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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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jueves, 14 de diciembre de 2017

El masoquismo femenino inconsciente.

Helene Deutsch en su obra “La psicología de las mujeres” aborda el célebre personaje de Carmen con una acertada perspicacia y nos explica por qué ese papel encarna profundamente a cada mujer. Carmen se comporta con su partenaire como el infante que juega con la mosca, que conoce perfectamente el trágico destino que le depara a este insecto: arrancarle las alas. Cada mujer se agita hasta lo más profundo de su ser en el vínculo amoroso. Así es, pero ¿Por qué razón? A lo que responde Deutsch: Es que cada mujer reconoce ahí el «masoquismo hiperfemenino» trágico e inconsciente de Carmen, pues aunque pretenda engañarse sobre su condición masoquista, intenta destruir a su pareja por cualquier método, al mismo tiempo que destruye su propio corazón y asegura así, su propia pérdida.


La cocaína de la infancia y adolescencia es el Ritalin.

La vida de Kurt Cobain tiene aspectos interesantes más allá de la calidad de su música. En principio, lo que dice Cobain en relación a su medicación desde su infancia; aunque esto no alcanza para justificar su toxicomanía, es algo que tampoco debe pasar desapercibido para el estudio de la adicción.
Cada año miles de niños son diagnosticados como hiperactivos por la psiquiatría por lo son canalizados a medicarlos en su gran mayoría con Ritalin (metilfenidato MFD), con el que se pretende “curar” el trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Existen estudios que señalan la posibilidad de que cause adicción este medicamento (de hecho casi cualquier fármaco tiene la capacidad de lograr adicción) ya que contiene sustancias con efectos similar a la cocaína y el opio. Mientras la mayoría de los psiquiatras la defienden, otros profesionales de la salud —entre ellos los psicoanálistas— la denominan “la cocaína de la infancia”.
El caso de Cobain permite abrir una polémica que resulta necesaria. Más del setenta y cinco por ciento de las recetas de Ritalin son extendida a infantes, siendo el trastorno diagnosticado unas cuatro veces más frecuente entre los niños que entre las niñas, lo cual seguramente nos habla de una práctica compulsiva. También a Courtney Love le prescribieron Ritalin cuando era niña. Años después preguntará: “Cuando eres un niño y tienes esta droga que te ha sentir eufórico, a qué otra cosa recurrirás cuando seas adulto?”
La propuesta del psicoanálisis es ir a la causa que origina el consumo de la sustancia tóxica, analizar la subjetividad del toxicómano y que se ponga en juego las condiciones necesarias para un análisis profundo.
Cobian padecía de un trastorno estomacal grave, que hacía de su vida una tortura y que ningún diagnóstico médico llegó a solucionar. En su diario escribió que cambiaría sus éxitos por un acertado diagnóstico: “Solo déjenme tener mi propia, inexplicable y rara enfermedad estomacal, y denomínenla con mi nombre”.
Eso es lo que reclamaba, no un diagnóstico, no una etiqueta, simplemente un nombre para su síntoma, pero no un nombre que le llegará del saber médico, sino un nombre que quizás podría haber encontrado él mismo.
Posiblemente si un psicoanálista hubiera llegado a escucharlo, el destino de su vida hubiera sido otro. Es lo que hace el psicoanálista, escuchar y observar al psicoanalizado, percatarse de su síntoma, entendido en una forma simple: se trata de un “significante” que insiste y remite al Goce, que está implícito en el padecimiento. Esos síntomas estomacales, a los que el saber médico no les podía poner un nombre, hubieran podido ser la puerta de entrada para el psicoanálista.
Es fácil decirlo, e incluso suena convincente; pero hay que tener presente que se trata de alguien que había captado la cuestión de no haber sido deseado —algo que Cobain plantea en sus diarios—, y que había elegido el consumo de la sustancia tóxica para rechazar las pulsiones del Ello. Jacques-Marie Émile Lacan afirma que en esa irresistible pendiente al suicidio nos encontramos con sujetos caracterizados por haber sido niños no deseados, y entonces rechazan entrar en juego, o más bien procuran salirse del mismo. No aceptan lo que son, entonces son proclives al «pasaje al acto» porque, como lo plantea Jacques Alain-Miller, todo acto implica un suicidio del sujeto; el sujeto puede renacer de él, pero será un sujeto diferente.
Ya Sigmund Freud nos recordaba que el sujeto no sabe nada del acto suicida. Es precisamente lo que subraya Lacan en su texto “Televisión”, cuando dice que el suicidio es el único acto que tiene éxito sin fracaso, y que si nadie sabe de él “es porque procede del prejuicio de no querer saber nada”. Este rechazo del saber es alimentado gracias al consumo de la sustancia tóxica para contribuir a conseguir este efecto, de un uso compulsivo, y llevan a un aislamiento, a un Goce autoerótico que es solidario de Tánatos. El inconsciente no opera como podría hacerlo, no es posible una contabilidad del Goce, y esa dimensión autista de un «Goce que no es dialectisable» es decir que no pueda expresarse con el lenguaje hablado, se torna mortífera para el sujeto. El rechazo del saber es solidario de la pulsión de muerte, y le abre el terreno para que opere a sus anchas; entonces, el sujeto no se arriesga al deseo, lo que hace es poner en riesgo su propia vida.


Ensayo: El trastorno de identidad de género.

“No hay nada mas precioso en la vida y para la vida que un buen recuerdo de la infancia”. Fiódor Dostoievski.

Empecemos por definir el término “sexo” y “género” para distinguir las diferencias que presentan los sujetos de sus características “biológicas” y “socioculturales”. Hasta la década de 1960, la palabra “género” era utilizada únicamente en gramática para referirse a masculino y femenino, por ejemplo «el» o «la»; sin embargo, para explicar por qué algunos sujetos «sienten» que están “atrapados en el cuerpo equivocado”, John Money y Robert Jesse Stoller cuando estudiaron casos de transtorno de identidad de género, fueron los primeros en emplear la terminología de género en este sentido.
Stoller (1968) comenzó a utilizar el término “sexo” para determinar los rasgos exclusivamente biológicos y “género” para destacar las características femeninas y masculinas que presenta un sujeto. Aunque sexo y género se complementan, separar estos términos fue con la finalidad de brindar un sentido teórico a sus ideas, permitiendo explicar el fenómeno del trastorno de identidad de género, ya que lo que respecta al sexo y género en estos sujetos, sencillamente no coincide.
Los términos “sexo” y “género” están estrechamente relacionada pero no son sinónimos, Stoller señaló la distinción entre ellos por lo que sugirió que la palabra “sexo” se usará para referirse a las diferencias físicas y biológicas entre hombres y mujeres; mientras que el término “género” se utilizará en relación con el comportamiento y las conductas que despliegan hombres y mujeres dentro de su cultura. Esta distinción es la base para todas las definiciones de “sexo” y “género” que se encuentran actualmente.
El término “sexo” se refiere por lo tanto a las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, por ejemplo, los órganos relacionados con la reproducción, o la disposición cromosómica. Mientras que el término “género” se refiere a las diferencias culturales, socialmente construida entre hombres y mujeres, es decir a la forma que una sociedad alienta y enseña al sujeto a comportarse con diferentes conductas a través de la socialización. El género se refiere a las divergencias en las actitudes y comportamientos, y estas diferencias son percibidas como un producto del proceso de socialización y no en su aspecto biológico. También incluye las diferentes expectativas que la sociedad y los mismos sujetos establecen en cuanto a los comportamientos, cuando se denotan como masculinos o femeninos. Viendo el género como un fenómeno construido socialmente implica que, al contrario del sexo, no es lo mismo para todas las culturas, este puede variar dependiendo la cultura, así como puede cambiar con el paso del tiempo.
“En busca de la masculinidad”.
La identidad de género se establece entre los dieciocho meses a los cuatro años de edad aproximadamente, según el planteamiento de Stoller.
Desde el nacimiento el infante está estrechamente vinculado a la madre: simbiosis madre-infante (el psicoanálisis señala como “primer objeto” a la madre). En el caso de las niñas (hembras) la identificación en cuanto al género femenino, continúa desarrollándose a través de la relación con su madre (hasta los cuatro años de edad aproximadamente). Pero en el caso del niño (macho) tiene una tarea de desarrollo adicional: desidentificarse de su madre para identificarse ahora con su padre (entre los dieciocho meses a los cuatro años de edad aproximadamente).
Generalmente a partir de los dieciocho meses de edad, el niño o la niña inicia la comunicación con un incipiente lenguaje, que paulatinamente va estructurando percatándose que el mundo que lo rodea está dividido en opuestos: madre-padre, niño-niña, hombre-mujer, él-ella, etcétera, en este punto, el infante no sólo comenzará a observar la diferencia, sino también se orientará cómo encaja: si es masculino o femenino —según el caso— en este mundo dividido por el género.
La niña tiene la tarea más fácil de identificarse como femenina, ya que esta vinculada al primer objeto, ella no necesita desidentificarse de ésta para identificarse posteriormente con el padre. En el niño sucede algo diferente, se debe separar de la madre y desarrollarse de forma opuesta al género femenino al que pertenece su madre (aquí se habla de una «protofeminidad» que tienen todos los sujetos al nacer debido a la simbiosis madre-infante) para lograr su heterosexualidad. Esto puede explicar el por qué existen más hombres (machos) con trastorno de género u homosexuales que mujeres (hembras) con las mismas características. Algunos estudios reportan sobre la homosexualidad una proporción de dos a uno, otros de cinco a uno, y otros incluso de once a uno respectivamente. Obviamente no existe certeza al respecto, excepto lo que es evidente en la observación cotidiana. “La primera orden del día que recibe un niño es —según Robert Jesse Stoller— no ser mujer”. Esto se puede apreciar en los comportamientos que manifiestan los niños (machos) cuando afirman a sus pares: ¡Pareces niña! o ¡Eres un marica!, haciendo alusión a la conducta desplegada como afeminada; mientras que por otro lado, esto no lo expresan las niñas (hembras) a sus pares, no se escucha decir: ¡Pareces niño! o ¡Eres un masculino!
Ahora bien, si es cierto que influye de manera importante el rol de la figura paterna en el desarrollo del hijo (macho) —no necesariamente debe ser el padre biológico— el cual debe reflejar y afirmar la masculinidad de su vástago, por ejemplo jugar bruscamente con su hijo, aprender a jugar fútbol, bañarse juntos… conductas que son sustancialmente diferentes si se realizaran con su hija, a este proceso se le denomina “incorporación de masculinidad en sentido de sí-mismo” o “introyección masculina”, aunque cabe señalar que esto no es definitivo.
Podemos observar que algunas madres tienen una tendencia a prolongar la dependencia física y psíquica con su hijo. Si es cierto que la intimidad de una madre con su hijo es exclusiva y primordial porque este poderoso vínculo establece un sano desarrollo para el infante: “simbiosis dichosa” en palabras de Stoller. Cabe subrayar que también existen casos que está relación madre-hijo puede profundizarse lo que se convierte en una malsana dependencia mutua, sobre todo si la madre no tiene una relación íntima y satisfactoria con su cónyuge preponderadamente en su carácter sexual, o si presenta una soltería empedernida, no es de extrañar que dichas madres presenten una personalidad histérica. En tales casos puede poner demasiada libido sobre el cuerpo del infante, esto significa erotizarlo, por lo que utilizan al hijo para satisfacer sus necesidades de amor y compañerismo, que resulta una forma patológica de vincularse con su vástago.
La función paterna, fuerte, directa y benevolente interrumpe en esa “gozosa simbiosis” madre-hijo, donde el padre concentiza que no es saludable. Si un padre quiere que su hijo sea heterosexual debe romper el vínculo madre-hijo, pero ¿Qué otras actividades debe realizar el padre para escindir esa gozosa simbiosis? Será únicamente la madre quien podrá dar esa pauta, en el momento que, atendiendo a su hijo, se voltea para regocijarse en los brazos de su amado esposo, con lo que pone una barrera simbólica entre el hijo y ella que se traduce en: ¡Yo jamás podré ser tuya porque le pertenezco a tu padre! “Ante esta postura de rechazo de la madre hacia su hijo, pone un límite entre ella y su vástago pero al mismo tiempo le brinda la oportunidad de introyectar la masculinidad paterna. Por medio de una escena fantasmática del niño (macho), que significaría que para poder poseer a su madre, la única manera posible será parecerse a su padre y con eso cumplir su deseo de poseer a su progenitora, ya que para el infante: Papá es el que puede acariciar y abrazar a mamá, la besa en la boca y ¡hasta duermen desnudos en la cama! Algo que a la criatura se le prohíbe hacer con su madre. De esta manera, el padre debe ser un modelo, demostrando que desde su postura puede mantener una relación demasiado íntima con su esposa (madre del infante).
El padre tiene la función de servir como un amortiguador entre el vínculo madre-hijo. Y en otras ocasiones será la madre quien podrá funcionar como amortiguador del vínculo padre-hijo manteniendo a su marido lejos del niño. En estos casos es cuando la madre exclamará a su cónyuge: ¡No juegues tan brusco con él (refiriéndose a su hijo) lo vas a lastimar! En otros casos la madre puede ser directa con su hijo al decirle: ¡Hoy papá estará ocupado haciendo cosas conmigo! Con el fin de satisfacer sus propias necesidades íntimas con su marido.
En los casos patológicos la madre puede ver en su hijo a ese “hombrecito” de la casa con el que puede mantener una relación emocional demasiado íntima sin los conflictos que ella tiene que enfrentar en la relación con su marido. Además de poner mucha atención continuamente para “rescatar” a su hijo de los regaños o abusos reales o imaginarios a cargo del padre por lo que estaría fomentando la “simbiosis gozosa”. Esto se manifiesta en que siempre está dispuesta a abrazar y consolar a su hijo en cualquier desavenencia que padezca, por mínima que sea; o cuando el padre impone una disciplina, o es indiferente con su vástago, en tales casos la madre se presenta muy complaciente con su hijo.
La excesiva simpatía de la madre por su hijo puede desalentar al niño (macho) para llevar a cabo la separación materna, que será vital para su sano desarrollo psicosexual. Además, la exagerada simpatía de ella, fomenta la autocompasión, una característica que se observa a menudo en los hombres homosexuales, dicha simpatía puede también animar al niño (macho) a permanecer aislado de sus pares cuando él es herido por la burla o exclusión de su círculo social.
Por otro lado debemos indicar que no todos los niños con trastorno de identidad de género son notablemente apuestos, pero Richard Green vio una conexión y concluyó que los aspectos anatómicos bellos del niño, suele existir un señalamiento enfático por uno o ambos padres sobre tales atributos, siendo que se lo expresen directamente al hijo, o que lo manifiesten en presencia de otros cuando el vástago está presente, con lo que fomentan su afeminamiento (R. Green, “Síndrome Sissy Boy”, págs. 64-68).
En la historia del hombre el pene es el símbolo esencial de la masculinidad —la inconfundible diferencia entre macho y hembra— está divergencia anatómica hay que señalarla al niño con trastorno de identidad de género durante el psicoanálisis —según lo expresado por Green— además agrega que estos infantes consideran regularmente a su propio pene como una especie de objeto extraterrestre, algo misterioso, y en caso de aceptar su pene como un órgano propio, al llegar a la adultez sentirán una fascinación continua por el pene de otros.
El niño (macho) que toma una postura inconsciente de separarse de su propio cuerpo masculino estará orientado hacia un camino homosexual, regularmente presentará conductas afeminadas; es decir, será algo diferente con sus pares (machos) y en su infancia estará propenso a desenvolverse con niñas (hembras). Hay que mencionar que entre los cinco a once años de edad aproximadamente, los niños (machos) regularmente rompen la relación con las niñas (hembras), con la finalidad de “consolidar” su identidad de género masculina. Es frecuente observar que los niños (machos) con trastorno de identidad de género, la relación con el padre (macho) es casi nula o distante. Y por último, la opinión de Lynne Segal, sobre el acondicionamiento social para brindar y alentar las características peculiares de cada género, podría ser aún más intratables que el determinismo biológico del sexo.

Referencias.
Sigmund Freud: Tres ensayos sobre teoría sexual.
Margaret Schoenberger Mahler, y Manuel Furer: Simbiosis humana y las vicisitudes de la individuación.
Margaret Schoenberger Mahler: Separación-individuación
Psicosis infantil. Revista de la Asociación psicoanalítica americana. 15: 740-753.
Margaret Schoenberger Mahler, Fred Pine, y An Bergman: El nacimiento psicológico del infante humano.
Joyce McDougall: Teatros de la mente.
Robert Jesse Stoller: Sexo y género.
Jaime P. Stubrin: Sexualidades y homosexualidades.
Richard Green, “Síndrome Sissy Boy”.


La desintoxicación.

“En el hombre la droga adormece el sexo y en la mujer, el corazón”. Jean Cocteau.

Hay un diario que fue escrito por Jean Cocteau durante la estancia para desintoxicarse en la clínica de Saint-Cloud entre diciembre de 1928 a abril de 1929; no era su primer internamiento —nos relata Cocteau— y agrega que volvía a fumar opio porque se sentía ante un desequilibrio nervioso cuando dejaba de hacerlo por lo que optaba por una quietud artificial. Lo interesante es que Cocteau consideraba que con sus textos hacía un aporte importante a la toxicomanía. «Como suele ocurrir, lamentaba que la medicina, en lugar de perfeccionar la desintoxicación, no se dedicará concienzudamente a convertir al opio en inofensivo». Sostiene, por ejemplo, que muchos médicos ignoran las trampas de una desintoxicación, se conforman con una supresión o abstinencia, y el toxicómano regularmente sale destrozado de esta prueba inútil. Él reconoce que volvió a intoxicarse porque los médicos sólo lo purgaban: “no buscan curar las causas primeras que llevan a la intoxicación”, razón por la cual reaparecía el desequilibrio nervioso, y apelaba al opio. Para Cocteau la eficacia del opio implica establecer un pacto, algo que se sella, y hacer un tratamiento moralizante de la cuestión, era como pedirle a Tristán que mate a lsolda* asegurándole que luego se sentirá mucho mejor.
Este autor continúa diciendo que salir de la intoxicación era como salir de una hibernación, por eso algunos toxicómanos necesitan de un “correctivo” y recurren al consumo de la sustancia tóxica, pues para ellos “el mundo es un fantasma hasta que una sustancia le da cuerpo”; el problema es que a veces el remedio que encuentran los puede también matar.
«Establece una diferencia entre hombre y mujer; en el hombre la droga adormece el sexo y en la mujer, el corazón». En el hombre existe una especie de fijador, y sin él la vida se vuelve intolerable, es algo que le permite dormir al condenado a muerte. Cocteau siente que le falta ese fijador. Nos habla del tedio del fumador curado. Todo lo que hacemos en la vida es en el tren expreso que corre hacia la muerte. Fumar opio es como bajarse del tren en marcha.
Afirma que lo que hace un fumador es pagar una falta y que vuelve al opio en su contra.
No hay un amante más exigente que la droga, planteamiento que conduce a pensar en el Superyó. Sus celos llevan a castrar al fumador. El opio es la mujer fatal. «De este modo, el primer efecto que reconoce en el proceso de desintoxicación es el retorno de la sensualidad, a desear la relación sexual y sobre todo a ponerla en práctica». La intoxicación ocupa para Cocteau el lugar de una mujer, y hace las veces de una práctica sexual. Mujer exigente, por cierto. Uno de los últimos aforismos del diario resume la problemática en cinco palabras: “Si el opio lo quiere…”.
Podemos referirnos al diario de Vicente Verdú: “Días sin fumar” el cual resulta también de sus memorias sobre la desintoxicación. Para el escritor y periodista español el cigarrillo era una compañía insoslayable. Decide dejar de fumar y describe sus síntomas de abstinencia que forman un sistema circular dentro de la oscuridad del adicto. Fumar le produce faringitis, pero dejar de fumar le seca la garganta y le engendra faringitis. Fumar le causa dolor de cabeza pero dejar de hacerlo le incrementa la tensión y vuelve dicho dolor. La frontera entre la salud y la enfermedad es un tanto difusa y la vida, razona, no es propiamente salud.
«Podemos decir que la finalidad del consumo de la sustancia tóxica es presentada como algo que funciona no para procurarse placer, sino para atenuar el dolor». Resulta interesante la sensación que se le presenta a Verdú cuando el cigarrillo ya no forma parte de su vida: se le representa la idea de que es un «sujeto castrado».
Lo que cada uno dibuja con su escritura, lo que logran contornear, es lo que se juega en la abstinencia: la confrontación brutal con una falta que la su tóxica obturaba, con sus consecuencias subjetivas: “La angustia ante la carencia y el desgarramiento frente a la decisión de abandonar un Goce”.
El psicoanálista invita a un proceso de escritura que permita circunscribir esta cuestión de otra forma. Es el destino común del psicoanálisis que lleve al sujeto hasta ese límite, pero por un camino adecuado y sobre todo seguro. Un derrotero que se va construyendo a partir de los puntos de falla de los tóxicos y, fundamentalmente, de las decisiones del sujeto. Obviamente no se trata de que el sujeto tenga que andar procurando consolar su Goce, no se trata de que lo frene el “Otro” o su propio Yo. El psicoanálisis lleva a que el “Otro” se haga consistente, pero por otros medios que los de la operación cínica que posibilita el consumo, esto significa que el Superyó se desacelere lo suficiente como para que el Goce sufra cierta mutación y que el sujeto pueda palpitarlo de la forma en que más le plazca. Como lo plantea Jacques-Marie Émile Lacan: “un análisis implica reescribir la historia”.

*Tristan e Isolda es una leyenda que se encuentra enraizada en tradiciones que probablemente se remontan a la época de la dominación vikinga de Irlanda en el Siglo X, durante el período del Reino de Dublín, aunque incluye elementos procedentes probablemente de otros ámbitos culturales.


El éxito aunado a la culpa.

“Nada puede hacerme daño excepto yo mismo; el mal que me agobia lo llevo conmigo y jamás sufro realmente sino por mi culpa”. San Bernardo de Claraval.

Existen sujetos que trabajan arduamente durante su vida para lograr sus metas, pero una vez alcanzado el éxito se deprimen gravemente. Sigmund Freud, en su obra “Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo analítico”, plantea que nos mostramos confundidos y sorprendidos de aquellos sujetos que repentinamente enferman cuando cumplen un deseo hondamente arraigado y perseguido: son los que fracasan al triunfar, aquellos que producen un vuelco trágico. Entonces el síntoma aparece por consecuencia del triunfo. Lo normal sería esperar que el problema fuera más bien por la frustración, sin embargo es más bien por la culpa inconsciente que los invade, aquí vemos desplegado el Superyó con toda su fuerza para provocar el síntoma.


El Goce hasta morir.

“Más fácil es aguantar la muerte sin pensar en ella, que el pensamiento de morir”. Blaise Pascal.

Thomas de Ouincey nos relata que pese a los intentos de bajar las dosis del consumo de opio, no tuvo éxito, pues llegado, a un punto la reducción le causaba un intenso sufrimiento que define como una irritación del estómago difícil de poder narrar.
El opio le comenzaba a paralizar sus facultades intelectuales, invadiendole una sensación de desamparo e incapacidad por lo que aplazaba el trabajo cotidiano. Dice haber caído en un estado de postración, impotencia, mortal languidez; palabras con las que expresa sentimiento de desecho en el cual se encontraba sumido, sólo guardaba para sí dos cosas, la angustia y el sufrimiento.
El «Goce» que invade su ser aparece como algo imposible de comunicar, como precipitarse en un abismo insondable, como un estado de desolación, de desesperación suicida inefable, aunado a la sensación alterada del espacio y tiempo, dilatándose hasta una infinitud inexpresable.
Sus sueños —dice Quincey— tienen la característica de que, salvo excepciones, presentan escenas de horror y daños. Aunque también en la vigilia padece horrores, pero en este punto el Goce aparece delineando su cuerpo. Es a partir de llegar a este estado, frente a este Goce desbocado, que dice: “Me di cuenta de que iba a morir si seguía tomando opio: me decidí por lo tanto a que si era necesario, moriría para
arrojarlo de mi vida”. Así vemos cómo Ouincey se confronta con un límite que en ocasiones lleva a algunos toxicómanos a intentar buscar otra solución que la ofrecida por la sustancia tóxica; este límite esta a un paso más allá de la vida: la muerte.
En su obra literaria “Suspiria de Profundis” parecía haber encontrado cierta tramitación de lo inexorable, aquello frente a lo cual los ruegos son estériles. Recordemos sus propias palabras: “El sentimiento que acompaña a la repentina revelación de que todo está perdido crece en silencio dentro del corazón, es demasiado profundo para expresarse en palabras o gestos, y ninguna de sus partes se trasluce exteriormente. Si la ruina fuese condicional o subsistiese una duda, lo lógico sería estallar en exclamaciones o implorar compasión pero cuando se tiene la certeza de que la ruina es absoluta, cuando la compasión no es un consuelo y es imposible tener la menor esperanza, todo es distinto. Se apaga la luz, la voz… Por lo menos yo, al darme cuenta de que las terribles puertas se habían cerrado y que de ellas colgaban crespones negros, como de una muerte ya ocurrida, no hablé, no me quejé, no hice ningún gesto. Un hondo suspiro salió de mi pecho y quedé en silencio durante varios días”.


La tragedia de Victor Hugo Viscarra.

“Todo mi dolor ha pasado a la literatura”. Juan Gelman.

Su principal obra de Víctor Hugo Viscarra se titula “Borracho estaba, pero no me acuerdo”; a través del psicoanálisis podemos observar la función que tiene el Superyó de este autor: cruel y beligerante por el abuso en el consumo de bebidas embriagantes con la finalidad de sepultar los amargos recuerdos, el ahogamiento de la angustia, el olvido permanente… todo esto proveniente, sin lugar a dudas del reservorio del Ello. Por medio de breves crónicas, éste autor deja constancia de lo que han sido los sucesos traumáticos de su vida: “Nací viejo —nos dice— mi vida ha sido un tránsito brusco de la niñez a la vejez, sin términos medios”, y afirma la edad exacta de la que no pasará vivo, caso contrario conseguirá una pistola para suicidarse. Asegura que quisiera olvidar el período de su niñez, pero no logra hacerlo, le resulta verdaderamente imposible; las cicatrices, consecuencia del maltrato constante de su despiadada madre, no se borran, les esta vedado el olvido, aunque nada grato guarde en los recuerdos. Asegura que “quienes recuerdan con tristeza su infancia, nunca más podrán ser felices”. Prosigue en su relato donde su madre le rompió varias escobas en su espalda, le clavaba las uñas en la boca hasta dejarle una cicatriz, le dejó una en la muñeca al clavarle un cuchillo, le daba palizas memorables… En una oportunidad le echó alcohol sobre su cuerpo para prenderle fuego, de esa desgracia lo salvó un casero que llegó oportunamente. Él quería ignorar las cicatrices, borrarlas con la indiferencia, pero no podía. Se escapó de su casa a los doce años y en la calle conoció un trato más cruel que el de la madre, el de los agentes de la Oficina de Menores, y luego de estar preso con delincuentes pasó a estar bajo la tutela del padre. Fue a vivir a un callejón donde se había instalado un grupo de bebedores empedernidos. El padre era militar, buena gente, nos asegura. Conocía todos los estados civiles: viudo, divorciado, casado; él lo iba a recoger a los boliches los viernes cuando se emborrachaba hasta perderse y, si se enojaba, sabía cómo calmarlo, poniendo canciones de boleros, “una tristeza no catalogada en diccionario alguno se apoderaba de su alma y su espíritu”. Cuando murió su padre —el mismo día del cumpleaños de Víctor Hugo— no reclamó su herencia, sólo le quedó de recuerdo la fotografía de su aviso necrológico. Mientras tanto, había aprendido a vagar por toda su ciudad sin extraviarse. Se sentía abandonado, y agrega que hay quienes tiemblan más por el abandono que por el frío. Había sentido frío en el alma, se había sentido deprimido, miserable, entonces le daban ganas de meterse en las cantinas por donde caminaba de día y de noche, la intención era quedar completamente alcoholizado, regularmente tirado en las banquetas o en cualquier sucio rincón. En definitiva aprendió a beber más por necesidad que por vicio. 


El amor imposible en los hombres.

“Es una necedad arrancarse los cabellos en los momentos de aflicción, como si ésta pudiera ser aliviada por la calvicie”. Cicerón.

El amor se puede volver adictivo en el hombre cuando la mujer se vuelve imposible de obtener, de abrazarla, de besarla, de tener relaciones sexuales…
Es un hecho observable que muchos hombres cuando tienen pareja, hablan muy poco de ella con los demás, cuestión que es contraria en las mujeres, ellas suelen hablar con bastante más frecuencia de sus parejas con los otros. Pero cuando los hombres han sido abandonados por sus respectivas partenaires, entonces hablan de ellas y mucho, incluso durante años.
En estos amores imposibles observamos como el hombre ante la negativa de la mujer, se convierte en obsesivo con el uso del teléfono móvil para comunicarse con ella; el acecho y el espionaje se ponen en marcha, y entonces el amor toma un tono persecutorio, comparando a esa fémina como una potente «droga», y a esa dificultad para acceder a ella, como una penosa abstinencia que deben soportar. Incluso pueden optar por una sustitución de esta «droga», por otra asequible a ellos.
Ese amor no correspondido puede llevar a un hombre a volverse compulsivo, práctica que se convierte en insoportable para la mujer. Aquí el amor se ha transformado en una pasión, en términos literales. La pasión permite contemplar en forma conjunta dos cuestiones que Sigmund Freud nos presentaba por separado: el afecto y el pensamiento. Cuando una fémina se apodera del pensamiento de un hombre con personalidad obsesiva su pasión se torna en una especia de droga, aunado a un masoquismo obstinado, del cual resultará muy difícil librarse.


La pérdida del amor para las mujeres.

“Para andar por el mundo es menester ir bien abastecido de cautela y de indulgencia: aquella sirve para protegernos de daños y perdidas, esta última de pleitos y de pendencias”. Arthur Schopenhauer.

Sigmund Freud expone que en las mujeres “el Superyó nunca deviene tan implacable, tan impersonal, tan independiente de sus orígenes afectivos como exigimos en el caso del varón”. Lo de no tan impersonal ni tan independiente de sus orígenes afectivos aparecerá en otros momentos de la obra freudiana, donde se destaca que en las mujeres, más que en el caso de los varones, la cuestión depende de la «intimidación exterior»; es decir, estará más expuesta a la relación con un “Otro” estragante.
La amenaza para la niña durante el Complejo de Edipo tiene que ver con la pérdida de amor del padre, algo que se repetirá a lo largo de su vida con sus respectivos partenaires, lo que recaerá una demanda fálica. La pérdida del amor, o la desestimación de esta demanda, implica sumergirse en la angustia —más profundamente que en caso de los hombres— esto puede crear en ellas cierta dependencia que la lleve a aceptar cualquier tipo de exigencia por parte de ese Otro. Así, el partenaire haría las veces de ese Superyó, débil como instancia interna, pero tan estragante como siempre, y menos impersonal.
Hans Sachs expresó respecto a las féminas, que poseen un Superyó postizo a partir de la relación con los hombres, de quienes se tornarían en dependientes y sumisas; «por lo que hecho de perder el amor resultaría equivalente a la angustia de castración para los hombres». En este punto, se encuentra una de las respuestas, además del placer que puede ocasionar el vínculo de pareja, de por qué se sostiene el amor entre los partenaires. Si bien es mentira que el amor todo lo puede, al menos logra anular, temporariamente, la angustia de castración.


La maduración de la relación de pareja.

“Cuando odias a una persona, odias algo de ella que forma parte de ti mismo. Lo que no forma parte de nosotros no nos molesta”. Hermann Hesse.

Obviamente, la calidad y el desarrollo de una relación amorosa dependen del psiquismo de la pareja y, por implicación, el proceso de selección que los une. Los mismos rasgos que implican maduración de la capacidad para las relaciones amorosas son los que gravitan en el proceso de selección. La capacidad para disfrutar libremente del placer sexual constituye —si por lo menos tiene acceso a ella uno de los dos partenaires— una temprana situación de prueba, en la medida en que ambos estén en condiciones de lograr una libertad conjunta, riqueza y variedad en sus encuentros sexuales. Encarar frontalmente la inhibición, limitación o el rechazo sexuales del partenaire es signo de una identificación genital estable, en contraste con el rechazo colérico, la desvalorización o la sumisión masoquista a esa inhibición sexual. Por supuesto que la respuesta a este desafío por parte del partenaire sexualmente inhibido se convertirá en un elemento importante de la dinámica en desarrollo de la pareja. Detrás de las incompatibilidades sexuales tempranas de la pareja suele haber problemas edípicos significativos no resueltos, y la medida en que la relación puede contribuir a solucionarlos depende sobre todo de la actitud del partenaire más sano.
«Evitar a una pareja que obviamente impone limitaciones severas a la expectativa de gratificación sexual es un aspecto del proceso normal de selección».
El desarrollo de la capacidad para las relaciones objetales totales o integradas implica el logro de una identidad del Yo y, por la misma razón, de relaciones objetales profundas, que facilitan la selección intuitiva de un sujeto que corresponda a los propios anhelos y aspiraciones. Siempre habrá determinantes inconscientes en el proceso de selección pero, en circunstancias comunes, la discrepancia entre los deseos y temores inconscientes y las expectativas conscientes no será tan extrema como para convertir en un peligro importante la disolución de los procesos tempranos de idealización en la relación de pareja.
La selección de la pareja que uno ama y con la cual se quiere pasar juntos el resto de la vida involucra ideales maduros, juicios de valor y metas que, aparte de satisfacer las necesidades de amor e intimidad, le procuran un sentido más amplio a la vida propia. Se podría cuestionar que el término “idealización” se aplique en este caso, pero en la medida en que se selecciona a un partenaire que corresponda a un ideal por el que se lucha, en esa elección hay un elemento de trascendencia, un compromiso con la pareja que se produce con la influencia del Ideal del Yo.