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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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lunes, 20 de febrero de 2017

El grito del infante.

El infante sano grita por necesidad, deseo, alegría, en ocasiones por pena pero sin crispación. La madre experimentada, intuitiva, sabe muy bien distinguir entre ese grito sano, esténico, sin angustia, sin crispación, sin dolor, que expresa las necesidades para vivir (necesidad de comer, beber, bañarse, asearse, compañía, de ser tomado en brazos, etcétera) y el grito de sufrimiento ("cólicos" del lactante, dolores de oídos, dolores dentales por mencionar algunos).
Hay que respetar los gritos del niño pues, gracias a ellos, incita a los padres a averiguar lo que le falta, por poco que confiemos en sus expresiones y sepamos descubrir lo que quieren significar. Si los progenitores no logran comprender la razón de los gritos de su vástago, no deben por ninguna razón responder a ellos con gritos, ni ejercer una barbaridad de gestos para reprimir en el infante la expresión que no logran comprender; para ese niño, se trata de una manifestación de la vida, ya sea la expresión de una petición o de un malestar; y gritar es mejor para él que no gritar, aun si no comprendemos lo que significan esos gritos.
Si, por el efecto de una coerción, el niño sensible se abstiene de gritar, la inhibición se instalará en él, consecutiva a la índole de su relación con el adulto amado de quien depende; y podrá convertirse en una especie de reflejo condicionado, capaz de trastornar sus ritmos vitales, sus ritmos somáticos. Lo que es naturalmente "bueno" en el plano de las incitaciones se volverá, para aquel niño, estrechamente asociado con lo "malo" y, de una manera inconsciente se instalará la ecuación: vida=peligro; o también en el plano dinámico, desear=indeseable; y en el plano afectivo, amar="volver malo" o "atormentar".
Es posible inhibir el grito espontáneo del lactante, y esto constituye, en realidad, en esa edad oral, un trauma que puede provocar no sólo un trastorno profundo sino incluso una inversión de los ritmos vitales, con lo cual se desfavorece considerablemente el desarrollo ulterior del sujeto.
Condenar la libre expresión en el infante en la etapa oral, y aun más tarde, antes de la edad del habla, es condenar en su origen el conjunto de la expresión de la libido tal como tendrá que desarrollarse a través de las etapas ulteriores, anal, uretral y genital.

La necesidad de afecto para el infante.

La satisfacción de todas las necesidades neurovegetativas inherentes a la vida es sentida como "buena", agradable, más allá de toda jerarquía de valores estéticos y morales para el infante. Dentro de estas necesidades se encuentran las de «movimiento», que conciernen primero a los movimientos impresos al cuerpo del niño aún incapaz de ser voluntarios, luego de articulaciones propias, a medida que se desarrolla desde el punto de vista neuromuscular.
Para todo ser humano y en cada etapa del desarrollo, la aparición de esas necesidades es espontánea y obedece a ciertos ritmos; su aparición repetida obedece también al ritmo individual, y la falta de satisfacción en el momento oportuno es experimentada como mala. Si el bebé que tiene hambre y grita no recibe alimento alguno, al cabo de cierto tiempo su organismo fatigado se agota. El pequeño sediento, hambriento, deja entonces de gritar, y parece ya no experimentar necesidad alguna. El hambre, a fuerza de hacerle sufrir, deja de ser "buena". No sólo el niño ya no trata de tomar el alimento que se le ofrece, sino que puede llegar a dejar de sentir incitación a comer. Permanece entonces inerte, sin mímica, con los ojos abiertos —ya ni siquiera es capaz de gritar—, hasta la muerte por inanición.
Así, lo que es bueno puede perder su valor cuando el organismo ha sufrido demasiado por no haber sido satisfecho en el momento propicio. Hay inhibición del apetito en sus fuentes mismas, retroceso de la expresión libidinal por "retiro de catexis" del tubo digestivo, fijación regresiva de la libido sobre los sentidos de percepción pasiva: oído y vista, luego, más tarde aún, sobre el árbol respiratorio y circulatorio; y finalmente, sobreviene el sueño de inanición.
Se piensa demasiado a menudo que es mediante el mecanismo nutritivo que el bebé manifiesta sus primeras reacciones de ser viviente. El ejemplo del bebé que muere de inanición muestra que la necesidad de aire y el deseo de comunicar con el prójimo por la mirada y la audición son más esenciales que el instinto de nutrición; y también que el sueño, que vuelve después de un período de insomnio angustiado, es la traducción de un movimiento de refugio dentro de sí, cuando ya no se espera nada de las relaciones psíquicas o sustanciales con el mundo exterior, por cuanto este último no aportó durante tiempo prolongado intercambios vivificantes. Es entonces cuando el niño abandona la búsqueda en el exterior de sí mismo y se hunde en un sueño fisiológico que puede llegar hasta a la muerte.
En el caso en que hay hambre extrema, no en el plano nutritivo sino en el plano de la relación psíquica con la madre, vemos a niños entrar en el «autismo», sin que estén privados en absoluto en cuanto a sus necesidades. Se trata de niños desritmados en cuanto al deseo de relación de lenguaje con el adulto; después de un período intenso de deseo, y como el mundo exterior no trae respuesta alguna, renuncian y no tienen más que intercambios fantaseados con sus propias sensaciones viscerales, mostrándose entonces indiferentes a lo que los rodea que sin embargo, mantiene sus necesidades.

La pornografía es una sexualidad parcial.

La pornografía es regularmente una especie de artimaña para los que llevan la castidad de manera puntual, es decir, los que han reprimido su genitalidad.
La pornografía es algo así como un juego que está fijada en la etapa oral o lo anal de la infancia, que niega intervenir a un otro. Podríamos decir que precisamente se detiene en ese juego infantil del descubrimiento de la genitalidad, y esa sexualidad se presenta como objeto parcial. Por esta razón, quienes han sido obligados a una castidad, no por renunciamiento debido a su desarrollo, sino por culpabilidad, están abocados necesariamente a la pornografía. Se trata, en este caso, de un signo de detención de la evolución del placer en los encuentros cuerpo a cuerpo en zonas parciales, de fijaciones fetichistas, y placeres limitados.

La mujer histérica y su sexualidad.

Aunque la histérica llegue a aceptar la aparente simetría que se le propone desde el punto de vista del psicoanálisis: “Tanto el hombre como la mujer son sujetos de la carencia porque ambos se dan lo que no tienen”; seguirá en esa búsqueda incansable por el «falo», porque éste simboliza una soberanía que se ejerce en otros dominios más allá del amor y la sexualidad. Y son precisamente esos otros dominios en los que la mujer constata también su sujeción, su inferioridad, su falta de decisión, su ausencia de deseo.
Para saber cómo se desenvuelve una mujer en la intimidad de la cama, la histérica tiene que averiguarlo a través de su partenaire que le hable, o bien tome de referencia a otra mujer como prototipo a imitar ¿A quién puede dirigirse entonces la histérica para desempeñarse laboralmente y que esto le permita su autonomía material, y con ello se ubiquen en el contexto social?
Si su feminidad secundaria debidamente asumida le demuestra la supremacía masculina ¿Cómo hará la mujer para no desear ese destino para sí? ¿Cómo puede existir como ser humano sin valorización narcisista?
Cada vez que se siente humillada apelará a su única arma para restablecer su narcisismo herido, el «control puntual de su deseo y su Goce», e invertirá los términos, «el Amo quedará castrado».
«Es común que la reacción prevalente de la mujer con su partenaire, cuando surge un desacuerdo, sea la indiferencia sexual o la negativa a tener relaciones sexuales con él (Helen Singer Kaplan)». De esta peculiar manera la mujer se hace oír en tanto sujeto, reivindicando su deseo de reconocimiento, de valorización en tanto género femenino, lo que equivale considerar su feminidad como equivalente a su «esencia» de ser-humano, no sólo a su ser-sexuado. En su reivindicación no puede dejar de permanecer prisionera de los paradigmas y sistemas de representación masculina, y su feminismo espontáneo se pondrá en juego en el mismo terreno en que ha quedado circunscripta: el sexo.
En el síntoma histérico el conflicto entre sexualidad y valoración narcisista alcanza su máxima complejidad, y es este conflicto, en su carácter genérico y constante para la feminidad, el que se instituye como un síntoma de la estructura cultural. Es esta identidad estructural entre la feminidad y la histeria la que «universaliza» a ésta, así como simultáneamente le otorga a la feminidad su carácter sintomal. “Siempre que se cree una oposición entre narcisismo y sexualidad o entre narcisismo y feminidad, y tal feminidad quede reducida a la sexualidad, estaremos ante una organización de la personalidad histérica”.
La sexualidad es el instrumento que la histérica privilegia para el mantenimiento de su balance narcisista. Pero en tanto actividad narcisista la sexualidad está sujeta a una muy distinta y desigual valoración social para el hombre y la mujer, lo que determinará que de acuerdo a como se ubique la histérica frente a esta distinta valoración, la sexualidad en tanto actividad se ponga en acto o se sustraiga de la escena. Si en la experiencia singular, la actividad sexual se opone o entra en contradicción con la valoración narcisista, dicha puesta en acto se verá comprometida, perturbada o bloqueada en algún nivel.
«Indudablemente la mujer siempre va a requerir que la propuesta sexual tome el carácter de un romance, de un hecho trascendente en la vida del hombre. Si, por el contrario, el despliegue de la actividad sexual refuerza o satisface el narcisismo, la puesta en acto se verá favorecida y tenderá a repetirse, lo que ocurre habitualmente en la Histeria Masculina, de ahí su casi sinónimo de Donjuanismo, y que llamativamente no encuentra su paralelo para la actividad similar en la mujer, sino que en ella se la describe como: puta”.
La transformación de los modelos de feminidad de generación en generación, la liberación sexual que impera actualmente, conduce a la adolescente, a la mujer, a multiplicar crecientemente sus experiencias sexuales. Pero aún en la actualidad el placer sexual de la mujer, en tanto Goce, el ejercicio de la sexualidad como testimonio de un ser que desea el placer y lo realiza en forma absoluta —por fuera de cualquier contexto legal o moral convencional— se constituye en una transgresión a una ley de la cultura de similar jerarquía a la Ley del Incesto.
Las relaciones sexuales con los hijos son tan antinaturales como el derecho al «puro placer sexual de la mujer». Lo queramos aceptar o no, la educación abierta o sutil que los padres imponen a sus hijos, es diferente en cuanto al género que representan: «Ella no lo necesita», dicen las madres y los padres de las adolescentes mujeres, mientras que para el hijo varón, lo alientan a tener relaciones sexuales —casi inmediatamente entrando en la adolescencia— con el número de mujeres que desee, incluso si son mayores que él, mucho mejor: «Para que vaya aprendiendo el muchacho» y con esto testifique su masculinidad.
Los padres debidamente normativizados transmiten la prohibición del incesto sin necesidad de amenazas, a través de su propia represión. «De la misma manera está inscripto en ellos y efectúan la transmisión de la estructura desigual del “deseo” del hombre y la mujer». Para el hombre: el derecho y la valorización del deseo autónomo, en estado puro, con mujeres como objetos intercambiables; para la mujer: el amor de un hombre que otorgue legitimidad a su Goce. Desde esta perspectiva ¿Es difícil entender por qué la excitación sexual puede despertar en la mujer angustia o rechazo, o por qué el deseo en la histérica consiste en que el deseo del otro se mantenga insatisfecho? ¿No es acaso éste el momento de mayor correspondencia entre sexualidad y valoración narcisista a la que puede aspirar?
Desde el psicoanálisis hemos visto que la mujer histérica de la actualidad rara vez presenta una crisis, pero siempre podemos reconocer un escenario, un guión, alguna acción que tiene o no tiene lugar —como claramente sostiene Jean Laplanche— una comunicación que se hace en el área privilegiada del cuerpo y que implica un mensaje simbólico dirigido a otro. Un deseo que no se expresa, un orgasmo que no tiene lugar, una presencia que se ausenta, ella debiera venir pero se va; o seduce, o hace el amor pero no se compromete, o creyó estar convencida y afirma para no dudar: ¡Hice lo que quise!
Laplanche sostiene que invariablemente cualquiera de estas «puestas en escena» nos remitirá a una escena sexual del Complejo de Edipo. Y aquí radica el punto problemático, que la sexualidad sea la actividad que la histérica privilegia para balancear su narcisismo no implica que su narcisismo se reduzca a la sexualidad, sino que obviamente lo excede. Sustrayendo del escenario aquello por lo único que es tenida en cuenta: su sexo ¿Podrá ser reconocida como algo más? En esta sustracción, en este rechazo se cuela su anhelo de valorización, su enigmático reclamo feminista.
Existe un feminismo espontáneo en la mujer histérica que consiste en la protesta desesperada, aberrante, actuada, que no llega a articularse en palabras, una reivindicación de una feminidad que no quiere ser reducida a la sexualidad, de un narcisismo que clama por poder privilegiar la mente, la acción en la realidad, la moral, los principios y no quedar atrapado sólo en la belleza y atractivo del cuerpo (cuando en el hombre la valoración narcisista se plantea exclusivamente en el ámbito de la sexualidad surge la Histeria Masculina).
Pero esta distensión ha permanecido y permanece confundida para la cultura, para el psicoanalista, para el terapeuta y para la propia fémina. Cuando la mujer accede a otro ámbito se considera que invade el territorio masculino, que castra al hombre o que se identifica con él, o que abandona la feminidad si no lo es de la manera convencional —esposa, compañera, madre, ama de casa—, feminidad que queda adscripta a dependencia, sobrecompromiso emocional, inferioridad, y atrapada en este narcisismo devaluado, sólo atina al autoengaño.

domingo, 19 de febrero de 2017

La postura de la histérica en la actualidad.

Lo que caracteriza a la mujer histérica es la apropiación que lleva a cabo para el género femenino de los derechos y de los modos de acción tipificados en nuestra cultura como masculinos.
En lo «imaginario» (inconsciente) muy probablemente la histérica se interrogaría sobre si es hombre o mujer, pero cabe señalar que esto no es con respecto a los roles sexuales, sino al poder, a la valoración, a las formas de obtener reconocimiento dentro de la sociedad; «no es a la diferencia de sexos a lo que reacciona, sino a la desigualdad imperante entre ellos».
En todo caso si tuviéramos que concebir un interrogante en torno al cual situarla, podríamos escucharla preguntándose sobre ¿cómo puede acceder a identificarse adecuadamente con su género sin que esto implique ser inferior?

Madre.

El psiquismo de la mujer se regula, cuando se convierte en madre.

El capricho del infante.

Es desde la cuna cuando inicia la coerción en la educación. Lo que el infante siente que es bueno para él, regularmente se convierte en malo para sus padres debido a la imposición de las reglas sociales, y entonces se relaciona esto como algo que podría representar un peligro para el vástago.
El niño, para obedecer, inhibe durante cierto tiempo sus movimientos de expresión; pero entonces las pulsiones de vida se acumulan en él sin expresarse hacia el exterior. Como las exigencias instintivas entran en conflicto con las exigencias de la «moral» del comportamiento impuesta por sus padres, esto lleva al niño a experimentar una regresión, es decir, a expresarse en un modo más infantil. Grita, patalea, en vez de modular su voz en busca del lenguaje; cae sentado al suelo moviendo las piernas y los brazos por flexión sobre el tronco, como un bebé. A veces, se revuelca en el suelo, experimentando una regresión a la etapa (de antes de los seis meses) anterior a la posición sentada. A este comportamiento se le conoce como «capricho». Así, a través de etapas regresivas, el niño puede lograr cierta satisfacción orgánica de sus pulsiones; el «capricho» le aporta esa satisfacción necesaria para el sosiego de su tensión libidinal; es entonces que inicia la neurosis en el niño.
Los primeros «caprichos» son «normales» porque esto significa para el niño una manera de traducir el sufrimiento que le causa su impotencia para cumplir su deseo, de verse contrariado por el mundo exterior: la realidad lo ha alcanzado y desde ahora se impondrá para el resto de su vida.
Por ejemplo existen niños que echan rabietas porque no logran treparse a una silla, cuando nadie se lo está impidiendo; su cólera se expresa contra sí mismos, contra su propia impotencia. Por desgracia, los padres se equivocan a menudo en cuanto al sentido del deseo del niño (creyendo que el niño le pide ayuda, y reacciona éste con un rechazo brutal cuando se intenta ayudarle), el significado que le brindan los progenitores a esa agresión y rabia del vástago, es que tiene un mal carácter, un genio terrible. El padre o la madre adoptan entonces —en nombre de la «educación»—, una actitud represiva, o se comportan como moralizadores y sermoneadores, que instalan definitivamente al niño en un modo resueltamente agresivo de reacción a la imagen del padre-modelo: el cual es sentido por él como algo violento en su contra.
Si el padre, por el contrario, deja que tengan lugar los caprichos —cuando no ha podido evitarlos—, si mantiene la tranquilidad y compasión, el capricho cesará, incluso en un vástago muy violento, sobre todo si éste advierte que el padre no reacciono agresivamente, y tampoco está enojado (el niño percibe la violencia con miedo). Así, se establece la confianza; el padre puede entonces explicarle, con palabras, lo que pasó, buscará junto con su hijo lo que lo hizo rabiar, y esas palabras acudirán en auxilio de su sentimiento de impotencia (palabras que quedarán articuladas adecuadamente en el “lenguaje” del que está conformado el inconsciente).
La comprensión del padre, expresada también por el tono de su voz, calmada, compasiva, desdramatizadora, reconcilia al niño con su sufrimiento y su rabia, que pasan entonces muy pronto. Ayudado por el progenitor, que no se opone a priori a lo que desea sino que, por el contrario, le indica el camino del éxito, guiando sus gestos, el niño sale del atolladero en que lo había colocado su impotencia de salir adelante. De experiencia en experiencia y gracias a la ayuda de los padres, unas cadenas asociativas motrices, en armonía con las palabras y con la observación, organizan la inteligencia psicomotriz al servicio de los deseos lúdicos y utilitarios.

lunes, 13 de febrero de 2017

La búsqueda incesante de la feminidad.

Sigmund Freud concibe la feminidad básicamente gobernada por un acentuado narcisismo, esto significa que prefiere ser amada a amar; practica con devoción el culto a su cuerpo, ya que cuanto más atractivo más lo equipara a la posesión del pene envidiado en la ecuación cuerpo-falo; la elección de objeto es conforme al ideal narcisista del hombre que hubiera querido ser; cuando sea madre el hijo le deparará las satisfacciones de todo aquello que de su «Complejo de Masculinidad» ella esperaba, y la intensa «envidia al pene» presente en su vida psíquica es la razón de su escaso sentido de justicia.
Quizá sea Piera Aulagnier quien mejor da cuenta de la incidencia de lo «simbólico» en la estructuración de la mujer, al marcar que la feminidad es ante todo una «cuestión de hombres», descansando en su condición de deseada, condición que sólo objetivará a través de la mirada masculina.
Para Aulagnier en este punto residiría esa feminidad tan envidiada y explorada, espiada, buscada, que toda mujer persigue. Si la mujer está más o menos siempre en una relación de rivalidad con sus semejantes (histeria normal), sería para constatar cuál es el rango de deseabilidad y cómo, a través de qué atributo, «la otra» logra despertar el deseo del hombre, investigación que también persigue a través del hombre, buscando saber qué desea él en la otra mujer.
En una productividad que toma como punto de partida ideas de Jacques-Marie Émile Lacan, Aulagnier se aparta un tanto de la formulación estructuralista ahistórica, de que el hombre no tiene mejor suerte que la mujer en la organización de su deseo (ya que también se halla marcado por la «falta», pues en rigor él tampoco es el «falo», ya que sólo posee un «pene» que lo simboliza).
Puntualiza una clara diferencia entre la estructura del deseo del hombre y la mujer: mientras el hombre puede escindir el deseo del amor, esto es imposible para la mujer. «En esta posibilidad y en esta afirmación sustentará su potencia masculina, su orgullo, su narcisismo, quiere ser capaz de un deseo autónomo, en estado puro, frente al cual la mujer sea un objeto intercambiable (sólo un objeto «a» según teoriza Lacan).» La estrategia masculina para negar la castración, cuyo espectro se perfila sobre la castración materna, es entendida en estos términos por Aulagnier: “...si es preciso el amor para que exista el deseo, entonces su supremacía fálica revela estar sometida al antojo de la Otra: la mujer se acerca al lugar vedado que tenía la madre, aquel cuya falta amenaza siempre con remitir a la nada su papel de ser que desea. Pero si, por el contrario, cualquiera puede permitirle reconocerse como ser que desea, si cualquier mujer, sin que tenga ni una palabra que decir, y cualquiera que sea su deseo le basta para que pueda afirmarse como «amo del deseo», entonces la amenaza materna es vana...”
En cambio la mujer se declarará siempre partidaria del amor único, ya que algo se opondría a que se conciba sólo como objeto de deseo, siempre buscará el amor y sólo por amor logrará en el mejor de los casos el goce sexual. “No la hiere el ser deseada, lo que no puede tolerar y lo siente como una decadencia es que el hombre le revele saber que ella no es sólo deseable, sino sobre todo que está deseosa del deseo de él y que se desenmascare su carencia. Obviamente tampoco soporta ser descubierta como «sujeto de deseo»”.
Pero, ¿por qué esta angustia, qué marca este corte tan neto entre el hombre y la mujer, esta fractura entre el goce y el deseo que se situaría en el nudo de la feminidad? Es que para la mujer, si experimenta goce no puede transformarse en el signo de otra cosa, si descubre que no es para el hombre sino el instrumento de un goce en el que el amor no tiene lugar alguno, y si su propio placer le confirma que ha revelado a su partenaire que a ella le «falta» algo, entonces se desmoronaría toda valorización narcisística. De ahí que la mujer tome la vía del simulacro, del engaño, de la mascarada (siendo ella misma la primera engañada) y con extrema atención tratará de atisbar, desentrañar cómo él la desea y, sólo «por amor» asumirá el papel que él propone y le será fiel, ya que el hombre, siempre listo en la reivindicación de su autonomía de ser que desea, no está dispuesto a considerar la reciprocidad cuando él no es el beneficiario.
Lo que surge como esclarecedor en el planteamiento de Aulagnier es la articulación que establece entre la valoración narcisista y la sexualidad como condición de acceso a la feminidad. Aunque también el clivaje entre histeria y feminidad pasa por el logro o no del goce, este último sería dependiente de un investimento narcisístico previo. Aulagnier sostiene que lo que Freud denominó una feminidad normal implicaría que «...la mujer haya podido hacer del deseo que brilla en la mirada del hombre la fuente misma de su investidura narcisística, pues, no lo olvidemos, no se puede amar si antes uno no se ama a sí mismo. Podrá aceptar saber que en cuanto sujeto de la carencia puede encontrar su lugar de deseada...». Si este prerrequisito no se cumple —la investidura narcisista del deseo del hombre por ella— rehusará a su partenaire todo surgimiento de placer, su frigidez desmentirá que el «pene» sea el emblema y la sede tanto del goce como de la valoración narcisista y será él quien deberá interrogarse acerca de qué es para ella el «objeto del deseo». En el triunfo del engaño la mujer recuperaría el poder, el «falo», pero a costa de su «goce».

domingo, 12 de febrero de 2017

El dilema de la sexualidad femenina.

La mujer se enfrenta a una encrucijada, por un lado, cuando más acepte e internalize los estereotipos de nuestra cultura sobre los valores «intrínsecamente femeninos» (como lo prescribe el modelo de la pureza sexual) más se aproximará a la personalidad histérica o dependiente, por lo que su sexualidad podrá permanecer en un letargo asintomático, si sobre ella no se «inviste» ningún otro valor.
Pero por el otro lado cuanto más aspire a una equiparación al hombre, más competitiva se volverá (castradora) y mayor dificultad tendrá en aceptarse como «objeto causa del deseo» del hombre, pues se sentirá reducida simplemente a un cuerpo que «goza», y no es precisamente esa meta la que su Ideal del Yo le impone.
Podemos también percibir que existe otra dimensión en el «deseo del hombre» por la mujer, que ésta se halla ávida por escudriñar y descubrir: si este deseo se extiende más allá del sexo. Si el hombre que comienza a ser atraído por la grácil jovencita también reconoce en ella algo más que un cuerpo.
Ahora bien, ¿qué destino puede imaginar una jovencita, si tiene una madre que siente devaluada y cae en esa categoría de no sentirse nada?
La homosexualidad latente o manifiesta en la mujer histérica, no busca a otra fémina a la que desea sexualmente, sino inconscientemente quiere encontrar más bien a una mujer que represente una «imagen valorizada de la feminidad». Es una búsqueda desesperada por la reivindicación narcisista de un género poco narcisizado en la historia de la cultura.

Algunos rasgos de la histeria.

Las mujeres con una organización histérica en su personalidad presentan una dependencia acrecentada en sus vínculos de pareja, deseos impulsivos seductores de exhibirse constantemente, la necesidad de ser querida y ser el centro de atención en cualquier circunstancia, además tienden a una inmediata implicación sexual en cada relación de pareja donde generalmente permanecen frías.
La provocación sexual (visual o auditiva) y la posterior frigidez o rechazo es típico en estas mujeres. Asimismo revelan un fuerte vínculo edípico en sus relaciones sexuales, y puede existir la capacidad para relacionarse de manera estable, siempre y cuando se cumplen ciertas precondiciones neuróticas (relaciones con hombres mayores, casados, distantes afectivamente, «amores imposibles», etcétera).
En cuanto al masoquismo que presentan esta relacionado con un Superyó rígido y severo que condena su sexualidad inmediatamente después de haberlo practicado, con fuertes sentimientos de culpa pero pasado un determinado tiempo es reprimido y el «círculo vicioso» inicia nuevamente.