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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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viernes, 20 de enero de 2017

Psicoanálisis del arte.

La mañana del 21 de agosto de 1911, un hombre vestido con una bata blanca se escabulló por una de las puertas laterales del Museo de “Louvre” y desapareció entre las multitudes de la rue de Rivoli. Su paso no era ligero, ya que debajo de la bata llevaba un lienzo ajustado a un marco de madera que tenía que ocultar y proteger.
Cuando regresó a su pequeño cuarto en la rue Hôpital Saint-Louis, deslizó el lienzo con cuidado en un hueco oculto a la vista por montones de leña.
Nadie parpadeó siquiera cuando Vicenzo Peruggia apareció en su trabajo dos horas tarde. ¿Cómo iban a saber, después de todo, que ese pintor de brocha gorda, callado y discreto, acababa de robar una de las obras de arte más famosas del mundo?
El robo en sí fue de igual forma callado y discreto: la ausencia de la Mona Lisa se advirtió sólo unas veinticuatro horas después. El 21 era lunes, después llegó el martes, el día en que el Louvre cierra y las obras suelen retirarse a un anexo para tomarles fotografías. Un trabajador que miró hacia la pintura alrededor de las siete de la mañana mientras pasaba por el Salon Carré notó que una hora después ya no estaba allí, pero interpretó su ausencia como un signo de seguridad: «Vaya, vaya —le dijo a sus colegas—. Tienen miedo de que alguien la robe».
Al día siguiente, el Louvre se había convertido en una comisaría. Más de sesenta detectives y policías registraron las salas y corredores en busca de pistas, incluso ese episodio llevó a la detención de Pablo Picasso y Guillaume Apollinaire como sospechosos.
Se convocaron ruedas de prensa y las primeras páginas de los diarios casi no hablaban de otra cosa. Era imposible escapar a la imagen de la dama secuestrada.
Su fama icónica se transformó de súbito en la celebridad de la que gozan las estrellas de cine. Las multitudes se apiñaban en el Louvre para «contemplar el espacio vacío» donde alguna vez estuvo colgada la pintura. «Muchos de estos emocionados espectadores jamás habían pisado Louvre, y algunos ni siquiera habían visto la pintura en su vida». Pero he aquí lo paradójico ¿Por qué ir a mirar un espacio vacío? ¿Qué era exactamente lo que las personas esperaban ver?
Tal vez la historia de la desaparición de la Mona Lisa pueda decirnos algo sobre el arte, la razón por la cual lo contemplamos y nos cautiva.
Cuando un museo expone una colección famosa de obras de arte, provoca que una multitud de personas quieran apreciarlas, casi la mayoría de los asistentes ignoran sobre la vida del artista y del contexto de su obra, pero aun así desean con entusiasmo acudir.
Un sujeto analítico que vaya a una exposición artística tal vez se pregunte: ¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Qué esperamos encontrar? De hecho, varias obras de arte en las últimas décadas han tenido como propósito reunir a un gran grupo de personas que tienen la «sensación» de estar ahí por alguna otra razón ¿O acaso existe algo específico, individual y singular en las pinturas que busca cada observador? Tal vez muchos puedan llegar a diferentes conclusiones y nos lleve a muchas respuestas... pero si volvemos al robo de la Mona Lisa posiblemente encontremos la respuesta acertada. Retomemos entonces ¿Cuál es la razón de asistir al Louvre, no para apreciar una pintura, sino para percatarse de su ausencia?
El robo de un banco no provoca que la sucursal bancaria se convierta de la noche a la mañana en una atracción turística; o bien, sería difícil imaginar que alguien robe una joyería y que la gente corra ansiosa por ver los escaparates vacíos, aun tratándose de joyas de mucho valor monetario.
¿Pasa esto solamente si el objeto robado es una obra de arte? Y la obra de arte en cuestión, ¿tendría que haber alcanzado una fama incomparable? Es cierto que la Mona Lisa es únicamente una pintura, pero una pintura que conlleva implícitamente el símbolo del arte de pintar. Por lo tanto cabe hacer tres preguntas ¿qué plasma el artista realmente en su obra? ¿Por qué casi todos desean ver la obra de cuerpo presente? ¿Qué fascinación encuentra el espectador en la obra de arte?
Quien tenga conocimientos sobre el psicoanálisis, seguramente conoce la respuesta...

jueves, 19 de enero de 2017

La agresión como componente de la excitación sexual.

La importancia que tiene la integración de la libido y la agresión por un lado; y el amor y el odio por el otro, con predominio del amor por sobre el odio, son las características principales de la interacción de la pareja. Pero ¿qué significa exactamente esto?
Robert J. Stoller señaló la presencia esencial de la agresión como componente de la excitación sexual subrayando la importancia que tiene el misterio en la excitación sexual, aunado obviamente a los factores anatómicos y fisiológicos que, en interacción con los deseos individuales de cada sujeto y los peligros edípicos, contribuyen a las cualidades excitantes y frustrantes que son una parte importante de ese misterio. Ahora bien, ese misterio induce y refleja la fantasía sexual de cada sujeto, de manera única e irrepetible (como si se tratara de una huella dactilar) por lo que entraña su singular historia individual.
Stoller hace hincapié en la función que tiene la excitación sexual en la recreación de situaciones peligrosas y potencialmente frustrantes, y en su superación mediante la gratificación de la fantasía y el acto sexual específicos. De modo que, en los términos de la capacidad para la excitación sexual, el deseo erótico para la integración de las relaciones objetales preedípicas y edípicas como parte de las relaciones amorosas, la integración de la libido y la agresión, y también del amor y el odio, emergen gradualmente como un aspecto principal de la capacidad para las relaciones amorosas normales, pero  ahí mismo se encuentra el núcleo donde radica la patología que puede desencadenar en perversión o inhibición.
Las facetas sadomasoquistas de la sexualidad «perversa polimorfa» manifestada en la infancia proporcionan una importante energía al impulso a la fusión sexual en la vida adulta; un predominio excesivo de la falta de cuidado corporal tierno o de experiencias traumáticas de abuso físico o sexual durante la infancia puede suprimir la capacidad para la respuesta sexual o interferir en la consolidación o el desarrollo del afecto de la excitación sexual. A la recíproca, una represión excesiva de la agresión, las prohibiciones inconscientes contra los componentes tempranos y agresivos de la sexualidad infantil perversa polimorfa, pueden inhibir significativamente y empobrecer la respuesta sexual.
En las observaciones hechas desde psicoanálisis se desprende que el tipo más frecuente de inhibición sexual supone algún grado de supresión o represión de la sexualidad infantil perversa polimorfa, y que esta inhibición sexual gravita considerablemente en el empobrecimiento de la vida amorosa de parejas cuyas relaciones emocionales son en otro sentido satisfactorias. En la práctica, encontramos que las parejas pueden realizar el coito regularmente, con excitación sexual y orgasmo, pero con una creciente monotonía, una vaga sensación de insatisfacción y aburrimiento, experimentan algo así como un «vacío existencial» inmediatamente después del coito. «En consecuencia, en el área de la excitación sexual, tanto la falta de integración de la agresión como su exceso pueden inhibir la relación amorosa».
El mismo proceso aparece en las relaciones objetales dominantes de la pareja. La falta de integración de las relaciones objetales internalizadas "totalmente buenas" y "totalmente malas" conduce a una idealización primitiva en las relaciones amorosas, en el «Estado fronterizo de la personalidad»; la carencia de realismo propia de la idealización lleva fácilmente al conflicto la destrucción del vínculo. Una idealización que no tolera la ambivalencia, que es fácilmente destruida por cualquier agresión en la relación, es por definición frágil e insatisfactoria, y los partenaires carecen de capacidad para una profunda identificación mutua. Pero la integración de las relaciones objetales que prenuncia el dominio de los conflictos edípicos avanzados, con la correspondiente tolerancia a la ambivalencia, también significa el surgimiento en la relación de una agresión que debe ser tolerada y es potencialmente peligrosa para el vínculo.
La tolerancia a la ambivalencia facilita la activación de guiones inconscientes y de la identificación proyectiva mutua de relaciones objetales internalizadas patógenas pasadas, de modo que la tolerancia a la agresión como parte de la relación ambivalente de la pareja la enriquece enormemente y asegura la profundidad que ha sido señalada como parte de la "identificación genital" de Michel Balint o la "preocupación por el otro" de Donald Woods Winnicott. Pero la agresión excesiva amenaza a la pareja con un conflicto intolerable y con la ruptura potencial de la relación.

*El «Estado fronterizo» es una patología de la personalidad que se encuentra entre la estructura neurótica y la estructura psicótica.

Paranoia y neurosis.

El psicoanálisis ha descubierto dos «mecanismos de rechazo» opuestos (retirada de la atención consciente de toda fuente de desagrado). Esto lo podemos observar en los sujetos paranoicos que sienten los procesos mentales objetivos como una fuente de desagrado, creyendo que la intervención proviene del mundo exterior «proyección». Y por el otro lado los neuróticos pueden sentir esos procesos que se desarrollan en el mundo exterior (es decir, en otro) con la misma intensidad como si ellos los vivieran: «introyectan» una parte del mundo exterior para aminorar en lo posible su propia tensión psíquica.

El último placer antes de morir.

Independientemente de los fundamentos biológicos (estimulación nerviosa directa) que se manifiestan en el sujeto que está a punto de morir —envuelto en su atroz terror a desaparecer— se observa el relajamiento de sus dos esfínteres, y además puede presentar en algunas ocasiones, eyaculación al mismo tiempo; desde el psicoanálisis esto representa una última regresión convulsiva a las fuentes del placer de la existencia. Asimismo se puede observar en pacientes terminales que padecen gran dolor, la realización de movimientos masturbatorios, muy posiblemente por contrarrestar el sufrimiento por el que atraviesan.

miércoles, 18 de enero de 2017

Principio de placer y Principio de realidad.

Si aceptamos la comparación que realiza el filósofo Arthur Schopenhauer y la traducimos al lenguaje psicoanalítico, debemos afirmar que los dos héroes principales de la tragedia de Sófocles simbolizan también los dos principios de la actividad psíquica. Edipo «que, prosiguiendo su búsqueda infatigable de la revelación sobre su terrible destino, aunque adivina el espantoso horror que le reserva la respuesta», representa el «Principio de realidad» del espíritu humano que impide el rechazo de las ideas incidentales, por penosas que sean, exigiendo que se sometan todas a la prueba de la realidad. Yocasta, «que suplica a Edipo, por amor de los dioses, que no prosiga su investigación», es la personificación del «Principio del placer» que, sin preocuparse de la realidad objetiva, sólo pretende ahorrar al Yo de todo sentimiento penoso, procurándole el máximo placer (Goce), y, para conseguirlo, aparta de la conciencia en la medida de lo posible todas las representaciones o ideas susceptibles de suscitar el desagrado.
Animados por la interpretación de Schopenhauer y por su sorprendente confirmación analítica, arriesguémonos un poco más y preguntémonos si el mito de Edipo, como la Saga de Edda citada también por nuestros filósofos, encarna por azar el principio de realidad mediante un hombre (Edipo, Odín) y el principio de placer mediante una mujer (Yocasta, Edda). Por regla general, los psicoanalistas no tienen costumbre de pronunciarse sobre la noción de «azar» y tienden más bien a atribuir a los escritores como Sófocles y Schopenhauer, un conocimiento inconsciente de la bisexualidad de todo ser humano. Schopenhauer dice que la mayoría de los seres humanos llevan dentro de sí tanto a Edipo como a Yocasta. Esta interpretación coincide con la observación habitual de que la tendencia al rechazo —es decir, el Principio del placer— prevalece en general en la mujer, mientras que la aptitud para el juicio objetivo y la tolerancia para la percepción de las verdades desagradables —es decir el Principio de realidad— dominan al hombre.

La risa que encubre la fantasía erótica.

La risa que encubre la fantasía erótica.

Podemos observar desde el psicoanálisis que generalmente las mujeres con estructura neurótica «tosen» durante un examen medico, por ejemplo, la auscultación; puede verse en ello el desplazamiento de un deseo de reír sin motivo alguno, debido a pensamientos o fantasías de índole erótico.

No debemos confundir el deseo sexual con la identidad de género.

Durante el Complejo de Edipo el niño (varón) fantasea entre el deseo de penetrar a su madre o ser penetrado por su padre, pero no duda en ningún momento de su identidad de género, o sea que es un varón; por lo tanto en su vida adulta se inclinará por ser penetrado por otro hombre, o bien penetrar a una mujer, dependiendo de su «deseo».
La idea freudiana de la bisexualidad siempre descansó sobre una «bipolaridad del deseo, no del género». El niño freudiano «perverso polimorfo y bisexual nunca fue concebido sobre el modelo del transexual», el niño varón puede desear jugar al doctor, al fútbol, etcétera indistintamente con una niña o un niño, pero no duda, ni le es indistinto ser un varón o una nena.
Verbigracia podemos observar a un niño varón de tres o cuatro años de edad que se percata que su hermano adolescente esta lavando los trastes; ante tal espectáculo exclama: «¡Mi hermano es un marica!» La madre se ríe, el hermano no escucha bien y le pregunta a la madre qué dijo el niño; ella aclara: «Tu hermano dice que las personas que lavan trastes son mujeres». El hermano le contesta al niño: «Tienes razón», y sigue en su quehacer.
La edad del niño nos muestra cuán tempranamente se hallan establecidos en forma diferencial los roles del género.
Ahora bien, ¿qué significa para este niño ser «marica»? ¿Podemos pensar que designa a la homosexualidad en tanto peculiaridad del deseo o simplemente a los hombres que siendo tales —es decir, establecido su género— desempeñan tareas o acciones de mujeres, y que, por tanto, no son suficientemente masculinos?

martes, 17 de enero de 2017

El Complejo de Castración orienta el deseo sexual, no la identidad de género.

La crisis de la castración, al provocar una redistribución de la valoración ligada a la identidad de género, arrasa con ese universo femenino, que tanto a la madre como a la hija sentían que no le faltaban nada, por lo cual el pene real del padre será elevado a carácter de «símbolo fetiche», representando privilegiadamente la compensación de toda carencia.
Pero sabemos que aquello que el descubrimiento de la castración pone en tela de juicio es el papel narcisizante de la madre, ahora será del padre del que se esperará la valorización por lo que se hace entonces necesario agregar en el estudio de la feminidad, junto a la constatación de los efectos psíquicos que la diferencia anatómica de los sexos provoca en el sistema narcisista de la niña, aquellos otros efectos que provienen del testimonio que la niña efectuará, de ahora en adelante, de las múltiples y permanentes desigualdades en la valorización sociocultural de los géneros.
El psicoanálisis señala que la principal consecuencia psíquica del Complejo de Castración para la niña es la pérdida del «Ideal Femenino Primario», la completa devaluación de sí misma, el trastorno de su sistema narcisista, y que el interrogante mayor a dilucidar no es cómo hace la niña para cambiar de objeto y pasar de la madre al padre, sino cómo se las arregla la niña para seguir deseando ser una mujer en un mundo paternalista, masculino y sobre todo fálico.
La eficacia de la castración se funda en la alteración, en la inversión de la valoración sobre su género, de idealizado y pleno se convierte en una condición deficiente e inferior. «Pero si esta metamorfosis tiene lugar es porque el núcleo de la identidad de género se halla firmemente constituida; la castración ni origina ni altera la identidad género, sino que lo consolida. Lo que sí compromete, organiza y define es el destino que la niña dará a su. sexualidad».
«Hay que hacer énfasis que el Complejo de Castración orienta y normativiza el deseo sexual, no el género. En otras palabras, decide básicamente sobre la organización de la sexualidad femenina, no acerca de la feminidad». La niña se orientará o no hacia el padre, estableciendo su elección de objeto sexual, sellando así o no su heterosexualidad. Heterosexualidad que en la teoría requiere ser diferenciada de la feminidad, pues así como existen homosexuales femeninas, también existen formas de histeria fuertemente masculinizadas y, sin embargo, exclusivamente heterosexuales.

La crítica al psicoanálisis.

El psicoanálisis no surgió para criticar ni para atacar la postura psíquica que guarda el ser humano, sino debe entenderse que surgió como una opción para los sujetos que pretenden una ayuda profesional por los trastornos de personalidad que presentan, que les hace insoportable su vida.
Para el psicoanalista experimentado es mejor ser prudente en cuanto a la crítica del lego u obcecado, por los ataques injustificados que manifiesta porque eso constituye una batalla carente de sentido. Aunque a veces es necesario demostrar la debilidad de las objeciones, labor facilitada por la inconsistencia de los ataques.
Las opiniones resultan ser insidiosas y siempre versan sobre los mismos puntos: la lógica psicoanalítica, la moral o la técnica terapéutica; que se expresan con una monotonía penosa, de manera que se las puede clasificar por categorías.
Las de índole lógica consideran todas las afirmaciones imaginarias, fantasiosas y extravagantes. Las atribuyen como algo propio de la incoherencia y el absurdo pero que están directamente conectada por las revelaciones de las asociaciones de ideas que manifiesta el psicoanalizado por el resultado de su padecimiento (psicopatología).
Los defensores de la moral se asustan por el material sexual de las investigaciones y anatematizan al psicoanalista. Cualquiera que conozca el papel desempeñado por la sexualidad inconsciente en las psicoterapias no analíticas podrá hablar de hipocresía, sin embargo, se trata simplemente de reacciones afectivas patológicas, excusables en cuanto inconscientes.
Incluso algunos que critican el valor del psicoanálisis pretenden que éste actúa única y exclusivamente por sugestión.
El otro argumento es la ineficacia de la técnica. Entendemos por ello que el psicoanálisis no actúa siempre, ni tiene los mismos resultados para todos y en general no lo hace de prisa porque es preciso rehacer la educación de la personalidad cuya evolución ha sido perturbada en la infancia, por lo que se debe alentar la paciencia del enfermo y de su familia para obtener los fines que se persiguen. Otros críticos creen que el análisis es peligroso, al ver las reacciones a menudo violentas, pero unidas al propio principio de la cura, que en general son seguidas de una mejoría.
Estas objeciones de lógica, ética y técnica terapéutica del ambiente psicoanalítico tienen a menudo un asombroso parecido con las reacciones dialécticas que la resistencia a la curación desencadena en sus enfermos.

Sin masoquismo no hay probabilidad de éxito en el psicoanálisis.

La relación entre el masoquismo y la cura analítica es tan íntima como equívoca. El paciente con un claro trastorno de su personalidad, acostado en el sofá mantiene desde el comienzo de la sesión un silencio inusual y prolongado. Finalmente, concede algunas palabras, diciendo: "No tengo nada que decir hoy, las únicas cosas que tengo en mi cabeza me dan placer". Placer que para el psicoanálisis significa «Goce», ese goce donde el sujeto se aferra con todas sus fuerzas para no dejar escapar.
El único análisis que brinda resultados es el movido por el sufrimiento psíquico, incluso cuando éste último es más latente que real.
¿Qué otra cosa que el sufrimiento podemos confiar aquí, cuando tenemos que desenterrar lo inaceptable dentro de nosotros y desplazar las represas que hemos construido en contra de ella?
Ciertamente no sólo en el deseo de entender sino de hablar muchas veces cada semana, incluso durante largos meses, de cosas desagradables, repugnantes, dolorosas e irreconciliables; sometiéndose no sólo al psicoanalista como persona (una variante similar de la transferencia presupone ya que las fantasías masoquistas y eróticas tomarían el poder), sino a un proceso cuyo fin no se ve, y a un discurso cuyo significado es desconocido...
¿Podría incluso ser posible prestarse a tal desafío sin una contribución masoquista mínima?
Lo que importa aquí no son tanto las particularidades del masoquismo en todos y cada uno de nosotros, sino el masoquismo general inmanente, hermano de la culpa, que constituye nuestro mundo interior y nuestra vida psíquica. El masoquismo, como guardián del secreto (como lo llamó Karl Abraham), contribuye a dar una forma a la interioridad, a regresar a sí mismo, marcando ese territorio que eventualmente se convertirá en analítico. «Antes de convertirse en uno de los adversarios más difíciles del análisis, el masoquismo es su auxiliar indispensable».