Es desde la cuna cuando inicia la coerción en la educación. Lo que el infante siente que es bueno para él, regularmente se convierte en malo para sus padres debido a la imposición de las reglas sociales, y entonces se relaciona esto como algo que podría representar un peligro para el vástago.
El niño, para obedecer, inhibe durante cierto tiempo sus movimientos de expresión; pero entonces las pulsiones de vida se acumulan en él sin expresarse hacia el exterior. Como las exigencias instintivas entran en conflicto con las exigencias de la «moral» del comportamiento impuesta por sus padres, esto lleva al niño a experimentar una regresión, es decir, a expresarse en un modo más infantil. Grita, patalea, en vez de modular su voz en busca del lenguaje; cae sentado al suelo moviendo las piernas y los brazos por flexión sobre el tronco, como un bebé. A veces, se revuelca en el suelo, experimentando una regresión a la etapa (de antes de los seis meses) anterior a la posición sentada. A este comportamiento se le conoce como «capricho». Así, a través de etapas regresivas, el niño puede lograr cierta satisfacción orgánica de sus pulsiones; el «capricho» le aporta esa satisfacción necesaria para el sosiego de su tensión libidinal; es entonces que inicia la neurosis en el niño.
Los primeros «caprichos» son «normales» porque esto significa para el niño una manera de traducir el sufrimiento que le causa su impotencia para cumplir su deseo, de verse contrariado por el mundo exterior: la realidad lo ha alcanzado y desde ahora se impondrá para el resto de su vida.
Por ejemplo existen niños que echan rabietas porque no logran treparse a una silla, cuando nadie se lo está impidiendo; su cólera se expresa contra sí mismos, contra su propia impotencia. Por desgracia, los padres se equivocan a menudo en cuanto al sentido del deseo del niño (creyendo que el niño le pide ayuda, y reacciona éste con un rechazo brutal cuando se intenta ayudarle), el significado que le brindan los progenitores a esa agresión y rabia del vástago, es que tiene un mal carácter, un genio terrible. El padre o la madre adoptan entonces —en nombre de la «educación»—, una actitud represiva, o se comportan como moralizadores y sermoneadores, que instalan definitivamente al niño en un modo resueltamente agresivo de reacción a la imagen del padre-modelo: el cual es sentido por él como algo violento en su contra.
Si el padre, por el contrario, deja que tengan lugar los caprichos —cuando no ha podido evitarlos—, si mantiene la tranquilidad y compasión, el capricho cesará, incluso en un vástago muy violento, sobre todo si éste advierte que el padre no reacciono agresivamente, y tampoco está enojado (el niño percibe la violencia con miedo). Así, se establece la confianza; el padre puede entonces explicarle, con palabras, lo que pasó, buscará junto con su hijo lo que lo hizo rabiar, y esas palabras acudirán en auxilio de su sentimiento de impotencia (palabras que quedarán articuladas adecuadamente en el “lenguaje” del que está conformado el inconsciente).
La comprensión del padre, expresada también por el tono de su voz, calmada, compasiva, desdramatizadora, reconcilia al niño con su sufrimiento y su rabia, que pasan entonces muy pronto. Ayudado por el progenitor, que no se opone a priori a lo que desea sino que, por el contrario, le indica el camino del éxito, guiando sus gestos, el niño sale del atolladero en que lo había colocado su impotencia de salir adelante. De experiencia en experiencia y gracias a la ayuda de los padres, unas cadenas asociativas motrices, en armonía con las palabras y con la observación, organizan la inteligencia psicomotriz al servicio de los deseos lúdicos y utilitarios.
Sigmund Freud concibe la feminidad básicamente gobernada por un acentuado narcisismo, esto significa que prefiere ser amada a amar; practica con devoción el culto a su cuerpo, ya que cuanto más atractivo más lo equipara a la posesión del pene envidiado en la ecuación cuerpo-falo; la elección de objeto es conforme al ideal narcisista del hombre que hubiera querido ser; cuando sea madre el hijo le deparará las satisfacciones de todo aquello que de su «Complejo de Masculinidad» ella esperaba, y la intensa «envidia al pene» presente en su vida psíquica es la razón de su escaso sentido de justicia.
Quizá sea Piera Aulagnier quien mejor da cuenta de la incidencia de lo «simbólico» en la estructuración de la mujer, al marcar que la feminidad es ante todo una «cuestión de hombres», descansando en su condición de deseada, condición que sólo objetivará a través de la mirada masculina.
Para Aulagnier en este punto residiría esa feminidad tan envidiada y explorada, espiada, buscada, que toda mujer persigue. Si la mujer está más o menos siempre en una relación de rivalidad con sus semejantes (histeria normal), sería para constatar cuál es el rango de deseabilidad y cómo, a través de qué atributo, «la otra» logra despertar el deseo del hombre, investigación que también persigue a través del hombre, buscando saber qué desea él en la otra mujer.
En una productividad que toma como punto de partida ideas de Jacques-Marie Émile Lacan, Aulagnier se aparta un tanto de la formulación estructuralista ahistórica, de que el hombre no tiene mejor suerte que la mujer en la organización de su deseo (ya que también se halla marcado por la «falta», pues en rigor él tampoco es el «falo», ya que sólo posee un «pene» que lo simboliza).
Puntualiza una clara diferencia entre la estructura del deseo del hombre y la mujer: mientras el hombre puede escindir el deseo del amor, esto es imposible para la mujer. «En esta posibilidad y en esta afirmación sustentará su potencia masculina, su orgullo, su narcisismo, quiere ser capaz de un deseo autónomo, en estado puro, frente al cual la mujer sea un objeto intercambiable (sólo un objeto «a» según teoriza Lacan).» La estrategia masculina para negar la castración, cuyo espectro se perfila sobre la castración materna, es entendida en estos términos por Aulagnier: “...si es preciso el amor para que exista el deseo, entonces su supremacía fálica revela estar sometida al antojo de la Otra: la mujer se acerca al lugar vedado que tenía la madre, aquel cuya falta amenaza siempre con remitir a la nada su papel de ser que desea. Pero si, por el contrario, cualquiera puede permitirle reconocerse como ser que desea, si cualquier mujer, sin que tenga ni una palabra que decir, y cualquiera que sea su deseo le basta para que pueda afirmarse como «amo del deseo», entonces la amenaza materna es vana...”
En cambio la mujer se declarará siempre partidaria del amor único, ya que algo se opondría a que se conciba sólo como objeto de deseo, siempre buscará el amor y sólo por amor logrará en el mejor de los casos el goce sexual. “No la hiere el ser deseada, lo que no puede tolerar y lo siente como una decadencia es que el hombre le revele saber que ella no es sólo deseable, sino sobre todo que está deseosa del deseo de él y que se desenmascare su carencia. Obviamente tampoco soporta ser descubierta como «sujeto de deseo»”.
Pero, ¿por qué esta angustia, qué marca este corte tan neto entre el hombre y la mujer, esta fractura entre el goce y el deseo que se situaría en el nudo de la feminidad? Es que para la mujer, si experimenta goce no puede transformarse en el signo de otra cosa, si descubre que no es para el hombre sino el instrumento de un goce en el que el amor no tiene lugar alguno, y si su propio placer le confirma que ha revelado a su partenaire que a ella le «falta» algo, entonces se desmoronaría toda valorización narcisística. De ahí que la mujer tome la vía del simulacro, del engaño, de la mascarada (siendo ella misma la primera engañada) y con extrema atención tratará de atisbar, desentrañar cómo él la desea y, sólo «por amor» asumirá el papel que él propone y le será fiel, ya que el hombre, siempre listo en la reivindicación de su autonomía de ser que desea, no está dispuesto a considerar la reciprocidad cuando él no es el beneficiario.
Lo que surge como esclarecedor en el planteamiento de Aulagnier es la articulación que establece entre la valoración narcisista y la sexualidad como condición de acceso a la feminidad. Aunque también el clivaje entre histeria y feminidad pasa por el logro o no del goce, este último sería dependiente de un investimento narcisístico previo. Aulagnier sostiene que lo que Freud denominó una feminidad normal implicaría que «...la mujer haya podido hacer del deseo que brilla en la mirada del hombre la fuente misma de su investidura narcisística, pues, no lo olvidemos, no se puede amar si antes uno no se ama a sí mismo. Podrá aceptar saber que en cuanto sujeto de la carencia puede encontrar su lugar de deseada...». Si este prerrequisito no se cumple —la investidura narcisista del deseo del hombre por ella— rehusará a su partenaire todo surgimiento de placer, su frigidez desmentirá que el «pene» sea el emblema y la sede tanto del goce como de la valoración narcisista y será él quien deberá interrogarse acerca de qué es para ella el «objeto del deseo». En el triunfo del engaño la mujer recuperaría el poder, el «falo», pero a costa de su «goce».
La mujer se enfrenta a una encrucijada, por un lado, cuando más acepte e internalize los estereotipos de nuestra cultura sobre los valores «intrínsecamente femeninos» (como lo prescribe el modelo de la pureza sexual) más se aproximará a la personalidad histérica o dependiente, por lo que su sexualidad podrá permanecer en un letargo asintomático, si sobre ella no se «inviste» ningún otro valor.
Pero por el otro lado cuanto más aspire a una equiparación al hombre, más competitiva se volverá (castradora) y mayor dificultad tendrá en aceptarse como «objeto causa del deseo» del hombre, pues se sentirá reducida simplemente a un cuerpo que «goza», y no es precisamente esa meta la que su Ideal del Yo le impone.
Podemos también percibir que existe otra dimensión en el «deseo del hombre» por la mujer, que ésta se halla ávida por escudriñar y descubrir: si este deseo se extiende más allá del sexo. Si el hombre que comienza a ser atraído por la grácil jovencita también reconoce en ella algo más que un cuerpo.
Ahora bien, ¿qué destino puede imaginar una jovencita, si tiene una madre que siente devaluada y cae en esa categoría de no sentirse nada?
La homosexualidad latente o manifiesta en la mujer histérica, no busca a otra fémina a la que desea sexualmente, sino inconscientemente quiere encontrar más bien a una mujer que represente una «imagen valorizada de la feminidad». Es una búsqueda desesperada por la reivindicación narcisista de un género poco narcisizado en la historia de la cultura.
Las mujeres con una organización histérica en su personalidad presentan una dependencia acrecentada en sus vínculos de pareja, deseos impulsivos seductores de exhibirse constantemente, la necesidad de ser querida y ser el centro de atención en cualquier circunstancia, además tienden a una inmediata implicación sexual en cada relación de pareja donde generalmente permanecen frías.
La provocación sexual (visual o auditiva) y la posterior frigidez o rechazo es típico en estas mujeres. Asimismo revelan un fuerte vínculo edípico en sus relaciones sexuales, y puede existir la capacidad para relacionarse de manera estable, siempre y cuando se cumplen ciertas precondiciones neuróticas (relaciones con hombres mayores, casados, distantes afectivamente, «amores imposibles», etcétera).
En cuanto al masoquismo que presentan esta relacionado con un Superyó rígido y severo que condena su sexualidad inmediatamente después de haberlo practicado, con fuertes sentimientos de culpa pero pasado un determinado tiempo es reprimido y el «círculo vicioso» inicia nuevamente.
Los estudios realizados por Inge Komers Broverman, Donald Broverman y colaboradores, en relación a la «personalidad adulta» y la «feminidad» encontraron una gran discrepancia por la notoriedad en la que se fundamentan los estereotipos del rol sexual.
En cuanto al estudio sobre las cualidades necesarias para desempeñarse como adulto se encuentra la capacidad de pensamiento autónomo, toma de decisiones precisas, visualización clara y acción responsable, las consideran no sólo atributos masculinos, sino cualidades indeseables de la feminidad. Esto se puede apreciar tempranamente en la adolescente (mujer) con una educación convencional —aquella que se identifica con las reglas y expectativas de los otros, especialmente con la de los padres, y autoridades, y que las interioriza— por lo que mantendrá su identidad «en suspenso», en estado latente, preparándose para atraer al hombre por el cual se nombrará, por cuyo status se definirá, cuyos valores adoptará, el hombre que la rescatará del vacío y la soledad llenando su «espacio interno». Mientras que en el hombre la identidad precede a la intimidad y al compromiso en una relación afectiva con su partenaire, en la mujer estos procesos se hallan fusionados. La intimidad va junto con la identidad, y la mujer llegará a saber sobre sí en la medida en que se relaciona heterosexualmente con su pareja.
Un claro ejemplo lo podemos observar en el psicoanálisis de los cuentos de la “Bella Durmiente” y “Blanca Nieves” realizado por Bruno Bettelheim. Este autor observa la reconcentración en el interior y el estado latente de la adolescente hasta que llega el príncipe que definirá su ser. Esta línea de desarrollo, en que la identidad precede a la intimidad, y el crecimiento humano implica separación e individuación, es la directriz en la definición del ciclo humano; todo lo que signifique apego y dependencia será entonces retraso y desviación: o sea, la feminidad. Junto a este sistema dual de requerimientos y expectativas para el desempeño social, la adolescente también descubrirá —y deberá ubicarse en alguna de las categorías descritas pre, post o sencillamente convencional— que en el orden cultural donde ella se inscribe, existe una moral sexual también dual, diferente tanto para hombres como para mujeres.
Para los adolescentes (hombres), la Ley del Deseo, de su legitimación, de las ventajas tanto de su puesta en acto, como de las múltiples y numerosas experiencias, de la libre expresión y comunicación sobre la sexualidad. Motivo por el cual mientras más experiencias sexuales, «mejor hombre será». En cambio las niñas-mujeres serán introducidas en la «moral del respeto», que se constituye en una de las reglas primordiales de la feminidad. Examinaremos detenidamente esta peculiar normativización de la mujer por la paradoja que encierra. «Apenas la niña alcanza la pubertad, o antes, descubre que en tanto género las mujeres son agrupadas, clasificadas, consideradas no sólo en forma desigual en relación a los hombres, sino en relación a su propio género». Están las mujeres respetables, respetadas y las que se hacen respetar y las otras, las mujeres «fáciles», «ligeras», de rango rango, lo que en un período anterior era sólo un significante ofensivo, ahora se abrocha al significado. Esta línea de clivaje se traza sobre la legitimación social del ejercicio de la sexualidad, ley aplicada sólo al deseo femenino. El infante es introducido en un mundo social primario y elemental que le permite la organización de su deseo gracias a la instauración en la cultura de una prohibición, la “prohibición del incesto”.
La niña se introducirá en el mundo de los adultos; el ser marcada por la ley que prohíbe el libre ejercicio de su deseo, la moral sexual que la definirá ante sí misma, ante las demás mujeres y hombres como un determinado “tipo” de mujer.
Pero la importancia de este hecho no sólo radica en que la adolescente, a diferencia del contraparte (varón), tendrá que vigilar su deseo, sino también desarrollar controles para sus impulsos —generalmente basados o en el terror persecutorio frente a las consecuencias que le acarrearía el satisfacerlo, o en férreos principios morales—, sino que tendrá que hacer frente al desbalance narcisista que el dilema de la feminidad le acarrea.
«Para ser mujer debe acceder a la sexualidad, pero para ser una mujer respetable debe reprimir su deseo». La moral se opone a la pulsión. Para ser mujer y valorizarse como tal debe tener experiencias sexuales, no puede ser una «fuera de onda», una «tonta», una «no avivada», es decir, debe ser «sexy», «seductora», y con ello manipular los resortes del hacerse desear, lo que la convierte en una narcisista que prefiere que la «amen a amar». Pero este narcisismo, el del desear el deseo y no su satisfacción, la mantiene a distancia de la acción concreta, de la vivencia, del placer, del aprendizaje y la madurez sexual, y, por tanto, en el fondo no se narcisiza porque sabe de su déficit en tanto mujer-niña, o sea, virgen.
«La virginidad constituye la expresión más pura de la estructura profundamente contradictoria del rol sexual exigido y esperado en la mujer. Si la conserva, mantiene el honor de su género, lo que eleva su narcisismo, pero permanece en un nivel de erotismo infantil que la hace sentirse incompleta; si por el contrario accede al deseo y su sexualidad se cultiva, creciendo como hembra, cae presa del tormento de perder al hombre y pasar a la categoría de mujer deshonrada o de verse compulsada a formalizar una unión precoz para evitar este riesgo, todo lo cual se halla lejos de narcisizarla».
¿A quién confía sus dudas, temores, sufrimientos? Generalmente no encuentra a la madre receptiva y disponible para facilitar la iniciación de su sexualidad, pues la madre no puede abrir una temática, una comunicación que comprometería su rol de educadora. Si la madre estimula la sexualidad de su hija mujer, ¿cómo enfrenta ella misma el dilema de la virginidad, paradigma del honor de su género? Razón por la cual evita el tema, la confrontación y el compañerismo en esta etapa. La niña se dirige entonces hacia sus pares, pero corriendo el riesgo de no ser cabalmente comprendida, y que la amiga, arrastrada también por los dilemas puberales y adolescentes, la condene con el calificativo de «puta», fantasma siempre cercano para cualquier mujer (adolescente o adulta) que tiene como empresa principal en su vida «cuidar su reputación». Por tanto, la joven esconderá su curiosidad, reprimirá su deseo, inhibirá la fantasía y esperará al hombre con quien en la intimidad del amor podrá comenzar a investigar: ¿Qué es una mujer?
Uno de los factores principales que complica la adaptación a las circunstancias que se presentan en el sujeto adulto, proviene de la restricción parcial a la facultad de juicio que le impusieron los padres cuando éste era un infante, seguido de las personas que conformaron su círculo social del niño.
Los niños tienen la posibilidad e incluso el deber de juzgar correctamente todas las cosas, incluso las perversas; sus manifestaciones de inteligencia son acogidas con júbilo y recompensadas con demostraciones particulares de afecto en la medida en que no se refieran a cuestiones sexuales o religiosas o contravenir la autoridad de los padres o adultos en general; porque, sobre este punto, los niños son obligados —incluso ante la evidencia— a adoptar una actitud de fe ciega, a rechazar la menor duda, la más mínima curiosidad, y a renunciar en consecuencia a todo pensamiento autónomo y objetivo.
Sigmund Freud expresó que todos los niños no son capaces de esta renuncia parcial al juicio autónomo y muchos de ellos reaccionan mediante una inhibición intelectual general, que podría llamarse inhibición afectiva. Los que se detienen en este estadío, forman el contingente de sujetos que sucumben durante toda su vida ante cualquier personalidad fuerte o ante determinadas sugestiones particularmente poderosas sin aventurarse jamás fuera de los estrechos límites de tales influencias. Los sujetos fácilmente manipulables deben presentar huellas de esta disposición, pues las órdenes o exigencias del otro, no es otra cosa que una regresión transitoria a la fase de sumisión, de credulidad y de abandono infantiles. El análisis de tales casos revela por lo general la ironía y la burla disimulada bajo la máscara de la fe ciega. La noción de «creo porque es absurdo» expresa gráficamente la más amarga autoironía.
Los niños dotados de un sentido precoz de realidad sólo pueden consentir hasta cierto punto esta represión parcial de su facultad de juicio. La duda, desplazada a menudo hacia otras representaciones, resurge fácilmente en ellos tras el rechazo. Su actitud confirma el dicho de Georg Christoph Lichtenberg: “En la mayoría de la gente el escepticismo sobre un tema concreto está compensado por una credulidad ciega en otro. Admiten algunos dogmas sin críticas pero se vengan manifestando una excesiva incredulidad respecto a otras afirmaciones”.
La prueba más dura infligida a la credulidad del niño afecta a sus propias sensaciones subjetivas. Los adultos exigen que considere «malas» cosas que le resultan agradables, y «bellas» y «buenas» determinadas renuncias penosas. Este doble sentido de lo «bueno» y de lo «malo» (por una parte buen o mal gusto, y por otra lo que se hace y lo que no se hace) intervienen en gran medida para desacreditar lo que pretenden los demás respecto a las sensaciones personales del niño.
Lo que antecede revela una de las fuentes de la particular desconfianza suscitada por las afirmaciones de orden del psicoanálisis mientras que las fundadas en una demostración por los métodos llamados exactos, matemáticos, mecánicos... se admiten a menudo con una confianza injustificada.
La fijación en el «estadío de la duda» entraña frecuentemente una inhibición duradera de la facultad de juicio; la neurosis obsesiva expresa con gran claridad tal estado psíquico. El obsesivo no se deja influenciar por la razón, sugestión o alusión, a veces ni siquiera por el sentido común pero tampoco es capaz de un juicio independiente.
Ahora comprendemos mejor por qué la sociedad actual es en parte escéptica y está dispuesta a dudar de las afirmaciones científicas, y en parte posee una credulidad dogmática. Así se explica la alta estima en que se tiene a las demostraciones fundadas en métodos matemáticos, gráficos o estadísticos, lo mismo que el escepticismo pronunciado hacia todo lo que proviene del psicoanálisis.
Un antiguo dicho lo confirma: “Quien miente una vez ya no se le cree aunque diga la verdad”. La decepción del niño en cuanto a la sinceridad y a la integridad de sus padres y educadores al tratar de determinados asuntos (sexuales y religiosos) hace al adulto escéptico en exceso ante las afirmaciones de orden psicológico; exige pruebas especiales para evitarse una nueva desilusión.
Esta exigencia está perfectamente justificada; el error lógico sólo interviene en el momento en que quienes reclaman pruebas «evidentes» descartan toda posibilidad de que puedan obtenerse.
La única posibilidad, en psicoanálisis, es vivir la experiencia en sí misma. El psicoanálizado que se decide a seguir el tratamiento y que acoge al principio todas las palabras con un escepticismo irónico no puede convencerse de la verdad de las afirmaciones del psicoanálisis más que reavivando sus antiguos recuerdos y, si éstos son muy inaccesibles, sólo le queda la «vía dolorosa de la transferencia» en el presente, y particularmente sobre el psicoanalista debe olvidar en cierta medida que éste le ha puesto en el camino, y debe hallar la verdad por sí mismo.
La desconfianza instintiva del psicoanálizado respecto a toda enseñanza y toda autoridad llega a cuestionar lo que ha sido ya comprendido si algo le recuerda que se lo debe al psicoanalista.
El psicoanálizado siente la misma desconfianza neurótica hacia cualquier intención manifiesta del psicoanalista: «ve la intención y se enfada», es decir: se vuelve desconfiado. El psicoanalista de un sujeto así debe realizar todas sus intervenciones sin apasionamiento alguno y con un tono uniforme, sin destacar lo que le parece importante; le corresponde al propio escéptico evaluar la importancia de las cosas. Cualquiera que pretenda explicar o convencer se convierte en representante de la imagen paterna o profesoral, y concentra sobre él todo el escepticismo que estos personajes suscitaron antes en el niño. La antipatía tan frecuente hacia las comedias y novelas de tesis, que dejan translucir la intención moralizadora del autor, proviene de la misma fuente. Por el contrario, el lector acepta complacido estas mismas tesis cuando se hallan disimuladas en la obra y se deja a su arbitrio el deducirlas.
De este mismo modo es un hecho admitido que las tesis del psicoanálisis son aceptadas e incluso apreciadas por los psiquiatras o psicólogos a condición de que se hallen sugeridas en un chiste o presentadas como un caso particular.
“Madre es el nombre de Dios en los labios y corazones de los niños.” Brandon Lee - Eric Draven.
Las ideas postuladas por Melanie Klein puso de manifiesto la turbulencia del mundo interno que para una madre desencadena el hecho de tener un hijo: “Regresión y reelaboración de su propio vínculo con su madre, actualización de sentimientos de persecución y depresión si en la relación ha predominado la ambivalencia”.
Cada una de las capacidades requeridas —dar vida, proveer bienestar físico y emocional, contener la ansiedad, comprender las necesidades y responder adecuadamente a ellas, amamantar, etcétera— remiten en toda mujer a la puesta en comparación con sus congéneres. La mujer, lo quiera aceptar o no, constantemente se compara con su progenitora u otras madres; si llega a identificarse la madre en su hija (hembra) surge el deseo de la primera de posicionarse como la madre que tuvo ella; o como la que ella quiso haber tenido; o bien como es simplemente ella. Por tanto, el peligro de fusión, proyección y extensión narcisista, así como una mayor dificultad a la separación, se presentan más habitualmente cuando la relación materno-filial tiene lugar con las hijas (hembras).
El período de simbiosis parece ser más prolongado entre madres e hijas (hembras) que entre madres e hijos (machos). Sigmund Freud señaló este hecho —mayor longitud y mayor importancia de la fase preedípica en la niña que en el niño— intuyendo y sugiriendo su relevancia en el desarrollo diferencial de ambos. Es interesante constatar que fue llevado a esta afirmación por trabajos clínicos de psicoanalistas mujeres, que mostraron la importancia de esta fase para la mujer (Helene Deutsch, Jeanne Lampl de Groot, Ruth Mack-Brunswick).
Estudios provenientes de distintos campos de observación coinciden en la afirmación de que las madres tienden a experimentar a sus hijas (hembras) como menos separadas de ellas. Sentimientos de unidad y continuidad, identificación y simbiosis predominan con las hijas (hembras) y la calidad de la relación tiende a retener elementos narcisistas, mientras que el componente libidinal permanece más débil. Por el contrario, cuando es madre de un género diferente al suyo, experimenta el hijo (macho) como opuesto a sí, como un «otro» distinto. Entonces la investidura libidinal predomina sobre un tipo de investidura narcisista, la de la identificación. A su vez, los niños (machos), como respuesta a ser considerados diferentes, tienden también a experimentarse distintos a sus madres, y las madres empujan esta diferenciación (aunque retengan en algunos casos un gran control sobre ellos), inclinándose a una mayor sexualización del vínculo, proceso que a su turno reforzará la urgencia de la separación.
En la medida que la maternalización es ejercida por la mujer, el período preedípico de las niñas (hembras) no sólo será más prolongado que el de los niños (machos), sino que aquéllas conservarán siempre, aun ya mujeres adultas, la tendencia a colocar en el centro de sus preocupaciones las relaciones humanas que tienen que ver con la maternalización: sentimientos de fusión, déficit de separación e individuación, límites del Yo corporal y del Yo más difusos que los de su contraparte, hombres. I@n
Existen mujeres que afortunadamente han sentido un orgasmo pleno y profundo; otras que han creído sentir ese éxtasis pero que únicamente desemboca en mínimas y espaciadas palpitaciones vaginales; otras más que mienten haber tenido un orgasmo, esto lo expresan con el propósito de no sentirse devaluadas; también existen otras que tienen la firme convicción que no necesitan orgasmo para disfrutar plenamente del acto sexual, que incluso ni siquiera éste resulta ser indispensable para culminar el coito satisfactoriamente; y otras tantas que confiesan que efectivamente jamás han disfrutado de ese arrobamiento.
Ahora bien, el conocimiento adquirido sobre la fisiología del acto sexual nos permite no recaer en el mismo error de la niña (algunas postulaciones del psicoanálisis señalan que la niña obtiene su placer del clítoris cuando se masturba y en consecuencia logra un «orgasmo clitoridiano», ya adulta cambiaría el placer orgástico que le brinda el clítoris por el orgasmo vaginal), y superar el malentendido de la falsa división entre «orgasmo clitoridiano» y «orgasmo vaginal» que tanta confusión ha creado, paradójicamente hasta un gran número de mujeres desconocen su propia fisiología sexual.
La fase de excitación se caracteriza por una vasodilatación neurovegetativa de los genitales, que produce una turgencia generalizada de los labios y del tejido que rodea la cavidad de la vagina. La fase de preparación orgásmica (William Masters y Virginia Johnson) se alcanza cuando existe una distensión generalizada del tejido vulvar y del introito de la vagina, un enrojecimiento de los labios y la lubricación vaginal, que es el signo cardinal de la excitación de la mujer.
La lubricación vaginal consiste en un trasudado que distiende el área genital durante la excitación. Finalmente el orgasmo consiste en una contracción involuntaria de los músculos localizados en el introito vaginal, contracciones acompañadas por sensaciones de intenso y profundo placer. El clítoris, en tanto zona erógena, se halla provisto de la red sanguínea suficiente para proveer parte de la vasodilatación necesaria para cumplir un papel relevante en la fase de excitación, «pero carece de los músculos necesarios para las contracciones que implica el orgasmo propiamente dicho». Cualquiera que sea el estímulo —táctil, auditivo, visual— que desencadene la excitación genital, ésta comprenderá a la zona genital entera. Que la niña, adolescente o la mujer frote o estimule su clítoris como método prevalente para desarrollar la excitación, hasta la plataforma orgástica necesaria para que los músculos de la vagina desencadenen su salva de contracciones que se encuentran más allá de su autocontrol, no implica que haya un doble orgasmo: uno clitoridiano y otro vaginal, ya que el clítoris es una parte esencial del aparato genital femenino,
órgano que tiene como característica principal aumentar la excitación, pero no donde se «localiza el orgasmo» por las cuestiones señaladas. Cabe hacer mención que la mujer que tiene orgasmos en plenitud, generalmente no alardea sobre ellos: ¡Dime de qué presumes y te diré de qué careces!
Siguiendo este orden de ideas, podemos hacer la comparativa con aquellos hombres que mediante la manipulación de la próstata, logran alcanzar su orgasmo, obviamente la próstata «sirve como un medio» para acrecentar el éxtasis pero el placer se localiza exclusivamente en el miembro viril, la descarga de la tensión es alcanzada por la eyaculación y no de la próstata que se estimula.
Cabe también mencionar que la semejanza anatómica entre el clítoris y el pene no los equipara ni en el plano
biológico, ni mucho menos en el psicológico. La estimulación de ambos no despierta un único tipo de fantasías, estas fantasías más bien dependen de la estructuración del deseo y no del órgano que se excita. De igual manera el frote del pezón de la mujer y su erección durante el coito no activan fantasías de ser ella la que penetra, sino el deseo de ser penetrada, como algunos psicoanalistas señalan. Algunas teorías surgidas del campo de la salud mental respecto a que el clítoris es algo así como un «pene pequeño», han sido presa de la imaginación del teórico, al «suponer» que la similitud de la forma define la función.