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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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martes, 14 de noviembre de 2017

​La creencia en el psicoanálisis.

“Arrollídate y creerás”. Blaise Pascal.

La conclusión a la que llegó Michael Foucault sobre los estudios que realizó en torno a la sexualidad humana es que el psicoanálisis es válido y funciona de manera adecuada cuando psicoanálista y psicoanalizado creen genuinamente en él. Pero, tal vez, lo más importante no es que se crea en el psicoanálisis, sino que se recurra y, efectivamente se ponga en práctica la ayuda que brinda el psicoanálista.

A menudo se atribuye la frase: “Arrodíllate y creerás”, a Blaise Pascal aunque no se encuentra de forma literal en sus obras. Si bien B. Pascal elabora en sus Pensées (sección IV, 250) unas elucubraciones sobre la dialéctica entre el elemento interno (la creencia) y su exteriorización (el arrodillamiento y la oración) que podrían interpretarse: “a base de arrodillarse y de rezar, puede uno acabar creyendo”; o en un sentido más amplio “intenta creer y terminaras creyendo”. Realmente las ideas de B. Pascal sobre la relación entre la interiorización y la exteriorización y entre lo humano y lo divino son mucho más complejas y profundas.




La demora del tiempo para la mujer en el acto sexual.

El hombre no debe olvidar nunca que mientras transcurre el placer erótico y el coito es él el único «amo del tiempo». Es cierto que algunos hombres saben esperar con cautela el acto sexual, mientras deleitan a su partenaire durante el preámbulo erótico, pero casi la mayoría se desesperan en aguardar. Hay que señalar que la mujer está mayormente sensibilizada al transcurso del tiempo que el hombre. No sólo porque la mujer necesita más tiempo físicamente sino porque en el placer, tanto como en el amor en general, el tiempo para ella es sinónimo y una prueba de amor. Puede entonces decirse que para las féminas: “La demora del tiempo significa amor”.
El tiempo para ellas se transforma en condición indispensable para ir eliminando una a una las inhibiciones que obstaculizan su placer sexual.


​El amor de la niña por el padre.

“La niña atribuye regularmente toda prohibición moral, todo cansancio del padre, como una falta de amor”.

Y es que la niña no aspira sólo a obtener el amor tierno del padre sino mucho más… En efecto, entre los tres y seis años, ¿No ha descubierto acaso la niña, y desde hace tiempo ya, el placer emanado no sólo de la totalidad de su superficie cutánea, sino, sobre todo, de su zona erógena genital? Cuando la niña se sienta sobre las rodillas del padre, o cuando para divertirla, la coloca a horcajadas sobre su espalda, busca el más íntimo contacto de sus zonas sensibles con el padre amado; busca de obtener del Dios que adora, el máximo placer accesible a su cuerpecito. Pero si el padre percibe todo esto, o si simplemente está cansado de estos juegos, interrumpe la cabalgata a horcajadas o coloca en el suelo a su hija frustrada, destronada de sus divinas rodillas. La niña atribuye regularmente toda prohibición moral, todo cansancio del padre, a un indudable rechazo amoroso. Seguramente la niña pensaría ¡Si mi padre me coloca en el suelo cuando anhelo me siga brindando ese placer genital que siento a su lado es porque no me quiere! Mientras que a mi madre (o quien la reemplace) le ofrece todas las atenciones, la acaricia de una forma diferente, la besa en los labios…
La profunda herida narcisista en la niña deja una perdurable huella de celos, impotencia y frustración. La primitiva desilusión amorosa, la que la niña siente entre los tres a seis años, a partir del primer florecimiento de su psicosexualidad femenina, se compone de todo esto. La primera flor de su amor se marchita, y a veces, si la helada que la seco fue demasiado intensa —esa flor demasiado delicada— nunca más volverá a florecer.
No obstante, en otros casos, si ese Dios llamado padre es más clemente la conducirá a un próspero desarrollo sexual. En efecto, el padre no podrá nunca satisfacer las aspiraciones eróticas de su hija, nunca podrá ser su iniciador en la sexualidad. Pero por esto mismo tiene mayor obligación de amarla con profunda «ternura», de dedicarle ese amor largo y constante que puede precisamente tornarse sexual en la vida adulta con su partenaire y que será ese amor sobre el cual se edifica la familia duradera. Así dispensada, la ternura del padre constituye el clima donde mejor evoluciona la sexualidad femenina.
Cuando la niña recibe ternura, amor, aunque de fin inhibido, consiente mucho más fácilmente en adoptar la actitud psicosexual que su partenaire espera de ella en la adultez, con todos los riesgos narcisistas y vitales que esta actitud implica. La penetración vaginal será sentida como una herida, pero ¿Qué importa para la mujer que es amada? El sufrimiento se convierte en ese placer soñado y el masoquismo femenino termina.
¿El parto implica peligro de muerte? ¿A quién le preocupa, en el reino del amor? A cambio de amor, la mujer acepta todos los peligros; muchas veces se entrega definitivamente si el hombre quiere conservarla, aunque también puede ser el primero en frustrarla. Es aquí donde reside a veces un obstáculo del Complejo de Edipo para el establecimiento de una psicosexualidad normal y posteriormente le permita el casamiento y la maternidad. Muchas niñas se han “entregado” psíquicamente al padre en forma definitiva, puesto que representa al Dios poderoso en el reino de la infancia, pero si él la ha rechazado tajantemente, si ha sido distante o indiferente ningún otro hombre podrá poseerla eróticamente en su vida adulta. Metafóricamente hablando, estas mujeres, tuvieron en su infancia una vagina receptora, “abierta” psíquicamente durante el Complejo de Edipo, pero se ha vuelto a “cerrar” a fuerza de esperar en vano aquél hombre que no cumple con sus expectativas. Esto denota una inhibición por espera inútil, por frustración. Posiblemente hayan conservado erogenidad en el clítoris que ejercitará de vez en cuando con la masturbación. Las fantasías que acompañan a esta actividad son, desde el punto de vista psicoanalítico, entonces muy interesantes de estudiar. Es raro que sean conscientes, pero cuando se llega a ponerlas en evidencia, a menudo se percibe que por debajo de las fantasías relativas al padre, otras fantasías más profundas han permanecido orientadas hacia la madre del Complejo de Edipo positivo al que el clítoris permanece fiel a su manera. Estas mujeres han sufrido una particular “viscosidad” de su libido, de una enfermedad crónica de fidelidad. Demasiado fieles a la madre en el inconsciente, han conservado el clítoris para ella; demasiado fieles al padre, por amor a él han cerrado la vagina a otros hombres. La fidelidad del clítoris es positiva, la de la vagina negativa; por fidelidad el clítoris persiste mientras que por fidelidad la vagina evita. Si falta el amor del padre a la niña, madura la rebelión en su psique. Pero demasiada rebeldía en la mujer, al acentuar su Complejo de Virilidad, no puede sino perturbar profundamente su psicosexualidad. Por rebeldía, estas mujeres evitan a sus pretendientes donde proyectan al padre que las frustró pero seguirán siendo fieles a su progenitor a pesar suyo. En efecto, a causa de la rebeldía el clítoris habrá reactivado toda su virilidad constitucional; a pesar de la pérdida del himen la vagina permanecerá eróticamente “cerrada” como se cerró al padre en la infancia por frustración, por despecho, por odio, por celos… después de habérsele ofrecido vanamente.
¡Felices de aquéllas que han tenido un hermano a quien transferir las emociones de su sexualidad edípica frustrada! Para las mujeres el hermano podrá haber sido el salvador de su heterosexualidad. Si la sexualidad de la niña, frustrada demasiado violentamente por el padre, no encuentra otro hombre al que aferrarse, puede en algunos casos desviarse para siempre del hombre y regresar a la madre, objeto del Complejo de Edipo positivo. Cuando la bisexualidad es lo bastante fuerte y el ambiente favorable, esto no permitirá más que juegos homosexuales del tipo madre-hija con otras mujeres.
El hombre ocupado por su esposa y su trabajo, corre el riesgo de desatender el vínculo con su hija. Lo que perturba a la niña es regularmente un padre ausente, indiferente o poco afectivo dando origen a una rebeldía. La ternura del padre es tanto más indispensable a su hija cuanto que en nuestra sociedad la iniciación sexual le está prohibida y la ternura paternal es la única compensación de este hecho inevitable; el padre obviamente debe rechazar toda la parte sensual o erótica de las solicitaciones de su hija. Así, la ternura del padre es la defensa por medio de la cual él intenta hacerse perdonar por no poder ser el iniciador de la sexualidad de su hija. Esta defensa debe ser elocuente, dado que la niña, ignorante aún de las distinciones abstractas, confunde generalmente, como ya se indicó, rechazo por moralidad (prohibición del incesto) con rechazo por falta de amor.


​La localización del orgasmo femenino.

La cultura falocrática (sexo único) mantiene la idea que el orgasmo femenino es vaginal o por otro lado clitoridiano; pero Maryse de Choisy, afirma que aunque los sexólogos señalan cinco tipos de «orgasmos» (el clitoridiano, el vaginal, el cloacal, sin acmé o sin paroxismo y el cérvico-uterino), el “orgasmo femenino auténtico es el cérvico-uterino”, por su profundidad, ritmo, intensidad y extensión.
Esta autora agrega que cuando las mujeres aprietan los muslos o los glúteos firmemente, alcanzan un tipo de orgasmo que arranca en el centro de su cavidad pélvica, en algún punto muy profundo de su interior, sin ninguna otra estimulación. Asegura también que independientemente de cual sea la estimulación que da lugar al proceso orgásmico, en realidad, todos tienen su origen en el útero.
William Masters y Virginia Johnson aseguran que en todo orgasmo femenino se producen “contracciones del útero”, lo que nos viene a corroborar que, independientemente de cual sea la estimulación corporal, todos los orgasmos tienen en común: “movimientos rítmicos del útero”.


​La articulación del Complejo de Edipo y la estructura psíquica.

El Complejo de Edipo es el mecanismo articulador de la estructura psíquica (neurosis, perversión y psicosis). Este complejo, a su vez se encuentra regulado por una Ley que en psicoanálisis se conoce como “Prohibición del Incesto”, cuyo representante designado desde la cultura, es el padre. Este padre cumplirá una doble función: sobre el hijo(a) pero también, sobre la madre.
En el caso del hijo(a), esta función causa ambivalencia, la cual también podemos entender en dos direcciones, ambas, dirigidas hacia el padre. La primera dicotomía sería amor-odio. Odio ante la prohibición ejercida por el padre, según la cual no puede cumplir sus deseos incestuosos hacia su madre; y amor hacia ese padre, en tanto ideal (del Yo).
Pero también, el deseo de concretar sus pulsiones incestuosas hacia la madre, es fuente de sentimientos ambivalentes, en este caso, hacia la madre. Una marcada ambivalencia produce, por un lado, el deseo de ser ese sujeto capaz de colmar el deseo de la madre (en tanto “Otro”, lo que equivaldría a ser el deseo del “Otro”, también llamado por Jacques-Marie Émile Lacan: “objeto a”); por un lado y por el otro, la angustia que genera el quedar devorado por este deseo insaciable.


​El odio y la automutilación, psicoanálisis.

Fue Melanie Klein quien primero señaló la envidia al «objeto bueno» como una característica significativa de los sujetos con psicopatología narcisista grave.
Esa envidia se complica con la necesidad que tiene el sujeto de destruir la advertencia que él hace de ella, por el pánico de que llegue a su conciencia la violencia de su odio a lo que, en el fondo, él valora en el objeto. Detrás de la envidia al objeto y de la necesidad de destruir todo lo bueno que pueda surgir de los contactos con él, hay una identificación inconsciente con el objeto originalmente odiado y al mismo tiempo necesitado. La envidia puede considerarse fuente de una forma primitiva de odio, íntimamente vinculada a la agresión oral, la codicia y la voracidad, y también una complicación del odio, derivada de la fijación al trauma.
En la superficie, el odio al objeto envidiado tanto consciente como inconscientemente suele racionalizarse como miedo al potencial destructivo del objeto, un miedo que deriva de la agresión real infligida por los objetos esencialmente necesitados en la infancia del sujeto (traumas continuos y severos regularmente a cargo de su madre y/o padre) y de la proyección de su propia ira y odio.
El Síndrome del Narcisismo Maligno suele estar acompañado por la tendencia a conductas crónicas y potencialmente graves de automutilación y suicidas no depresivas.
La automutilación, por lo general, refleja una identificación inconsciente con un objeto odioso y odiado. Si el sujeto no lleva a cabo esta automutilación presiente que su Yo se desfragmentaría.
El odio y la incapacidad para tolerar la comunicación con el objeto pueden proteger al sujeto de lo que de otro modo surgiría como una combinación de ataques crueles al objeto, miedos paranoides a ese objeto, así como una agresión autodirigida por la identificación con el objeto.


​Intercambio de pareja, trío o sexo grupal: Swinger.

Primero Sigmund Freud y posteriormente Jacques-Marie Émile Lacan se encargaron de teorizar acerca de los conflictos sobre la relación sexual. Este último autor, profundizó sobre el tema y lo definió en una controversial frase: “No existe la relación sexual” ¿Qué significa esto? Pues de manera simple podemos decir que es inexistente la “completa armonía” entre los partenaires en el encuentro sexual, ya que siempre está de por medio “algo” por lo cual no se logra la “satisfacción total”, llevando a cada uno hacer una remembranza sobre el coito: “eso no me gustó”, “falto aquello”… poniendo inmediatamente en marcha la imaginación de lo que «desean» para el próximo encuentro sexual. Hay algo que siempre fracasa en el lazo con el otro, incluído el lazo amoroso y claro, el encuentro sexual. No hay complementariedad de los sexos; y esto lo ilustra claramente el estilo de vida Swinger, antes que estar por fuera de ese fracaso, parece —según los hallazgos hechos por el psicoanálisis— que intentan reordenar su sexualidad en busca precisamente de esa ausencia de armonía permanente, una forma como otras fallida de poner un velo a la no-relación-sexual.
La conducta sexual que despliegan los sujetos está determinada por múltiples factores que están enraizados en fantasías y deseos de la “infancia perversa poliforma”.
Lo que se ha observado en sujetos que practican los encuentros Swingers que acuden a tratamiento psicoanalítico es que existen diversas psicodinamicas entre las que destacan fantasías incestuosas, exposición a la “Escena Primaria”, dificultades en la separación-individuación (madre-infante), conflictos superyóicos, inhibiciones sexuales, deseos homosexuales, compulsión a repetir y reelaborar conflictos de la etapa edípica. También puede ser utilizada como una defensa ante una depresión subyacente: separación con el ser amado, divorcio, venganza contra el partenaire, etcétera; o por otro lado las parejas pueden recurrir a estos intercambios eróticos como un intento desesperado de solucionar una crisis y “salvar” su matrimonio.
Asimismo puede ser una forma de negar la competencia, rivalidad, celos, deseos sadomasoquistas y hostilidad a través de la acción. O bien un intento de reestablecer el sentido de la atracción, el deseo, el valor y la autoestima.
Ahora bien, la fantasía incestuosa es muy clara en el estilo de vida Swinger, pues es una atracción desbordada o incluso un enamoramiento hacia alguien “no disponible”, o sea comprometido sentimentalmente a otro, o casado, con la finalidad de concretar esa relación prohibida. Las fantasías incestuosas pueden estar encubriendo aspectos del Complejo de Edipo como el temor al daño orgánico, por ejemplo un hombre con temor a la castración (inconsciente) pone a prueba constantemente su virilidad accediendo a actividades promiscuas.
Cuando existen conflictos respecto a la bisexualidad, la mujer intenta compensar la falta de pene deseando castrar a la pareja, a través de mostrar una “feminidad” exacerbada en el encuentro sexual con otro en presencia de su partenaire.
En los sujetos que practican los encuentros Swinger existe un alto grado de hostilidad, agresión y competitividad, consciente o no, hacia el propio partenaire y hacia el cónyuge o compañero del mismo sexo con quien se intercambia el contacto sexual; esto se denota en quién brinda mayor placer, quién está más dispuesto a las fantasías sexuales, quién es más atractivo, quién es más seductor, quién coquetea más, quién tiene el pene más grande, etcétera.
Existen casos donde los sujetos que practican estos intercambios de pareja, en su historial infantil refieren una alta rivalidad y competitividad hacia los hermanos, la cual se traslada a esta forma de relacionarse en pareja en la edad adulta.
Una de las características más sobresalientes de los Swinger es la fuerte atracción homosexual —regularmente inconsciente— durante el intercambio de pareja, incluso existen algunos sujetos que “seleccionan meticulosamente” a la pareja con la que va involucrarse sexualmente su partenaire: color de piel, estatura, complexión, incluso la longitud del pene, etcétera, esto habla de fenómenos más regresivos. No ha de extrañarse que después de cierto tiempo el sujeto pase de su preferencia heterosexual a homosexual, o se convierta en un empecinado voyerista. En ciertos casos ello ha sido interpretado como un deseo de cercanía con el padre del mismo sexo, que fue percibido en la infancia frío y distante.
La práctica Swinger también puede ser un intento para remarcar el desafío y separación de los valores y reglas impuestas por los padres o educadores, los cuales fueron aceptados sin recato alguno.
Cuando existen problemas relacionados con la simbiosis y la dificultad de separación-individuación madre-infante, la actividad del sujeto adulto Swinger da la sensación de autoproclamar independencia y autonomía, de “romper” temporalmente con la atadura simbólica.
Cuando existe una gran ansiedad relacionada a los encuentros sexuales, el sujeto puede defenderse de ella a través de la práctica del intercambio de pareja, tríos o sexo grupal. El sujeto se coloca en una posición casi observadora, de esta manera se encuentra protegido del daño y la retaliación, esta fantasía es característica de la exposición crónica a la Escena Primaria.
Se ha observado que los Swingers que acuden a tratamiento psicoanalítico usualmente presentan una intensa lucha con un Superyó punitivo y también contra una crianza en su infancia percibida como sexualmente represora.
Cuando el sujeto proyecta el Superyó en su pareja, en un inicio intenta complacer y seducir como lo hacía con los padres en su infancia, sin embargo, con el tiempo empieza a resentir esta posición de devaluación y control e intenta revelarse ante ello a través de la infidelidad o de proponer a su pareja un estilo de vida Swinger, regularmente quien lo sugiere o insinúa es principalmente el hombre. El sujeto con prácticas Swinger puede estar utilizando el sexo como un herramienta para crear dependencia o para satisfacer necesidades de poder y venganza hacia su partenaire.
Cabe señalar que algunas mujeres dejan de presentar anorgasmia al ser infieles o entrar en relaciones de intercambio de pareja o tríos sexuales, se observa a través del psicoanálisis que surge una nueva relación entre el orgasmo y perder el control frente a su pareja; es decir tener relaciones sexuales con otros hombres les brinda una sensación de empoderamiento dando como resultado intensos orgasmos.
Cuando el sujeto busca en su pareja a un padre o madre omnipotente suele enfrentarse a que la sexualidad conyugal se asocie con el incesto, lo cual es terriblemente amenazante, lo vive como un acto prohibido y repugnante que puede conducir a disfunción eréctil, eyaculación precoz o retardada. Es precisamente en estas circunstancias cuando el sujeto busca relaciones objetales más seguras y gratificantes fuera del matrimonio. En estos casos dicho sujeto vive la sexualidad conyugal como algo insoportable, donde se siente controlado o debilitado (en psicoanálisis se denomina angustia de castración) de la misma forma que un niño se sentiría si tuviera sexo con alguno de sus progenitores o con un adulto.
Según Otto Kernberg los sujetos con personalidad narcisista se caracterizan por la imposibilidad de mantener vínculos que combinen genitalidad y ternura, ya que no hay intimidad ni integración objetal y en casos más benignos de personalidad narcisista es caracterizada por la promiscuidad sexual. Sigmund Freud señaló que por haber silenciado durante mucho tiempo el deseo de goce sexual, las mujeres habían renunciado a él. De manera que en su época, ello encontró finalmente su manifestación a nivel de síntomas en el cuerpo (histeria), y que hoy parece implicar al otro sexo, en donde estas mujeres al dirigirse a su pareja provocan en ellos la pregunta acerca de ¿Cómo goza una mujer? Aquí podríamos señalar que siendo el hombre quien generalmente propone la práctica Swinger a su pareja, sería con la finalidad de conocer de manera tangible ¿Cuánto goza su mujer en brazos de otro hombre? Recordemos que en la mitología griega (nombre) le preguntó a Tiresias ¿Quién goza más durante la relación sexual, el hombre o la mujer? A lo que respondió que la mujer goza (7 veces más). Pregunta aun vigente y enigmática para los hombres que practican este estilo de vida.
Hombres y mujeres emprenden la búsqueda por velar lo que no funciona en su vínculo, aunque ya no se trata de una búsqueda marcada por la represión del deseo característica de los siglos pasados sino ligada a los imperativos propios de la exaltación: “Es tu deber gozar, es tu cuerpo y por lo tanto debes gozar al máximo”. “La vida es corta y es mejor arrepentirse por algo que hiciste que por algo que dejaste de hacer”.
El papel que juegan los celos en el estilo de vida Swinger podría asumirse en la posición que toma el hombre y la mujer en la comunicación directa y sincera de las fantasías íntimas de índole sexual que cada uno guarda, que tendrían la función de apaciguar dichos celos, sin embargo esto otorgaría tranquilidad únicamente por un breve período de tiempo.
Desde el punto de vista psicoanalítico los celos infantiles hacia la madre se extienden a la edad adulta y tendrían la función de mantener la monogamia, mientras que el conflicto edípico hace difícil que ello se establezca por mucho tiempo.
Por último podíamos decir que el estilo de vida Swinger es una búsqueda centrada en el deseo de reconocimiento de la masculinidad de la función sexual* cuando se trata de hombres, incluso aunque esto signifique renunciar a la exclusividad en el goce, en la espera de que esta concesión asegure el mantenimiento del lugar que él ocupa en tanto ser amado y deseado. De manera que podríamos pensar que la ansiedad y angustia respecto a la sexualidad y la intimidad es más fuerte que los celos. O también, que estos se manifiestan a través de la fuerte competitividad que existe entre la pareja.

*Robert Jesse Stoller señaló que el ser humano (independientemente de su sexo biológico) desde su nacimiento tiene una “protofeminidad” y será la cultura quien estructure la masculinidad tratándose de hombres; mientras que las mujeres no presentan ese conflicto en su feminidad por haberse desarrollado a partir de esta. Tal vez esta sea la principal razón por la cual los hombres dudan más de su masculinidad que las mujeres de su feminidad.


​La influencia del nombre propio.

“Toda existencia individual está determinada por innumerables influencias del ambiente humano”. Georg Simmel.

El nombre propio queda integrado en la imagen que conforma el “Ideal del Yo”, es algo que parece estar comprobado por la historia y por el psicoanálisis. Se puede observar desde la infancia que el Yo va tomando consciencia paulatina de su identidad y de su género con referencia al nombre propio.
El nombre propio traduce mensajes y mandatos relacionados con expectativas parentales, a través del Superyó.
El sujeto se encuentra moldeado por sus circunstancias, es el aforismo de José Ortega y Gasset cuando señala: “yo soy yo y mis circunstancias”.


​La vagina y el clítoris en la función sexual.

“El orgasmo es el gran comedor de palabras. Sólo permite el gemido, el aullido, la expresión infrahumana, pero no la palabra”. Valérie Tasso.

Existen mujeres heterosexuales que su desarrollo psicosexual las a llevado a una adaptación a la función erótica para la satisfacción con su partenaire.
Ahora bien, a partir de aquí podemos observar algunas variables en cuanto a la función sexual que presentan otras mujeres, por ejemplo las que en cierta medida presentan una inhibición de las caricias sobre el clítoris proporcionadas por su pareja, o pueden sentirlas incómodas porque les causa irritación aunque las caricias se apliquen sutilmente, lo que constituye un caso de involución menor del clítoris; solamente el coito desencadena en ellas el placer y la culminación del orgasmo.
Existen otro tipo de féminas que poseen una erogeneidad en la vaginal y el clítoris conjugadas armoniosamente. Estas mujeres son susceptibles del placer a través de las caricias en el clítoris, pero en general prefieren reservar estos tocamientos para el preámbulo sexual, preparación psíquica necesaria si su excitación es algo retardada. En todo caso, durante el coito, la vagina y el clítoris tienen cada uno roles que armonizan alternadamente, a condición, no obstante, quizá, que el clítoris no esté demasiado alejado de la vagina.
Otras mujeres, si bien poseen esta función mixta, pueden alcanzar el orgasmo por las dos zonas erógenas separadas, esto es por penetracion vía vaginal o por las caricias en el clítoris, sintiendo regularmente ambas partes erógenas como antagonistas, es decir una parte participa exclusivamente durante el coito ajena a la otra. En estas mujeres, el mayor placer sexual lo sienten casi siempre por conducto vaginal.
Otro tipo de mujer es la que tiene una remarcada preferencia por la estimulación del clítoris (función “fálica viril”) lo que predomina a expensas de la vagina, más o menos inhibida.
Finalmente existen otras mujeres en las que se ha producido una inhibición muy considerable en las dos zonas erógenas, las que presentan una frigidez pronunciada. Ni el coito ni las más variadas caricias de su pareja consiguen procurarles un placer profundo, menos aun alcanzar el orgasmo.
¿Cuál ha sido, en estas mujeres, la repercusión del Complejo de Edipo?
En la primera de las mujeres descritas, la más idealmente adaptada a la función erótica, el Complejo de Edipo positivo dirigido hacia la madre, ha debido ser sin duda, relativamente débil y en todo caso sucumbió enteramente a la represión exitosa, con todas sus representaciones; en este caso, la represión del sentido biológico en primer lugar. La mujer ha reconocido al parecer, que el objeto apropiado no es su madre, renunciando a ella y al mismo tiempo a la primera zona erógena activa, el clítoris, inapropiado para el nuevo objeto —que es el hombre— provisto de un pene para que la penetre. La representación simbólica que detentan sobre su sexualidad ya no es convexa sino cóncava y el placer se ha instituido plenamente en estas mujeres. En el caso ideal, la mujer ha superado victoriosamente la fidelidad primitiva a la madre tanto en lo que respecta a la zona erógena, pasando así íntegra y adaptadamente al padre y de ahí al hombre que le sucederá en su vida adulta.
En el segundo caso, donde la mujer ha conservado armoniosamente conjugadas sus dos zonas erógenas, el clítoris se excita y juega el rol asociado a la penetración vaginal. En él puede verse una supervivencia de aquel estado de pasaje en el que el clítoris, antes que la vagina, se había tornado el órgano ejecutor de las pulsiones y de las fantasías masoquistas que inauguran en la niña el pasaje de la madre al padre, del Complejo de Edipo positivo al Complejo de Edipo negativo. El objeto y el fin edípicos en su sentido negativo han sido en este caso, alcanzados plenamente, la fantasías activas relativas a la madre han sido debidamente reprimidas; las pulsiones libidinales adecuadamente salvadas y transformadas en sus contrarios masoquistas. El clítoris y la vagina conservan su función adaptada encontrando su respectivo lugar y rol subordinados.
En el tercero de los casos existe una especie de divorcio entre la erogeneidad vaginal y la del clítoris, un conflicto que se va abriendo paso. Aquí, el clítoris conserva sus fines activos sádicos, continúa queriendo empujar hacia adelante y en el inconsciente el objeto primitivo de estos empujes, la madre, debe ser tenazmente conservado, como originariamente debió ser fuertemente codiciado en forma activa por lo que surge el problema de la constitución del clítoris en una función “fálica viril” que en mayor o menor grado predispone a que estas primeras actitudes sean intensas y persistentes. En estos casos regularmente sucede que después de haber adquirido una vagina erógena receptora para el pene, adaptada al objeto, a la zona y al fin, conserva a una yuxtaposición, una organización fálica antagonista edificada sobre una “homosexualidad” reprimida. Cuando la vagina no parece perturbada en su función erógena receptiva es porque se encuentra adecuadamente sumergida en el inconsciente, sin causar estragos. El Complejo de Edipo en estas mujeres ha podido subsistir y establecerse.
La mujer con una erogeneidad exclusivamente radicada en el clítoris provee el caso de la máxima desadaptación a la función, a la realidad en general y a la realidad sexual en particular. En efecto, ha sabido cambiar el objeto en la infancia, pasar de la madre al padre, pero ha seguido codiciando ese objeto, penetrante, con su zona activa, el clítoris, que en conjunto ha permanecido animado por las pulsiones activas, sádicas del Complejo de Edipo positivo orientado hacia la madre. La represión afectó por cierto al objeto primario, la madre, pero al final la madre de las pulsiones activas ha debido no obstante conservarse en el inconsciente; el padre, provisto del Falo al que estas mujeres no han podido renunciar, ni en ellas ni en las otras mujeres, no ha hecho más que sustituir brillantemente a la madre en el momento de la toma de conciencia, narcisísticamente tan dolorosa de la “Castración Materna”. En estas mujeres la vagina no se “abrió” nunca, por así decirlo, desde el punto de vista erógeno.
En las mujeres con una frigidez profunda cualquier zona erógena excitada su respuesta parece abolida; ninguna caricia parece ser capaz de excitarlas intensamente. Hay aquí la mayor represión posible del Complejo de Edipo positivo y negativo; el clítoris parece haber renunciado a la madre, a sus fines pasivos, como la vagina renunció en bloque a sus fines pasivos, al padre, al hombre. Pero esto es sólo aparente: un buen día, bajo la influencia de las experiencias de la vida —o del psicoanálisis— una u otra zona llega a despertarse, en ocasiones con gran estruendo. En estos casos la vagina toma por lo común la delantera, ya que estas mujeres frígidas son a menudo muy femeninas.
Estas mujeres con serios conflictos de frigidez simbolizan a la “Bella Durmiente del Bosque” que ha dormido demasiado, el primer beso del Príncipe no le ha bastado. Pero está dispuesta a recibir más besos; en ella los fines pasivos generalmente se establecieron muy bien, aunque hayan permanecido latentes por mucho tiempo en el inconsciente. Estas mujeres «despertadas» pertenecen generalmente al grupo en que las dos zonas erógenas (vagina y clítoris), armoniosamente conjugadas, funcionan bajo el signo común de la pasividad.
Los dos últimos tipos de mujeres, las frígidas parciales como las frígidas totales por designarlas de cierta manera, ambas presentan anestesia vaginal. Sólo en estas últimas la excitación vaginal es generalmente más fácil que en las primeras, como ya lo hemos indicado. No obstante, el ejemplo de las últimas nos permite preguntarnos hasta qué punto en cada caso de las primeras mujeres puede levantarse por medio del psicoanálisis la anestesia vaginal. Porque si el clitoriclismo tenaz, excesivo y exclusivo está indudablemente condicionado por la bisexualiclacl constitucional y es seguramente en su grado extremo una especie de hermafroditismo larvado, en miniatura, puede sospecharse que la anestesia vaginal incluye una gran parte de inhibición de índole histérico y que, por lo tanto, está psíquicamente condicionada. En estos casos se impone al psicoanálista la búsqueda del probable condicionamiento psíquico tanto de la “apertura” como de la “cerrazón” erógena de la vagina.


​La acción de humillar, psicoanálisis.

“Sentirse fracasado es peor que sentirse humillado. De la humillación nace el coraje; del fracaso el suicidio”. Anónimo.

La conducta que despliega el sujeto para humillar al otro, bajo cualquier circunstancia y por mínima que sea es una manifestación del odio subyacente e integrado en sus rasgos de carácter que es mediado por el Superyó; por ejemplo un sujeto con “Estructura Neurótica” obsesivo-compulsivo necesita controlar y dominar a los otros para sentirse protegido de los estallidos agresivos amenazantes de rebelión y caos que reinan en la profundidad de su inconsciente contra sí mismo, podemos asegurar que tiene un Superyó punitivo e inclemente; de este modo actúa contra el objeto proyectando sus propios aspectos inaceptables y reprimidos de sí mismo, en un nivel relativamente alto del funcionamiento psíquico. Por ejemplo si este sujeto tacha de estúpido al camarero por la demora del servicio es porque él se siente realmente estulto o padece un pánico obsesivo de llegar a serlo.
La fijación a objetos odiados específicos puede verse a lo largo de todo el espectro psicopatológico e ilustra, a veces casi de modo caricaturesco, el gran apego al enemigo o perseguidor, esto se puede observar en muchas relaciones de pareja. En este contexto existe similitud (que podría representar el origen) con los afectos básicos de la ira y la excitación sexual sentidos en la fase simbiótica (madre-infante) donde la mirada sostenida del infante hacia su progenitora existe por igual en condiciones de odio extremo e intenso amor.