matrimonio feliz o al menos que sea armonioso todo el tiempo.

Algunas anotaciones sobre la violación sexual.

​Existen varios tipos de conducto para el acto de violar, podemos observar el caso entre cónyuges de una «violación ocasional» que se suscita en medio de una embrollada ruptura matrimonial, de aquella que es premeditada para vengarse de un fracaso o humillación por parte de la esposa, consecuencia de la insoportable frustración sufrida por un marido psicópata; de la violación en grupo por parte de adolescentes que exterioriza una necesidad de afirmación fálica; también se encuentra la que se puede definir como «violación de guerra» durante un encuentro armado donde los soldados violan a los civiles. Se advierte que la realización del acto adquiere un sentido diverso según las teorías de los autores y el contexto del momento.
Cuando se practica el psicoanálisis en sujetos recluidos en las cárceles por el delito de violación, se observa sobremanera el carácter coactivo del acto: «Se me ocurrió de repente», «fue más fuerte que yo», «no pensé que iba a terminar en eso» son expresiones que se escuchan a menudo. El lector sin experiencia psicoanalítica pensará que son frases «inocentes» utilizadas para defenderse o autoexculparse, eso en parte es verdad pero son dichas a un psicoanalista en el marco de una entrevista sobre cuyo carácter confidencial los sujetos no tienen ninguna duda en pronunciarlas. Los psicólogos de inspiración cognitivo-conductista —que no temen ser intrusivos— han observado atinadamente que el acto siempre estuvo precedido por producciones psíquicas, pero estas solían aparecer enmascaradas por alguna forma de renegación*. Obviamente existe una auténtica preparación del sujeto para cometer la violación, pero también debemos agregar el carácter coactivo del empuje procedente del inconsciente, el cual el violador lo ignora completamente. Generalmente el sujeto que lleva a cabo tal acto existe una contingencia para realizarlo, digamos que por momentos duda de consumarlo o de llevarlo «más allá», el más allá podría significar varias posesiones del objeto en un breve lapso de tiempo o incluso terminar con la vida de la víctima, por mencionar algunas. Estos sujetos dentro de sus pensamientos o fantasías no desean exclusivamente poseer una mujer bonita, ya que se puede tratar también de una anciana, un niño, una niña, un bebé, o alguien con una discapacidad física o psíquica, etcétera. Realmente lo único que le importa es un objeto con forma humana para poder penetrar.
Si bien es cierto que le causa Goce** al violador para cometer el acto, el Goce iniciaría antes de la penetración, esto es amagar a la víctima, desnudarla, forcejear, etcétera. Mientras que la penetración en sí misma pasa a tener una connotación brutal tanto para la víctima como para el pertrechador, pero para este último, la brutalidad (violencia) es la que toma relevancia para el violador, ejercida hacia su víctima. Obviamente estamos lejos del placer característico de la relación de objeto genital consentido. En la violación lo sexual es secundario porque lo que está preponderantemente al servicio del Goce es la violencia, como bien lo expresa Jean Bergeret. Es, pues, el acto mismo de penetrar (violencia) lo que está cargado de significación para el sujeto.
También debemos agregar la fuerza compulsiva que hace actuar al sujeto. Ya sea previsto de antemano o surgiendo por efecto de una impulsión, el acto es efectuado bajo el dominio de una exigencia interior (Ello): «En ese momento no sabía si iba a hacerlo... pero de pronto ya había iniciado». Desde ese instante el sujeto obra dominado por un automatismo, mientras que la conciencia se mantiene ajena a lo que ocurre «escisión del Yo». Vale decir que estamos en el registro de la pulsión de muerte (Goce), activada por la repetición como un motor que no obedece de ninguna manera al placer.
El desarrollo del acto procede con una fascinación exacerbada por el objeto, nos referimos a una «captación especular», expresión que condensa tres elementos que permanecen todo el tiempo: el fenómeno de dominio por la imagen; el aspecto «puesta en escena», que confiere a la mirada un lugar metapsicológico fundamental; y el papel de lo imaginario; obsérvese que la palabra «especulación» tiene la misma raíz que «especular», indicando claramente este último término, a través de la idea de espejo, la duplicación narcisista de una imagen interior. Nos hallaremos, pues, constantemente en el límite de lo que acontece adentro y afuera, con la indeterminación entre fantasma, alucinación y percepción.
Al adentrarnos más en el análisis, al preguntarle al sujeto sobre las relaciones intersubjetivas que tuvo con su madre durante su infancia, surgen representaciones en las que ambos personajes están indiferenciados.
Lo que sucede, por extraño que parezca, que en ese adentro del sujeto se encuentra la madre, no constituida todavía como objeto interno (podríamos suponer como una extensión de su Yo) pero formando parte de él; pero que en efecto, todavía existe una indiferenciación, activada además por un movimiento contradictorio de rechazo y asimilación entre esté y su madre.
Algunos psicoanalistas han llegado a plantear, más allá del acto mismo, que el sujeto no padece de «angustia de castración» sino «angustia de inexistencia». Esta última guarda probablemente una estrecha relación con el miedo a la pasividad (¿la «roca biológica» que plantea Sigmund Freud?) esbozando un señalamiento con respecto a la «histeria de angustia». Otros especialistas de la salud mental han propuesto esta hipótesis: ¿el sujeto viola para reprimir el deseo de ser violado, ya que sus mecanismos de defensa están por sucumbir ante ese deseo, que ansía por llegar a la consciencia?

*Renegación: Es un mecanismo de defensa que el sujeto utiliza para rehusar reconocer la realidad de una percepción traumatizante, principalmente la ausencia de pene en la su madre y en las mujeres en general.
Sigmund Freud comienza a describir la renegación en relación con la castración: «Ante la ausencia de pene en la niña, los niños [...] reniegan esta carencia, y creen a pesar de todo ver un miembro [...]». Progresivamente considerarán la ausencia de pene como el resultado de una castración.
Esta renegación se atribuye tanto a la niña como al niño, proceso que no parece raro ni muy peligroso en la vida psíquica del niño, pero que, en el adulto, constituirá el punto de partida de la estructuración psicótica. En la medida en que la renegación se refiere a la realidad exterior, Freud ve en ella, en contraste con la represión, el primer tiempo de la psicosis: mientras el neurótico comienza reprimiendo las exigencias del Ello, el psicótico comienza por «renegar» la realidad.

**Goce: El «principio de placer» funciona como un límite o barrera al Goce, ese principio es como una ley que le ordena al sujeto “gozar lo menos posible”, ya que el sujeto intenta constantemente transgredir dicha ley, e ir “más allá del principio de placer”. No obstante, el resultado de ir más allá del principio de placer no causa más placer sino dolor, puesto que el sujeto por su constitución psíquica y somática sólo puede soportar cierta cantidad de placer. Más allá de este límite el placer se convierte en un “placer doloroso” es lo que Jacques-Marie Émile Lacan denomina «Goce»: “El Goce es sufrimiento”. La prohibición misma del Goce (el principio de placer) crea el deseo de transgredirla y el Goce es por lo tanto fundamentalmente transgresor. El Goce es el camino hacia la muerte, un retorno a la inexistencia.

lunes, 2 de enero de 2017

El lenguaje vulgar.

El respeto a los padres y personas mayores coarta la libertad del infante para confiar en ellos, esta libertad paralizada será uno de los principales conflictos del material psíquico del sujeto para ser manifestado durante el psicoanálisis, pero si se insiste mucho en ello puede obtenerse del paciente la expresión literal de sus pensamientos, llegando incluso a pronunciar palabras obscenas; de esta forma pueden lograrse aclaraciones inesperadas y reemprender un análisis hasta ese momento estancado.
Este comportamiento de los pacientes presenta —además de su importancia práctica indiscutible— un interés más amplio al introducir un problema psicológico ¿Cómo es posible que sea realmente más difícil designar una misma cosa por una palabra que por un sinónimo vulgar? Por ejemplo nalgas que culo, cuando las dos se refieren a la misma zona corporal: glúteos.
Por medio del psicoanálisis hemos concluido que existe una estrecha asociación entre los términos sexuales y excrementorios vulgares (obscenos) —los primeros y únicos que conoce el niño— y el Complejo de Edipo, profundamente rechazado, tanto del neurótico como del hombre “normal”.
La concepción que tiene el infante respecto de las relaciones sexuales entre los padres, del proceso de nacimiento y de las funciones animales (cópula, defecación, etcétera) comienza expresándose en términos populares (coger, mear, cagar...) los únicos que el niño conoce; esta formulación será la más atacada por la censura moral en la edad adulta porque significa una barrera al incesto (Complejo de Edipo) por estar dichos términos vinculados íntima y directamente al incesto y en consecuencia deben ser rechazados por la consciencia. Ello basta para que comprendamos al menos parcialmente nuestra resistencia a pronunciar o escuchar tales palabras sin que estemos exentos de sentir una sensación de angustia o malestar.
Debemos agregar que la palabra obscena encierra un poder especial que obliga en cierto modo al oyente a imaginar el objeto nombrado, el órgano o las funciones sexuales en su realidad tangible.
Sigmund Freud señala las motivaciones y condicionamientos de la broma obscena cuando escribe: «mediante el enunciado de palabras obscenas, ella (la grosería) obliga a la persona aludida a imaginar la parte del cuerpo o la función de que se trata”. Sólo hay que citar que las alusiones científicas (terminología) a los procesos sexuales o biológicos para designarlos, no causan tanto efecto como las palabras tomadas del vocabulario primitivo popular erótico de la lengua materna.
Podría suponerse que tales palabras son susceptibles de provocar en el oyente el retorno regresivo y alucinatorio de imágenes mnésicas que tendrían que ver con el incesto y todo lo que implica el Complejo de Edipo.
Cuando una palabra obscena es percibida visual o auditivamente, es cuando entra en acción esta facultad de los vestigios mnésicos.
Si admitimos la opinión de Freud que en el curso del desarrollo ontogenético el aparato psíquico pasa de ser el centro de las reacciones alucinatorio-motrices a ser el órgano del pensamiento, debemos concluir que las palabras obscenas posean características que en un estadío anterior del desarrollo psíquico se extendían a todas las palabras.
Según Freud, toda representación está motivada fundamentalmente por el deseo de acabar con el sufrimiento provocado por la frustración, haciendo revivir una satisfacción experimentada con anterioridad. En el estadío primitivo del desarrollo psíquico, si la necesidad se satisface, la aparición del deseo supondrá la inversión regresiva de la sensación correspondiente a una satisfacción vivida anteriormente que quedará fijada por vía alucinatoria. La representación será entonces considerada igual que la realidad. Esto es lo que llama Freud la «identidad perceptiva”. Instruido por la amarga experiencia de la vida, el niño aprende a distinguir la satisfacción real de la representación debida al deseo y a no utilizar su motricidad sino a sabiendas, cuando esté seguro que tiene ante sí objetos reales y no ilusiones producidas por su imaginación. El pensamiento abstracto, verbalizado, representa el punto culminante de este desarrollo. Las imágenes mnésicas representadas exclusivamente por fragmentos desprovistos de sus características, los signos verbales —prosigue Freud—, posibilitan las pruebas más sutiles.
Podría añadirse que la aptitud para expresar deseos mediante signos verbales constituidos fragmentariamente no se adquiere de golpe. Además del tiempo necesario para el aprendizaje de la palabra; parece que los signos verbales que reemplazan a las representaciones, es decir las palabras, conservan durante mucho tiempo su tendencia á la regresión. Esta tendencia se atenúa progresivamente ó de golpe, hasta alcanzar la capacidad de representación y de pensamientos “abstractos”, prácticamente liberados de elementos alucinatorios.
Tal desarrollo puede comportar etapas psicológicas caracterizadas por la coexistencia de una aptitud ya tomada con un modo más económico de pensamientos mediante signos verbales, y la persistencia de una tendencia a revivir regresivamente las representaciones.
La hipótesis sobre la existencia de tales etapas se apoya en el comportamiento de los niños a lo largo de su desarrollo intelectual. «Los niños, tratan las palabras como si fueran objetos» Sigmund Freud; además indica con acierto que el autor de una broma obscena efectúa un ataque, una acción sexual sobre el objeto de su agresión, y suscita por ello las mismas reacciones que la propia acción. Pronunciar palabras obscenas equivale casi a cometer una agresión sexual, «a desnudar a la persona del sexo opuesto».
Decir una grosería representa en grado superior lo que apenas está esbozado en la mayoría de las palabras, es decir, que todo vocablo tiene su origen en una acción no realizada. Pero mientras que las palabras corrientes sólo contienen el elemento motor de la representación verbal en forma de impulso nervioso reducido, la “mímica de la representación”, la formulación de un dicho grosero, nos proporciona la clara impresión de estar realizando un acto.
Esta aportación tan importante de elementos motores a la representación verbal de las palabras obscenas podría provenir, igual que el carácter alucinatorio y sensorial de una obscenidad escuchada, de una perturbación del desarrollo. Tales representaciones verbales puede que hayan quedado a un nivel de desarrollo lingüístico en el que las palabras están mucho más cargadas de elementos motores.
Hay que preguntar ahora si esta especulación, que es sólo una de las muchas posibilidades, se apoya de alguna manera en la experiencia y en tal caso cuál pueda ser la causa de esta anomalía del desarrollo relativa a un mínimo grupo de palabras y tan extendida entre los seres civilizados.
El análisis de los sujetos normales y neuróticos y la observación de los niños, aunque supone una exploración realizada sin miedo sobre la suerte sufrida por los términos que designan los órganos sexuales y excretorios a lo largo del desarrollo psíquico, confirma esta hipótesis. Inicialmente, vemos que se verifica la suposición casi evidente de que la repugnancia a repetir determinadas palabras obscenas es imputable a vivos sentimientos de desagrado, asociados a estas palabras precisamente durante el desarrollo infantil, a consecuencia de la inversión del signo de los afectos.
Ningún niño, salvo raras excepciones, ha dejado de ser advertido de cosas análogas o similares. Hacia los cuatro o cinco años, e incluso antes en los niños precoces (es decir en la época en que los niños reducen sus impulsos «perversos polimorfos»), se intercala un período entre el abandono de los modos infantiles de satisfacción y el comienzo de la fase de latencia propiamente dicha que se caracteriza por el deseo de pronunciar, escribir y oír palabras obscenas o incluso de dibujarlas. Esta necesidad de pronunciar, dibujar, escribir, oír y leer obscenidades puede comprenderse como un estadío preliminar a la inhibición de los deseos infantiles de «exhibicionismo» y de «voyerismo». La represión de estas fantasías y acciones sexuales que se manifiestan de forma atenuada en el lenguaje es la que confirma la entrada en la fase de latencia propiamente dicha, el período en que «son elaboradas las fuerzas psíquicas que se oponen a la sexualidad infantil: desagrado, pudor y moral», y en que el interés del niño se orienta hacia realizaciones culturales (deseo de saber).
No nos equivocaremos al suponer que esta represión de los términos obscenos se produce en una época en que el lenguaje, y especialmente el vocabulario sexual tan cargado de afecto, se caracteriza aun por una fuerte tendencia a la regresión y por una mímica de representación muy animada. No parece probable que el material verbal rechazado se mantenga tras el período de latencia, es decir, la desviación de la atención, en esta etapa primitiva del desarrollo, mientras que el resto del vocabulario, gracias a la práctica y al entrenamiento continuo, queda despojado progresivamente de su carácter alucinatorio y motor; será por ello más propio, económicamente hablando, de las actividades mentales de nivel superior.

Dibujo: La madre fálica.

El odio.

El odio deriva de la ira, el afecto primario en torno al cual se arracima la pulsión de la agresión; en la psicopatología severa, el odio se puede convertir en algo prevaleciente y abrumador, dirigido tanto contra el sí-mismo como contra los otros. Es un afecto complejo que puede convertirse en el componente principal de la pulsión agresiva, dejando en la sombra a los otros afectos agresivos universalmente presentes, como y la envidia o la aversión.
Una reacción de ira total, —su naturaleza abrumadora, su carácter difuso, su «desdibujamiento» de los contenidos cognitivos específicos y de las correspondientes relaciones objetales— puede transmitir la idea errónea de que éste es un afecto primitivo “puro”. Sin embargo, en términos clínicos, el psicoanálisis de las reacciones de ira —como de otros estados afectivos intensos— siempre revela una subyacente fantasía consciente o inconsciente que incluye una relación específica entre un aspecto del sí-mismo y un aspecto de un otro significativo.
La investigación con infantes documenta la aparición temprana de la ira como afecto, y su función primordial: “eliminar una fuente de dolor o irritación”. Una función evolutiva ulterior de la ira es eliminar un obstáculo a la gratificación; su función biológica original —emitir una señal al cuidador para que facilite la eliminación de algo que irrita— se convierte entonces en un llamado más focalizado para que el cuidador restaure un estado anterior o deseado de gratificación.
En las fantasías inconscientes que se desarrollan en torno a las reacciones de ira, ésta significa tanto la activación de una relación objetal «totalmente mala» como el deseo de eliminarla y restaurar una «totalmente buena». En una etapa evolutiva posterior, las reacciones de ira pueden funcionar como esfuerzos desesperados tendientes a restaurar una sensación de autonomía ante situaciones altamente frustrantes percibidas inconscientemente como la activación amenazante de relaciones objetales totalmente malas, persecutorias. Una violenta afirmación de la voluntad restaura un estado de equilibrio narcisista; este acto de autoafirmación representa una identificación inconsciente con un objeto idealizado (totalmente bueno).
El odio es un afecto agresivo complejo en contraste con el carácter agudo de las reacciones de ira y los aspectos cognitivos que varían con facilidad en la cólera y la ira, él aspecto cognitivo del odio es crónico y estable.
El odio también presenta un anclaje caracterológico que incluye racionalizaciones poderosas y las correspondientes distorsiones del funcionamiento del Yo y el Superyó.
La meta primaria de alguien consumido por el odio es destruir su objeto, un objeto específico de la fantasía inconsciente y también sus derivados conscientes; en el fondo, el objeto es necesitado y deseado, y su destrucción es, igualmente necesaria y deseada. La comprensión de esta paradoja está en el centro de la investigación psicoanalítica de este afecto. El odio no es siempre patológico: como respuesta a un peligro real, objetivo, de destrucción física o psicológica, a una amenaza a la supervivencia de uno mismo y de sus seres queridos, el odio es una elaboración normal de la ira, que apunta a eliminar ese peligro. Pero el odio suele estar penetrado e intensificado por motivaciones inconscientes, como en la búsqueda de venganza, cuandoes una predisposición caracteroIógica crónica, siempre refleja la psicopatología de la agresión.
Una forma extrema de odio exige la eliminación física del objeto, y puede expresarse en el asesinato o en una desvalorización del objeto que quizá se generalice como una destrucción simbólica de todos los objetos —es decir, de todas las relaciones potenciales con los otros significativos—; en la clínica, esto puede observarse en las estructuras antisociales de la personalidad. Esta forma de odio a veces sa expresa en el suicidio, en el cual se identifica al sí-mismo como el objeto odiado, y la autoeliminación es el único modo de destruir también el objeto.

La fijación del amor en la infancia.

Los complejos en el sujeto adulto están íntima y directamente vinculados a fijaciones en la infancia, mismos que mantienen una importancia capital durante toda la vida, los más notables son los que están ligados primeramente a la madre y el padre, y posteriormente a los hermanos, a estos el psicoanálisis les nombra «Complejos Parentales».
Generalmente las neurosis del adulto se fundan en tales complejos, las causas de la impotencia, eyaculación precoz, vaginismo, frigidez, etcétera pueden atribuirse, al menos en gran número de casos. a la “fijación incestuosa” de la libido, es decir, una fijación inconsciente aunque muy intensa de los deseos sexuales sobre las personas mas próximas durante la infancia.
Carl Gustav Jung ha propuesto que «la neurosis nace por lo general del conflicto entre las influencias parentales inconscientes y los esfuerzos de independencia».
Karl Abraham también ha puesto en evidencia que estas mismas «influencias parentales» pueden llevar al sujeto a un rechazo intenso y prolongado para un compromiso afectivo o casarse, razón por la cual existe en algunos parientes una fuerte inclinación erótica, regularmente esto sucede entre primos, o entre tíos y sobrinos.
A fin de cuentas, parece que el niño ávido de amar —pero inquieto— persiste en el adulto, y que todo amor, odio o temor ulteriores no son sino «reediciones de movimientos afectivos aparecidos en la primera infancia» y, después, sepultados en el inconsciente.

Simpatía y antipatía.

Por medio del psicoanálisis inducimos a pensar que cualquier sentimiento de «simpatía» que experimente el sujeto por otro, retorna siempre a una «posición sexual» inconsciente ¿qué significa esto? Que cuando dos personas desconocidas se encuentran, sean del mismo sexo o del contrario, el inconsciente de ambas intentará indudablemente siempre una transferencia porque: “El inconsciente ignora la negación, el «no»; el inconsciente sólo sabe desear” Sigmund Freud. Entonces si el inconsciente consigue que la consciencia acepte la transferencia —abiertamente en forma sexual (erótica) o bien sublimada, disfrazada (respeto, gratitud. amistad, apreciación estética)—, resulta de ello un sentimiento de simpatía. Si la censura que vigila en el umbral de la consciencia responde negativamente con las tendencias siempre positivas del inconsciente, son posibles todos los grados de la antipatía, o incluso la repulsión. He aquí la razón por la cual algunas personas nos agradan o desagradan a primera vista, aun cuando ni sabemos nada de ellos, independientemente del trato que se pueda sostener posteriormente y cambiar de opinión mientras la consciencia acepta el «deseo» del inconsciente.

domingo, 1 de enero de 2017

Psicoanálisis del improperio (palabras obscenas).

Las palabras obscenas manifestadas de forma verbal toman diferentes matices tanto en los sujetos con estructura perversa como en la neurótica.
El sujeto que llega a ser perverso por su desarrollo psicosexual, se apropiará de esta fuente de placer —como prevén las teorías sexuales que Sigmund Freud plasmó en su obra— y utilizará con cinismo y de manera habitual dichas expresiones, o bien se contentará con la lectura o visualización de obscenidades de forma permanente.
Ahora bien, existe una perversión particular de los hombres que consiste en pronunciar palabras obscenas (improperios) hacia las mujeres desconocidas; la experiencia indica que muchas féminas son importunadas en la calle por hombres que murmuran a su paso palabras obscenas, sin ninguno de los preliminares habituales del cortejo (ofrecimiento de acompañarlas, solicitar su nombre... en fin, abordarla de manera decente).
Estos sujetos perversos son exhibicionistas y voyeuristas en grado menor, que, en lugar de llevar a cabo un verdadero desnudamiento, se contentan con la acción reducida de la palabra, eligiendo, naturalmente los términos más aptos para suscitar, por su carácter prohibido y sus cualidades motrices y plásticas, una reacción de pudor a la mujer que se lo expresan. Esta forma de perversión podría denominarse «coprolemia».
Del lado opuesto tenemos al neurótico que desvía su atención de los términos obscenos completamente o casi por completo, tratando de ignorarlos en la medida de lo posible y, si no puede evitarlos, respondiendo con una reacción desproporcionada de malestar y disgusto. Generalmente las mujeres neuróticas son más propensas al rechazo que su contraparte.
Sin embargo, en el sujeto normal como en el neurótico una violenta impresión puede hacer resurgir estas palabras medio sepultadas en el inconsciente. Entonces las palabras que antes nombraban los objetos queridos del placer infantil vuelven en forma de maldiciones y, cosa curiosa, asociados a menudo a la idea de los padres y de Dios (blasfemias). Estos improperios que estallan en la violenta cólera, o que por el otro lado derivan en bromas y chistes, no pertenecen de ningún modo, —como Rudolph Kleinpaul señala— a la comunicación consciente, pero representan reacciones a la excitación estrechamente emparentadas con los gestos. En todo caso es digno de señalar que cuando la descarga motriz de un afecto impetuoso se evita a duras penas transformándola en imprecaciones, el afecto recurre involuntariamente a las palabras obscenas, particularmente adaptados al objetivo, debido a su riqueza y a su profunda potencia motriz.
Son especialmente trágicos los casos en que las palabras obscenas irrumpen súbitamente en la consciencia virtuosa y pura de un neurótico. Esto sólo es posible en forma de representaciones obsesivas, pues tales palabras son tan extrañas a la vida afectiva conciente del neurótico que no puede interpretarlas más que como ideas patológicas, sin poder simbolizarlas, absurdas, desprovistas de sentido, “cuerpos extraños”, que obviamente no las reconoce en ningún caso como elementos propios de su vocabulario.
El hecho de que las representaciones obsesivas de palabras obscenas, en particular los términos vulgares para los excrementos y los órganos excretores más despreciados, apareceren a menudo en los neuróticos masculinos tras la muerte de su padre; padre que amaban y respetaban hasta la idolatría. El psicoanálisis muestra entonces que, en caso de muerte, al lado del atroz dolor por la pérdida, se manifiesta también el triunfo consciente de ser liberado por fin de toda opresión; el desprecio del “tirano” ya inofensivo porque ha fallecido, se expresa en los términos más prohibidos al niño de antaño.
La etnografía podría aportar una sólida confirmación que la pronunciación habitual de palabras obscenas han permanecido “infantiles” a consecuencia de una inhibición del desarrollo, y por ello conservan un carácter motriz y regresivo anormal para manifestar sus afectos.

Psicoanálisis del pene y senos pequeños.

La inquietud que tienen muchos hombres respecto a la pequeñez de su pene «Complejo de pene pequeño» es sentido como una inadaptación que se podría suscitar ante las dimensiones fantaseadas de la vagina por su gran tamaño, razón por la cual el hombre padece angustia, ya sea en mayor o menor medida. Esta inquietud del tamaño del pene se presenta marcadamente en los neuróticos, y en menor escala en los sujetos «normales».
¿Cuál es el motivo del hombre para sentirse preocupado por el tamaño de su pene?
Quienes sufren esta inquietud, estuvieron muy preocupados en su infancia por la escena primaria (coito entre los padres real, imaginada o escuchada); además causó mayor impacto la fantasía del infante de sentir su miembro viril muy pequeño respecto a la vagina de su madre (Complejo de Edipo); y asimismo la comparación que hizo el infante de su pene con respecto al miembro viril de su padre u otro adulto; todo esto tuvo una connotación mayor en la infancia del neurótico, que en el sujeto «normal». Ahora bien, durante el período de latencia el infante ha interrumpido o reprimido este pensamiento del tamaño de su pene; pero cuando el impulso sexual se fortalece en la pubertad y la adolescencia (extendiéndose hasta la edad adulta) el interés por el órgano sexual despierta nuevamente, reapareciendo la antigua angustia, incluso en los casos que las dimensiones reales del órgano viril son normales o hasta superiores a la media. Así, pues, mientras que el pene se desarrolla normalmente, la idea fantaseada del pene pequeño permanece a nivel infantil. Habiendo desviado su atención de la zona genital, el sujeto no ha observado el cambio ocurrido.
También en algunas mujeres se observa durante el psicoanálisis el «Complejo de vagina pequeña» (miedo de la rotura o al daño que podría provocar el pene cuando es introducido en la vagina), esta fantasía proviene de la infancia de la niña donde el órgano viril paterno o de otro adulto fue imaginado de proporciones descomunales. Fantasía que será reprimida durante el período de latencia, pero que surgirá —al igual que el hombre— nuevamente en la pubertad y en la adolescencia extendiéndose hasta la adultez, cuando se interese sexualmente por el hombre.
Aquí cabe señalar la fantasía sexual, —muy generalizada entre las mujeres— de tener un partenaire con un pene de proporciones muy grandes que proviene del pene paterno observado y fantaseado en su infancia, mismo que imaginan les brindará mayor placer sexual (Complejo de Edipo). Algunas de estas mujeres, dada la estructura de su deseo sexual inconsciente, pueden efectivamente «no sentir» o «sentir muy poco», si su partenaire tiene un pene pequeño —aunque no sea cierto— y en consecuencia permanecer frígidas en sus relaciones sexuales.
Podemos observar también en algunos hombres o mujeres el «Complejo de senos grandes». En los los hombres se manifiesta por el deseo de tener una pareja con senos grandes, mismos que representan inconscientemente al seno de su madre, independientemente que estos hayan sido grandes o pequeños, ya que así quedaron simbolizados para el infante; algunos hombres pueden presentar una patología del deseo sexual si los pechos de su partenaire son pequeños, aunque en realidad no lo sean. Además estos sujetos posiblemente manifestaron durante su infancia un gran interés por el amamantamiento de los bebés, anhelando en secreto el deseo de ser invitado a mamar con ellos. Durante el período de latencia desaparecen de su consciencia, pero cuando vuelve a interesarse por el otro sexo en la adolescencia o adultez sus deseos han quedado centrados en el «Complejo de senos grandes». La impresión causada por las dimensiones del pecho, cuando era niño, se han grabado en el sujeto de forma indeleble.
Por otro lado, algunas mujeres han quedado fijadas al «tamaño grande de los senos», primordialmente de su madre o alguna hermana mayor, durante su infancia. Ahora como mujer madura, sus senos son sentidos como «pequeños» por la representación del pecho fijado en sus primeros años de vida y que cobra nuevamente su comparación (inconsciente) con respecto de las dimensiones antiguas que se reprimieron en su inconsciente.

El que éste libre de locura que arroje la primera piedra.

En su obra el «Maniquí de mimbre» Anatole France habla por boca del profesor Bergeret, el fino pensador a quien no escapan ninguna mentira ni ninguna ilusión humana, y que sin embargo no se transforma en predicador moralista ni en pesimista amargado, sino al contrario, juzga los actos de sus prójimos con buen humor, con caridad, aunque mezcle en ello cierta ironía.

-M. Bergeret, bajo los olmos del Paseo, encuentra un garabato sobre un banco, uno de esos dibujos con tiza con los que los niños expresan sus primeros hallazgos sexuales.
Bergeret se sumerge en profundas reflexiones sobre la comunicabilidad instintiva de los niños, que ya había impulsado a Fidias a grabar el nombre de su amada en el dedo gordo del Zeus del Olimpo.
“Y sin embargo, piensa M. Bergeret, el disimulo es la primera virtud del hombre civilizado y la piedra angular de la sociedad. Nos es tan necesario ocultar nuestros pensamientos como llevar vestidos. Un hombre que dice todo lo que piensa y como lo piensa es tan inconcebible en una sociedad como un hombre que anduviera desnudo por completo. Si, por ejemplo, yo expresara en la librería Paillot, donde la conversación es bastante libre, las imaginaciones que se me ocurren, las ideas que se me pasan por la mente: cómo entran por la chimenea una bandada de brujas a caballo sobre sus escobas, si describiera la representación que a menudo tengo de Madame de Gromance, las actitudes incongruentes que le atribuyo, la visión que me da, más absurda, más extravagante, más quimérica, más extraña, más monstruosa, más pervertida y desviada de las buenas costumbres, mil veces más maliciosa y deshonesta que la famosa figura tallada en la fachada Norte de Saint-Exupére, en la escena del Juicio Final, por un artista prodigioso que inclinado sobre un respiradero del infierno había visto la Lujuria en persona; si yo mostrara exactamente las particularidades de mis ensueños, se me creería víctima de una manía odiosa; y, sin embargo, sé perfectamente que soy hombre galante inclinado por naturaleza a los pensamientos honestos, instruido por la vida y la meditación en guardar la modestia y la compostura, dedicado por completo a los placeres intelectuales, enemigo de cualquier exceso y detestando el vicio como una deformidad”.

Es consolador para nosotros —los psicoanalistas— que reconozcamos en nosotros mismos y en nuestros psicoanálizados esta mezcla de «perversidad» y de «virtud» como elementos constitutivos de la vida psíquica «normal», que contemos entre los nuestros a Bergeret y, con él, a Anatole France. Esta compañía compensa ampliamente el desprecio de la mayoría de los psiquiatras que no descubren tales horrores ni en ellos mismos ni en sus pacientes, pero que están dispuestos a atribuirlos a como de lugar, a la depravada imaginación de quienes los consultan.

Psicoanálisis de la sumisión.

La sobrestimación y la tendencia a la obediencia ciega que tiene el sujeto durante su infancia generalmente desaparece en la adolescencia. Sin embargo no desaparece del todo y persiste la «necesidad de sumisión» ya que pasa a formar parte de la estructura psíquica.
Ahora bien, cuando el padre personifica simultáneamente el poder paterno y el prestigio de un hombre influyente, la fijación infantil puede llegar a ser irreductible. Por lo cual el sujeto podrá tomar una posición sumisa, o bien de un negativismo neurótico en sus relaciones intersubjetivas en la edad adulta. Tanto la docilidad sin límites de la primera como la arrogancia obstinada de la segunda están determinadas por la misma situación: la condensación del «Complejo paternal» y del «Complejo de autoridad».
Para concluir, en la edad adulta, la sumisión infantil ante el padre o la madre es proyectada inconscientemente en profesores, jefes y otras personas a las que el sujeto considera importantes, incluso puede instalarse en el partenaire. Obviamente la sumisión que tome el sujeto —sin excepción alguna— ante el otro puede ir desde una posición moderada hasta una severamente patológica. Esta «lealtad ciega» (sumisión) a veces puede extenderse hasta los gobernantes, independientemente que sean benévolos o tiránicos con su pueblo.
Estas observaciones precedentes confirman la opinión de Sigmund Freud, quien afirma que: «la credulidad y la docilidad [...] tienen su raíz en el componente masoquista del instinto sexual» (“Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad”). El masoquismo consiste en el «placer de obedecer» que los niños aprenden de sus padres.