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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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lunes, 21 de noviembre de 2016

La eyaculación prematura simboliza un modo de expresar impulsos sádicos de manchar y rebajar al órgano genital femenino.

Los sujetos que padecen de eyaculación precoz mantienen un temor y odio inconscientes a la vagina de su partenaire, que puede representar una cavidad enorme, tremebunda, y que lo puede, incluso devorar, además la vagina se presenta como algo sucio, viscoso, difusor de enfermedades, aunque al mismo tiempo puede parecer una vagina opulenta, jugosa que puede fantasear tenerla en la boca.
Estos sujetos durante el coito con su partenaire oscilan entre fantasías que la enorme vagina se lo puede tragar y simultáneamente que su pene erecto puede dañar o rasgar la cavidad vaginal.
La eyaculación prematura simboliza un modo de expresar impulsos sádicos de manchar y rebajar a ese odioso órgano genital femenino, así como de huir en cuanto antes de aquel peligro que representa el genital de ella. Puede también interpretarse como una disculpa simbólica a la vagina: "Sólo soy un niñito que nada más orina en la vagina y deseo que seas buena conmigo".  
La eyaculación prematura puede representar un término medio entre variedades de sensualidad destructiva y su aplicación oral.
Únicamente por medio del psicoanálisis estos sujetos pueden ir mejorando la relación con su partenaire, los primeros logros se suscitan cuando van "sintiendo" que ella es verdaderamente su pareja durante el coito, por lo que manifestarán su sensualidad agresiva en vigorosa actividad fálica y su oralidad en el jugueteo preliminar, ya sin temor o repulsión alguna.


La mujer tiene el dilema entre mantenerse virgen elevando su narcisismo y permanecer en un nivel de erotismo infantil que la hace sentirse incompleta.

En la época actual la adolescente para ser mujer y simbolizarse como tal debe tener experiencias sexuales, mientras no lo haga pasará por ser una tonta, chapada a la antigua, fuera de onda, es decir, el rol que debe asumir es de ser sexy, seductora, coqueta y con ello manipular las actitudes y portes de hacerse desear: "La mujer debe ser rogada no rogona" reza el dicho popular, lo que automáticamente la convierte en una narcisista que prefiere que la amen a amar. Pero este narcisismo, el del desear el deseo y no su satisfacción, la mantiene a distancia de la acción concreta, de la vivencia, del goce, del aprendizaje y la madurez sexual, y, por tanto, en el fondo no se narcisiza porque sabe de su déficit en tanto mujer-niña, o sea, virgen.
La virginidad constituye la expresión más pura de la estructura profundamente contradictoria del rol sexual exigido y esperado en la mujer. Si la conserva, mantiene el honor de su género, lo que eleva su narcisismo, pero permanece en un nivel de erotismo infantil que la hace sentirse incompleta; si por el contrario accede al deseo y su sexualidad se cultiva, creciendo como mujer en el sentido más amplio, cae presa del tormento de perder al hombre y pasar a la categoría de mujer deshonrada o de verse compulsada a formalizar una unión precoz para evitar este riesgo, todo lo cual se halla lejos de narcisizarla.
¿A quién confía sus dudas, temores, sufrimientos? Generalmente no encuentra a la madre receptiva y disponible para facilitar la iniciación de su sexualidad, pues la madre no puede abrir una temática, una comunicación que comprometería su rol de educadora. Si la madre estimula la sexualidad de su hija mujer, ¿cómo enfrenta ella misma el dilema de la virginidad, paradigma del honor de su género? Razón por la cual evita el tema, la confrontación y el compañerismo en esta etapa. La niña se dirige entonces hacia sus pares, pero corriendo el riesgo de no ser cabalmente comprendida, y que la amiga, arrastrada también por los dilemas puberales
y adolescentes, la condene con el calificativo de «puta», fantasma siempre cercano para cualquier adolescente que tiene como empresa principal en su vida "cuidar su reputación". Por tanto, la joven esconderá su curiosidad, reprimirá su deseo, inhibirá la fantasía y esperará al hombre con quien en la intimidad del amor podrá comenzar a investigar hasta entonces ¿qué es una mujer?

En el incesto siempre es una imposición no el producto de un consenso; no significa vida sino muerte, y el afecto predominante no es amor sino odio.

El adulto que irrumpe en la intimidad sexual del infante es un perseguidor que niega su ser y lo funde con el de él mismo en un acto de omnipotencia narcisista. En el incesto, no existe la libido relacionada con un objeto donde hay dos polos adulto-adulto sino una tensión entre dos tipos de libido narcisista, una intra-ego y otra extra-ego.
Este narcisismo alberga la ilusión de una situación no-edípica que sólo conoce el Yo, en la cual se considera a sí mismo autocreado, sin límites sexuales, fuera de la estructura de parentesco.
En el incesto siempre es una imposición no el producto de un consenso; no significa vida sino muerte, y el afecto predominante no es amor sino odio.
La reacción inicial del infante durante la relación sexual es de rechazo y resistencia; pero si el violador persiste, desaparece como figura externa y niño introyecta la culpa del adulto.
En el incesto siempre se observa un sujeto adulto con sexualidad infantil perpetrando la sexualidad del niño-víctima.

La voluntad es el punto de partida para acudir en demanda de ayuda.

El primordial punto de partida es aquel en el que el sujeto acude en demanda de análisis llevado por convicción propia, sin que se vea obligado a solicitar ayuda por familiares o instituciones; puesto que su voluntad de curarse será el motor de lo que pretende; sin desdeñar la atención que pueda recibir del psicoanalista o del grupo de terapia al que asista.

El inconsciente es sexual.

El psicoanálisis nos a llevado a formular —por insólito que parezca— que el inconsciente es sexual, pero algo aun más extraño es que el lenguaje fundamental del inconsciente es... la muerte.

La coquetería en la mujer histérica.

Es injusto creer que las histéricas que se manejan con coquetería están prendidas al amor, éste tipo de mujer nada más desea agradar sin involucrarse sentimentalmente; enamoradas de sí mismas (narcisistas) tienen una apremiante necesidad que otros confirmen su propia opinión. Es muy sabido que este tipo de mujer no resulta fácil de conquistar, buscan la atención inmediata del hombre, quieren tener la firme convicción que se les desea, pueden guiñar los ojos, pero su cuerpo desean mantenerlo casto.
En la histérica se denota que estas mujeres no son felices más que si disponen de numerosas posibilidades porque se contentan únicamente con el coqueteo, huyendo de la realidad que implica el amor, el compromiso y por ende la sexualidad, por temor e inseguridad muchas veces de poner a prueba su capacidad para mantener ligado al hombre de su devoción de manera permanente, por lo que optan con la victoria de la escaramuza para estar seguras de escapar apresuradamente a la derrota en la lucha final.
Pero no hay ninguna mujer a quien le sea completamente extraña la coquetería. La porción de “salvajismo carnal” que dormita en toda mujer, se revela bajo diferentes máscaras, hasta en el esfuerzo por no agradar y por no renunciar a las victorias fáciles de la coquetería. Son estas mujeres las que, en la imaginación, hallan una compensación por la fría realidad; viviendo en el mundo de las novelas identificándose con la heroína, de la que comparten el destino, o bien construyen su propia novela. Muchas de estas mujeres se precipitan afanosamente en los deberes familiares, los quehaceres domésticos, los cuidados del hogar y de la educación de los hijos, se refugian tanto en sus vástagos, en los que ponen todas sus esperanzas, para de esta forma renovar así el juego de su vanidad.

La edad crítica en la mujer, acercándose a la vejez.

Muchos profesionales de la salud mental han comprobado que la mujer, en la época de la menopausia, pasa por un periodo crítico acentuándose los accesos de neurosis, histeria, melancolía, depresión, insomnio, malos humores y una marcada alteración del carácter.
La edad crítica en la mujer esta en relación directa con sus desórdenes sexuales, verbigracia puede suceder que el comportamiento sexual se transforma; mujeres frígidas se vuelven apasionadas y mujeres apasionadas se vuelven repentinamente frígidas, porque en el fondo del alma toda mujer padece de una angustia secreta y muy intima: ¡El miedo a envejecer!
Pero no precisamente la menopausia trae aparejado éstas consecuencias, ya que muchos años atrás se observan estas manifestaciones de manera sutil a partir de los treinta años en adelante —biológicamente hablando, se empieza a envejecer a esta edad— así como por cambios psicológicos tenues que tienen que ver con el carácter repercutiendo en la sexualidad de la mujer, manifestándose en estos años de una forma etérea, disfrazada pero una vez que van transcurriendo los años se van acentuando esos cambios de una manera profunda, marcada por la vejez.
La angustia se encuentra unida a la mujer soltera y se manifiesta abiertamente cuando cumplidos los treinta años o más aún no se ha casado o no ha sido madre todavía, ya que el reloj biológico empieza a transcurrir de una manera apresurada, haciéndose cada vez más conciente del poco tiempo que le resta para cumplir los compromisos que tiene con su vida amorosa y maternal. En estas circunstancias suelen darse casamientos desgraciados por las respuestas precipitadas ante las relaciones amorosas mantenidas efímeramente, también puede deberse a cuestiones de soledad por no quedarse sola el resto de sus días y en muchas ocasiones se apresuran a casarse con el primer hombre que se atraviesa por su camino, pero posteriormente en el matrimonio su alma suele permanecer fría, la pasión cautiva e insatisfecha, surgiendo la frigidez que lleva al descontento, a la depresión y la palabra amor suena hueca y sin sentido en el corazón de la mujer.
Numerosas mujeres a partir de los treinta años de edad experimentan esa angustia de forma gradual como una especie de obsesión; se instalan ante el espejo durante horas enteras para descubrir las primeras señales de la vejez como son las arrugas, los cabellos blancos, el aumento de peso, la flacidez de la piel y de los músculos, manchas en el cuerpo, etcétera; entonces comienzan una lucha desesperada contra estos iníciales signos de la edad madura, empleando infinidad de productos de belleza, vistiéndose como si fuesen adolescentes...
“Toda mujer quiere agradar, es decir, tiene una imperiosa necesidad de ser deseada, la mayoría de las mujeres se contentan principalmente con eso”.
Regularmente las mujeres viven con la esperanza y el anhelo de la novela y de la gran aventura, pero envejecen y la dura realidad casi siempre llega a interrumpir sus sueños. Comienzan por decirse: “Tu hora habrá pasado dentro de poco, la novela no vendrá, jamás se hará realidad, todo habrá terminado para siempre...”. Resisten con todas sus fuerzas a la vejez, ansiosamente cuentan los años y día a día se examinan ante el espejo en busca de las cicatrices marcadas por el tiempo. En ocasiones el hijo o la hija adolescentes las precipita a la crisis; obsesionados por la idea de que sus hijos van a comenzar a vivir, entonces las madres empiezan —conscientes o no— a vigilar a sus vástagos con envidia y sus hijas son para ellas rivales acérrimas que hay que eliminar en lo posible; siempre existe una acusación en estas mujeres (regularmente histérica) acerca de sus hijas: “Ella tiene todavía tiempo, yo he empezado más tarde”.
Los primeros éxitos de la joven les producen toda clase de ideas obsesivas y melancólicas sumergiéndolas posteriormente en la depresión, surgiendo entonces los celos que son inmediatamente suprimidos con gran astucia en el preciso momento que los hijos empiezan a enamorarse de su novia o novio; he ahí el comienzo de la devastadora crisis.
Las mujeres después de los treinta años abarcan de un solo vistazo toda su vida, hacen su balance y se plantean siempre estas preguntas: ¿Para que vivo?, ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Por qué vivo? preguntas que entrañan el principio y el fin de la existencia misma.
Para la mujer madura entrada en la quinta década de su vida, cuando entra en conflicto consigo misma de una manera más acentuada, reflexionando sobre su existencia, se hace nuevamente algunas preguntas: ¿Estoy de acuerdo conmigo misma por mi forma de vivir? ¿Por cuánto tiempo más podré seguir viviendo con estos hábitos de vida? ¿Por cuánto tiempo más podré seguir agradando a los hombres? ¿Por cuánto tiempo más podré sentirme deseada por los hombres? ¿Tendré que arriesgarme y entregarme con cada hombre que me guste para sentirme amada?
La mujer con frecuencia se precipita en una nueva novela con una despreocupación inverosímil o bien sencillamente se acrecienta su neurosis. Puede tener depresiones más o menos graves, puede provocar escenas de celos sin ninguna razón a su esposo, para esta edad crítica la mujer se considera incomprendida y siente que no ha vivido lo suficiente como para estar plenamente satisfecha de su existencia. Este es el comienzo del calvario que la perseguirá durante el resto de su vida que le queda por vivir, al mismo tiempo puede hacer exactamente lo contrario a como se siente y empezarse a vestir de una manera juvenil por miedo a su edad, puede cambiar sus actitudes y hasta su lenguaje para sentirse como una adolescente. Cree en el fondo que puede vencer a su devastadora edad, de la cual teme, exhibiéndose de una manera más bien provocativa que resignada; simultáneamente, quiere forzar los cumplimientos del ambiente que la rodea, reclamando así la confirmación de su juventud. Y es entonces que le invade profundamente ese sentimiento, de que todo lo que no ha sido realizado tiende hacia su pronta realización.
La crisis puede ser ligera o por el contrario puede agravarse y profundizarse hasta alcanzar un grado melancólico muy grave. La lucha que siente en su interior entre el impulso y el deber, entre la pulsión y la moral es vital para ella. Con frecuencia, al comienzo de la novela, se desliza el deseo de la muerte de su esposo o de los hijos, o la separación o el divorcio porque en su inconsciente piensa que debe ser libre para poder vivir plenamente y llevar a cabo sus más anhelados sueños. Esos deseos de muerte o separación se expresan por las atenciones exageradas hacia el esposo o por las preocupaciones excedidas hacia los hijos por la culpabilidad de la cual es víctima de manera inconsciente.

‹‹Estos estados favorecen la transformación de las disposiciones sexuales en la mujer; mujeres exageradamente castas se vuelven apasionadas y exigen de su esposo caricias violentas e impulsivas; se prestan ahora a variaciones perversas que habían rehusado antes enérgicamente por una moral enraizada en su alma. Pero existe igualmente lo contrario, mujeres temperamentales cesan de disfrutar con su esposo, se tornan insensibles y vuelven a la masturbación abandonada mucho tiempo atrás››.

En la edad crítica de la mujer las sensaciones homosexuales se acentúan claramente, esta homosexualidad insatisfecha franquea la consciencia y tiende a ponerse casi inmediatamente en marcha. A menudo el deseo homosexual consciente o inconscientemente, se dirige hacia la hija, le tiene envidia y en su imaginación vive lo que ella podría vivir; los celos respecto de la hija pueden llevar a las sospechas más absurdas, pueden incluso —en el peor de los casos— acusar al marido de amar a la hija e incluso de tener relaciones incestuosas con ella. Pueden suceder infinidad de cosas en la vida crítica de una mujer, de repente se puede manifestar un cambio radical de carácter y de gustos. El hogar es desatendido, la mujer puede rejuvenecer espiritualmente, se viste de un modo más singular, se corta el cabello, se expresa de manera más rebuscada, puede buscar alguna actividad social, comienza a interesarse por las bellas artes, va a escuchar conferencias, asiste a la presentaciones de libros, aprende algún idioma, participa en movimientos sociales, busca relaciones interesantes, temiendo caer en el desánimo y reprocha constantemente a su esposo porque no se preocupa de su vida psíquica y sentimental.
Sus más íntimos recuerdos de la mujer en edad critica son exhumados y pasa revista a sus anteriores parejas, se repite a sí misma que se hubiera podido casar con un mejor hombre del que tiene ahora por esposo; esas oportunidades frustradas que tuvo en múltiples ocasiones en su vida pasada aparecen ahora en su matrimonio bajo una luz diferente.
‹‹Las mujeres al deplorar su virtud y su reserva, se vuelven coquetas y más atrevidas; al insistir sobre el derecho de la mujer, se vuelven más libres desde el punto de vista sexual, de ésta forma están mucho más próximas al adulterio y el éxtasis amoroso puede llegar a los más altos grados inimaginables de pasión que haya sentido ella en toda su vida jamás››.
Pero la salvaguardia también puede ser reforzada. Si el instinto amenaza superar todos los límites, el desagrado de lo sexual es aumentado, entonces la angustia y el pudor se refuerzan, y la piedad debe sostener la débil virtud. Esa fuga en la religiosidad es un síntoma que se encuentra frecuentemente en la edad crítica. Las mujeres se dejan convertir en fanáticas de la religión, sobre todo si un hermoso confesor reúne en ellas la confesión y el erotismo; de ésta manera descubre el pecado en su más intima naturaleza, se vuelve por consiguiente caritativa, se interesa de pronto por los pobres y desamparados, por la salvación que pueda ofrecer a los adolescentes indefensos, escucha sermones edificantes a cada momento con lo que encuentra una calma pasajera en la atmósfera sombría y fresca de las iglesias. Pero no siempre significa que en la edad crítica de la mujer, ya sea después de los treinta años o hasta entrada en la menopausia, tenga forzosamente que suceder el deseo de nuevas emociones, de nuevas pasiones, de nuevas aventuras, de nuevos hombres en su vida. Una mujer que llega a la edad critica con madurez y responsabilidad, haciendo una reflexión positiva de su vida suele aparecer en ella una resurrección, un cambio hacia lo mejor y más sublime, hacia sus más altos propósitos como mujer, como esposa, como madre, como amiga; de esta manera la mujer de noble corazón se consagra todavía una vez más a su máxima labor: ‹‹Transformar su vida en una excelente obra de arte››.

El amante debe ser un artista en el amor, ya que debe ser inventor de numerosas caricias, transformándolas y cambiándolas en cada ocasión y siendo permanentemente el mismo, es siempre otro.

En la realidad toda mujer suspira por la aventura pasional —sea conciente o no— por algún acontecimiento sorprendente que la saque de sus tareas triviales y cotidianas; ya que cuanto más tranquila es su vida, más violenta e insistente se vuelve su voz interior para exigir de las colosales tempestades y de las grandes pasiones su cabal e inmediato cumplimiento.
La mujer que no ha encontrado la satisfacción de sus necesidades sexuales en el matrimonio, reprime sus deseos viviendo en el torbellino de los sueños.
La mujer, como el hombre están sometidos a la ley del cambio, a la búsqueda de sensaciones nuevas y a la necesidad de variantes. En la mujer el amor por su partenaire puede satisfacer esa necesidad de diversidad en su vida anímica, mientras que en el hombre puede inclinarse solamente por el aspecto erótico.
El amante debe ser un artista en el amor, ya que debe ser inventor de numerosas caricias, transformándolas y cambiándolas en cada ocasión y siendo siempre el mismo, es permanentemente otro. ¡Cuidado con los amantes cuyas caricias conservan siempre formas estables y muy definidas! Si sus costumbres siguen siendo delicadas, si sus ternuras son inmutables y jamás se intensifican, el descontento produce la irritación, y la irritación las disputas, pudiendo orillar a la mujer a la infidelidad.
Las disputas y discrepancias son consideradas bienhechoras para romper la monotonía, sobre todo si, apaciguada la furia, la reconciliación permite volver a encontrarse en el amor. Todos los sujetos, y particularmente las mujeres, están “hambrientas de ternura”, están ávidas de afecto para sosegar esa hambre eterna porque amor quiere decir saturarse de afectos. Esa cualidad en las mujeres (el hambre de afecto) puede llamarse también “nostalgia de la novela”.
En el fondo, toda mujer se rebela contra la profanación del amor por la vida cotidiana y su banalidad sin pasión.
Suspira entrañablemente por lo extraordinario, por lo nuevo, por lo extraño, por lo sorprendente y muy profundamente por lo moralmente inaceptable. La mujer incomprendida prefiere el incendio de las pasiones a la tibieza de las caricias de su partenaire con la cual se encuentra comprometida desde varios años atrás. Más todavía, en toda mujer vive el conocimiento inconsciente de sus amplias posibilidades amorosas mismas que desea apremiantemente llevarlas a la realidad.
Mujeres frígidas durante años descubren repentinamente capacidades insospechadas en los brazos de su nuevo amante, súbitamente se transforman en artistas de la sensualidad. Pero cuantas mujeres envejecen o mueren lamentablemente sin haber agotado y desarrollado esas capacidades, cuyo conocimiento inherente debe vivir en ellas. Esas posibilidades entrañan movimientos de succión y contracciones de los músculos de la vagina, con una fuerza tal, que provocan las contracciones de todos los músculos de su cuerpo y la segregación de lubricación parece entonces exuberante, la piel se pone más suave, más elástica e incluso hasta el sabor del beso cambia de una forma sorprendente.

Las madres tienden a experimentar a sus hijas mujeres más apegadas a ellas desde que nacen.

Melanie Klein puso de manifiesto la turbulencia del mundo interno que para una madre desencadena el hecho de tener un hijo: regresión y reelaboración de su propio vínculo con su madre, actualización de sentimientos de persecución y depresión si en la relación ha predominado la ambivalencia. Cada una de las capacidades requeridas —dar vida, proveer bienestar físico, contener la ansiedad, comprender las necesidades y responder adecuadamente a ellas, tener leche, higiene, etcétera— remiten en toda mujer a la puesta en comparación con los otros ejemplares de su género. La relación de ser a ser es constante, tanto si la mujer se compara con su madre u otras madres o si se identifica con su hija, en el deseo de ésta de poseer una madre: como es ella, como ella tuvo, como ella quisiera ser. Por tanto, el peligro de fusión, proyección y extensión narcisista, así como mayores dificultades a la separación, se presentan más habitualmente cuando la relación materno-filial tiene lugar con las hijas mujeres. La línea del modelo —ya se trate de repetirlo o de diferenciarse de él— se sobreimpone permanentemente a la línea de la relación de objeto. El período de simbiosis parece ser más prolongado entre madres e hijas mujeres que entre madres e hijos varones. Sigmund Freud señaló este hecho —mayor longitud y mayor importancia de la fase preedípica en la nena que en el varón— intuyendo y sugiriendo su relevancia en el desarrollo diferencial de género de ambos. Es interesante constatar que fue llevado a esta afirmación por trabajos clínicos de psicoanalistas mujeres, que mostraron la importancia de esta fase para la mujer (Deutsch, 1925; Jeanne Lampl-de Groot 1928; Mack Brunswick, 1940). Sin embargo, la orientación final que Freud otorgó a estos hallazgos debe ser revisada y reformulada desde la perspectiva que introduce la noción de género, ya que la prehistoria —lo preedípico—, el vínculo con la madre, es esencial y primordial para el desarrollo de la feminidad no por la supuesta masculinidad que encierra, sino por todo lo contrario, por la inevitable feminización que genera.
Estudios provenientes de distintos campos de observación coinciden en la afirmación de que las madres tienden a experimentar a sus hijas mujeres como menos separadas de ellas. Sentimientos de unidad y continuidad, identificación y simbiosis predominan con las hijas mujeres y la calidad de la relación tiende a retener elementos narcisistas, mientras que el componente libidinal permanece más débil. Por el contrario, cuando es madre de un género diferente al suyo, experimenta el hijo como opuesto a sí, como un «otro» distinto. Entonces la investidura libidinal predomina sobre un tipo de investidura narcisista, la de la identificación. A su vez, los varones, como respuesta a ser considerados diferentes, tienden también a experimentarse distintos a sus madres, y las madres empujan esta diferenciación (aunque retengan en algunos casos un gran control sobre ellos), inclinándose a una mayor sexualización del vínculo, proceso que a su turno reforzará la urgencia de la separación.
En la medida que la maternalización es ejercida por la mujer, el período preedípico de las niñas no sólo será más prolongado que el de los varones, sino que aquéllas conservarán siempre, aun ya mujeres, la tendencia a colocar en el centro de sus preocupaciones las relaciones humanas que tienen que ver con la maternalización: sentimientos. de fusión, dificultad de separación e individuación, límites del Yo corporal y del Yo más difusos.

Aspectos biológicos de la asignación del sexo.

En experimentos en animales de laboratorio los fisiólogos del cerebro están determinando los mecanismos neurohumorales que afectan el comportamiento sexual (Goy, Phoenix y Young, 1962; Barraclough y Gorski, 1962). Según Young ( 1965) el código genético desencadena la liberación bioquímica que desarrollará el tejido embrionario en alguna de las dos direcciones (Jost, 1958; Gorki y Whalen, 1966; Grady y Phoenix, 1965; Harris y Levine, 1962; Phoenix, Goy y Resko, 1968). Uno de los hallazgos más sorprendentes es que sólo si el cerebro fetal, el hipotálamo, es activado por andrógenos la conducta masculina se desarrolla. El estado neutro, de reposo o inicial para los mecanismos centrales del sexo, así como los rudimentos de los órganos sexuales y sus aparatos anexos, son femeninos; si la corriente normal de andrógenos es bloqueada, retoma el comando el cerebro femenino. Aparentemente el cerebro consistiría en un sistema anatómico único, y sólo si es activado con andrógenos, la «roca» para la masculinidad se implanta, si no permanece femenino.

‹‹Desde el punto de vista neurofisiológico el cerebro del hombre resulta ser un cerebro hembra androgeneizado, y embriológicamente el pene es un clítoris masculinizado››.

Las anomalías sexuales genéticas y congénitas nos indican que los seres humanos nos concebimos como mujeres y con los cambios hormonales se "convierten" en hombres, anatómicamente hablando (Money, Hampson y Hampsón, 1955)
1.- Anormalidades cromómicas XO (Síndrome de Turner). Estos sujetos en lugar de poseer los dos cromosomas XX o XY carecen del segundo cromosoma y no tienen gónadas productoras de hormonas sexuales, sin embargo el desarrollo anatómico es de mujer. Generalmente presentan comportamiento femenino y son heterosexuales.
2.- Síndrome de insensibilidad andrógeno (Feminización testicular). Estos sujetos que presentan un perfil cromosómico XY se desarrollan como mujeres heterosexuales. Es probable que el defecto hormonal sea en el órgano periférico que no responde a los andrógenos en circulación.
3.- Hipogonadismo constitucional en hombres. Estos sujetos se presentan físicamente normales al nacer, recién llegan a la adolescencia se les descubre una deficiencia en andrógenos. Un gran número de estos casos son femeninos desde la infancia o creen ser niñas.
4.- Trastornos del lóbulo temporal. En sesenta y siete casos de trastornos paroxísticos del lóbulo temporal se observaron conductas de inversión sexual, sólo en hombres. La conducta (comúnmente vestirse con ropas de mujer) sobrevino en el acmé de la crisis, la remisión de la crisis hace desaparecer también el trastorno de conducta.
5.- Castración del hombre. Si se produce antes de la pubertad no sólo se extinguen los caracteres sexuales secundarios, sino la sexualidad en su totalidad. Si se efectúa después de la pubertad, se ve marcadamente disminuida.
6.- La castración de la mujer no produce los mismos efectos; niñas púberes que son ovariectomizadas pueden como los adultos desarrollar una sexualidad normal y tener orgasmo. De la misma manera la extirpación de ovarios en la mujer adulta no disminuye ni su necesidad sexual ni su placer.
Todo parece indicar que las hormonas andrógenas constituyen el substrato biológico del deseo sexual tanto en los nombres como en las mujeres. En la mujer dependería de una ínfima cantidad de andrógenos que normalmente produce la suprarrenal, ya que la suprarrenalectomía ocasiona la abolición casi completa de la sexualidad. Por otra parte, la administración de estrógenos a un hombre no modifica su comportamiento sexual, salvo que por hacerlo en grandes cantidades compita con la producción de testosterona. En cambio las mujeres a quienes se les ha administrado andrógenos ven su libido reactivada. ‹‹Pero lo importante a recalcar es que la sustracción o adición de hormonas no modifica la orientación de la libido. Así, si se le administra a una mujer andrógenos, aunque pueda masculinizarse en sus caracteres sexuales, externos, sigue deseando a un hombre. De la misma manera que la ingestión de andrógenos por un homosexual afeminado no lo transforma en menos afeminado, sino que acrecienta su deseo de relaciones homosexuales››. Por tanto, la intuición freudiana sobre el carácter masculino de la libido en tanto deseo sexual hallaría su certeza en la naturaleza andrógena de las hormonas activadoras del deseo, pero éste sigue siendo fiel a su fantasma, y ni se masculiniza ni se feminiza por la acción de los andrógenos, sólo disminuye o cobra intensidad.
Robert J. Stoller sostiene que todas estas evidencias nos llevan a refutar el supuesto monismo fálico de los niños de ambos sexos, y en todo caso postular lo inverso, que todos los bebés hasta los dos años son prevalentemente niñas. Pero esta hipótesis sólo nos conduciría a una recaída en un biologismo de sentido contrario cuando lo que nos impresiona, en cambio, es el enorme poder que las actitudes, los comportamientos y las creencias de los padres tienen en el modelaje de la masculinidad y femineidad. El sistema biológico organizado prenatalmente en una dirección masculina o femenina es casi siempre insuficiente en los humanos para resistir la fuerza más poderosa del medio ambiente: "El primer objeto de amor, la madre".
Las evidencias sobre la organización temprana de la masculinidad y la feminidad en base a la poderosa acción del medio materno y familiar se presentan cada vez en forma más numerosa:
1.- Niños diagnosticados al nacer como hermafroditas desarrollan una «identidad hermafrodita» (es decir, durante toda la vida no saben si son hombre o mujer o si son ambas cosas), siempre que sus padres también abriguen dudas sobre el sexo asignado. Cuando no es así (aun ante la presencia de órganos sexuales externos ambiguos), el niño no duda en ser varón si al nacer se le asignó el sexo masculino. Esto ocurre independientemente de la presencia de anormalidades cromosómicas, gonadales o defectos hormonales;
2.- Transexuales hombres, como resultado de circunstancias posnatales, —una específica constelación familiar— presentan una feminización tan marcada que actúan como mujeres y demandan que su cuerpo se transforme en un cuerpo de mujer. No presentan ninguna anormalidad biológica.