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"Si llega inadvertidamente a oídos de quienes no están capacitados ni destinados a recibirla, toda nuestra sabiduría ha de sonar a necedad y en ocasiones, a crimen, y así debe ser". Friedrich Wilhelm Nietzsche.

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lunes, 21 de noviembre de 2016

Los hombres dudan más de su masculinidad, que las mujeres de su feminidad.

En la neurosis tanto en la histeria como en la obsesión encontramos posiciones ambivalentes respecto a la posición sexual. En el psicoanálisis encontramos  la certeza de un sexo opuesto al anatómico en los transexuales, o la inclinación a la feminización en la psicosis. Es decir que respecto a la posición sexual, hay la ambigüidad imaginaria de la moda andrógina, la simbólica de un síntoma histérico, o la real del transexual. Frente a la ambigüedad sexual, se pregunta G. Morel en su libro “Ambigüidades sexuales” si es razonable responder en términos de género (sexo psíquico) y si existe realmente una entidad definible como “núcleo de identidad de género” que se referiría al ser mismo del sujeto y que sería su sexo psíquico tal y como proponía Robert J. Stoller.
Ahora bien, Morel concluye que las teorías del género son conceptualmente insuficientes. Hay demasiada ambigüidad sexual y en demasiados sujetos para que sea posible pensar en un núcleo de identidad de género. Este autor cree que más bien en la existencia de un vacío real inicial en relación a la sexuación (más que en la bisexualidad expuesta por Sigmund Freud), es decir opina que lo que es fundamental es la ambigüedad: Ambigüedad/ bisexualidad. Si los seres humanos tienen tantas dificultades para orientarse respecto al género, si les resulta tan difícil situarse del lado hombre o mujer, ¿no es más lógico suponer al inicio un vacío real, en lugar de un núcleo de identidad? Pero si vamos un paso más adelante, y vemos lo que nos dice la embriología o la genética en sus últimos descubrimientos, el ser humano cuando se gesta es una niña y únicamente con las alteraciones hormonales da paso a convertirse en un niño. Por lo tanto, es más lógico pensar que lograr con éxito la definición del género, le sea más fácil a las mujeres, que al hombre. Además hay que agregar, que los hombres dudan más de su masculinidad, que las mujeres de su feminidad.

En la etapa preedípica la niña verá en su madre un todo aún más completo y pleno de poderes que el niño.

Las condiciones habituales de maternalización determinan una relación más distante —especialmente en los primeros años de la vida— del niño/a respecto con el padre.
El padre de nuestra cultura regularmente no se atiende de la alimentación directa, no higieniza, no está a cargo del cuerpo del bebé... Esta falta de intercambios primarios, sobre los que se organiza la relación de objeto temprana, determina que el padre sea una figura con quien se tiene un vínculo más exterior, menos exclusivo, más distante, menos particularizado, con menor cantidad y riqueza de intercambios que con la madre. Como consecuencia, la representación del padre en tanto objeto interno se instalará posteriormente y estará expuesta a menor grado de disociación y ambivalencia, contribuyendo también en menor grado a constituir una imagen especular del Yo temprano. Paralelamente, al ser el padre menos responsable del cuidado y al permanecer sus funciones más alejadas, el niño, ignorante al principio tanto del status familiar y social del padre como de su rol sexual en la pareja, le otorgará menor valorización. Por tanto, el padre como objeto primario juega un rol secundario con respecto a la madre en los tempranos períodos de la vida.
Abelin (1980) considera que el padre es reconocido como un «tipo diferente de padre» e investido como un «segundo vínculo» antes del comienzo de la crisis de «rapprochment» (Mahler), alrededor de los dieciocho meses. Su presencia jugaría un papel esencial en la superación exitosa de esta subfase del proceso de separación-individuación por parte del niño, pues se constituye en una «estable isla para practicar la realidad, mientras la madre se contamina de sentimientos de añoranza y frustración», esto representa el estrago materno según lo estipulado por Jacques-Marie Émile Lacan.
Sin embargo, la comunión de géneros —el saber por parte del niño varón que él es igual al padre— favorecerá la desidentificación de la madre (Greenson, 1968), la búsqueda y tendencia a la identificación primaria con el padre. A su vez, tanto la madre, quien lo considerará un otro distinto e igual al padre, como el padre, que obtendrá la satisfacción narcisista de investir a su hijo varón, con el proyecto de la continuidad y la semejanza en el otro que lo perpetúa, ambos favorecerán que en la identificación primaria del varón a la omnipotencia materna se introduzca una grieta que lo conduzca a la búsqueda de modelos paternos.
Ahora bien, el sentimiento de identidad de género es un factor que juega un papel relevante en las diferencias que se observan en la etapa preedípica entre niñas y varones (Mahler, 1975; Stoller, 1975), ya que la niña verá en su madre un todo aún más completo y pleno de poderes que el varón. En la estructura del Yo especular temprano y en la organización del objeto como una «imago parental idealizada» (Kohut, 1971), la madre adquiere mayor cualidad de idealidad para la nena que para el varón, ya que para éste se configura y se construye paso a paso el sentimiento de la no homogeneidad entre su ser y el de la madre.

"De todas las aberraciones sexuales, la castidad es la más extraña". Anatole France.

Lo queremos aceptar o no, somos sujetos consagrados a la sexualidad de manera directa o encubierta todos los días de nuestra vida. Únicamente nos falta observar con atención a nuestro alrededor para darnos cuenta de ello: "Hombres y mujeres ponen gran esmero a su arreglo personal con la salvedad de ser atractivos sexualmente, maquillaje, bisutería, peinados, perfumes, coqueteo, seducción, conquista, chistes eróticos, cortejo, galantería, y no se diga de nuestra vestimenta y de las redes sociales para ese propósito. En este sentido, Sigmund Freud fue acusado de considerar al sujeto como pansexualista, pero con una moral recalcitrante casi todos negamos eso, incluso el que practica la castidad debe luchar incansablemente contra todos esos pensamientos y fantasías de índole sexual que lo atormentan a diario.

Para la mujer histérica es más importante las manifestaciones de deseo de su partenaire, o incluso de cualquier otro hombre que su salud física, aunque tenga que recurrir a la cirugía plástica para ello.

Ahora bien, la mujer histérica no habla de su cuerpo sino es el cuerpo quien se pone a hablar por su cuenta.
El cuerpo puede ser el que le quite la palabra al sujeto manifestándose como un cuerpo parlante, que dice algo, sólo que su mensaje es indescifrable para el que lo sufre y que por ello necesita dirigirse a quien pueda interpretarlo ¿Quién lo puede interpretar? Obviamente la mirada del hombre que se fascina por el aspecto corporal de la mujer histérica. Es en este punto en el que podemos situar la neurosis histérica como el paradigma del cuerpo hablante en busca de alguien que sepa escucharlo y darle un sentido. El médico (cirujano plástico) se convierte en la actualidad en la figura de referencia para los síntomas de la histeria. Y si bien es cierto que durante la infancia todos hemos pasado por ese primer trauma (imagen corporal) que resulta del encuentro entre el organismo y el lenguaje, ahora podemos decir que las histéricas pasan por un segundo encuentro traumático, el de su cuerpo con la cirugía, pues lo que se produce es un enfrentamiento entre lo que trata de expresar con sus padecimientos psíquicos y la cirugía plástica donde el síntomas encaja.
El cirujano plástico se refugiará en los conocimientos científicos que pretenden ser exhaustivos, mientras que la histérica vendrá a demostrarle hasta qué punto su saber es parcial, impotente, poco creativo, reacio a toda invención y refractario al deseo.
La batalla del cuerpo estético ha iniciado ¿Quién saldrá victorioso de semejante combate?

La idealización del hombre hecha por las mujeres.

Lo habitual en la niña es que, en el proceso de identificación con la madre —en tanto objeto rival e ideal—, encuentre serios obstáculos para considerarla un modelo a quien parecerse, y en lugar de desear identificarse a ella, se desidentifique y localice el ideal en su padre (hombre). De esta manera, concluirá el proceso por el cual la única vía para el restablecimiento del balance narcisista. Ahora bien, esa niña convertida en mujer tendrá como base de apoyo la referencia ‹‹fálica››, ubicando al hombre en el objetivo central y único de su vida. Ella puede encumbrarlo a la más alta idealización y emprender su «caza», cualquiera sean sus cualidades; puede, despojándose de la posibilidad de poseer para sí metas y valores, delegarlos en él, de manera que será la fiel compañera, la que ayuda a que su «hombre se realice», situándose en ese lugar tan valorizado por nuestra cultura de ser «la mujer que está siempre detrás de los grandes hombres»; o ambicionando mayor trascendencia para sí, competirá por poner en acto comportamientos o actividades que desarrollan los hombres, es decir, masculinizará su Ideal del Yo y su Yo; o finalmente puede llegar a instituir como su meta el comportamiento sexual del hombre hacia la mujer, homosexualizando su deseo.

domingo, 20 de noviembre de 2016

La identidad de género se inicia con el nacimiento, pero en el curso del desarrollo la identidad de género se complejiza.

Normalmente, los órganos genitales externos indican al sujeto y a la sociedad si se trata de un hombre o mujer, pero aún con esto no resulta fundamental para producir el sentimiento de pertenencia a un específico género. Este énfasis, tan marcado a favor del poderío de la creencia del otro humano en la determinación del núcleo del género, no es producto de la especulación de Robert J. Stoller sino de precisas observaciones de un buen número de casos (ochenta y tres hermafroditas, transvestistas y homosexuales) que al decir de este autor constituyen una suerte de «experimentos naturales» que hacen vacilar nuestras ideas sobre la masculinidad y feminidad en sus mismos cimientos.
1.- Transexuales hombres desarrollan el convencimiento de ser mujeres a pesar de su anatomía masculina, convicción que los impulsa a buscar los medios quirúrgicos necesarios para corregir lo que consideran un «error de la naturaleza»;
2.- Intersexuales cuya identidad de género es definida, no hermafrodita: adolescentes a quienes se les descubre sobre el plano cromosómico un XO, con un desarrollo anátomo-fisiológico neutro y sin embargo poseen un profundo e inconmovible sentimiento de ser mujer, pues así fueron criados;
3.- Identidad hermafrodita en hermafroditas: cuando son enfrentados con la posibilidad de asunción de un solo sexo, resultan exitosos sólo aquellos casos cuya identidad de género no ha sido aún establecida, pues una vez estructurada parece imposible de modificar.
A partir de estas observaciones, Stoller sostiene una serie de proposiciones que modificar. sustancialmente el punto de vista tradicional:
I.- Los aspectos de la sexualidad que caen bajo el dominio del género son esencialmente determinados por la cultura. Este proceso de inscripción psíquica comienza desde el nacimiento y formaría parte de la estructuración del Yo. La madre es el agente cultural, y a través de su discurso (lenguaje) el sistema de significaciones será trasmitido, más tarde, padre, familia y grupos sociales contribuirán a este proceso.
II.- El rol de las fuerzas biológicas sería el de reforzar o perturbar la identidad de género estructurada por el intercambio humano.
III.- La identificación en tanto operación psíquica daría cuenta de la organización de la identidad de género.
IV.- El núcleo de la identidad de género se establece antes de la etapa fálica, lo que no quiere decir que la angustia de castración o la envidia al pene no intervengan en la identidad del género, sino que lo hacen una vez estructurada tal identidad.
V.- La identidad de género se inicia con el nacimiento, pero en el curso del desarrollo la identidad de género se complejiza, de suerte que un sujeto varón puede no sólo experienciarse hombre, sino masculino, u hombre afeminado, u hombre que se imagina mujer.

En la etapa preedípica se organiza un ideal del género, un prototipo, al cual se toma como modelo, y el Yo tiende a conformarse o construirse de acuerdo a ese modelo.

Dentro del núcleo familiar el niño varón distingue claramente la diferencia del género de cada uno de sus padres. Sigmund Freud subraya esta diferencia que existe entre la identificación con el padre y la elección del mismo como objeto sexual.
«En el primer caso, el padre es lo que se quiere ser, en el segundo, lo que se quiere tener, la distinción depende de si el factor interesado es el sujeto o el objeto del Yo. La identificación es entonces ya posible antes de que cualquier elección de objeto sexual sea hecha» (St. Ed. Vol. XVIII, pág. 106).
Si el padre es su ideal y a él se quiere parecer es porque se ha efectuado un clivaje, clivaje que no se realiza por las líneas de fuerza de la sexualidad, sino del narcisismo, del doble, del igual al que se quiere imitar. O sea, que en la etapa preedípica se organiza un ideal del género, un prototipo, al cual se toma como modelo, y el Yo tiende a conformarse o construirse de acuerdo a ese modelo. Ahora bien, todo este proceso se realiza en un contexto prevalentemente ajeno al conflicto edípico, aun cuando conflictos de otro tipo pueden estar presentes.
El niño busca ser el preferido de cada uno de los padres, él los ha «elegido» para que lo amen, y a estos objetos poderosos e ideales el niño se identifica. Coexiste la catexis de objeto y la identificación sin que aún se haya efectuado una «elección de objeto sexual», pues el niño no se ha encontrado en la situación de tener que optar. Como dice Freud refiriéndose al vínculo del niño con su madre y con su padre en este período: «Estos enlaces coexisten durante algún tiempo sin influirse ni estorbarse entre sí». A partir del momento en que el niño conciba la sexualidad de sus padres, y ubique al padre en una posición imposible de igualar, es que tanto la fantasmática como la estructura de las relaciones en el sistema —ahora sí triangular y no sólo triádico— se modificarán; el niño no sólo deseará ser como el padre, sino que se dará cuenta de que su padre es el objeto de amor sexual de su madre, a la que él desea ahora no sólo oral, anal, sino también genitalmente. Este cambio conmueve la dinámica de la relación con el padre: si éste constituía un ideal al cual el niño trataba de imitar en todas sus formas identificándose a él, ahora esta identificación no sólo sostendrá la ambivalencia propia de la naturaleza narcisista de tal identificación, sino un plus adicional correspondiente a la posición de rival edípico.
Se desprende claramente que, como resultado de los avatares del Complejo de Edipo, el niño establecerá en el mejor de los casos una definida orientación hacia qué sexo dirigirá su deseo, es decir, que establecerá los cimientos de su futura hetero u homosexualidad. Pero tanto una como la otra descansan sobre un núcleo que no se ha cuestionado, el género del niño y el de sus padres. El puede dudar entre el deseo de penetrar a su madre o ser penetrado por su padre, pero no duda que él es un varón que será penetrado por otro varón o penetrará a una mujer.
La idea freudiana de la bisexualidad siempre descansó sobre una bipolaridad del deseo, no del género. El niño freudiano «perverso polimorfo y bisexual» nunca fue concebido sobre el modelo del transexual, el niño varón puede desear jugar al doctor indistintamente con una nena o con un varón, pero no duda, ni le es indistinto ser un varón o una nena.

Las madres dominantes y destructivas exigen la sumisión incondicional de los hijos entorpeciendo gravemente el sano desarrollo de estos.

En la crianza de los hijos existen dos factores que influyen decisivamente en la relación entre los sexos, el cultural y el económico. El primero es el choque subyacente entre el patriarcado y un matriarcado engañosamente fuerte, de hombres tradicionalistas contra mujeres profundamente resentidas que sacan fuerzas de las actividades revolucionarias en el mundo moderno, como lo es el "feminismo" o la "liberación sexual femenina".
Las mujeres en rebelión, atacan y socavan la hombradía de los maridos, que son ridiculizados hasta el extremo y la de los hijos, que son mimados en exceso, y como, debido a su carácter, por lo general son más fuertes que el hombre, pueden ser despiadadas en su rebelión.
El segundo factor es socio-económico. La falta de trabajo bien remunerado y la dificultad a que se enfrentan los hombres para sostener a su familia y el sentirse necesarios dentro de la casa origina que en esas condiciones se favorezca un hogar matriarcal.
En estas circunstancias la falta de capacidad económica del hombre y el carácter de orientación acumulativa de las mujeres, las lleva a destruir el carácter del padre y de los hijos varones, porque al igual que el amor ideal de una madre es incondicional, las madres dominantes y destructivas exigen la sumisión incondicional de los hijos entorpeciendo gravemente el sano desarrollo de estos.

El papel del padre en la construcción de la masculinidad.

El niño pequeño toma como modelos tanto al padre como a la madre en la construcción de su ideal temprano (Sigmund Freud, 1922) es necesario hacer algunas precisiones sobre este punto. La identificación a la madre —en tanto objeto de la supervivencia vital, condición que posibilita que por apoyo se convierta en objeto libidinal— es una condición de estructura, el Yo sólo adviene y se organiza como Yo imaginario, como Yo-Otro (Jacques-Marie Émile Lacan).
El padre, en tanto proveedor de cuidados, es más oscuro y difícil de captar por el niño pequeño, y se requiere un mayor desarrollo cognitivo para que esto suceda, de ahí la enorme relevancia que cobra la continuidad y la consistencia de su presencia para que se erija en objeto interno idealizado (Abelin, 1975).
¿A partir de qué referencias es el padre para el niño un ideal temprano, tal cual lo describió Freud como objeto de la identificación primaria?
En la literatura se ha puesto mucho énfasis en las experiencias ligadas al falicismo uretral: «Comienza a mostrar gran fascinación hacia el chorro de orina de su padre» (Tyson, 1982), y es a partir de esta comunión anatómica cuando el niño empezaría a mostrar un exhibicionismo y un orgullo extremo por su órgano viril, entrando en lo que algunos autores han designado la fase fálico-narcisista de la etapa fálica. Edgcumbe y Brugner (1975) y también Nágera (1975) describen un período preedípico de la etapa fálica, durante el cual el niño, si bien ya conoce la oposición fálico-castrado y el erotismo genital, sin embargo el exhibicionismo y las fantasías fálicas girarían alrededor de la valorización y la narcisización de su cuerpo, más que sobre el deseo sexual hacia la madre, ya que las relaciones de objeto siguen manteniéndose duales. Lo que resulta importante subrayar es que el niño presenta todo tipo de deseos relacionados con las capacidades y funciones de un cuerpo humano, tanto poseer un pene potente y grandioso como también senos y bebés (Kestenberg, 1956; Van Leeuween, 1966; Ross, 1975); también en el varón se ha observado envidia al pene, ya que éste es vivido como una posesión narcisista del padre (Bleichmar, H., 1981), que el niño desea para sí aun antes de haber desarrollado la comprensión cognitiva de su función en el intercambio sexual (Tyson, 1982).

La mujer hará del amor «el asunto de su vida», exigirá siempre ser adorada, y su queja permanente será la pérdida del romanticismo inicial de la pareja.

Los argumentos que propone el psicoanálisis para sustentar y probar la prevalencia de la estructura narcisista en la mujer son los siguientes:
1.-Prefiere ser amada a amar (Freud);
2.- Carácter concéntrico (centrada en sí misma); (Grunberger);
3.- Capacidad de gozar de sí misma, autosuficiencia que fascina al hombre (Freud);
4.- Clítoris, zona erógena principal típicamente narcisista, no sirve nada más que para el placer, contrariamente al pene, que al mismo tiempo que es fuente de placer es de reproducción y órgano de micción, sin hablar de sus significaciones inconscientes energéticas (Grunberger),
5.- Narcisismo flotante, no integrado, no saturado, "que es patrimonio de las mujeres, ciertamente hay hombres narcisistas que presentan esta clase de narcisismo, pero de alguna manera se encontrará en estos hombres una importante componente femenino" (Grunberger).
Ahora bien, ¿cuáles son las razones que se esgrimen para explicar este desnivel entre la pulsión* y el narcisismo? Se pueden agrupar de la siguiente manera:
a) Déficit pulsional primario. Se ha atribuido a todo tipo de razones la frecuente frigidez de la mujer, desde «debilidad de la energía libidinal» (Bonaparte); «inhibiciones constitucionales» (Deutsch, H.); pasando por la ya consabida bisexualidad más acentuada en la mujer que en el hombre, hasta confusiones graves entre frigidez y «espiritualidad» (Deutsch).
b) Peculiaridades en el desarrollo psicosexual: inadecuación estructural del objeto anaclítico** como objeto erótico y, como consecuencia, la relación madre-hija será inevitablemente frustrante y ambivalente (Grunberger, Chasseguet-Smirgel); falicismo*** infantil (innato, alto monto de bisexualidad) devaluado en el descubrimiento de la falta de pene en ella y la madre; hombre fallido (Freud, Lacan).
Como consecuencia de esta desigualdad narcisista tan dolorosamente vivida, la niña deseará, en un incesante desplazamiento, una confirmación narcisista por parte del hombre, fundamentalmente en el amor.
Hará del amor «el asunto de su vida», exigirá siempre ser adorada, y su queja permanente será la pérdida del romanticismo inicial de la pareja, momento cumbre del agasajo, la lisonja, la sobrevaloración en que la ubica su enamorado. ¿Por qué el amor compensa mejor el colapso narcisista de la mujer que la sexualidad? ¿Por qué la sexualidad, el goce, no se halla frecuentemente investido, es decir, por qué sólo la mujer que es amada obtiene en su inconsciente algo que equivale a la posesión del falo, y esta representación no se origina a partir de un buen orgasmo? Es que el goce sexual es demasiado real y concreto para despertar la fantasía, y el deseo —su fuente— necesita de un plus no realizado? ¿Por qué, entonces, son tan frecuentes los fantasmas de megalomanía fálica en los hombres después de una buena conquista y desempeño sexual? Estamos en presencia de un inconsciente que funciona con una legalidad diferente o con contenidos diferentes para mujeres y hombres. La teoría psicoanalítica ha sido renuente hasta el momento en escuchar y tener en cuenta el discurso feminista, se lo conoce, pero sus enunciados permanecen si no censurados, al menos neutralizados.

* En el psicoanálisis, la pulsión es la energía psíquica profunda que dirige la acción hacia un fin, descargándose al conseguirlo. El concepto refiere a algo dinámico que está influido por la experiencia del sujeto, psíquicamente hablando. Esto marca una diferencia entre la pulsión y el instinto, este último es congénito (se hereda por la genética).
** Anaclítico: Adjetivo, dícese del niño que depende de los cuidados maternos.
*** La palabra falicismo se refiere a una cierta actitud referida al pene. También se refiere a cualquier objeto que se asemeje visualmente a un pene o actos similares refiriéndose a estos símbolos como «algo fálico». Jacques-Marie Émile Lacan relaciona la falta de objeto con el falicismo y como categorías de la falta sitúa a la castración, la frustración y la privación.