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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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viernes, 21 de abril de 2017

Las experiencias en la vida.

Generalmente se tiene la íntima convicción que se aprende errando, sin embargo, lo que no se reconoce con tanta facilidad es que los errores repetitivos están inconscientemente vinculados a las experiencias de la infancia. Estos errores representan un intento falaz de resolver un trauma inconsciente, que siempre conduce al fracaso, he ahí la razón de la compulsividad del comportamiento.
Las palabras, acciones y actitudes de los progenitores ejercen un fuerte impacto en el hijo, y seguramente esto se repetirá cuando el niño se convierta en padre. Esto provoca que el nuevo padre se sienta alienado y temeroso de perder las representaciones mentales que tienen de él mismo en las relaciones intersubjetivas con su progenie. Por ejemplo, los sujetos que han sufrido experiencias dolorosas y humillantes en la infancia por culpa de sus padres suelen prometerse a sí mismos —secretamente— no comportarse de la misma manera. Pero el inconsciente siempre resulta ser imperativo, engañoso y, sin previo aviso algo emergerá del interior que no se reconoce como propio, y que deja estupefacto al sujeto, eso «ajeno» fue sembrado por los padres. Esa horrible voz o acción de los padres que el sujeto intenta evitar a toda costa aparece de nuevo enérgicamente en su comportamiento o actitud hacia los hijos, e inmediatamente tiene una sensación de culpa y vergüenza. Realmente la mayoría de los sujetos son dolorosamente conscientes de este hecho y que, cuanto más conscientes, más trabajan por solucionar esta intrusión interna.
El objetivo del ser humano es, no tanto llegar a ser dueño de sus actos y pensamientos porque eso es una tarea imposible de lograr, sino más bien que el Yo alcance la madurez suficiente para hacerse flexible y le permita tener la capacidad de proveerse de alternativas para afrontar lo que proviene inevitablemente del inconsciente. Esta tarea les resulta más difícil para algunos, sobre todo si se han visto sometidos a experiencias repetidamente humillantes y nocivas en sus primeros años de vida.

miércoles, 19 de abril de 2017

La sobreprotección maternal y el transexualismo.

Leslie M. Lothstein destaca en sus investigaciones con madres de hijos transexuales masculinos y femeninos, sobre la función que ejerce la madre en la etiología del transexualismo de su vástago. Según este autora: “Estas madres son incapaces de tolerar la separación e individuación de sus hijos vía identificaciones masculinas y permanecen vinculadas a sus hijos vía identificaciones femeninas. Parecen percibir la distinción del género masculino del niño como una amenaza a su propia integridad personal”. Lothstein describe un posible proceso en la educación de las hijas que se convierten en transexuales: “Estas madres experimentan también las identificaciones prolongadas y continuadas de sus hijas como una amenaza a su integridad personal. Al alejar activamente a sus hijas de las identificaciones femeninas, parecen protegerse de la fusión simbiótica y de la regresión. Nuestros datos clínicos sugieren que las identificaciones masculinas de sus hijas pueden ser parcialmente defensivas, para evitar los recíprocos deseos homicidas”.
En este orden de ideas, señala: “La propensión a trastornar una de las identidades de género del hijo varía en función del sexo del niño, las tensiones en su matrimonio, su relación con su propia madre y el actual estado de su conflicto bisexual”.
Por lo tanto, estos niños acceden a los deseos de su madre como única forma de supervivencia, y al hacerlo crean un falso sentido de sí mismos que incluye defectos estructurales del Yo y deficiencias de éste.
Esta misma idea comparte Therese Benedeck: “El psicoanálisis demuestra a menudo que los padres toman conciencia de las propias motivaciones inconscientes que dirigen hacia sus hijos, al prever el comportamiento de éstos y sus motivaciones inconscientes [...]. Parece como si padres e hijos, cual si de paranoicos se tratara, consiguieran lo que prevén con ansiedad, e intentaran a la vez evitar”.
Regularmente en estos trastornos están varias generaciones implicadas, por ejemplo la mujer que vivió su infancia junto a una madre cruel y castigadora, sometida a su propio Superyó, se identificará con su progenitora violenta cuando se convierta en madres y puede atacar con facilidad al hijo decepcionante y privado de un ambiente estable. Ésta madre seguramente experimenta a su hijo como un ser que no satisface sus propias motivaciones inconscientes al momento de ejercer la maternidad (Brandt Steele).

El orgasmo en el parto.

El psicoanálisis a develado que algunas mujeres sólo son capaces de percibir plenamente sus cuerpos cuando están siendo penetradas durante las relaciones sexuales. Además su vagina se vuelve mayormente sensitiva, por lo que constatan que hay un órgano que responde de forma complementaria al “Otro”.
Esta misma sensación también se puede dar durante el trabajo de parto. Según las antiguas historias, como nos recuerda Eugénie Lemoine-Luccioni, con el embarazo no sólo da por resultado que nazca un bebé sino que a veces llega activar un orgasmo vaginal intenso y, como prosigue el mito, la procreación puede incluso curar el problema de la frigidez en la madre primigenia.

El amamantamiento y el placer sexual de los pechos.

La mayoría de las mujeres manifiestan que cualquier placer sexual relacionado con sus pechos cesa no sólo durante el embarazo, sino mucho tiempo después de que tenga lugar el destete. Muchas de ellas describen este fenómeno como una insensibilidad plausible de sus pechos cuando son nuevamente estimulados por su partenaire en el momento que reanudan sus relaciones sexuales, esto les asombra porque anteriormente estaban muy conscientes del grado de excitación erótica que alcanzaba esa parte de su cuerpo.
Por otro lado también podemos observar, en menor cantidad, madres que han amamantando a sus hijos, incluso por varios años, y les resulta sexualmente gratificante. Para estas madres les parece que con la llegada del bebé, sus pechos cobran un redundante punto erótico, y que su derecho a obtener este placer queda reemplazado por la nueva función —mucho más vital por su función principal— como es la nutrición de su progenie.

El amamantamiento y el placer sexual de los pechos.

La mayoría de las mujeres manifiestan que cualquier placer sexual relacionado con sus pechos cesa no sólo durante el embarazo, sino mucho tiempo después de que tenga lugar el destete. Muchas de ellas describen este fenómeno como una insensibilidad plausible de sus pechos cuando son nuevamente estimulados por su partenaire en el momento que reanudan sus relaciones sexuales, esto les asombra porque anteriormente estaban muy conscientes del grado de excitación erótica que alcanzaba esa parte de su cuerpo.
Por otro lado también podemos observar, en menor cantidad, madres que han amamantando a sus hijos, incluso por varios años, y les resulta sexualmente gratificante. Para estas madres les parece que con la llegada del bebé, sus pechos cobran un redundante punto erótico, y que su derecho a obtener este placer queda reemplazado por la nueva función —mucho más vital por su función principal— como es la nutrición de su progenie.

El Complejo de Edipo en la pareja.

En la pareja existen de manera frecuente triangulaciones directas e inversas, que constituyen «guiones inconscientes» que en algunos casos pueden destruir el vínculo, y en el mejor de los casos reforzar su intimidad y estabilidad.
¿Qué significa la triangulación directa? Son fantasías inconscientes que surgen en ambos partenaires con un tercero, un miembro idealizado del género del sujeto que fantasea: ese tercero representa al rival edípico. Esta triangulación se puede observar en la típica escena de celos sin fundamento real alguno.
Ahora bien, en un contexto “normal” hombres y mujeres temen consciente o inconscientemente la presencia de un sujeto que pueda brindarle mayor satisfacción sexual a su partenaire; este tercero es el origen de la inseguridad emocional en la intimidad sexual, y de los celos como señal de alarma que protege la integridad de la relación.
¿Qué es la triangulación inversa? Es la fantasía compensadora y vengativa de tener una relación con un sujeto (amante) que no es el partenaire, un miembro idealizado del otro género que representa el objeto edípico deseado, con lo cual se establece una relación triangular. Así el sujeto es cortejado por dos miembros del otro género (partenaire y amante), en lugar de tener que competir con el rival edípico del mismo género tiene tangible al objeto edípico idealizado del otro género.
En vista de estas dos fantasías universales (triangulación directa e inversa), en la intimidad de la cama siempre es compartida al menos por seis sujetos: la pareja, sus respectivos rivales edípicos inconscientes y sus respectivos ideales edípicos inconscientes.
Una forma que toma a menudo la agresión relacionada con los conflictos edípicos (en la práctica psicoanalítica y en la vida cotidiana) es la colusión inconsciente de ambos partenaires para encontrar realmente un tercer sujeto que represente, de manera condensada, el ideal de uno y el rival del otro. Esto implica que lo más frecuente es que la infidelidad marital, las relaciones triangulares breves y las duraderas, reflejen colusiones inconscientes en la pareja, la tentación de escenificar lo más temido y deseado (Complejo de Edipo).
En la infidelidad entra una dinámica homosexual y heterosexual, porque el rival inconsciente es también un objeto deseado sexualmente por el conflicto edípico negativo: la víctima de la infidelidad a menudo se identifica inconscientemente con el partenaire que traiciona, en fantasías sexuales acerca de la relación de este último con el rival odiado con celos.
Cuando la patología narcisista severa en uno o ambos miembros de la pareja hace imposible que haya capacidad para los celos normales —una capacidad que implica lograr una cierta tolerancia a la rivalidad edípica—, es fácil que estas triangulaciones se escenifiquen.
La pareja capaz de mantener su intimidad sexual, de protegerse contra la invasión de terceros, no sólo conserva sus límites convencionales obvios sino que también reafirma, en su lucha contra los rivales, la gratificación inconsciente de la fantasía del tercero, un triunfo edípico y una sutil rebelión edípica al mismo tiempo. Las fantasías sobre el tercero son componentes típicos de las relaciones normales. La antítesis de la intimidad sexual que permite el goce de la sexualidad perversa polimorfa es el disfrute de fantasías sexuales secretas que, de manera sublimada, expresan la agresión hacia el objeto amado.
La intimidad sexual nos presenta entonces una discontinuidad más: la discontinuidad entré los encuentros sexuales en los que ambos partenaires quedan completamente absorbidos y se identifican recíprocamente, y los encuentros sexuales en los que se escenifican guiones fantaseados secretos, con lo cual se lleva a la relación las ambivalencias irresueltas de la situación edípica.

El trío sexual, psicoanálisis.

La conclusión a la que llega William Ronald Dodds Fairbairn es que la experiencia de los límites entre hombres y mujeres sólo puede superarse cuando la destrucción simbólica del otro como sujeto, permite emplear los órganos sexuales de él o ella como dispositivos mecánicos sin ningún compromiso emocional.
“El asesinato sádico es la consecuencia extrema pero lógica del esfuerzo por penetrar en el partenaire hasta la más profunda esencia de su ser, y de este modo se suprime toda sensación de estar excluido de esa esencia”.
En circunstancias más moderadas, la perversidad —el reclutamiento del amor al servicio de la agresión— transforma la intimidad sexual profunda en una mecanización del sexo, derivada de la desvalorización radical de la personalidad del otro.
La perversidad que se manifiesta en las parejas que participan en «tríos sexuales» o «sexo grupal» podemos constatar la sexualidad perversa polimorfa característica de la infancia. Después de seis a doce meses de llevar a cabo frecuentemente estos encuentros, desaparece en los sujetos la capacidad para la intimidad sexual (y, en realidad, para toda intimidad) Gilbert D. Bartell.
En estas circunstancias, la estructura edípica tiende a quedar desmantelada por lo que la excitación sexual disminuye considerablemente, la participación sexual directa se vuelve escasa y el sujeto pasa al plano del voyeurismo casi exclusivamente. Esto presenta un marcado contraste con los efectos estabilizadores que mantiene la pareja con respecto de una relación sexual triangular real.
En la relación de pareja heterosexual se alcanza un equilibrio que permite el «acting out»* de la agresión no integrada, mediante la escisión del amor y la agresión; se logra el «acting out» de la culpa inconsciente por el triunfo edípico, manteniendo con esto una relación amorosa plenamente satisfactoria.

*En psicoanálisis «acting out» es un término utilizado "para designar acciones del sujeto que presentan casi siempre un carácter impulsivo, relativamente independiente al curso de sus actividades, en contraste con los sistemas de motivación habitual del sujeto.
En el surgimiento del acting out el psicoanalista ve la señal de la emergencia de lo reprimido. Estos actos, más que formas de actividad racionalmente emprendida, son repetición de situaciones padecidos en la niñez o intentos de poner fin a conflictos de la infancia. El sujeto utiliza una situación real, de algún modo vinculada, por asociación, con un conflicto infantil reprimido, como una oportunidad de descarga.

lunes, 17 de abril de 2017

Ateísmo, psicoanálisis.

El sujeto que se manifiesta contundentemente como ateo, que ataca deliberadamente la creencia religiosa ¿Qué motivo tiene para pensar así? La razón proviene desde su remota infancia, por un Complejo de Edipo mal resuelto.
La hostilidad que manifiesta este sujeto contra Dios (autoridad celestial) va realmente dirigida contra su padre (autoridad terrenal) de manera inconsciente.
Cabe señalar que todo pensamiento inconsciente que alcance la consciencia, será rechazado de manera inmediata por esta última, un «mecanismo de defensa» utilizado para rechazarlo, es la proyección.

Todos los hombres son machistas.

Realmente todos los hombres son «machistas» en menor o mayor grado, ya que presentan «prejuicios arraigados» contra la feminidad; si efectivamente desean «aminorar» ese machismo deben conocer el funcionamiento de la psique para comprender su postura al respecto.
Existe un dicho que dice: “Detrás de cada hombre, siempre hay una mujer”, y en efecto eso resulta ser verdad: la madre.
El machismo surge por el desprestigio que el niño varón le otorga a su madre para desidentificarse de ella y poder lograr una identificación adecuada con su padre, esto ocurre durante el Complejo de Edipo, dando pauta para el sano desarrollo psicosexual infantil, pero lamentablemente con ello quedan también desprestigiadas todas las mujeres, ya que la etapa edípica deja siempre remanentes. Pero ¿De dónde surge ese desprestigio del infante hacia su madre?
Primeramente el niño o la niña fantasea que su madre tiene falo (madre fálica) con lo que hace omnipotente y la progenitora conserva así su perfección. Pero pasado algún tiempo el infante se percata que las demás féminas no tienen falo, aunque por algún tiempo se resista a aceptar la realidad, tarde o temprano termina convencido, entonces lo único que le queda por hacer es aceptar que su madre está castrada.
Ahora bien, si en el infante persiste la idea —dentro de su fantasía inconsciente— que la madre sigue poseyendo el falo, esto provocará graves trastornos para su salud mental que se manifestará en perversión o psicosis.
Si bien es cierto que el niño o la niña fantasea por algún tiempo que su madre tiene falo, lo lleva a cabo porque le causa mucha ansiedad aceptarla sin esa representación.
En el momento que el infante acepta la castración de su madre, queda desprestigiada por esa falta. Esto dará la pauta —como lo señalamos— para desidentificarse de ella y poder identificarse con su padre.
El niño convertido en hombre llevará por el resto de su vida ese remanente edípico de manera inconsciente, he ahí el origen del machismo que expresará de alguna u otra manera.
Muchos hombres cuando aman profundamente a su partenaire proyectan inconscientemente en ella a su propia madre, por lo que se ven impedidos en su deseo de tener relaciones sexuales con su pareja, esto se manifiesta por medio del síntoma: disfunción eréctil, eyaculación precoz, etcétera.
Concluyendo se puede decir que el machismo es la vigencia de la sexualidad infantil edípica en el adulto.

domingo, 16 de abril de 2017

El miedo de la mujer ante el sexo y la huida del hombre ante el amor.

El destino que le depara a la mujer ante el encuentro sexual con el hombre lo percibe primeramente como peligroso, su propio deseo le causa gran desconfianza, contrariamente a lo que le sucede a él.
Si la fémina aun se encuentra en edad fértil (independientemente que tenga hijos o no) no puede concebir ese encuentro ante el hombre sin proyectar consciente o inconscientemente en él su posible fertilidad.
Gracias al lenguaje, a la mujer se le ha concedido la noción de su feminidad, de nuevo es el intercambio verbal, con una mujer de su confianza, amiga, hermana, madre..., la que en un momento dado, si llega a suceder, podrá orientarla para liberarla del peligro que corre de ceder a las reclamos del hombre, o bien del temor a ser frígida, cuando no experimenta ni deseo ni amor.
Para Françoise Dolto, el peligro reside en el hecho de que, en estas condiciones que crean la insensibilidad sexual, estas mujeres, creyéndose frígidas, se atreven a interrumpir el método anticonceptivo que usan con cualquier pretexto para asegurarse de que son mujeres al menos para la concepción. Aquí, el aborto se puede convertir en la experiencia mutiladora de un ritual para asegurarse de esa feminidad.
Ahora bien, «La realización de su deseo en el orgasmo completo exige de la mujer una total participación en el encuentro emocional y sexual con su partenaire, lo que constituye un problema para lo que hay de «fálico» (masculinidad inconsciente) en su narcisismo, pues la entrega íntima de ella al hombre, su narcisismo lo ignora». Este encuentro no se hace en la dimensión narcisista de la ensoñación, que no haría más que entorpecerlo o llevarlo al fracaso. «El coito es el acto surrealista en el sentido pleno del término, “una desrealizacíón” que marca la pérdida para el hombre y la mujer de su referencia común y complementaria al falo»* Esta pérdida común es la que permite la apertura del campo poético del encuentro entre un hombre y una mujer. Ella se entrega en ese momento, rozando siempre el peligro que constituye el riesgo femenino por excelencia en el encuentro amoroso: el de sentir «convertirse en nada» (el orgasmo representa una pequeña muerta en la mujer). Esto es lo que, más que el hombre, la hace sensible a la valorización narcisista que recibe de él después del orgasmo, la que le reconoce el valor de su entrega íntima que hace de su sexo que se asocia, inconscientemente para ella, a la pérdida de su valor; por eso espués del coito la mujer suele preguntar: ¿Me amas?
Para Dolto en toda su obra mantiene la idea, según la cual, para la mujer, «lo que no es nombrado no es nada». Así, el hombre tiene que aprender que con ella «no funciona sin decirlo», sin la apreciación ética y estética que él le brinda en palabras a fin de exorcizar la «nada» deshumanizadora que la amenaza en cada encuentro sexual: Te amo y te deseo son las palabras que anhela escuchar ella; pues, para Dolto, «una mujer, en cuanto a su sexo, no se conoce nunca». «La mujer se arriesga a esta desrealización, sentida como una amenaza, por el abandono total de su narcisismo, que se convierte en la condición de su placer sexual». Precisamente —nos dice Dolto— en este umbral de las «pulsiones de muerte», en un abandono de ella misma hace al entregarse, es lo que puede atraer al hombre de manera narcisista pero también puede despertar en él la “angustia de castración primaria” y devolverlo al sadismo remanente de las pulsiones arcaicas, razón por la cual el hombre abandona a la mujer después de poseerla carnalmente. Así, en la singularidad que ella le refleja, el deseo femenino de ser tomada y penetrada puede ser inimaginable por el hombre, presionado como está a menudo para interpretarlo como un acto masoquista, y le hace refugiarse en este temor que le sobrecoge desde el momento en que ella le desea y se decide amarlo firmemente. «El hombre puede retroceder ante este vértigo que ella le hace presente como todo niño pequeño ante el sexo desnudo de la madre» . Ésta es la versión de Dolto del desfase amoroso del hombre y de la mujer: Mientras que ella era ante el coito, ante lo que tenía tendencia a huir, pero en el primer orgasmo sintió producirse en ella una mutación, ahora es el turno de huir del hombre, ante ese amor y el deseo de esa mujer que le debe su serena madurez y la fidelidad de su deseo por él”.