Social

"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

Publicaciones destacadas

Image Slider

martes, 9 de mayo de 2017

El deseo inconsciente de pertenecer a ambos sexos.

Lawrence Schlesinger Kubie describe un proceso mediante el cual el hombre y la mujer buscan inconscientemente, de igual manera, suplir o bien complementar su propia identidad de género con el opuesto. Pero cuanto más inconsciente es el impulso, más autodestructivo se torna y más influyente es en la determinación de las actividades básicas de la vida, desde la elección de la pareja hasta las aspiraciones profesionales.
Este proceso, obviamente, siempre está condenado al fracaso y a generar profundas frustraciones, ya que la meta inconsciente y deseada nunca se alcanza.
Para algunos sujetos el objetivo final del coito no es ni el orgasmo ni la reproducción —señala Kubie— sino un proceso de “cambio mágico”. Por lo tanto, el «post coitum tristis» puede estar relacionado directamente con la comprensión de que esta necesidad de transmutarse y adquirir un doble género a través de las relaciones sexuales es imposible.
Este autor hace énfasis en las implicaciones, sobre todo en las profundas repercusiones que este impulso tiene, en la falta de compromiso que experimentan estos sujetos en sus vidas cotidianas, y que es para ellos fuente de sufrimiento. Hace referencia, una vez más, a las necesidades simbólicas e inconscientes más que a los requisitos biofísicos o bioquímicos, que los símbolos orales inconscientes representan erróneamente, y que por lo tanto son insaciables. Fórmula este autor la idea, que para algunos sujetos el «pene» puede simbolizar inconscientemente un «pecho frustrado», y por lo tanto incapaz de lograr satisfacción sexual alguna, generando con ello aun más ansiedad. Añade que no hay escapatoria ni descanso posible desde el momento en que la satisfacción orgásmica inmediata se convierte en una traición pasajera –una ilusión– al desencadenar meramente una repetición de la necesidad. Entre sus hallazgos identifica muchas características del comportamiento perverso: En algún momento es necesario considerar cómo los componentes parciales del impulso a pertenecer a ambos sexos podrían estar relacionados con perturbaciones como el comportamiento exhibicionista, trastornos alimentarios, la cleptomanía y obviamente el travestismo, la homosexualidad abierta.

Cuando el sujeto indaga sobre el amor, se pregunta: ¿Qué quieren las mujeres? y ¿Qué quieren los hombres?

Esto puede responderse diciendo que los hombres quieren una mujer en múltiples roles: madre, bebé, hermana gemela, y por sobre todo una mujer sexual adulta.
Mientras que las mujeres, debido a su cambio fatídico de objeto primario (de la madre al padre en el Complejo de Edipo) quieren un hombre en roles paternos pero también en roles maternos: padre, bebé, hermano gemelo y un hombre sexual adulto.
En un nivel diferente, tanto las féminas como los varones quizá quieran escenificar una relación homosexual o invertir sus roles sexuales en una búsqueda esencial tendiente a superar los límites que separan a los sexos e inevitablemente limitan la gratificación narcisista en la intimidad sexual; sin lugar a dudas ambos anhelan una fusión completa con el objeto amado, fusión que incluye elementos edípicos y preedípicos que obviamente jamás se podrán alcanzar.

El placer del acto sexual y de la masturbación.

Si el placer alcanzado del sujeto por medio del acto sexual es mucho menor al obtenido por la masturbación, esto demuestra el peso que tiene la “angustia de castración” en el ejercicio de su sexualidad.

¿Por qué los hombres maduros pretenden regularmente a mujeres jóvenes?

Mientras que el hombre tiene la propiedad absoluta de sus órganos reproductivos, la mujer tan sólo los tiene en alquiler y por un periódico de tiempo limitado, o quizás sería más exacto afirmar, en palabras de Joan Raphael-Leff, que en el embarazo, el propietario-ocupante toma el poder de su cuerpo; pero, ¿en qué momento siente la mujer que su cuerpo le pertenece?
Mientras que a determinada edad las féminas pierden sus capacidades reproductoras, los hombres las conservan, obviamente con menos espermatozoides que en la juventud.
Mónica Lax lo explica de este modo:
“El incremento de la vulnerabilidad narcisista de las mujeres al finalizar la posibilidad de procrear puede verse intensificado por el hecho de que la capacidad procreativa de los hombres no finaliza en la madurez. Este factor explica la diferencia importante entre los géneros durante esta etapa del ciclo vital, sobre todo dado que un hombre puede, o podría, emprender una nueva familia con hijos, y por el contrario una mujer no”.
Esta diferencia responde en gran parte al hecho de que la pedofilia sea una práctica mucho más extendida entre los hombres que entre las mujeres. Los varones maduros, en su búsqueda de perpetuarse a través de los hijos, a menudo experimentan el deseo de involucrarse sexual y sentimental con jovencitas, mientras que las mujeres de su misma edad, dominadas por el reloj biológico, ya no pueden concretar.
Cuando un hombre maduro ve a una joven, no sólo fantasea sexualmente con ésta sino que también puede considerarla como la potencial madre joven de su futuro hijo. Por lo tanto, ¿por qué cuando una mujer madura se ve en una situación paralela, al contemplar a un joven atractivo, todos –incluyendo ella misma– suponen que tiene en mente a su propio hijo? Posiblemente existe un un proceso cultural, sociológico, que permite esta doble moral para hombres y mujeres. También debemos recalcar que el narcisismo varía de un género a otro y el tiempo afecta dicho narcisismo de manera diferente a hombres y mujeres.

¿Qué es lo que amamos en nuestro partenaire?

Responder esta pregunta es sumamente complicado, ya que se trata de mecanismos en su mayoría inconscientes que compartimos con el ser amado.
Sigmund Freud se refirió a lo que denominó el “Complejo del Semejante”, afirmando que cuando percibimos a nuestro partenaire, éste se separa en dos partes: una «parte semejante» a nosotros y otra «parte extraña», que se escabulle.
La presencia de lo extraño en el núcleo mismo de lo semejante crea un sujeto ambivalente en el que asoma la dimensión de la alteridad o del otro, no solo distinto sino además también extraño. A esa parte desconocida no podemos acercarnos, pues se resiste al conocimiento. Esa parte ajena del otro, resulta ser por un lado la menos fiable, pero asimismo la más atrayente; es el «objeto perdido» que tanto que anhelamos reencontrar (nuestro primer objeto de amor: la madre).
Ahora bien nos identificamos con la parte semejante, que puede confundirse con la imagen del Yo y que pasa a ser la vertiente narcisista del amor, mientras que la parte extraña es un centro intenso de atracción donde se sitúa lo «deseable».
También duplicamos a la pareja amada al internalizarla, transformando al otro exterior en otro "interno". Hay que precisar que no se trata de un doble imaginativo del sujeto real, sino que es una representación inconsciente, que es diferente al sujeto concreto. Es aquello que queda inscripto en los sistemas mnémicos, que es una parte inconsciente e ignorada pero que forma parte de nosotros mismos, que influye de manera primordial en las expectativas relacionadas con nuestros deseos y nuestra vida amorosa.
Freud afirma que con el fallecimiento de nuestros seres amados se pone de manifiesto la alteridad de estos con respecto a uno. Descubriendo —dice— que cada uno de esos seres queridos eran un fragmento de nuestro amado Yo, pero por otra parte llevaban adherido también un fragmento de ajenidad. Así, esos difuntos habrían sido también unos extraños que  nos despertaron sentimientos hostiles.
En esas circunstancias, lo extraño, que nos resulta inquietante y hostil, se introduce en lo más íntimo de lo familiar. Por lo tanto el amado resulta ser alguien ajeno a nosotros y la hostilidad es la reacción narcisista espontánea ante el extraño, debemos concluir que la ambivalencia afectiva es universal e ineludible para todos.
De lo dicho anteriormente se desprende que toda relación afectiva está afectada por una incertidumbre fundamental. Aun en las relaciones amorosas más íntimas y estrechas el amado queda en alguna medida fuera de las redes de nuestro conocimiento. Lo que siempre se escapa es el deseo en su dimensión de alteridad, que está relacionada con lo otro en uno mismo, que es el inconsciente que nos gobierna todo el tiempo, más allá de nuestra voluntad y de nuestro saber conciente.

La discontinuidad de la pareja evita una fusión catastrófica.

La «discontinuidad» que se observa en el vínculo de pareja ha sido descrito detalladamente por Karl Muller-Braunschweig, Michael Fain y por André Green, esta discontinuidad tiene su origen en la relación entre madre-infante. Según Braunschweig y Fain, en el momento en que la madre es inaccesible para el infante porque se ha vuelto hacia el esposo como partenaire sexual, el vástago —desde las primeras semanas de nacido— se percata de ese hecho.
La progenitora puede alternar entre sus dos roles y pasar fácilmente de ser una madre tierna, sutilmente erótica, afectuosa con su su hijo, a convertirse en partenaire activamente sexual del esposo, por lo tanto el infante se identifica inconscientemente con ella en ambos roles.
Esta discontinuidad de la madre activa las fuentes más tempranas de frustración y deseo en el niño. Asimismo, a través de la identificación con la madre se pone en marcha la capacidad del infante para la discontinuidad en sus relaciones íntimas. Siempre —según Braunschweig y Fain— el autoerotismo del infante proviene de las repetidas secuencias de «gratificación» alternadas con la de «frustración» de su deseo de fusión con la madre: la masturbación infantil puede representar una relación objetal antes de convertirse en una defensa contra esa relación.
André Green considera que esta discontinuidad es una característica básica del funcionamiento humano en la normalidad y la psicopatología. “Señala que la discontinuidad en las relaciones amorosas protege de una fusión peligrosa en la cual la agresión se volvería suprema”. Los hombres despliegan su capacidad para la discontinuidad en su relación con las mujeres: separarse de la mujer después del coito representa una afirmación de su autonomía (básicamente una reacción narcisista normal al alejamiento de la madre, inconscientemente hablando, por supuesto); lo típico es que la mayoría de las mujeres está acción la interpretan erróneamente, según el cliché cultural de que los hombres tienen menos capacidad para establecer una relación dependiente.
Por otro lado, en las mujeres, esta discontinuidad se activa normalmente en la interacción con sus infantes, que incluye la dimensión erótica. Esto lleva a que el hombre sienta a menudo que ha sido abandonado o desplazado por su progenie: una vez más, según un cliché cultural (en este caso masculino), el de la incompatibilidad de las funciones maternas con el erotismo heterosexual en las mujeres.
Las diferencias entre hombres y mujeres en la capacidad para tolerar las discontinuidades también se pone de manifiesto en el vínculo de las relaciones amorosas, como ha señalado Francesco Alberoni: “Las mujeres por lo general interrumpen sus relaciones sexuales con un hombre que ya no aman, y establecen una discontinuidad radical entre una vieja relación amorosa y otra nueva. Los hombres son por lo general capaces de mantener una relación sexual con una mujer aunque su compromiso emocional esté en otra parte, es decir que tienen una mayor capacidad para tolerar la discontinuidad entre las investiduras emocional y erótica, y para la continuidad de la investidura erótica de, una mujer, en la realidad y en la fantasía, durante muchos años, aunque no tengan una verdadera relación en curso con ella”.
La discontinuidad masculina entre las actitudes eróticas y tiernas con respecto a las mujeres se refleja en la disociación de la "virgen" y la "puta", su defensa más típica contra la relación sexual edípica con la madre, prohibida, pero inconscientemente deseada sin renunciamiento.
Ahora bien, más allá de esa disociación, los conflictos preedípicos profundos con la madre tienden a resurgir sin dilución en las relaciones de los hombres con las mujeres, interfiriendo en la capacidad de ellos para comprometerse profundamente con la pareja. «Para las mujeres, que ya en la primera infancia han transformado su compromiso con la madre en un compromiso con el padre, el problema no consiste en la incapacidad para comprometerse en una relación dependiente con un hombre; se trata más bien de la incapacidad para tolerar y aceptar su propia libertad sexual en esa relación. En contraste con la afirmación masculina de la genitalidad fálica desde la primera infancia, en el contexto de la erotización inconsciente de la relación madre-infante, las mujeres tienen que redescubrir la sexualidad vaginal original, inhibida inconscientemente en las relaciones entre madre e hija. Se podría decir que, al establecer una relación amorosa, hombres y mujeres tienen que aprender a lo largo del tiempo con qué viene el otro preparado: los hombres deben aprender el compromiso profundo, y las mujeres la libertad sexual». Obviamente, existen excepciones significativas, como por ejemplo la psicopatología narcisista en las mujeres y los tipos severos de angustia de castración de cualquier origen en los hombres.

La sexualidad en la vejez.

Los hombres son particularmente más sensibles al proceso de envejecimiento de su partenaire, mucho más que éstas con respecto a ellos, esto es debido a una conexión inconsciente entre la idealización de la superficie del cuerpo de la madre como origen del erotismo (primer objeto de amor) y el miedo al contenido del cuerpo materno como expresión de la proyección inconsciente de las tendencias agresivas primitivas (etapa preedípica y edípica). Esta sensibilidad que presentan los hombres puede inhibirlos sexualmente.
En las mujeres también puede manifestarse algún trastorno en su sexualidad, en la medida en que temen ser menos atractivas y deseadas sexualmente, con lo que se reactivan o refuerzan en ellos y ellas las prohibiciones edípicas contra la sexualidad.
La afirmación de la intimidad sexual de la pareja en edad avanzada es la última prueba de su libertad sexual. La común negación de la vida sexual en los adultos mayores es la edición final —por así decirlo— de los esfuerzos del niño en pos de negar la sexualidad de sus progenitores; asimismo es la edición final de la culpa de los progenitores asociada con su propia sexualidad.
La preocupación por el compañero amado de toda la vida puede convertirse en un factor de importancia creciente en la mediación y el control de la escenificación de la agresión disociada por parte de la pareja en esta etapa de su vejez.

lunes, 8 de mayo de 2017

La pornografía en Internet.

Tanto la «sexualidad virtual» como el «cibersexo» son los nombres denominados al uso de las nuevas tecnologías de comunicación para obtener material con la finalidad de estimular las fantasías sexuales, por lo tanto no es raro que los sujetos se conviertan en adictos a Internet en el sentido propio del término.
El uso de Internet es consistente con un aspecto esencial de la perversión, a saber, la fantasía del control omnipotente y la dominación del objeto. En la imaginación solitaria —es el sujeto quien crea y deriva el placer de ella— un simple clic puede conjurar cuerpos que permitan la estimulación necesaria para la excitación, y el sujeto puede entonces hacer lo que quiera con ellos.
Se podría decir que el uso voyeurista de Internet confina el acto perverso dentro del mundo virtual, evitando así el riesgo ante la sociedad y la autoridad de que se tenga que actuar en la realidad. Los actos perversos de carácter penal se limitan a los casos más graves. Por ejemplo, el Marqués de Sade, que se había retirado a su castillo después de haber sido condenado por infligir violencia a las prostitutas, contrató a jóvenes de ambos sexos como siervos con el fin de someterlos a puerta cerrada a un complejo ritual de abuso sexual y mortificación corporal, destinado obviamente a culminar en una orgía criminal, Sade no pudo poner en práctica su plan porque fue traicionado a las autoridades por su suegra. Encarcelado en la Bastilla e incapaz de llevar a la práctica sus fantasías, se dedicó a escribir las novelas que iban a hacerle famoso y asimismo ayudó a contener sus obsesiones sádicas.
Así, Internet constituye el marco, el campo imaginativo, en el cual cualquier representación virtual de la escena sexual perversa puede ser proyectada y, por lo tanto, removida del ámbito de acción; a menudo, sin embargo, también allana el camino para la consolidación del proceso psicopatológico. En cualquier caso, Internet parece ser el contenedor ideal para poner en práctica el acto perverso. “El acto perverso es un producto de la fantasía privada que debe sufrir una expansión ilimitada, e Internet es un contenedor virtual infinitamente expansible según la imaginación de los usuarios. Es precisamente este potencial infinito el que hace que un pervertido vea los intercambios afectivos entre seres humanos ordinarios como banales”.
Si el núcleo de la perversión se encuentra en la sumisión progresiva a un placer orgiástico excesivamente sensual que actúa como fuerza hipnótica, las perversiones sexuales podrían considerarse como pertenecientes a un área mental similar a la de la adicción a las drogas. Serían entonces la expresión de la esclavitud de una droga mental de naturaleza sexual, en la misma línea que la dependencia de alcohol o toxicomanías. En otras palabras, las perversiones son técnicas para inducir un estado de excitación mental buscado por sí mismo y desprovisto de cualquier aspecto relacional con el otro.

La agresión en la infidelidad.

Se puede observar la actitud común que presenta el sujeto que mantiene una relación extramarital y se defiende de sus sentimientos de culpa con conductas agresivas dirigidas al cónyuge con la finalidad de provocarlo y con ello inducir el rechazo directo por este último, con el propósito de mitigar la culpa existente, y en un intento de justificar su infidelidad. Pero en algunos casos el resultado puede ser totalmente opuesto al perseguido, y terminar destruyendo la pareja. En general, es posible que la agresión implacable del sujeto infiel como ruego inconsciente de aceptación y como expiación de la culpa desencadenada por esa misma agresión no sea contenida por el partenaire.

La infidelidad como condición para la satisfacción sexual plena.

El observador cauto se percata que la pareja que ha estado unida por años a menudo empiezan a parecerse entre sí, incluso físicamente, en estas circunstancias suele admirarse que dos sujetos tan similares se hayan encontrado.
En esta «relación de gemelos» —compuesta de amor objetal y de gratificación narcisista—, esta gratificación es la que protege a la pareja de la activación de la agresión destructiva. En circunstancias menos ideales, la «relación de gemelos» puede convertirse en lo que Didier Anzieu ha llamado "piel" que se encuentra presente en la relación de pareja: es una exigencia de ambos por una intimidad completa y continua, que al principio parece «intimidad del amor» pero finalmente se convierte en una «intimidad del odio».
La pregunta constantemente repetida que se hacen los amantes: "¿Aún me amas?" que refleja la necesidad de mantener la piel común de la pareja, es la antítesis de la afirmación "¡Siempre me tratas así!", que señala un cambio en la calidad de la relación bajo la piel, desde el amor a la persecución. Para proteger la propia seguridad y cordura, sólo cuenta en realidad la opinión del otro, y esa opinión puede dejar de ser una corriente constante de amor para convertirse en una igualmente constante corriente de odio.
Los guiones de gama amplia escenificados inconscientemente pueden incluir fantasías realizadoras de deseos, culpa inconsciente, búsqueda desesperada de una conclusión diferente para una situación traumática temida y reiterada de modo incesante, y una reacción en cadena iniciada sin desearlo ni advertirlo, que quiebra la secuencia interna del guión ¿Qué significa todo esto? Ejemplifiquemos: Una mujer histérica con fijación edípica a un padre idealizado que se manifiesta con profundas prohibiciones contra el compromiso sexual con él, «encuentra» (deberías decir lo ha elegido inconscientemente para casarse con él) a un hombre narcisista de la personalidad que padece un intenso resentimiento contra las mujeres. Este hombre la eligió a ella como «gemela heterosexual deseable», y espera inconscientemente que se encuentre bajo su control total como soporte para su narcisismo. La inhibición sexual de la mujer frustra el narcisismo del marido y lo lleva a buscar satisfacciones extramaritales; la decepción de ella con el padre edípico desencadena, primero, una fútil sumisión masoquista al esposo y, más tarde, una aventura amorosa masoquista y (por la misma razón) sexualmente gratificante con un hombre prohibido. Cuando la fémina abandona al esposo, éste toma conciencia de su temida dependencia respecto de ella, renegada por el hecho de que la trataba como a una esclava, mientras que, a la mujer, su propia respuesta sexual, que ha despertado plenamente en una relación amenazante pero inconscientemente permitida (porque es de naturaleza no marital), la lleva a aceptar su propia sexualidad genital. Esto da por resultado que ambos cónyuges se reencuentran con una mejor comprensión de sus mutuas necesidades, aunque sea a costa de la infidelidad. Él necesita inconscientemente provocar a su esposa para que se convirtiera en una «madre rechazadora», justificando retrospectivamente, por así decir, la desvalorización de la que él la hacía objeto, y la búsqueda de una nueva mujer idealizada; por otro lado ella necesita inconscientemente reconfirmar la «inaccesibilidad y deslealtad del padre» (representado por su marido), y pasar por una situación socialmente peligrosa como precio y condición para responder sexualmente a un hombre que no es su cónyuge.