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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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miércoles, 25 de enero de 2017

La fantasía durante el acto sexual.

Algunos sujetos a pesar de poseer una libido débil mantienen relaciones sexuales frecuentes con su partenaire, pero, al hacer esto, sustituyen la realidad de su pareja por una fantasía inconexa a lo que están haciendo, podríamos decir que  se están «masturbando» de alguna manera en el órgano genital de su compañero sexual.
Estos sujetos pueden tener eventualmente relaciones sexuales con otra persona, desarrollándose el coito de forma satisfactoria, y con esto observamos la gran diferencia que existe entre un coito «apoyado» en una fantasía y otro «fundamentado exclusivamente» en una fantasía.
Los sujetos que se «apoyan» en la fantasía durante el encuentro íntimo satisfacen de manera adecuada las necesidades de su libido, se adormecen un rato y se sienten revitalizados posteriormente; mientras que los otros, tras el coito masturbatorio «fundamentado» en la fantasía, se separan casi de inmediato del lecho y mantienen durante el día o días subsecuentes una sensación de ansiedad, con una libido que se descargo parcialmente y que obviamente no alcanzó a disminuir su tensión psíquica.

La verdad.

En ocasiones se expresan cosas que no se pensaban decir, y a veces incluso sin pensar, se esta diciendo la verdad.

La ingenuidad de estudiar la psique.

“Si realmente estas interesado en estudiar psicología o psiquiatría para conocer la «naturaleza humana», no existe mejor lugar para empezar que asistir al manicomio”.

Quien desee captar la vida psíquica con la mayor profundidad y en toda su verdad debe primeramente renunciar a la ingenua idea romántica que habla sobre la «inocencia pura» del alma infantil.
El psiquismo del niño —en lo que le concierne al Yo— está caracterizado por la voluntad ilimitada de hacerse valer y la ausencia de cualquier tipo consideración hacia el otro. Podríamos decir desde el psicoanálisis que lo que se denominan las «malas costumbres» del niño (podríamos citar la violencia y la crueldad salvajes, que son muy a menudo sanguinarias, pero susceptibles de alternar con la humildad; y los placeres relacionados con la defecación; la tendencia a introducir en la boca todos los objetos incluso los más «repugnantes» y el placer de olfatearlos, tocarlos o sentirlos, así como la exhibición de la desnudez propia de esta edad y la curiosidad) a las que se añade desde la primera infancia e incluso desde los primeros meses de vida la excitación de los órganos genitales, corresponden a manifestaciones precoces y verdaderamente «perversas poliformas de la sexualidad», que no dejan paso a formas más adaptadas a las necesidades de la conservación de la especie, más que en el momento de la pubertad y posteriormente.
Actualmente podemos caracterizar al niño de la forma siguiente: desde el punto de vista de sus impulsos del Yo, de sus pasiones egoistas y anárquicas, es todavía «perverso». No podemos lamentarnos por ello, el error consiste en pretender que desde su nacimiento el ser humano sea un sujeto deseoso de ponerse al servicio de objetivos sociales superiores, altruistas, morales, lo que nos inducirá a ignorar todo lo que sabemos acerca de los orígenes animales de la evolución humana. Evidentemente es la educación y la cultura la encargada de contener, amansar y domesticar estos impulsos antisociales. Para llegar a ello, el sujeto dispone de dos alternativas: el rechazo y la sublimación. El primero se esfuerza en paralizar completamente los impulsos primitivos, de impedir su manifestación por medio de la severidad y la intimidación, por lo que son rechazados inmediatamente de la conciencia. Por el contrario, la sublimación, que reconoce las preciosas fuentes de energía contenidas en estos impulsos, los orienta al servicio de objetivos que la sociedad admite.
En el marco de la educación actual la descarga de los afectos en forma de celo religioso y de obediencia sumisa, la transformación de las tendencias sociales en pudor y en desagrado, son ejemplos de sublimación. Si existen dones y aptitudes nerviosas apropiadas (los órganos de los sentidos y la motricidad), los impulsos primitivos pueden orientarse hacia un terreno artístico (música, literatura, poesía, fotografía, entre otras).
La curiosidad infantil puede evolucionar dirigiéndose a la investigación científica, los impulsos egoístas pueden expresarse de forma útil a la comunidad mediante las formaciones llamadas de compensación (por ejemplo, el mismo éxito social). De las dos alternativas de adaptación, el rechazo (incluso si no puede eliminarse por completo) es indiscutiblemente el que exige mayor esfuerzo, el que predispone al trastorno mental, el más difícil de soportar y encima el más costoso, porque inutiliza esas energías preciosas que nos impulsa a vivir.

martes, 24 de enero de 2017

El déficit narcisista en la mujer.

Lo habitual es que la niña (mujer) durante el Complejo de Edipo, el proceso de identificación con su madre —en tanto objeto ideal y asimismo rival—, encuentre serios obstáculos para considerarla un modelo a quien parecerse, y en lugar de desear identificarse a ella, se desidentifique y localice ese ideal en el padre.
En este punto es donde se revela el profundo déficit narcisista de organización de la subjetividad de la futura mujer, ya que de esta manera, concluirá el proceso por el cual la única vía para el restablecimiento del balance narcisista en la mujer es con base a alguna referencia fálica, «ubicando al hombre en el objetivo central y único de su vida». La mujer puede rodearlo de la más alta idealización y emprender su «caza», cualquiera sean sus cualidades; puede, despojándose de la posibilidad de poseer para sí metas y valores, delegarlos en él, de manera que será la fiel compañera, la que ayuda a que «su hombre se realice», situándose en ese lugar tan valorizado por nuestra cultura, de ser «la mujer que está siempre detrás de los grandes hombres»; o ambicionando mayor trascendencia para sí, competirá por poner en acto comportamientos o actividades que desarrollan los hombres, es decir, masculinizará su Ideal del Yo y su Yo; o finalmente puede llegar a instituir como su meta el comportamiento sexual del hombre hacia la mujer, homosexualizando su deseo.
Toda suerte de oposiciones caracterizan los destinos de las distintas instancias psíquicas en la mujer. Si busca ser «sujeto de su deseo» y satisfacer sin represiones su pulsión, aceptando su papel de ser «objeto causa del deseo», se encontrará no sólo con la condena social, sino con el peligro real de la pérdida del objeto, es decir, con un entorno que unánimemente no valoriza, no legitima como femenina esta disposición. Resulta así una oposición entre narcisismo y ejercicio de la sexualidad. Si se afana por superar sus tendencias «pasivas» que la mantienen dependiente del objeto —ya sea madre, padre u hombre— y obtener autonomía social e intelectual, se encuentra con que de alguna manera compite con algún hombre, castrándolo. Por tanto, la autonomía, que por otro lado forma parte de los requisitos esenciales de los decálogos de salud mental, se opone a la feminidad. La pulsión se opone al narcisismo; la ampliación del Yo, al Ideal del Yo. ¿Y el Superyó? Los trabajos de Carol Gilligan (provenientes del campo de la psicología social) sobre la evolución diferencial del juicio moral en los distintos géneros, muestran que, al llegar a la adolescencia, las niñas presentarán una perspectiva moral basada en una ética del cuidado, mientras que en los varones lo que prevalece es la lógica de la justicia. Pero como ambos serán evaluados con métodos diseñados en base a patrones masculinos —la escala de Lawrence Kohlberg—, las niñas, aun poseyendo una sólida ética del cuidado y la responsabilidad y una muy avanzada lógica de la elección, serán clasificadas con un menor nivel de moralidad. Extraña condición la del Superyó femenino, defectuoso, pero centrado en los máximos principios éticos del cuidado y la responsabilidad, inferior al del hombre, pero condenando y legislando rigurosamente cualquier «exceso» sexual.
Esta dimensión profundamente conflictiva de la feminidad en nuestra cultura se demuestra y tiene su máxima expresión en la histeria. La introducción del concepto de género permite comprender más cabalmente la problemática histérica y no caer en el error de considerarla basada en una supuesta indefinición sexual. «Si la histérica produce la fantasía de la mujer con pene, no lo hace ni por homosexual ni por transexual o sea, por el deseo de ser hombre, sino porque, cerrados los caminos de jerarquización de su género, intenta formas vicariantes de narcisización, añadiendo a su feminidad el falo, masculinidad, un pene fantasmal, o dirigiéndose a un hombre para que le responda ¿quién soy?».

lunes, 23 de enero de 2017

La identidad de género y el conflicto de separación-individuación madre-hijo.

Jaime Stubrin señala que la razón por la que la identidad de género es tan importante es porque está íntima y estrechamente vinculada al Yo; subrayando que el hecho principal para el sujeto no radica en colocarse como un hombre o una mujer sino ser o no ser, existir como un ser humano.
Stubrin utiliza el término «neosexualidad» para referirse a algo que el sujeto crea (o se ha creado en él) mismo que evita la desorganización psíquica generada por el hecho de estar fuera del “marco normativo”. Al igual que Robert Jesse Stoller, Stubrin ve la actividad neosexual refiriéndose a los intentos hechos por el sujeto para mantener un equilibrio psíquico por su identificación de género. Argumenta que el neosexual sufre de una perturbación en la autoorganización, en su configuración corporal y sus límites; en la forma en que se ve en el espejo (formas y deformaciones); en el aspecto en que se siente vigilado por los demás y también en el papel que él cree que está jugando en el juego de la interacción humana.
Siguiendo a Joyce McDougall, Stubrin sugiere que la neosexualidad es una manifestación de un estado psíquico complejo en el cual la ansiedad tiene un papel decisivo junto con la depresión derivada de tal estado, la inhibición que produce y la perturbación de la autoorganización involucrada. Sin embargo, en línea con Stoller, Stubrin sostiene que la neosexualidad también otorga la cohesión del Yo y asimismo brinda un sentimiento o sensación de identidad separada; postulando que las perversiones comienzan con el desarrollo más temprano del sujeto, específicamente con las perturbaciones en el proceso de separación-individuación de la madre simbiótica, tal como lo describe Margaret Mahler. Siguiendo con Stubrin esté sugiere que en tales casos, el padre es una figura en gran medida inaccesible que hace poco para disipar la relación madre-hijo fusionada desde el nacimiento, por lo que sostiene que una interferencia seria en las primeras relaciones de objeto se habrá producido en aquellos sujetos que van a desarrollar una perversión neosextual en la edad adulta. En términos de la teoría de Mahler, esto significa que el infante ha permanecido psicológicamente fusionado con la madre desde la simbiosis inicial, en lugar de haber alcanzado la separación-individuación y con esos haber logrado un sano desarrollo psicosexual. Para destacar este punto, Stubrin cita el siguiente pasaje de Margaret Mahler y Manuel Furer: “Las reacciones de separación más extremas, como se ha visto, parecen ocurrir no en aquellos niños que han experimentado separaciones físicas reales, sino en aquellos en quienes la simbiosis era demasiado exclusiva y demasiado parasitaria, o en la que la madre no aceptaba la individuación y la separación del niño. Sus reacciones pueden ser un tanto reminiscentes, clínicamente, del pánico aniquilador de los psicóticos adultos”.
Stubrin continúa argumentando que como consecuencia del fracaso del proceso de separación-individuación, el sujeto llega a percibir a la madre como generalmente amenazadora, aterradora y engullente, mientras que al padre como débil e impotente. Además, tanto la madre como el niño defienden su conexión simbiótica porque se necesitan mutuamente para mantener la estabilidad de su autoorganización y para contrarrestar la ansiedad severa que padece cada uno. Pero, como hemos visto, tanto Stoller como Stubrin consideran la relación neo-perversa (madre-hijo) como una posibilidad limitada para que el infante se libere de la fusión simbiótica con la madre. Además, estos autores argumentan que la principal motivación para la actividad perversa en la adultez es el deseo de separarse y formar una identidad distinta.

La sexualidad anormal.

Con la entrada del lenguaje en el sujeto (entiéndase «sujeto» como sujetado al inconsciente) su sexualidad inevitablemente se volvió complicada, caprichosa, voluble, múltiple, a veces silenciosa, alejándose para siempre de la consistencia y ritmo regular que caracteriza el celo animal.

La madurez emocional no asegura una estabilidad sin conflictos para la pareja.

La calidad y el desarrollo de una relación amorosa depende primeramente del carácter y personalidad que tenga cada uno de los integrantes y, por implicación, el proceso de selección que los une como pareja.
Los mismos rasgos que implican maduración de la capacidad para las relaciones amorosas son los que gravitan en el proceso de selección.
La capacidad para disfrutar libremente del goce sexual constituye para cada uno de los partenaires, una temprana situación de prueba, en la medida en que ambos estén en condiciones de lograr libertad conjunta, riqueza y variedad en sus encuentros sexuales.
«Encarar frontalmente la inhibición, limitación o el rechazo sexuales del partenaire es signo de una identificación genital estable, en contraste con el rechazo colérico, la desvalorización o la sumisión masoquista a esa inhibición sexual». Por supuesto que la respuesta a este desafío por parte del partenaire sexualmente inhibido se convertirá en un elemento importante de la dinámica en desarrollo de la pareja sexual. Detrás de las incompatibilidades sexuales tempranas de la pareja suele haber problemas edípicos significativos no resueltos, y la medida en que la relación puede contribuir a solucionarlos depende sobre todo de la actitud del partenaire más sano.
El desarrollo de la capacidad para las relaciones objetales totales o integradas implica el logro de una identidad yoica estable y, por la misma razón, de relaciones objetales profundas, que facilitan la selección intuitiva de un sujeto que corresponda a los propios deseos y aspiraciones. Siempre habrá determinantes inconscientes en el proceso de selección pero, en circunstancias comunes, la discrepancia entre los deseos y temores inconscientes, y asimismo las expectativas conscientes no será tan extrema como para convertir en un peligro importante la disolución de los procesos tempranos de idealización en la relación de pareja.
Además, la selección madura del sujeto que uno ama y con la cual quiere pasar su vida involucra ideales maduros, juicios valorativos y metas que, aparte de satisfacer las necesidades de amor e intimidad, le procuran un sentido más amplio a la vida.
Se podría cuestionar que el término “idealización” se aplique en este caso, pero en la medida en que se selecciona a un sujeto que corresponda a un ideal por el que se lucha, en esa elección hay un elemento de trascendencia, un compromiso que se produce naturalmente, porque en ese compromiso se encuentra nuestra vida representada en la relación.
Aquí volvemos a la dinámica básica, según la cual la integración de la agresión en las áreas de la relación sexual, las relaciones objetales y el Ideal del Yo de la pareja asegura la profundidad e intensidad del vínculo, aunque también puede amenazarlo. El hecho de que el equilibrio entre el amor y la agresión es dinámico hace que la integración y la profundidad sean potencialmente inestables. Una pareja no puede dar su futuro por sentado ni siquiera en las mejores circunstancias; mucho menos cuando conflictos no resueltos en uno o ambos partenaires amenazan el equilibrio entre el amor y la agresión. A veces, incluso en condiciones que parecen auspiciosas y seguras, se producen nuevos desarrollos que cambian ese equilibrio.
El hecho mismo de que una relación profunda y duradera en la pareja requiera capacidad para la profundidad en las relaciones con el propio Self y con los otros sujetos —para la empatía y la comprensión, que abren las sendas profundas de múltiples relaciones no verbalizadas entre los seres humanos— crea una curiosa contracara. A medida que, a lo largo de los años, uno se vuelve más capaz de amar en profundidad y apreciar con realismo a otro como parte de su vida personal y social, él o ella puede encontrar otros posibles partenaires, que podrían ser no menos satisfactorios o incluso hasta mejores. «De modo que la madurez emocional no asegura una estabilidad sin conflictos para la pareja».
El compromiso profundo con el ser amado, así como los valores y experiencias de una vida compartida enriquecen y protegen la estabilidad de la relación, pero si el autoconocimiento y la autoconciencia son profundos, cada partenaire puede experimentar, de tiempo en tiempo, el deseo de otras relaciones, de involucrarse tanto afectiva como sexualmente (cuya posibilidad puede haber sido evaluada con realismo) y repetidos renunciamientos.
Ahora bien, renunciar a un deseo puede añadir también profundidad a la vida del sujeto y la pareja, y la reorientación de los anhelos, fantasías, discrepancias y tensiones sexuales dentro de la relación de pareja puede constituir una dimensión adicional, oscura y compleja de su vida amorosa. En el análisis final, todas las relaciones humanas deben terminar, y la amenaza de pérdida y abandono y, en última instancia, de muerte, es mayor allí donde el amor ha sido más profundo; la conciencia de esto también lo profundiza.

El conocimiento científico sujetado a nuestras pasiones.

Arthur Schopenhauer escribe: «Toda obra procede de una buena idea que conduce al placer de la concepción; sin embargo, su nacimiento, su realización, al menos en mi caso, acontece con dolor; pues entonces soy frente a mí mismo como un juez inexorable ante un preso tendido en el potro, a quien obliga a responder hasta que no tiene nada más que preguntarle. Casi todos los errores e inefables locuras de que están repletas las doctrinas y las filosofías, creo que son el resultado de la ausencia de esta honradez. Si la verdad no ha sido descubierta, no es por no haberla buscado, sino a causa del deseo de descubrir en su lugar una concepción ya elaborada o al menos, de no lastimar una idea querida; para ello ha sido preciso emplear subterfugios, en contra de todo y del propio pensador. El coraje de ir hasta el fin de los problemas es lo que hace al filósofo. Debe ser como el Edipo de Sófocles que, tratando de aclarar su terrible destino, prosigue infatigablemente su búsqueda, incluso cuando adivina que la respuesta sólo le reserva horror y espanto. Pero la mayoría de nosotros lleva en su corazón una Yocasta que suplica a Edipo por el amor de los dioses que no siga adelante, y nosotros cedemos y por esto la filosofía está donde está de la misma manera que Odín en la puerta del infierno pregunta incesantemente a la vieja pitonisa en su tumba sin preocuparse de su reticencia, de su rechazo y de las súplicas para que la dejen en paz, el filósofo debe interrogarse a sí mismo sin tregua. Sin embargo, este coraje filosófico, que corresponde a la sinceridad y honradez en la investigación que me atribuís, no surge de la reflexión y no puede ser erradicado a la fuerza, sino que es una tendencia innata del espíritu».
La profunda sabiduría concentrada en estos párrafos merece ser discutida y comparada con los resultados del psicoanálisis. Lo que dice Schopenhauer sobre la actitud psíquica necesaria para la producción científica (filosófica) parece ser una aplicación a la teoría de la ciencia de las tesis de Sigmund Freud referidas a «los principios que rigen los fenómenos psíquicos». Freud distingue dos principios: el «Principio del Placer», que en los seres primitivos (animales, niños, salvajes) y en los estados mentales primitivos (sueño, chiste, fantasía, neurosis, psicosis), desempeña el papel principal y activa procesos que tratan de conseguir el placer por el camino más corto, mientras que la actividad psíquica rechaza los actos que podrían conducir a sentimientos desagradables (rechazo); y el «Principio de Realidad», que presupone un mayor desarrollo y un estadío evolutivo superior del aparato psíquico, caracterizado porque en lugar del rechazo que excluye una parte de las ideas como fuente de desagrado, aparece el juicio imparcial que debe decidir si una idea es justa o falsa, es decir, de acuerdo o no con la realidad, mediante una comparación con los rasgos mnésicos de la realidad.
Sólo una categoría de actividades mentales no está sometida a la prueba de la realidad, incluso tras la introducción del principio superior: la fantasía; y la ciencia es la que supera con más éxito el principio del placer.
La concepción de Schopenhauer citada más arriba, sobre la disposición espiritual necesaria para una actividad científica, podría expresarse, en la terminología de Freud, del modo siguiente: el pensador puede (y debería) dar libre curso a su imaginación para poder degustar el “placer de la concepción” —además resulta casi imposible conseguir nuevas ideas de otra manera— pero, para que estas nociones imaginarias puedan convertirse en ideas científicas, deben superar primeramente la dura prueba de la realidad.
Schopenhauer ha visto claramente que, incluso en un sabio, las resistencias más fuertes a una prueba de realidad libre de prejuicios no son de orden intelectual sino afectivo. ««Incluso el sabio está sujeto a las debilidades y a las pasiones humanas: vanidad, envidia, prejuicios morales y religiosos que, frente a una verdad desagradable, tienden a cegarle, y se halla muy propenso a tomar por verdad un error que coincide con su sistema personal»». El psicoanálisis no puede completar el postulado de Schopenhauer más que sobre un sólo punto. Ha descubierto que las resistencias internas pueden fijarse desde la primera infancia y llegar a ser totalmente inconscientes; del mismo modo exige a todo psicólogo que vaya a dedicarse al estudio de la psique humana, que proceda antes a una exploración profunda de su propia estructura mental, hasta las capas más escondidas y con ayuda de todos los recursos de la técnica psicoanalítica.
Los afectos inconscientes pueden deformar la realidad no sólo en psicoanálisis sino también en todas las demás ciencias; de manera que debemos formular el postulado de Schopenhauer de la forma siguiente: todo trabajador científico debe someterse primero a un psicoanálisis metódico.
Las ventajas que tendría la ciencia si el sabio se conociera mejor son evidentes. Una gran porción de energía, desperdiciada actualmente en controversias pueriles y en conflictos de prioridad, podría ser consagrada a objetivos más serios. El peligro de «proyectar en la ciencia las particularidades de su propia personalidad atribuyéndoles un valor general» sería mucho menor. Al mismo tiempo, la hostilidad con que se reciben hoy las ideas originales o las proposiciones científicas sostenidas por autores desconocidos a quienes no apoya ninguna personalidad relevante, sería sustituida por una prueba objetiva más imparcial. Nos atrevemos a sostener que, si se observara esta regla de autoanálisis, la evolución de las ciencias que hoy día es sólo una sucesión ininterrumpida de revoluciones y de reacciones que consumen mucha energía, tomaría un rumbo mucho más regular y al mismo tiempo más rentable y rápido.

El reencuentro amoroso.

Cuando los amantes han tenido el infortunio de terminar su relación amorosa, pero pasado el tiempo regresan, tal vez aprecian en una nueva forma de vincularse sentimentalmente, así como tantas historias de amor se comienza a amar de nuevo al partenaire únicamente después de que se le ha perdido y reencontrado para darse una nueva oportunidad en el nombre del amor.

domingo, 22 de enero de 2017

Psicoanálisis del tatuaje.

Un trauma consiste en un suceso que produce una angustia exacerbada que desborda los recursos defensivos del sistema psíquico; por la naturaleza del acontecimiento el sistema no consigue producir una interpretación que reduzca la angustia e incorpore el trauma a un «simbolismo asociativo». Incapaz de interpretar adecuadamente el suceso e integrarlo, el psiquismo se escinde y lo conserva inalterado e inconsciente y con su interpretación en suspenso en una de sus partes.
El trauma nos produce una sensación y es la que nos atormenta porque no se logra ubicar dentro del mapa de los sentidos que disponemos. Para librarnos del malestar que nos causa este extrañamiento nos vemos forzados a descifrar la sensación desconocida, y entonces lo transformamos en un signo, o mejor dicho en un tatuaje.
Ahora bien, el desciframiento que este signo (tatuaje) exige no tiene nada que ver con explicar o interpretar, sino con inventar un sentido que lo haga visible y lo integre en el mapa de la existencia vigente operando una transmutación. Con ello logra el sujeto disminuir la angustia asociada al trauma, ya sea de manera pasajera o permanente. Es así como, tal vez, podría entenderse lo que Paul Cézanne quiso decir al afirmar que «pintaba sensaciones»; esto se actualiza en «tatuar las sensaciones» para simbolizarlo y darle una salida al trauma, con esto se logra ajustar adecuadamente a nivel consciente, por decirlo de alguna manera.
Ahora bien, podemos tomar como ejemplo los sujetos que deciden tatuarse un colibrí y para eso hay que remontarnos a la mitología para conocer su posible significado.
Los mayas cuentan que los Dioses crearon todas las cosas en la Tierra y al hacerlo, a cada animal, a cada árbol y a cada piedra le encargaron un trabajo. Pero cuando ya habían terminado, notaron que no había nadie encargado de llevar sus deseos y pensamientos de un lugar a otro. Como ya no tenían barro ni maíz para hacer otro animal, tomaron una piedra de jade y con ella tallaron una flecha muy pequeña. Cuando estuvo lista, soplaron sobre ella y la pequeña flecha salió volando. Ya no era más una simple flecha, ahora tenía vida, los Dioses habían creado al «x ts’unu’um» (colibrí).
El colibrí simboliza muchos conceptos diferentes, debido a su velocidad, se le conoce como un mensajero, o guardián del tiempo. Esta ave es capaz de volar hacia atrás, y nos enseña que podemos recordar nuestro pasado, sin embargo, esta ave también nos enseña que no debemos insistir en nuestro pasado y tenemos que seguir adelante. El colibrí se la pasa bebiendo el néctar de las flores, lo que significa que debemos saborear cada momento, y apreciar las cosas que amamos.
El colibrí tiene un significado espiritual muy poderoso en los Andes de América del Sur que lo relacionan con la «resurrección». Parece morir en las noches frías, pero vuelve a la vida de nuevo al amanecer. Esta pequeña criatura nos habla del corazón, nos dice que aunque el dolor nos provoca cerrar nuestro corazón, es para brindarse la oportunidad de sanar, y una vez que se vuelve abrir retoma su libertad.
Para el pueblo Mapuche el colibrí (pinsha, picaflor) predice la muerte, además es un pajarito que vive inquieto y triste. No se posa en las ramas ni roza con sus alas el follaje como los otros pájaros; tiembla de miedo constantemente y, como si esperara un castigo, se esconde en cavernas oscuras o se aferra con desesperación a los acantilados.