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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 25 de mayo de 2017

¿Por qué los infantes se expresan sacando la lengua?

El infante cuando logra alcanzar el lenguaje hablado, es común que saque la lengua en ciertas circunstancias como medio de respuesta al otro, el no pronunciar palabra alguna y haber utilizado dicho gesto simboliza la «libertad» que tiene de no hablar, que le sirve para salvaguardar así su integridad narcisista.

miércoles, 24 de mayo de 2017

El lenguaje y la gramática.

El lenguaje y la gramática.

Los psicolingüistas en conjunto con los neurólogos han descubierto que ciertas neuronas especializadas en el registro de sonidos degeneran si no son utilizadas a tiempo durante el aprendizaje; por ejemplo si el infante no escucha ciertos sonidos durante sus primeros meses o años de vida, no sólo los distinguirá mal a partir de entonces, sino que además ni siquiera podrá pronunciarlos el resto de su vida. En efecto, en función de los sonidos escuchados, algunas neuronas prosperarán, mientras aquellas que habrían podido recibir sonidos caen en desuso.
Es conocido el argumento que formuló Avram Noam Chomsky a favor del innatismo de la gramática: “la pobreza de estímulos”. Este autor explica que nadie enseña gramática a los niños, por lo que resulta ser innata.
Pero ¿como no ver, por el contrario, la potencia extrema del estímulo que constituye el deseo del Otro? La gramática da la impresión de ser innata, porque aparece armada una vez que la represión de ese deseo se lleva a cabo. En el intercambio el niño es inicialmente reconocido como objeto por el Otro: ¡Mira mi bebé! ¡Te presento a mi nena! Y el primer acto de este sujeto, radica en buscar liberarse de ese Otro hablando en su propio nombre, diciendo “Yo”. Al hacer esto reprime, el deseo del Otro, que lo quería como objeto, como “él”. El niño pasa así del “él” al “Yo”.

La determinación del toxicómano.

La impotencia ante la compulsión del consumo de sustancias tóxicas es un aspecto de crucial importancia en el desarrollo de la cura del toxicómano. Aquello que inhibe esta compulsividad se encuentra enraizado en la amenaza Superyoica del desamparo o la pérdida de afecto por el otro generándose una situación de displacer que dispara el consumo del tóxico como medio para la cancelación del dolor de su existencia.
Las fijaciones a las que nos referirnos se concentran en el "Yo Ideal", en tanto núcleo del narcisismo más primordial. En su constitución se encuentra comprometido en parte el “Otro Materno”, con el cual el infante se siente “completado” ante la indefensión que siente en sus primeros momentos de la vida.
Siendo el peso de este “Ideal” lo que ancla al sujeto en situaciones de repetición, por intermedio de las cuales se asegura la continuidad de ese vínculo con el Otro Materno, alejando el peligro que acarrearía su pérdida; pérdida que, en última instancia , se refiere al reconocimiento de la castración del Otro.
Uno de los mayores obstáculos en la «cura» del toxicómano proviene justamente de esta particular fijación vincular con este Otro. Por esto, cuando el psicoanálisis comienza a producir un cuestionamiento de esta situación, y emergen en el paciente los anhelos postergados, se desencadenan diferentes modos de intentar neutralizar esta emergencia. Generalmente con esto se recurre nuevamente al consumo de substancias tóxicas, como medio de esterilización del acto a producir, como condición necesaria para modificar la situación y entonces posibilitar la concreción de los anhelos; también vemos frecuentemente que el toxicómano puede tener fantasías de muerte o verse reflejado en pesadillas en torno a Tánatos. Observamos por otro lado a las «madres sacrificadas» quienes han hecho del cuidado y vigilancia de su hijo toxicómano el “Goce” de su queja y el sentido de sus vidas.
Las características de los toxicómanos, que es como un común denominador de la variada gama de cuadros psicopatológicos, en los cuales se desarrollan manifestaciones adictivas, es fundamentalmente un déficit de su narcisismo, con su correlato de una falencia en la constitución del Yo. Su manifestación son fenómenos descritos como “déficit del control impulsivo”, “labilidad emocional” e “intolerancia a la frustración”; son tributarios de éste fallido narcisismo, a partir del cual se determina una debilidad estructural que transforma los avatares y circunstancias de la vida cotidiana en importantes y graves amenazas; las cuales ponen en riesgo al toxicómano, quien se encuentra inerme ante el desarrollo de la angustia, pudiendo quedar avasallado por ella y produciendo el «pasaje al acto» (volverse a drogar) como ejercicio de la defensa.
Ahora bien, no es que no tenga “determinación” el toxicómano pues esta se verifica constantemente. ¿Cómo entenderla? A simple vista pareciera que no la posee pero en la práctica psicoanalítica asistimos al hecho de la “determinación”, aunque resulta bastante confusa explicarla. Desde el punto de vista etiológico lo específico de la “determinación” del sujeto parece que tiene que ver con el hecho de que sus primeras experiencias con el desamparo, la satisfacción y el rechazo acontecieron primordialmente con su madre, o quien le dio los primeros cuidados, esto le constituyen como sujeto que responde así, en la repetición, a cada manifestación de desamparo, de satisfacción o de rechazo, con un estilo característico e irrenunciable, pues se trata de su propia subjetividad.
El sujeto basa su vida en el hecho de existir e importarle para alguien, tal “determinación” lo posiciona como sujeto concreto. Esta “determinación” subjetiva por la angustia y el desamparo lo convierten en extraordinariamente manipulable por el tóxico, por la presión social y por las relaciones de poder que se basan en la servidumbre por el afecto, es decir, por temor a la soledad. El desamparo de la infancia y la angustia en la adultez terminan siendo sinónimos para el toxicómano.

El efecto de la droga.

Sigmund Freud mencionó en su obra sobre el efecto de las drogas. Se trata de las cualidades de ciertos usos de estupefacientes que no forzosamente implican una operación del «farmakon», más bien su uso no causaría una marcada dependencia para el sujeto, serían usados en un sentido de «distracción». Freud señala: “­La vida como nos es impuesta, resulta gravosa, nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportarla no podemos prescindir de calmantes [...]. Los hay, quizá, de tres clases: poderosas distracciones que nos hagan valuar en poco nuestra miseria, satisfacciones sustitutivas que la reduzcan y sustancias embriagadoras que nos vuelvan insensibles a ella”.

La historia personal del toxicómano.

En la experiencia cotidiana las dificultades del toxicómano siempre se encuentran centradas en los avatares de las relaciones intersubjetivas principalmente con su círculo familiar: amor-odio. Allí se despliegan estos clisés por las experiencias infantiles: inhibiciones, síntomas y angustias que son las que van determinando el malestar subjetivo, Sigmund Freud lo denominó la “miseria neurótica”. Esta es la «realidad psíquica» que se percibe, siempre desarrollada más allá de cualquier presunta objetividad de la percepción.
La sustancia tóxica brindan al sujeto la posibilidad de transformar esta percepción, produciendo, por tanto, inicialmente un alivio al malestar que padece, al tiempo que es innegable que tienen efectos placenteros fisiológicos por la acción farmacológica, aunque esto último no sería aplicable a todos los tipos de sustancias tóxicas por los resultados divergentes en los experimentos que se han realizado al respecto donde se aplico «placebo» a los participantes.
Es frecuente que el consumo se encuentre ligado a poder "ser otro", más acorde con los anhelos del sujeto, superando los fantasmas de discapacidad y minusvalía que habitualmente padece. Estos problemas complejos se enraízan en certezas que no obedecen ni a experiencias o análisis objetivos de las posibilidades del sujeto, sino que dependen por una parte de los supuestos “dichos” del otro. Expresiones que, en ciertos casos, son realmente formulados en palabras, y otras veces, intuidos por el sujeto como «falta de amor». Esto va a participar en la elaboración que cada sujeto realiza de su historia personal a partir de sus experiencias infantiles.

La explicación a la niña sobre el coito.

Existe un momento delicado durante el desarrollo de la niña cuando se percata que los bebés antes de nacer se encuentran dentro del vientre de su madre o de las demás mujeres, esto regularmente conlleva la fantasía que el parto tiene lugar por el ano.
Este momento resulta ser crucial porque la niña percibe un fantasma erróneo, por lo que deben hacerse las explicaciones pertinentes para evitar que se coloquen en las articulaciones mentales de la niña y afecte su desarrollo psicosexual. Hay que decirle por ejemplo: «Estás equivocada, el bebé nace por la vagina». En seguida ella preguntará: «¿Y por dónde entra?». A esto se puede responder, dependiendo de la edad y madurez del infante, desde expresar: «Cuando seas adulta y tengas marido, él debe explicarte como se introduce un bebé».
La niña puede continuar con sus preguntas y las respuestas debe ser siempre justas, simples y dejar abierta la posibilidad a otras preguntas, a las que se irá respondiendo a medida que se presenten, hasta el momento en el que se tenga que explicar de manera directa, que los bebés nacen por la introducción del pene en la vagina y desde ese momento empieza a crecer un bebé dentro del vientre de la madre.
Cuando un infante no sigue formulando preguntas de índole sexual no es necesario continuar dándole explicaciones, esto podría llevarlo a sentirse intimidado por el adulto.
Entre los cuatro a ochos años de edad aproximadamente el Complejo de Edipo se encuentra muy activo en la niña, pues el padre es el objeto de sus pensamientos, ensueños y los fantasmas. Es totalmente inútil disuadirla de ello si no verbaliza constantemente esta esperanza, pues una niña que la verbaliza a cada instante está formulando, en realidad, una pregunta implícita. Basta que en el momento oportuno la madre le diga a su pequeña hija: «Yo no me casé con tu abuelo, que es mi padre». Esta respuesta en ocasiones basta para liberar a la niña, aunque a veces esto no resulta suficiente por estar su sensualidad muy comprometida. Llegará entonces el día que la hija corteje a su padre más de lo acostumbrado, y el progenitor debe expresar: «Nunca te amaré como mujer, porque eres mi hija. Además a la amo como esposa, es a tu madre».
Esta verbalización absolutamente simple de «prohibición del incesto» alivia a la niña de sus fantasmas edípicos. A la madre le correspondería también decirle a su hija, que todas las niñas de su edad en algún momento pensaron que se casarían con su propio padre.
La curiosidad de la niña se despierta cada vez más y desea enterarse con mayor detalle de la vida íntima de sus padres. Esta curiosidad va a traer consigo —si no es objeto de reproche— incitación de la niña para que pregunte lo que desea saber (lo que el padre y la madre hacen en la cama), la respuesta exacta en lo referente a las relaciones de amor y de contacto físico será que la vida le brindará también estas relaciones cuando sea adulta y, sobre todo, darle la idea de que ella nació, precisamente, gracias al amor y deseo de sus progenitores. Esta dilucidación del fantasma proporcionado a la niña de la «escena primaria», cuando se verbaliza en un buen ambiente entre ésta, su madre y su padre (pues es una conversación que se puede tener entre varios), produce en la niña la liberación definitiva de lo que quedaba de incestuoso respecto de su padre, en su aspecto heterosexual, y de su madre, en  su aspecto homosexual.
La resolución edípica es un momento decisivo para el desarrollo psicosexual de la niña y debe ir acompañada por la prohibición del incesto lateral con los hermanos, en su caso.

La ausencia de traumas.

Para comprender la producción del “vacío” que padece el sujeto, debemos abordar un concepto tan extraño como el de “la ausencia del trauma: trauma”. Sin embargo, esta extrañeza desaparece si tenemos en cuenta lo que significa “la ausencia del trauma: trauma”, que surge por la falta de interés de los padres hacia sus hijos encaminándose a la indiferencia que se traduce en ausencia de conflictos parentales; en este orden de ideas la falta de erotismo de la relación vincular de los padres hacia sus hijos implica que no hubo oportunidad de germinar fantasías seductoras por lo que la sexualidad del infante en la vida adulta presentará graves conflictos... por lo tanto un desinterés erótico de los progenitores por sus vástagos, los dejará con el cuerpo frío a estos últimos. Estas faltas de interés o indiferencias no tienen incidencias en la Estructura del sujeto para posicionarse en neurótico, o perverso, o psicótico. Más bien nos acercamos a un aspecto “transtructural”, una característica del estancamiento de la libido, que desactiva el movimiento instintivo que de alguna manera debería llenar este orificio que no tiene representación, el vacío inicial.

martes, 23 de mayo de 2017

El deseo.

El síntoma de alguna manera refleja la vergüenza de deseo.

El Deseo de la Madre y su relación con la toxicomanía.

Los problemas que se suscitan por el amor, sexualidad, duelo, separación, asumir la función materna o paterna... son algunos de los elementos que tienen que ver con los síntomas del toxicómano. El malestar que deriva de estas situaciones encuentra en el consumo de la sustancia tóxica un modo rápido y eficaz de anulación temporaria del mismo. Cabe señalar que las cuestiones contenidas en esta constelación sintomática son representantes de los anhelos de los toxicómanos: saben perfectamente qué quieren, qué les proporcionaría bienestar, pero aun así se encuentran impedidos de alcanzar sus objetivos. Recorrer el camino necesario para alcanzar lo anhelado supone tener que soportar una carga de excitación, de expresar un deseo, algo que les resulta realmente intolerable. Es allí donde hace su aparición “las ganas de consumir”, no como efecto de ninguna abstinencia incontrolable, tampoco “porque el cuerpo lo pide”, sino como recurso para poner un tope a esta excitación cargada de lo incestuoso, en tanto que, en su estructura, el «Deseo de la Madre»* no encuentra límites.
Consumir o no, es un acto que concierne al sujeto, que tendrá la posibilidad de intervenir en su realización. La mayor o menor tolerancia a esta excitación es lo que motoriza la posibilidad de producir un acto que introduzca una variante a la repetición de lo conocido o, por el contrario, insistir en ello.

*Deseo de la Madre —termino usado por el psicoanálisis lacaniano— es producido por las ausencias de la madre durante la primera infancia, lo que resulta que el niño desee en otro sitio. (Sigmund Freud “Más allá del principio del placer”. «Fort-Da»). Así el Deseo de la Madre queda revestido de significación fálica: lo que desea fuera de mí. Este Deseo de la Madre no tiene fuerza de Ley; ya que la Ley es un exceso de presencia, es estatuto real, no está simbolizada, son citadas por el sujeto, son interpretaciones: un discurso sin palabras.
¿Qué es la Ley? En su tesis el Nombre-del-Padre, Jacques-Marie Émile Lacan el significante explicativo de la Ley se localiza en el inconsciente. La metáfora paterna surge en “Juanito”: El padre no consigue separarlo de la madre, por lo que no logra simbolizar la Ley, surge con esto el rasgo del síntoma: la sustitución del padre por el caballo.
No es que haya síntomas a pesar de una buena Ley del Nombre-del-Padre, él mismo, no es más que un síntoma entre otros. Así el síntoma no es otra cosa que la muleta para solucionar la cojera, el mecanismo para alejarse del Goce materno. Es el soporte del sujeto. Si no ha podido solucionarlo en su momento deberá inventar una alternativa para seguir “deseando” separado de su progenitora. Lacan lo llama “Sinthome”.
El síntoma es un medio para separarse de la ley de la madre a la cual está sujeto. El psicótico «inventa» algo más allá del síntoma, un delirio para que tenga efecto dicha separación.
En la neurosis, el deseo arde en relación con la Ley: “No ceder en tu deseo”, no se trata de transgredir la Ley sino la fidelidad a tu propio deseo: ¡Haz tu deber!, y acepta tu destino.
(Juanito: Caso clínico en la obra de Sigmund Freud).

El dolor en el toxicómano.

El dolor sobreviene precisamente en un momento en que no se ha introducido la dimensión de la ausencia, por eso el dolor es la genuina reacción a la pérdida del objeto cuando esté último no ha sido simbolizado. Sigmund Freud señala que este dolor psíquico ocasionado por la pérdida del objeto toma en préstamo el modelo del dolor corporal, los dos engendran el mismo estado de desvalimiento psíqulco­.
Esta función del dolor, que surge como «más allá del principio de placer» ¿Acaso interviene en la abstinencia? En efecto, se puede percibir el imperativo del tratamiento de un dolor a través del discurso del toxicómano.
La palabra parece ocupada por una presencia alucinatoria del cuerpo y dice la urgencia de una sedación del dolor para restablecer una forma de homeostasis*. Una primera forma de sedación del dolor puede evidentemente estar referida a lo que se presenta como un dolor corporal. De hecho, estudios recientes neurofisiológicos demuestran que circuitos neuronales del dolor están interesados en el fenómeno de la dependencia de ciertas drogas. No se puede desconocer que la abstinencia trae consigo muy concretamente una reaparición de todos los dolores que el cuerpo anestesiado del toxicómano que no percibía ya. En cierta manera es su cuerpo el que le vuelve a través del límite designado por el dolor. Es un cuerpo que ya no sabía dónde le dolía: infecciones, dolencias, heridas se reavivan en tanto resurge la percepción de las diferencias.
La abstinencia implica efectivamente el retorno del «dolor consciente», que por lo demás no carece de relación con el estado de desvalimiento ligado a la efracción**. Pero aunque el cuerpo vuelva en cierto modo, bajo la forma de los límites y de los puntos de resistencia  que lo dibujan en negativo, estos sujetos no forzosamente consienten en hacerse cargo de él. En la diferencia, toda vez que interviene una actividad alucinatoria como para negar la confrontación con esos límites.
En cuanto al problema psicoanalítico planteado por la abstinencia, mientras subsista una formación alucinatoria de un «miembro fantasma» los toxicómanos se limitarán casi siempre a una demanda médica, por ejemplo:¡Saquen lo que anda mal dentro de mi cabezal!La respuesta a semejante demanda obviamente sólo podría ser de naturaleza quirúrgica. En esas condiciones, la ambigüedad de la ­cura en el caso de los toxicómanos cobra toda su dimensión (la cura psicoanalítica como cura de desintoxicación mental). Con semejante planteamiento el ­psicoanalista seria requerido para tratar la psique como si fuera un órgano.
Las quejas de los toxicómanos evocan así una arma de mutilación, cuando ya no se ejerce la acción del farmakon, resurge ese «dolor narcisista» que intenta ­ligar las excitaciones. Y Freud nos muestra que esa actividad se cumple cuando las ligazones significantes fracasan en organizar la realidad psíquica.
Es que la operación del farmakon representa una «cancelación tóxica» del dolor y una restauración de un objeto alucinatorio. Sobreviene entonces como en respuesta a una falta de elaboración del cuerpo, que evoca. según las diferentes toxicomanías una perturbación del narcisismo o una falta de elaboración del cuerpo pulsional, ligadas ambas directamente a una insuficiencia de la función simbólica.
Cuando «la psique» solicita «un estado ideal de inercia», toda clase de ­excitaciones adquieren el valor de efracciones. Esa semivigilia o esa narcosis que caracterizan a muchas toxicomanías corresponden a una forma de repliegue narcisista de la libido y a un retiro de los intereses del mundo exterior que conservan al cuerpo en la dimensión de lo alucinatorio cuando se ha producido una efracción. Como si estuvieran absorbidos por el tratamiento de un organismo, muchos toxicómanos ya no se interesan por sus vínculos afectivos, ni por sus necesidades más básicas, ni por el amor, el deseo sexual se desvanece y hasta el hambre deja de manifestarse. Un toxicómano podría decir estas palabras: “Cuando no me drogo es como si dentro de mi cabeza se agitara fragmentos de pensamientos aleatoriamente, ninguno concreto, todos mis pensamientos vuelven en todos los sentidos, eso es lo que me provoca primero ansiedad y después me empieza a «doler»”.

*Homeostasis: Conjunto de fenómenos de autorregulación, conducentes al mantenimiento de una relativa constancia en la composición y las propiedades del medio interno de un organismo.

**Efracción: Vulneración o penetración de un espacio que el sujeto deseaba tener privado. Lesión física.